miércoles, 21 de junio de 2017

Una Historia de Dos Toms: cuando Wolf Hall se convirtió en historia alternativa.


A juzgar por los comentarios de los admiradores de Wolf Hall (y de su secuela Bring up the Bodies), el 70% de los lectores creen que el libro retrata sucesos verídicos. Se percibe a Thomas Cromwell como un hombre bueno que vengó a sus amigos, y que mantuvo una lucha constante con su perversa reina y el infame Tomás Moro. Cuatro de los seis capítulos que componen la adaptación televisiva de Wolf Hall han sido dedicados al match Moro-Cromwell. La serie termina resumiendo la vida de Cromwell como una rivalidad entre el Buen Tom y Tom, El Malo. ¿Era necesario distorsionar la historia tan tendenciosamente para santificar al villano? Esto va más allá de licencias literarias. Dame Hilary Mantel ha escrito historia alternativa, pero no nos lo confiesa.

Es cierto, Ana Bolena le había declarado la guerra al Señor Secretario y Moro era una pulga gigante en el gigantesco trasero de Enrique VIII.  Maestre Cromwell tenía que encargarse de ambos, pero hasta el final, no fue una cuestión personal. Sin embargo, la serie y los libros describen a Ana y a Moro como gente tan ruin que merecen ser hervidos como jaibas. Se espera que el lector aplauda cuando les llegue su merecido. Aunque “los Tudors” no esquivaron ni las fallas ni los oscuros historiales del Santo y La Bolena, se las arreglaron para mostrar también las virtudes de ambos. En cambio, “Wolf Hall” afirma que Ana carecía de cualidades, ¡y las de Moro se las encajan a Cromwell!


Una variación del TomKat

En la serie, cuando la mujer de Cromwell le cuenta que Catalina de Aragón sigue zurciéndole las camisas al marido, El Buen Tom murmura que si fuera la reina dejaría la aguja clavada en la tela. En una escena más adelante, Cromwell le dice a Enrique que él se opone al divorcio del rey. Suena bonito, pero no hay prueba histórica de que a Cromwell le haya importado alguna vez la suerte de Catalina. Él fue parte fundamental de la degradación y ruina de la reina española. Hizo lo imposible por alejarlas, a ella y a su hija, del trono, de la corte y de la buena voluntad del rey.  Admiro y respeto los intentos de Dame Hilary por presentar este Cromwell compasivo, pero aborrezco que para conseguirlo tenga que quitarle plumas de la cola a Tomás Moro y trasladarlas al trasero de su protagonista para que sea un pavo real más grande.

No hay mención en “Wolf Hall” de la estima que Santo Tomás sentía por Catalina de Aragón. En la vida real, entre los cargos que se le imputaron estaba mantenerse en contacto con ella y favorecer una invasión imperial a Inglaterra. Para cuando Tomás Moro fue encarcelado, la reina estaba incomunicada, no podía ver ni a su única hija. Pero es posible que Moro haya mantenido correspondencia clandestina con la entonces conocida como Princesa Viuda de Gales.


Uno de los motivos de Moro para rehusarse a acatar tanto La Ley de Supremacía como La Ley de Sucesión, fue para proteger a Catalina y apoyar los derechos de su hija Maria al trono inglés. Aunque no llego a la altura de los shiperos del “TomKat” y me imagino todo un cuento romántico entre la reina maltratada y su más leal vasallo, es verdad histórica que Tomás Moro le tenía mucho cariño a la mujer que consideró su soberana, hasta el día de su muerte. Moro conoció a una Catalina, aun adolescente, cuando ella llegó a Inglaterra a casarse con Arturo, Príncipe de Gales. En sus escritos, el humanista alaba la belleza y encanto de la joven princesa. Como la mayoría de los ingleses de su época, el futuro santo aprendió a admirar a una mujer que, no solo era caritativa con su pueblo, sino que también supo ser una valerosa y sabia regente.
Catalina en su addolescencia

Ambas leyes, la de Supremacía y la de Sucesión, confirmaban el matrimonio de Enrique y Ana Bolena a la par que declaraban nula la anterior unión matrimonial del rey. No debemos ver esto como un divorcio moderno, sino como un acto con graves ramificaciones. La anulación del matrimonio de Enrique dejaba a Catalina como una embustera que había afirmado falsamente que su primer matrimonio no había sido consumado. El casarse con Enrique, fingiendo ser aun doncella, la convertía en una ramera capaz de tener relaciones carnales con un hombre que no era su esposo legal,  y al ser madre soltera,  su Maria pasaba automáticamente a ser una hija bastarda. Tomás Moro no podía hacerse cómplice de tanta injusticia, así es que sus razones para no hacer juramentos ni firmar leyes iban más allá de su fanatismo religioso.
Catalina suplicándole a Enrique

Hombres de Familia
Cromwell y un gatito

En la vida real, los dos Toms compartían muchas virtudes en común, pero Wolf Hall se esmera en demostrarnos que las circunstancias de ambos caballeros los hacen diferentes. Los dos eran hombres que habían ascendido socialmente por esfuerzo propio, eran abogados hábiles, poliglotas, padres devotos, creyentes en la educación de la mujer, amantes de los animales, dueños de un humor caustico, y preocupados por la corrupción en la iglesia católica. Mantel abarca todas estas características al fabricar al Buen Tom, pero las oscurece o adultera en su creación de Tom, El Malo.
Moro y un conejito

Me cae bien Anton “Qyburn”  Lesser, pero es la antítesis, hasta en el aspecto físico, de Tomás Moro. La mayoría conocemos a Moro por el retrato que Hans Holbein hiciera de él, y que he visto de cerca aquí en Nueva York, en La Colección Frick. Existe también otro retrato de la época de estudiante del santo. Ahí se divisa, que aun para los cánones modernos, era un hombre atractivo.

Para cuando Holbein pintó a More, este ya había pasado la barrera de los cincuentas, adquirido un par de arrugas y había engordado un poco. Pero aún podemos apreciar su rostro fuerte, de mirada inteligente, mentón partido, nariz larga y aguileña y grandes ojos oscuros. Una imagen muy alejada del Moro de Lesser, con esa cara arrugada como pasa, apariencia desaliñada y pelo grasiento. Lesser interpreta a Moro como si fuera una gallina vieja, un pedante intolerante, un abogaducho hipócrita que usa las leyes para adquirir poder y honores, y su posición para hacer daño en nombre de un fanatismo ciego y sádico. Su odiosa personalidad hasta afecta su vida familiar.


La serie nos presenta una cena que Cromwell comparte con los Moro que es un caos total. Aun el cariño de Moro por los animales es utilizado en su contra. Vemos un espectáculo de mala comida, mala compañía, animales paseándose por la mesa y molestando a los comensales, un bufón que habla disparates y una anfitriona borracha que incomoda a Cromwell con un interrogatorio sobre su vida sexual. Este circo no corresponde a la descripción de la vida familiar de Sir Thomas More que nos brindan los relatos de sus contemporáneos, las epístolas familiares, los escritos y la correspondencia del autor de Utopía.

Me duele que Cromwell sea descrito como un hombre afable, lleno de amigos y cuya casa estaba abierta para todo el mundo. Me duele más que los televidentes digan/crean que Tomás Moro era un hombre desagradable que no tenía ningún amigo. Basta leer las palabras de Erasmo de Rotterdam sobre quien el filósofo apodaba “El Dulce Tomás”.  “Parece nacido y formado para la amistad,” escribe el holandés.” Es un amigo fiel y duradero. Es accesible para todos”. More no gozaba únicamente de la amistad de europeos influyentes. El mismo Enrique VIII tenía la fea costumbre de dejarse caer (sin anunciar y con todo su cortejo) en Beaufort House, morada de los Moros, y marcharse tras vaciar la alacena.

Tomás Moro desaprobaba los males de su iglesia, pero creía que la reforma debía ocurrir dentro de la institución. Su distanciamiento de Wolsey se debió a su incomodidad con la moral relajada del prelado, no a mero oportunismo como lo cree Cromwell en Wolf Hall. En su momento, Sir Thomas se interesó en la idea de una Biblia en idioma seglar puesto que podría ser utilizada en una de sus más caras ambiciones, la educación de las mujeres. Mucho se ha escrito sobre los esfuerzos de Moro por educar a su ilustrada hija, Margaret, pero no se detuvo ahí.



