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jueves, 17 de mayo de 2018

El Ocaso de la Country House: Recomendaciones para Downties necesitados



No solo Julian Fellowes se ha interesado en el Horse&Manor. En mi entrada anterior, mostré lo que la literatura ha hecho con el género, pero en las últimas décadas, otros literatos serios le han entrado al tema también . Su visión de las casonas señoriales del periodo de entreguerras es muy diferente al mundo de la Abadía de Downton. Tanto el premio Nobel Kazuo Ishiguro y el reconocido novelista Ian McEwan nos muestran la decadencia de la country house paralela a la de sus habitantes.

The Remains of the Day

 En esta novela, Kazuo Ishiguro hace una declaración lapidaria en contra del sistema de la casona, de los aristócratas y su relación con los criados. Nacido en Japón,  pero criado en Inglaterra, el autor no tiene la cercanía de Fellowes, Waugh y otros admiradores de este género. Eso le permite, desde su distancia emocional,  desenmascarar al mito y ver sus aspectos negativos.

La trama está narrada desde un solio punto de vista, el del mayordomo Stevens, un hombre tan devoto de su deber que a su lado Carson y Hudson parecen traidores. Stevens es tan leal a su patrón, Lord Darlington, que ni su padre moribundo lo hace faltar a sus obligaciones. Hijo de un mayordomo que ahora debido a su edad , solo puede ser lacayo, Stevens está totalmente dedicado a un deber que cree concluirá solo con su muerte.  Como la Nanny Hawkins de Brideshead Revisited, el mayordomo se siente parte de Darlington Hall, y cuando ésta es comprada por un americano, Stevens permanece en su puesto

En esta obra vemos lo que pasó con las grandes mansiones después de la Segunda Guerra Mundial. Hubo una ‘época en que Darlington Hall recibió las visitas de primeros ministros y otros importantes políticos del Reino Unido y Europa. Entonces el servicio doméstico estaba compuesto por mucha gente. Ahora Stevens comanda solo cuatro sirvientes. Cuando recibe una carta de Miss Kenton, la ex ama de llaves, Stevens decide ir en su búsqueda para integrarla al staff. Inicia entonces un viaje en el que se encontrará con diferentes personas que lo harán cuestionar la validez de su vida.

En 1993,  aprovechando la química que Sir Anthony Hopkins y Dame Emma Thompson habían desplegado el año antes en “ Howard End”, la mancuerna mágica de Ismail-Merchant decidió volver a contratarlos ahora para la  adaptación de la novela de Ishiguro que se había convertido en un bestseller después de ganar el Booker Price en 1989. El guion de Ruth Prawer Jahabvala se mantiene apegado al texto con solo dos grandes cambios.

El primero es otorgarle nombre a Stevens (James), el segundo concierne al personaje de Jack Williams (Christopher Reeves) un congresista estadounidense que visita  Darlington Hall en 1936 (no en 1923 como dice el libro). Escandalizado ante las ideas de su anfitrión y otros invitados,  el americano se manda un discurso en la mesa en el  que apostrofa los presentes por ser amateurs en la arena política y porque su irresponsabilidad provocará una nueva guerra mundial.  En  el libro,  Darlington Hall es comprada por un tal Mr. Faraday. En el film, años más tarde Mr. Lewis regresa a la propiedad para convertirse  en su dueño y  patrón de Stevens.

Otras Horse&Manor mencionadas hacen eco de la política de la época. En sus visitas a Brideshead , ahora como amante oficial de Julia, Charles tiene la ocasión de oír conversaciones sobre la política del momento y el miedo a una próxima guerra. Rex Mottram, después de todo, es un miembro del Parlamento, por lo que los asuntos del  gobierno le competen. De igual manera, Richard Bellamy en “Upstairs, Downstairs” es miembro de la clase política y trae a cenar a importantes figuras del gobierno incluyendo al Rey Eduardo. En” Downton Abbey” vimos a Neville Chamberlain venir a cenar a la Abadía (la noche en que a Robert se le ocurrió vomitar sangre sobre el mantel), pero el Chamberlain de los Años 20s no es el mismo Primer Ministro que Stevens conocerá en “The Remains of the Day”.

Lo mas extraordinario de libro y filme (y mas en pantalla donde prima lo visual) es como todo el aparato de la  country house, las cacerías, las house parties, las grandes cenas, y el servicio doméstico,  el  engranaje fundamental para mantener este modo de vida,  transcurren sobre un trasfondo ideológico que afectará al mundo. Esa es la gran diferencia de The Remains of the Day, con otras obras parecidas.  Ishiguro ha usado un género inconsistente, gentil,  casi frívolo para expresar el desdén hacia una clase aristocrática que colaboró con el nazismo.

En el filme no solo vemos a Lord Darlington (James Fox) ser un entusiasta seguidor de políticas de apaciguamiento, para lo que presta su country house para que se celebren reuniones entre Lord Halifax, Chamberlain y el Embajador de Hitler,  Joachim von Ribbentrop. En su credulidad e ingenuidad política, Darlington simpatiza con el fascismo inglés,  recibe a fascistas reales como Oswald Moseley y a ficticios como Lady Carolyn.

Darlington es fácilmente manipulado por fuerzas que no llega a comprender. Lo cierto es  que su conservadurismo lo hace ser contrario a la educación y elevación de clases que considera inferiores e indignas de compartir con la aristocracia el manejo del reino. Por eso permite que su amigo Spencer humille a Stevens.

