jueves, 22 de agosto de 2019

Charité: Cuando los Médicos eran Super Estrellas



Hacía rato que me estaban recomendando la serie alemana “Charité”, pero me mostraba reacia a verla. Temía aburrirme con tanta cháchara científica o peor, enfadarme como me pasó con “The Knick”,” The Alienist” y otros dramas médicos situados en La Belle Epoque. Finalmente, me ganó la admiración que he cobrado por la televisión alemana, y me alegro de haberla visto. Aparte de fascinante, es una sorpresa descubrir que antes que existieran estrellas de rock y de cine, las grandes figuras mediáticas eran los médicos.

La Charité es hoy (según Newsweek) el quinto mejor hospital del mundo y es uno de los mejores y más grandes hospitales-facultades de medicina en Europa. Sus orígenes son humildes, el Reino de Prusia lo hizo construir en 1709 anticipando una plaga de peste bubónica.  Para 1713, era un hospital de pobres.  Sería el Rey Federico Guillermo de Prusia quien le impondría el nombre de Charité en 1827. Sin embargo, la creación de un anfiteatro para dar clases de anatomía definiría el destino de la institución. A partir de 1821, el hospital se convertiría en una escuela de medicina y parte de la Universidad de Berlín.

Enfermeras y Diaconisas
La acción de esta miniserie de seis capítulos tiene lugar en 1888 y gira en torno a Ida Lentzen (Alicia von Ritter), que tras quedar huérfana y perder su fortuna, acaba de institutriz de una familia noble. Cuando un ataque de apendicitis hace que Ida aterrice en los pasillos de la Charité, los patrones, no contentos con no pagar su cuenta de hospital la despiden.

Ida es obligada a pagar su deuda trabajando de asistente de enfermera. Hasta el siglo XIX, las enfermeras eran religiosas. En el mundo protestante del Berlín decimonónico son diaconisas y están por encima de las enfermeras comunes, tanto en poder como en espíritu. Un tema de esta serie es el conflicto entre religión, ósea el pasado, representada por la Matrona Martha (Ramona Kuntze-Libnow), jefa de las diaconisas; y el progreso científico representado por los médicos.

A pesar de estos distingos, Ida hará amistad con Thereze (Klara Deutschmann), una devota postulante a diaconisa que oculta un secreto. Ida también atraerá las atenciones románticas de dos hombres: su exnovio, el médico-profesor Emil Behring (todavía no era “von”), interpretado por Mathias Koeberlin, y el estudiante de medicina Georg Tischendorf (Maximilian Meyer Bretschneider).
Ida y Tischendorf

Ambos hombres verán algo diferente en Ida. Mientras Tischendorff, quien solo estudia medicina para complacer a su padre, ve en la enfermera a la esposa perfecta, Behring ve una futura doctora. El alentará los sueños de Ida de estudiar medicina, aunque sea en Suiza puesto que las mujeres tenían prohibido estudiar esa carrera en Alemania.

Idolos con pies de barro
Ida será un personaje ficticio, pero los médicos con quienes interactuará son todos grandes actores de la historia de la medicina, gigantes científicos ergo con pies de barro. Charité en 1888 fue el refugio y campo de experimentación de famosos doctores. Así vemos los esfuerzos por descubrir vacunas y bacilos de Robert Koch (Justus von Dohnanyi), Paul Ehrlich (Christoph Bach) y Emil Berhing, la vez que conocemos las flaquezas del gran cirujano Ernst von Bergmann (Mathias Brenner) y de llamado “padre de la antropología médica”, Rudolph Virchow (Ernst Stotzner).
Behring, Koch y Ehrlich

Es cierto que un gran bochorno fue para Virchow mal diagnosticar al Príncipe Heredero. Von Behring realmente se pasó su vida en instituciones psiquiátricas debido a su depresión clínica. No sabemos si von Behring fue en realidad adicto al opio, pero si se casó con Elsie Spínola (Runa Greiner), tuvieron seis hijos, y si rivalizó profesionalmente con Ehrlich al que le ganó el Nobel en 1903 (Ehrlich lo recibiría eventualmente). 

Y Koch efectivamente abandonó a su esposa para casarse con una actriz adolescente con la que vivió feliz comiendo perdices hasta la muerte del científico.

La serie ilustra la tremenda fama que tenían estos doctores lo que los hacia arrogantes y vulnerables a la vez. Hedwig Freiberg (Emilia Schule), una actriz de solo diecisiete años idolatraba a Robert Koch como una groupie idolatra a una estrella del rock. Este caso tuvo un final feliz ¿pero cuantas historias tristes quedarían en el camino?

Sobre este mundo del progreso científico se ciernen oscuras nubes de intolerancia que separarán a Tsichendorf de Ida y que presagian no solo la Gran Guerra sino también el triunfo del Nazismo. En esa Alemania que ve en el joven Kaiser Guillermo (Lucas Prisor) un representante de una nueva y poderosa nación no hay mucho espacio para lo diferente sea un judío como Ehrlich o una lesbiana como Thereze.

Virchow podrá alentar la idea de un sindicato de enfermeras seglares, pero las reglas las imponen los aristócratas nacionalistas que creen en duelos, en estratos sociales, en la grandeza del pueblo realmente alemán (léase ario), y en la mujer como madre y esposa. El que Ida finalmente comprenda que su destino no la ata a un hombre, más que un mensaje feminista es una conciencia de que los alemanes todavía no estaban preparados para tener esposas profesionales (lo primero que hicieron los Nazis fue mandar a las mujeres de regreso a sus cocinas).
Ida abandona la Charité

Lo que “Charité” nos muestra es una sociedad de contrastes. Berlín es la capital del progreso, pero ofrece como entretenimiento “zoológicos humanos”. Hoy se admira a Carl Hagenbeck (Thomas Sielinski) como etnógrafo y pionero de la idea de que en los zoológicos no se enjaulase animales, pero en 1888 en su menagerie privada exhibía públicamente a humanos (nubios, inuit, y como muestra la serie, bengalíes) enjaulados. Este tipo de empresa cumplía un propósito supuestamente “educacional”. En realidad, fomentaba la opinión de que la raza caucásica era superior.

En la Charité los médicos provocarán pasiones en jóvenes actrices y serán llevados en andas por sus fans, pero las enfermeras viven en condiciones deplorables, una muere de tuberculosis, otra se contagia de difteria.  Vemos como a los judíos alemanes se les está permitiendo ser parte de la vida civil y profesional, pero su visibilidad crea otro tipo de antisemitismo, el racial.

Entre Tolerancia y Antisemitismo
Una grata sorpresa de las series de época alemanas son sus maravillosas heroínas. Ahora Ida Lentze viene a colocarse en la fila entre la Maria de Borgoña de “Maximilian” y la Lotte de “Babylon Berlin”. Lo meritorio de Ida, que después de todo viene de una familia burguesa tradicional, es su tolerancia que abraza a la adultera, al judío, a la lesbiana, al drogadicto porque en cada caso ella ve únicamente lo bueno, lo que trasciende a la diferencia. Ella solo ve amigos a los que quiere, no membretes impuestos por sociedades segregacionistas.

Hoy en día la palabra “tolerancia” es mal vista. Se supone que debemos “aprobar y abrazar” toda diversidad. Pues yo no recibo muchos abrazos ni por ser latina, ni judía, ni gordita, ni viejita. ¡Al contrario! Por eso, y más en un contexto histórico, tolerar la diferencia cuando esta es opacada y superada por el cariño y por los méritos del diferente me parece admirable.

Esto me lleva a un tema importante en “Charité” que es el antisemitismo. Curiosamente, y eso que se acercan al tópico con pies de plomo, los alemanes tratan la judeofobia con mayor seriedad, realismo y compasión que las series y filmes de otros países. Su enfoque es en Paul Ehrlich, Premio Nobel de Medicina; descubridor de las huellas dactilares como método identificador; curador del flagelo de la sífilis; padre de la quimioterapia y…judío.

Tanto la serie como la vida real nos dicen que Ehrlich fue aceptado a pesar de ‘su diversidad” por el establishment médico. El antisemitismo no forma parte del fastidio que siente Behring por su colega, tanto Koch como Virchow consideran a Ehrlich como un igual. Spínola ciertamente no puede opinar, su mujer era judía.

La serie presenta la judeofobia desde dos perspectivas:  la del estudiantado nacionalista y la de una comadrona quien esgrime su desprecio contra quienes no son cristianos. Durante su vida, Ehrlich cabalgó entre dos formas de antisemitismo; la religiosa y la racista, ambas igualmente destructivas ya que se basan en falsas superioridades.

¿Cuán judío fue Ehrlich? Era silesiano, ósea parte del Imperio Austro Húngaro, su abuelo fue el líder de la comunidad judía de su pueblo, su padre era el recolector de la lotería imperial. Ehrlich fue un producto de ambos mundos, el tradicional y el de los judíos progresistas que servían al Imperio.

Ehrlich se movió entre el imperio y Alemania, estudiando medicina en las universidades de puntos tan lejano como Breslau, Estrasburgo y Leipzig. Su gravitar nómada le dio una independencia mental asociada con el progreso. Su traslado a Berlín y a la Charité no se debía solo a que como nos indica la serie, Alemania fuese el centro del avance médico, sino también porque ofrecía más oportunidades para que un judío se integrase a la sociedad gentil.

Eso no quiere decir que fuese un asimilado. Se casó con una judía en boda religiosa, fue enterrado en el viejo cementerio judío de Frankfurt. En la serie menciona celebrar fiestas hebreas y lo vemos rezando de manera tradicional judía (balanceando el cuerpo). Ehrlich siempre se sintió judío.  Uno de los miembros de la academia sueca le negó el Nobel argumentando que el Instituto fundado por Ehrlich y que llevaba su nombre “poseía una atmosfera judía”.

