jueves, 30 de agosto de 2018

Las Consecuencias del Edicto de Isabel: Criptojudios y Sefarditas



Ver la expulsión de los judíos de España fuera de su contexto histórico es absurdo y distorsionante. No se puede comparar con la persecución nazi, pero tampoco pueden negarse las dimensiones de una tragedia humana que crea otro problema para esa España que busca la homogeneidad. La expulsión  agravará el problema converso y seguirá dificultando la percepción de los judíos por parte del mundo ibero aun en nuestros días. Paradójicamente, la gran contribución de esta expulsión será la formación de una cultura sefardita que todavía  conserva fuertes lazos con la española.

La serie “Isabel” ha tratado de ser imparcial con el problema judío. Mi única queja ha sido en el retrato de personajes individuales. Aun así, la serie ha mostrado  como frailes exaltados azuzaban la ignorancia de la plebe,  como la reina era reacia a imponer el Santo Oficio,  y como intentó dilatar su llegada.

Dominíco exaltado


Y tenemos esa escena en que Fernando admite que no hay duda de la lealtad de la comunidad judía hacía la corona, como Isabel se lamenta ante la pedida de caudales judíos que tantas veces los han sacado de apuros, y también la de tan buenos recaudadores de impuestos ((ahora tendrán que poner cristianos a hacerlo y a recibir pedradas). No hay tutia, el edicto llega.

El Edicto de la Alhambra o  de Expulsión de 1492 es clarísimo: «acordamos de mandar salir todos los judíos y judías de nuestros reinos y que jamás tornen ni vuelvan a ellos ni alguno de ellos». Noten el  lenguaje incluyente , no vaya ser que alguna judía por ahí crea que se puede quedar. Los judíos  tendrán un plazo de cuatro meses para convertirse al catolicismo, de lo contrario deberán abandonar territorio español so pena de ser ejecutados y de serles confiscados sus bienes. Los desterrados deberán costearse su viaje. No podrán sacar de España ni caballos, ni armas, ni joyas, ni ningún metal precioso incluyendo monedas. Deberán vender todos sus bienes y cambiar el oro recibido por letras de cambio.

Como se imaginarán el pánico cunde. Vender propiedades en tan poco tiempo invita a robos y estafas. Está el miedo de viajar y la pregunta de dónde ir. Se decreta en las comunidades que toda chica soltera,  mayor de doce años,   debe casarse, para al menos contar con un protector. La serie nos muestra a los judíos vagando por los caminos como gitanos, con gente apedreándolos. Ya parece “La Lista de Schindler” Los Reyes han amenazado con cárcel y confiscación de bienes a quien oculte a un judío.

Salir de España no es fácil. Los capitanes de barco a veces se niegan, aun tras ser pagados, a transportar a los expulsados. Otros, ya en alta mar, suben la tarifa. En tierra también hay problemas. En la frontera portuguesa se han apostado unos seudo agentes de aduana que cobran “peaje” a los refugiados. En Italia, muchos banqueros se negarán a redimir las letras de cambio. En Marruecos será lo peor. Los moros no creen que los judíos hayan llegado sin oro o joyas. Violarán a las mujeres, venderán a los niños como esclavos,  y a los hombres abrirán en canal para ver si se han tragado objetos de valor.

Muchos judíos volverán a España, sobre todo después que los expulsen en Portugal en 1497, prefiriendo el bautismo. Eso dificulta las cifras. También se cree que unos veinte mil murieron asesinados, de cansancio,  o enfermedad en el camino. Tampoco me sorprendería que hubiera algún que otro suicidio.

Sobre cifras hay debates constantes. Yo creía ese un capítulo cerrado a fines del milenio anterior. En esta investigación que he hecho en estos días me he encontrado con unas números arbitrarios y estrambóticos. Andrés Bernáldez, cronista de los Reyes Católicos cuenta que poco después de haber llegado a su destino el Rabino Meir le escribía a su suegro Abraham Senior contándole que los Reyes Católicos habían perdido 35.000 hogares judíos. Por hogar se entiende familia y familia abarca mínimo tres o cuatro personas. Ahí tenemos 150.000 que es más o menos lo que creían los hispanistas de fines del Siglo XX. Pero llega Joseph Pérez a decir que la cifra oscila entre 150.000 y 50.000 (¡!) Esa es una diferencia demasiado amplia para poder confiar en ella.