 A pesar de que Cardinal (Hugh Grant), ahijado de Darlington, intenta forzar a Stevens a tomar partido y a cuestionar la política de su empleador, el mayordomo siente que no le corresponde hacerlo . Cuando recordamos todas las intromisiones de Carson en la vida de los Crawley, y eso que era tan anticuado como Stevens, el personaje de Sir Anthony resulta casi repelente en su pasividad.  Con quien si  es exigente es con el servicio bajo sus órdenes. No le gustan los cambios y al comienzo,  choca con Miss Kenton (Emma Thompson) porque el ama de llaves trata de modernizar las cosas en Darlington Hall.

Un momento clave de la obra es cuando Lord Darlington exige el despido de dos refugiadas alemanas porque no puede tener mucamas judías. Este despido es una condena a muerte. Las chicas al no tener empleo serán deportadas  a la Alemania Nazi. Stevens,  pasivo hasta la criminalidad,  se prepara a cumplir la orden. Miss Kenton,  enfurecida,  amenaza con abandonar su puesto. Al final, se queda porque no tiene donde ir. Es ahí donde uno desearía que entre el servicio hubiese una Daisy que les cantase las cuarenta a los patrones.

Se entiende que poco después, Miss Kenton acepte la primera proposición matrimonial  que recibe para huir de ese lugar. Darlington Hall no es un espacio cálido como Downton. Miss Kenton ha quedado defraudada tanto por su empleador como con  Stevens, a quien ama en silencio.  Después de la guerra, Lord Darlington es expuesto en la prensa como un simpatizante nazi. La vergüenza acelera la senilidad del aristócrata quien muere demente. Regresa Mr. Lewis y compra Darlington Hall. Stevens permanece en su puesto ya que nadie como  él para manejar la casa.
Dryham Park que hace el papel de Darlington Hall

El final es agridulce. Se produce el  encuentro del mayordomo con Miss Kenton. Ella  reconoce haber amado a Stevens, y tener problemas con su marido, pero jamás volvería a Darlington ni al servicio doméstico. Ha hecho su vida en el mundo real, va a ser abuela, eso es lo que Stevens no tiene y ya no tendrá jamás, una familia.

“Downton Abbey” acaba en 1925, no sabemos cómo afectarán a la Abadía los cambios políticos de los 30s. Eso es algo que vemos en los libros de Nancy MItford. Nos preguntamos si los Crawley serán antifascistas como Linda Radlett y su hermano Matt, o nazis como Unity y Diana MItford. Los Mitford no serían los únicos en Inglaterra en admirar a Hitler. A fines del 2010 se intentó revivir “Upstairs, Downstairs” aunque solo Eaton Place y la fiel Rose quedaran de la original. La nueva serie estuvo muy teñida del color político como corresponde a una historia que tiene lugar en Londres a fines de los 30s.

Como no la he visto (YouTube la vende)no puedo recomendarla, pero sí sé que la incomparable Claire Foy interpreta a Lady Persy, cuñada de la nueva dueña de Eaton Hall, una criatura petulante, promiscua y fascista, miembro de las Camisas Negras de Mosley.
Claire Foy en niforme de la Unión de Fascistas Británicos


Atonement

Ian McEwan es considerado el dueño de la mejor prosa de la literatura inglesa moderna y ciertamente se nota en su aclamada Atonement, una visión muy diferente de la country house. Para quienes no hayan leído uno de los bestseller de la década pasada o visto la adaptación fílmica de Joe Wright, aquí les va un rápido resumen.

Robbie Turner (James McEvoy) es un brillante estudiante  de Cambridge, quien sueña con convertirse en médico. El problema es que en la clasista Inglaterra de los 30s, Robbie sigue siendo hijo de criados, cuyo patrón, Jack Tallis, le ha pagado los estudios. En el verano de 1935, Robbie regresa a la mansión Tallis (no tiene nombre) en la zona rural a visitar a su madre.

Su situación es extraña porque no está cómodo en la cocina, pero tampoco en el salón. Quien más lo hace sentir fuera de lugar es Cecilia Tallis (Kiera Knightley) la hija mayor quien secretamente está enamorada de Robbie. Otra enamorada del estudiante es la preadolescente Briony (Saoirse Ronan), la hermanita menor de Cecilia. Celosa de las atenciones de Robbie con Cecilia, Briony que tiene una poderosa imaginación  y sueña con ser escritora,  comienza a vigilarlos.

Cecilia está obsesionada con conocer a Paul Marshall, un industrial que su hermano va a traer a pasar el fin de semana en Tallis House. Para  que la casa se vea bonita, llena de flores los jarrones. Una estúpida discusión con Robbie acaba con un antiguo florero roto y parte de el en el fondo de la fuente del jardín. Provocativamente, Cecilia se quita la ropa, y en lingerie se zambulle en la fuente para recuperar el pedazo de jarrón.



Briony presencia esa escena y cree que Robbie “domina” a Cecilia y que la ha obligado a desvestirse.
Robbie le escribe una carta a Cecilia disculpándose y declarándole su amor en términos que bordean en la obscenidad. Le pide a Briony que la entregue. La niña lo hace,  pero antes la lee. A pesar de la ignorancia e inocencia de sus cortos años,  Briony reconoce que se trata de una carta impropia.

Ese fin de semana, además de Paul Marshall,  también están de visita los primos de Briony,  Lola (Juno Temple)  y los mellizos Pierrot y Jackson. Lola,  a sus quince años, se viste y pinta como si fuera una adulta. Briony le muestra la carta y Lola se refiere a Robbie como un “maniático sexual” Esa noche Briony encuentra a Robbie y a Cecilia haciendo el amor, pero a los ojos de la niña su hermana ha sido atacada.

