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lunes, 19 de abril de 2021

Recuerdos de Guerra: ¿Por qué fue inferior a su precuela? (Televisión del Ayer)

 


Una duda que tuve por años fue como “War and Remembrace”, con un elenco de lujo y un presupuesto el triple de lo que se había invertido en su precuela, pudo tener tan bajos ratings. Ahora, viéndola subjetivamente, con tres décadas de distancia, creo entender las razones que la hicieron inferior al menos en el corazón de teleaudiencia a “The Winds of War”.

Los mejores Cambios: Nuevo reparto y filmación en Auschwitz

Aunque fue chocante que “Vientos de Guerra” acabase de esa manera tan abierta, no lo fue para los lectores de War and Remembrace, la monumental secuela publicada en 1978. Los Niños de Verano tenían la opción de ir a comprar ese mamotreto y enterarse de las aventuras y desventuras de Henrys y Jastrows entre 1941 y 1945, incluyendo el saber quiénes sobrevivían al conflicto. Cuatro personajes importantes perecen, además de Hitler quien en la secuela será interpretado por Steven Berkoff. Primer actor judío que (antes de Taika Waititi) se atrevió a dar vida al Fuhrer.

A pesar de que la teleaudiencia ya conocía el desenlace de la saga de Herman Wouk, era impresionante ver un cuento en pantalla y no se escatimaron recursos para darle al público un gran espectáculo. Dan Curtis tenía dudas sobre esta secuela. No creía que existiesen suficientes navíos o aviones antiguos para recrear la Batalla de Midway. Fue su esposa quien lo empujó a aceptar el proyecto. “Enloquecerá si otro lo hace y no tú” fueron sus palabras.



El presupuesto fue entonces el más grande nunca empleado en una serie limitada, 140.000 millones de dólares (unos 200.000 millones de hoy en día). Con eso se pagaron sueldos de actores, se adquirieron implementos, se contrataron extras y se costearon viajes de locación. La filmación tuvo lugar nuevamente en los países anteriores a los que se agregó Francia y la ciudad suiza de Berna. Se llegó a filmar en Pearl Harbor y otros sitios de Hawái, y en las afueras de Montreal se recreó el invierno moscovita.

El mayor logró fílmico fue el rodaje en Polonia, siendo “Recuerdos de Guerra” el primer dramatizado en ser filmado en el campo de Auschwitz. Branko Lustig, sobreviviente del lager y quien ya había fungido de productor, volvería a hacerlo. Docenas de sobrevivientes del Holocausto solicitaron trabajo como extras en las escenas de Auschwitz. Tal vez como catarsis, tal vez como una forma de presentar testimonio. El gobierno polaco dio los permisos necesarios para la filmación exigiendo a cambio que en el libreto no se hiciese mención del antisemitismo polaco.

Una de las grandes sorpresa de esta prolongación de La Saga Henry fueron los cambios de reparto.  Curtis debe haberse sentido aliviado cuando Jan Michael Vincent anunció que estaba ocupado con su serie “Airwolf” y que no iba a arrastrar sus botellita al set de “War and Remembrace”. Lo reemplazó Hart Bochner. Todos los hijos de Pug fueron reemplazados, hasta Janice a quien ahora le daría vida una desconocida llamada Sharon Stone.




John Houseman estaba muy delicado de salud y fue reemplazado por el más que apto Sir John Gielgud, y Robert Morley se convirtió en “Talkey” Tudbury.  El cambio más espectacular fue el de la protagonista. Ya ni Curtis podía rebatir que una semi cincuentona como Ali McGraw no podía hacer creíble a la esplendorosa Natalie Jastrow-Henry. Se trajo a la esplendorosa Jane Seymour que con este papel volvía a coronarse como reina de las miniseries.



Se mantuvo a lo mejor del reparto. Un poco más viejos retornaron Polly Bergen, Peter Graves, la exquisita Victoria Tennant y Topol cuyo personaje de Berel Jastrow adquiere importancia en la serie gracias a que es capturado como soldado ruso por los alemanes. Es llevado a un campo de prisioneros rusos y polacos que Berel reconoce como el pueblo de su infancia, Oswiecim, ahora llamado Auschwitz.

A pesar de una conspiración demente para reemplazarlo por James Coburn, Robert Mitchum permaneció al timón de la Northampton y de La Familia Henry. Realmente no me imagino a otro en ese papel. por la misma razón por la que si realmente van a refritear este espinoso (en estos tiempo) material quisiera solo a Brad o a Clooney en ese rol.



Los Errores: Desde los horarios hasta “La pornografía del Holocausto”

Aunque se esperaba que el estreno fuese en 1989, se la adelantó un año antes.  Había conciencia de que quienes habían amado la serie ya habían esperado demasiado (¿Oíste Ser George R.R. Martin?). El hecho es que el primer episodio, de casi tres horas de duración, no tuvo la sintonía esperada. Histéricos, los productores se pusieron a tijeretear el producto con el resultado de que algunos capítulos quedaron más largos que los otros.

Para colmo después del primer episodio, la cadena ABC se tomó libre el lunes 14, reanudando la serie el martes15 y continuando hasta el jueves. Luego de una inexplicable puente que cubrió el viernes y el sábado, volvió la serie el domingo 20. Se saltaron el lunes, regresó martes y miércoles. De ahí vino un hiatos hasta mayo del ‘89. Es un milagro que algunos espectadores la hayamos visto completa

Aunque este desorden cronológico afectó el sentido de continuidad de todo amante de miniseries (algo desconocido hoy en el universo del binging), no fue la única razón para que los espectadores se alejasen de tan cara y prometedora historia. Muchos, como mi madre le tiraron la cadena en el segundo episodio. Las razones tienen que ver con contenido más que con detalles técnicos, y eso que también había problemas de audio. Muchos episodios no fueron grabados en sonido estéreo.