Aparte de ser el profesor de Margaret More Roper, una de las mujeres más eruditas de su época, Tomás Moro promovió el estudio de idiomas y otras disciplinas entre las mujeres de su casa: sus otras hijas, Elizabeth y Cecily; su hijastra Alice Middleton; su ahijada, Anne Cresacre, que más tarde sería su nuera; y Margaret Gigg Clemens, hermana de leche de Meg Roper. El humanista estuvo muy unido a esas mujeres, sobre todo con las “Megs”. Margaret Clemens fue la única parienta a la que se le permitió asistir a la ejecución de su padre adoptivo y a ella se le entregó el cuerpo decapitado del mártir. Por supuesto que ninguno de estos detalles familiares forma parte de “Wolf Hall”.
Las "Megs" según Holbein







La novela, por otro lado, nos muestra a un Cromwell devastado por las muertes de sus hijitas, pero su amor paternal no alcanza para Jane, su hija ilegítima. A pesar de conocer su existencia, Dame Hilary se niega a hacer a Jane parte de su cuento. ¿Será porque la bastarda de Cromwell siempre fue ferviente católica?

El cazador de herejes
Michael Hirst fue un valiente al mostrarnos a Tomás Moro mandando herejes a la pira, pero cometió un error en “Los Tudors” al situar al Lord Canciller al pie de la hoguera de Simon Fish.  No existen documentos que indiquen que Moro haya asistido jamás a una ejecución y Simon Fish murió en la cárcel, víctima de la peste bubónica. Sin embargo, hay documentos, algunos de su puño y letra, donde el futuro santo se regocija ante la muerte de los herejes.



Aunque nos suene chocante ese regocijo, hay que situarlo en un contexto histórico. La persecución y exterminio de herejes era política de estado. Moro siempre trabajó dentro de los perímetros del sistema legal de su país. A partir de 1401, la ley inglesa consideraba la herejía como la peor de las sediciones y la castigaba con la hoguera.

Nos horroriza la idea de asar humanos, pero era una épica de suplicios atroces. A las adulteras y a los culpables de herejías se les achicharraba en la hoguera: a los envenenadores se les sumergía en calderos de agua hirviendo y a los traidores a la Corona se les colgaba sin ahorcarlos, para  luego dejarlos caer para finalmente “cuartearlos” (esto último consistía en castrarlos, destriparlos y arrancarles el corazón mientras aún estaban vivos).

En la época en la cual Tomás Moro fue canciller, seis hombres fueron a la hoguera:  Thomas Hitton, Thomas Benet, Thomas Bilney, James Bainham, Richard Baysfield y John Tewksbury. Se ha probado que Moro se involucró personalmente en los juicios de los últimos tres. Moro aprobó la quema de Hitton, el primer mártir reformista de Inglaterra, pero de Bilney dijo que era “bueno, leal y virtuoso” Lo que indica que, a pesar de su odio por los herejes, Moro no dejaba de reconocer la decencia de los mismos a quienes perseguía.

Veamos los casos de Baysfield, Tewksbury y especialmente del Maestre Bainham, que figura prominentemente en “Wolf Hall”. Los tres se habían retractado, habían huido al continente europeo y regresado a Inglaterra para reasumir su prédica pública. Paras Santo Tomás eran los más despreciables de los herejes. Los que fingían arrepentimiento para continuar propagando sus herejías, mofándose de la misericordia que se les había brindado. Como dijo Moro de Baysfield “¡Es un perro que regresa a donde ha vomitado!”
Martirio de Richard Baysfield

¿Por qué Tomás Moro se oponía tan vehementemente a la herejía? Hasta recientemente (y no solo en el cristianismo) se consideraba que la herejía ponía en peligro el alma de quien creía en ella. Además, durante el Renacimiento, se temía que la herejía pudiera socavar los cimientos de un estado. Como pacifista que era, Tomás Moro temía que un cisma religioso dividiese a Inglaterra y provocase una guerra civil como ocurriera en Francia y Alemania.



Moro estaba convencido de que extirpar las ideas herejes y exterminar a quienes las predicaban, era lo correcto, pero también creía en el poder de la contrición. En prisión escribió Dialogo del consuelo en la tribulación donde elogia el alivio que proporciona el arrepentimiento como una manera de evitar los peligros del infierno.  De los cuarenta herejes arrestados durante su periodo como canciller, treinta y cuatro no fueron ejecutados, y tres de los seis que perecieron en las llamas de la hoguera eran refractarios. ¿Qué pasó con los restantes?  Algunos murieron como Simon Fish, otros permanecieron en prisión, John Frith y Thomas Harding fueron ejecutados cuando ya Moro no era canciller, y muchos tras retractarse, nunca más reincidieron.

Habla bien del poder de convencimiento y la elocuencia de Moro, que tantos hayan rectificado (aunque fuera para salvar la vida). También tenemos el caso de William Roper, yerno de More, quien sinceramente se arrepintió de su apostasía gracias a la paciente intervención de su amado suegro. Hay una extraña escena en “Wolf Hall”.  El reincidente James Bainham (que Mantel convierte en abogado y amigo de Thomas Cromwell) ha sido arrestado nuevamente. El Buen Tom va a solicitar la ayuda de Tom, el Malo y por primera vez le otorga un poco de respeto. Reconoce los poderes de convencimiento de Moro y le suplica que convenza a Bainham de arrepentirse nuevamente. No llegamos a saber si Moro habló no con Bainham. Este último es quemado y Cromwell hace responsable al autor de Utopía. Lo cual queda en evidencia en el más irritante monologo de la serie cuando el Buen Tom hace a un lado la cara de póker y da rienda suelta a su ira sagrada.



 Ofuscado por la frase de Tomás Moro “No le hago daño a nadie”, El Buen Tom lo acusa de ser un hipócrita. “Y qué me dices de Bilney?” ruge Cromwell “¿Qué pasó con Bainham?” Acusa a Tom, el Malo, de haber torturado tan brutalmente a Bainham que el abogado debió ser llevado en andas hasta el patíbulo. Aquí parece haber un problema de secuencia. De acuerdo a la cronología de la serie, Bainham fue sometido a tormento en casa de Moro, tras lo cual se arrepintió. Semanas más tarde, gozando de plena salud y en plena misa, Bainham se puso a leer la Biblia de Tyndale a toda boca por lo cual fue arrestado. Es imposible que se le haya sometido nuevamente a tortura. El procedimiento era ajusticiar a los reincidentes inmediatamente.  Imposible que Moro hubiese vuelto a ponerlo en la rueda. En cuanto a Thomas Bilney, aunque se retractó por temor a la tortura, nunca fue sometido a ella. Su interrogatorio, juicio y ejecución tuvieron lugar en Norwich, bajo las órdenes del Obispo Dix. Tomás Moro tuvo muy poco que ver con su caso.

Una de las máximas de Dame Hilary Mantel es que el autor de ficción histórica siempre debe apoyarse en, al menos, dos versiones de un mismo evento. Ahora se contradice ya que toda su evidencia en contra de Santo Tomás Moro está basada en una sola fuente: El Libro de Los Mártires de John Foxe. Es sabido que el informe de Foxe está plagado de inexactitudes. El mismo autor confesó que sus informes estaban basados en rumores que corrían de boca en boca. En este caso, la boca le pertenece a un cura bandido llamado George Constantine que se dedicaba a la venta de libros protestantes en lo que hoy llamaríamos mercado negro. Moro lo aprendió y lo mantuvo prisionero en un galpón en su jardín.

 Constantine, quien a pesar de sus muchas mentiras nunca acusó a su carcelero de torturarlo, delató a todos sus conocidos que propagaban la Nueva Fe. Fue él quien denunció a Tewksbury, Baysfield y Bainham. Después, Constantin se las arregló para huir, provocando la risa de Tomás Moro. El futuro santo dijo que obviamente su prisionero había sido bien tratado y alimentado ya que tenía energías suficientes para librarse del cepo y saltar la barda del jardín.