Esa misma noche, los mellizos desaparecen. Todos,  incluyendo a Lola y a Briony salen a buscarlo. En el bosque, Briony ve a un hombre violando a Lola. Cuando se acerca,  el atacante huye. Lola dice no haber reconocido a su violador. Aunque Briony sabe que se trata de Paul Marshall (Benedict Cumberbatch) , convence a su prima que quien la ultrajó fue el maniático Robbie.

Briony va más lejos y entrega la carta de Robbie, como evidencia, a la policía. Con eso, arrestan y encarcelan a Robbie. Las únicas que le creen son su madre y Cecilia. Esta ultima rompe con su familia y se marcha a Londres jurando que esperará a Robbie. Sigue un periodo en que los amantes se comunican por carta. Paul Marshall se casa con Lola para asegurarse que su víctima nunca declarará en contra suya. Robbie sale de la cárcel al estallar la Segunda Guerra Mundial tras prometer que ingresará  al ejército.
El violador se casa con su víctima

La novela tiene una estructura compleja. Solo casi a la mitad descubrimos que se trata de un relato que Briony, ahora anciana y en un asilo (e interpretada por Vanessa Redgrave), está escribiendo. Su relato tiene dos finales diferentes. En uno , Robbie regresa a Londres, tras sobrevivir Dunquerque, y se reencuentra con Cecilia que ahora es enfermera. Briony también ha llegado a Londres a trabajar en un hospital. Visita a su hermana y a Robbie y les pide pedon.En otro final, Robbie muere de septicemia en las arenas de Dunquerque.

Atonement podría ser considerada la “anti-Downton Abbey” una obra en la que se tergiversan todas las características  que componen la serie de Lord Fellowes. Por eso la he incluido. Ian McEwan no es un noble como Fellowes y Nancy Mitford no es un esnob como Evelyn Waugh, es un escritor de clase media que usa las clases altas como bases de una fabula sobre la injusticia social.

Sin embargo, hay que reconocer la importancia del que los Tallis nada más sean burgueses acomodados. Su casona fue construida por el bisabuelo que hizo su fortuna fabricando candados en la era victoriana. Los Tallis no son aristocracia antigua como los Crawley, aun así son tremendamente clasistas. Hay toda una discusión sobre si Robbie debe cenar con la familia o con los criados. Cecilia y Robbie son estudiantes en Cambridge, pero nunca se ven ni se tratan cuando están en la universidad. A pesar de que el padre de Cecilia (una presencia constantemente ausente en la novela) ha pagado por los estudios de Robbie, eso no cambia ni su posición ni la de su madre.


La Señora Turner es la jefa de servicio de Tallis House. Un servicio ínfimo comparado con el de las casas de las que hemos hablado. Solo tenemos a Betty la cocinera y un par de empleados periféricos que trabajan en las afueras de la casona. Antes,  los Tallis tuvieron un jardinero, el padre de Robbie, que desapareció, posiblemente en la Gran Guerra.

Desde entonces, el señor Tallis movido a compasión por el  huerfanito,  se ha ocupado de Robbie. Una compasión que entenderían los Crawley, pero no el resto de los Tallis que no aprueban que Robbie suba en la escala social y por eso ayudan a su caída. Solo Cecilia deja que el amor sobrepase su clasismo y apoya a Robbie tal como hizo Lady Sybil con Branson, enfrentándose al mundo y a su familia.

Al momento de las comparaciones, no se puede evitar que los Crawley se vean más justos y tolerantes que los Tallis, los nuevos ricos de nariz parada que si uno les quita el barniz,  vuelven a ser cerrajeros. Ellos representan una clase de gente que compra el poder (y hasta títulos) y que ahora gobierna  Inglaterra como una vez lo hizo la aristocracia y que no hace un mejor trabajo. Paul Marshall representa todo lo feo de esta raza de dueños,  de fábricas que desean una guerra para enriquecerse sin reparar en la pérdida de vidas humanas.

Curiosamente, en “Downton Abbey” tuvimos una polémica violación, pero la perpetró un criado de un aristócrata invitado y fue en contra de otra criada, Anna, doncella de Lady Mary. En casa de los Tallis es un invitado de la familia quien ultraja a una miembro de esa misma familia. El que Lola solo tenga quince años y que sea asaltada justo cuando está buscando  a sus hermanitos son circunstancias agravantes.
Greene violó a Anna en la despensa de Downton.

La reacción de los Tallis, inmediatamente creyéndole a Byrony que saben es fantasiosa, rechazando a Robbie, tomando el lado contrario de un hombre que es hijo de una fiel criada, contrasta con los Crawley. Cuando Bates es sospechoso de haber matado al hombre que ultrajó a su mujer, Lady Mary quema las evidencias que pueden acusarlo. Cuando Anna es acusada del mismo crimen, sus patrones la apoyan. Incluso le ponen un abogado, como también le pusieron un abogado a Bates cuando fue acusado de matar a su primera esposa.

No solo  los Crawley han amparado a los Bates cuando estos tropiezan con la ley. Recordemos como Robert impidió que se acusara a Barrow de ser homosexual, un crimen en la Inglaterra de entonces. Y Lady Cora no solo conservó en su puesto  a Baxter, aun sabiendo que tenía un prontuario, además la apoyo cuando su doncella mostró la inclinación de testificar en contra de un ex cómplice.
Lord Grantham y Carson convencen a Jimmy que no denuncie a Barrow

 Los Crawley tienen esa actitud feudal de preocuparse tanto por sus criados que están dispuestos a esquivar la ley con tal de protegerlos. Eso los hace mejores que estas clases altas de Atonement que a pesar de sus ínfulas no valen nada. Parece justo castigo que  su casa termina convertida en un hotel.

