Como a muchos Euphoria me ha atrapado. Como a muchos me ha
asqueado con su sexo ocioso, con sus personajes tóxicos y con su glorificación
de las drogas, pero también como a muchos me han ganado sus personajes,
principalmente los femeninos. Ya hablé de Rue, la protagonista. Ahora toca hablar de un
personaje que pudo tener su propia historia, pero como ocurrió con Cassie, fue
aplastada por el ego de Sam Levinson. Me refiero a Kat.
En una era de
conciencia sobre trastornos alimenticios y epidemia de obesidad infantil, pero
donde también se intenta combatir la gordofobia, esperaría un retrato más verídico de los problemas de una adolescente con
sobrepeso. No quiero caer en la auto referencia, pero si de algo sé es de lo
que Kat ha pasado. Yo comencé a hacer dietas a los 15 años (pesando menos que
Kat a los once años) y seguí hasta mi menopausia. El problema es―y lo
dije en mi primera nota―Euforia es una fábula y en este caso la historia de Katherine Hernández, es un
cuento de hadas sin final feliz.
La Culpa la
Tuvieron las Piñas Coladas
Rue nos cuenta
que a los once años (un número mágico puesto que las vidas de Nate y Jules
también cambiaron a esa edad), Kat era
semi feliz, tenía un noviecito, Daniel, y pesaba 107 libras (como 50 kilos)
pero medía sobre cinco pies de altura. Me sorprendió descubrir que ambas
medidas son consideradas normales hoy en día. En mis tiempos, medir arriba del
metro cincuenta y pesar 107 libras era lo normal para las quinceañeras no para
las niñitas. Sin embargo, precisamente por la epidemia de obesidad, las medidas
han aumentado para edades preadolescentes.
No es anormal que
una nena de once sea alta (y pese más que sus compañeras bajitas), si ya hay un
precedente de altura en su familia, si es deportista, o se ha desarrollado tempranamente.
Nada de esto parece entrar el cuadro de Kat. Para colmo la interpreta una
actricita chiquita y regordeta como un monito de nieve, que parece tener nueve años.
Ahí nos damos cuenta que habita en un mundo de fantasías, ajeno a la realidad
científica.
El momento
culminante de la vida de Kat son esas vacaciones en el Caribe donde descubre el
buen sabor de una piña colada virgen (sin alcohol). Tanto le gusta que, en una
semana de vacaciones, llega a ingerir diez piñas coladas diarias lo que la hace
subir, en tan poco tiempo, veinte libras. ¡Hazme el favor!
Nadie, menos una niñita,
bebe tanto líquido, su estomaguito no admitiría otro alimento. ¿Si ya
nos cuesta tomarnos cinco vasos de agua diario como puede tomarse casi una
docena de bebidas espesas? Los ingredientes del coctel (sin ron)son hielo
picado, o sea agua; jugo de piña (diurético natural) y crema de coco. Aunque la
crema de coco viene endulzada y es un contenido grasoso, no es suficiente para
provocar una subida desmesurada de peso. A lo más lubricaría el intestino, y agregándole
la hidratación excesiva, Kat se la pasaría en el baño. Terminaría bajando de
peso.
Siguiendo esta
fabula descabellada, Kat retorna luciendo mucho más redonda y es rechazada por Daniel
lo que le provocará un trauma existencial que tal vez pueda explicar que a sus
16 años pese casi el doble de cuando viajó al Caribe. Sino no se entiende.
Veinte libras extras son facilísimas de rebajar.
Si Kat ha seguido
aumentando es porque a) los cambios hormonales de la adolescencia la empujan a
subir de peso b) se jodiό el metabolismo (como Servidora) a punta de dietas
trendy como la del pomelo que está siguiendo en Euforia o c) el rechazo
de Daniel la ha hecho caer en una depresión que la lleve a comer o d) Se trata
de un problema de tiroides.
Del Fanfictión
a Dominatrix
Lo importante es
que Kat, como Jules, odia su cuerpo, se odia a sí misma y cree que todos la
odian. Otra candidate al psiquiatra porque Kat posee lo que muchas adolescentes
quisieran/necesitan: un grupo de amigas (flacas) que la apoyan y no la juzgan
por su aspecto físico y una imaginación que la convierte en una reina del
fanfictión.
Me hace gracia
que las dos vivimos en la misma época y que sus referentes de la cultura pop,
desde el fanfictión hasta Harry Styles, me hayan llegado como a ella. Como yo,
es adicta a series de hace una década como True Blood, Scandal y
por supuesto es “Tronera”. Solo que por la diferencia de edades, mi reacción fue
diferente, asimilé esos referentes de otra manera y no supe
aprovecharlos.
Kat adquiere todo un fandom escribiendo “smut”.
Como el Marques de Vargas-Llosa (que en la gloria esté), a su tierna edad, Kat
descubre que lo que los adolescentes quieren leer es sexo, sexo y sexo. El
problema es que Kat debe ocultarse en el anonimato porque tiene la muy errada
idea de que su Khalasar la odiará al ver que es obesa.
De igual manera,
Kat no se da cuenta (en la fiesta de McKay) que puede resultar atractiva para
muchos. Por algo, los diabólicos mellizos y su amiguito de la escuela privada
se encierran a beber tequila con ella y a interrogarla. Quieren que se quite la
blusa, quieren saber si las gorditas son buenas para el sexo oral .Quieren
saber si es una Slut (zorra) o Prude (mojigata).