El fugitivo huyó al Continente.  Tras la ejecución de Moro, regresó a Inglaterra y entró al servicio del desdichado Sir Henry Norris (uno de los acusados en el juicio de Ana Bolena). Ya en días de Isabel, Constantine se había vuelto delator de católicos y luego de tan ilustre carrera, se las arregló para morir en su cama. En sus días en Europa, Constantine comenzó a propagar un cuento de que en el jardín del canciller había un árbol al cual se ataban prisioneros para luego azotarlos.

Constantine juraba que vio a Tewksbury y a Bainham ser torturados. Curioso, porque para cuando ellos llegaron a casa de Moro, Constantine había huido. Bainham y Tewksbury fueron puestos en la rueda, pero eso ocurrió en La Torre de Londres y Moro no estuvo presente. Sin embargo, Dame Hilary Mantel nos quiere hacer creer que Tom, el Malo se había construido una cámara de tortura en su sótano, tal como hoy hay quienes instalan un gimnasio. Démosle crédito a la señora ya que es buena calumniadora.

En vida de Moro, sus enemigos hicieron circular el cuento del árbol y los azotes. A pesar de que se jactaba de cazar herejes, y sabía que la tortura en esos casos formaba parte de su sistema legal, él refutó esos rumores. En su Apología, confiesa haber apaleado a dos sirvientes por asuntos de religión, pero asegura que ese es todo el daño físico del que ha sido culpable en su vida.



Al borrar la línea entre lo real y lo imaginado, Hilary Mantel nos quiere convencer de que Tomás Moro era un fundamentalista de pelo sucio que andaba, como una Lady Melisandre cualquiera, quemando y torturando a los que le caían mal.  ¡Y vaya que tiene quien le crea!  Me he encontrado con páginas y sitios webs donde se habla de cómo Moro achicharró a cientos de herejes o como quemó (vivo) a Mathew Tyndale.  No los detiene ni a ellos, ni a Mantel, el hecho que Tyndale fuera ejecutado (en Bélgica) un año después de la decapitación de Tomás Moro, que murió estrangulado y que luego su cadáver fue presa de las llamas. 

¡Aun en la serie, Cromwell acusa a Moro de haber colaborado en el arresto y ejecución de Tyndale, que en ese mismo instante gozaba de buena salud! Toda esta pantomima nos ilustra sobre los peligros de la ficción especulativa. Sobre todo, si la autora asegura haber hecho sus deberes en lo que respecta a la investigación de hechos históricos.

Un santo recalcitrante
Aun así, a muchos les encantó que Wolf Hall sacara del closet a Tomás Moro y que se pusiera en duda su santidad. Como judía que soy no me siento con el derecho a exigir que se le quite la aureola.  Los santos no eran todos ejemplares. San Cirilo azuzó al pueblo a linchar a Hypathia; San Juan Crisóstomo era un antisemita total y San Olaf de Noruega fue un vikingo bruto. Para todos los efectos, Santo Tomás Moro fue un mártir que murió por proteger los intereses y el buen nombre de su iglesia. Por lo tanto, merece su espacio en el calendario.

Más allá de dogmas religiosos, siempre he admirado a Moro por su integridad, por luchar por el derecho del individuo a seguir los dictados de su conciencia, por negarse a permitir que lo atropellara un tirano y por no firmar ridículos edictos que beneficiaban a una ambiciosa y destruían la reputación de una mujer respetable. Nada de eso se manifiesta en” Wolf Hall”.



Los crímenes del Buen Tom
La superioridad moral que emana del sermón de Cromwell es incongruente. El sí empleó la tortura en múltiples ocasiones y no solo en la persona del músico Mark Smeaton. A juzgar por su comportamiento con los monjes cartujos y los pobres diablos del Peregrinaje de Gracia, el Señor Secretario tenía tejado de vidrio. ¿Entonces como andaba arrojando piedras? Pero la serie insiste en presentarlo como un ciudadano bonachón. ¿Cromwell el que instauró un estado-policial en Inglaterra? ¡Imposible!

En Wolf Hall, Cromwell consigue que Smeaton confiese sin necesidad de recurrir a la violencia. Su método es encerrar al músico en un cuarto oscuro. Aun así, muchos historiadores creen la versión de que Smeaton fue torturado. Hay dos fuentes que lo confirman, la Crónicas española de Eustace Chapuys y las declaraciones del poco confiable y siempre parlanchín John Constantin que como recordaremos, ya era empleado de Henry Norris. Dos motivos me llevan a creer que la tortura se hizo presente en ese interrogatorio. Mark Smeaton no era noble por lo tanto era el único del grupo al que se podía torturar y de los seis acusados fue el único en declararse culpable.
La Santa Monja de Kent

Este no sería el único crimen en el currículo de villano de Maestre Cromwell. Ya antes de su sermón, él había sido responsable de la indigna ejecución de la Santa Monja de Kent y la de seis monjes cartujos. Previo a su suplicio, los monjes fueron sujetos a condiciones horribles. Se les privó de comida y movimiento. Se les mantuvo encadenados a pilares, rodeados de su propio excremento. ¿Cómo se atreve Cromwell a sermonear a Moro cuando sus propias manos están inmundas?

Y por supuesto, están los crímenes que cometerá Cromwell más adelante: más monjes cartujos destripados;  la masacre de los líderes del Peregrinaje de Gracia,  que incluye la quema en la hoguera de lady Margaret Bulmer y el ahorcamiento del amigo personal del Buen Tom, Sir Francis Bigod; la muerte del Beato John Forrest, ex confesor de Catalina de Aragón y él único católico en ser quemado en la hoguera en Inglaterra,  y como acto final,  la ejecución (bajo una levísima evidencia de conspiración) de los últimos Plantagenet que acabaría en el martirio de una pobre anciana , la Beata Margarita Pole.

Últimamente, Dame Hilary Mantel parece estar sufriendo del Síndrome de George R.R. Martin. Lleva cinco años trabajando en el último volumen de su trilogía. Aun así, A Mirror of Light no parece estar siquiera cerca de ser terminado. ¿Será que la escritora no encuentra personajes para achacarles la culpa de los futuros crímenes de Thomas Cromwell? O quizás diga que esos crímenes son, como los cometidos contra Ana y sus supuestos amantes, actos de justicia. En la ambigua moral de estas novelas, “justicia “y “venganza” son sinónimos.

En “Los Tudors” Cromwell era implacable y cruel, pero no era un sádico. Tal vez por eso siempre me cayó simpático. Era un gran “fixer”, un Ray Dónovan renacentista. Lástima no poder decir lo mismo del Cromwell de Rylance, y no es culpa de actor. Dame Hilary ha retorcido la historia para poder conseguir que su protagonista emerja como un hombre tolerante y noble. Pero lo que consigue es un Cromwell rencoroso que destruye vidas en pos de mezquinas venganzas.

Me resultó repugnante el alivio del Buen Tom cuando Tom, el Malo, pierde la cabeza. Es tan inmaduro ese rencor que Cromwell siente por Moro debido a un desprecio que éste le hiciera cuando eran niños. Según Wolf Hall, ese incidente, que él santo no recuerda, es lo que lo llevara a la muerte. Moro debe pagar su esnobismo con su vida. Esta es una fábula donde todos pagan. 

Ana Bolena tomó parte en la caída de Wolsey. A los ojos de Cromwell, ella también debe pagar. En cuanto a los supuestos amantes, los cinco se han burlado de Cromwell, los cinco interpretaron roles en una pantomima anti-Wolsey (una obra que el Cardenal nunca vio). Que el castigo sea mayor que el crimen no parece molestar ni a Cromwell ni a su creadora. Después de todo, Dame Hilary arrastra su carga personal de neurosis y rencores infantiles. (Aconsejo la lectura del artículo “The Devil and Hilary Mantel”. En el, Patricia Snow identifica a los espectros de la infancia de la escritora y señala que rol han jugado en su narrativa).