Sin embargo, Ehrlich siempre se sintió alemán, vivió y murió en Alemania, nunca se interesó por el sionismo. Al Dr. Chaim Weizmann le tomó dos horas convencer a Ehrlich de subvencionar económicamente la construcción de la Universidad de Jerusalén.
Retrato de Paul Ehrlich

La ironía es que este genio de la medicina al que Alemania honró en vida (el Kaiser mandó una conmovedora carta de pésame a Hedwig Ehrlich) recibiría su mayor ataque antisemita estando ya enterrado. El Tercer Reich lo borró de los libros de historia y de los textos médicos, le cambió nombre a calles e instituciones que llevaban el nombre de Paul Ehrlich, y Hedwig (en la serie la llaman “Hedda) y sus hijas debieron refugiarse en Suiza para salvar sus vidas.

En 1938, los Estudios Warner decidieron hacer un filme honrando a Ehrlich, Hedwig fue contratada como asesora y Edward G. Robinson interpretó al médico. “Dr. Erlich’s Magic Bullet”, a pesar de ser producida por un judío (Jack Warner) y que su protagonista era un judío rumano, recibió tantas presiones que toda mención del origen étnico de Ehrlich fue borrada el libreto.

En “Charité” Ehrlich es identificado como judío incluso por quien no lo conoce. Lo han expuesto a un antisemitismo fácil de reconocer; estudiantes que lo acusan de no ser alemán, comentarios de que su pelea con Behring es por codicia típicamente judía, etc. Bostezo y bostezo porque hasta yo he pasado por esas incomodidades, pero de pronto nos presentan con algo inesperado.

Una Partera Antisemita
Hedda (Stella Hilb) está embarazada de su tercer hijo. En 1888, los partos seguían siendo terreno de parteras y Ehrlich se trae una de la Charité. Digamos que esta individua tosca e ignorante está a años luz de las comadronas de “Call the Midwife”. Inclusive nos la han presentado temprano donde milagrosamente ha traído al mundo a un bebé en la Charité. Digo milagrosamente, porque se la pasa todo el parto quejándose e insultando a la parturienta.

Pues su comportamiento no es diferente en casa de los Ehrlich donde se las arregla para ser descortés con el médico y con sus hijas y agrede verbal y físicamente a su paciente. Finalmente concuerda en algo con Ehrlich, el niño viene en mala posición, se necesita de un cirujano.

Todos los médicos de la Charité están celebrando en un congreso. Le envían a Ehrlich a Tischendorf, el peor estudiante de medicina de su facultad. Tischendorf, que todavía no es antisemita, ayuda a Ehrlich a cargar la camilla de Hedda hasta la Charité.

Alla se encuentran con … ¡La Partera! Esta expulsa a Ehrlich de la sala cubriéndolo de epítetos antisemitas y acabando con un “agradezca que una institución cristiana haya aceptado a su esposa”. Luego anuncia a su equipo (Ida y Tischendorf) que “entre nosotros vamos a sacar este mocoso judío”



Pasa el rato, Tischendorf en un alarde de irresponsabilidad se va a batirse a duelo y deja en su lugar a un estudiante de primer año. La partera se da cuenta que no se las puede. Solo tiene una solución, abrir en canal a la madre y salvar al niño. Insta al aterrorizado estudiante a hacerlo: “¡Hasta un carnicero sabe cómo hacerlo! No se necesita de un doctor”.

Explico cómo eran las cesáreas de entonces. Normalmente se practicaban a mujeres muertas o moribundas. En muy pocos casos sobrevivían las madres. El 85% de las mujeres a las que se les practicaba la operación morían.

Sin embargo, en esa Alemania donde el progreso medico es cosa de día a día, se había establecido un método experimental que daba muchos resultados. En 1882, se había descubierto el corte transversal y un año más tarde, Max Saanger había desarrollado un efectivo método para suturar el útero. Ida le advierte a Ehrlich lo que quieren hacer. Él no es cirujano, pero parte al congreso en busca de uno.

Entretanto, a la partera se le ocurre otra brillante idea: un bautizo de emergencia. No sabía que los luteranos también lo practicaban, pero este tipo de bautizo, que puede administrarlo cualquier católico bautizado, se sigue haciendo hoy, sobre todo en hospitales con criaturas que están en peligro de muerte, recién nacidos, incluso fetos abortados. Pero me imagino que hoy se hará con niños de familias cristianas nada más, o con huerfanitos.

Ida le recuerda a la partera que los Ehrlich son judíos, esta hace un gesto despectivo: "No es culpa del bebé".

Ida baja a la sala de enfermeras. El pastor se ha retirado por el día, pero envían a Thereze puesto que como diaconisa tiene la facultad de bautizar. Ehrlich ha encontrado que todos los cirujanos están medio borrachos, ninguno sirve. Vuelve cabizbajo a la Charité y se encuentra con Thereze acercándose a su mujer y portando un cuenco con agua bendita.

¿Como se pretendía proceder? ¿Iban a esperar a que arrancaran el niño de la panza de Hedda para rociarlo con agua bendita o iban a hacerla beberse el líquido como hicieron con Camila O ‘Gorman?  ¡Al parecer pensaban inyectarle el agua en la panza a Hedda! No llegamos a saber como reaccionaría la paciente porque en su desesperación, Ehrlich arroja la fuente al suelo. Como suelen hacer las mujeres ante una muestra de violencia masculina, todas se repliegan y la partera huye.


Ida, siempre la única cuerda, va en busca del único médico que permanece en el hospital. Von Behring es el ceniciento de Charité. El único que no ha sido invitado al jolgorio del congreso. Es el quien salva a Hedda. El niño con tanto traqueteo ya se murió. Esa noche, la enfermera Edith (la socialista que quiere crear un sindicato de enfermeras) le pide disculpas a Ehrlich y le recuerda que hay personal médico en la Charité que no cree en bautismos obligatorios.

Los Peligros del Bautizo
La primera vez que vi este episodio me quedé estupefacta, llena de ira y de vergüenza. Mi mente de mujer moderna acostumbrada a respetar la diversidad se escandalizó ante tanta desubicación. Lo que más me impresionó fue la total desconsideración por Ehrlich, por su dolor de padre y esposo. Aun comprendiendo que para los cristianos/católicos no hay salvación fuera de la Iglesia, que a la Iglesia se entra a través del bautismo y que toda criatura sin bautizar está condenada al limbo, me incomodó. Como le dijo Ehrlich a Edith “es solo otro insulto más”.

Sin embargo, mi segunda visión del episodio me dejó incomoda por otra razón. Tal vez mis amigos católicos y cristianos, viéndolo con ojos modernos, considerasen que la actitud del médico era la irrespetuosa y la desmesurada. ¿Después de todo si no se cree en el bautismo qué importa un chorrito de agua?

 No señores, en el contexto de la época no era un mero chorrito de agua. A pesar de que Paul Ehrlich era un niño cuando ocurrió lo del “Caso Mortara” es imposible que no conociese del incidente que sacudió no solo a la comunidad judía sino también a la opinión pública europea y norteamericana.

En 1857, en Boloña, entonces parte de los Estados Papales (Italia todavía no estaba unificada), la policía escoltando a enviados del Papa Pio IX, se presentó en la casa de los Mortara, una familia judía acaudalada. A pesar de las suplicas y protestas de los padres, se llevaron a Edgardo, de seis años, el sexto de los ocho hijos de los Mortara. Aunque siempre se ha hablado de “secuestro” lo terrible del caso es que era perfectamente legal.
El "secuestro"de Edgardo Mortara

Había llegado a oídos de las autoridades eclesiásticas boloñesas (léase, La Inquisición que todavía existía en los Estados Papales) que Anna Morisi, una adolescente analfabeta que fungía como nodriza de Edgardo, lo había bautizado creyéndolo en peligro de muerte. De acuerdo con las leyes canónicas, un niño católico no podía ser criado dentro de otra religión.

Los Mortara fueron a Roma a rogar que le devolviesen al niño. El Papa fue firme, a menos que los padres se bautizasen, Edgardo quedaba bajo protección papal. Entretanto, la noticia se hacía conocida en toda Italia y más allá de los Alpes. El Emperador Francisco José hizo una protesta formal. Lo mismo hizo Napoleón III, aunque sus tropas estuviesen a cargo de la protección del Santo Padre. Se dice que fue este caso el que hizo cambiar de opinión al Emperador quien desde entonces apoyó la unificación de Italia.

El Times de Londres se encargó de apoyar la causa de los padres; en Estados Unidos donde había un fuerte sentir anticatólico, se vio este incidente como ejemplo de que un gobierno liberal y protestante como el norteamericano era el mejor para los judíos. El famoso filántropo inglés de origen italiano, Sir Moses Montefiore viajó a Italia a entrevistarse con el Papa, pero sus esfuerzos fueron vanos.

Para abreviar, Edgardo no volvería a ver a su madre sino ya de mayor, ya muerto el padre, y el niño haber sido ordenado sacerdote. El Padre Pio Mortara (adoptó el nombre del Sumo Pontífice) murió en Bélgica, a los 88 años, unos meses antes de la invasión alemana de 1940. Una suerte para él, porque para los Nazis el bautismo valía hongo y el sacerdote hubiese acabado en una cámara de gas.
El Padre Mortara y su madre

Debido a ese precedente el caso Mortara no fue único en el Siglo XIX, pero si el más sonado es que los judíos como Ehrlich le tenían terror al bautizo. Sabían que podía desencadenarse en una tragedia familiar. No sé si esa cláusula existirá todavía, pero sé que pesaba en la imaginación colectiva judía del siglo XIX e incluso en la del XX.

