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miércoles, 21 de junio de 2017

Una Historia de Dos Toms: cuando Wolf Hall se convirtió en historia alternativa.


A juzgar por los comentarios de los admiradores de Wolf Hall (y de su secuela Bring up the Bodies), el 70% de los lectores creen que el libro retrata sucesos verídicos. Se percibe a Thomas Cromwell como un hombre bueno que vengó a sus amigos, y que mantuvo una lucha constante con su perversa reina y el infame Tomás Moro. Cuatro de los seis capítulos que componen la adaptación televisiva de Wolf Hall han sido dedicados al match Moro-Cromwell. La serie termina resumiendo la vida de Cromwell como una rivalidad entre el Buen Tom y Tom, El Malo. ¿Era necesario distorsionar la historia tan tendenciosamente para santificar al villano? Esto va más allá de licencias literarias. Dame Hilary Mantel ha escrito historia alternativa, pero no nos lo confiesa.

Es cierto, Ana Bolena le había declarado la guerra al Señor Secretario y Moro era una pulga gigante en el gigantesco trasero de Enrique VIII.  Maestre Cromwell tenía que encargarse de ambos, pero hasta el final, no fue una cuestión personal. Sin embargo, la serie y los libros describen a Ana y a Moro como gente tan ruin que merecen ser hervidos como jaibas. Se espera que el lector aplauda cuando les llegue su merecido. Aunque “los Tudors” no esquivaron ni las fallas ni los oscuros historiales del Santo y La Bolena, se las arreglaron para mostrar también las virtudes de ambos. En cambio, “Wolf Hall” afirma que Ana carecía de cualidades, ¡y las de Moro se las encajan a Cromwell!


Una variación del TomKat

En la serie, cuando la mujer de Cromwell le cuenta que Catalina de Aragón sigue zurciéndole las camisas al marido, El Buen Tom murmura que si fuera la reina dejaría la aguja clavada en la tela. En una escena más adelante, Cromwell le dice a Enrique que él se opone al divorcio del rey. Suena bonito, pero no hay prueba histórica de que a Cromwell le haya importado alguna vez la suerte de Catalina. Él fue parte fundamental de la degradación y ruina de la reina española. Hizo lo imposible por alejarlas, a ella y a su hija, del trono, de la corte y de la buena voluntad del rey.  Admiro y respeto los intentos de Dame Hilary por presentar este Cromwell compasivo, pero aborrezco que para conseguirlo tenga que quitarle plumas de la cola a Tomás Moro y trasladarlas al trasero de su protagonista para que sea un pavo real más grande.

No hay mención en “Wolf Hall” de la estima que Santo Tomás sentía por Catalina de Aragón. En la vida real, entre los cargos que se le imputaron estaba mantenerse en contacto con ella y favorecer una invasión imperial a Inglaterra. Para cuando Tomás Moro fue encarcelado, la reina estaba incomunicada, no podía ver ni a su única hija. Pero es posible que Moro haya mantenido correspondencia clandestina con la entonces conocida como Princesa Viuda de Gales.


Uno de los motivos de Moro para rehusarse a acatar tanto La Ley de Supremacía como La Ley de Sucesión, fue para proteger a Catalina y apoyar los derechos de su hija Maria al trono inglés. Aunque no llego a la altura de los shiperos del “TomKat” y me imagino todo un cuento romántico entre la reina maltratada y su más leal vasallo, es verdad histórica que Tomás Moro le tenía mucho cariño a la mujer que consideró su soberana, hasta el día de su muerte. Moro conoció a una Catalina, aun adolescente, cuando ella llegó a Inglaterra a casarse con Arturo, Príncipe de Gales. En sus escritos, el humanista alaba la belleza y encanto de la joven princesa. Como la mayoría de los ingleses de su época, el futuro santo aprendió a admirar a una mujer que, no solo era caritativa con su pueblo, sino que también supo ser una valerosa y sabia regente.
Catalina en su addolescencia

