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martes, 22 de noviembre de 2022

La Fórmula de las Reinas: Calumnias, victimización y un velado ataque a la monarquía

 


Este otoño fue un reinado de reinas, valga la redundancia, cual de todas más mediocres y desacreditadas. Ha llegado el punto que temo ver la nueva versión de la tragedia de Maria Antonieta. Temo ver fake news históricas, temo ver invenciones preposteras (¿Toinette, Du Barry y Luis XV en un triángulo erótico?) y temo que las mismas calumnias que llevaron a la reina francesa al cadalso sean eternizadas en servicio de una agenda woke.



Republicanismo vs Monarquismo

En tres palabras, la fórmula de las reinas consiste en tomar una soberana o princesa y ponerla como una eterna víctima de una monarquía absolutista y patriarcal. La vemos rebelarse contra un protocolo que aleja al soberano de sus súbditos y la vemos acercarse a su pueblo. En el proceso muchas veces la reina-mártir es sacrificada por un sistema monárquico que al impedir la libertad de sus gobernantes,  también impide la de la gente sobre la cual reinan. En suma, la formula, que hemos viso en una docena de series y filmes en los últimos cinco años corresponde a una cláusula de la no-escrita agenda woke.

Esta cláusula nace del republicanismo estadounidense que,  desde los días de Thomas Jefferson y Tom Paine,  ve a la monarquía como una aberración arbitraria. Hoy que hay un fuerte movimiento que busca abolir la monarquía en el Reino Unido y en España,  la agenda woke,  cuya bienintencionada norma es libertad y progreso (muy mal entendidos),  la ha hecho suya.

Como todo en lo woke,  al republicanismo se le han agregado otras ramas libertarias como el feminismo que ve en monarquías un ejemplo del patriarcado blanco ( no veo a nadie hablando de derrocar al Sultán de Brunéi, el Rey de Lesoto o el Emperador de Japón) que oprime a los miembros femeninos o LGTB de su entorno. Eso que,  si perduran las monarquías,  tendremos antes del medio siglo reinas por derecho propio en España, Suecia, Bélgica y Holanda.

                              Las futuras reinas europeas

Otra corriente afiliada al wokismo y que también ve con malos ojos que todavía existan reinos hereditarios son los que apoyan a la gente de color puesto que consideran que las monarquías son las causantes de colonialismo opresor. Aunque no andan errados, me hace gracia que no piensen ni se quejen de colonialismos nacidos en democracia o en dictaduras. Nadie habla del colonialismo soviético, por ejemplo.

No es mi intención hacer un panegírico de la monarquía. Con el zeitgeist imperante es imposible, pero no veo esa forma de gobierno más deficiente que mal llamadas democracias donde se elige al peor candidato o donde los “presidentes ”sufren deparafraseando a Pancho Villa un mal que los hace “pegar” el trasero al sillón presidencial.

Tampoco es que la Fórmula de las Reinas sea aplicable a cualquier obra que denuncie un mal rey o a uno incapaz de reinar. La Locura del Rey Jorge ilustra un episodio histórico, pero no es un ataque en contra de un mal gobernante. Alexandre Dumas criticó los excesos de Los Valois y de los Borbones, pero en El Caballero de la Casa Roja mostró los esfuerzos del protagonista (un persone real) por rescatar a Maria Antonieta.



Sin embargo, es Dumas quien crea este retrato de la reina mártir en su obra dedicada a Margarita de Valois,  La Reina Margot, en la cual la casquivana princesa es víctima de su madre, de sus hermanos y hasta de sus amantes.

 

Del Cine Silente a La Anglofilia de Los 80

Desde el advenimiento del cine , incluso en el silente, han existido cintas dedicadas a la tragedia de ser reinas. Cleopatra, Isabel I, Maria Estuardo, Maria Antonieta, y la Reina Victoria han sido temas de innumerables guiones de todas partes del mundo. Se han creado inclusive filmes sobre rivalidades de reinas como todo lo dedicado a Isabel I y a su díscola prima escocesa. Ana Bolena y Catalina de Aragón han provocado debates entre lo Tudormaniacos que dividen sus lealtades entre las esposas de Enrique VIII. Y si creemos que estas nuevas series sobre la competencia entre Diane de Poitiers y Catalina de Médicis son cosa de hoy,  deben ver el filme de Los Cincuenta,  Diane donde Marisa Pavan es la Reina de Francia y Lana Turner es la incómoda Poitiers.



Como todo en el cine, inclusive fuera de Hollywood, las reinas han tenido su encasillamiento: Cleopatra es la femme fatale; Isabel I y Victoria son grande estadistas, Toinette, Catita de Aragón y Maria Estuardo son reinas mártires. En Los 50, en Austria nació el mito de Sisi en pantalla y con ella esta idea de una joven rebelde que se niega a seguir al protocolo impuesto por la pesada de su suegra. Tato éxito tuvo el personaje que su actriz Romy Schneider fue llamada hacer algo parecido con la Reina Vicky en Victoria in Dover. Entretanto,  en Inglaterra,  Jean Simmons encarnaba a Isabel I en su etapa rebelde en Young Bess donde su casto romance con su padrastro no ameritó acusaciones de pedofilia o abuso sexual como ocurriera recientemente con Becoming Elizabeth.



Ninguno de estos filmes atacaba la institución monárquica. Algo que solo ha venido a imponer esta extraña guerra cultural que vivimos hoy. Se hablaba de malos soberanos y reyes tiranos como Enrique VIII o Juan sin Tierra, pero el pueblo estadounidense siempre ha pasado por épocas anglófilas inspiradas por cine y televisión. Nada más conducente a esa admiración que el Masterpiece Theater que desde sus inicios nos llevó a conocer a los reyes y reinas que convirtieron al Reino Unido en la monarquía más característica de nuestro universo.

La primera temporada del Masterpiece fue ocupada por The First Churchills que presentaba un retrato cálido, respetuoso y verídico de la Reina Ana que nada tenía que ver con la calumniadora e indecente obra de Deborah Davis,  La Favorita. Dame Glenda Jackson,  en su insuperable tour de forcé Elizabeth R, inició la pasión obsesiva con Los Tudor que yo califico como Tudormania.  Y a mi llegada a USA,  en 1974, me vi en medio de una fascinación con la Era Edwardiana con programas clásicos como Lilie, Jennie, y Upstairs Downstairs, todas incluyendo entre sus personajes al incorregible Eduardo VII. Hasta le hicieron su propia miniserie en la BBC.



Que este rey travieso, parrandero y mujeriego gozase de tanta aceptación como el que su época resultase tan fascinante para los republicanos yanquis, indicaba una tolerancia por una forma de gobierno que al final era parlamentaria y semi demócrata. Para 1982, la anglofilia estadounidense estaba en su cúspide con programas de televisión como la soberbia Retorno a Brideshead, la segunda invasión del rock inglés y,  gracias a una tal Diana Spencer, la anglofilia se tornó casi en una adoración por la monarquía.

