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miércoles, 12 de octubre de 2022

Ni Drama Histórico, ni Sátira: Primeras impresiones de The Serpent Queen.

 


Érase una vez que las series de reinas debían parecerse o a Los Tudor o a Juego de Tronos. Ahora todas deben ser como la exitosa The Great. O sea, ser sátiras. Ese es el caso de The Serpent Queen, una visión un poco dispar de la historia de Catalina de Médicis. El problema es que las sátiras deben hacer reír y este cuento tiene poco de jocoso. Mas encima,  a ratos se toma muy en serio y ese es su mayor defecto.

Más Bostezos que Risas

No es que no me gusten las sátiras. La muerte de Stalin es una de mis favoritas. Cumple los tres requisitos indispensables del género: presenta un mensaje que supera la parodia;  en medio de una deshumanización burlesca inserta personajes que conmueven y nos recuerdan la grandeza del ser humano;  y, vale la redundancia, hay en ellas humor a raudales. Yo me reí a gritos con La muerte de Stalin tal como lo he hecho con otras sátiras clásicas como El Gran Dictador y Dr. Strangelove. Ni hablar de Blackadder que me mata de la risa.



Hasta en The Great hubo momentos en que se me escapaban carcajadas . La serie de Hulu me convenció de que el juego de tronos exige que quien derroque al tirano pase a ser como el, y aun así tuvo personajes que me gustaban e importaban. The Serpent Queen es inferior a esa parodia de los quehaceres de Catalina la Grande. El mensaje antimonárquico,  a punta de deformar los hechos históricos,  no es creíble;  no hay un personaje querible y todavía no me he reído ni una vez. Para el segundo episodio, la serie me arrancaba más bostezos que las esperadas risas.



Aun así , la recomiendo. El tour de forcé de Samantha Morton (y de Liv Hill que la encarna de jovencita) es lo mejor de un relato que en su revisionismo 2022 deja atrás la historia,  caricaturiza a personajes reales,  y  se basa en un libreto tan simplista y superficial que no nos arrebata.

La mejor manera de notar las fortalezas y debilidades de esta serie de Starz fue encuadrarla entre otras dos piezas de ficción histórica que ocurren en esa época. Me refiero a la Elizabeth de Michael Hirst y a Los Borgia de Neil Jordan. Una coincidencia que esté siguiendo esta ultima los domingos en que me toca ver The Serpent Queen. Justamente el primer episodio concurrió con los capítulos de la magna opus de Jordan correspondientes a buscarle marido a Lucrezia y el compromiso y la boda. Como el primer episodio de TSQ es ocupado casi totalmente por el compromiso,  boda y noche de bodas de Catalina, la comparación era válida.

Lucrecia se queda dormida en su banquete de bodas. El hermano la lleva a su cama. No hay consumación de matrimonio.

Así pude entender lo que se consigue con actores atractivos y talentosos; un libreto coherente poblado de personajes intensos;  ni mencionar un bellísimo vestuario.  La serie de Starz carece de esas virtudes. Si bien es cierto que no podemos tildar a Samantha, Charles Dance y a Liv Hill de no saber actuar, sus personajes no se ven ni muy atrayentes ni simpáticos

La Pobre Huerfanita

La biografía de Leonie Frieda,  en la que se supone se basa el libreto,  quiere exonerar a Catalina de todos los crímenes que la historia le ha achacado, pero como notó Chitra Ramaswamy en The Gurdián, a ratos la serie cae en lo mismo que pretende erradicar. En su afán por mostrarnos a Caterina como víctima eterna se aceleran los sucesos que la llevaron a su matrimonio de una manera tan vertiginosa que parece un match deportivo y no nos conecta emocionalmente con el personaje. El equipo de producción se ha esmerado en mostrarnos únicamente la perspectiva de la protagonista incluso rompiendo el Cuarto Muro haciendo que Catalina nos interpele directamente. Ni eso nos la acerca.



La acción comienza en Francia en 1560.  la Reina Viuda se prepara a ceder su posición de regente y ver la tercera coronación que ha presenciado desde su llegada al país galo. Aburrida,  establece una especie de concurso, buscar entre su servicio doméstico a alguien que la distraiga.