Ambas leyes, la de Supremacía y la de Sucesión, confirmaban el matrimonio de Enrique y Ana Bolena a la par que declaraban nula la anterior unión matrimonial del rey. No debemos ver esto como un divorcio moderno, sino como un acto con graves ramificaciones. La anulación del matrimonio de Enrique dejaba a Catalina como una embustera que había afirmado falsamente que su primer matrimonio no había sido consumado. El casarse con Enrique, fingiendo ser aun doncella, la convertía en una ramera capaz de tener relaciones carnales con un hombre que no era su esposo legal,  y al ser madre soltera,  su Maria pasaba automáticamente a ser una hija bastarda. Tomás Moro no podía hacerse cómplice de tanta injusticia, así es que sus razones para no hacer juramentos ni firmar leyes iban más allá de su fanatismo religioso.
Catalina suplicándole a Enrique

Hombres de Familia
Cromwell y un gatito

En la vida real, los dos Toms compartían muchas virtudes en común, pero Wolf Hall se esmera en demostrarnos que las circunstancias de ambos caballeros los hacen diferentes. Los dos eran hombres que habían ascendido socialmente por esfuerzo propio, eran abogados hábiles, poliglotas, padres devotos, creyentes en la educación de la mujer, amantes de los animales, dueños de un humor caustico, y preocupados por la corrupción en la iglesia católica. Mantel abarca todas estas características al fabricar al Buen Tom, pero las oscurece o adultera en su creación de Tom, El Malo.
Moro y un conejito

Me cae bien Anton “Qyburn”  Lesser, pero es la antítesis, hasta en el aspecto físico, de Tomás Moro. La mayoría conocemos a Moro por el retrato que Hans Holbein hiciera de él, y que he visto de cerca aquí en Nueva York, en La Colección Frick. Existe también otro retrato de la época de estudiante del santo. Ahí se divisa, que aun para los cánones modernos, era un hombre atractivo.

Para cuando Holbein pintó a More, este ya había pasado la barrera de los cincuentas, adquirido un par de arrugas y había engordado un poco. Pero aún podemos apreciar su rostro fuerte, de mirada inteligente, mentón partido, nariz larga y aguileña y grandes ojos oscuros. Una imagen muy alejada del Moro de Lesser, con esa cara arrugada como pasa, apariencia desaliñada y pelo grasiento. Lesser interpreta a Moro como si fuera una gallina vieja, un pedante intolerante, un abogaducho hipócrita que usa las leyes para adquirir poder y honores, y su posición para hacer daño en nombre de un fanatismo ciego y sádico. Su odiosa personalidad hasta afecta su vida familiar.


La serie nos presenta una cena que Cromwell comparte con los Moro que es un caos total. Aun el cariño de Moro por los animales es utilizado en su contra. Vemos un espectáculo de mala comida, mala compañía, animales paseándose por la mesa y molestando a los comensales, un bufón que habla disparates y una anfitriona borracha que incomoda a Cromwell con un interrogatorio sobre su vida sexual. Este circo no corresponde a la descripción de la vida familiar de Sir Thomas More que nos brindan los relatos de sus contemporáneos, las epístolas familiares, los escritos y la correspondencia del autor de Utopía.

Me duele que Cromwell sea descrito como un hombre afable, lleno de amigos y cuya casa estaba abierta para todo el mundo. Me duele más que los televidentes digan/crean que Tomás Moro era un hombre desagradable que no tenía ningún amigo. Basta leer las palabras de Erasmo de Rotterdam sobre quien el filósofo apodaba “El Dulce Tomás”.  “Parece nacido y formado para la amistad,” escribe el holandés.” Es un amigo fiel y duradero. Es accesible para todos”. More no gozaba únicamente de la amistad de europeos influyentes. El mismo Enrique VIII tenía la fea costumbre de dejarse caer (sin anunciar y con todo su cortejo) en Beaufort House, morada de los Moros, y marcharse tras vaciar la alacena.