Una de las historiadoras de planta de “ Isabel”, Ángeles Irisarri dijo que Julio Valdeon argumentaba que solo 20.000 judíos abandonaron España. Curioso, porque en este artículo de La Vanguardia dicen que el Profesor Valdeon era de los que creían que cien mil judíos habían optado por marcharse. No he leído a Julio Valdeon. Como el caballero ya falleció no le puedo consultar.

 En otros sitios (sobre todos los juedeofobos) se juega con esa cifra sin dar pruebas o fuentes que la acrediten. O como en ABC buscan historiadores prehistóricos y que en su día  fueron considerados antijudíos como William Thomas Walsh. También  hay periodistas (o quienes pretenden serlo) que lanzan cualquier pavada seguros que los leen tontos de capirote que nunca van a ir a investigar si lo dicho es cierto.

No pueden ser 20.000 los que se fueron porque es una cifra espurria. En mi barrio de Kew Garden (no en el condado de Queens ni en la Ciudad de Nueva York donde en total vive un millón de judíos ) hay más de 20.000. Si tan pequeño grupo hubiese abandonado España, nadie se hubiera dado cuenta. Si hubieran sido veinte mil, la Reina Isabel no hubiese estado tan alarmada puesto que su verdadera intención no era la expulsión sino una conversión masiva que, obviamente,  no se dio.

La ausencia de 20.000 judíos hubiese dejado 180.000 nuevos cristianos en suelo ibero. Eso indicaría que más de la mitad de la población española autóctona tendría raíces judías. Los cristianos viejos hubiesen sido una minoría rápidamente absorbida por la población mayoritariamente semita.

Si se sabe que dos mil judíos cruzaron la frontera navarras, 20.000 familias ( (“83 mil ánimas”  según Bernáldez)  se establecieron en Portugal y que el Papa Borgia dio refugio a unos nueve mil  judíos expulsados de España en Roma, nos vamos saliendo de esa cifra inventada por Ángeles Irisarri y falsamente adjudicada a Don Julio. Acabo de hacer un Google con los search terms  “Julio Valdeon” y ”20.000 judíos” y no me ha salido nada. En cambio en la Wikipedia y muchos otros sitios afirman que él creía que 100.000 habían abandonado España.
Segunda diaspora

Por último, si  un paupérrimo grupo de 20.000 hubiese sido la única pérdida demográfica española, entonces no se explicaría la floreciente cultura sefardita que,  hasta que el Holocausto la sesgó,  reinó suprema en las comunidades judías de los Balcanes, El Imperio Otomano, los Países Bajos y hasta en Inglaterra.

Pero veamos primero que ocurre en la España sin judíos. A pesar de sus esfuerzos por convencerlos los Reyes Católicos pierden a su físico Lorenzo Badoz y a Don Isaac Abravanel, pero si consiguen que Abraham Senior y su familia se conviertan en cristianos nuevos y en parte del nuevo problema que enfrentará España en los siglos a vivir. Isabel nunca pensó que perdería tantos súbditos, pero la fuente de zozobras que heredarían sus descendientes surgiría de esta minoría conversa que ella tanto luchó por crea. Nadie se imaginaba que, como el monstruo de Frankenstein,  se escaparía de las manos de la autoridad, sufriría injusta persecución y provocaría miedos primitivos.

Son las dos grandes consecuencias del Edicto de Expulsión: la creación del colectivo converso que tendrá una cultura propia (sobre todo en caso de criptojudios) y la del colectivo sefardita que por siglos ha preservado un folclore, una cocina, un recuerdo de Sefarad, la patria perdida. Cuanto más leo, más investigo, más evoco pequeños detalles que vi en mi infancia en mi madre y sus parientes, más me convenzo de que ambos colectivos estuvieron desde el principio intrínsicamente unidos.




Hay que hacer un distingo entre los términos “converso” y “criptojudio”. El primero se refiere a personas,  que ya bautizadas,  solo buscan asimilarse a la sociedad española, practicar su nueva religión,  y vivir en paz. Los criptojudios, en cambio, practicaban el judaísmo de manera clandestina. 
Fue en contra de ellos que actuó la inquisición puesto que se les veía como enemigos del estado.