Ese día le toca el turno a la pinche más humilde de la cocina: la negrita Rahima a quien sus despiadados y blancos colegas llaman “eso”. Catalina se encierra con Rahima,  y a punta de naranjas,  consigue la confianza de la niña hasta salirle con un “nos parecemos”. La cara de escepticismo de Rahima es un reflejo de la nuestra, pero Catalina comienza a narrar su triste historia.



Aunque nacida en la cúspide del privilegio blanco, Catalina es una “pobre huerfanita”. Su padre muere de sífilis, su madre contagiada se suicida, envían a la bebé a vivir con la abuela, la abuela muere, la bebé es enviada a vivir en un asilo regentada por perversas monjas (recuerden que la agenda woke de la cual es súbdita Starz ve a las monjas como diabólicas siervas del patriarcado).

La mandamás del asilo, una monja ciega (¡Ohhh quéjense invidentes!) convierte a Catalina de diez años en su criada. De ahí el parecido con Rahima. No solo esclaviza a la huerfanita, la monja la insulta y azota sin piedad. Uff ya esto parece Ana de Las Tejas Verdes. Catalina se venga matando al perrito de la monja con solo su mirada. Si, créanme, a lo George Clooney en Hombres de mentes. Lo triste es que el tío de Catalina, el Papa Clemente, vive en todo el esplendor papal sin preocuparse de su sobrina.

                          Catalina en su etapa de criada de las monjas

Los soldados del Papa andan descontentos porque este no les paga. Se les ocurre secuestrar a Catalina. Esta se disfraza de monja con la única amiga que tiene en el asilo, una mujer que sufre de enanismo (diversidad, ¡Oh, diversidad!)  A los soldados no les importan que Catalina sea monja, le dan un puño en la cara, y la llevan arrastrando por las calles de Florencia, y la hacen dormir a la intemperie en una plaza.

Llega el Papa, les da a los soldados la mitad de su paga y los asusta con la ira divina. Como son bobos (léase católicos) caen de rodillas. El Papa se lleva a su sobrina a Roma. Todo esto nos es presentado en diez minutos en una serie de viñetas que recuerdan a tira cómica. No sé si esperan que nos riamos o sintamos lastima por una protagonista que mata perros inocentes.

La Verdadera Historia de Catalina de Médicis

Una ironía es que la realidad nos hace sentirnos más cerca de Catalina a pesar de no ser ella “la desdichada huerfanita pobre” de la serie. Hija del Duque de Urbino, desde pequeña el pueblo la llamó “Duchesinna” reconociendo sus derecho al trono de aquel importante ducado. Su madre, Madeleine de La Tour D’Auvergne, era heredera de una de las mayores fortunas de Francia.



Madeleine muere de fiebre puerperalno se suicida-unas semanas después del nacimiento de su única hija. El padre de la beba, que efectivamente sufre de sífilis, muere un mes más tarde. Catalina es huérfana, pero también es millonaria. Tan grande es su fortuna francesa que Francisco i quiere que se crie en su corte, para no perder de vista a tan magnifica heredera. Los Medici se oponen. La nena vivirá con su abuela paterna, a la muerte de la señora, Catalina vivirá con su tía Clarice que la cría junto a su numerosa prole. Catalina siempre verá a sus primos como sus hermanos y podemos asegurar que no le faltaron cariño ni vida de hogar.

Las cosas cambian cuando el tío Clemente llega al Papado. No le parece que tan rica heredera no viva de acuerdo con su rango. El Papa le pone a Catalina su propio palacio donde la pequeña es dueña y señora. Esto cambia cuando los díscolos florentinos imponen una república y deciden tomar a la niña de ocho años como rehén. La sacan del palacio y la envían al Convento de Santa Lucia. El embajador francés (Francisco I sigue interesado en Catalina) la visita y encuentra que el convento no reúne las condiciones para hospedar a tan ilustre huésped.