Entre Diana-Víctima y Maria Antonieta-Parasito

Si las bodas reales de Los 80 nos fascinaron con el glamur de la monarquía,  una década más tarde el divorcio y las declaraciones públicas de la ex Princesa de Gales hicieron que,  aun los poco interesados en política,  cuestionasen la existencia de una institución que podía destruir a una joven inocente que entraba en ella. Por algo, el año de la muerte de Diana, se puso en pantalla Mrs. Brown, donde Dame Judi Dench nos muestra a una Victoria enlutada a la que su rol de gobernante y las reglas del protocolo impiden ser feliz. Pero también este filme nos muestra como acercarse demasiado a estos entes de sangre azul puede destruir al simple plebeyo, en este caso John Brown, y como Vicky egoístamente deja que su dolor personal la aleje de sus deberes de reina.



Aunque Mrs. Brown y La Locura del Rey George pueden verse como ejemplos negativos de la monarquía, el fin de siglo nos trajo una apoteosis del reinado de Isabel I,  Ia que abrió la puerta a una nueva era de Tudormania. Elizabeth y The Golden Age ponían en alto la labor de un monarca en construir un imperio. No recuerdo haber oído ningún furor antimonárquico en ese entonces, a pesar de que en filmes como The Affair of the Necklace (2001) se mostrase a Maria Antonieta como una mujer egoísta e injusta que al despreciar la solicitud de la Condesa de La Motte labró su propio infortunio.

                        Joely Ricardson como María Antonieta en La intriga del collar

Por el contrario, se alababa la importancia de los deberes de una reina/princesa aun en la literatura juvenil llevada a la pantalla. Mia Thermopolis en Los Diarios de la Princesa podría encontrar ridículas algunas reglas del protocolo, pero a último minuto cuando se dispone a huir de su herencia real, decide regresar y aceptar ser la heredera de un mítico reino con todas las obligaciones que esto conlleva.



Si tuviese que escoger un año para definir el comienzo de la guerra en contra de la monarquía ese fue el 2006,  el año de Marie Antoinette y The Queen. Acabo de ver por enésima vez la producción de Sophia Coppola. Me encanta, bien actuada, lujosísima, un regalo para la vista,  personajes adorables, ect. ect.. ¿Qué más se puede pedir?  Sin embargo, por primera vez percibo el descredito del personaje de la archiduquesa austriaca.

En vez de ofrecernos lo mejor de María Antonieta nos la muestran como una frívola consumista, glotona, despilfarradora, jugadora, borracha e inconsciente. No se mencionan sus logros:  su mecenazgo de artistas como Madame Vigee Lebrun, y Gluck;  de cómo ayudó a transformar la escena musical francesa; de cómo inició dos industrias galas, la moda y la peluquería. No mencionan su buen corazón, su gran lealtad, y el amor que prodigó a sus hijos (pocos saben que adoptó tres niños, uno de ellos de color).



La idea fue mostrarla como una alocada niña rica no muy alejada de los príncipes actuales que se la pasan gastando el dinero del pueblo en excesos y francachelas. En suma, Kirnst Dunst nos dio la imagen más atractiva de un parásito de la realeza. En cambio, en The Queen del mismo año,  Peter Morgan puso la primera piedra al mausoleo de la monarquía con su descarnado retrato de la fría crueldad de Isabel II ante la muerte de una nuera que era una realidad incómoda para la familia real o lo que ellos llaman “La Firma”.



La pregunta que eleva el magnífico personaje de Dame Helen Mirren es si Isabel ha creado un ambiente tan toxico que empujó a Diana a huir y a cometer locuras. O es la monarquía y sus reglas insufribles las culpables de la indiferencia de la Reina y de la histérica desesperación que ha llevado a su nuera a una muerte prematura.

Conscientes del daño hecho, los cineastas intentaron borrar esa imagen nefasta con filmes que exaltaban a buenos gobernantes como Young Victoria; Bertie y Elizabeth y por supuesto, la magnífica El Discurso del Rey. En general , incluso en The Crown hay una visión amable de Jorge VI, no así de su esposa, pero déjenme seguir en orden cronológico.



Amor y Muerte en Dinamarca

Fue en el 2011 que nos llegó un sutil ataque a la monarquía y a su celo misógino que destruye a las mujeres que no se someten a sus reglas. Vino de Dinamarca y convirtió a sus protagonistas, Alicia Vikander y Mads Mikkelsen,  en estrellas. Se trata de la triste historia de amor entre la princesa inglesa Carolina Matilde y el medico Johann Friederich Streussen consejero de su esposo, el príncipe luego rey Cristián VI.

A mitad del siglo XVIII. Carolina recién llegada a la corte danesa, descubre que su marido es un enfermo mental que solo busca degradarla. Atraída por las ideas progresistas del Dr. Streussen, Carolina inicia amistad con el hombre de confianza del príncipe. Acaban en la cama, tienen una hija, se descubre todo, escándalo mayúsculo. Streussen pierde la cabeza, Carolina es separada de su hijos y enviada al exilio. Una historia para llorar océanos y que sin embargo es totalmente cierta, solo que el modo de relatarla crea una nueva guía para los  anti monarquías. La lección de A Royal Affaire es que no solo la monarquía destruye a las mujeres inteligentes e independiente, también permite que asciendan al trono monarcas retrógrados y dementes.





El que Dinamarca sea hoy una monarquía parlamentaria, bien lejos del absolutismo oscurantista dieciochesco , no le importa a una generación de espectadores semi educados que todavía no entienden que los reyes europeos modernos  (y el Emperador del Japón) no gobiernan. Los que si saben eso esgrimen el argumento que el pueblo no necesita mantener a parásitos de sangre azul.

Así llegamos al 2016 el año en que Peter Morgan por fin pudo dar de hachazos a una institución que detesta y a una reina que despreciaba (¡y el desvergonzado dijo, a raíz del fallecimiento de Su Majestad,  que su serie de mentiras era “una carta de amor” a la reina. ¡Carta de amor enviada en bomba Molotov!

En sus primeras dos temporadas,  y en las excelentes manos de Claire Foy, Isabel II fue descrita como una mártir, una mujer que debe sacrificar su derecho a ser esposa y madre para poder gobernar, aunque también Morgan nos deja claro que Isabel no estaba preparada, que era ignorante e ingenua. Como ese tratamiento sería el que recibiría Victoria ese mismo año, nadie se percató de lo ofensiva que era The Crown.



Las primeras quejas surgieron en la tercera temporada cuando Olivia Colman fue horriblemente miscast en un rol que le quedaba grande. Esta Isabel era torpe, ineficaz, perezosa, e insensible, incapaz de ofrecer consuelo a la desdichada Diana. ¡Incapaz de derramar una lagrima por niños muertos! ¿Hasta dónde llegaba la imaginación diabólica de Peter Morgan?

No solo la reina era blanco del vituperio. Su madre, hasta entonces un icono sagrado de la cultura británica, era descrita como una vieja ordinaria, borracha y malévola que interfería en los asuntos familiares como si fuese un padrino de la mafia. El pobre Carlos quedaba como un manipulador pelele y su padre como el posible autor intelectual de la muerte de Diana. Esas falsedades eran cobardes puesto que La Familia Real no podía defenderse de tanta calumnia.