Con esto cierro mi lista de relatos similares a “Downton Abbey” A muchos les sorprenderá que en este recorrido no haya mencionado a “Gosford Park”.  Admas de ser mi favorita,  también es creación de Julian Fellowes. Al estar emparentada con “ Downton Abbey” , Gosford tendrá una crítica aparte. Eso sí,  tendrá que esperarse un poco,  que lo que resta de mayo quiero dedicarlo a una de mis escritoras favoritas, Louisa May Alcott, y si D-s me lo permite, comenzar a comentar “La Otra Mirada”, la serie de época de TVE, que me tiene enganchada.





lunes, 1 de enero de 2018

Las Heroínas del Period Drama: Lo Mejor del Drama de Epoca 2017


Viendo el inicio de “Vikings” le decía mi hermano que haber estado expuesta a tanta calidad, en lo que ficción histórica televisiva se refiere, me había hecho exigente con el género. Y la mejor manera de poner a trabajar esa exigencia es reconocer lo mejor y lo peor que me ofreció el 2017 en varias categorías. Para los propósitos de este listado he elegido series que se vieron en USA este año, una excepción es “The Crown” A pesar de que Netflix la lanzó al mercado en noviembre del 2016, la mayoría de sus fans, incluyendo a servidora, la vimos en el 2017.

Comencemos con las protagonistas y heroínas (que no siempre tienen que llevar el rol protagónico) del año. Y la reina la mejor, la más hembra, la más generosa, la más fuerte, fue sin duda:

Demelza Carne Poldark (Poldark)

Winston Graham solía decir que para diseñar a Demelza se había inspirado en su propia esposa. O tuvo mucha suerte el escritor o exageró al idealizar a su señora. Como su nombre, Demelza es única, es perfecta, no comete errores. El único error que su marido le achacó, con la brusquedad que lo caracteriza, fue cuando ayudó a la prima Verity a huir con su novio. Ese, no fue un error a mis ojos. Demelza tenía dos opciones, y escogió la que le pareció mejor.

Tan admirable es la protagonista de esta saga que, de rapazuela mendiga, disfrazada de chico, y con más pulgas que su perro Garrick, ha pasado a ser dama de sociedad que brilla en las mansiones de toda la región. Eleanor Tomlison ha permitido que su personaje evolucione sin que Demelza pierda ni su sabiduría ni su sagacidad innatas. La mayor virtud de Mistress Poldark es su generosidad. Es buena esposa, buena madre, buena hermana, buena patrona, buena amiga e, increíble, buena hasta con su rival Elizabeth. ¿Qué otra mujer va a cuidar a la Otra (el marido de la Otra, el hijo de La Otra y a la tía de la Otra) cuando se están muriendo de difteria?

Es tanto el altruismo de Demelza que incluso su adulterio es visto en términos de su buen corazón. Ósea, se apiadó del pobre Hugh porque se estaba quedando ciego. Y aunque parezca ironía, cuando Graham nos muestra a Demelza adultera en esta última temporada, la muestra santa, la enaltece. Su falta no es tal. Si Demelza no se hubiera acostado con el Teniente Armitage, la hubiéramos criticado, tachado de egoísta, injusta. Es increíble, ni el pecado puede ensuciarla.

Es Ross Poldark el desacreditado en esta situación. No solo por su porfía, por su inercia, por su falta de honestidad. El mayor pecado de Ross fue casi haber empujado a su esposa a los brazos de un amante y eso que el mismo le dijo que si estaba desilusionada de su marido,  se buscará otro. Y ella le respondió con la franqueza que la caracteriza “Eso voy a hacer. Y no voy a tener que buscar muy lejos”. Sin embargo, no podemos ver el affaire Demelza-Hugh como un acto revanchista de parte de ella.
Demelza fue clarísima (y se lo confeso al marido) en lo que respecta a los motivos que la llevarían a faltarle. Como contrastó el candor de la ex pinche de cocina con la incapacidad del Capitán Poldark de sincerarse con su mujer. Demelza dijo desear ser otra, una libre que, al menos por un día, podría amar a otro. Que momento desperdiciado para Ross de confesar sus sentimientos por Elizabeth, o de decir simplemente” Demelza yo no soportaría saberte con otro”, o cualquier cosa que le indicara a ella que todavía era importante para su marido. Pero no, Ross se la pasó la temporada ofendiendo a Demelza. Acusándola de ser ambiciosa, o diciéndole groserías como “No todos los hombres de Cornualles están locos por ti”. Pues bastó uno para convertirte en cornudo, Ross Poldark.

Extraordinaria la maestría de Winston Graham de enaltecer a su heroína aun a costa de su héroe y de demostrar como un hombre por soberbia, egoísmo o dejadez, puede casi perder a la mujer perfecta.

2. Charlotte-Elizabeth del Palatinado (Versalles).

 Como personaje histórico, Liselotte fue fascinante. En una época en que las crueles uniones dinásticas eran muchas veces desastrosas, ella supo sobrevivir en una corte llena de traiciones como la del Rey Sol, embarazarse tres veces de un marido homosexual, ser ella la que dijo “¡basta!”  a una intimidad que la humillaba (y también humillaba al Duque), y dejar un buen recuerdo en la historia. Aún más, su abundante correspondencia nos legó una crónica duradera sobre como era vivir en la Francia de Luis XIV.