Tomás Moro desaprobaba los males de su iglesia, pero creía que la reforma debía ocurrir dentro de la institución. Su distanciamiento de Wolsey se debió a su incomodidad con la moral relajada del prelado, no a mero oportunismo como lo cree Cromwell en Wolf Hall. En su momento, Sir Thomas se interesó en la idea de una Biblia en idioma seglar puesto que podría ser utilizada en una de sus más caras ambiciones, la educación de las mujeres. Mucho se ha escrito sobre los esfuerzos de Moro por educar a su ilustrada hija, Margaret, pero no se detuvo ahí.



Aparte de ser el profesor de Margaret More Roper, una de las mujeres más eruditas de su época, Tomás Moro promovió el estudio de idiomas y otras disciplinas entre las mujeres de su casa: sus otras hijas, Elizabeth y Cecily; su hijastra Alice Middleton; su ahijada, Anne Cresacre, que más tarde sería su nuera; y Margaret Gigg Clemens, hermana de leche de Meg Roper. El humanista estuvo muy unido a esas mujeres, sobre todo con las “Megs”. Margaret Clemens fue la única parienta a la que se le permitió asistir a la ejecución de su padre adoptivo y a ella se le entregó el cuerpo decapitado del mártir. Por supuesto que ninguno de estos detalles familiares forma parte de “Wolf Hall”.
Las "Megs" según Holbein







La novela, por otro lado, nos muestra a un Cromwell devastado por las muertes de sus hijitas, pero su amor paternal no alcanza para Jane, su hija ilegítima. A pesar de conocer su existencia, Dame Hilary se niega a hacer a Jane parte de su cuento. ¿Será porque la bastarda de Cromwell siempre fue ferviente católica?

El cazador de herejes
Michael Hirst fue un valiente al mostrarnos a Tomás Moro mandando herejes a la pira, pero cometió un error en “Los Tudors” al situar al Lord Canciller al pie de la hoguera de Simon Fish.  No existen documentos que indiquen que Moro haya asistido jamás a una ejecución y Simon Fish murió en la cárcel, víctima de la peste bubónica. Sin embargo, hay documentos, algunos de su puño y letra, donde el futuro santo se regocija ante la muerte de los herejes.



Aunque nos suene chocante ese regocijo, hay que situarlo en un contexto histórico. La persecución y exterminio de herejes era política de estado. Moro siempre trabajó dentro de los perímetros del sistema legal de su país. A partir de 1401, la ley inglesa consideraba la herejía como la peor de las sediciones y la castigaba con la hoguera.

Nos horroriza la idea de asar humanos, pero era una épica de suplicios atroces. A las adulteras y a los culpables de herejías se les achicharraba en la hoguera: a los envenenadores se les sumergía en calderos de agua hirviendo y a los traidores a la Corona se les colgaba sin ahorcarlos, para  luego dejarlos caer para finalmente “cuartearlos” (esto último consistía en castrarlos, destriparlos y arrancarles el corazón mientras aún estaban vivos).

En la época en la cual Tomás Moro fue canciller, seis hombres fueron a la hoguera:  Thomas Hitton, Thomas Benet, Thomas Bilney, James Bainham, Richard Baysfield y John Tewksbury. Se ha probado que Moro se involucró personalmente en los juicios de los últimos tres. Moro aprobó la quema de Hitton, el primer mártir reformista de Inglaterra, pero de Bilney dijo que era “bueno, leal y virtuoso” Lo que indica que, a pesar de su odio por los herejes, Moro no dejaba de reconocer la decencia de los mismos a quienes perseguía.