El 2018, a la par de este ataque frontal contra la monarquía, vino un desdichado retrato de Maria Estuardo en un filme que de lo único que puede apreciarse es de ser inclusivo. Al menos no  pusieron a Saoirse Ronan como una tarada arrogante como la interpretase Samantha Morton en Elizabeth, o como tan puta que hasta le quita lo gay a David Rizzio en la malhadada Reinas. Al final que Reign,  con todo su fantasioso script, es el retrato que más honra a la Reina de los Escoceses.

Olivia Colman, Asesina de Reinas

El 2018 no solo fue el año en que Olivia Coleman se las arregló para hacer picadillo a Su Soberana, también fue cuando la Academia la honró por una obra en la que queda claro cuan despótica, vil y privilegiada puede ser una reina.

La última de los Estuardo hoy es más recordada por muebles que se hicieron en su época. A pesar de que filmes como Soldier in Love donde fue magníficamente interpretada por Dame Claire Bloom o The First Churchills donde Margaret Tyzak la encarnó como una mujer devota de su religión y esposo,  The Favorite destruye esa imagen reemplazándola for embustes salidas de la mente caprichosa de la David.



Ingenua tal vez demasiado para reinar, ha sido el veredicto de la historia sobre Ana I. The First Churchills cubría casi toda la vida de esta desdichada reina con énfasis en  la relación entre Ana y su amiga de la infancia,  Sarah Churchill y de cómo esta relación empañó el reinado de la primera. El  argumento se basaba en  documentos oficiales, memorias y correspondencia.

Los Churchill tuvieron una tremenda influencia sobre la Reina Ana y sus decisiones políticas. Eventualmente Ana se sacudió a estos amigos y tomó como confidente a Abigail Masham , prima de Sarah. Como la serie está narrada por la anciana Duquesa de Marlborough, la tenemos en su vejez preguntándose qué la hizo perder el favor de Su Majestad.



En la vida real, Los Churchill (principalmente Sarah) no fueron mansos corderos. En su empeño en dominar la voluntad real y privilegiar a familia y amigos, Sarah se volvió imprudente e insolente. La muerte de su único hijo varón la alejó de la corte. En su luto ni siquiera respondía las cartas de Ana quien también sufriría la muerte de su único hijo (y único sobreviviente de 17 embarazos). La Duquesa añadió insulto a la injuria, negándose a llevar luto por el principito. Es normal que Ana haya buscado otra confidente. La enfurecida Sarah comenzó a hacer circular unos poemas satíricos que insinuaban una relación lésbica entre Abigail y su reina.

Hasta hoy, ningún historiador ha encontrado evidencia de lesbianismo entre Ana y sus favoritas. Ni siquiera las cartas juveniles con las que la Duquesa quería chantajear a su soberana, donde Ana expresaba su amistad y cariño con mucha pasión son vistas como evidencia de una relación erótica. Por un lado, ese lenguaje era común entre las amistades del siglo XVII. Por otro es imposible que una señora que se la pasaba en la cama haciendo hijos con su marido, y que era también muy religiosa, tuviese tiempo para escarceos de lo que entonces era considerado Contra Natura.

Solo en la cabeza de una periodista mediocre como Débora Davis podía nacer la idea de convertir una intriga palaciega en un triángulo gay. Le tomaría casi dos décadas a Davis “colocar” su aberrante libreto en manos de algún productor. El rechazo nacía de que nadie quería meterse con falsedades históricas que además estaban muy mal escritas. De hecho, durante los veinte años antes que La Favorita fuese llevada a la pantalla, Davis tomó cursos de redacción de libretos por correspondencia y sacó un posgrado en el tema. Aun así, se dice que el australiano Tony McNamara fue quien rescribió todo el pastiche.



En el nuevo liberto y subsecuente filme,  Ana, una mujer enferma e infeliz, es degradada hasta convertirla en una demente,  sucia, despótica, aquejada por enfermedades repugnantes que abusa,  incluso sexualmente,  de sus damas. El que los ingleses vieran en la pantalla a Olivia Colman haciendo de Ana y luego en la pantalla pequeña encarnando a la actual Reina de Inglaterra, reforzaba una imagen negativa de la monarquía.

Poco a poco desaparecía la imagen de las reinas que por casi una década había sido dictada por Juego de Tronos donde las malas reinas eran tipo Cersei y las buenas eran como Daenerys, justicieras, generosas, pero sacando energía para dejar el espacio de víctimas y convertirse en poderosas monarcas. Así se las retrató en la británica Victoria, la rusa Ekaterina y la austriaca Maria Teresa, pero esas imágenes fueron disipadas por víctimas de la monarquía que se rebelan contra ella como la actual iconografía de Lady Diana y su sucesora Meghan Markle,  y estos nuevos retratos de Sissi.

Reinas empoderadas VS Príncesas víctimas


Por otro lado,  tenemos sátiras de la institución con reinas que aunque dotadas de buenas intenciones pronto adquieren gusto por el poder y son capaces de todo tipo de actos criminales para conseguirlo. Es lo que hemos visto en sátiras antihistóricas como The Great que hace reír y The Serpent Queen que no saca ni una carcajada y que es tan alejada de la historia que obligan a  criticarla  porque ya traspasa los límites de la suspensión de la credibilidad o de licencias dramáticas.

Quitándole el Halo a Reinas Santas

Por otro lado, está la destrucción de reinas consideradas mártires como Catalina de Aragón que Lionsgate y Emma Frost arrastraron por los suelos en The Spanish Princess. No solo la convirtieron en ambiciosa y perjura, sino que le inventaron todo tipo de ideas que nunca tuvo la pobre señora. En la Primera Parte la encuentran abierta al Islam y a las costumbres moras,  y en la Segunda la ponen quemando libros de herejes y rechazando a la hija que Doña Catita tanto amó.



Otra víctima ha sido la icónica Queen Mum, hasta hace poco un personaje intocable. Hoy no solo Peter Morgan se encarga de faenar a la vaca sagrada de La Casa Windsor. En la noruega Atlantic Crossing, se burlan de la Reina Madre en su momento más glorioso , la Segunda Guerra Mundial y de paso hacen befa de la tartamudez de su esposo. Todo para lapidar a la valerosa monarquía noruega en un cuento Me Too de como el Rey Haakon y su heredero Olaf (que calumnian describiéndolo como un borracho y padre ausente) intentaron opacar a la única que valía en esa familia:  la Princesa Heredera Martha.


Otra manera de denigrar a los reyes, convertirlos en borrachos


A pesar de que hay conciencia de que fue la autocracia del Zar Nicolas la que destruyó su imperio, la Zarina Alejandra siempre ha sido vista como esposa y madre mártir. Eso hasta que el docudrama The Last Czars la puso como drogadicta, calentona con Rasputín,  y tan metiche en la política que destruyó al imperio.