Jessica Clark ha sabido capturar la esencia de Liselotte, una mujer más moderna de lo que convenía en esa época. La historia ha descrito a la segunda esposa de Monsieur como poco femenina y eso ha dado a pensar que tenía aspecto “hombruno” Nada de eso, lo que pasa es que como nos lo muestra la serie, Liselotte está muy lejos del ideal femenino artificial y sofisticado que representan las maiteesses oficiales de Luis XIV, La Valliere y Montespan. La alemana es gordita, un poco desgarbada, no sabe vestirse, es muy franca y honesta. Es deportista y se gana al cuñado acompañándolo de cacería.

Lo más importante es la buena influencia que tiene sobre el Duque y como consigue interesarlo en compartir su cama, pero la grandeza de Madame es que nunca se engaña. Ella sabe que en esa cama hay tres personas y su compasión abarca hasta el incorregible Chevalier de Lorena, el verdadero amor de su marido. Aunque eso no ocurrió en la vida real, la serie nos hace querer más a Liselotte por como intenta entender a Chevalier y aconsejarlo para que no pierda el cariño de Philippe. 



Al mismo tiempo, la Duquesa de Orleans lucha por elevar la autoestima de Monsieur y convertirlo en un hombre que no tenga que vivir a la saga de su hermano. Sin Liselotte, Philippe nunca hubiera aceptado fingir ser Luis ante el sultán de la India.

3. Elizabeth Mountbatten (The Crown)

 Poco importa si eres monárquico o republicano furibundo, el espectáculo de “The Crown” no te puede dejar indiferente y es casi imposible que en algún momento no sientas empatía, e incluso cariño por su protagonista, Isabel II. Al final se termina uno poniéndose de parte de la reina pesar de que Peter Morgan (que si odia la monarquía) intente falsear la historia y mostrarnos una Isabel mezquina y rencorosa que como un jefe del Yakuza envía a su sicario, Tommy Lascelles, a expulsar del reino al osado caballerizo que pretende a la hermana.

Hice las paces con Claire Foy, quien fuera mi Amy Dorrit definitiva, pero que detesté como Ana Bolena en “Wolf Hall”. Su interpretación de Isabel II desde que era una jovencita recién casada hasta esa mujer que puede lidiar con ministros díscolos, con el tío siniestro, y hasta con su propia ignorancia, pero que descubre que su talón de Aquiles está en los que mas ama,  demostró que no todas las reinas son como Cersei o Daenerys.

Entre Morgan y Foy construyeron una reina moderna que en realidad es un poco Daenerys, vulnerable pero sagaz, consiente de sus limitaciones, pero también de su sentido de deber, dispuesta a sacrificarlo todo en el Juego de Tronos. Sacrificarlo todo para descubrir que el primer sacrificio es su felicidad. Yo he llegado a aborrecer a Daenerys, pero adoro a Isabel, casi tanto como admiro a la reina que Claire Foy encarna.

4. Lorna Bow (Taboo)

Cuando apareció este personaje por primera vez en la serie, le tuve fastidio inmediato.  Sonaba a trepadora con ese cuento de ser la viuda desconocida del padre de James, el protagonista. Como si no tuviera suficientes problemas y le cae una madrastra que viene a pelearle la magra herencia. Pronto me di cuenta de que a la que le acarreaba problemas esta asociación con uno de los hombres más buscados del Londres de la Regencia era a la pobre Lorna. Por culpa de James, la han encarcelado y casi violado y, sin embargo, ella rápidamente ha encontrado su espacio en la disfuncional Liga de Malditos y se mimetiza con todos los locos que rodean al hijastro.

Jessie Buckley ha traído su experiencia de actriz shakesperiana para encarnar a una mujer compleja. Como buena irlandesa, Lorna es frágil y resuelta la vez. Puede defender su virtud cuchillo en mano, pero ha entregado su corazón al hijastro y hará de todo por protegerlo. Es intuitiva, enseguida reconoce a Robert como hijo de James, a Zilpha como algo mas que la hermana del susodicho, y al marido de Zilpha como un golpeador. 

Nos da lástima que Lorna le cierre la puerta de la casa (y la de su corazón) al genial Cholmondeley, pero ya sabemos que es devota del caníbal desde que vadeó el rio y llegó empapada a la isla para secundar a James en su duelo con el cuñado.

5. Catalina de Médici (Reign)

¿Quién dijo que para ser la heroína del año había que tener corazón de abuelita? Warner dejó claro que la última temporada de “Reign” tendría tres protagonistas. A la par de Isabel I y de Maria Estuardo, Catalina de Medici jugó un rol importante, y confesémoslo, fue lo más entretenido de la serie. Buena, buena, no la podemos acusar de serlo. Hacia muchas pillerías y hasta brujerías. Cuando no pudo ya confiar más en su grimorio, se fue a buscar una bruja mas perversa para que acabara con una nuera indeseada. Pero para ser francos, todo lo que hacía la reina de Francia era por su prole de ingratos e inútiles hijos.

¿Cómo lidiar con una hija calzón suelto como Claude? ¿Y con una rencorosa que, armada del poder de las Españas, venía a cobrarle a la madre su indiferencia? ¿O con las ambiciones de un hijo protestante y otro que usaba corsé? Y conmovedor fue ver a Catalina irse vagando cono una Deméter por la campiña francesa en busca del hijo perdido que, a ratos era necrófilo otrora parecía vampiro. Esos mismos hijos que al final se referían a ella como la “vieja” y la acusaban de borracha, nunca repararon en lo mucho que hacia la madre por ellos. Si hasta con lo ocupada que andaba se tomaba el tiempo para ir a representar a Francia en la Boda Darnley y darle buenos consejos a su ex nuera.