En su estudio sobre los judíos italianos The Italians and the Holocaust, Susan Zucotti se sorprende al encontrar reiteradamente en los informes de judíos rescatados por el clero la frase “y no intentaron convertirnos”. Cuando San Juan Pablo II, entonces Padre Wojtyla, aconsejó a una feligresa no bautizar al niño judío que había rescatado de los Nazis, actuó con generosidad de santo puesto que otros rescatistas si se afirmaron en el derecho canónico.

En Francia, Antoinette Brun, valerosa resistente, decidió quedarse con los Hermanitos Finaly a quienes había rescatado de los nazis. Cuando la tía de los niños, ya acabada la guerra, reclamó a sus sobrinos, Madeimoselle Brun hizo bautizar a los Finaly. Luego, apoyada por el clero local, los trasladó a España, a un monasterio en el País Vasco. Pero esta vez, la opinión mediática, apoyada por la ley y por la iglesia galas, primó y los niños fueron enviados a Israel con su tía.

“Charité” es una serie sobresaliente, realmente histórica, sobre todo en lo que respecta a la evolución de la medicina moderna. Hay romances de todos tipos, pero no hay sexo. Solo hay un desnudo y es de espaldas. Lo que si hay son muchas vísceras sangrientas, pulmones agujereados, y operaciones gráficas. En el primer capítulo, a Ida le extraen su apéndice en un anfiteatro enfrente de cien estudiantes. ¡Mi pobre hermana se cubrió los ojos durante toda la escena y me hacía que le leyera los subtítulos! Si son amigos de las series medicas no se pierdan esta serie.

miércoles, 14 de agosto de 2019

El Mago Rasputín y La Falsa Anastasia: Como la cultura popular los volvió iconos históricos



En la imaginación colectiva, a menos que sea desde un enfoque marxista furibundo, la tragedia de los Romanov no gira en torno a culpas. La visión de quienes solo la conocen por la cultura popular es siempre compasiva: “pobres, Rasputín los tenía hechizados” o “los niños no tenían la culpa”. De alguna manera los verdaderos actores del hecho histórico son siempre el monje brujo o y los hijos del zar sobre todo la que quizás haya sobrevivido a la masacre. Como es que se llegó a ese cliché y como “The Last Czars” lo refuta es el tema de esta entrada.

¿Saben cuántos falsos pretendientes al trono han existido en Rusia desde todos los Falsos Dimitris en el Siglo XVIII? Y nadie sabe sus nombres. ¿Y saben cuántos místicos se han entrometido en la política manipulando soberanos?  Solo en tiempos modernos tenemos varios desde Sor Patrocinio, La de las Llagas, mentora de Isabel II de España, hasta Greet Hofmans, la “Rasputín” de la Corte de la Reina Juliana de los Países Bajos (y ni menciono a los astrólogos de Nancy Reagan) y nadie hace filmes sobre ellos.
Sor Patrocinio y su reina

Apenas unos meses tras la Revolución de Octubre, en Hollywood, Herbert Brenon dirigía “La Caída de los Romanov”, desde entonces esta trágica familia ha servido de tema para docenas de documentales, películas, telefilmes y miniseries. Alfred Hickman y Nance O’Neill daban vida la Familia Real, pero por supuesto el plato era fuerte era Rasputín (Edward Connelly) quien ya comenzaba su carrera de Gran Violador de la Pantalla. De ahí se creó la leyenda que Rasputín propició la caída de los Romanov.

El próximo filme sobre el tema giró en torno de la Falsa Anastasia. Para 1928, ya se sabía de la masacre de La Casa de Diversos Propósitos, pero también de la aparición de la misteriosa Anna Anderson. Se trata de un romance de Hollywood llamado “Clothes Makes a Woman”. Walter Pidgeon es un soldado ruso que rescata a la Gran Duquesa Anastasia. Luego él abandona Rusia y se va a Hollywood donde se convierte en un exitoso productor. Un día ve, en una fila de extras, a una chica (Eve Southern) que reconoce como Anastasia.

Paralela a esta fantasía los alemanes ese mismo año sacaron un filme “Anastasia” donde Lee Pertry hacia de la verdadera Gran Duquesa y Camilla von Hollay daba vida a Anna Anderson quien en esos días había sido expuesta a la prensa como una estafadora.

La Revolución Según Hollywood
El Hollywood de Los 20 y Los 30 tendría una visión ingenua de la Revolución, enfocándose en los horrores de las purgas y en el sufrimiento de los aristócratas exiliados. Los temas principales eran historias de nobles damas que debían trabajar en labores humildes (Claudette Colbert en “Tovarich”) o eran rescatadas de los pérfidos bolcheviques (Marlene Dietrich en “Knight Without Armour”).

Sera en 1932 que se atrevan a alejarse de personajes ficticios y Hollywood se enfrente a la Corte del Zar y a sus errores. “Rasputín and the Empress” es una obra en conjunto de la famosa dinastía teatral de los Barrymore. Lionel es el monje loco, Ethel su devota soberana y John, el del perfil, encarna al Príncipe Chegodieff, un velado retrato de Félix Yusupov.

En esta película el asesinato de Rasputín es provocado por la violación de Natacha (Diana Wynward), prometida del príncipe. La misma Zarina da la venia. Sucede que el verdadero e indignado Yusupov demandó a los estudios y una orden judicial hizo que rebanaran el episodio de la violación, por lo que el filme quedó medio inconexo.

Un par de detalles interesantes. Rasputín es malo total, chantajista, manipulador hasta proguerra mundial. Se dice en el filme que Rasputín detiene las hemorragias del Zarévich con hipnosis. Efectivamente, hay santones, místicos y chamanes que se cree podían hacerlo. También vemos que Rasputín usa la hipnosis para subyugar mujeres y someterlas a sus deseos o para que cumplan con sus órdenes.


Otro detalle es que la muerte de Rasputín ocurre después que Alejandra se entera que su mano derecha intentó abusar de su hija Maria (Jean Parker en su debut en el cine). ¿Por qué Maria y no sus hermanas mayores? Es interesante que ya entonces existía la idea de convertir a las Grandes Duquesas en objetos sexuales.

El romance de Hollywood y la Rusia en el exilio acabó con el auge del fascismo, la Guerra Civil Española y una creciente admiración por la Unión Soviética. La Segunda Guerra Mundial produjo un catálogo de filmes alabando al pueblo ruso y al Camarada Stalin y ya no se habló de víctimas de la Revolución.

La Anastasia de la Guerra Fría
Es en Europa donde renace el interés durante la Guerra Fría. En 1953, Pierre Brasseur da vida a “Rasputín” un filme menor, aunque rodado en tecnicolor y me dicen que es el mejor retrato del místico que se ha hecho en el cine.

En Francia es donde también se estrena una obra de teatro escrita por Marcelle Maurette, conocida por sus piezas sobre reinas derrocadas. Anastasia es un éxito total. Guy Bolton la traduce al inglés y conquista el mundo angloparlante. Dolores del Rio es la primera Anastasia americana, la seguirá Viveca Lindfords, y en 1963, Vivian Leigh ganará un Tony por ella.

En 1956, Anatole Litvak dirige la versión fílmica con Ingrid Bergman y Yul Brynner en los roles estelares y Helen Hayes como la emperatriz María Feodorovna. Inspirada por el caso de Anna Anderson, Maurette crea una historia de una amnésica que cae en manos de unos inescrupulosos exiliados capitaneados por El General Bounine (Brynner), un ex oficial de los ejércitos zaristas.



El grupo quiere “vendérsela” a la Familia Romanov, pero a medida que “Anastasia” adquiere confianza comienza a evidenciar detalles que hacen sospechar que no es una impostora.  El gran coup es cuando la emperatriz Maria Feodorovna la reconoce como su nieta. Pero cuando la anciana descubre que Anastasia ama a Bounine le da la oportunidad de ser feliz. Así el filme acaba sin que exista una certeza sobre la identidad de la protagonista.

Es Lili Palmer que, tras su divorcio de Sir Rex Harrison, ha regresado a Alemania quien gana premios y buena crítica por su “Historia de Anastasia” (1956) que en realidad es la saga de Anna Anderson, la Falsa Anastasia. Aquí vemos su amistad con Gleb Botkin, hijo del médico del Zar que fuese asesinado junto con su paciente. Botkin siempre creyó en la historia de Anderson, la apoyó, convenció a otros e incluso la apoyó económicamente.

Todo esto se ve en el filme como también las visitas que hicieron a Anna parientes y conocidos de la Gran Duquesa y sus reacciones. Hasta hoy creo que es el retrato más fidedigno de una mujer que realmente se creía Anastasia.
Rasputín, el Gran Villano
Pasarían 30 años antes de que el tema de la impostora volviera a interesar a cineastas y productores, otra cosa era Rasputín quien ya era parte de la iconografía de villanos. Lo hemos visto ser el Némesis del Hellboy, vampiro en “Nick Knight” y demonio en “Buffy, cazadora de vampiros”. En 1963, la Hammer cansada de verle los colmillos a Drácula, decide convertir a Sir Christopher Lee en “Rasputín, el monje loco”. El resultado es totalmente camp, una película muy entretenida pero muy poco histórica.




En 1979, Boney M grabó una version disco super exitosa de la leyenda de Rasputin. Con solo escuchar el estribillo "Ra...Ra...Rasputin, Lover of the Russian Queen" se dejaba claro que en el imaginario oopular el monje loco y la Zarina habian sido amantes.