El criptojudio es  traidor a la iglesia y  al pueblo español. Lamentablemente, el Santo Oficio verá en  todo converso  un posible criptojudio. La más inocente señal de seguir practicando el judaísmo bastará para el arresto, tortura y posible ejecución del acusado. La Inquisición incluso les seguirá hasta el Nuevo Mundo donde se darán juicios famosos como los de La Familia Carvajal en México.
Diana Bracho como Mariana de Carvajal en El Santo Oficio de Arturo Ripstein

De envenenadores de pozos, y propagadores de plagas, los judíos pasan a ser terroristas, embarcados en planes para invadir España, casi siempre con ayuda de poderes enemigos del Imperio. De ahí surgen documentos falsos como una supuesta carta escrita por los judíos de Constantinopla a los conversos españoles. Una falsificación que parece tener la misma malsana intención que Los Protocolos de los Sabios de Sion.

Un detalle interesante es que,   hasta finales del Siglo XVI,  se mantendrá el contacto entre los exiliados y amigos y parientes que permanecieron en la Península. A pesar de que la misma corona hará uso de esos contactos para relaciones comerciales, también se los verá como una manera de judaizar y de complotar contra el reino.

Ironía es que cuando misiones de religiosos lleguen al África del Norte a practicar la obra de caridad de redimir a cautivos de los musulmanes, se hospedarán en casas de judíos sefarditas quienes también les servirán de intérpretes y guiarán en el mundo islámico. Tan útiles resultaron estas conexiones  que para el Siglo XVII, 500 judíos se habían instalado sin problemas en el presidio de Oran, en manos españolas, y hasta tenían sinagoga. En 1680, la reina regente Mariana de Neoburgo los hizo expulsar, pero de una manera mucho más organizada y humana que como habían sido expulsados en siglos anteriores de Europa.

El Siglo XVI será el siglo de las herejías, la mayor el luteranismo. La Inquisición tendrá sus manos llenas ahora tratando de extirpar ideas herejes que muchas veces estarán vinculadas a conversos y nietos de conversos. Esa es una diferencia con otros países europeos donde el bautismo borra toda sospecha de los descendientes del converso. En España, por lo contrario se perpetuará esa desconfianza  por siglos lo que convertirá al problema converso en  un asunto genético y hereditario.


A pesar de que el linaje de cristianos nuevos dará a España  místicos de la calidad de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz y literatos del nivel de Fray Luis de León y Mateo Alemán, tener antepasados conversos será un estigma. Se dice que San Juan ingresó a la Orden Carmelita sin dar su apellido, puesto que sus abuelos Gonzalo y Elvira Yepes habían sido acusados de judaizantes. A Fray Luis de León lo arrestó la Inquisición por  privilegiar textos hebreos, y andar traduciendo la Biblia sin permiso,  lo que le acarreó sospecha de judaizar.

Más complejo fue el caso del humanista Juan Luis Vives, cuyos padres fueron a la hoguera por mantener una sinagoga clandestina en el sótano. Vives halló refugio en Inglaterra y acabó en  el servicio de Catalina de Aragón y como tutor de nuestra querida Lady Mary. Cometió el humanista gran torpeza al intentar mediar entre Enrique y Catalina, y terminó cayéndoles gordos a ambos.

No todos los conversos merecían desconfianza y menos sus descendientes.  Pero los Estatutos de Limpieza de Sangre impedirán el acceso a órdenes religiosas y militares, conventos, universidades  y otras instituciones a quienes no puedan probar que son cristianos viejos, ósea que no tengan ni  antepasados moros o judíos. En la América Colonial también hay que probar que no se tiene sangre indígena o africana. Resulta obvio que estas ordenanzas se basan en un linaje racial no en fe religiosa.

 A pesar de que la Inquisición impedía el acceso a cargos públicos a hijos y nietos de sus condenados, con el pago de una multa se podía evadir tal prohibición. Los Estatutos eran más implacables en un tipo de discriminación social que intentaba acabar con la competencia que presentaban los conversos provenientes de un mundo urbano más instruido y sofisticado que los cristianos viejos venidos de zonas rurales. Es por eso por lo que Sancho Panza se siente orgulloso de su humilde linaje e ignorancia que lo acreditan como cristiano viejo.

Ser de “sangre limpia” era fundamental para ingresar al ejercito e incluso para emigrar a América. La cantidad de conversos que llegaron a nuestras tierras demuestra que se podían burlar los estatutos. Sin embargo en otros casos, un simple rumor de que alguien era de origen converso o alguna acusación anónima podían condenar a alguien, aun cuando fuera inocente.