Megan Fellowes se lució esta última temporada. No sé cual fue mi escena favorita o cuando abrazaba a su nieto (el hijo de Lola y Francisco) o esa escena semi final en que la bruja peor la obliga a hacer un trio con Narcisse. La pobre Catalina trataba de eludir los besos lésbicos de la bruja, pero cuando se dio cuenta que su rival quería preñarse de Narcisse, cobró fuerzas y demostró que reina de Francia también puede ser poderosa hechicera.


Estas fueron las mujeres fuertes del drama de época 2017, las que sacrificaban todo para vivir de acuerdo con sus reglas y códigos morales. Las que luchaban por su felicidad, intentando no atropellar la de los seres amados, y las que muchas veces antepusieron el bienestar de los suyos a propias necesidades.

¿Concuerdan con mi elección? ¿Cuáles fueron sus heroínas favoritas del 2017? No necesariamente tienen que ser de época.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

The Crown: Arriba de las escaleras del Palacio de Buckingham


Desde hace dos años que a los pobres “Downties” nos tienen aturdidos con cuentos chinos de que tal y tal serie es “la nueva Downton Abbey”. Así hemos tenido que ver bazofias como “The Halcyon” o epitomes de cursilería como “Victoria”. Creo que lo único que se salva de ese circo es “The Crown”, la visión de Netflix de la actual monarca de Gran Bretaña, Isabel II.


La mujer que iba a ser reina
No se necesita ser monárquico para ser parte del fandom de la realeza e Isabel lleva tantas décadas en el trono que sigue siendo un paradigma de cómo debe ser una reina. Pero una cosa es leer sobre familias reales en revistas del corazón y biografías, y otra que te aparezcan en la pantalla enseñándonos su triste humanidad. No nos molesta saber que el Rey Jorge III orinaba pipi azul, que Catalina la Grande era ninfómana o que Enrique VIIII era… ¿Que pecado no cometió el gordo? Incluso Victoria, fundadora de la dinastía Windsor, es un personaje lejano al igual que sus pecadillos. No así los reyes modernos. Aunque después de ver a Helen Mirren en “La Reina” poco nos queda por conocer de Isabel Alejandra María Windsor.

Para mí, Isabel es importante porque es el único miembro de la realeza que he tenido cerca (ella y el Duque, pero de él hablaré más adelante). En su única visita a Chile, en 1968, tuve la oportunidad de acercarme a Su Graciosa Majestad Británica, y como alumna de colegio británico, pude doblar mi rodilla ante ella (por suerte en la clase de ballet nos habían enseñado a hacer genuflexiones). Solo tengo que decirles que, al lado de Isabel, Cersei Lannister es una alpargata vieja. Admiró el trabajo de Dame Helen MIrren en “The Queen” y también aprecio lo que Claire Foy ha hecho con el difícil personaje que le ha tocado encarnar, pero no llegan a capturar a la Reina que es una mujer reservada, pero que proyecta energía y carisma a raudales.

La gracia de “The Crown” es que nos lleva atrás en el tiempo para conocer a una Isabel joven, recién emergente de la adolescencia y de una guerra que ha dejado marcado al mundo. El primer episodio repasa desde las fabulosas bodas reales de Isabel y Felipe de Grecia, hasta el nacimiento de sus hijos mayores: Carlos y Ana. El segundo está dedicado al fallecimiento del Rey Jorge y los primeros días de Isabel debatiéndose entre el luto y la tremenda responsabilidad que pesa más que su corona. Los episodios siguientes giran en torno a la coronación y los problemas que la preceden.


Parece un poco aburrido ¿no? Sin embargo, es fascinante. Te atrapa gracias a tres razones. Primera, las similitudes, más sutiles que en “Victoria”, a ” Downton Abbey”. Segunda, las poderosas actuaciones, principalmente las de la pareja principal. Es una serie muy profunda y la profundidad la consigue el reparto no gracias a diálogos efectivos, como es la costumbre, sino gracias a frases cortas, pero contundentes, y a un magnifico dominio del lenguaje corporal y facial. Por último, “The Crown” no tendrá dragones ni sexo ni violencia, pero es un “Juego de Tronos” moderno que toca una historia cercana (para mi más cercana que para ustedes) cuyas repercusiones siguen afectando a Inglaterra, a Europa y a un imperio que dejará de serlo precisamente en los primeros años de reinado de Isabel.



Jorge VI vs Robert Crawley
Los dos primeros episodios son una mirada a cómo fuerzas exteriores pretenden refaccionar a Isabel y convertirla en la cabeza de una monarquía parlamentaria y moderna. La mayor fuerza es el Rey Jorge, padre de nuestra protagonista. Desde que Colin Firth tartamudeara en “El discurso del rey” que Jorge VI se ha convertido en una referencia cultural, lo hemos visto en todo tipo de aspectos físicos desde el de James “Slurp” Purefoy hasta el de Ser Jorah Mormont. Jared Harris, cuya muerte me hizo llorar en “Mad Men”, ahora nuevamente me tiene gastando pañuelos desechables por este rey que venció tantos obstáculos y fue vencido por el cáncer pulmonar. Lo vemos batallar en silencio, escupir sangre discretamente, luchar por proteger su pasado y futuro que son Gran Bretaña y su heredera. Es aquí donde entra en juego el factor “Downton Abbey”.