La voluntad de servir a un tirano



No es accidental que “Wolf Hall” no coloque en la boca de Santo Tomás sus últimas palabras “Muero siendo un buen servidor del rey, pero  primero de D-s” En ese breve discurso Moro hace saber sus verdaderas razones para no acatar La Ley de Supremacía.  ¿Por qué iba comprometer su alma inmortal solo para servir a un tirano? Mal que mal, El Papado era la ONU de su época, un baluarte en contra de la crueldad de monarcas ineptos y hambrientos de poder como Enrique VIII.  

Hay quién creerá que Enrique Octavo independizó a Inglaterra, pero el único emancipado en este asunto fue el rey que de ahí en adelante no tuvo que rendirle cuentas a nadie. Más encima, auto-otorgándose una superioridad moral que no le correspondía, se convirtió en el guía espiritual de sus súbditos decidiendo lo que podían o no podían leer. ¡Eventualmente, y ante el horror del Buen Tom, Enrique se volvió un católico ortodoxo y comenzó a perseguir protestantes!



Para Tomás Moro estaba claro que a Enrique lo controlaban las gónadas. No quiso secundar a ese monstruo y estableció distancia, aunque esa distancia lo llevara al otro mundo. En cambio, Cromwell, estaba más que dispuesto a servir a un sociópata. El Buen Tom creía que le podía ponerle correa y collar al rey y usarlo a su antojo. Lamentablemente, Enrique cortó la correa y devoró al más leal de sus criados.

La serie “Wolf Hall “está bien actuada, posee atmosfera de época, visualmente es hermosa (a pesar de que a ratos es tan oscura que es difícil discernir lo que sucede), pero es tan tendenciosa que debo aconsejar a sus admiradores leer un poco más de historia antes de llegar a alguna conclusión. ¿Quiere eso decir que deseo más ficción sobre Los Toms?  ¡Para nada! Me parece que las excelentes interpretaciones de James Frain y Jeremy Northam, como los cancilleres, en “Los Tudors”, es un buen comienzo para poder conocer y comprender a estos individuos tan complejos e excepcionales.

Lo que me gustaría ver en ficción (es un antiguo capricho mío) es algo sobre “Las Megs”, Margaret More Roper y Margaret Giggs Clemens. Esta última no es tan conocida como su hermana de leche, pero es igualmente fascinante. Fue una gran matemática, experta en medicina natural, aparte de acompañar a su padre adoptivo al cadalso también asistió a los monjes a los que el Buen Tom torturaba. Es bueno recordar el valor, sabiduría y lealtad de estas mujeres que vivieron en una época en que los hombres dictaban las leyes y erraban al hacerlo



jueves, 15 de junio de 2017

El bochornoso retrato de la corte española en The White Princess


Escribirle una reseña a “The White Princess”, una miniserie que deja todo que desear, me estaba resultando complicado. En mi ayuda vinieron mis reinas españolas que se han enterado que uno de los muchos disparates históricos de la serie ha sido su grotesco retrato de Los Reyes Católicos.  Esa escenita en el Alcázar de Sevilla ha suscitado muchos bufidos en las redes sociales y alguna que otra nota que mi último googleo ha sacado a flote. Pero en serio ¿en cuántas ocasiones la ficción histórica angloparlante ha sabido representar fehacientemente al mundo ibero? Y no nos apresuremos a lanzar primeras piedras. La telenovela de época hace rato que dejó de serlo. Algunas ficciones seudo históricas de RTVE (y de Antena 3 también) tampoco son para presumir, como esa del maestro ciruela metido a súper héroe. ¿Cómo se llamaba?

Esta abominación de “La Princesa Blanca” nos alerta sobre el prevaleciente descuido de la ficción histórica contemporánea. Es momento de buscar responsables. La primera en el banquillo de los acusados se llama Philippa Gregory. Se ha convertido, por varias razones, en la representante por antonomasia del romance histórico. Es muy popular, vende bien, la leen en todo el mundo y tiene energía para sacar, año por medio, algún libro nuevo al mercado. ¿Quiere eso decir que se puede confiar en la historicidad de sus textos? La respuesta es negativa.

The White Princess es la prueba de que a Doña Pippa le gusta más la fanfiction histórica que dramatizar hechos reales.  Me explico, como toda FF, la fanfiction histórica gira en torno a shippings. Te agarras a tus personajes favoritos, los emparejas, les escribes su romance ¡y voila! A que te lean. Yo babeo sobre historias que hacen que Maria Tudor (la Bloody Mary) se casa con su tío político, el Duque de Suffolk, tienen trece hijos y reinan sobre un pueblo que los ama. Lo importante es que yo sé que eso está bien para El Bosque Encantado, pero no para la crónica histórica. Los lectores de Gregory muchas veces se confunden entre la realidad y la ficción.


Un día, Madame Gregory se cansó de escribir sobre Enrique, sus esposas y sus hijas y se fue al pasado más recóndito a ver lo de La Guerra de las Rosa y el primer Tudor. A diferencia de George R.R. Martin, no cambió nombres ni hechos, ni se inventó un mundo de dragones y Caminantes Blancos. Lo que hizo, y está de moda, fue inyectarlesmagia a hechos reales. Es por eso que la adaptación de Starz llamada “The White Queen” es infinitamente superior a su secuela. Tiene personajes más atractivos y queribles y está basada en un cuarteto de novelas, cada una con una protagonista intrépida. Mi favorita es la heroína de Lady of the Rivers, Jaquetta de Luxemburgo quien en la vida real fue acusada de practicar artes mágicas. Gregory la convierte en bruja de facto, descendiente directa de la poderosa hada-ondina Melusina, y tutora de su hija la Reina Blanca en lo mismo que se enseña en Hogwarts.

Elizabeth Woodville, alias Reina Blanca, se encarga de incluir a la mayor de sus hijas, Lizzie, alias Elizabeth York, en su último gran hechizo. Porque después, Lizzie jamás volverá a aplicar la magia a su vida y por eso es que los productores de “The White Princess” tuvieron poco con que trabajar para hacer la serie más llamativa, pero volvamos a lo de la maldición.

 Desconfiando de su cuñado Ricardo III (que aquí es bueno como corresponde a la nueva tradición del revisionismo histórico anglo), Elizabeth envía a uno de sus hijos, Ricardo, Duque de York, a vivir con una familia de Flandes llamada Warbeck. Luego, reemplaza al principito con un campesinito parecido, por lo que, en la masacre de los Príncipes en la Torre, solo muere un niño de sangre real. De acuerdo a la novela (y la misma Gregory en un epilogo dice creer que esa fue la verdad) Perkin Warbeck no fue un advenedizo sino el verdadero Duque de York que vino a exigir que le devolvieran el trono.

Antes de la batalla de Bosworth, Elizabeth y Lizzie invocan a Melusina y colocan una maldición sobre quien mate a los príncipes. La maldición exige que los descendientes de los asesinos verán morir a sus descendientes varones. Como ambas Elizabeths creen que la asesina fue Margaret Beaufort no hay problema. Lizzie está segura que su tío-amante Ricardo matará a Enrique Tudor, hijo de Margaret, y que ella será reina. Como vemos en “La Princesa Blanca”, las cosas no serán así de fáciles.

Enrique mata a Ricardo y se convierte en rey. Ahora le toca fundar una nueva dinastía, pero como le da rabia que Lizzie no sea virgen y siga llorado por un rey que él mató, la viola. Si, así mismo. No es que esté borracho, o que se ofusque en medio de una pelea. El rey somete a Lizzie a una serie de violaciones sistemáticas encaminadas a certificar su fertilidad. Aunque no hay evidencia histórica de que esto haya ocurrido, Enrique VII no era un personaje muy simpático así que desde ya es permisible tomarle fastidio.

La embarazada Lizze se casa con Enrique, tienen tres hijos y serian felices sino fuera por a) Enrique es un paranoico que se sabe usurpador b) todos están en contra de él comenzando por su suegra c) a cada rato le salen al paso gente que pretende quitarle el trono d) su peor enemiga es su madre, Margaret, que es también su única aliada.