Una ironía es que los rusos que hicieron una revolución para deshacerse del Zar y de su familia son los primeros en blanquear a monstruos históricos como Iván el Terrible o zares usurpadores como Boris Godunov. En sendas miniseries sobre estos señores le echan la culpa a los boyardos y a ambiciosas mujeres de la nobleza de todas las maquinaciones y masacres perpetradas en estos reinados de Iván y de su cuñado Godunov.

En cuanto al personaje de Catalina la Grande, la ponen un poco como Daenerys, un peón en el tablero político sometida a su suegra, a una corte intrigante y a su condición femenina, pero que luego se las arregla para encontrar vías de empoderamiento. Aunque nos la muestran como una gran gobernante no esconden sus flaquezas e implacabilidad para lidiar con los que veía como sus enemigos. Sin embargo, estos relatos no culpan a la monarquía de las fallas de sus emperadores.



E solo en Occidente  donde se aferran a una formula agotadora y falsa. Eso es lo que esperamos de la María Antonieta producción franco-inglesa que ya por ser creación de Deborah Davis trae tufo.

Otra ironía es que España, donde existe un fuerte movimiento antimonárquico, no hacen este tipo de series. Durante el último gobierno de derechas (2011-2018) se hicieron verdaderas loas a reyes del pasado como Isabel la Católica y su nieto Carlos . Incluso  en Tiempos de Guerra, retrataron admirablemente a la reina Victoria Eugenia como una mujer enérgica y decidida que crea un equipo de enfermeras para que vayan a curar heridos en Marruecos.



En cambio, no se ha hecho nada sobre reinas casquivanas y escandalosas como la reina consorte Maria Luisa de Parma, o la reina regente Maria Cristina de las Dos Sicilias o de su extraordinaria hija Isabel II que tuvo doce hijos,  ninguno de su marido que era gay. ¿Será porque la televisión española,  por woke que sea,  no necesita recurrir a escándalos históricos o  imitar una fórmula que ya huele a añeja?  Basta ver los abucheos que ha recibido Peter Morgan por sus ridículas mentiras en la última temporada de The Crown.

lunes, 24 de mayo de 2021

Atlantic Crossing: Las mismas fallas de The Crown y ninguno de sus méritos



 


Ayer acababa “Atlantic Crossing” su presentación al mundo estadounidense en la PBS. Qué final tan soso y falso, casi sin conexión con los datos, también insólitos, presentados en episodios anteriores. ¿Será que los noruegos no saben narrar cuentos? ¿O fue ese afán de desacreditar a la monarquía como institución que buscó enlodar a la inocente familia Real Noruega y de paso a Franklin Delano Roosevelt, uno de los cinco mejores presidentes que ha tenido los Estados Unidos?

Alexander Elk: ¿Clon de Peter Morgan?

¿Será casualidad que Atlantic Crossing” haya debutado en “Masterpiece Theater” solo un par de semanas después de la infame entrevista de Los Duques de Sussex?  Como (gracias a Thirteenth Passport), pude verla casi entera durante las semanas de luto del Duque de Edimburgo, me fue más fácil digerir y discernir que, a pesar de ser coproducción noruega, la serie sigue los pasos de Peter Morgan en “The Crown” sirviendo los intereses de un grupúsculo antimonárquico.

Se trata de una producción de una compañía independiente noruega y es escrita por un tal Alexander Elk quien ha declarado saber poco sobre el tema (y se nota). Hecha en dos idiomas, se ha filmado en Noruega y en Praga donde se han recreado Londres, Washington y Long Island. La historia gira en torno del gobierno noruego en el exilio (en Londres) y la vida de refugiada de la Princesa Heredera Martha bajo el amparo de la Casa Blanca y de Franklin Delano Roosevelt con quien se ha conjeturado que mantuvo un romance. ¿Cuán platónico? Nadie sabe.

                               Los Principes Herederos y Los Roosevelts

El señor Elk dice saber poco del tema. vamos a ver qué es lo que sabía yo y como hubiese podido asesorarlo.  Como saben mi padre era un WWII buff y yo heredé su interés por ciertos aspectos del conflicto. De pequeña yo ya sabía que el valiente Rey Haakon había eludido a los alemanes para no caer prisionero como su hermano, el Rey de Dinamarca. Que había sido recibido en Inglaterra con su familia y su gabinete y que desde allá había dirigido las actividades de Las Fuerzas Noruegas Libres.

Yo sabía a los 10 años que, si bien Estados Unidos era el Arsenal de la Democracia, Gran Bretaña, a pesar de estar bajo bombardeos y a punto de ser invadida, fue el campo de entrenamiento de todo combatiente europeo que desease continuar peleando contra los nazis. Conocidos son los casos del General de Gaulle y la Francia Libre, al igual que el del gobierno polaco en el exilio. Menos conocidas son las historias de los reyes, que, en suelo anglosajón, lideraron a sus pueblos. Esos fueron los casos del Rey Haakon de Noruega; de la Reina Guillermina de Holanda; y del joven Rey Pedro de Yugoslavia que, de hecho, se casó en Londres con la Princesa Alexandra de Grecia en 1944.

Si me detengo en este detalle es porque la serie pareciera estar molesta con el Rey y el Príncipe Olaf por no irse a Las Bahamas a jugar golf. Los culpa de que la “solitaria “Princesa Martha se enredara con el primero que la piropeaba. Mas encima desvalorizan la ayuda proporcionada por los británicos. Hasta el día de hoy, el gobierno noruego envía en diciembre un gigantesco pino de navidad a Inglaterra, como recordatorio de lo que le deben al gobierno inglés y a la monarquía. En cambio, en la serie se burlan de los reyes británicos, los describen como tontos y esnobs. Hasta Eleanor Roosevelt se ríe de cómo se esfuerzan por seguir todas las reglas de racionamiento (el agua del baño) que sigue su pueblo.

                                 Los Reyes de Gran Bretaña y Buckingham bombardeado

A diferencia de su suegro y su marido, la Princesa Martha y sus hijos lograron huir de la falsamente neutral Suecia y refugiarse en Estados Unidos donde fueron invitados especiales de Los Roosevelt. Fue en 1983, en “Winds of War” que vi como Martha cenaba a menudo en la Casa Blanca. En 1984, en un libro 1941que cubre todos los eventos importantes ocurridos en ese año, leí que los medios de comunicación especulaban sobre la intensa amistad entre el Presidente de los Estados Unidos y la futura Reina de Noruega.

Así supe que no solo Martha era comensal habitual en la Casa Blanca, sino que además acompañaba a FDR a expediciones de pesca, que discutía con él de problemas políticos y, algo que la serie no quiso mostrar, que cuando Roosevelt se reunió con Churchill para firmar la Carta del Atlántico Marta estaba presente.

                     FDR hace un discurso con Martha a su lado. Eleanor ocupa un puesto secundario.