La primera protesta conta estas leyes injustas vino del cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla, nieto de Andrés Cabrera. Cuando a su sobrino, el Conde de Chinchón,  le cerraron el paso para entrar una orden militar, el airado cardenal escribió un mamotreto que le envió al rey Felipe II. En este legajo,  que hoy puede encontrarse publicado bajo el nombre de El Tizón de la Nobleza,  Mendoza reprueba estos estatutos demostrando que más de la mitad de la aristocracia española desciende de judíos (comenzando por sus parientes,  Los Pacheco).

A mediados del Siglo XVII, España entra en crisis, el oro de las Américas se está acabando, la expulsión de los moriscos ha significado una grave pérdida de ingresos y mano de obra. El Conde Duque de Olivares, ministro del Rey Felipe IV,  comienza  a relajar algunos de los estatutos e incluso planea abrirles las fronteras a los judíos. Esto causa revuelo en la Iglesia y en los antisemitas que ven que los judíos están muy arraigados en países enemigos del Imperio como Holanda, Francia , el Imperio Otomano y pronto, Inglaterra. Ese gran antisemita Quevedo zahiere al Conde-Duque con sus satíricos dardos, el rey se doblega ante su confesor,  y los planes de regreso de los judíos quedan truncos.

En el Siglo XVIII,  políticos e intelectuales como el Padre Feijoo, Jovellanos y el Conde de Floridablanca abogarán en vano por la abolición de los estatutos. Una paradoja es que había españoles que vivían sospechando de tataranietos de conversos, pero cuando el converso austriaco Antón Raphael Mengs fue nombrado pintor de la corte nadie dijo ni pio. Para entonces ya no había casi comunicación entre conversos y judíos en el extranjero. Aun así, la Inquisición seguía quemando  supuestos criptojudios en una extraña renacimiento de su campaña anti conversos. Si a alguien le interesa el tema recomiendo “Los Fantasmas de Goya” con Javier Bardem y Natalie Portman



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Los Estatutos de Limpieza (tal como El Santo Oficio) tendrán que esperar al Siglo XIX, a la Primera República y a la Constitución de 1869 para ser erradicados definitivamente. Lo curioso es que no se abolió el Edicto de Expulsión (este se mantuvo vigente hasta 1968). El diputado Emilio Castelar  será  responsable por estas medidas. Aunque siempre había atacado el materialismo judío y su exclusivismo, un encuentro con un matrimonio sefardita en Florencia lo había conmovido y lo convertiría en,  tal vez,  el primer filosemita español.

Médico de Castelar es Ángel Pulido, que llegará a ser senador, pero saltará a la fama como el creador del Filosefardismo. Antes de hablar de ese movimiento hay que ver quienes son estos sefarditas que capturan la imaginación de españoles ilustrados y liberales en una nación donde todavía  “judío” es un insulto a pesar de que el español medio jamás ha visto a alguien que remotamente tenga ascendencia hebrea.

En cuatro siglos, las comunidades judías desterradas han prosperado  bajo el Islam o bajo gobernantes luteranos. incluso en Francia, a pesar de que los Borbones siguen poniéndoles trabas, por lo que desde Nostradamus hasta Montaigne, cuya madre venia de una familia judía huida de Aragón, prefieren pasar por buenos cristianos.  

En el exilio,  la comunidad sefardita tendrá grandes rabinos como Josué Caro, cabalistas como Moisés Cordovero, herejes como Sabbtai Zvi y escépticos como el gran filósofo Benito Spinoza. Tanto gustaron los monarca extranjeros de los sefarditas que otorgaron títulos de nobleza quienes tan bien les servían. Ese fue el caso de José Nasi, convertido por el Sultán en Duque de Naxos, Conde de Andros y Señor de Tiberiades.

Otro fue el Barón de Aguilar, favorito de la emperatriz Maria Teresa,  que recibió un título aun siendo judío practicante y la convenció de no expulsar a sus correligionarios de Austria. En España se enteraron de la existencia de este señor. descubrieron  que se llamaba Diego López Pereira y que nació en Portugal. Buscaron extraditarlo. El Barón huyó  Inglaterra donde la comunidad sefardita se había establecido desde que Oliver Cromwell les abrió las puertas.

Allá De Aguilar habrá oído hablar de Sir Salomón de Medina, el primer judío en ser nombrado caballero. Título que recibió del rey Guillermo III por sus servicios al haber financiado  las campañas del Duque del Marlborough a quien acompañó hasta el campo de batalla. Con esos antecedentes, poca sorpresa queda cuando en el siglo XIX, la Reina Victoria eleve a su Primer Ministro favorito, Benjamín Disraeli a Conde de Beaconsfield. No todos los sefarditas ingleses llegarán a la fama gracias a la política o las finanzas. Daniel Mendoza (tatarabuelo de Peter Sellers) se convertirá , gracias sus puños, en el primer campeón de boxeo de la historia.