Herman Wouk se encargó de escribir un libreto para las escenas tipo documental y para las reuniones de alto mando. Dan Curtis, con la ayuda de Earl Wallace, se dedicó a la ficción, a lo dramático, a lo romántico. Todos exageraron la nota.

En el primer episodio, donde si cortamos los comerciales igual tenemos un espectador pegado casi dos horas a la pantalla, dedican media hora a una batalla en las costas filipinas, y otra media hora en reuniones de Hitler y sus generales. Media hora para ver a los machos Henry reunirse en Pearl Harbor y luego cada uno partir a pelear su guerra.

Pug recibe una carta de su esposa. Alterada por la noticia del bombardeo japones, Rhoda le suplica que olvide y perdone su infidelidad. El bobo de Pug le escribe una carta de despedida a Pamela que por suerte nunca llega a su destino. Entremedio, Berel es capturado y llevado a Auschwitz. Araron y Natalie, a quienes dejamos en un buque en Nápoles, están en espera a que zarpe rumbo a Palestina.



Aparece de la nada, Werner Beck, un ex alumno del Profesor Jastrow que les ofrece que retornen bajo su protección a Siena a la espera de una repatriación con otros estadounidenses. Aaron, que no tiene ni pizca de deseo de ir a Palestina, cae bajo el hechizo del adulador Beck y parte para Toscana. En otra de sus malas decisiones, Natalie lo acompaña, a pesar de las suplicas de sus compañeros de viajes y de Avram Rabinovitz (Sami Frey) el agente de la Aliyah (inmigración ilegal a Palestina) con quien ha hecho amistad.

El segundo capítulo es aún más rocambolesco. La primera hora es ocupada por un excelente filme de espionaje en Berna donde Leslie Slote se convierte en el protagonista de su propio cuento, y la segunda por una muy descriptiva visita de Himmler a Auschwitz en la cual Rudolf Hoess (Gunther Maria Helmer) debe probar la eficacia de su campo con la ejecución de un tren cargado de prisioneros holandeses.




Mi madre estaba casi roncando, aburrida de las estrategias de Hoess para quedar bien con su superior, pero cuando los perros nazis comenzaron a ladrarle a una niñita holandesa que se pone a aullar se tuvo que despertar. Lo próximo es que vemos a las mujeres, entre ellas a la niñita, correr desnudas y en pleno día por un prado ante los ojos de Himmler y s SS, rumbo a “las duchas”. Lo último es tener que ver como retiran los cadáveres y los arrojan (todavía no había crematorio) a unas zanjas.




En ese entonces (y hoy) la televisión abierta estadounidense no mostraba gente sin ropa. Ver desnudos frontales, pilas de cadáveres entre ellos varones fue muy chocante para mí. Mas para mi madre que dijo “hasta aquí llegue”. No fue la única, a la mañana siguiente, Sir Elie Wiesel escribió un airado editorial en The New York Times denunciando lo que calificó como “La Pornografía del Holocausto”.  

Aunque concuerdo con su shock, a más de 30 años de distancia y tras conocer la evolución del cine del Holocausto desde entonces, encuentro el episodio audaz y efectivo. Sabe manejar lo visual sin caer en dramatismos innecesarios y sin restar el pathos de la escena que incluso en un momento incomoda a Hoess quien al notar la fría mirada de Himmler se compone.

El haber creado la escena desde la perspectiva de los verdugos aumenta la sensación de crueldad de parte de estos. Ayuda también la estética. Todo ocurre en un día primaveral, los prisioneros llegan a un espacio verde, soleado, con árboles cargados de flores. Es comprensible que los holandeses no sospechen lo que les espera y obedezcan las ordenes tanto de los amables guardias nazis como la de otros prisioneros que por una vez andan en uniformes limpios y no en andrajos.



El problema es que estos episodio van seguidos, en la serie, por alguna reunión en la Casa Blanca o una batalla naval en el Pacifico obligando al espectador a cambiar su perspectiva y dejar atrás temas que merecen su reflexión.” War and Remembrace” nunca supo si quería ser lección de historia, documental didáctico o saga familiar y eso incomodó a más un televidente, que, como mi madre, apagó el televisor.

Oda la Infidelidad Femenina

Incluso los que habían invertido emocionalmente en la historia de los Henry, su dinámica familiar y sus romances, sufrieron una desilusión. Entre el libro y el guion pasaron a ser una familia disfuncional mantenida a flote por falsas expectativas. Yo lo resumo con un “la serie se convierte en una oda a la infidelidad femenina”.

Como dije ante, Víctor después de Pearl Harbor decide romper con Pamela y perdonar a su esposa adúltera. Pamela no recibe la carta y comienza un largo peregrinaje por el sur de Asia que espera la lleve a Hawái y a su Capitán Henry. En New York vemos a Rhoda celebrar las fiestas decembrinas en compañía de Palmer que continúa siendo su amante. Victor en babia.



En su obsesión de tener ojos en todos los escenarios del conflicto, Wouk convierte a Pamela en testigo de la caída de Singapur. Con eso le hace un flaco favor a Pam, no añade nada al libreto y realmente no debieron incluir este episodio en una serie que pide recortes a gritos.

En The Winds of War, el autor nos contó que ante de conocer a Víctor, Pam había tenido un largo y tormentoso affaire con un periodista ingles llamado Philip Rule. Comunista, infiel, bisexual y golpeador, Rule había abandonado a Pam por una bailarina soviética. Eso explica que ella se enamore de Víctor porque es lo opuesto a Rule.