Tienen que ver a Catelyn Stark como Margaret Beaufort. Ósea olvídense de Lady Corazón de Piedra. Michelle Farley que esta flaquísima, parece reptiliana, anda con un atuendo que es un cruce entre el guardarropa de Maleficent y el de Darth Vader. En la vida real, Margaret era fanática religiosa y mujer controladora, pero aquí en la serie la ponen peor que en el libro. Esta Margaret es una alimaña, mata niños, mata adultos, hasta mata a su gran amor, el pobre Jasper Tudor.


Bajo su influencia, Henry tiene a todo el mundo encerrado, a su primito político, el Conde de Warwick, en la Torre, a su suegra en una abadía. Hace cortar cabezas, casa princesas con plebeyos, todo para evitar que le quiten su trono. Ayyy este está peor que Cersei. Jusot ahí aparece Perkin Warbeck, que viene apoyado por Borgoña y por Escocia. El problema es que Lizzie (en la serie, en el libro no está muy segura) sabe que Perkin es su hermano. Ella no quiere perder al trono ni al marido, pero tampoco quiere cometer fratricidio porque entonces sí que les cae el maleficio encima. La solución se la proporciona ... ¡. Isabel la Católica!

Lizzie quiere casar a su hijo mayor, Arturito, con la princesa más poderosa de la Cristiandad, y esa es Catalina de Aragón, que por entonces todavía andaba en pañales. Los Tudor se embarcan hacía la recién conquistada Granada. Ósea, digo embarcan porque ni modo que llegaran en jet, había que cruzar el mar. En la serie nos los muestran planeando el viaje, y luego yendo por un senderito andaluz, da la impresión que Andalucía queda ahí, a la vuelta de la esquina de Gales.

No sé porque no filmaron en Granada. En cambio, se van al Alcázar de Sevilla (que la serie insiste en identificar como “La Aljambra”) donde Fernando e Isabel los reciben muy entronados. Antes de las presentaciones, se aparece una niñita que les hace un baile muy chulesco. Se ha hablado de flamenco, supongo que esa es la idea a juzgar por los zapateados y batir de palmas de la nena morenita teñida de rubio a la que presentan como Catalina. La chiquita se da más volteretas que oso de circo y aunque no se saca un trapo, la coreografía suena más a danza de siete velos o a Bollywood que a aires hispánicos.

En fin, después tenemos a Isabel y Fernando tras un velo de oro, y en tronos de oro y si te quedó alguna duda de lo magníficos que son estos señores, la misma reina le dice a Lizzie que Catalina es más millonaria que los Lannister. Hay un preámbulo idiomático. A pesar de que anda por ahí el interprete oficial, Señor de Puebla con unos bigotes de Dalí, Isabel le hace al inglés y... ¡Oh sorpresa! Lizzie ha tomado clases de español.


Esto proporcionara una excusa para que la Princesa Blanca le oculte al marido lo más grave de la entrevista, Isabel entregará a su hija siempre y cuando los Tudor escabechen a Perkin Warbeck y al pobre Teddy, Conde de Warwick. Parece cruel, pero tiene razón (y lamentablemente este si fue una exigencia histórica). No se puede mandar a la hija a un país siempre al borde de la guerra civil y casarla con un príncipe que no tiene asegurado el trono. Si el de Isabel es de oro, el de los Tudor debe ser de madera carcomida por termitas.

En la vida real, Lizze no sabía castellano, y esta escena ha sido un recurso dramático para demostrarnos nuevamente que es ella quien piensa en esa pareja y que Isabel lo reconoce. Nos queda claro el poderío de los Reyes Católicos, o al menos del de Castilla porque Fernando montará tanto, pero mete baza solo dos veces:  una para pedirle a su reina que abrevie (se le nota fastidiado) y otra para preguntarle a Lizzie si le han quedado claras las exigencias de su mujer.

Debo aclarar que este curioso episodio sevillano, no aparece en el libro, ni ocurrió en la vida real. Los Tudor no conocieron a Catalina sino hasta la llegada de la princesa a Inglaterra en 1501.  Todo esto es invención de STARZ que ha mercadeado la serie como una “GOT feminista” (¡ARRGH!). Y ya conocemos la máxima de las faux-feministas de hoy:  si el mensaje es positivo (léase, sigue nuestra agenda) ¡entonces al carajo con lo histórico! De ahí que tengamos a la corte Castilla-Aragón convertida en el Dorne y a Isabel y Lizzie champurreando, una en inglés y la otra en “cristiano”, a espaldas de los maridos, que Fernando parece que quería irse a ver el futbol en la tele y Enrique se veía más pavo que de costumbre.

A pesar de que se consigue el propósito de mostrar que Lizzie puede estar al nivel de una gran reina como la Católica, la falsa Alhambra, el bailoteo, y el aspecto físico de las españolas deja un mal sabor de boca. No le vemos el cabello a Rossy de Palma, pero su cara no es la de Isabel y vaya que hay retratos contemporáneos de la reina.

Sin embargo, a diferencia de su tocaya inglesa, Isabel de Castilla no ha sido bien retratada en la pantalla. Aunque grandes actrices como Sigourney Weaver, Faye Dunaway y Rachel Ward le han dado vida, para el mundo angloparlante Isabel (o Isabella como se la llama en inglés) tuvo una única importancia, vendió sus joyas para costearle el viaje a Cristóbal Colon. Así aparece siempre en el imaginario gringo. Incluso ese cameo en” La Fuente” de Darren Arofnosky, donde Rachel Weisz se ve deslumbrante, también se relaciona con el descubrimiento de América.


Sigourney Weaver en "La Conquista del Paraíso"

Rachel Ward en "Cristobal Colón: el descubrimiento"

Faye Dunaway en "Cristobal Colón"

Rachel Weisz en "La Fuente"

Este problema recién se está solucionando gracias a la Tudormania. Cuando se habla de Catalina de Aragón siempre se la compara favorablemente con la madre. Incluso en “Wolf Hall”, cuando los nobles desdeñan la posibilidad de Maria de reinar porque es mujer, le sale Cromwell al paso recordando a la abuela de la princesita y su buena gestión como gobernante. Estoy contenta que estas series (Los Tudors principalmente) sean tan enfáticos en la influencia de España. Ha llegado al punto que en el disloque histórico que es “Reign”, Felipe II casi se apodera de Francia porque no le gusta como los Valois manejan a l problema hugonote.
Isabel de Valois, Reina de España, viene a meter en cintura a los franceses

Lo primordial es que el mundo gringo esté teniendo otra visión de España, una alejada de Inquisiciones y de Conquistadores. Lamentablemente, existe un prejuicio sobre el mundo Mediterráneo que exige esa visión exótica de princesas bailaoras, reinas de oropel y el Alcázar disfrazado de Alhambra. No es accidental lo del Alcázar, ¡que ya hay televidentes anglos que han gritado “ese es El Dorne!”, y es que así venden a la España histórica.

Los televidentes angloparlantes (eso abarca a Afro-Americanos que cuando se trata de otras culturas o espacios geográficos, salen con los mismos prejuicios o tal vez racismos de sus rivales caucásicos) andan preocupados porque “The White Princess” no presenta diversidad cultural. Como ya sabemos, las políticas de diversidad cultural del Primer Mundo se refieren estrictamente a variedad de géneros e inclusión de gente de diferente color de piel.   Para cumplir con esas políticas se sale con soluciones como lo del tablao sevillano. También lo de poner a Rodrigo de Puebla con cara de mercader levantino, lo que les hubiese encantado a sus enemigos que lo persiguieron, toda su vida, con acusaciones de ser Marrano.

La ironía es que el mundo contemporáneo tiende a asociar España con niñitas jaraneras, embajadores mostachudos, reinas tiesas con cara de cuadro de Picasso, pero para el inglés del Renacimiento, España era una inmensa potencia que cosechaba poder tanto en el campo de batalla, como en la conquista ultramarina y también, en las uniones dinásticas.  Por parte de su padre, Lizze descendía de Leonor de Castilla al igual que Enrique, vía Juan de Gante. La abuela de Isabel, Doña Catalina de Lancaster, era hija de Juan de Gante, ósea era inglesa. de ahí que Isabel fuese pelirroja (como lo eran Catalina de Aragón  y su hija Maria). Aquí no había superioridad racial por parte de los “blancos”.