¿Pero qué tenían en común Disraeli (cuyo padre se había convertido a la fe anglicana) , Daniel Mendoza, Sabbtai Zvi y Spinoza? Es algo que va más allá de religión y nacionalidad. Es esa cultura que el pueblo desterrado conservó, esa lengua, esos dichos, esas canciones y poemas, esas recetas de cocina y ese sueño de volver a España. Un sueño tan ilusorio que deriva en el dicho sefardita Un Kastiyo en Sefarad, ósea “un castillo en el aire”.   Ya lo dijo Castelar, hablando de los sefarditas,  en un artículo sobre El Caso Dreyfuss. “en el destierro de cuatro siglos aun vuelve los ojos con amor a las tierras donde el sol se pone y habla la lengua de sus perseguidores”.

Sefarad es el nombre que los primeros habitantes hebreros dieron a Hispania. Los exiliados por los Reyes Católicos se autodenominarían sefarditas o sefardíes. Conservarían su cultura como conservarían por siglos las llaves de su antiguos hogares abandonados en suelo español. Todo parte de esa quimera llamada Un Kastiyo en Sefarad.

Una que fue presa de esa quimera fue mi bisabuela, Fiorella Della Pena-Giglio (nee Ventura) que en años de la Segunda República,  cansada de esperar la nacionalidad prometida por Primo de Rivera,  se fue a España a buscar su Kastiyo en Sefarad y salió despavorida tras el estallido de la Guerra Civil. Pero crió a mi madre dentro de esa cultura que nunca abandonó. También le legó un odio a los comunistas y un respeto por el Caudillo que los había metido en cintura. Una ironía es que yo heredé los tres y solo recién estoy desmitificando un poco tanta fábula, porque si de algo nos preciamos los sefarditas es de ser buenos inventores y narradores de cuentos.

Pero antes del Caudillo y leyes filo sefarditas tenemos que ver en qué momento España y los judíos volvieron a encontrarse. Fue en Marruecos, en la primera parte de ese conflicto que duraría más de medio siglo. En 1859, recién  desembarcadas tropas españolas en Ceuta comienzan a encontrar un grupo de gente extraña que los recibe con alegría y en una lengua que suena a español arcaico ( el ladino o judezmo). Sobre este encuentro escribirán Pedro Antonio de Alaron (que no gustaba de los judíos ) con mucho desprecio en Diario de un testigo de la Guerra de África y Benito Pérez Galdós,  (filosefardita, quizás el más grande) con mucho humor en su Episodio Nacional,  Aita Tettauen.

Pero el Filosefardismo no nace en Marruecos sino en Los Balcanes cuando el Dr. Ángel Pulido oye a una pareja hablando en ladino en un crucero por el Danubio. Descubre que se trata de Los Bejarano, judíos sefarditas de Bucarest. Después oirá a un mercader en  Belgrado presentarse como “soy un español del Oriente”. Impresionado por esta capacidad de un pueblo de seguir vinculado a un pasado español. 

Pulido luchara por obtener ayuda y reconocimiento para los sefarditas primero en la preservación del idioma judeo-español y luego abogando por el retorno de los judíos a España. Y ahí le cayeron encima, porque los prejuicios de los cristianos viejos seguían muy vivos.

El Profesor Girón,  uno de los mayores críticos de Pulido y su movimiento,  alertó públicamente que traer  los judíos de regreso llevaría a una proliferación de esa raza y pasaría como en la días del Faraón bíblico. No sé si creería que los sefarditas traerían las 7 Plagas con ellos o que. Aun más fuerte fue que Pulido esgrimió los estatutos caducados acusando a Pulido de ser de la ralea conversa y pretender judaizar. Es que el problema del converso nunca se acaba.

A fines del Siglo XIX y comienzos del XX, Los judíos  reaparecen en la literatura en castellano, muy bien representados en las novelas de Galdós, Blasco Ibáñez y Concha Espina. No así en las letras barojianas. Pero ese cascarrabias de Don Pio era tan anticlerical que acusaba a los judíos de ser los precursores del Cristianismo (¡!). Más allá de caricaturas barojianas está el triste ejemplo de la obra de la Condesa de Pardo Bazán. En Una Cristiana y una Prueba (una novela publicada en dos partes),   Doña Emilia describe la “prueba” que tiene que pasar su protagonista, un buena cristiana que descubre que se ha casado con un converso.