Interpretado por Ian Shane, Rule aparece en la serie en Singapur. Los no-Lectores no están ya advertidos de sus grandes defectos. Mas encima, Pam hace creer que lo que la alejó de su amante fue la bisexualidad de este, no sus palizas. Rule incluso adquiere una dimensión heroica al ser uno de los pocos ingleses conscientes de que esa fortaleza inexpugnable está a punto de caer y por culpa de las torpezas del alto mando.

Talky parte a Australia dejando a su hija en la isla bajo bombas japonesas. Asustada y atrapada, Pamela se dedica a cuidar de Rule que ha sido mordido por un escorpión. En la noche de Año Nuevo, más por miedo y depresión que lujuria, Pam se mete en la cama con su ex. Un momento sin importancia que sin embargo la disminuye sin necesidad.  Es parte del leitmotiv de que la guerra crea tal caos mental que afecta las relaciones sentimentales. Pero aquí se llega al acabose.

Rhoda se entera que Pug y Pam están enamorados, termina con Palmer y exige que Pam no vuelva a ver a su marido. Acto seguido se enreda con un tal Coronel Harrison (Mike Connors). Pug y Pam saben que Rhoda sigue con sus escapadas. Pam se harta y se compromete con un tal Lord Berne-Wilkes. Pug le suplica que no se case, que algún día Rhoda le dará el divorcio y así se la llevan de Pearl Harbor a Moscú, de Hollywood a Londres. Sin embargo, las únicas fanfiction que he encontrado de esta serie son sobre Pam y Pug. Supongo que por ser la gran historia de amor creada por Wouk.



La situación llega a tener ribetes de farsa como cuando Rhoda borracha confiesa sus cuitas de amor al pobre y aburrido Pug. O cuando este debe compartir un coche dormitorio en un viaje en tren con el Coronel Harrison que no lo deja dormir, también lamentándose de no poder confiar en el amor de Rhoda

Es que el autor intenta abarcar todas las experiencias humanas que se viven durante un conflicto de esa magnitud. En el caso de Rhoda, el de las esposas frustradas, que no pueden estar sin un hombre. En el caso de su hija Madeleine, las jovencitas que amparadas por la falsa libertad que ofrece una guerra meten la pata y luego no saben cómo explicarle su error al verdadero amor de sus vidas.

El caso de Janice Henry es el de muchas esposas jóvenes que pierden al marido y se encuentran viudas y madres solteras antes de tiempo. Janice comete el error de involucrare sexualmente con el mayor rufián de la marina estadounidense “Lady” Aster (Barry Bostwick), el comandante del submarino de Byron. Un par de capítulos más adelante, Lady se da cuenta de que Janice está enamorada de su cuñado. Byron, por soledad y frustración, le planta un par de besos a la viuda de su hermano. Por suerte, Janice reacciona y se aleja de estos hombres tóxicos.



Los Jastrow en Theresienstad

Es muy difícil saltar de estos problemas domésticos y hasta cierto punto románticos a las espeluznantes escenas de campos de concentración, o la existencia llena de horror y zozobra que llevarán Aaron y Natalie en el “ghetto modelo” de Theresienstad. Otra grandeza de ‘War and Remembrance” es que es el único dramatizado que retrata la existencia en este lugar tan singularmente diabólico. Es en Theresienstad donde hay una reunión familiar de los Jastrow con Berel (ahora parte de la resistencia checa), es donde Natalie se separa de su hijo, donde Aaron encuentra una nueva identidad en la religión de su infancia mientras que su sobrina la haya en el sionismo.

Ver la serie de nuevo me hizo darme cuenta de las razones por las cuales se casó Natalie con Byron y por qué ese matrimonio no está construido sobre una base sólida. Byron es el único personaje que no evoluciona. A lo más, se vuelve moralista, criticando el comportamiento de su cuñada y de Pug (cuando finalmente se divorcia).

En su breve interludio marsellés sigue exigiendo de su esposa que sea la mujer audaz y despreocupada que fue antes de casarse. Llorando, Natalie le responde “pero entonces no teníamos a Louis”. Byron no nota que Natalie ha evolucionado, sobrevivido traumas que han modificado sus prioridades. Por eso el final abierto que les da el autor, adquiere otra connotación en la serie. No sabemos si Natalie quiere seguir siendo Mrs. Byron Henry o irse a Israel con Avram Rabinovitz.



En “The Winds of War”, Rabinovitz fue interpretado por el actor italiano Leonardo Brucetto, que lo representó como un judío bajito, canoso, mal trajeado. Fue con motivos ulteriores que lo reemplazaron por Samy Frey, ex galán del cine francés (y uno de la famosa lista de amantes de Brigitte Bardot).

Ayer volví a ver el final de la serie y me di cuenta en que difiere del libro. En el libro es un final abierto, al menos en lo que se refiere a Byron y Natalie. Por largo tiempo Wouk no supo qué hacer con la chica Jastrow. Cuando, todavía sin terminar War and Remembrace, alguien le pregunto: “¿qué va a pasar con Natalie?”, Wouk respondió “recen por ella”.



Wouk planeaba matar al personaje tal como lo había hecho con Aaron. Ambos eran culpables por sus malas decisiones, por su falta de visión, pero por sobre todo por su arrogancia de judíos seglares de ufanarse de estar por encima de su condición racial, cultural y religiosa. El autor solo pudo redimir al Profesor Jastrow enviándolo a la cámara de gas. ¿Como podía redimir a Natalie?  Solo haciéndola sionista, solo empacándola a Israel. La pregunta es quién sería su compañero en ese futuro.