Por seis temporadas vimos a Robert Crawley, Conde de Grantham, lidiar con sus grandes desvelos: sus hijas y su feudo, la Abadía de Downton. En el caso del Rey Jorge, su feudo se expande hasta convertirse en un país, incluso un imperio que se desmorona. Como Lord Grantham, Jorge quiere mantener el pasado, pero también adaptarse al futuro. Por sobre todo él quiere legarles a sus hijas, principalmente a la primogénita, el amor por su terruño y la necesidad de protegerlo.

En otros filmes, hemos visto al Rey Jorge intentar ser un buen gobernante, vencer su tartamudez, compartir con su gente los horrores de la segunda Guerra Mundial, pero en “The Crown” lo vemos como un padrazo, lleno de amor por sus hijas. Ese amor se encapsula en esa frase que se repite a través de la serie:  “Isabel es mi orgullo, pero Margarita es mi alegría”.

 Hasta, en genuino espíritu Downton le han dado un especial navideño, donde el rey comparte como gran castellano, con su familia y sus vasallos. Pero la escena donde más se siente el pathos de la inminente partida del soberano, es en vísperas de su fallecimiento en su dueto con su hija menor. Esa interpretación, semi a capella y un poco desafinada, del clásico de Rodgers-Hart “Bewitched, Bothered and Bewildered”” es todo un testimonio del fuerte lazo que unía a la princesa y su padre.


Sin embargo, la mayor preocupación del rey Jorge fue “su Orgullo”, su heredera. Como Robert Crowley no vio mejor manera de ayudarla a gobernar que consiguiéndole el mejor consorte. Ahora, hay que ver las diferencias entre ambos casos. Tanto los padres como la abuela de Lady Mary la empujaban a casarse con su primo, el abogadito de Manchester, que iba a heredar la Abadía. En “The Crown, y el detalle es histórico, fue Lilibet (el apodo de la Reina) quien eligió. O mejor dicho en el mejor estilo Barbara Cartland, ella dejó que su corazón escogiera.  Desde que Isabel tenía trece años que sabía que no se iba casar con nadie sino un primo lejano, príncipe de Grecia y oficial de la Marina de Su Majestad.

El Príncipe Consorte
Por eso les tocaba a sus parientes tener esas reuniones downtonianas donde se discutía el futuro de la pareja y las muchas fallas del pretendiente, desde la mamá esquizofrénica hasta los cuñados en la SS. Pero los principales defectos de Felipe eran su pésimo carácter, sus pésimos modales y sus pésimas finanzas. Sería muy nieto de la Reina Victoria, pero no tenía un peso a su nombre y no era lo que hoy llamaríamos “políticamente correcto”.

Es una exageración de la serie ese grosero acercamiento del Duque de Edimburgo a los reyes masái en Kenia, pero que el Príncipe Consorte ha metido las patas diciendo barbaridades, eso, toda la vida. Yo me acuerdo de que fue muy sonado en Chile, cuando amonestó a Salvador Allende por presentarse en una fiesta de gala sin esmoquin. Don Chicho intentó explicarle que el Partido Comunista se lo prohibía. El Duque, muerto de risa, le preguntó entonces que si vendría en calzoncillos si se lo exigía el partido. La Reina en cambio, en esa visita chilena, solicitó que le presentaran a Allende “porque nunca había tenido un comunista de cerca”. Y ahí lo estuvo escudriñando con esa mirada entre curiosa y astuta, que heredó de la bisabuela Vicky, esa mirada que es lo único en lo que Claire Foy ha fallado al caracterizar a Isabel II.


Aparte de encontrarle una mirada dura, que me recuerda a su Ana Bolena de “Wolf Hall”, Foy ha sido una magnifica Isabel y voy a sentir dejar de verla en el papel a partir de la tercera temporada. Ha sido polifacética en su interpretación de Isabel II. Nos la ha mostrado ingenua y encandilada con el novio en el primer episodio. Mas tarde, tímida e insegura en su relación con Winston Churchill. Incluso nos ha desplegado el famoso temperamento real. No se puede sobrevivir al sarcasmo de una pareja como Felipe, sin tener carácter. Y si, eso de lanzarle una raqueta de tenis por la cabeza al marido, es un detalle histórico.

Me incomodó saber que Matt Smith iba dar vida al Duque de Edimburgo. ¿Cómo iba el Dr. Who a encarnar al hombre más gallardo que he visto en mi vida?  Pero me cerró la boca con una interpretación impecable. Lo tengo en mente cada vez que menciono como los actores hablan sin palabras en esta serie. Esa mirada con la que le informa a su real esposa que ha quedado huérfana de padre fue impagable. Tal como el derrumbe corporal de Felipe, en el penúltimo episodio, cuando Isabel le dice esa frase de que, aunque les pese a muchos “eres el único hombre al que he amado”.

Una de las escenas más intensas de la serie es cuando en la Abadía de Westminster un Felipe furioso reniega de tener que arrodillarse ante su mujer durante la ceremonia de coronación. Aunque este es un hecho inventado (como Príncipe de Grecia, Felipe se conocía al dedillo el protocolo y nunca ha pretendido cambiarlo), los productores explicaron que necesitaban de una escena así para que el público plebeyo comprendiera la frustración y humillación que significaba ser príncipe consorte.