Es increíble que La Condesa, que defendió  a Dreyfuss y apoyó el Filosefardismo de Pulido (y de su amante Galdós) escriba en 1890 usando los mismos estereotipos que existieron en días de Isabel y Fernando. Para huir de su padre casquivano, Carmiña se casa con un tío que,  por parte de madre,  desciende de cristianos nuevos y descubre que medio milenio no ha borrado los defectos de una “raza deicida”.  El marido le sale avaro, codicioso, lujurioso, y más encima feo y con nariz ganchuda. Carmiña le tiene asco. Solo cuando el monstruo se contagia de lepra comienza a quererle porque ve en velar al enfermo una prueba que el Cielo le impone.

En su pieza teatral El Becerro de Metal, Doña Emilia va más lejos en la historia de unos millonarios sefarditas que se instalan em España para vengar a sus antepasados con su poder financiero.  A diferencia de Larra, Bécquer y Espronceda que perpetuaban estereotipos antisemitas,  pero en escenarios medievales, La Pardo Bazán habla de un escenario contemporáneo, advierte que el peligro converso todavía existe y que traer  a los sefarditas de regreso es un error.

Llevo seis páginas y me he alejado mucho de “Isabel”,  pero es que ese fue el legado del Edicto, una profunda desconfianza por el judío  acoplada con una admiración por la cultura sefardita. La desconfianza aflora cada vez que un judío haga algo que moleste. La amortización de Mendizábal en el Siglo XIX fue adjudicada por los Carlistas a su origen converso. A Antonio Maura, a comienzos del Siglo XX, le gritaron Chueta (apelativo despectivo para los conversos de Las Baleares) en la cara y cierto caballero cada vez que esbozó algo que los tradicionalistas considerarían pro-judío se le recordó que su apellido era de origen converso (la familia acusada de matar al Santo Niño de la Guardia) se apellidaba Franco).

Hablar de los sefarditas y la Guerra Civil y el Franquismo me daría para siete páginas más. Vale solo decir que hubo un Filosefardismo de derechas que no prosperó; que la relación del franquismo con el mundo sefardí fue esquizofrénica; que efectivamente hubo banqueros judíos marroquíes que financiaron a Franco,  y que él salvo judíos del Holocausto (bendito sea por eso). Pero  hasta el día de su muerte, El Caudillo vociferó en contra de la conspiración judeo-masónica  y en los 50,  bajo el seudónimo de Jakim Boor,  escribió artículos dando por cierto el caso del Santo Niño de la Guardia.


Para ser sinceros, los sefarditas para los españoles somos bonitos de lejos. Aun así se han hecho un par de intentos para reincorporarlos a España. El primero fue durante la era del General Primo de Rivera. En un esfuerzo Panhispanista por dar la ciudadanía a todo descendiente de españoles, se creó una ley a la que se acogieron cuatro mil sefarditas. Hasta hoy ni he conocido ni he sabido de ninguno al que se le diera la nacionalidad. Mi bisabuela que llenó papeles en Italia en 1929,  y que incluso vivió en España en los 30, nunca la obtuvo.

Ni la misma Republica aceleró el proceso temiendo recibir capitalistas y banqueros hambreadores del pueblo. Lo judíos que salvó Franco pudieron entrar a España solo como una parada, se esperaba que rápidamente transitaran hacia otros países Y vaya que hubo protestas, sobre todo por parte de La Falange y otros sectores tradicionalistas cuandolos judíos  cruzaban la frontera. Muchos judíos acabaron en campos de detención y trabajos forzados en Miranda del Ebro, y en listas que se pretendía entregar a la Gestapo.

.Hace cuatro años el gobierno de Mariano Rajoy emitió la Ley de Nacionalidad Española que específicamente se enfoca en los sefarditas. En Israel casi colapsó la embajada española con peticiones.

Un año más tarde y con más de mil peticiones por procesar solo tres personas habían alcanzado la nacionalidad, una de ellas una abuelitas parisina de 90 años. Pero en mayo de este año, ya seis mil sefarditas eran españoles  nuevos y se ha estirado el plazo para las aplicaciones hasta 1919.

No sé qué decir, por un lado me alegro, por otro tengo miedo.  Mientras haya sefardíes habrá esa utopía del Kastiyo en Sefarad, pero también si se hacen notar habrá un resurgimiento de ese peligroso  recelo que nos mostró “Isabel.

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