En Rusia se han hecho filmes y miniseries sobre el staretz (el verdadero titulo religioso del Padre Grigori) pero ninguno lo ha sacado de su encasillamiento de villano cliché. En el 2010 hicieron un filme en Italia titulado “Rasputín, la verdadera historia”. ¿Cuántas veces no hemos escuchado esa promesa? En el 2010 se hizo una coproducción franco-rusa cuya única virtud fue ver a Gerard Depardieu como Rasputín y Fanny Ardant como la Zarina. Por eso solo mencionaré obras que aporten algún cambio a la imagen del controversial místico.

Yo descubrí la existencia de Rasputín y Anna Anderson, el mismo año, 1968.  Mis padres iban al cine todas las semanas (yo también, pero veíamos filmes diferentes). Ellos siempre me contaban a grandes rasgos la trama de lo que habían visto. Luego yo cotejaba con críticas y entrevistas de Ecran.

 Una noche volvieron muy contentos porque Mi Ma había vuelto a ver a Geraldine Chaplin que se había vuelto su actriz favorita después de verla en “Dr. Zhivago” Ahora también se trataba de un filme sobre la Rusia prerrevolucionaria: “Yo maté a Rasputín” es una obra francoitaliana cuyo mayor mérito es que comienza con una breve entrevista con el Príncipe Yusupov en la cual él confiesa sus motivos para haber asesinado al staretz y como nunca se ha arrepentido.

Mi padre me abrevió un poco la historia de Rasputín (en ese filme interpretado por Gert “Goldfinger” Frobe) y como a todos los niños, me fascinó y horrorizó a la vez. Lo más fascinante para mí fue lo difícil que fue matarlo. Pregunté a mi padre si realmente era un mago. “No” me contestó “es que era un moujik grande y gordo, costaba acabar con él”.

Curiosamente, por ese entonces encontré un artículo en la Eva sobre Anna Anderson que acababa de establecerse en los Estados Unidos. Me fue imposible asociar a esa señora gruesa, arropada en un pesado abrigo y tapándose la cara, con una princesa de cuento. Conclusión: Rasputín era más interesante que falsas princesas.

Pasaron los años y no volví a pensar ni en Rasputín ni Anastasia, sino hasta mi segundo año de secundaria donde cubrimos la Revolución Rusa. Ya he contado en otra entrada como tuve que hacer un trabajo sobre la Zarina y que me ayudaron a entenderla las memorias de su dama y confidente Anna Virubova. Hasta su muerte, Madame Virubova estuvo segura de que Rasputín era un santo, un místico, un hombre de D-s, que telepáticamente había interrumpido una hemorragia interna que la dama había sufrido durante un accidente ferroviario.



Cuando el Dr. Who era Rasputín
Por ese entonces pasaron por televisión el aclamado filme “Nicholas y Alexandra”. Basado en el bestseller de Robert K. Massie, es muy fastuoso, pero aparte de “sacarinado” no tiene mucho que ofrecer. Los principales (Janet Suzman y Michael; Jayston) no me impresionaron. 

Si me gustó ver a las niñas y Tom Baker (si, Whovians, El mero Doctor quien un ganó un Globo de Oro por este rol) como Rasputín estuvo soberbio. También fue la primera vez que se recreó el asesinato de La Familia Imperial. De hecho, en “The Last Czars” lo han copiado casi exacto, incluso dejando solo al Dr. Globkin como víctima del pelotón de fusilamiento y prescindiendo de los otros criados-víctimas.


A mediados de los 70, la BBC produjo la incomparable “Fall of Eagles”, hasta hoy el mejor dramatizado sobre los hechos que precipitaron la caída de tres dinastas: Hohenzollerns, Habsburgos y Romanov. Michael Eldrige fue un competente Rasputín, pero mi mayor impresión la provocó Gayle Hunnicutt como Alejandra. Por más de una década fue a mi parecer la mejor intérprete de la Zarina.

Pasaron más de diez años antes que nos acordásemos de la Tragedia de los Romanov. El Hollywood de los 80 adoptó una actitud ambigua hacia los hechos. Por un lado, permitía delirantes elogios de la revolución como en la “Reds” de Warren Beatty, pero seguía con sus thrillers de la Guerra Fría (“Gorki Park”) o descripciones de la opresión política en la moderna Unión Soviética (“White Nights”). por eso le tocó a la televisión recordarnos otra versión los hechos.

Anna Anderson murió en 1984, hasta su último suspiro juró ser la Gran Duquesa Anastasia Romanov. Para sus seguidores existía la indignada certeza de que se la había negado sus derechos. Peter Kurth intentó aclarar el misterio de la impostora en su The Riddle of Anna Anderson (1983). La NBC compró los derechos del libro y en 1986 los convirtió en un telefilme en dos partes.

Amy Irving, entonces Mrs. Steven Spielberg y en la cúspide de la fama, dio vida una Anna Anderson confundida, esperanzada e histérica la vez. Su trabajo le ameritó una nominación al Globo de Oro. El filme ganó Emmies por vestuario y música, ambos fantásticos.

Fue también nominado por el mejor elenco y es que fue una constelación de nombres: Omar Shariff y Dame Claire Bloom como Nicolás y Alejandra, Dame Olivia de Havilland (quien ganó un Globo de Oro como mejor actriz de reparto) como la emperatriz María Feodorovna, Elke Sommer como la Baronesa Buxhoeven, dama de la Emperatriz y Sir Rex Harrison (en su último rol) como el Gran Duque Kiryl, el malo de este cuento. Jennifer Dundas, quien había conseguido reconocimiento de la crítica por su retrato de Gloria Vanderbilt en “Little Gloria, Happy at Last”, era Anastasia adolescente, pero quien impresionó a todos fue un pequeño debutante llamado Christian Bale quien se robaba escenas como el Zarevich Alexei.


El gran mérito fue darnos, a los que creíamos que Anna=Anastasia, el beneficio de la duda, pero para los incrédulos la interpretación de Irving dejó en claro que se trataba de una amnésica que solo quería encontrar su identidad y que realmente creía ser la hija del Zar.

Cuando Snape era Rasputín
Todas las dudas quedaron disipadas ocho más tarde cuando las pruebas de ADN demostraron que Anna no era ni pariente lejana de los Romanov. Los restos de La Familia imperial (con excepción de los de Maria y Alexei) fueron debidamente identificados. En medio de esas noticias, HBO que ya se perfilaba como el gigante televisivo que es hoy, decidió jugar con el personaje de Rasputín.


Al recibir su Globo de Oro, Sir Alan Rickman (si ya sé que rechazó el honor, pero igual sigue siendo un Caballero) dijo que deberían dar premios por mejor actuación haciendo papeles desagradables. Se refería obviamente al místico y a sus deplorables costumbres. Curioso porque nuestro recordado Snape le otorgó al staretz una humanidad que pocas veces consiguieron otros actores en el mismo rol.

El Rasputín de Sir Alan es un borracho, un depredador sexual, un campesino zafio y más encima obsceno (esa danza del vientre con el pene colgando que le hace a Yusupov es un ejemplo de lo que hablo), pero también es un hombre profundamente religioso, lleno de fe y amor por la humanidad y la naturaleza, pacifista, generoso y deseoso de ayudar a Alexei.

Muchos criticaron la elección de Greta Scacchi, conocida como símbolo sexual, para encarnar a la Zarina. Sigue siendo mi Alejandra favorita y también de los críticos que la nominaron a un Globo de Oro y le otorgaron un Emmy. Sir Alan, por supuesto, ganó un Globo, un Emmy, Un Saturno y un trofeo de parte de la Unión de Artistas de la Pantalla. Pero no fueron los únicos sobresalientes en un soberbio ensamble.

Sir Ian McKellen era mayor y no se parece físicamente al Zar, pero su Globo de Oro se lo ganó por mostrarnos un Nicolás terco, firme, que no se dejaba engañar por este seudo monje de las estepas, pero que al final debía doblegarse a las evidencias de los poderes “rasputinicos”.

También estupendos estuvieron Diana Quick en su breve aparición de la Gran Duquesa Ella; James Frain que es exactamente como me imagino a Yusupov y mi siempre aplaudido David Warner como el Dr. Botkin. Las escenas de Botkin y Rasputín son mis favoritas. El medico cree que la mejora de Alexei se debe a su tratamiento y considera a Rasputín un mero hipnotista de circo. El Padre Grigorii, en cambio, realmente cree ser un ejecutor de los deseos de la Virgen quien lo ha elegido y enviado a Tsarskoe Selo. Es solo cuando Rasputín se siente abandonado por la Virgen que comienza su decadencia.

El telefilme estaba enmarcado en la noticia del encuentro e identificación de los restos de la Familia Imperial y la acotación de que los restos de Alexei aún no habían sido encontrados. Un toque eficaz fue entonces narrar la historia desde el punto de vista del Zarevich, una persona que amó sinceramente a Rasputín.

Tras el asesinato del staretz, se lee la carta que escribiera a la Zarina anunciando el fin del Imperio y de los Romanov si el místico moría violentamente a manos de nobles. El filme acaba entonces con escenas de la Revolución, del exilio y de la masacre de la Familia Imperial. Así podemos ver el asesinato de Ella y a los criados del Zar ser ejecutados junto a sus amos.

La Versión Animada
Un año más tarde nos llegó la fusión más insólita: Rasputín y la Falsa Anastasia juntos. Don Bluth adquirió los derechos sobre la pieza de Marcelle Maurette y creó este encantador relato animado donde “Anya” es en realidad la Gran Duquesa, donde la Revolución es causada por una maldición de Rasputín y donde Anastasia debe luchar cuerpo a cuerpo con el monje para recobrar su identidad y ser feliz. 

Obviamente hay romance, canciones, y hasta un murciélago parlante. “Anastasia” tuvo un éxito arrollador, se convirtió en una lucrativa franquicia y hasta hoy Anastasia es amada , gracias a sus muñequitas, por niñas de todo el mundo..