Catalina parte al Convento de la Inmaculada cuya abadesa es su madrina. Ahí se le dan cuartos separados, sirvientes y trato adecuado. Según su biógrafo, Mark Strage, estos serán los años más felices de la Duchesinna. Pero tras tres años de Florencia Republicana, será Carlos V quien ponga sitio a la ciudad. Es ahí que Catalina enfrenta la violencia de sus captores. Aunque no la agreden físicamente, sin respetar que la niña se ha disfrazado de novicia, la llevan a caballo por la calles (no arrastrándola) exponiéndola a los insultos del populacho que la culpa del sitio.



Nuevamente, Catalina es enclaustrada en Santa Lucia. Hasta ahí llegan rumores de lo que los rebeldes planean hacer con ella. Unos quieren colgarla desnuda de las almenas para que sea literalmente carne de cañón; otros quieren encerrarla en un burdel; otros quieren que la violen los soldados. Esta agresividad sexual dirigida en contra de una pequeña de once años no solo demuestra la perversidad de los hombres renacentistas, pero también indica como el miedo entra por vez primera en la mente de una chica que solo ha conocido cariño, protección y privilegios. Todos sus biógrafos concuerdan que fue esa experiencia la que fraguó el carácter de la futura reina de Francia.

Fastidia un poco que el verdadero trauma de Catalina sea eclipsado por el cuentito woke de que sus secuestradores y abusadores son tan victimas como ella de la codicia papal. Clemente nunca fue a buscarla. Una vez que las fuerzas del Emperador triunfaron,  Catalina fue rescatada y enviada a Roma donde su tío la recibió con los ojos llenos de lágrimas.

Una Versión Renacentista de The Princess Diaries

En la serie pasamos a un nuevo capítulo de Las Desgracias de Catalina de Médicis. La niña tiene una surreal audiencia con su tío al que están operando de hemorroides. En algún momento,  el cirujano también le hará a Catalina un examen ginecológico para certificar que es virgo intacta. Clemente le comunica a la sobrina que es fea (en castigo,  ella le escupe el vino) pero que van a casarla con el hijo segundón de Francisco I. Cuando Catalina protesta, el Papa le dice que ambos tienen los días contados a menos que consigan el apoyo de Francia.



Acto seguido, El Papa manda llamar al mejor modisto de Italia, Sebastiano de Montecuccoli para que le confeccione vestidos a la futura novia y trate de hermosearla. Por cinco minutos nos someten a una versión renacentista de The Princess Diaries, pero Catalina no es Anne Hathaway. El modisto se declara incapaz de embellecerla, el Papa se muestra insatisfecho y es entonces que La Duchessina encuentra su voz.



Si no pueden hacerle un make over, razona Catalina,  deben ocultar sus defectos físicos con trajes más opulentos joyas más deslumbrantes. A pesar de que le recuerdan que no hay presupuesto, Clemente le hace caso a esta nena de catorce años y dispone que se la vista y se la provea de joyas y vestuarios dignos de una emperatriz bizantina. Clemente se ha dado cuenta que la sobrina es inteligente. “La inteligencia dura más que la belleza” le dice. Desde ese instante le hará caso, a veces a regañadientes. Esos intercambios Papa-huerfanita, aunque imposibles y vitriólicos, son lo mejor del primer episodio.



Lo segundo mejor es el sequito que la misma Duchesinna elige para acompañarla al nido de víboras que le dicen es la corte francesa. La primera es Angelica, una perfumista que se revela como envenenadora eficaz; la sigue una mora que toca la flauta y sabe “encantar”(no se sabe si a hombres o a cobras); tercera en la lista es Matilde, la enanita que compartió penurias con Catalina en el convento. ¿Cuál es su gracia? Es una estupenda stand-up comedian (“si suelto un pedo, la gente se ríe” es su tarjeta de presentación).



A esta lista se agrega el modisto que se convierte en secretario-mayordomo-consejero, una especie de David Rizzo. A él se le agrega un mago. Si, una especie muy diferente de Gandalf y de Dumbledore. Se trata de un ambulante que muchos espectadores creen que pueden ser Nostradamus, pero yo creo que es uno de Los Ruggieri, los hermanos astrólogos que Catalina se trajo a la corte de Francisco II.

                                         Ruggieri

Las Bodas de Catalina

Me detengo aquí porque esto fue lo mejor del primer episodio.  Hora es de ver lo que la historia nos cuenta. Un error de la serie es mostrarnos a Catalina como una pobre huerfanita desvalida. Era posiblemente la mujer más rica de Italia.  Los parientes de Catalina siempre quisieron protegerla y aunque parezca absurdo,  parte de esa protección era conseguirle un buen marido.