Pasó el tiempo, solo vine a recordar a la princesa Martha cuando supe de esta miniserie que ansiaba ver, pero que me ha dejado con un pésimo sabor de boca, ya que para privilegiar agendas ya conocidas (piedras a la monarquía, piedras al patriarcado, exaltación de una protagonista victima) se ha escondido lo verdadero y valioso creándose un cuento que escasamente se acerca a la realidad. Básicamente, el Sr. Elk ha hecho lo que Peter Morgan en “The Crown “y no se entiende el motivo, puesto que en Noruega no existe un fuerte sentir antimonárquico.

Debido a eso historiadores, tanto noruegos como suecos, han expresado su desagrado con una serie que calumnia figuras reverenciadas por la historia noruega como el Rey Haakon y el Rey Olaf (considerado, en una encuesta del 2009, como el noruego más sobresaliente del Siglo XX).  El único sobreviviente (además del Rey Harald que entonces era una criatura) de la Familia Real de entonces, Erling Lorentzen, el viudo de la princesa Ranghild también ha expresado su disgusto públicamente.

Lorentzen, un adolescente que durante la guerra se unió a la Resistencia Noruega, conoció de cerca a los personajes principales de este cuento. El anciano está escandalizado con las libertades que se han tomado en un proyecto que califica de “grotesco” debido a sus representaciones tendenciosas.



Un ejemplo es que el futuro Rey Olaf era considerado por su gente y por representantes de otros gobiernos como un muy buen estratega y no como el payaso incompetente que creó Elk. En cuanto a Martha es una contradicción viviente, a ratos parece una blanquita privilegiada caprichosa, otras es la defensora de los oprimidos, pero ninguna de estas caretas dura mucho. Tal vez porque ninguna le sentaría a la verdadera princesa.

Lo Bueno de Atlantic Crossing

Para no ser injusta paso a describir lo bueno de la serie antes de detenerme en su absurdo libreto que parece nacer de las mismas agendas afiebradas de “The Crown”. Por empezar Sophie Helin. Es refrescante ver una actriz pasados los treinta con un aspecto físico real, con arrugas alrededor de los labios, celulitis en los brazos, y un cuerpo que es el que debe tener una mujer después de tres partos. Ayuda a realzar la belleza natural de la actriz sueca un muy buen vestuario en el que se privilegia el color verde.





Aunque no hay desperdicio en el reparto, el mayor elogio se lo lleva Kyle MacLahlan como FDR. Para los amigos del drama histórico, Roosevelt ha tenido el rostro de Ralph Bellamy y Edward Hartmann. En este siglo lo han interpretado grandes como Bill Murray y Sir Kenneth Branagh, pero el ex Agente Cooper es el que más cerca llega a capturar esa combinación de sofisticación y llaneza que definió a FDR como hombre y político.

He leído muchos comentarios de espectadores, que admiran la labor” rooseveltiana”, enojarse ante un retrato de un hombre que pospone affaires de estado para andar persiguiendo faldas. Aunque es sabido que el adulterio de Roosevelt con Lucy Mercer (quien estuvo con él hasta su último suspiro) casi le costó el matrimonio, menos conocidas aunque documentadas son las amistades románticas que surcaron su vida tras la poliomielitis.

Se ha debatido mucho si esas amistades fueron platónicas. Vale recordar que el presidente era minusválido antes de llegar a la Casa Blanca. Sin embargo, su hijo Elliot Roosevelt cuestionó si lo que afectaba las piernas de su padre le impedía ejercer actividad sexual. Incluso en su libro, Los Roosevelt de Hyde Park, Elliot recuerda haber sorprendido a FDR y a Missy LeHand en una actitud comprometedora.

Muchos se han quejado del retrato que se ha hecho de MIssy en “Atlantic Crossing” ninguneando su tremenda aportación a la política estadounidense y al rol femenino en ella. Por 20 años, Missy sirvió de asesora/asistente/enfermera del mandatario, llegando a ser la primera Chief of Staff a pesar de que no se le concedió ese título. Roosevelt, hablando del papel fundamental de Missy en su vida política y personal, la llamaría “mi conciencia”.

                                     Missy LeHand

Es sabido que Missy estaba enamorada de su jefe y que, de ahí, tal vez, surgiría su urgencia por servirle a ‘él y por ende a la nación. En cambio, la serie solo nos la muestra como una arpía celosa y posesiva que quiere quitar a una rival (Martha) de en medio y acaba sufriendo un infarto que la deja casi en coma. Efectivamente, en 1942, Missy sufrió un accidente vascular que la llevaría a la tumbaun año antes que su amado jefepero fue provocado por un exceso de trabajo y estrés de servir en un gobierno en estado de guerra.

A mí no me hubiese molestado si la serie hubiese insinuado que la princesa y el presidente fueron amantes, aunque no haya pruebas sobre ello (tanto Elliott Roosevelt, Roald Dahl y Gore Vidal si creyeron que hubo un romance, aunque casto). Lo que me molesta es una ambigüedad que siempre coloca a Martha en un rol de víctima de los celos infundados del marido y de las manipulaciones de FDR.  En realidad, lo que más molesta es que siempre se la retrate como damisela desvalida.

Martha, de Privilegiada a Refugiada

La serie comienza mostrándonos lo felices que son Los Príncipes Herederos. Los vemos haciendo el amor en un vagón de tren en un tur por la Unión Americana, luego como invitados de Los Roosevelt en Hyde Park y de regreso a Noruega a reunirse con sus tres hijos. Martha lleva una vida privilegiada, pero mucho más sencilla y sin el estrés que se asocia con la vida de princesas herederas británicas. Tiene una dama de honor, Ragni, que está casada con Nikolái, el ayudante de cámara del príncipe Olaf. Todos son muy felices hasta que comienzan a caer las bombas alemanas.



Martha y sus hijos deben huir al norte del país, mientras su suegro-rey decide si debe quedarse o marcharse a otro sitio desde donde poder continuar la guerra. Aunque estos sucesos están mejor narrados en la estupenda producción noruega “La decisión del rey”, aquí también vemos la urgencia, la incertidumbre, el dilema moral que afecta a toda la familia. Los niños lloran porque han dejado atrás a su perra Vimza, Ragni y Nikolái han dejado atrás a sus hijos adolescentes Ulla y Rolf.

                                      Rolf y Ulla

Martha todavía no es un personaje simpático. Es como demasiado ingenua. Todavía no se da cuenta de que está a punto de perder un país. Se empeña en mantener a sus hijos entre algodones, contándoles mentirijillas, cuando los niños noruegos están ahora expuestos a bombardeos y a fuerzas invasoras.

 Un problema de la serie es hacer hincapié en dramas ficticios de salud e inseguridades de Martha y otros más falsos todavía sobre sus conflictos maritales. Ese hincapié deja fuera la tragedia del pueblo noruego, de cómo fue compartida por sus soberanos, y como Noruega y su gente siempre estuvieron presentes en sus mentes. La serie nos muestra los Príncipes Herederos como un par de mezquinos que tratan a sus fieles criados con un egolatría que horrorizaría a Los Crawley de” Downton Abbey”.