Nos queda claro entonces que este episodio de “La Princesa Blanca” es un bochorno ¿Pero podemos lanzar la primera piedra? ¿Son los dramas de época del mundo hispano parlante más apegados a la realidad histórica?  Ciertamente, no en lo que respecta a telenovelas y series históricas latinas que suelen ser tan anacrónicas que ya solo falta que los personajes saquen celulares y tablets de los miriñaques.

"                                            Primer encuentro entre los Reyes Católicos en "La Espada Negra"

Pasemos entonces al drama histórico español y comencemos precisamente con el tema Reyes Católicos. Las mejores Isabeles para mi han sido Maribel Martin en “La Espada Negra” y Michelle Jenner, por supuesto, que ha capturado de tal manera la imaginación popular española que la llevaron a hacer de Isabel en “El Ministerio del Tiempo” Un pequeño detalle, ambas son rubias. Se  olvidan que Isabel tuvo cabello rubio rojizo en su juventud, pero que cuadros de su época madura muestran que el cabello se le oscureció hasta adquirir un rojo cobrizo.

 Isabel en su juventud

Isabel en 1490

Michelle Jenner como Isabel

A mi comenzó a atraparme” Isabel” a partir de la segunda temporada que siguió la pauta de “Los Tudors” de ampliar el panorama, salir de las fronteras españolas y mostrarnos la influencia de Castilla en el tapiz europeo. Pero en la primera temporada hubo bemoles apoteósicos y a ratos parecía querer copiar a GOT, que un discurso de Don Beltrán de la Cueva salió calcado de uno de Theon Greyjoy tras la batalla del Bosque Susurrante.

” Isabel” dejó la vara alta para los dramas históricos. La siguió “Carlos Emperador, muy buena, muy lujosa, pero había actores infames ahí… mejor no sigo, y también jugaban con la historia. Esa hermana de Carlos, Leonor, estaba peor que la hermana de Enrique en” Los Tudors”, y no se sabía si los hijos eran del marido o del hijastro. Igual me dio pena que la cortaran, tenía tantas ramificaciones y cumplía con mi requisito principal del drama histórico, obligarme a leer más sobre el tema. Algo que no encontré ni en “Toledo”, ni en “Hispania”, ni en “El Final del Camino”, que ya estaban como” Bandolera” en su carencia de atmosfera de época o falta de asesoria histórica.

Leonor de Austria 

Recientemente me enteré de una miniserie que dieron este año llamada “Reinas” y que venía a ser el aporte español a la inagotable Tudormania. Me dio pena perdérmela y aun mas saber que no tuvo éxito.  Yo ando con mucho tacto con los period pieces y la ficción histórica y suelo ser mucho más exigente con el material en español. Tal vez porque hubo una época en que para mí la mejor televisión de época venia de España (los 80s) y tal vez porque la desilusión que sufrí con “Águila Roja” me dejó traumatizada.
Laura , verdadera reina de Las Españas

Cuando nos reímos de los esperpéntica que les quedó la visita real a Andalucía en The White Princess” tengo que detenerme y recordar esa corte barroca de “Águila Roja” donde los únicos buenos eran los criados (y ni tanto) Si vamos a quejarnos de despropósitos históricos ¿qué tal que todos los matrimonios de Felipe IV eran nulos porque en su juventud el rey se había casado con una condesa francesa y había procreado a los tres engendros más tarados de Las Españas? Y cuando hablamos de anacronismos recordemos los modelitos de Lucrecia, al lado de los cuales el vestuario de “Reign” es rigurosamente histórico. 
Lucrecia andaba disfrazada de La Reina Mala en Once Upon a Time

Margarita no se peinaba nunca

Y Lucrecia , a veces, se peinaba demasiado

Concluyo con lo que creo que explico mejor en mi nota sobre la feminización del period drama. Somos tolerantes mientras no nos pisen los callos.  Que no se nos olvide esta vergüenza ajena que nos ha proporcionado “The White Princess” para la próxima vez que veamos cómo se pasan por las nalgas los hechos históricos, tanto en series gringas como hispanas. 

Ahh ¿y saben lo que más confirma mi tesis? Que en mi paseo por las redes sociales en español me encuentro con perlas como” en la España de las Tres Culturas es posible que esto haya ocurrido” y “Oí que ä Isabel la Católica en realidad le gustaba el flamenco” y “esto no es un documental. Se permiten las licencias”. Ahí tienen a los historiadores expertos de la era Twitter-Instagram que aprenden en la universidad de la más mediocre ficción histórica.


miércoles, 7 de junio de 2017

Lo que aprendí con “los Tudors” y lo que me desilusionó de “Wolf Hall”


Gracias a “Los Tudors” descubrí tres verdades históricas: Santo Tomas Moro fue capaz de quemar herejes; Thomas Cromwell fue un hombre adelantado a su época, y Ana Bolena fue una mujer instruida que aportó chic francés a la vulgar corte inglesa. Mi mayor desilusión con “Wolf Hall “es que ignora por completo las contribuciones de Ana, falsifica y recarga el lado oscuro de Moro y fracasa totalmente en su objetivo de convertir a Cromwell en un personaje simpático. ¿Quiere esto decir que “Los Tudor” es superior a “Wolf Hall”?

Cerré el párrafo anterior con una pregunta que espero abra la posibilidad de un debate serio. Desde que “Wolf Hall” debutara en el 2015 en “Masterpiece” que se ha vuelto pecado intentar compararla con “Los Tudors”. Acepto que la serie escrita por Michael Hirst es populachenta, y que está llena de sexo y violencia gratuitos, aparte de un sinfín de inexactitudes históricas. “Wolf Hall”, por otro lado, carece de la extravagancia de los productos Showtime, no presenta ni sexo ni desnudos, es discreta y humilde, pero no por eso se haya exenta de fallas.

En el 2015 me perdí “Wolf Hall” así es que me alegré de poder ver la reposición de la PBS esta primavera pasada. Aunque no soy ciega a los méritos del programa (que discutiré más abajo) su parcialidad e imprecisiones me distrajeron y molestaron.  No podemos culpar a la BBC de ello, sino al libro que tan cuidadosamente adaptaron. Me habían contado que en lo que respecta a historicidad, Dame Hilary Mantel era escrupulosa tanto en investigación como en veracidad. Es una lástima que sus prejuicios opaquen sus escrúpulos.

Fue un shock para mi descubrir que mi admirado Tomas Moro andaba cazando herejes, y que tomó parte fundamental en la quema de seis de ellos. Conocí este triste detalle histórico gracias a “Los Tudors”, pero ese programa también me llevó a conocer otros datos sobre la vida del autor de Utopía. Esos datos, fáciles de verificar, fueron la devoción de Moro por su reina española, su cálida vida familiar, el cariño reciproco que compartió con sus hijos y su lucha por mantener su integridad bajo un régimen hostil. Para cuando el personaje de Jeremy Northam es arrastrado al patíbulo, yo estaba totalmente de su lado porque entendí que, dentro de su contexto histórico, él fue un buen hombre.


Los historiadores temían que sacar a Thomas Cromwell del pozo de los villanos, como pretendía hacerlo Mantel, pudiera ocultar sus crímenes e insidia. Sin embargo,” Los Tudors” nos ofrecieron un inescrupuloso y despiadado Cromwell que igual caía simpático. Al Cromwell de Mantel le faltó esa atractiva energía que le aportó James Frain en su interpretación del personaje en “Los Tudors”.  El Cromwell de Frain rebozaba entusiasmo, diligencia y expectativas sobre los muchos proyectos que emprendía. En “Wolf Hall”, Sir Mark Rylance es un hombre distante y calmado que avanza como sonámbulo a través de su era perversa y de las cosas perversas que debe hacer. Solo lo vemos perder la compostura en dos ocasiones: ante el cadáver de la esposa, y en esa explosión de ira provocada por las palabras de Moro “No hago daño”.

En su reseña en New York Magazine, Emily Nusbbaum describió la actuación de Sir Mark como la interpretación de “un hombre sin ilusiones”. He ahí el primer error histórico. El Señor Secretario fue un hombre lleno de ilusiones.  Este hombre pragmático se daba el lujo de soñar con una vida más opulenta, y un papel en la transformación de Inglaterra. Su mayor sueño fue implantar una nueva religión, libre de supersticiones, en su tierra.