Un año más tarde ocurrió un evento real que superó a la ficción. El presidente de Rusia, Boris Yeltsin presidió una ceremonia fúnebre en la Catedral de San Pedro y San Pablo, tras la cual los restos de Nicolas, su esposa y tres de sus hijas fueron enterrados en la Fortaleza de Pedro y Pablo. En su discurso, Yeltsin combinó llamados a reconciliación, contrición sobre la masacre y profesó un rechazo a cambios políticos nacidos de este tipo de violencia.

En el 2000, la Iglesia Ortodoxa Rusa llevó el homenaje a la familia a su grado máximo declarándolos a todos mártires y santos. Fue ese año que en Rusia se hizo la miniserie “Los Romanov: Una Familia Imperial”.  Es un recuento de los últimos días de Nicolas y su familia a partir de la Revolución de Octubre. No hay critica, Rasputín solo aparece en una pesadilla de la Zarina. Todo es acorde con la idea de mártires inocentes.

Yo no lo he visto completo, aunque está (con subtítulos en inglés) en YouTube. Hay cosas que intentan ser realistas y están un poco exageradas. Las hijas del Zar, debido al sarampión, habían sido rapadas, pero para la época de su asesinato tenían melenas hasta el mentón. Aquí las muestran con el cabello al rape y cargando almohadas hasta a escena de su ejecución. La única que cargó una almohada (llena de joyas) fue la mucama Demidova.

Aquí si aparecen todos los criados del Zar, e incluso conocemos al amiguito del Zarevich. Lo de las joyas en la ropa queda ambiguo, al final Yurovsky (que es retratado como un cerdo sádico) le arrebata a Alexei una bolsita que descubre contiene conchas de mar. En realidad, el Zarévich tenía joyas dentro de su guerrera y de su kepi.

Todo lo que se refiere a la familia imperial es etéreo, dulce y puro, hasta el romance inventado entre Olga y el soldado-musico Denisov que incluso la salva con una transfusión de sangre. El filme acaba con la ceremonia de canonización de los Romanov.

Sexo, Mentiras y Romanov
Curiosamente esta apología apoteósica tendría otro vuelco 17 años más tarde. En el 2017 se hizo un filme en Rusia que sacó ronchas a muchos sectores y que incomodó al Zar Vladimir I.  Alexei Uchiev dirigió un filme “Mathilde” sobre el affaire del joven Nicky y la bailarina polaca Mathilde Kschessinskaya.


A pesar de que este romance, que precedió al matrimonio del Zar, es un hecho histórico, la cantidad de escenas sexuales horrorizó a los devotos de San Nicolas, la Familia Real Rusa lo tildó de blasfemó, y hasta Putin cayó en mutismo lo que indicaba que el filme, aun bajo escrutinio, no le parecía muy simpático.

¿Sera por eso que este circo llamado “The Last Czars” hace tanto hincapié en las escenas sexuales? A Netflix no le pueden prohibir que ponga a los santos encuerados haciendo travesuras. Y ese parece la, mayor contribución de este último acercamiento a la Tragedia Imperial. Nicky y su mujer son monstruos; sus hijos son brutos; Rasputín, otra víctima de las locuras zaristas; Yakov Yurovsky es un ángel vengador y Anna Anderson una timadora. Para eso se podrían haber ahorrado la plata. El revisionismo no tiene sentido sin un propósito y esta serie mal hecha no es el cierre para un mito.

Cada uno de nosotros llevará adentro una imagen predilecta de la Familia Real, o la de las caricaturas o la de la Hammer, u otra. Yo me quedó con la de HBO. ¿Cuál es la tuya?






jueves, 8 de agosto de 2019

The Last Czars: ¿Una Nueva Masacre de la Familia Imperial?



Cuando hice mi semblanza de Sissi, El Comendador Ray Badilla me solicitó algo parecido sobre Alejandra, la última Emperatriz de Rusia. Con eso me colocó en una situación difícil. Cien años después de la tragedia de Ekaterimburgo, todavía los historiadores no exoneran al último zar y a su consorte de culpa en los hechos que precipitaron su caída, la Revolución Rusa y su muerte. “The Last Czars” de Netflix nos da la impresión de que Nicolás y Alejandra merecían el castigo recibido.  Pero como “el docudrama” presenta una sarta de datos falsos o contradictorios, ya no sabemos quiénes realmente merecen castigo.

Nota: Para variar me referiré a Nicolás algunas veces como “Nicky” y a su consorte como Alejandra o Alix. También usaré intermitentemente los títulos de “emperador” y “zar”.

Un Docudrama Chanta
Cuando supe que iban a hacer un docudrama sobre el reinado del ‘último zar, esperé algún tipo de revisionismo histórico o algún dato descubierto recientemente. Por algo tenían un equipo de historiadores, tres varones y tres hembras (la importancia de la paridad), liderados por Simon Sebag Montefiore dándonos catedra como si el elenco del dramatizado fuese incapaz de hacerlo.

Nos la han vendido como “The Crown con contexto” y como el primer caso de combinación de dramatizado y documental. Esto último no es novedad, recordemos maravillas como “Band of Brothers” o todas esas charlas académicas de David Starkey interrumpidas por escenas de actores dando vida al harem de El Gordo y sus mujeres en “Henry VIII: Mind of a Tyrant”. Aquí, en cambio, tenemos un enredo confuso de actores y catedráticos cuyo propósito común parece ser el de clavar la tapa del féretro de los últimos gobernantes de la monarquía rusa, exhibiéndolos como tan antipáticos que al lado de ellos Hitler y Eva Braun son hermanitos de la caridad.



 Nicolás II (Robert Jack) es representado como un tirano chambón y su mujer como una controladora histérica. Al final uno siente que, como ocurrió con los Ceausescu, su destino era el paredón. ¿Entonces cuál es el propósito de este programa?  No exoneran a Nicky ni a su mujer, y sus hijos son personajes tan vagos (en los dos sentidos de la palabra: indefinidos y flojos) que no nos duele su muerte.

La serie es un bochorno tras otro y no hablo de ese primer plano de la Plaza Roja de Moscú donde, a pesar de que nos cuelgan un cartelito que dice “1905”, lo primero que vemos es el Mausoleo de Lenin.  ¡Señores, Ivan Ilich en esas fechas gozaba de buena salud! Tampoco me refiero a los torpes intentos de usar el alfabeto cirílico o el mal uso de uniformes, condecoraciones, títulos y fechas. Todo eso es perdonable.

Lo inexcusable es que en un documental tengan que poner un dsiclaimer de “algunos hechos fueron falseados”.  Hello?  Se trata de un documental= realidad, verdad. El Dr. Pablo de Orellana será muy sexy, pero los datos que se saca de la manga tienen a los historiadores de extramuros confusos.  ¿De dónde sacó que, en el Domingo Sangriento de 1905, los guardias del Zar descolgaban, a tiros, a los niños en los árboles?  Y esa imagen del pequeño “crucificado a balazos” en la reja del Kremlin (n 1918) es potente, pero no muy veraz. E injustificable es que cuando muestren filmes de la época de la Revolución, hayan insertado imágenes de los Años 30.

Pero lo incalificable es que las explicaciones del coro griego de historiadores se contradigan con lo mostrado en pantalla. Un profesor nos asegura que la relación de la Emperatriz con Rasputín fue puramente espiritual. Sin embargo, Susana Herbert en sus escenas con Ben Cartwright (el intérprete de Rasputín, no el dueño de la Ponderosa) casi repta a los pies del monje, se le cuelga del brazo, pone su cabeza en su hombro. Se sabe que Alexandra no era demostrativa ni con sus hijas.

Para ser una serie “histórica” se apoyan en dos mitos que han acompañado a Nicky y Alix desde su muerte: Rasputín y Anna Anderson. No se puede tomar en serio un relato que pretende ser verídico y es enmarcado con la telenovela de una niña que puede ser la Gran Duquesa Anastasia y a la que su antiguo preceptor, Pierre Gilliard (Oliver Dimsdale), debe reconocer.

No voy a hablar mucho aquí de este icono mediático que fue la Falsa Anastasia, porque planeo hacer algo por separado, pero es ofensivo que se juegue con los neófitos (léase quienes saben cero de historia rusa) haciéndoles creer esa patraña cuando ya hace treinta años que las pruebas de ADN nos certificaron que Anna Anderson era un fraude. Lo que pasa es que no se podía desperdiciar tan sabrosos mitos. Lo mismo ocurre con Rasputín que, aunque sea lo más cercano a personajes simpático en este cuento, sigue siendo un ente ambiguo y misterioso.

Rasputín es a ratos relleno cómico, en otros parece ser la voz de la razón que expone la hipocresía de los altos prelados de la Iglesia Ortodoxa Rusa o el histerismo sexual que parece afectar a ricas y pobres en esta serie. También me conmovió que se apiadase de un anciano campesino olvidado. 

Pareciera como qué serie e historiadores quisieran exonerar al monje-no-tan-loco. Nos dicen que el “Padre Grigorii” (quien nunca fue ni pope ni monje ordenado) poseía una genuina fe religiosa, que era un gran psicólogo y la serie nos lo muestra a cargo de algunas curas milagrosas (el campesino, la mujer atormentada por la muerte de su hija y, por supuesto, el zarévich).

Pero luego el coro griego se contradice chismeándonos que Rasputín era un charlatán, maquiavélico y hambriento de poder. Cartwright lo interpreta como un individuo violento, arrogante y dotado de un voraz apetito sexual, pero también como un hombre de fe que cree estar haciendo el bien y ser un instrumento divino. Aparte que nunca llegamos a saber cómo Rasputín podía calmar el dolor del zarevich y detener sus hemorragias, lo que reafirma sus poderes mágicos. Según los historiadores lo hacía “calmando a la Emperatriz”. ¿Ósea eran los nervios de Alejandra los que provocaban la hemofilia de su hijo?  ¿Como se puede decir algo tan absurdo e irresponsable?