Veamos los casos de Baysfield, Tewksbury y especialmente del Maestre Bainham, que figura prominentemente en “Wolf Hall”. Los tres se habían retractado, habían huido al continente europeo y regresado a Inglaterra para reasumir su prédica pública. Paras Santo Tomás eran los más despreciables de los herejes. Los que fingían arrepentimiento para continuar propagando sus herejías, mofándose de la misericordia que se les había brindado. Como dijo Moro de Baysfield “¡Es un perro que regresa a donde ha vomitado!”
Martirio de Richard Baysfield

¿Por qué Tomás Moro se oponía tan vehementemente a la herejía? Hasta recientemente (y no solo en el cristianismo) se consideraba que la herejía ponía en peligro el alma de quien creía en ella. Además, durante el Renacimiento, se temía que la herejía pudiera socavar los cimientos de un estado. Como pacifista que era, Tomás Moro temía que un cisma religioso dividiese a Inglaterra y provocase una guerra civil como ocurriera en Francia y Alemania.



Moro estaba convencido de que extirpar las ideas herejes y exterminar a quienes las predicaban, era lo correcto, pero también creía en el poder de la contrición. En prisión escribió Dialogo del consuelo en la tribulación donde elogia el alivio que proporciona el arrepentimiento como una manera de evitar los peligros del infierno.  De los cuarenta herejes arrestados durante su periodo como canciller, treinta y cuatro no fueron ejecutados, y tres de los seis que perecieron en las llamas de la hoguera eran refractarios. ¿Qué pasó con los restantes?  Algunos murieron como Simon Fish, otros permanecieron en prisión, John Frith y Thomas Harding fueron ejecutados cuando ya Moro no era canciller, y muchos tras retractarse, nunca más reincidieron.

Habla bien del poder de convencimiento y la elocuencia de Moro, que tantos hayan rectificado (aunque fuera para salvar la vida). También tenemos el caso de William Roper, yerno de More, quien sinceramente se arrepintió de su apostasía gracias a la paciente intervención de su amado suegro. Hay una extraña escena en “Wolf Hall”.  El reincidente James Bainham (que Mantel convierte en abogado y amigo de Thomas Cromwell) ha sido arrestado nuevamente. El Buen Tom va a solicitar la ayuda de Tom, el Malo y por primera vez le otorga un poco de respeto. Reconoce los poderes de convencimiento de Moro y le suplica que convenza a Bainham de arrepentirse nuevamente. No llegamos a saber si Moro habló no con Bainham. Este último es quemado y Cromwell hace responsable al autor de Utopía. Lo cual queda en evidencia en el más irritante monologo de la serie cuando el Buen Tom hace a un lado la cara de póker y da rienda suelta a su ira sagrada.



 Ofuscado por la frase de Tomás Moro “No le hago daño a nadie”, El Buen Tom lo acusa de ser un hipócrita. “Y qué me dices de Bilney?” ruge Cromwell “¿Qué pasó con Bainham?” Acusa a Tom, el Malo, de haber torturado tan brutalmente a Bainham que el abogado debió ser llevado en andas hasta el patíbulo. Aquí parece haber un problema de secuencia. De acuerdo a la cronología de la serie, Bainham fue sometido a tormento en casa de Moro, tras lo cual se arrepintió. Semanas más tarde, gozando de plena salud y en plena misa, Bainham se puso a leer la Biblia de Tyndale a toda boca por lo cual fue arrestado. Es imposible que se le haya sometido nuevamente a tortura. El procedimiento era ajusticiar a los reincidentes inmediatamente.  Imposible que Moro hubiese vuelto a ponerlo en la rueda. En cuanto a Thomas Bilney, aunque se retractó por temor a la tortura, nunca fue sometido a ella. Su interrogatorio, juicio y ejecución tuvieron lugar en Norwich, bajo las órdenes del Obispo Dix. Tomás Moro tuvo muy poco que ver con su caso.