Casi al final de la tercera temporada de” Los Tudors” tenemos una escena que confirma mis palabras. Un criado se cuela en lo aposentos de Cromwell, para robarle una pera. Cuando descubre a su amo inmerso en oración, el criado se sorprende. ¿Por qué su señor no está rezando en la capilla? Aparte de regalarle la pera, el canciller le brinda una lección moral. Para rezar no se necesitan ni capillas ni clérigos. D-s es omnipresente, no necesitamos de mediadores para acercarnos a El. Es en ese momento en que la fe de Cromwell se manifiesta de manera tan potente y conmovedora, que le perdonamos todos sus crímenes pasados.

Sin embargo, en Wolf Hall (cuando en cursivas me refiero al libro), Mantel hace que un exasperado Cromwell le reclame a Moro su proximidad con el Todopoderoso: “Hablas de tu Creador con una familiaridad como si fuese tu vecino con el que vas de pesca el domingo por la tarde.” ¿Pero no es ese un principio básico de la nueva fe? ¿Una relación más estrecha y personal con la Divinidad?

El problema está en el ateísmo y anti catolicismo de la autora que la lleva a desestimar las convicciones religiosas y reformistas de su protagonista. Y no es única en considerar que la fe de Cromwell puede ser una falla. En un blog donde comparaban “Wolf Hall” con “Los Tudors”, los blogueros acusaron al personaje de Frain de ser un “fanático”. Qué tiempos vivimos en que cualquier persona de fe puede ser catalogada de “fanática”.


El Cromwell de Mantel no será un fanático, pero es un hombre vengativo cuyas acciones están motivadas por antipatías personales. Siente rencor en contra de varias personas y es su amargura lo que lo lleva a causarles daño. Por eso hace ejecutar a Ana, a los cinco supuestos amantes de la reina y a Thomas Moro (a quien Cromwell le tiene tirria desde su infancia). Pero la enemistad Moro-Cromwell (que carece de fundamentos históricos) la discutiré en un próximo blog. Entretanto, quiero ser objetiva y comentar los méritos de la serie para s luego pasar a Lo Malo y Lo Feo de “Wolf Hall”.

Muy discutido ha sido el anti catolicismo de la novela, pero pocos han notado en ella otro peligroso prejuicio. ¡En este cuento no hay mujeres buenas! En lo que se refiere a personajes femeninos, La autora es tan toxica con su propio sexo que hasta podrimos  tildarla de misógina. Su mayor toxicidad la reserva para la irredimible y despreciable Ana Bolena. Al lado de la Bolena de “Wolf Hall”, la de Philippa Gregory pasa a ser Santa Bernardita Soubirous.

LO BUENO
El esbelto Enrique Octavo

A pesar de haber escogido interpretar (y otros ya lo habían hecho antes que él) a un Enrique VIII esbelto, Damián Lewis crea un personaje muy cercano a como realmente debe haber sido el rey-tirano. Este Harry no es un psicópata como lo fuera Jonathan Rhys-Meyers, en “Los Tudors”, ni es un déspota sombrío y distante como el que encarnó Eric Bana en “La Otra Bolena”. El Enrique de Lewis es afable, inteligente y un poco vulnerable. En el segundo capítulo hace entrega a Cromwell de unas monedas para aliviar la carga económica del Cardenal Wolsey, pero le susurra que no puede hacer más, otros no lo dejan. Da la impresión de que Enrique todavía es un rey titubeante, al que le preocupa la opinión de sus allegados, pero que no está exento de bondad y largueza.

Entonces, a medianoche, el rey manda llamar a Cromwell. Ha tenido una pesadilla y necesita que lo tranquilicen. Es el inicio de una amistad casi bíblica. Asuero y Mardoqueo ¿O serán Asuero y Hamán? El caso es que Cromwell aprovecha las circunstancias y le exige a su rey que reine: “Este es el momento para que seas el rey que debes ser!” ¿En serio? Enrique llevaba reinando casi veinte años y hasta ahora no lo había hecho mal. Fue después de la entrada de Cromwell cuando se volvió una bestia, y no fue tampoco culpa del Señor Secretario. Bueno, tal vez un poquito.





Pero lo impresionante de la interpretación de Damian Lewis es su evolución. Del enamorado que confía en Cromwell “¡Ella (Ana) me hace temblar!”; del feliz futuro padre que le anuncia a su cortesano que la reina ha vuelto a escribirle a la cigüeña pasa a ser una egocéntrica y solapada Reina de Corazones que exige las cabezas de todos los que la fastidian. En “Wolf Hall” no hay un esfuerzo por “sanear” la imagen del soberano. El Enrique de Lewis es un dios monstruoso que devora a todos los que lo rodean: esposas, hija, cortesanos.

Cromwell El Conquistador
En “Los Tudors”, Cromwell le hace una confesión a su rival, el Duque de Suffolk. Sus enemigos se equivocan, el Señor Secretario tiene corazón, mucho corazón. Me encanta como en “Wolf Hall” el Cromwell de Sir Mark Rylance emplea su corazón (y otras partes de su cuerpo). Por el modo en que llora sobre su cadáver, Cromwell parece haber estado locamente enamorado de su difunta esposa Liz; lo vemos coquetear con Maria Bolena; recordar a una tal Anselma un amor del pasado y tener un affaire con su muy casada cuñada. ¡Hasta tiene fantasías con el escaso busto de Ana Bolena!


En el trasfondo de tanto romance, Cromwell ama silenciosamente a la virginal Jane Seymour. Si la misma que se casó con Enrique Octavo. Rompe el corazón ver a Cromwell encarar el hecho de que su rey le está quitando la mujer que ama. Da que pensar que, si se la hubiera pasado menos tiempo conspirando o alimentando rencores infantiles, tal vez hubiera podido ser feliz junto a Jane. Bueno, al menos en la ficción, porque no hay bases históricas para creer que esto pudo haber pasado en la realidad. Sin embargo, me parece una licencia creativa legitima.


Las escenas de Sir Mark con la novata Kate Philips (que da vida a Jane) son una delicia. Con ella, Cromwell es considerado, cariñoso, casi paternal. Como la mayoría de las mujeres de esta historia, Jane puede ser ella misma cuando está en compañía del Lord Canciller. Por eso mismo, Maria Bolena le abre su corazón a Cromwell, y hasta la misma Ana le toma la mano y le muestra sus piernas desnudas durante su periodo de confinamiento.

La mayor maestría de Dame Hilary está en su descripción de las relaciones de Cromwell con el sexo bello. En vez de destilar diplomacia obsequiosa como lo hacía James Frain, Rylance realmente aparenta ser un hombre al que le preocupan los problemas femeninos y en quien las mujeres pueden confiar. Como murmura la caustica Lady Rochford él es “bueno para escuchar”. una lástima que las mujeres a las que Cromwell escucha, no sean tan amables como su interlocutor.

LO MALO
¿Es qué no había mujeres simpáticas en la Inglaterra de Los Tudor?
Lo extraordinario de la generosidad de Cromwell con las mujeres es que no hay personajes femeninos agradables en este cuento. Las pocas simpáticas o son niñas (la difunta hijita de Cromwell) o mujeres de clase humilde: su esposa, la esposa del Rafe Sadler, la mujer de Crammer (estas dos últimas solo aparecen en los libros). Pero incluso la cuñada de Cromwell es descrita como una adultera que sueña con la muerte del marido y está dispuesta contraer un matrimonio prohibido (en esa época, casarse con un cuñado era visto como incesto). Y no todas las doncellas de clase baja reciben un buen tratamiento de parte del Señor Secretario.


Ni Cromwell ni Mantel sienten lástima por Elizabeth Barton, la “Santa Monja de Kent”, una ex criada famosa por sus visiones proféticas. El Señor Secretario la utiliza para sus propósitos y luego la ejecuta sin previo juicio, sin tener en cuenta de que se trata de una pobre loca. Por servir a la oligarquía, la monja es solamente una servil fregona. La ironía es que se puede decir lo mismo de Cromwell, y tal como la famosa visionaria, el también perderá su cabeza.