La Sombra de Juego de Tronos
Aparte de este Rasputín tan simpático que nos preguntamos si no fue la también víctima de las locuras y el hubris de la Familia Imperial, tenemos un escenario donde los soberanos meten la pata a cada rato y es un milagro que no los hubieran sacado a patadas del trono antes de 1917.

Si esta serie hubiera deseado seguir el esquema GOT nos hubieran contado que, entre su parentela, Nicky tenía varios que querían su trono de papel maché (es que todas las joyas, decorados y elementos representativo del lujo de la Rusia Imperial en esta serie parecen fabricados en Taiwán). Nos podrían haber contado de la conspiración (apoyada por su propia madre) que en vísperas de la Revolución pretendía derrocar al zar y reemplazarlo con su hermano Miguel.

Pero es que la serie no sabe a dónde va y se bambolea borracha entre “The Crown” y “Juego de Tronos” porque la ley no escrita es que todo drama histórico debe seguir las pautas de la serie de HBO.

Tenemos un Rasputín en el que se combinan Varys, Melisandre y el Maestre Qyburn. Tenemos un Yakov Yurovsky (Duncan Pow) que podría ser Ned Stark, obtuso en su búsqueda de justicia, si es que Ned hubiese sobrepasado su miedo a matar niños. Tenemos una Falsa Anastasia tal como la Falsa Arya de la saga de Martin. Y tenemos a la princesita boba que corre detrás del hombre equivocado y precipita una tragedia. Solo que ni la Gran Duquesa María era tan mamerta como Sansa ni calzón-suelto como la muestran en la serie.

Tenemos un Zarevich (Ozkar Mowdy) malcriado que se queja por la comida. Sin ser perverso como Joffrey, Alexei es igualmente inútil y antipático. Una sorpresa de la serie ha sido no explicar lo terrible que es la hemofilia y lo difícil que era para un niño vivir con ese mal. No nos dicen que Alexei tuvo un amigo, un pinche de cocina, el único que sobrevivió de los sirvientes del zar (otra cosa que no nos muestra la serie) que no fue fusilado con sus amos.

En la vida real, la camarera de Alejandra y el valet del Zar murieron con ellos, otras damas y el fiel marinero Nagorni que cuidaba de Alexei fueron ejecutados en secreto. Si hasta el perrito de Anastasia fue masacrado, casi como Viento Gris en la Masacre de La Mansión Inatiev que no tuvo mucho que envidiarle a La Boda Roja. El único que se salvó fue Joy, el spaniel, del Zarevich, quien acabó sus días en una prospera propiedad inglesa.

Pero sigamos con el esquema de Juego de Tronos.  Tenemos una reina lúbrica, intrigante, torpe para gobernar y cuyo único objetivo es proteger a su hijo. La Zarina no será borracha como Cersei, pero no se saca el pucho de la boca. Alejandra solo vino a fumar, abrumada por los nervios, después de la Revolución. Curioso porque su marido y todos sus hijos (hasta Alexei) eran fumadores.  Lo que fumaban si no eran cigarrillos normales sino cilindros de papel llenos de tabaco sin nicotina. La serie no solo nos la muestra fumando cigarrillos modernos ¡también la Emperatriz aparece jalando cocaína!
Anastasia fumando la pipa de su padre

La verdadera Zarina puede haber sido adicta al somnífero Veronal., pero no sé de dónde sacaron que era cocainómana. Es cierto que la cocaína entonces (un producto más puro y menos dañino que la de hoy) era usada como medicamento. Nicky la usaba para curarse el resfriado y su señora para los dolores menstruales, pero de ahí a andar haciendo líneas….

Algo que la serie apenas toca es que la Zarina era casi una invalida. Sus embarazos fueron difíciles y muy seguidos. Tuvo un aborto espontaneo y un embarazo fantasma. Era aquejada por tremendas jaquecas y ciática, y es posible que sufriese de hipertiroidismo; (como servidora) no podía bajar de peso, aun comiendo poco, se le hinchaban las piernas y los pies de manera horrible.

Mucho se ha hablado de lo que Susana Herbert se parece a Alejandra. La Herbert es huesuda, de pómulos y nariz afilados y tiene una mirada entre beoda y demente, además es más baja que Jack quien da vida al Zar. Alejandra era gordita, más alta que su marido, curvilínea y aunque su mirada podía ser altanera, no era desagradable.

Lo de la cocaína es tan grotesco como un episodio donde Rasputín envía a Alejandra al frente a “seducir” al zar y obligarlo a acatar las decisiones de su mujer. La idea de una señora cuarentona y gordita comportándose como una odalisca me dio risa. Y es que en esta serie han convertido a Alix en una libidinosa, intrigante, drogadicta y que más encima anda echando palabrotas a cada rato. Ya podría hacerse cargo de los burdeles de Meñique.

En lo que si han seguido las enseñanzas de GOT es en otra novedad de la serie; el sexo gratuito. Tenemos escenas de Rasputín desnudo sacudiendo sus colgantes en una orgia. Lo tenemos metiéndole mano (literalmente) a campesinas y grandes damas, y nos imaginamos que algo parecido le haría a la Emperatriz. Irónicamente los únicos en acariciar la vagina real real, aparte de Nicky, fueron los asesinos de los Romanov. Yacov Yurovski, en su reporte, cuenta como tuvo que detener esa profanación del cadáver de la pobre señora.

Pero los grandes representantes del sexo improcedente son El Zar y la Zarina cuyas escenas de cópula ya bordean en el soft-porn. La excusa es que Nicky y Alix “estaban enamorados”. Obvio que para los simplones productores mostrar gente follando es la única manera de representar el amor de pareja. Si en “The Crown” nos mostraron las nalgas del Duque de Edimburgo, aquí nos muestran las te…y el cu…de la Zarina. Ahh y también su marido encuerado y lleno de tatuajes. A propósito, Nicolas tenía tatuado un dragón en el brazo. Se lo hizo en un tour en Japón antes de ascender al trono.




Por supuesto que es un hecho histórico que Nicolas y Alejandra se amaban, y por su correspondencia privada sabemos que gozaban de una sana vida sexual, pero mostrarnos al Zar en su noche de bodas corriendo por el pasillo, como Forrest Gump, quitándose la ropa y entrando como bisonte en la recamara donde lo espera su ingenua novia es doble WTF.

 Triple WTF que una virginal, pudorosa y religiosa jovencita victoriana esté más que dispuesta a mostrarle sus partes al marido y que lo cabalgue tan presurosa, gimiendo cosas como “Eres el Zar de todas las Rusias”,” El más poderoso”, “El Príncipe Elegido” “Naciste del humo y de la sal” (no eso último, no, pero de veras que a ratos se ve con cara de bruja y parece Melisandre).

Según las mucamas de la Zarina, ella jamás mostraba su cuerpo desnudo. Hasta el punto de que se bañaba sola y que cuando ellas llegaban, ya Alejandra estaba aseada y envuelta en un kimono. Como han dicho muchos reseñadores y críticos el sexo en la serie parece servir más para degradar a la pareja real que para hacerla simpática. O como han dicho en Rusia (donde la serie es el nuevo hazmerreir) “habrá quien quiera ver a la Zarina desnuda”.

La Verdadera Alix de Hesse
En mi segundo año de secundaria, en la clase de historia, cubrimos extensamente el reinado de Nicolás y la revolución que lo derrocó. Una tarea que nos asignaron fue escoger un actor de ese drama y escribir una carta abierta, desde su perspectiva, explicando sus motivos. A pesar de saber lo antisemita y mala gobernante que era, escogí a la Zarina y me enfoqué en su tragedia como madre.

Para hacer esa tarea me apoyé en un libro muy antiguo que heredé de mi abuela (y que cometí el descuido de abandonar bajo un árbol en Central Park). Se trata de las hoy despreciadas memorias de Anna Vyrubova, dama y amiga de Alejandra. Virubova recuerda con cariño, pero con objetividad, a su emperatriz una mujer de mal carácter, que podía ser tan generosa como injusta, muy celosa, que siempre conservaba distancias incluso con sus hijas y que vivía obsesionada por la enfermedad de su hijo.

La serie desnuda físicamente a Alejandra, pero esconde mucho de su personalidad.  Nunca nos cuentan que Rasputín fue el último de la lista de místicos de la Emperatriz consultó para curar a su hijo. Nos dicen que Alix era una fanática religiosa pero no nos cuentan que su fe fue su refugio cuando muy niña perdió un hermano por hemofilia, y simultáneamente a su madre y hermana favorita durante una epidemia de difteria. No nos dicen que rechazó dos veces casarse con Nicolás porque no deseaba convertirse.

La serie nos dice que el gran error del Emperador y su mujer fue en abocarse totalmente en su hijo (“Tu primer deber es tu familia” le gruñe Alix en una escena en que él quiere ir al frente), en ocultarle a su familia, a la Corte y al mundo la hemofilia de Alexei.  Lo destacan tanto que parece ser el mayor crimen de Nicolás y Alejandra. Nos llega a irritar el Zarevich por ser manzana de la discordia y ni siquiera sabemos porque es tan importante cuando tiene cuatro hermanas.

Curiosamente “The Last of the Czars” que pretende tener una visión moderna de lo ocurrido, no menciona un factor fundamental en toda la intriga domestica que aleja al matrimonio real de su pueblo y de los sucesos que los afectan. Nos hacen saber que todo comienza cuando Alejandra solo es capaz de parir hijas. La Corte (al pueblo lo tienen marginado de tan importantes decisiones) culpa a Alix de no tener un heredero.