Curiosamente, y
yo vi y viví esta dicotomía en mi escuela elite en los 70s, lo positivo es ser
una slut y para serlo, Kat debe perder su virginidad. Para el testigo es obvio
que toda esta faramalla es porque le encuentran algún atractivo que apela su
curiosidad sexual. En su afán de demostrar que es una zorra, Kat se quita la
blusa, bebe, habla vulgarmente, y finalmente tiene sexo con Wes, ignorando que
los mellizos la han filmado.
Aunque sus amigas
están felices de que ya no sea virgen, todas están en shock al ver circular
imágenes de la desfloración por Internet. Kat es llevada ante el director de su
escuela para saber si es cierto tanto escándalo. El modo en que la gordita da
vuelta la situación y acaba acusando al director de gordófobo, demuestra su
gran inteligencia, tal como sus siguientes maniobras.
Chantajea a los
mellizos con acusarlos de haber grabado a una menor encuerada y de ser
traficantes de pornografía. A cambio, ellos aseguran públicamente que la del video no es Miss Hernández. Además, Kat
los hace comprarle ropa y productos de belleza. ¡Bravo! El video es
borrado, pero la gordita hace un descubrimiento más fascinante y lucrativo. Hay
personas (y eso lo sabían los mellizos) que gustan ver pornografía
protagonizada por rellenitas y muchos han quedado encantados con el físico de Barbie
Ferreira.
Así, Kat se
convierte, tras ponerse una máscara y quitarse la ropa, en KittenKween, reina de una especie de Dark
Web donde pagan (y hasta en bitcoin) por verla bailar en paños menores o
ejercer la labor de dominatrix. Mas allá de las sorpresas que Kat encuentra, el
modo en que su alcancía se ve rebalsada, es increíble para alguien tan joven.
Hasta tiene que
solicitar la asesoría de Fez y de su hermanito Ashtray para saber manejar sus
finanzas. Aparte del lado cómico de esta sinergia, está el mensaje de que los
jóvenes solo tienen dos maneras de adquirir poder económico: la venta de drogas
y la de sus cuerpos. Como le dice Laurie a Rue: ”lo bueno de ser mujer es que
siempre tienes algo que vender”.
Con su dinero,
Kat― que un día no tenía ni para comprar un pomelo― ahora se vuelve
consumista. Gasta en nuevo vestuario y maquillaje y casi sin darse cuenta
adquiere también una confianza que derrama al caminar y con esa confianza
también derrama feromonas. Como dice “No hay nada más poderoso que una gordita
a la que todo le importe un bledo”.
Lo triste es que
la autoestima de Kat es solo superficial. Por dentro sigue sintiéndose
rechazada, sigue odiando a los hombres, sigue soñando con Daniel que anda por
ahí mosqueando alrededor de Cassie. Esas obsesiones impiden que Kat vea a Ethan
que, aun antes de que la gordita se convirtiese en porno star, ya la pretendía.
La inseguridad de
Kat la lleva a desdeñar a Ethan y a buscar compañeros sexuales casuales que solo
por un rato la hacen sentirse apreciada como mujer. Se sigue sintiendo como un
fraude que ningún chico tomará en serio. Aunque deja de vender su pornografía,
tal como una vez dejó atrás el fanfictión, no ha superado su odio por su
apariencia física. Es solo cuando se
acuesta con Daniel y descubre que ni la recuerda, que Kat es capaz de aceptar a
Ethan y comenzar un noviazgo formal y sano que es la envidia de sus amigas.
Levinson Destruye
a uno de sus Mejores Personajes
Así dejamos a Kat
a fines de la Primera Temporada solo para regresar en una Segunda Temporada
donde la gordita traicionó a su personaje, traicionó las expectativas de su
fandom y pasó de antipática a incomprensible a invisible. La culpa la tuvieron
los encontronazos entre Sam Levinson y Brbie Ferreira.
La actriz quería
un arco sólido, no le bastaba ser personaje de relleno. Levinson, que andaba
dando palos de ciegos después que no lo dejaron continuar con el arco Nate-Jules,
no tenía ni tiempo ni inclinación en crearle una historia más compleja a Kat.
Solo se le ocurrió inventarle un trastorno alimenticio. Barbie se rehúso y
recibió el pincelazo del olvido.
Pasó a ser un
personaje que servía de confidente de sus amigas con vidas más interesantes. A
diferencia de Babe, que solo aparece tres veces en la Segunda Temporada, el
personaje de Kat tuvo más tiempo de volverse antipático e incoherente. Tras avergonzar
a Ethan cuando el chico la presenta con sus padres, tiene visiones en las que
lo ve como “débil” y derrotado por su ideal de hombre, un guerrero dothraki
(WTF?).
En medio de este
ambiente de comedia absurda, Kat se confiesa con Maddy. No sabe lo que quiere,
pero no quiere a Ethan. Su amiga filosóficamente anuncia que nadie sabe lo que
quiere, pero eso no significa que se deba estar con lo que no se quiere.
Kat inmaduramente
rompe con Ethan inventando una enfermedad terminal. La mentira es tan torpe que
es Ethan quien rompe con Kat y ese es el final de un arco que pudo ser más
realista, más romántico y más cuerdo.










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