Una de las máximas de Dame Hilary Mantel es que el autor de ficción histórica siempre debe apoyarse en, al menos, dos versiones de un mismo evento. Ahora se contradice ya que toda su evidencia en contra de Santo Tomás Moro está basada en una sola fuente: El Libro de Los Mártires de John Foxe. Es sabido que el informe de Foxe está plagado de inexactitudes. El mismo autor confesó que sus informes estaban basados en rumores que corrían de boca en boca. En este caso, la boca le pertenece a un cura bandido llamado George Constantine que se dedicaba a la venta de libros protestantes en lo que hoy llamaríamos mercado negro. Moro lo aprendió y lo mantuvo prisionero en un galpón en su jardín.

 Constantine, quien a pesar de sus muchas mentiras nunca acusó a su carcelero de torturarlo, delató a todos sus conocidos que propagaban la Nueva Fe. Fue él quien denunció a Tewksbury, Baysfield y Bainham. Después, Constantin se las arregló para huir, provocando la risa de Tomás Moro. El futuro santo dijo que obviamente su prisionero había sido bien tratado y alimentado ya que tenía energías suficientes para librarse del cepo y saltar la barda del jardín.

El fugitivo huyó al Continente.  Tras la ejecución de Moro, regresó a Inglaterra y entró al servicio del desdichado Sir Henry Norris (uno de los acusados en el juicio de Ana Bolena). Ya en días de Isabel, Constantine se había vuelto delator de católicos y luego de tan ilustre carrera, se las arregló para morir en su cama. En sus días en Europa, Constantine comenzó a propagar un cuento de que en el jardín del canciller había un árbol al cual se ataban prisioneros para luego azotarlos.

Constantine juraba que vio a Tewksbury y a Bainham ser torturados. Curioso, porque para cuando ellos llegaron a casa de Moro, Constantine había huido. Bainham y Tewksbury fueron puestos en la rueda, pero eso ocurrió en La Torre de Londres y Moro no estuvo presente. Sin embargo, Dame Hilary Mantel nos quiere hacer creer que Tom, el Malo se había construido una cámara de tortura en su sótano, tal como hoy hay quienes instalan un gimnasio. Démosle crédito a la señora ya que es buena calumniadora.

En vida de Moro, sus enemigos hicieron circular el cuento del árbol y los azotes. A pesar de que se jactaba de cazar herejes, y sabía que la tortura en esos casos formaba parte de su sistema legal, él refutó esos rumores. En su Apología, confiesa haber apaleado a dos sirvientes por asuntos de religión, pero asegura que ese es todo el daño físico del que ha sido culpable en su vida.



Al borrar la línea entre lo real y lo imaginado, Hilary Mantel nos quiere convencer de que Tomás Moro era un fundamentalista de pelo sucio que andaba, como una Lady Melisandre cualquiera, quemando y torturando a los que le caían mal.  ¡Y vaya que tiene quien le crea!  Me he encontrado con páginas y sitios webs donde se habla de cómo Moro achicharró a cientos de herejes o como quemó (vivo) a Mathew Tyndale.  No los detiene ni a ellos, ni a Mantel, el hecho que Tyndale fuera ejecutado (en Bélgica) un año después de la decapitación de Tomás Moro, que murió estrangulado y que luego su cadáver fue presa de las llamas. 

¡Aun en la serie, Cromwell acusa a Moro de haber colaborado en el arresto y ejecución de Tyndale, que en ese mismo instante gozaba de buena salud! Toda esta pantomima nos ilustra sobre los peligros de la ficción especulativa. Sobre todo, si la autora asegura haber hecho sus deberes en lo que respecta a la investigación de hechos históricos.

Un santo recalcitrante
Aun así, a muchos les encantó que Wolf Hall sacara del closet a Tomás Moro y que se pusiera en duda su santidad. Como judía que soy no me siento con el derecho a exigir que se le quite la aureola.  Los santos no eran todos ejemplares. San Cirilo azuzó al pueblo a linchar a Hypathia; San Juan Crisóstomo era un antisemita total y San Olaf de Noruega fue un vikingo bruto. Para todos los efectos, Santo Tomás Moro fue un mártir que murió por proteger los intereses y el buen nombre de su iglesia. Por lo tanto, merece su espacio en el calendario.