Pero aquí son las damas de alta sociedad las que reciben la peor prensa. O son tontas ambiciosas como la Beata Margarita Pole o alcohólicas parlanchinas como Lady Alice More. Maria Bolena es una zorra devorada por la envidia que le tiene a la hermana y su cuñada Juana Rochford (que delicia ver a Jessica Raine tan alejada de la angelical Jenny de “Call the Midwife”) es una amargada venenosa. En cuanto a Catalina de Aragón, la más trágica de esta tragedia, Mantel la describe como una altiva esnob que le presenta a Cromwell a su hija con estas palabras “Este es el Señor Cromwell, antes era un prestamista".

Hasta la dulce Jane Seymour a quien Cromwell ama desde la distancia es una mosquita muerta que finge ser más inocente de lo que es y que es capaz de dejar caricaturas de cadáveres decapitados en la cama de su abusadora patrona. Es esa patrona, Ana Bolena, quien precisamente recibe la peor y más injusta prensa en “Wolf Hall”.




La Odiosa Niña Bolena
Ninguna otra figura histórica (con la excepción de Santo Tomas Moro, por supuesto) es tan maltratada como la de Ana Bolena. Recordando el escándalo que provocara la Ana negativa de La Otra Bolena, sorprende que nadie se queje con esta interpretación deformada que Hilary Mantel nos ofrece de la segunda esposa de Enrique Octavo. Dame Hilary cree que la verdadera Ana fue una mujer egoísta que usó su sexualidad para mejorar su situación, y así la describe en su novela.




Los historiadores modernos no comparten esta visión tan mezquina. Ciertamente no era así la Bolena retratada por Natalie Dormer en “Los Tudors”.  La Ana de Dormer es seductora, manipuladora y ambiciosa, pero la musa de Sir Thomas Wyatt es mucho más que una mera vampiresa. En una entrevista Natalie le contó a la Profesora Susan Bordo que habiendo leído tanto sobre la segunda reina de Enrique, quería incorporar lo aprendido en sus lecturas al personaje que interpretaba.



 A pesar de que Michael Hirst estaba decidido a usar el estereotipo de” La Otra”, Natalie se las arregló para sacar a Ana del casillero de la Femme Fatale y ofrecernos una devota reformista, una intelectual que guía las lecturas del marido, una mecenas de poetas y músicos y una mujer generosa que cree que las riquezas confiscadas a la Iglesia deben ser para los pobres, no para el rey ni para Cromwell.

Hilary Mantel no cree en esa versión. Por lo tanto, se inventa una reina del artificio una pécora que finge un acento francés (insiste en decirle “Cremuel” a Cromwell), que es cruel con sus damas y fatal con sus enemigos. Pobre Claire Foy, aparte de usar ropa que le queda mal, anda perpetuamente mohína. Los contemporáneos de Ana Bolena, aun sus enemigos, elogiaban su inusual viveza e ingenio. ¿pero quién se va a enamorar de esta niña que vive con cara de resentida?

Como lo muestran en “Los Tudors”, Cromwell y su reina unieron fuerzas para reformar a Inglaterra y su iglesia. Pero Dame Hilary ignora ese hecho histórico, tal como ha optado por olvidar todo lo bueno que se haya dicho de la madre de Isabel I. Incluso nos quiere hacer creer que Cromwell odiaba a Ana y a todos Los Bolena.

Tanto los informes de Eustace Chapuys a su emperador y las Crónicas de Edward Hall nos cuentan de las quejas constantes de Ana hacia Catalina de Aragón y la Princesa Maria. Ana se vistió de amarillo y ofreció una fiesta para celebrar la muerte de la reina española. Voy a creerles a “Los Tudor” y “Wolf Hall” de que Ana odiada a la ex esposa de Enrique y temía que la “bastarda” Maria le robase el trono a su hija Isabel. Tal vez a Ana le incomodase la devoción de Tomas Moro por Catalina y su causa, pero no creo que haya jugado una parte importante en el martirio del santo, tal como nos cuenta Mantel.

En la vida real, Ana y Cromwell riñeron por un motivo que Dame Hilary elige olvidar: la codicia de Cromwell. Ana se escandalizó al descubrir que el oro confiscado en las abadías estaba rellenando los bolsillos de su rey y del Señor Secretario. La Reina exigió que se usase ese dinero para propósitos caritativos. Cuando Cromwell se negó, Ana hizo que un clérigo le endilgase a Cromwell un sermón publico comparándolo con el Hamán de la Biblia. Fue entonces que Cromwell tomó la decisión de acabar con Ana y la familia de ella. Hilary Mantel le da la espalda esas verdades históricas y hace que Ana y Cromwell riñan por un motivo tan peregrino como lo puede ser…Maria Tudor.




La triste historia de la cándida María y su madrastra desalmada
“Wolf Hall “nos presenta con una extraña e improbable amistad entre Thomas Cromwell y Lady Mary Tudor. Uno de los cargos (inventados posiblemente) en contra del Lord Canciller eran sus intenciones de casarse con la hija mayor de Enrique VIII. Curioso, porque Cromwell y Maria no eran ni amigos. Tras la ejecución de Ana Bolena, Cromwell mantuvo correspondencia con Lady Maria en la esperanza de convencerla de aceptar el odiado edicto que reconocía Enrique como cabeza de la Iglesia Anglicana. Como ocurriera con Catalina y Tomas Moro, Cromwell fracasó en sus intentos y tras la enésima negativa de la princesa, le escribió furioso llamándola “la más obstinada de las mujeres”.  No parece como muy conducente para una relación matrimonial.


En “Wolf Hall” Cromwell conoce a Maria en una visita a Catalina de Aragón. La encuentra agobiada por dolores menstruales y le acerca una silla para que se siente. Ese gesto de amabilidad impulsa a la joven a confiar en este extraño su desprecio por la concubina de su padre. Más adelante el intentará hacer la vida de Maria menos ardua, arreglando una boda dinástica para ella.

Enrique, que actúa como si odiara a la hija que una vez amó, recrimina a Cromwell y lo acusa de tomarse atribuciones que no le corresponden. Por supuesto que Ana le echa leña al fuego. Odia a Maria y exige que Cromwell haga algo para comprometer la reputación de su hijastra. “Después de todo, tú le gustas a ella”. Ohhh ya esta parece la Reina Ravenna hablando de Blanca Nieves. Ni el chismoso de Chapuys llegó a imaginarse hasta qué punto llegaría el odio de Ana por la hija de su marido. “Esos no son mis métodos” responde Cromwell fríamente. Más adelante, su interés por Maria lo llevará a un enfrentamiento final con la reina.


A fines del capítulo 6, Enrique ha sufrido un grave golpe en una justa. Temiendo la inminente muerte del rey, Cromwell manda llamar a Maria, obviamente para coronarla. Cuando Ana se entera obviamente se enfurece. ¿A qué viene acto tan traicionero cuando ella estaba embarazada e Isabel era la candidata indicada para ocupar el trono de su padre? Como esto no ocurrió en la vida real, Mantel hace que Cromwell salga con la excusa más débil. Él no puede confiarse en criaturas aun no nacidas ni en niñas de pecho. ¿Sería posible que el verdadero Cromwell confiara en Maria?  ¿Una chica que tenía razones para odiarlo? ¿Una católica devota, prima del Emperador Carlos y que estaba en contra de todo lo que Cromwell creía y por lo que el luchaba? Obviamente no, pero ella será la explicación que Dame Hilary use para explicar la traición de la que Ana será objeto por parte del Señor Secretario.

Espero que, en su último libro, Dame Hilari siga jugando con esta amistad imposible, pero sugestiva, entre personas tan dispares. Ya hay gente por ahí que shipean a Cromwell y Maria Tudor (al menos en fanfiction).

En mi próximo blog, discutiré la rivalidad (totalmente ficticia) entre los dos Cancilleres; demostraré como el verdadero Tomas Moro no se parecía en nada al de “Wolf Hall” y recalcaré como el poner a Cromwell en un altar, lo ha distanciado del hombre extraordinario que fue en la realidad.