miércoles, 19 de agosto de 2026

En Los 80 la Obesa más Famosa y el Hombre más Sexi del Mundo Eran Australianos. (Teen Culture XXIV).



Un obituario de Colleen McCullough provocó indignación al referirse a ella como “obesa y fea”. Lo cierto es que era millonaria, sus novelas eran bestseller y, a diferencias de muchas flacuchentas, estaba felizmente casada. McCullough fue parte de la fascinación que ejercería su patria en la América de los 80 donde en 1985 por primer vez People elegia al “Hombre más sexi del mundo”, el cual también provenía de la isla-continente

No se puede hablar de una invasión británica sin referirnos también a otro micro fenómeno, la onda australiana que invadió USA en Los 80 y tuvo desde los jóvenes hasta los viejos hablando “strine” el argot de Oz. El culpable fue un personaje de Paul Hogan que en el filme homónimo interpretaba al guía/cazador del Outback apodado Crocodile Dundee. Esa franquicia nos familiarizó con un slang especial y nos hizo pensar en Australia como algo más que el hogar de marsupiales.



Antes del estreno en 1985 de Crocodile Dundee, yo ya estaba interesada en el cine de Oz. Recuerdo que en la primavera de 1983, arrastré a mi pobre padre a ver varias producciones australianas que por suerte le gustaron. Ya algunos nombres nos eran familiares: Judy Davis, Bryan Brown, y el desaparecido y adorado Sir Sam Neill que era neozelandés, pero que nos llegó con esa visión de la Australia de la Belle Epoque, My Brilliant Career.



NOTA: Para no repetir cien veces “Australia” la llamaré por sus diversos apodos: Oz, Down Under (literalmente “allá abajo”) tal como “aussie” es un adjetivo gentilicio para lo australiano.

De Peeksville a Oz

Sin embargo el icono australiano de Los 80 no era australiano. Tomó tiempo descubrirlo, pero Mel Colm-Cille Gerard Gibson vio la luz aquí en el estado de Nueva York. Específicamente en Peekskill (condado de Westchester). Mi hermana y yo hicimos un “peregrinaje” en Los 80 y casi besamos el suelo que nuestro ídolo había pisado.

Yo (por diversas razones) he tenido desde mi infancia una obsesión con Down Under, pero en Los 80, la australomania se convirtió en una militancia compartida y eso gracias a Mel, cuya familia había emigrado a Australia siendo él un niño. Yo conocí la existencia de Mel Gibson en febrero  de 1983, cuando mi hermana me llevó a ver The Year of Living Dangerously ,  en el teatro Midway.



Como era nuestra costumbre, salimos del cine (y yo ya estaba arrobada ) y volvimos un rato después a verla de nuevo. Entremedio, fuimos a la vuelta de la esquina a Sam Goody donde compré el LP con la excelente banda sonora de Maurice Jarré y a Barnes&Noble donde adquirí el libro de Christopher Koch  en el cual se había basado el filme de Peter Weir. El que todos esos productos estuvieran a la venta indicaba que el filme estaba gozando del favor del público.



Aunque perdí mi diario de ese año, recuerdo cronológicamente la fiebre “melgibsoniana” que afectaba el país. En marzo me robé de la sala de espera del ginecólogo de mi madre una edición de People que traía un artículo de varias páginas sobre el nuevo ídolo de la pantalla. En marzo llevé a mi Pa a ver El año de correr riesgos,  en una reposición en el Main Street. Ese verano mi hermana me invitó a ver The Road Warrior en HBO al que estaba suscrita.




En ese entonces el sistema de cable con canales premium era una novedad por lo que en casa de la hoy Dra. Sendar,  estaba instalado en el televisor del cuarto de los padres. Nosotras nos metimos en el lecho matrimonial de estos y acompañadas de nuestra cenauna bandeja de pollo fritonos pusimos a ver lo que algunos definen como western distόpico.