Más allá de dogmas religiosos, siempre he admirado a Moro por su integridad, por luchar por el derecho del individuo a seguir los dictados de su conciencia, por negarse a permitir que lo atropellara un tirano y por no firmar ridículos edictos que beneficiaban a una ambiciosa y destruían la reputación de una mujer respetable. Nada de eso se manifiesta en” Wolf Hall”.



Los crímenes del Buen Tom
La superioridad moral que emana del sermón de Cromwell es incongruente. El sí empleó la tortura en múltiples ocasiones y no solo en la persona del músico Mark Smeaton. A juzgar por su comportamiento con los monjes cartujos y los pobres diablos del Peregrinaje de Gracia, el Señor Secretario tenía tejado de vidrio. ¿Entonces como andaba arrojando piedras? Pero la serie insiste en presentarlo como un ciudadano bonachón. ¿Cromwell el que instauró un estado-policial en Inglaterra? ¡Imposible!

En Wolf Hall, Cromwell consigue que Smeaton confiese sin necesidad de recurrir a la violencia. Su método es encerrar al músico en un cuarto oscuro. Aun así, muchos historiadores creen la versión de que Smeaton fue torturado. Hay dos fuentes que lo confirman, la Crónicas española de Eustace Chapuys y las declaraciones del poco confiable y siempre parlanchín John Constantin que como recordaremos, ya era empleado de Henry Norris. Dos motivos me llevan a creer que la tortura se hizo presente en ese interrogatorio. Mark Smeaton no era noble por lo tanto era el único del grupo al que se podía torturar y de los seis acusados fue el único en declararse culpable.
La Santa Monja de Kent

Este no sería el único crimen en el currículo de villano de Maestre Cromwell. Ya antes de su sermón, él había sido responsable de la indigna ejecución de la Santa Monja de Kent y la de seis monjes cartujos. Previo a su suplicio, los monjes fueron sujetos a condiciones horribles. Se les privó de comida y movimiento. Se les mantuvo encadenados a pilares, rodeados de su propio excremento. ¿Cómo se atreve Cromwell a sermonear a Moro cuando sus propias manos están inmundas?

Y por supuesto, están los crímenes que cometerá Cromwell más adelante: más monjes cartujos destripados;  la masacre de los líderes del Peregrinaje de Gracia,  que incluye la quema en la hoguera de lady Margaret Bulmer y el ahorcamiento del amigo personal del Buen Tom, Sir Francis Bigod; la muerte del Beato John Forrest, ex confesor de Catalina de Aragón y él único católico en ser quemado en la hoguera en Inglaterra,  y como acto final,  la ejecución (bajo una levísima evidencia de conspiración) de los últimos Plantagenet que acabaría en el martirio de una pobre anciana , la Beata Margarita Pole.

Últimamente, Dame Hilary Mantel parece estar sufriendo del Síndrome de George R.R. Martin. Lleva cinco años trabajando en el último volumen de su trilogía. Aun así, A Mirror of Light no parece estar siquiera cerca de ser terminado. ¿Será que la escritora no encuentra personajes para achacarles la culpa de los futuros crímenes de Thomas Cromwell? O quizás diga que esos crímenes son, como los cometidos contra Ana y sus supuestos amantes, actos de justicia. En la ambigua moral de estas novelas, “justicia “y “venganza” son sinónimos.

En “Los Tudors” Cromwell era implacable y cruel, pero no era un sádico. Tal vez por eso siempre me cayó simpático. Era un gran “fixer”, un Ray Dónovan renacentista. Lástima no poder decir lo mismo del Cromwell de Rylance, y no es culpa de actor. Dame Hilary ha retorcido la historia para poder conseguir que su protagonista emerja como un hombre tolerante y noble. Pero lo que consigue es un Cromwell rencoroso que destruye vidas en pos de mezquinas venganzas.