La Zarina llega a ir en peregrinación, como una campesina cualquiera, en busca de ese hijo. La vemos deambulando casi desnuda por los caminos y luego revolcándose con el marido en el campo (otra falsedad). Nace Alexei, pero su alegría se trueca en lágrimas ya que el pequeño es hemofílico.

Cualquiera medianamente enterado de la historia rusa sabe que este imperio tuvo dos emperatrices y muy útiles, en el siglo XVIII: Isabel Petrovna y Catalina la Grande (y no fueron las únicas mujeres en gobernar las estepas). ¿Entonces si Nicolás y Alejandra tienen cuatro hijas sanas y bonitas por que no les dejan el trono a ellas? Olga, la mayor, era inteligente y sensible. A juzgar por su comportamiento durante la Gran Guerra, era capaz de alternar con todo tipo de gente, hubiese sido una gran emperatriz.

Lo que no se molestan en contarnos en el cacareado documental, y tuve que averiguar por mi cuenta, fue que Pablo I odiaba tanto a su madre, Catalina la Grande, que impuso la Ley Sálica en Rusia. Igualmente, Nicolás pudo derogarla cuando vio que tenía tres hijas. Su error fue imponerle a un niño enfermo una tarea imposible, e imponérselo a un imperio. ¿Pero realmente fue ese el único error que detonó el fin de una dinastía?

La serie nos ofrece algunos factores que ejemplarizan el mal gobierno de Nicolas y Alejandra. El empeño de Nicky de seguir siendo un tirano autócrata; su fobia por las reformas; su desastrosa guerra con Japón, y su poco interés por las desdichas del pueblo ruso. Pero ahí de nuevo caemos en las noticias falsas. Por ejemplo, nos muestran la Tragedia de Jodinka como otro ejemplo del mal de ojo que rodea a la pareja imperial (casarse cuando están de luto, la aparatosa caída del collar de Alejandra en su boda)
Muertos en Jodinka

Es cierto que en Jodinka, y a raíz de los festejos de la boda del Zar, se hundió una empalizada provocando la muerte de un gran número de personas. En la serie dicen “cientos de miles”.  Wrong! Fueron doscientas víctimas. Luego dicen que ocurrió el mismo día del enlace y nos muestran a Nicolás y Alejandra desentendiéndose de la tragedia y bailando felices en una lujosa soirée.

a)       Alejandra tenía un problema de ciática, no era una figura grácil en la pista como nos muestran las películas. No le gustaba bailar y rehuía las fiestas. Si fueron a ese baile en la embajada francesa fue para no ofender a Francia
b)      La estampida de Jodinka ocurrió cuatro días después de la boda. Aunque es cierto que ese mismo día, la Pareja Imperial hizo una aparición en un balcón, eso fue por malas comunicaciones puesto que todavía no se había enterado del accidente
c)       Nicolás envió 80.000 rublos de su fortuna personal para asistir a las familias de los muertos más mil botellas de vino de Madeira (considerado entonces un reconstituyente medicinal) para los 1,300 heridos.
d)      El coro de historiadores miente descaradamente cuando dicen que Nicolás y Alejandra debieron visitar a los heridos. El Zar y la Zarina hicieron un tour por al menos dos hospitales donde estaban los heridos.

Lamentablemente en Rusia, fue la primera impresión la que quedó y a Nicky le pusieron el apodo de” El Sanguinario”.  El Zar cometió muchos y gravísimos errores, concentrarse en este episodio demuestra que la serie ya tiene esa intención de ennegrecer más su reputación a costa de mentiras.

Mas Fake News
Nicolas se nos manifiesta como un gobernante altivo, torpe y casi un orate. Por supuesto que nos dicen que gran culpa la tiene el siniestro Tío Sergei (Gavin Mitchell) que funge, hasta que lo vuela una bomba, de consejero del Zar. Al pobre Sergei, que ciertamente era un conservador cerrado, nos lo han puesto más grueso y tosco que en la vida real.

 No entiendo ese empeño en las series de época de tener a gente aristocrática usando lenguaje grosero, sobre todo delante de las damas.  Algo totalmente alejado de la realidad. Se olvidan de que, hasta nuestra era, la erudición y la clase se demostraban con un buen manejo de la retórica y la dialéctica en las cuales no hay cabida para interjecciones vulgares que al final solo demuestran carencia de vocabulario.

En la vida real, Tío Sergei no tenía tanta influencia en los asuntos del Zar (aunque él fue un gran culpable de la estampida de Jodinka). Por ejemplo, él no se metía en asuntos militares. El verdadero Sergei era un erudito, un amigo de las artes, un hombre de gustos tan delicados que se rumoraba que era homosexual.

Por otro lado, por nefasta que fuese la gestión gubernamental de Nicolas o la influencia de su zarina, una dinastía no cae sino ha habido varios gobiernos funestos que la precedan. Nicolás pudo haber sido un zar más moderno, más sensato, más firme e igual su dinastía estaba condenada. Si miramos la lista de emperadores de Rusia desde 1801 hasta 1918; tres fueron asesinados, uno pudo haberse suicidado, dos murieron agotados y enfermos. El denominador común es que eran odiados por sus súbditos y que el odio no era gratuito.
Asesinato del Zar Alejandro II

Luis XVI fue un rey reformista, mucho más que sus ancestros, e igual perdió la cabeza. Se puede decir lo mismo de Francisco Fernando, el heredero al trono austrohúngaro, conocido por sus tendencias liberales. ¿Cuál fue su premio? Que un nacionalista serbio los matase a él y a su esposa.

 La Iglesia Ortodoxa Rusa ha canonizado al Zar y a la Zarina, una acción que me parece discutible, no así la beatificación, por parte de la Iglesia Católica, de Carlos el último emperador de Austria-Hungría. Era un hombre honorable, un pacifista que buscó reducir la duración de la Gran Guerra, nada de eso les importó a sus súbditos que lo expulsaron a él, a su esposa encinta y a sus siete hijos. No podemos acusar a Constantino de Grecia de ser un tirano autócrata y aun así fue derrocado en 1967.

Este preámbulo es para indicar que, aunque Nicolás hubiese sido más abierto a reformas y su mujer menos paranoica y centrada en su familia que en su deber de emperatriz, igual hubiese habido una revolución porque el pueblo ruso ya no daba más.

El coro de historiadores se esmera en contarnos que el pueblo ruso estaba oprimido, que no había libertades individuales. Nos habla de hambruna, de huelgas, pero la serie nunca nos acerca a la verdadera tragedia que propicia un alzamiento armado. ¿Contra qué se levantan los revolucionarios? ¿Quiénes son? Gracias a Rasputín tenemos un atisbo del campesinado, pero nunca se nos muestra la plebe urbana, a menos que sea aplastada en una turba o baleada.

No conocemos a la clase media de las grandes ciudades. Cuando nos hablan de Ivan Kalyaev (Leonardas Pobedonocebas) el asesino de Tío Sergei, nos lo presentan como un miembro de una clase educada y un poeta publicado. Aunque si bien Kalyaev venia de clase media y era universitario, estaba más dedicado a poner bombas que a escribir poemas y su poesía solo fue publicada tras su ejecución.

Mujeres Odiadas, Mujeres Odiosas
Hablando del pueblo ruso, junto con escondérnoslo, nos ocultan a sus mujeres y cuando las destapan es siempre a una luz negativa. Tanto campesinas como damas de alta sociedad están más que dispuestas a dejarse masturbar por Rasputín. Nos muestran a un grupo de mujeres marchando hacia el Kremlin, pero podrían ser Caminantes Blancos, son una masa, no podemos contextuarlas ni identificarlas.

Nunca vemos a las mujeres de la clase media, las profesionales, las revolucionarias, las universitarias que nos presenta Pasternak en Dr. Zhivago y Alexey Tolstoi en su trilogía Peregrinación por los caminos del dolor. Incluso había mujeres educadas en la aristocracia como la princesa Lydia Viazimskeya que tenía un título del Conservatorio de Moscú y estudió en Oxford. Pero tanto plebe como aristocracia son turbas difíciles de clasificar.

La nobleza que rodea al Zar tampoco es descrita específicamente. En el primer episodio vemos un tal Sandro (Samuel Collings) que parece más juicioso que el Tío Sergei. Los confundidos recappers se refieren a  el como “el amigo de; Zar”. Sandro era el cuñado del Zar, estaba casado con Olga (Sarah Bail) la fumadora, la que en la serie le cree el cuento a la Falsa Anastasia.

Félix Yusupov (Gerard Miller) y su mujer aparecen nada más que para matar a Rasputín. Félix es retratado como un afeminado llorón e inútil y Xenia, su mujer, es una tarada borracha. Esa interpretación deja la impresión de que el asesinato de Rasputín fue cruel, innecesario y perpetrado por locos irresponsables. Oh, pero si Rasputín es el malo del cuento. En Disney, esto es Netflix

Siguiendo con la realeza, desde Siberia hasta Londres se preguntan quiénes son “Los Cuervos Negros” título que el coro de historiadores les planta a dos mujeres no identificadas. Se trata de las Princesas Anastasia y Miliza de Montenegro. Casadas con príncipes rusos, fueron de las pocas amigas de Alejandra en la Corte Romanov y hoy se cree que la presentaron con Rasputín, puesto que las montenegrinas eran devotas del ocultismo.