En su infancia, Catalina estuvo semi comprometida con Hipólito Dei Medici, hijo ilegitimo del Papa León X, con el cual la niña se crio. Eventualmente Hipólito tomó los hábitos, pero a Catalina no le faltaron buenos partidos italianos. Las Familias Della Rovere, Estensi,, Gonzaga, y Farnesio buscaron una alianza con la pequeña heredera. Enrique VIII quiso casarla con su hijo el Duque de Richmond cuando pretendía legitimarlo. Si no hubiese muerto Richmond, Catalina hubiese sido Reina de Inglaterra. Jacobo V de Escocia envió al Conde de Albany (tío político de la Duchesinna) para negociar un matrimonio que la hubiese puesto en el trono escocés.

Carlos V quería a Catalina casada con un Sforza y Duquesa de Milán. Clemente estaba harto de las presiones imperiales, por lo que tomó una decisión arriesgada, pero hábil y que cambiaría el curso de la historia. Buscó la alianza con Francia, la gran enemiga del Emperador. De esa manera, Catalina siempre ocuparía una posición secundaria en la Corte Valois, pero estaría atando al papado (y a Los Médicis) a la protección francesa. Todo este proceso tomó dos años en los cuales Catalina vivió en su propio palacete bajo el cuidado de su tía abuela,  Lucrezia Salviati.

                                        Retrato de Catalina en la época de su matrimonio

La serie hace mucho hincapié en la fealdad de Catalina, pero de sus contemporáneos solo nos llega un comentario del embajador veneciano que menciona que es baja y flaca, con labios protuberantes y con “ los ojos saltones de Los Medici”.  No fue ella la que solicitó un vestuario más adecuado. Clemente contrató los servicios de La Marquesa de Mantua. Isabel D’Este era un árbitro de elegancia en la península Italiana y supo diseñar un opulento y favorecedor guardarropas. El Papa, sin reparar en gastos, cubrió a su sobrina de joyas dignas de una reina.

Es así como pasamos a Francia donde todo es tan caricaturesco que más que jocoso es grotesco. Es cierto que había mucho recelo con Italia, es cierto que Catalina de Médicis y su sequito (que no era esta banda de rufianes sino gente culta y útil) aportaron muchos cambios positivos a la cocina y la etiqueta francesa, pero eso no quiere decir que los aristócratas galos fuesen unos cavernícolas.

                              Boda de Enrique y Catalina

Aquí nos los presentan como una pandilla de hooligans tras perder un partido, unidos en un solo empeño , burlarse de la italianita. Tanto Los Tudor como Carlos, Rey Emperador nos han dicho que Francisco I era un patán, pero era un señor guapo, culto y refinado. Colm Meaney lo interpreta como si fuera un tabernero irlandés.

                            El esperpéntico Francisco I

En la vida real, el encuentro fue en Marsella, Enrique estaba presenteno andaba en justas.también estaban Los Borbón y Los Guisa, las grandes familias francesas siempre en pugna. Algo que no nos dicen es que Catalina tenía una abuela Borbón. Tanto énfasis en su parentesco con Diana de Poitiers (eran primas segundas) y no mencionar sus lazos con los protestantes más importantes del reino.



Hubo boda y noche de bodas en Marsella. Hay dos clichés falsos que solo existen en estas series seudo históricas, el examen para determinar la existencia de un himen intacto (solo requerido si había bases de dudas como ocurre en Velikaya) y esas consumaciones matrimoniales que parecen circos romanos donde la cama se vuelve la arena, los novios gladiadores y hay una audiencia echándoles porras.

Efectivamente se exigía de testigos para una consumación, pero no de una veintena de vagos comiendo palomitas y haciendo comentarios como si estuvieran viendo strippers en una despedida de solteros. Primero el tálamo nupcial,  como en toda casa de gente principal renacentista,  tenía pesadas cortinas de terciopelo que daban privacidad a los actos, pero no a los sonidos, que eso es lo que interesaba a los testigos. Estos eran uno o dos y siempre parientes cercanos de los novios. En este caso fue Francisco I quien mantuvo vigilia. El muy pillo se acercó y espió a la pareja por entre los cortinajes y comentó que  “se batieron con mucho vigor” .