Me resultó repugnante el alivio del Buen Tom cuando Tom, el Malo, pierde la cabeza. Es tan inmaduro ese rencor que Cromwell siente por Moro debido a un desprecio que éste le hiciera cuando eran niños. Según Wolf Hall, ese incidente, que él santo no recuerda, es lo que lo llevara a la muerte. Moro debe pagar su esnobismo con su vida. Esta es una fábula donde todos pagan. 

Ana Bolena tomó parte en la caída de Wolsey. A los ojos de Cromwell, ella también debe pagar. En cuanto a los supuestos amantes, los cinco se han burlado de Cromwell, los cinco interpretaron roles en una pantomima anti-Wolsey (una obra que el Cardenal nunca vio). Que el castigo sea mayor que el crimen no parece molestar ni a Cromwell ni a su creadora. Después de todo, Dame Hilary arrastra su carga personal de neurosis y rencores infantiles. (Aconsejo la lectura del artículo “The Devil and Hilary Mantel”. En el, Patricia Snow identifica a los espectros de la infancia de la escritora y señala que rol han jugado en su narrativa).

La voluntad de servir a un tirano



No es accidental que “Wolf Hall” no coloque en la boca de Santo Tomás sus últimas palabras “Muero siendo un buen servidor del rey, pero  primero de D-s” En ese breve discurso Moro hace saber sus verdaderas razones para no acatar La Ley de Supremacía.  ¿Por qué iba comprometer su alma inmortal solo para servir a un tirano? Mal que mal, El Papado era la ONU de su época, un baluarte en contra de la crueldad de monarcas ineptos y hambrientos de poder como Enrique VIII.  

Hay quién creerá que Enrique Octavo independizó a Inglaterra, pero el único emancipado en este asunto fue el rey que de ahí en adelante no tuvo que rendirle cuentas a nadie. Más encima, auto-otorgándose una superioridad moral que no le correspondía, se convirtió en el guía espiritual de sus súbditos decidiendo lo que podían o no podían leer. ¡Eventualmente, y ante el horror del Buen Tom, Enrique se volvió un católico ortodoxo y comenzó a perseguir protestantes!



Para Tomás Moro estaba claro que a Enrique lo controlaban las gónadas. No quiso secundar a ese monstruo y estableció distancia, aunque esa distancia lo llevara al otro mundo. En cambio, Cromwell, estaba más que dispuesto a servir a un sociópata. El Buen Tom creía que le podía ponerle correa y collar al rey y usarlo a su antojo. Lamentablemente, Enrique cortó la correa y devoró al más leal de sus criados.

La serie “Wolf Hall “está bien actuada, posee atmosfera de época, visualmente es hermosa (a pesar de que a ratos es tan oscura que es difícil discernir lo que sucede), pero es tan tendenciosa que debo aconsejar a sus admiradores leer un poco más de historia antes de llegar a alguna conclusión. ¿Quiere eso decir que deseo más ficción sobre Los Toms?  ¡Para nada! Me parece que las excelentes interpretaciones de James Frain y Jeremy Northam, como los cancilleres, en “Los Tudors”, es un buen comienzo para poder conocer y comprender a estos individuos tan complejos e excepcionales.

Lo que me gustaría ver en ficción (es un antiguo capricho mío) es algo sobre “Las Megs”, Margaret More Roper y Margaret Giggs Clemens. Esta última no es tan conocida como su hermana de leche, pero es igualmente fascinante. Fue una gran matemática, experta en medicina natural, aparte de acompañar a su padre adoptivo al cadalso también asistió a los monjes a los que el Buen Tom torturaba. Es bueno recordar el valor, sabiduría y lealtad de estas mujeres que vivieron en una época en que los hombres dictaban las leyes y erraban al hacerlo