La primera temporada de” La Corona “se ha centralizado en dos puntos. El primero ha sido la difícil vida marital de la soberana. A pesar de que se han exagerado algunos aspectos y casi no se mostraron los primeros cinco años de matrimonio que fueron una perpetua luna de miel, lo cierto es que los primeros cinco años tras la muerte del Rey Jorge fueron muy difíciles para el Duque de Edimburgo.
Obviamente, y con el carácter que tiene, se lo hizo saber a su esposa. La serie nos muestra que, por amor, Felipe tuvo que sacrificarlo todo: nacionalidad, familia, carrera, ¡si hasta tuvo que dejar de fumar! Pero lo que más lo afectó fue que sus hijos no pudiesen apellidarse como él. “Soy el único hombre en Inglaterra que no puede darle su apellido a sus hijos. ¡Soy una maldita ameba!” Esa frase que dice en la serie, también la lanzó en privado el príncipe de la vida real.


A pesar de los escollos que esta pareja ha sobrevivido en la vida real y en la ficción, nos queda claro a los que hemos seguido la trayectoria de Isabel y Felipe, que la reina no pudo encontrar mejor pareja. El Duque de Edimburgo comprendió finalmente su rol en la vida de su esposa. Rol que en “The Crown” le es transmitido por Jorge VI en una escena totalmente downtoniana. De madrugada, el rey despierta al futuro yerno (y nos enteramos de que Felipe duerme desnudo y le vemos las pompas a Matt) para llevarlo a cazar patos. En medio de la cacería, Jorge le explica al nuevo ciudadano británico que su mayor deber patriótico es amar y proteger a la futura reina. “Ella es tu trabajo” le dice el rey.


La química entre Matt y Claire, incluso en las riñas maritales, es inequívoca e intensa. Solo espero que los actores que los reemplazarán en la tercera temporada (Olivia Coleman será Isabel) posean una parecida, porque en “The Queen”, la intimidad entre James Cromwell y Helen Mirren si quedó clara y creo que pocos dudan que, en su marido, Isabel II ha tenido un apoyo y un gran cómplice.

La abuela, el tío, la madre y la "alegría" del rey



“The Crown” es hija y precuela de “La Reina”. Ambas son escritas por Peter Morgan a quien no le gusta que comparen su serie con “Downton Abbey”.  Sorry, Peter, pero la relación entre Isabel II y su abuela, Maria de Teck, es casi calcada de la de Lady Mary y Lady Violet en “Downton Abbey”.  Dame Eileen Atkins es casi tan aguda y emotiva como el personaje de Dame Maggie Smith. Tal como Lady Violet, la Reina María es cínica pero más que dispuesta a prodigar cariño y sabios consejos en su nieta. Particularmente conmovedora es la escena en que la vieja reina es la primera en hacer una reverencia ante la nueva reina."

A Alex Jennings le gusta interpretar personajes de sangre real. Fue el Príncipe Carlos en “The Queen”, Leopoldo de Bélgica en “Victoria”, y ahora da vida a un Duque de Windsor físicamente bastante parecido y dotado de una personalidad entre caustica y melancólica que debe asemejarse a la del verdadero. Aun así, esa escena en qué medio de la Crisis Townsend, Isabel llama al tío a Paris para pedirle consejo es totalmente falsa. El ex Rey Eduardo odiaba a su madre, detestaba a su cuñada y despreciaba a su sobrina a la que burlonamente apodaba “Shirley Temple”.

Quien no se parece en nada al personaje que interpreta es Victoria Hamilton a quien yo conocía como Miss Ruby de “From Lark Rise to Candleford”. Físicamente (petite, esbelta, de ojos oscuros) es la antítesis de Elizabeth Bowes-Lyon, pero en personalidad tampoco “The Crown” le ha hecho justicia a la Queen Mum Solo nos muestran sus facetas negativas: chillando como descosida cuando se muere el marido; borracha y trastabillando cuando Isabel le reprocha la mala educación que le han dado (un reproche muy curioso, por cierto). Incluso, la ponen de suegra chismosa advirtiéndole a la hija que Felipe no es buen padre con el Príncipe Carlos.

Entiendo un poco lo que han querido hacer. Yo admiro a Isabel II, pero adoro a la madre, y la gran mayoría de los británicos (monárquicos) comparten mis sentimientos. Por muchos años, Isabel tuvo que sacudirse la sombra de su popular madre y en este cuento que se enfoca en la reina, no en la Queen Mum, ha sido necesario rebajar la importancia de cualquier personaje que pueda opacarla.

Por último, tenemos a Vanessa Kirby en el rol de la Princesa Margarita. Como el miembro más rebelde de la familia real y la que más problemas causará a su hermana, al menos en esta primera temporada, Kirby hechiza y conmueve como la típica “princesa que quería vivir”. Aunque hablaré más sobre Margarita y su trágico romance con Peter Townsend en otra entrada, basta decir que la actriz, a quien yo ya conociera por su interpretación de Zelda Fitzgerald en “Genius”, captura los vericuetos del carácter de Margarita.

Vanessa es sexy y etérea la vez. Una escena en que súbitamente se presenta en la oficina de Townsend y lo besa en la boca para luego huir como si fuera un espectro o un hada que se digna a acercarse a un mortal, está cargada de sensualidad. Nuevamente sin necesidad de palabras los actores transmiten pasión reprimida. El simple gesto del Capitán Townsend (Ben Miles) de sujetar a la Princesa por la falda tiene connotaciones eróticas más intensas que cualquier revolcón de las series a las que estamos acostumbrados.








Sin sexo gráfico, sin desnudos (aparte las nalgas de Matt Smith) y sin violencia, “The Crown” consigue transmitir todo el drama de un “Game of Thrones” moderno, expresando el peso físico y moral de portar una corona y de cómo se puede ser rico, famoso y de sangre azul y sufrir como cualquier plebeyo.