                                        Los novios

Enrique no expulsó a Catalina de su cuarto ni se fue a manosearle las tetas a Diana. El Papa visitó a los novios a la hora del desayuno y los encontró todavía en cama y juntos.  Estos cambios de la serie buscan mostrar lo descastados que son los franceses y tratar de acercarnos a Catalina (conmigo pierden, ni me cae mal ni me cae bien).

Todo el segundo episodio es falso, vulgar, torpe y aburrido. Diana de Poitiersbellísima ella, no como esta que parece bruja de Hocus Pocus nunca quiso casarse con Enrique. Ella era libre, millonaria e importante, no quería cambiar ese estatus. La Patrulla Anti Pedofilia ha lanzado un par de gritos al ver a Diana-cougar zampándose a un mocoso de catorce años. Tranquilos, en la vida real Diana y el futuro rey solo cayeron en la cama cuando Enrique ya tenía 22 años y ocho de casado. Antes,  el joven  había traicionado a su esposa con otras mujeres. De hecho, y como nos muestra la serie, tuvo una hija con una de ellas lo que confirmó que el problema de fertilidad estaba en Catalina.



Después de un vertiginoso comienzo, la serie avanza a paso de tortuga, deteniéndose en absurdos como esa masacre de campesinos en que el mozo de establos-amante de Catalina (WTF? Como calumnian a la pobre mujer) es ejecutado por Enrique. Para ser francos, a mí no me impresionó para nada la muerte de un acosador de mujeres que más encima andaba haciendo caricaturas en contra del rey. No porque fuese Pancho Francisco un tirano obsceno, sino por ser católico (STARZ definitivamente no quiere a ninguna religión). Otra vez la serie fracasa en su mensaje.

La Enigmática Catalina

El gran enigma de la serie es Catalina. Quieren conmovernos, pero lo hacen de manera tan bufonesca que confunden al espectador respecto de ella. Nos la muestran como sobreviviente nata, que hasta consigue una guerra para que su esposo se luzca. Ni el Sultán visitó jamás la Corte Valois, ni Solimán (porque ese del turbante es El Magnifico) se fue a la guerra por un par de miseros estados italianos. Andaba muy ocupado sitiando Viena y no le iba a hacer caso a una mocosa a la que ni su marido le daba su lugar.

                                  Suleimán y su sombrero de cojín

En la vida real, Catalina cayó bien en la corte debido a su simpatía y erudición. Amistó rápidamente con las mujeres de su familia sobre todo con sus cuñadas:  Magdalena futura reina de Escocia,  y Margarita, futura Duquesa de Saboya. También con Leonor de Austria,  madrastra de Enrique,  que no era la arpía rezongona de la serie. .

La situación se puso fea unos años más tarde. La serie no miente. Tanto la muerte del Papa, como la negativa de su sucesor de pagar la dote de Catalina, aunada a su esterilidad, la hicieron caer en desgracia. Es cierto que suplicó, de rodillas a su suegro que le diese el divorcio y Franciscoque le había tomado cariño se negó a hacerle caso.  Pero Catalina no suplicó que su reemplazante fuese joven y virgen para sacar a su rival del medio,  puesto que su marido y su prima no eran amantes todavía.

Otro problema de la serie es que Catalina se pasó una década intentando embarazarse (el tratamiento de meterse boñiga de res en su vagina es cierto, pero un médico fue quien la curó de su esterilidad). La serie se la pasa tres capítulos en ese periodo,  el menos activo de la vida de la reina. El intercalarle sucesos inventados solo consigue hacerla más lenta.

                                  Catalina y algunos de sus hijos

Catalina recién se embaraza de Francis (el rubiales de Reign) a fines del tercer capítulo. Así nunca vamos a llegar a La Noche de San Bartolomé. Aparte que los saltos de tiempo a un presente donde Catalina anda preocupada de entrenar a Rahima a “ser mala” así a lo Merteuil-Cecile de Las relaciones peligrosas hace a la trama más imprecisa y no engancha un público reconocido por su falta de atención y rápida capacidad de aburrirse. Para complicar las cosas, en el cuarto episodio hacemos otro salto de tiempo. Cambian a los protagonistas.  Ahora tenemos a La Morton en dos etapas cronológicas diferentes. ¿Qué es esto?  ¿“Dark”?