En la escena en que Max  (M. Gibson) hace que el niño salvaje se deslice por la capota del auto para poder repararlo y el chico es atrapado por el motociclista monstruoso, lanzamos mi hermana y yo al unisonó un grito y la bandeja salió volando por los aires. Creímos haber recuperado todo el pollo, pero esa noche el pobre padre de Yehudit se encontró con un hueso ensartado en la costilla.



Aparte de esa anécdota que nos prohibió volver a ver tele en el cuarto principal, lo que me dejó la imagen de Max Rockatansky fue una obsesión hormonal que me llevó a escribir una carta secreta (que por suerte jamás envié) ofreciéndole mi virginidad al nativo de Peekskill y jurándole que me iba a guardar para él. Entretanto bauticé a mi nueva gata como Melissa Gibson Venant.




                         Melissa Gibson Venant 1984

Para 1984, Mel Gibson era la adoración de mujeres de todas las edades. En la tele vi Mad Max, la precuela del Road Warrior, una experiencia un poco rara puesto que debido a que el acento cerrado de los Aussies y la abundancia de strine obligaron a doblar el filme dándole a Mel una vocecita grotesca.

Mel Gibson en Hollywood

Ya poseedores de un grabador de videos sacamos de Blockbuster Videos filmes antiguos como Gallipoli , Tim y Attack Force Z, un drama de la Segunda Guerra Mundial donde solo Mel retornaba de una misión tras las líneas japonesas. Para 1984, Hollywood había reclamado la presencia del americano-que-pasaba-por australiano. En un año, Mel filmaría tres películas de las cuales solo The Bounty tendría alguna relevancia.



Únicamente la adoración de su fandom permitiría que sobreviviese su carrera pesar de que cada proyecto (The River con Sissy Spacek y Mrs. Soffel con Diane Keaton) era un fracaso de taquilla. Solo  la franquicia de Lethal Weapon en 1987 lo convertiría en una estrella nuevamente. Sin embargo las fans éramos duras de matar y en 1985, People lo eligió como el “hombre mas sexi del mundo”.



“Mi Mel Gibson” decía Alicia Silverstone en la teen comedy Clueless y eso en 1995 cuando Mel Gibson había demostrado ser un buen actor en el Hamlet (1990) de Franco Zefirelli. Las próximas décadas lo llevaban al Oscar con Brave Heart y a una fama un poco controversial gracias a su intensa Pasión de Cristo.  Mas controversias causarían declaraciones inoportunas, escándalos públicos, y un alcoholismo que lo haría persona non grata aun para el permisivo Hollywood, pero eso ya pertenece a otro siglo.

Lo importante es que dejó abierta la entrada de otros galanes australianos más modernos como Eric Bana, Heath Ledger y Jacob Elordi. Sus filmes abrieron las puertas a directores como Peter Weir que en Los 80 dirigiría filmes exitosos como Witness y Dead Poet Society. Otro que cosecharía galardones elogio y fandom seria Bruce Beresford con su Driving Miss Daisy.

Australianos en la Pantalla Chica

Aunque el cine ya hablaba strine, la televisión fue más reacia. Yo vi varias series australianas que se enfocaban en la Gran Guerra como Anzacs,  1915, y A Fortunate Life. Lo curioso es que esas series no las pasaba la televisión en inglés . Las vi dobladas al español en Telemundo(¡!)

En muchas series vimos a Sigrid Thortnot a quien yo conocía del cine por The Man of Snowy River. Estuvo en 1915, All the Rivers Run y The Far Country, basada en una novela de Nevil Shute, donde Sir Michael York interpretaba a un médico de la SS que creía reencontrar redención y una nueva vida en el outback australiano.



La mejor serie australiana la pasó la PBS (1982) y fue otra adaptación de un clásico de Nevil Shute. La versión televisiva de A Town LIke Alice logró opacar a la preciosa adaptación de la Rank de 1956 y convirtió a Bryan Brown en un rostro reconocible para el publico americano.