Entre Byron y Rabinovitz

La novela comienza con los Jastrow a bordo de un navío que pretende romper el bloqueo británico y llevar su cargo de refugiados a Palestina. Es 1942 y la primera aliyah ilegal está en auge, pero también en su etapa más peligrosa. Los hombres que la manejan deben ser mitad agente secreto, mitad marineros, mitad contrabandistas.

Los lectores del Exodus de Leon Uris recordarán esta etapa en la vida de su protagonista Ari Ben Canaán. Avram Rabinovitz es su equivalente, aunque más simpático. En los día que faltan para que el barco zarpe de la bahía de Nápoles, Natalie y Rabinovitz llegan a un punto de amistad que les permite intercambiar confidencias.

Natalie admite su incomodidad ante el tener que ir a Palestina. Abandonó toda vida religiosa los 12 años, no tiene ningún interés en la creación de un estado judío. Reconoce que no le atrajeron nunca los pretendientes judíos que tuvo, abogados y médicos que la aburrían con sus vidas grises. No eran “hombres de acción” como Byron.



Ahí nos damos cuenta del motivo que empujó a Natalie a los brazos de Byron. Toda su vida adulta ha sido una búsqueda de aventura y de lo exótico, y a la vez una necesidad de vivir respetablemente sin estigmas que la separen del resto de la población. El matrimonio con Slote ofrecía eso, pero en su momento de mayor necesidad, el diplomático se acobardó y Byron dio la talla. Eso bastó para hacerle a Byron atractivo. Natalie no ha reparado en que Byron es inmaduro, muy diferente a ella y que la amable Familia Henry la ha recibido con menos alegría que los Windsor recibieron a Meghan Markle.



Avram le muestra a Natalie una fotografía de su esposa que fue asesinada por los árabes. Le dice que si lleva a Louis a Palestina “tu hijo será un hombre de acción”. Lo que nota Mrs. Henry es que Rabinovitz es un hombre de acción. No solo arriesga su vida en una empresa peligrosa también es el único que sabe acabar con las convulsiones de un afiebrado Louis. Avram Rabinovitz es lo que en ese momento necesita Natalie.



Aun así, cuando Aaron petulantemente anuncia que se acogerá al amparo del nazi Beck, Natalie lo sigue como borrego. A punto de subirse al automóvil de Beck, Natalie le pregunta a Avram “¿Hago lo correcto?”. “Ya está hecho” le responde él y ella se despide besándolo en los labios.




Unas semanas más adelante, Beck revela sus oscuras intenciones, quiere que Jastrow haga una emisión radial tipo Ezra Pound en beneficio de los alemanes. Natalie se pone de acuerdo con los Castelnuovo, la familia del pediatra de Louis, para abandonar Italia. Mandan aviso a Avram quien ya ha regresado de dejar su nave y su cargo en Tierra Santa.

Así se organiza una huida que lleva a los Jastrow de Italia a Elba, y de ahí a Córcega. En el viaje, la belleza de Natalie atrae a un joven pescador que es hijo de los Gaffori la familia con la cual se hospedan. Llega Rabinovitz y toda su visita está repleta de detalles decidores sobre el cambio de la relación de Natalie con el rescatista, desde que se niegue a que la vea en fachas toda mojada por estar bañando a Louis hasta que le muestre que su bebé ya puede caminar y que Louis salude al judío con un “Daddyyy”.

El punto culminante es cuando, con la excusa de mostrarle el paisaje, Natalie se lleva a Avram a un paseo solitario. Con mucha coquetería le cuenta de los acosos del joven pescador. “Temo una noche encontrármelo en mi cuarto” dice haciendo ojitos. Para Rabinovitz esto es un contratiempo. Los Gaffori son fundamentales en su red de rescate, no puede pelear con ellos.

Desaprensiva como siempre, Nathalie sigue suplicando y lanzándole miradas incendiarias que el judío reprocha. “Pero es que no temo encontrarte a ti en mi cuarto una noche” contesta la audaz señora Henry. Es en estas escenas donde más nos alegramos de que Ali haya sido reemplazada por una Jane Seymour que pone belleza y sensualidad al servicio de su personaje (sin mencionar que es mejor actriz que su predecesora).



Rabinovitz encuentra una solución y se lleva a Los Jastrow a Marsella donde los hospedan los Mendelson. Es en ese entono judío que Natalie recuerda que habla yiddish, cocina patillos tradicionales y enciende las velas del Shabbath. Parte de ese encuentro con sus orígenes es una alteración en su amistad con Avram.

En el libro, Wouk que es un tremendo puritano se apresura a decirnos que, aunque Rabinovitz gusta de la americana no tiene designios oscuros respecto de ella. Natalie también en miradas retrospectivas se hace la inocente, pero cuando le pide que busquen un sitio para estar a solas, se dice a si misma que no sabe por qué lo hizo. La serie no hace caso de remilgos y para cuando Rabinovitz y Natalie deciden encontrarse a solas en el cuarto que él renta, tenemos claro qué tipo de cita va a ser esa

Entonces, Wouk provoca el twist argumental más inconcebible posible. ¡Hace que aparezca Byron! ¿O sea, como se explica que Byron que está peleando en el Pacifico cruce océanos y continentes para aparecerse en Marsella como mensajero trayéndole unos documentos al cónsul estadounidense? A Natalie no le importa, se lanza a los brazos de su marido y a Rabinovitz que lo parta un rayo.



Byron, el “hombre de acción”, quiere llevarse a Natalie y al niño. El cónsul estadunidense le recuerda que los Jastrow no tienen documentos, si los detienen los alemanes será su fin. Natalie antepone su amor de madre a la loca idea del marido. Byron está decepcionado. esta no es la mujer que se casó con él.