La Reina Serpiente es definitivamente antihistórica, pero no alcanza el nivel de sátira. Le falta humor y sus mensajes son confusos.  Nos la vendieron como una redención de Catalina. No lo han logrado. Con todas sus fallas, The Great tiene una heroína que en el fondo es buena y bien intencionada. El personaje de Elle Fanning conserva la erudición de la verdadera Sofia-Federica de Anhalt y sus ilusiones de traer libertad y progreso a Rusia. Eso evita que su personaje se vuelva caricaturesco.

En cambio, en The Serpent Queen se magnifican los defectos que la historia ha adjudicado a Catalina de Médicis. Desde joven la vemos dura, indiferente e incapaz de sentir afectos.  Sobrevive a punta de manipulaciones de personas y circunstancias. Incluso su caridad no es gratuita. “Ayuda a los que están en desgracia y tendrás su lealtad para siempre” dice al contratar a Matilde.



 La ironía es que Matilde, que se lía sexualmente con el Delfín ( “siempre quise follarme una enana” dice el villano),  no siente lealtad por su princesa. En realidad, nadie del sequito de Catalina la sirve por cariño. Cada uno mira por la seguridad propia. Algo que se vuelve patente cuando Catalina traiciona a Montecuccoli.  Ya saben que no pueden confiar en el ama. Solo sobrevivir a costa o en contra de ella. Ese parece ser el código de La Médicis y de la serie.






The Serpent Queen perpetúa el mito de Catalina como asesina envenenadora. . Para mayor injuria, le otorgan poderes de bruja, visiones inútiles y la capacidad de matar animalitos con la mirada.  ¿Su excusa?  Si no se castiga a los enemigos no se les detendrá nunca. ¿La excusa de la serie? Todos son malos y todos merecen ser castigados. Así no hay manera de encariñarse con nadie.



Cesare Borgia fue un hombre tan perverso que Macchiavello,  en El príncipe lo convierte en la encarnación del villano renacentista. Sin embargo, Neil Jordan nos lo muestra por dentro y lo que encontramos en el fondo de este ser atormentado nos enternece. Eso no ocurre aquí, Catalina es una villana acartonada. Aun cuando nos la presenten en peligro, asustada o enamorada, no nos llega.

Contenido Violento y Gore: Uso y abuso de ambos: operaciones de hemorroides, vomito, mujeres con calzones manchados de sangre menstrual, reinas a las que le sirven excremento al desayuno,  alternan con degüellos, amputaciones de dedos y el triste descuartizamiento de Sebastiano de Montecuccoli.

Desnudos y situaciones sexuales: Muchos, pero más que nada de mujeres. Starz ha roto la regla de no cosificar el cuerpo femenino.  En el primer cuarto de hora, tenemos al padre de Catalina repartiendo sífilis en un trio. Para hacer la escena más grotesca, una prostituta es gorda y de carnes sueltas. Como siempre los gordos son la minoría que puede ser ridiculizada. De yapa nos dan un desnudo de Matilde, mujer en miniatura (en inglés se les dice Little Persons. Y en castellano … ¿Personitas?)

Contenido Feminista: Los superficiales dirán que se trata de una serie feminista puesto que es el retrato de una mujer endurecida por la brutalidad del patriarcado y que hace lo imposible por sobrevivir. Pero me niego a calificar de feminista una serie que se cifra en la rivalidad de dos hembras por un macho,  y donde hay tan poca solidaridad entre mujeres.



Diversidad: Rahima es de origen africano, Aabi es árabe. Matilde es “bajita”. Con eso ya se dan por satisfechas las cuotas. Pero me hubiese gustado que contextualizaran as lo de Rahima. ¿De dónde viene? ¿Como es que acabó sirviendo en el palacio del rey?  Ahhh, y tenemos un atisbo de relación lésbica entre Aabi y Angelica.