Eso hizo posible que se lo contratara en 1983 para la que se llamaría la miniserie de la década. Antes de hablar de la adaptación de The Thorn Birds, se vale hablar de otro gran elemento del Invasión Australiana, la escritora Colleen McCullough.

Fea, Obesa y Famosa

Una polémica surgió cuando la publicación The Australian incluyese en su obituario del 2007, que la Señora McCullough había sido fea y obesa. Muchos se indignaron , a mí me dio risa. El hecho es que la obesa y feúcha escritora dejaba atrás un viudo compungido, una fortuna y una reputación solida como autora de superventas. ¿A ver cuantas guapas esbeltas no querrían dejar atrás tamaña herencia?



Nunca se imaginó esa niñita australiana de origen irlandés, cuando llevaba una vida nómada marcada por los malos tratos del padre, que algún día seria rica y famosa. Se las arregló para dejar atrás la miseria, estudiar neurociencia y trabajar en hospitales australianos y británicos. Fue en Londres que conoció a un catedrático de Yale que le consiguió un puesto de investigadora en esa prestigiosa universidad.

Fue en sus años en Connecticut que Colleen comenzó a escribir novelas. En 1972 publicó Tim a la que la seguiría en 1977, The Thorn Birds que se convertiría en superventas tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo angloparlante. Mientras lideraba las listas de bestseller del New York Times, la saga de la Familia Cleary fue traducida a otros idiomas convirtiéndose en un éxito mundial. En un breve espacio de tiempo, Colleen McCullough se volvió una autora de fama impensable para la hija de un  cortador de caña de azúcar, tan bruto como el Luke de su novela.

A mí me desilusiona que se le trate con tan poco respeto en la comunidad literaria que ha abrazado a mujeres como Judith Kranz , Dame Shirley Conran y Barbara Taylor Bradford. La temática de la autora australiana es compleja. En sus primeras novelas salta de visiones históricas en la saga familiar del Pájaro Espino al trauma bélico en un hospital de la Segunda Guerra Mundial en An Indecent Obsession (1981) y retrata muy bien la soledad de mujeres a las que se les fue el tren, pero aún conservan sus esperanzas románticas como en Tim y en Las Señoritas de MIssalonghi (1987).



El cine se hizo eco de su fama cuando contrataron al galán de moda en Australia para interpretar a Tim, un jardinero muy guapo, pero retrasado mental que se enamora de su patrona, una solitaria solterona. Tim confirmó el aura de símbolo sexual de Mel Gibson y le quitó a PIper Laurie, como su patrona luego esposa, el estigma de ser la mamá de Carrie.



El Pajaro Espino

Si Tim y An Indecent Obsession fueron llevadas a la pantalla grande, la televisión estadounidense llevó a la pantalla chica el mayor bestseller de Doña Colleen, en una producción que también creó polémica. El primer reparo fue que no se filmó en Australia. La respuesta es que Hollywood quería inicialmente crear filme épico de varias horas. Obvio que un blockbuster hollywoodense atraería más fama, más público y más dinero que una humilde producción australiana.

La iba a dirigir Peter Weir, Dame Olivia Newton John iba a ser la ingenua Meggie Cleary que, en medio del Outback,  hace tambalear los votos del Padre (después obispo, luego cardenal) Ralph de Bricassart. Este rol se lo iban a dar a Bobbie Redford ¡Guau! Cambio de planes. Ryan O’Neal que al menos era de origen irlandés, sería el atormentado sacerdote. Weir fue reemplazado por Arthur Hiller y Dame Olivia, muy australiana ella, pero viejita, fue reemplazada por Michelle Pfeiffer.

Al final todo se fue a las pailas. Hollywood descartó el proyecto. Lo recogió la ABC considerando que una historia de esa magnitud ameritaba el espacio de una miniserie. Ahí fue cuando la ABC metió las patas varias veces. Primero en eso de irse a Hawái a filmar. El paisaje hawaiano sería más barato, pero se veía tan australiano, como Alberta fingiendo ser Colorado en My Life with the Walter Boys.