El cónsul intenta tranquilizarlos con el viejo cuento que venimos oyendo desde “Winds of War”: “esto se arreglará en unos días”. Efectivamente, Byron se marcha, los Aliados desembarcan en Casablanca y los alemanes invaden la Francia de Vichy. Los Jastrow quedan atrapados y comienzan a dar tumbos por Europa lo que los lleva primero a Theresienstad y luego a Auschwitz.

En 1945, los soldados de Patton encuentran a Natalie calva, andrajosa y desnutrida bajo un vagón de tren en la estación de Buchenwald. Será Avram Rabinovitz quien les confirmará las autoridades que se trata efectivamente de Natalie Henry, neoyorquina, esposa de un oficial de la marina de los Estados Unidos. Y cuando Byron consigue regresar a Europa, es Rabinovitz quien le relata la ordalía de la mujer y las intenciones de Natalie de irse a Palestina.



Cuanto más recuerdo el texto y veo la serie, más me queda la impresión de que Byron no entiende ni lo vivido por su mujer ni la transformación que ella ha sufrido. Lo único que él ha sacado en claro de la guerra, es que no le gusta ser oficial. En sus encuentros con Natalie no hablan de lo vivido por ella (el libro es más grafico sobre sus sufrimientos incluyendo torturas que sufrió en Auschwitz). Natalie habla de otros haciendo hincapié en lo religioso que se puso Aaron antes de ser ejecutado, o del cambio increíble experimentado por Leslie Slote. Es como si hablase con un extraño no con un amigo o esposo.

Por supuesto, Byron se anota un gol al encontrar a Louis. La escena final del libro tiene ese encuentro entre madre e hijo en presencia de Byron y Rabinovitz. El libro nos cuenta que el catatónico Louis despierta de su mutismo reconoce a su madre y junto a ella entona la nana “Pasas con almendras” En ese momento, describe el autor una luz que ciega a los hombres presentes. Se ha reconocido esa luz como una metáfora para el poder del amor maternal. Pero para mí lo interesante es que Wouk deja el final abierto. ¿A quién escoge Natalie?  ¿Qué camino tomarán ella y su hijo?

Dan Curtis, en la serie, nos da un final diferente. Byron se sienta al lado de su esposa e hijo y Natalie lo besa en los labios ante la mirada de Avram Rabinovitz. Sin embargo, yo no apostaría mucho a esa reconciliación.



Los Verdaderos Héroes de War and Remembrance

Quiero acabar hablando del tema del heroísmo. No hay narrativa bélica que no tenga inesperados héroes y actos de heroísmo y “War and Remembrance”no es excepción. Tenemos ejemplos del sacrificio máximo con la muerte del aviador Warren y del capitán de submarinos “Lady” Áster. Byron se desempeña bien en su guerra del Pacifico, pero Victor está apagado. No es el mismo hombre que sobrevoló Berlín en un bombardero, ni el que recorrió un frente ruso con pamela al costado y tanques alemanes en frente, ni el que envió al mismísimo Mariscal Göring a meterse su soborno en el trasero.

Aunque veamos a Victor ascender hasta almirante, perder otro navío en servicio activo y seguir gravitando hacia frentes de guerra, su heroicidad desaparece. Tal vez sus dramas domésticos lo han convertido en un personaje de farsa, tal vez su incapacidad de tomar decisiones sobre su vida romántica y dejar que sean sus mujeres las que lo hagan, le den una dimensión bufonesca. O tal vez es que Pug no llega nunca al espacio donde realmente se forjan los héroes de esta miniserie: la guerra en contra de los judíos que nos proporciona tres grandes héroes.



Aunque admiramos a Aaron Jastrow quien al final de sus días recobra dignidad y coraje gracias a su fe o a Sammy Mutterperl John (Rhys-Davies) quien harto de ver nazis matando judíos, agarra una metralleta y mata cinco SS antes de ser ultimado, el verdadero heroísmo es el que abarca a otros seres humanos, el que nace del rescate, de la defensa de los más débiles.

 Uno de ellos es Berel Jastrow. Vemos al humilde panadero construir crematorios, decir un kaddish por Mutterperl, huir de los campos, unirse a los partisanos, contrabandear filmes de atrocidades y hasta contrabandear a Louis fuera del ghetto-modelo. La muerte de Berel protegiendo a Louis de las balas alemanas es un acto insuperable de heroísmo.




Sin tener que morir en el ejercicio de su heroicidad, Avram Rabinovitz representa otro aspecto del coraje desempeñado en el Holocausto. Los contrabandistas de refugiados debían tener nervios de acero, reflejos rápidos y mucha astucia para lidiar con el bloqueo inglés, con los nazi, con las autoridades de países neutrales y con mares turbulentos y navíos que se caían a pedazos.

Como nos muestra la serie, Rabinovitz debe saber recolectar colaboradores, judíos y gentiles, crear redes para contrabandear su preciosa carga, y lidiar con los caprichos y miedos de esta. Sus vidas estaban en constante peligro y sin embargo sabemos tan poco sobre ellos. Es un mérito de la novela y serie que nos hagan conocer este capítulo olvidado del heroísmo judío.

El ultimo personaje ni siquiera es judío, pero da su vida por ellos. Al comienzo de “The Winds of War”, Leslie Slote es un personaje irritante, un ejemplo del entitlement. Diplomático de carrera, graduado de la Ivy League, hijo de familia prominente, ama a Natalie, pero no lo suficiente para arriesgar su futuro cargando con una esposa judía. Slote representa el antisemitismo solapado de la clase alta estadounidense de fines de los 30.