Injusto ha sido el retrato de la emperatriz Maria Feodorovna (Bernice Stegers) a la que la serie presenta como la típica suegra metiche. Hubiese sido necesario hablar un poco de ella, contrastarla con su nuera. Eso ayudaría a explicar por qué Alejandra fue odiada por el pueblo aun antes de Rasputín, aun antes de nacido Alexei. A la Zarina se la retrata casi caricaturescamente como una mujer dominada por las drogas, la paranoia y su calentura por un monje hediondo, pero sucede que esa es Alejandra en 1914. ¿Por qué ni la Corte ni el país confiaban en ella antes?


Nunca nos cuentan que Alejandra siempre fue una extranjera en el país donde reinaba, que nunca le interesó aprender ruso bien, nunca le interesaron ni la Madre Rusia ni su cultura. Es fácil entonces pensar en ella como la alemana, la espía, la que chapurrea ruso con acento no necesariamente teutónico.

Alix de Hesse era una típica niña de la aristocracia victoriana, su primer idioma era el inglés. Su abuela, la Reina Victoria, la había criado a su hechura, pero había una diferencia. Victoria reinó en un país donde el Parlamento gobernaba, ella fue lo suficientemente pragmática de dejar que sus ministros gobernasen. Alejandra estaba casada con un autócrata dueño de todo el poder, y ella tenía todo el poder sobre ese autócrata.

La Reina Victoria temía (y con razón) que su nieta, descontrolada, de carácter fuerte y terca, fuese una mala zarina. Muy diferente del caso Emperatriz Maria Feodorovna, que fue una soberana amada por su pueblo, una princesa danesa que se enamoró de Rusia y de su gente, que se esmeró en aprender su idioma y en vivir dentro de su cultura.

Pero el peor y más injusto retrato de una mujer de la realeza en “The Last Czars” queda reservado para Elizabeth “Ella “de Hesse, la hermana de Alix y esposa del Tío Sergei. Elsie Bennet la interpreta como una boba sumisa que por imbecilidad se convierte en cómplice del marido. Hasta los historiadores se ríen de ella por su deseo de perdonar al asesino de Sergei. Lo hacen ver como ejemplo de ignorancia ya que no entiende lo odiado que era su esposo.

La verdadera “Santa” Elizabeta no solo sabía que su marido era odiado, incluso desde que Sergei expulsase a 20.000 familias de judíos de Moscú que esperaba algún tipo de represalia. Aun así, perdonó al asesino e intentó evitar su ahorcamiento. Kalyaev no fue fusilado como muestra la serie, sino colgado. Ni eso saben

Casi ni me nacen ganas de hablar de las pobres hijas del Zar. Al comienzo nos las muestran como muñecas de cuerda, todas iguales, todas anodinas y perpetuamente infantiles. Hasta nos las muestran adictas a las gemas (por consejo del Padre Grigorii). Una lástima, porque las cuatro tenían personalidades muy diferentes, porque Olga (Karolina Elzbieta Mikolajunaite) y Tatiana (Aina Norgilaite) trabajaron tan arduamente como enfermeras que la mayor colapsó y se la obligó a cumplir solo tareas administrativas.

Es mentira que no tuvieran mundo, que no hubiesen trabajado, ni conocido el valor del dinero. Sus sueldos de enfermeras se los gastaban o en obras de caridad o en perfumes que ellas mismas compraban. Las tres mayores vivieron romances, castos e intrascendentes, pero que demuestra que no eran los parásitos retrasados que Netflix ha confeccionado. Incluso ese grotesco episodio en que Maria (Digna Kylyonite), tan lujuriosa como su madre, se baja los calzones con un guardia es una bochornosa mentira.

Hubo si un incidente de confraternización, pero la preocupación de los bolcheviques no era que las princesas sedujesen a los guardias, sino que estos ya estaban más que dispuestos a rescatarlas. De hecho, tres miembros del pelotón de fusilamiento se negaron a disparar sobre las niñas. Sobre el fusilamiento y las razones para este se han tejido todo tipo de conjeturas. La más grotesca, pero que perdura (incluso la apoya la Iglesia Ortodoxa Rusa) es que fue un “crimen ritual judío”.

Los Judíos Lanzabombas y el Crimen Ritual
En un momento casi in passim, algún historiador (debe ser Sebag Montefiore) habla de los abusos que sufrían los judíos bajo Nicolás. Luego Stolypin (Brian McCardle), La Mano del Zar, recrimina a su señor por el maltrato que sufre el pueblo hebreo. Este le responde airado que los judíos son terroristas y su ministro ruge que él haría lo mismo si viviera bajo tamaña opresión. Poco después unos terroristas le lanzan una bomba a Stolypin. Es cuestión de trazar una raya entre los inconexos puntos. Los terroristas son malos, los terroristas son judíos, todos los judíos son terroristas.

La gran población de súbditos hebreos del zar eran practicantes de un judaísmo ortodoxo y vivían hacinados (desde que ahí los metió Catalina la Grande) en la Zona de Asentamiento o Palizada que ocupa lo que hoy es Ucrania, Polonia, Lituania y parte de Rumania. Los que han visto filmes como “El violinista sobre el tejado” y “Yentl” sabe que los judíos vivían en pueblecitos conocidos como shtetls en zonas rurales (aun vivir en grandes ciudades de la Palizada como Kiev y Sebastopol les estaba prohibido) ganándose la vida como artesanos y en gran pobreza. Estos shtetls existieron hasta la Segunda Guerra Mundial donde a los nazis le fue fácil encontrar a sus habitantes para masacrarlos.
La visión de Marc Chagall de un shtetl

Los rusos habían encontrado que los judíos eran un blanco fácil y practicaban periódicos y sangrientos pogromos en estas poblaciones de gente incapaz de defenderse. Los peores tuvieron lugar a comienzos del Siglo XX, precisamente durante el reinado de Nicky y con su bendición. Extraordinariamente el odio hacia los judíos no nacía ni de racismo ni era provocado por razones económicas. El antisemitismo del Zar, la Zarina, la Corte, la Iglesia Ortodoxa y el campesinado nacía de la razón más antigua del mundo: la religión.

La ira iba descargada en contra de quienes practicaban el judaísmo. Si se convertían no había problema, pero estos judíos tan porfiados… (para ser justa, Bolcheviques, comunistas y El Camarada Stalin desconfiaron de los judíos ortodoxos, hubo persecuciones religiosas, etc. Así que como decía mi amiga Ilana, una fugitiva de Kiev, “a los rusos no les gustamos los judíos”).

Como los judíos no querían convertirse, los Romanov buscaron otras medidas.  A partir de la Guerra de Crimea, se obligó a los judíos a servir en el ejército ruso donde se les forzaba a comer cerdo y a bautizarse. Como muchos jóvenes huían, se comenzó a secuestrar niños judíos hasta de ocho años para convertirlos en estos llamados “cantonistas”. Curiosamente, no hubo rebeliones de parte de la población judía contra tan injusta medida. Como suele ocurrir en épocas y masacres, los judíos se volcaron hacia la religión creándose el sistema de yeshivás o escuelas rabínicas.

A pesar de lo que digan los antisemitas, más judíos se adhirieron a ideales sionistas y se fueron a Palestina (otros emigraron a Estados Unidos o Argentina) que a los bolcheviques. Había partidos socialistas totalmente judíos como el Bund, pero en 1917 había menos de mil miembros judíos en el Partido Bolchevique. Miles se unirían después de la Revolución de Octubre y sobre todo tras las atrocidades cometidas por el Ejercito Blanco en contra de su gente.

En tiempos del Zar Nicolas, los judíos ricos “compraban” el privilegio de vivir fuera de la Palizada. Esos eran los casos de las 20.000 familias que el tío Sergei expulsó de Moscú. Esos eran los casos de los acaudalados Bronstein y Apfelbaum de cuyas filas saldrían Trotsky y Zinoniev. Yakov Yurovsky, asesino del Zar, era judío, pero había vivido en Alemania donde, antes de ser marxista, se había convertido a la fe luterana.

Es difícil para el antisemita comprender que el comunismo es incompatible con otras religiones. Por eso desde que el médico Solokov, unos meses después de la masacre de Ekaterinburgo, encontrase “marcas cabalísticas” en el área donde se creía habían fusilado a la Familia Imperial, que se ha corrido el rumor de que Yurovski y sus secuaces (y por órdenes del Politburó) practicaron un asesinato ritual, ¡incluso que las cabezas de las víctimas fueron enviadas a Moscú para otra ceremonia judeo-satánica!

¿Y cuál sería el propósito de tanta barbarie?  ¡Elemental Watson! Destruir a la Madre Rusia derramando la sangre del ungido de D-s. Como Rusia hoy es sana y robusta, y bajo la zarpa de otro autócrata bonitillo, fue bien chapucera esa magia, pero la Iglesia Ortodoxa Rusa no lo cree así. Se niegan a entregar los restos de la Gran Duquesa Maria y el Zarévich (encontrados en el 2007) porque deben revisarlos para ver que señales indican los ritos de cuales fueron parte. Por supuesto que nada de eso aparece en “The Last Czars”.

Me devano los sesos para encontrar una razón para este docudrama. ¿Degradar al Zar y a su familia?  ¿Alabar la Revolución?  Si le creo a los historiadores (y no solo a los que aparecen en el documental hibrido) no hay deconstruccionismo que demuestre que la Revolución Rusa era evitable. Por lo tanto, entiendo que hubiese que ejecutar a Nicolás y a su esposa. Pero no había razón para asesinar a cuatro jovencitas que no podían ascender al trono o a un niño enfermo que iba a morir antes que reinar. 
Masacrar también a los criados y al médico de la familia denota que fue una acción vengativa más que justiciera o justificada. Tanto así que Lenin ocultó la masacre de Ekaterimburgo hasta 1922.

En mi próxima entrada hablaremos de como la Familia Imperial ha sido retratada en cine y televisión, y de cómo Rasputín y la Falsa Anastasia se convirtieron en iconos culturales.