             Creian que estaban en Queensland, pero era el Pacifico hawaiano

Se contrató para el protagónico a Richard Chamberlain, el Rey de las Miniseries. Obvio que debía acompañarlo la reina del género, Jane Seymour, pero a sus treinta y dos años,  fue considerada madurita. El rol cayó en las faldas de una tal Rachel Ward. La miniserie abrió puertas en la pascua judía (marzo de 1983). Alcancé a ver un par de episodios que no coincidieron con el Seder (no teníamos grabador de videos entonces) y quedé muy desilusionada.

Años más tarde, leí las declaraciones airadas de Colleen McCullough sobre la miniserie, y me di cuenta que compartíamos la misma queja. No fuimos las únicas, pero nuestros reparos fueron ahogados por el apoteósico triunfo de The Thorn Birds (hasta ameritó una secuela en Los 90s). Los lectores devotos y los no-lectores gozaron con este romance un poco atrevido en que un curita comete pecado con una chica que lo ha amado desde la infancia.

Lo que enloqueció a Los Ochenteros fueron las mismas razones por las que hoy se rechazan libro y miniserie: el grooming del Padre Ralph, la aprobación de los amores entre un adulto y una adolescente (a pesar de que el affaire se vuelve físico cuando ella ya es una mujer casada) y el supuesto elogio de la (supuesta) pedofilia dentro de la iglesia.



No les importó que el paisaje fuese muy alejado del Outback, que se hiciesen cambios como que Meggie (que en el libro se casa sin saber cómo se hacen los niños) en la serie intente seducir a su futuro esposo; o que solo hubiese un australiano en el reparto, Bryan Brown. Tampoco que no hubiese un acento “aussie” ni para remedio.

Estamos hablando del primer año de Mel Gibson en pantallas americanas y faltaban todavía dos años para que Paul Hogan nos inculcase las intricadas reglas del “strine”. Así que importaba un bledo que Bárbara Stanwyck sonase californiana; Jean Simmons se expresara con acento londinense y que Rachel Ward hablase como si fuese la heredera de Downton Abbey (después de todo la actriz es nieta del Conde de Dudley).

La Ward fue el peor error. Tenía 24 años y era suficientemente guapa para ser la adoración de mi hermano, pero su carrera de modelo no la preparaba para un rol tan exigente. El primero en notarlo fue Dick Chamberlain que no la soportaba. El resultado fue una falta de química total en la pareja principal que hizo que el Rey de las Miniseries se viese tieso y con cara de palo.



La ironía es que el único antípoda en la serie, Bryan Brown, que interpretaba al despreciable Luke, esposo de Meggie, si tenía química con Rachel, tanta que los actores se casaron apenas acabó la filmación y siguen casados hasta hoy.

              Rachel y Bryan el día de su boda

Un final feliz para una serie que hoy puede ser cancelada por las hordas del wokismo o por mis propias objeciones, pero que fue un punto importante en la invasión australiana y sentó un precedente para que nacieran en este siglo excelentes sagas familiares televisivas como La Saga McGregor, Las Hijas de McLeod y A Place to Call Home.



2 comentarios:

  1. I have always loved Australian stuff, from music to TV, RETURN TO EDEN, THE THORN BIRDS, they gave us so many great stuff, and keep giving them to us still. I loved MURIEL'S WEDDING, but that was 90s. As a kid I loved Jason Donovan and Kylie Minogue. Never liked Mel Gibson or Russell Crowe, though, too primitive both of them for me. You need to watch old HEARTHBREAK HIGH series as you are into teens now, I loved that one as a teen.

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    1. I tried watching HH, but it was like Maxton Hall, they felt foreign to the american culture in almost invisible ways. It's why i don't go to the Aussie neo westerns...yet. My, I have loved Australia and Aussie males since forever, Eric B was not the first one. By the way Rusty Crowe is an Enzedder, like Dear beloved Sir Sam Neill. He was taken to Australia as a little boy. I saw his debut in a 70s show Spy Patrol. Well, Mel is American-born and poor Andy Gibbs was British.

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