En la Campaña de Polonia pierde toda esa seguridad condescendiente con la que busca apabullar a Byron, cuando pierde el coraje bajo las bombas alemanas. Aunque se redime en el episodio de las salida de diplomáticos de la Varsovia, Slote ha perdido atractivo para Natalie. No es el “hombre de acción” que ella busca.

Al final de “The Winds of War”, Slote está en Moscú y recibe la visita de Berel Jastrow quien le proporciona fotografías de las atrocidades nazis. El Departamento de Estado estadounidense no se interesa por las fotos. Slote toma una decisión audaz y envía el material al New York Times. El periódico lo publica en algún lugar perdido de su inmenso caudal de páginas.

Quienes si lo leen son los superiores de Leslie Slote quien es degradado y enviado a un oscuro puesto en el consulado de Berna. Es en Suiza donde Slote comienza a vivir su propio cuento al ser contactado por el millonario judío Samuel Ascher, su enigmática hija Selma y su invitado el Padre Martin, un sacerdote germano, miembro de la resistencia alemana.



Es el Padre Martin quien proporciona al diplomático documentos sobre la Conferencia de Wansee y la Solución Final. Los jefes de Slote no creen en ellos y exigen mayores pruebas. En camino a dárselas a Slote, el sacerdote es asesinado. Los Ascher deciden abandonar Europa y refugiarse en USA.



Entretanto, Slote ha seguido entrevistándose con Selma. Al comienzo, se acerca ella porque le recuerda a Natalie, pero pronto se da cuenta que son muy diferentes. Intercambian besos, parecen estar enamorados, pero Selma le explica que va camino a Nueva York a casarse. Siguiendo las antiguas tradiciones ha permitido que su padre le arregle un matrimonio con un joven ortodoxo. No es lo que su corazón le dicta, pero si su conciencia. Es lo que debe hacer una buena judía en ese momento.




Será la influencia de estas dos mujeres las que establezcan el camino de Leslie Slote en el futuro. Es convocado por Washington para colaborar con un “departamento” que supuestamente se ocupará de la ‘cuestión judía”. Slote se da cuenta que se trata de una operación decorativa y los que están a cargo son tan antisemitas como los nazis. Renuncia a su empleo y se enrola en la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) donde es entrenado para operaciones de comandos. Es lanzado en paracaídas sobre Bretaña en 1944 y muere en una escaramuza en contra de los alemanes.

En mi repaso por “Recuerdos de guerra” encuentro que son los arcos de estos héroes los que más hacen atractiva la serie. A diferencia de lo que me ocurrió con mi vistazo “moderno” de “Vientos de Guerra”, no me enganchan ni los romances ni los relaciones personales. En su afán de ganar una guerra y recorrer el mundo para lograrlo, los personajes se han vuelto acartonados e incomprensibles como en el caso de Rhoda.

Obvio que esto no se aplica a la saga/ordalía de los Jastrow, pero reitero su historia no sería tan pasmosa si no se entrecruzara con la de Berel, Rabinovitz y hasta con la de Slote. Mi conclusión es que tal vez la trama funcionaria mejor si solo se enfocara en los aspectos europeos. Aun así, para quien no la haya visto, es un espectáculo fascinante y para los lectores de la obra de Wouk es un homenaje al texto en su recreación total, lo que paradójicamente es la gran falla de la serie y también su mayor mérito.

La pregunta del millón sigue siendo cómo se la puede refritear. ¿Qué solución ofrecen ustedes y que actores les gustaría que interpretaran a los protagonistas de esta obra?

 

 

 

martes, 3 de diciembre de 2019

Las Miniseries Épicas del Siglo XX: El triunfo de lo histórico (II)



En mi entrada anterior describí el fenómeno de la miniserie épica que tanto influyó en la imaginación popular del público estadounidense y hermoseó la televisión de las últimas tres décadas del Siglo XX. También hablé de como la miniserie épica sirvió para recordar la contribución de los emigrantes a la Unión Americana. Otro modo en que la miniserie épica nos benefició fue en sus lecciones de historia, pero ya entrando en su periodo de decadencia, se enfocó más en personajes faranduleros y del jet set.

Como dijera anteriormente, las tres características principales de la miniserie épica fueron a) limitación a determinado número de capítulos; b) estar basada en algún tipo de literatura y c) tener lugar en el pasado. Debido a eso, las mejores miniseries épicas fueron históricas. La miniserie de ese periodo se puede dividir entre las situadas en el periodo clásico; la historia europea pre-siglo XX; la Guerra de Secesión y la Segunda Guerra Mundial.

El Lado Epico de los Presidentes
Antes de comenzar a explorar estas avenidas históricas querría retroceder al final de mi entrada anterior. Al hablar de la experiencia irlandesa en USA, hice alusión a la media docena de telefilmes y miniseries que rindieron culto a John Fitzgerald Kennedy y a su familia. Ocurrió algo parecido con otra “realeza” política estadounidense: Los Roosevelt. Aunque Theodore Roosevelt todavía no ha ameritado una biopia que lo retrate en todas sus dimensiones, diferente es el caso de su sobrino Franklin Delano Roosevelt, otro presidente que ha adquirido un aura heroica en la ficción.

Después de haber interpretado a Roosevelt en su juventud en el filme “Sunrise at Campobello”, Ralph Bellamy volvió a sentarse en una silla de ruedas y a ponerse la boquilla entre los labios para ser FDR en “The Winds of War” y en “War and Remembrance”. Sin embargo, Roosevelt y su esposa, la infatigable Eleanor, merecieron su propia épica en “Eleanor and Franklin” (1976), una bellísima y fidedigna recreación de la vida de estos fascinantes primos, de su entorno, de su compromiso, boda y primeros años de matrimonio.