Nunca vemos a los príncipes preocuparse porque Signe y Nikolái estén separados de sus hijos. En la serie no lo muestran, pero como miembros de la Cruz Roja Noruega, Rolf y Ulla fueron capturados por los alemanes y obligados a atender a los soldados Invasores de su país. De ahí devino toda una saga hasta que los adolescentes lograron huir de Noruega y llegar a Inglaterra. ¿No hubiera sido mejor que nos mostrasen esto en vez de esa escena extraña en que un oficial alemán mata a la perrita de los pequeños príncipes?

La serie muestra que Olaf tiene el egoísmo de obligar a Nikolái a acompañarlo en un poco aconsejable viaje impromptu a Estados Unidos a ver si su mujer le es infiel, aun a sabiendas que su ayuda de cámara está en vísperas de casar una hija. Por suerte, el Rey Haakon está a mano en Londres para ser él quien escolte a la novia al altar. Esto es verídico, lo anterior es un invento para confirmar el estatus de víctima del patriarcado de la pobre Martha.

                                Nikolai acompaña a su Príncipe

Los primeros tres capítulos, aunque lentos, son los más cercanos a la realidad. La Familia Real Noruega es separada. Mientras Haakon y Olaf optan por irse a Londres, Martha, que es miembro de la Familia Real Sueca, se refugia con sus hijos en Estocolmo. Su tío el Rey de Suecia es simpatizante de los nazis y está más que dispuesto a entregar a su sobrina y los niños a los alemanes para que los usen de rehenes.

La salvación llega por correo: una invitación de Los Roosevelt para que Martha y sus hijos vengan a America. Ahí inicia el cruce del Atlántico. Martha realmente tuvo un mega viaje por aguas finesas, mares llenos de minas alemanas y ese conmovedor encuentro con un barco pesquero cuya tripulación la reconoce. ¿Mi momento favorito? Cuando Martha alza a Harald para un saludo/despedida de su pueblo también sucedió en la vida real y   es un reflejo de quien y como era realmente la princesa.



¿Fue Martha un “Caballo de Troya”?

Elk ha dicho que Martha fue un arma secreta de los noruegos en Washington. La ha llamado “un caballo de Troya” equivocándose hasta en el uso de la metáfora porque ciertamente Martha no vino a Estados Unidos a conquistar un país sino a buscar seguridad para su familia. Cuando llegó ni siquiera estaba segura de que su marido no se reuniría con ella. Por eso es ridículo que más adelante, en su inseguridad de borracho, Olaf exija que sus hijos vayan a vivir con él en Londres. Después de todos los riesgos tomados para poner a salvo a los niños, no iba a ponerlos en peligro de nuevo.

Tampoco fue Martha enviada con “una misión”. Su cercanía a FDR fue accidental. El plan original es que llevase una vida retirada en Massachusetts. Fue FDR, en su enamoramiento de su invitada, el que insistió en que se quedase en Washington y el mismo la ayudó a rentar Pooks Hill. Aparte de pasársela en la compañía del presidente, Martha estaba muy ocupada con la crianza de sus hijos, su labor con la Cruz Roja y la instalación en su propiedad de un hogar para convalecientes de las Fuerzas Noruegas Libres.




Esto último es un detalle de la vida real que la serie ha incluido. No se sabe si Marta se inspiró en esta gran labor en un marinero sin piernas. Ciertamente no cometió el gaffe de invitarlo inesperadamente a cenar con el Presidente Roosevelt. Por eso, esa pullita patriarcal de Olaf estuvo fuera de lugar ya que nunca Martha hizo nada para provocarla. Otro detalle verídico es el discurso de la Princesa en el Madison Garden. Lo que no es cierto es que Martha sufriese de pánico escénico ni que Eleanor Roosevelt la hubiese ayudado a sobreponerse a este.

No me molestó que nos mostrasen una princesa timidísima, sujeta a ataques de ansiedad y pánico cada vez que debía hablar en público y que llegaba, en su terror, a sufrir de hemorragias nasales. Aunque nada de esto era cierto, me pareció interesante para que viésemos la evolución de la personalidad de Martha y también como evoluciona su relación con la Primera Dama. Lo que me disgustó fue que lo usasen para demostrar como el patriarcado la había despreciado. Eso quedó de manifiesto en una escena que me hizo chirrear los dientes y que nunca ocurrió.



En un coctel en la embajada noruega, el Embajador Morgenstern (a quien han puesto como enemigo de la princesa) hace un brindis honrando a quien más ha ayudado a conseguir el paso del Lend-Lease. Martha se empluma creyendo ser la causa del brindis. Cuando el embajador nombra a su marido, a Martha le da tal ataque de ira que se marcha dejando a su Olaf con la palabra en la boca

Las espectadoras mituteras aplaudirán la actuación de Martha. Toda mujer debe exigir crédito y no permitir ser ninguneada. Fue una suerte que yo viera ese episodio en la semana de luto por el Duque de Edimburgo. Fue entonces que Duchess Kate hizo pública, en su semblanza del suegro, como Felipe le había enseñado a combatir el miedo a las apariciones públicas recordándole que la realeza está al servicio de sus pueblo. Eso significa nunca sentirse el centro de la atención: “la Reina nunca mira a las cámaras”. También eso significa que no se debe esperar ni crédito ni elogios.

Aparte de las obligaciones reales de las que Martha era consciente, hay una cuestión de modales. A lo mejor una actricita de cuarta elevada a la realeza hubiese salido en estampida y bufando de una reunión social, pero Martha era princesa nata, nieta de reyes, madre de un futuro rey. Nunca hubiera cometido un faux pas tan descortés.

Los promotores de “Atlantic Crossing” insisten en que la serie busca rescatar del olvido las aportaciones de la princesa, pero hacen lo contrario. Por ejemplo, el hogar para marineros convalecientes solo aparece en un capítulo. El resto de la serie nos muestra a Martha siempre con relación a los hombres en su vida. Hubiese perdonado que se tomasen licencias con el romance Martha-FDR. En cambio, me irrita esa situación muy ambigua de una Martha indecisa y complicada por las exigencias de dos hombres que parecen amarla.



Olaf, Mal Marido y Padre Ausente

Por ejemplo, no tenemos claro por qué el amor de Martha por su marido se ha ido enfriando. El hecho es que cuando aparece en las navidades del ‘42 de sorpresa en Washington, el recibimiento de su mujer es gélido y le sale con que va camino a una fiesta navideña “con Franklin”. ¿Qué sucedió para que un gran amor se trocara en indiferencia?

                         Carta que demuestra que el Príncipe Olaf si estaba invitado y esperado en la Casa Blanca

Aparentemente, es la separación la que ha enfriado las relaciones. Martha resiente ser postergada en las prioridades de Olaf quien prefiere hacerse cargo de asuntos de estado y no estar cerca de su mujer e hijos. Que haya bobos que se traguen esa paparruchada no me sorprende. La serie fracasa en crear esa atmosfera de incertidumbre y caos que se vive durante una guerra.