Edward Hermann tuvo a cargo la tarea de encarnar a un FDR joven y prometedor. Jane Alexander lo superó como la poco agraciada prima que se convertiría en su compañera, y en un referente positivo para su generación y las siguientes. Un año más tarde vendría la secuela “Eleanor y Franklin: Los años de la Casa Blanca” (con subtitulos en español)  que cubriría todos los gobiernos de FDR hasta su muerte prematura en 1944. En total, ambas series cosecharían 18 Emmys.



Aprovechando este interés nostálgico, la ABC presentó un proyecto diferente que combinaba la fascinación por lo que sucedía en la Casa Blanca a puertas cerradas, con el éxito alcanzado en la televisión gringa por la serie inglesa “Upstairs, Downstairs”. La idea era mostrar la vida familiar de los presidentes a través de la óptica de sus criados. Para mayor ventaja esto es vincularía con el auge de programas televisivos dedicados a los afroamericanos puesto que “Backstairs at the White House” (1979) se inspiraba en el libro de Lillian Rogers y en el diario de Adele Rogers, madre de la anterior. Ambas obras describían el servicio doméstico de Las Rogers en la Casa Blanca por más de tres décadas.

Olivia Cole y Leslie Uggams (las dos habían tenido roles importantes en “Roots”) dieron vida respectivamente a Maggie y a Lilian, y una plétora de reconocidos actores se encargó de encarnar a todos los presidentes de Estados Unidos desde William Taft hasta Eisenhower. La serie fue muy exitosa y ameritó once nominaciones a los Emmy (solo ganó como Mejor Maquillaje).

Con esa serie se cubrió la épica de la nación desde el punto de vista de sus gobernantes, ¿pero ¿qué ocurría con los pioneros? ¿Con los grandes próceres del siglo XIX y sus antecesores los Padres de la Independencia de los Estados Unidos? Pues, medio siglo antes de la aclamada “John Adams”, tuvimos “The Addams Chronicles” (1976), tan insípida que nadie la recuerda. La realidad es que los Addams serían muy influyentes, pero aburridos.

Barry Bostwick dio vida al primer presidente de la Unión Americana en “George Washington” (1984). La serie tuvo una acogida respetable y seis nominaciones a los Emmy. ¡Cielos! No ocurrió lo mismo con su secuela “George Washington: The Forging of a Nation” que obtuvo uno de los ratings más bajos alcanzados por una miniserie épica.

Parecía como si los presidentes pretéritos de Estados Unidos no fuesen lo suficientemente épicos para miniseries. Thomas Jefferson solo mereció una miniserie inspirada por sus escapadas sexuales con una esclava. Así tuvimos a Sam Neill y a Carmen Efogo en “Sally Hemmings:  An American Scandal” en 1998.Algo parecido ocurrió con el general/presidente Eisenhower. “Ike: The War Years” (1998) giraba en torno al affaire, durante la guerra, del futuro mandatario (Robert Duval) y su chofer (Lee Remick).

Abe Lincoln era tan honesto que ni para escándalos daba, pero su figura inconfundible aparecía encarnada en miniseries sobre la Guerra de Secesión como en “North and South” donde lo interpretó Hal Holbrook y en “The Blue and the Gray” donde le dio vida nada menos que Gregory Peck. Fue solo en 1999 que Sam Waterston protagonizó una miniserie dedicada nada más que a Honest Abe, “Lincoln”, basada en la biografía de Gore Vidal.

Cuando la Miniserie Daba Clases de Historia
Es de imaginarse que la historia de una nación relativamente joven, sobre todo su primer siglo de vida proporcionaría amplio material para miniseries épicas. Curiosamente, para el país de los westerns, el mundo de los vaqueros no tuvo mucha presencia. Las miniseries más recordadas son “Centennial” (1976) “Buffalo Girls” (con Anjelica Huston como Calamity Jane) y” Lonesome Dove” (1989).

Si alguien se puede envanecer de habernos enseñado el lado épico de la historia estadunidense decimonónica fue John Jakes cuyas series de novelas serian adaptadas a lo largo de los 70 y 80. Se comenzó adaptando “The Bastard” en 1976. El tremendo éxito de la historia de Philip Kent que, de campesino francés, pasa a bastardo de un duque inglés y luego patriota en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, llevó a seguir las aventuras de Philip en “The Rebels” en 1978. Pero “The Seekers” que narraba las aventuras de los nietos de Philip pasó sin pena ni gloria y acabó con las adaptaciones de la larga saga de la Familia Kent.

Sin embargo, Jakes tenía muchas historias que contar. En 1986, la NBC nos pasó “North and South” basada en la primera novela de su trilogía. La historia gira en torno a dos amigos y camaradas de West Point: Orry Main (Patrick Swayze), hijo de un dueño de plantación del Sur, y George Hazard (James Read) proveniente de una familia de industriales de Pennsylvania. La serie nos muestra sus vidas, sueños, amores, y nos presenta sus familias. Importantísimo es el villano Elkanah Bent (Philippe Casnoff), que desde West Point se las tiene jurada a Orry y a George, y tendrá muchas oportunidades para vengarse.



“Norte y Sur” fue un mega éxito, se la sigue catalogando como la séptima miniserie más vista de la historia y ganó un merecido Emmy por vestuario. Al año siguiente, siguió la saga con una adaptación del segundo libro que narra los efectos de la Guerra de Secesión en las vidas de los Main y los Hazard. Un acierto fue que los escritores dejaron vivo a Orry al final, en vez de matarlo como en la novela. Orry moriría al comienzo de la adaptación de la tercera parte “Heaven and Hell” (1996) l y eso contribuiría (también que habían pasado ocho años desde la miniserie original) a que esta versión no tendría el éxito de las anteriores.