Padres ausentes es lo que más abundaba en Noruega. Estaban los que, a riesgo de sus vidas, habían partido a Inglaterra a continuar la lucha contra el invasor. Padres ausentes eran la norma en las familias donde el jefe del hogar había sido ejecutado por los nazis. Entre los 723 judíos noruegos que perecieron en los campos de concentración debe haber habido padres de familia que pasaron a estar ‘ausentes” de las vidas de sus hijos. Pero como ni Martha ni la serie parecen interesados en lo que ocurre en Noruega o en la guerra en general, es fácil convertirla en una esposa frustrada que prefiere compartir cocteles con un hombre casado que ocuparse de cosas más útiles. Incluso los hijos son secundarios.

Aunque es cierto (como nos muestra la segunda temporada de “Das Boot”) que los submarinos alemanes llegaron hasta las costas de Long Island y que uno casi ancló cerca de donde veraneaba Martha, nunca hubo un intento de secuestrar a los principitos. Aun así, si seguimos la trama inventada por Elk, es inadmisible que Martha abandone a sus hijos para emprender un largo viaje a Londres donde su marido no espera verla. También resulta insólito que, si el propósito de Martha es hacer las paces con Olaf, el desastroso viaje acaba por abrir brechas más grande en el matrimonio.

En ese cliché moderno de que todos los hombres deben ser tóxicos y todas las mujeres sus víctimas, Olaf es representado como un inseguro que hasta envidia las condecoraciones que recibe su mujer. Es hora de acabar con todo este mito. Ni Olaf fue alcohólico, ni ineficiente ni padre o esposo ausente.

La Verdadera Relación de Los Príncipes Noruegos y Roosevelt

En el 2017, Tor Bomann-Larsson publicó un libro Hjemland (tierra natal) que describe las andanzas de la Familia Real Noruega en su exilio forzoso. En la serie nos muestran que apenas conoce a Martha, FDR se siente atraído por ella y que esa atracción juega parte en su invitación a que cruce el Atlántico. En cambio, el libro describe como tanto Martha como Olaf causaron muy buena impresión en el Presidente de los Estados Unidos y que antes de la invasión nazi, Olaf hizo repetidos viajes clandestinos (sin Martha) a Washington para discutir rutas de acción en caso de que los alemanes llegasen a Noruega.



La trama de “Atlantic Crossing” hace hincapié en el “egoísmo” y “tacañería” del gobierno británico que se niega a suministrarles a los noruegos hombres y armamento para efectuar un desembarco en Noruega. El cuento del Lend-Lease nos muestra cuan escasos de armamentos estaban los ingleses y mal podían planificar una invasión, si ellos estaban luchando para no ser invadidos.

Además, cualquiera que haya prestado atención en clase de historia (o haya visto “Saving Prívate Ryan”) sabe que un desembarco no era un juego. Se necesitaban años para planearlo, y aun así no se podía evitar la gigantesca pérdida de pertrechos y vidas humanas, al igual que la destrucción de poblaciones enteras. Por último, ¿por qué se iban a gastar todo esos recursos en invadir un país que no era un punto estratégico y cuya liberación no ayudaría a finalizar la guerra?

En un momento, Haakon le recuerda a su hijo lo peligrosas que han sido las ultimas misiones de sabotaje enviadas a Noruega puesto que han invitado a terribles represalias alemanas. Este comentario, dicho al pasar, encierra una información importantísima, la cantidad de misiones de comandos enviadas por los ingleses a Noruega, solo cinco en 1941 (dos en el Archipiélago de las Lofoten). Estas fuerzas combinadas de soldados británicos y de miembros de las Fuerzas Independientes Noruegas (un batallón que era parte del SOE) destruyeron fábricas de armamentos y otros sitios necesarios para mantener el esfuerzo bélico de los nazis.

En 1941, otra acción de fuerzas combinadas consiguió liberar cinco navíos noruegos que llegaron al Reino Unido a unirse a la armada británica. Y por supuesto la gran epopeya noruega, fue la batalla por el agua pesada que dilató los experimentos nucleares del Tercer Reich. Yo a los trece años sabia de esta batalla gracias al filme de Kirk Douglas “Los Héroes de Telemark”.  Pero aun durante la Segunda Guerra Mundial, el público americano estaba plenamente consciente de lo que ocurría en Noruega, algo que los protagonistas de “Atlantic Crossing” parecen ignorar.



En 1942, John Steinbeck publicó The Moon is Down, la historia de una aldea noruega bajo la ocupación alemana y el dilema de sus habitantes: colaborar con el enemigo o con la resistencia. De ese mismo tema trató The Edge of Darkness, novela debut de Albert Woods. Ambos libros fueron llevados a la pantalla en el ’43. La imaginación popular estadounidense estaba pendiente de lo que ocurría en Noruega. ¿Por qué no mostrar a la Princesa Martha como parte de ese interés?  En cambio, nos hablan de sus dilemas románticos y líos maritales.



Otra cosa falsa e irritante. Las quejas de que los noruego-americanos prefieren pelear por Estados Unidos antes que por Noruega.  Obviamente los escritores no tienen conciencia de que lo principal- eso les quedaba claro a todos los lideres aliadosera destruir a Hitler y a Alemania. Cualquier esfuerzo dirigido a ese objetivo era un paso para la liberación de países individuales. Ese es el significado de una guerra mundial.

Por otro lado, el Rey Haakon y su hijo se quejan en la serie del capricho británico de obligar a los aviadores noruegos a pelear por Inglaterra en la Real Fuerza Aérea. Eso no es cierto, tal como los aviadores franceses y polacos en el exilio, los noruegos formaron su propio escuadrón. Si hubo noruegos que pelearon directamente en escuadrones de la RAF, como un tal Roald Dahl, fue porque el escritor había nacido en Gales. Hablando del autor de Matilda y de Las Brujas, fue enviado en un cargo diplomático a la embajada noruega en Washington y tuvo oportunidad de ver a su princesa junto al presidente. Siempre deslenguado, Dahl aseguraba que era obvio que FDR se moría por acostarse con Martha (¡!!)

A través de la serie hemos oído hablar de “Little Norway”, pero nunca nos han explicado lo que es. Se trató de un terreno en Canadá que el gobierno británico cedió para que los jóvenes aviadores noruegos tuviesen un espacio para entrenar. En recordatorio de la estancia de los noruegos, hoy existe una plaza llamada Little Norway en Ontario.  Olaf practicó frecuentes visitas a Little Norway (que fue creada en noviembre de 1940) durante la guerra. En esas ocasiones Marth fue a Ontario a reunirse con su marido. Así que despidámonos del mito del esposo ausente.

                       Los Príncipes Herederos celebran con sus tropas en Little Norway

En algunos de estos viajes, Olaf hizo visitas clandestinas a la Casa Blanca como emisario personal de su reino. Si bien es posible que el futuro rey se sintiese un poco amoscado por tanto rumor respecto a su esposa y el Presidente de los Estados Unidos, nada indica que se resquebrajase la confianza existente entre FDR y la Familia Real Noruega. De hecho, la relación entre Martha y Franklin afianzó esa amistad.

 Hay evidencias públicas de las visitas de Olaf. Incluso en 1944, los Príncipes Herederos abrieron un segundo albergue para combatientes noruegos en Washington. Así que todo ese mitote de que Martha, desatendida por su marido, debió refugiarse en otro hombre es ridículo. Si fuera por eso, todas las esposas de militares en servicio activo serian infieles.



¿Rechaza el Público Series sobre la Realeza?

Lo que ocurre es que este desastre de serie trae tanta agenda oculta como “The Crown”. Su propósito se enfoca en tres objetivos:  a) denigrar a Franklin Delano Roosevelt, el presidente más importante del Siglo XX; b) denigrar a la monarquía, a lo Peter Morgan, buscando demostrar lo egoístas y distanciados del sufrimiento del pueblo que eran los miembros de la Familia Real Noruega; c) ser parte del ataque frontal que embiste en contra de la realeza británica. Como muestra, este repulsivo artículo que apareció en wgbh.org a raíz del debut de “Atlantic Crossing” en la PBS.

Lo primero que capturó mi vista fue esta frase “hasta han llegado a decir (espectadores) que ya no pueden disfrutar de period dramas o series donde aparezcan miembros de la familia real británica”. Ahí me enteré por primera vez, que parte de la agenda progresista (aunado al feminismo mitutero, el ateísmo agresivo, y la lucha de clases disfrazada de diversidad racial y de genero), es un ataque directo al sistema monárquico que es una forma de gobierno de muchos países europeos (ni hablar de Asia), curiosamente de algunos de los más tranquilos y progresistas.

Algo que lamentablemente solemos hacer los periodistas de farándula, es vincular nuestros escritos a escándalos del momento, sin reparar en las consecuencias de nuestro oportunismo.  No sorprende entonces que todo el articulo saque partido de la reciente entrevista de Los Sussex. Pero Amanda-Rae Prescott no solo se aprovecha de la prensa amarilla, ella señala un fenómeno que ocurre en el mundo angloparlante y que como dice en la introducción puede hacer que “Atlantic Crossing” sea “difícil de vender”.



JeJe, no me hagas reír que tengo los labios partidos. Después de la impresionante, positiva y devota reacción que obtuvo el sepelio del Duque de Edimburgo, tal repudio parece relegado a minorías rencorosas. Si hoy alguien recuerda a Los Sussex es para reírse de ellos o rechazarlos con ira.

Sin embargo, del momento en que los anti monarquistas se han subido al carro progre, hay que vigilarlos con recelo. Uno se pregunta si su agenda les impedirá disfrutar de todas las biopias de reinas inglesas que prepara ese bastión de la progresía llamado Starz, o no querrán ver “Domina”, lo nuevo de la BBC, que gira en torno de la primera emperatriz romana.

Ese súbito odio a la monarquía de parte de un público que hasta hace poco devoraba dramas de época (comenzando por “the Crown”) sin importarles si glorificaban una forma de gobierno censurable, nace de un vínculo entre reyes y colonialismo/racismo. Efectivamente las monarquías representan una supremacía blanca. Díganselo al Rey de Lesoto, al Sultán de Brunéi y al Emperador de Japón, jefe de una casa real más antigua que ninguna monarquía europea.

Lo del colonialismo va ilustrado en el artículo en el énfasis que su autora pone en la “preocupación” del publico de saber si este relato tiene alguna conexión con la “colonialista y racista” Familia Windsor. Efectivamente, Rae-Prescott saca del closet a Olaf exponiéndolo como ….¡Bisnieto de la Reina Vicky! NOOOO!

Me da risa. Victoria heredó un naciente imperio colonial que se expandió durante su largo reinado, pero fue una más de los monarcas colonialistas. En su época, democracias como Francia afianzaron su propio imperio colonialista, como lo haría Estados Unidos que hasta hoy tiene colonias. Menos risa y más rabia me da recordar que Victoria (y su esposo) fue una ardiente abolicionista, que apoyó al Norte en contra del esclavista Sur durante la Guerra de Secesión, y que hasta adoptó una ahijadita africana.

Pero no debería sorprenderme, cuando Ms. Prescott nos dice que veamos la serie ya que no es un panegírico de Roosevelt. No sabía que FDR estaba en la lista verde (el corrector de Word no me deja decir Lista Negra) de los BLM. Sorprendente, al tratarse del presidente cuyo gobierno se caracterizó por sus adelantos en lo que respecta a los derechos civiles de la minoría afroamericana. Para ser justos, Prescott trata de convencer a sus lectores de ver “Atlantic Crossing” por lo que procura acallar posibles reparos. Por ejemplo, nos recuerda que Haakon fue elegido “democráticamente”.



A ver, Noruega se independizó de Suecia a fines del siglo XIX. Los noruegos solicitaron de la Familia Real Danesa un rey. El rey danés le mandó a su hijo cuyo puesto fue aprobado y ratificado por el senado noruego. No es talmente una elección democrática. Haakon no hizo campaña ni fue de puerta convenciendo a sus súbditos de votar por él. Haakon tampoco era Juan Pérez sino el hijo del Rey de Dinamarca y yerno del Rey Eduardo de Inglaterra.

                            Haakon, Maud y Olaf

Es la conexión británica la que parece ofender más a potenciales televidentes, por lo que Prescott se apresura a tranquilizarlos. Los Windsor no merecen en la serie una representación positiva. Dice la critica que la serie nos muestra lo incompetente que fue George VI para convencer al gobierno de socorrer a Noruega. Primero, ya he relatado todo lo que Inglaterra hizo por Noruega, desde Little Norway hasta las muchas misiones de comandos en territorio noruego que costaron la vida de muchos soldados británicos.

Segundo ¿todavía esta gentecilla que hace artículos “históricos” no comprende que el rol de un soberano en una monarquía parlamentaria es más sociocultural que político?  ¿No han oído que los reyes modernos pueden aconsejar, pero nunca imponer sus posturas ni hacer ninguna declaración pública que suene política?

Algo que volvió a ponerse en descubierto a raíz de la muerte del Príncipe Felipe fue como la nación recuerda todavía con gratitud los servicios prestados por la Familia Real durante su hora más dura. se han escrito libros, bien documentados, sobre la valentía de los reyes sobre todo de la Queen Mum durante el conflicto negándose a esconderse en la seguridad de tierras americanas y compartiendo las privaciones de su pueblo. Pero Elk, a lo Peter Morgan, busca destruir esa imagen burlándose de la ineficiencia de un rey que no puede ni hablar bien, y mostrando a su consorte como esnob y petulante.

                                 Jorge VI nunca fue un mal rey

En resumen, “Atlantic Crossing” es mala porque miente sobre detalles históricos. De poco vale que se cuente un trozo de historia poco conocida se si falsea hechos y se difama personajes. Y si se lo hace para ofender a quienes no pueden defenderse y para avanzar una agenda estúpida (según una encuesta del 2013, el 90% de los noruegos aprueban su monarquía) entonces, en buen chileno, vale hongo.