Épica y magnifica como fue “North and South”, hoy recibiría muchas críticas por su enfoque histórico sobre todo en el tema de la esclavitud. A diferencia de historias étnicas como “Roots”, su visión de la esclavitud bordeaba en la de “Lo que el viento se llevó”. Había esclavos buenos y devotos y otros malos y alborotadores. David Carradine interpretaba a un perverso dueño de esclavos lo que contrastaba con los benévolos Main cuya plantación también era sostenida por el trabajo obligado y no remunerado de negros. Aun antes de saberse hija de mulata, la heroína Madeleine (Lesley Anne Down) era gentil y cariñosa con los esclavos.


En cuanto a los abolicionistas, tanto personajes reales como John Brown (Johnny Cash) o ficticios como Virgilia Hazard (Kirstie Alley) eran retratados como fanáticos. Virgilia era tan histérica y peligrosa que en la serie prefirieron matarla porque ya era casi villana. Estas ambigüedades aparecerían en casi todas las miniseries sobre la Guerra de Secesión de los 80, principalmente en la adaptación de Beulah Land de Lonnie Coleman.

Beulah Land fue un tipo de novela muy de moda a comienzos de los 70 que combinaba el género “magnolia y luz de luna”cuyo mejor ejemplo es GWTW con otro tipo de ficción, las novelitas eróticas tipo Mandingo. Yo aprendí inglés y todo sobre kinky sex gracias a Beulah Land. La serie en cambio (a la que le rebajaron la mitad del sexo presente en el libro) se concentró en imitar la obra de Peggy Mitchell, con fieles y felices esclavos y una heroína (Lesley Anne Warren) que sobrevivía infidelidad propia y de su esposo, traiciones, violación, ect. Todo para luchar por una plantación que ni siquiera era de ella y que casi perdía por culpa de los perversos yanquis (quienes solo violaban a exesclavas).


Oh y su hermana (Meredith Baxter) que era villana se redimía atendiendo heridos en Atlanta, y debía huir de la ciudad y de Sherman arrastrando, no una cuñada recién parida, pero si un yerno que había perdido la vista. Ya eso fue como mucho para mí en una serie que como dijo Joan Hanauer “tiene algo que ofende a casi todo el mundo”.

La Fascinación con la Segunda Guerra Mundial
Nunca he entendido porque la miniserie épica se concentró solo en dos conflictos de la historia estadounidense: La Guerra de Secesión y la Segunda Guerra Mundial. Entre 1975 y 1995 no se hizo ninguna miniserie sobre la Guerra con México, sobre La Guerra del 98, La Primera Guerra Mundial, ni siquiera Vietnam, aparte de “A Rumor of War” que no tuvo mucho éxito, era bastante aburridita. Fue a finales de los 80 cuando aparecieron series de televisión como “Tour of Duty” o “China Beach” que la guerra en Indochina adquirió niveles épicos.

Incluso la guerra en el Pacifico recibió menos atención que el teatro de acción europeo. En 1977, tuvimos “Pearl” cubriendo los eventos que llevaron al ataque japones en Hawái. Mas melodrama que historia, sus escenas del bombardeo fueron robadas del filme épico “Tora, Tora, Tora”.

Aun así, me gustó más” Pearl” que la adaptación en formato de miniserie del clásico de James Jones “De aquí a la eternidad” (1979). Como el filme, la miniserie se concentró en las escenas de cama de William Devane y Natalie Wood, en los roles de Burt Lancaster y Deborah Kerr. Aquí faltaron las sólidas actuaciones de Montgomery Clift, Frank Sinatra y Ernst Borgnine. Aun así, tuvo tanto éxito que se intentó convertirla en serie de televisión, pero no pasó de una temporada.

Debido a que los 70 fue una época de nostalgia de los 40, se adaptaron muchas novelas que tenían lugar en ese tiempo y más de una miniserie épica cubrió las experiencias bélicas de los protagonistas, esos fueron los casos de las novelas de Anton Myrer “Once an Eagle” y “The Last Convertible” En los 80s se siguió  esta  tradición con adaptaciones de sagas familiares de novelistasdel género rosa como  Judith Kranz (“Crossings”y “Mistral’s Daughter”)  y de Danielle Steele (  “The Jewels” y “The Ring”) .


Pero en 1983 llegó la gran miniserie épica sobre la Segunda Guerra Mundial y la que muchos creen fue la mejor miniserie de ese tiempo. Herman Wouk había creado no solo la gran novela americana sobre el conflicto con su The Winds of War y War and Remembrance, también había llegado un peldaño menos que La Guerra y La Paz de Tolstoi con su saga de La Familia Henry, típica familia (militar) estadounidense.

 Cuando a Víctor Henry (Robert Mitchum) lo mandan como agregado naval a Berlín en 1939, su familia compuesta por su frívola esposa (Polly Bergen) y su hija adolescente (Lisa Eilbacher), ni se espera una guerra ni el papel que jugarán en ella. Tampoco se lo esperan los otros hijos.  Warren (Ben Murphy), el mayor, que ha cumplido con todas las ambiciones de la familia ahora es un oficial de marina como su padre. 

El otro protagonista de la novela es Byron (Jan Michael Vincent), la oveja negra de la Familia Henry. Byron, que no encuentra su lugar en el mundo está pasando sus vacaciones de verano en la Italia fascista como asistente del famoso novelista judío Aaron Jastrow (John Houseman). Así conocerá a Natalie (Ali McGraw), sobrina de Aaron, que se convertirá en su gran amor.



La adaptación fue primorosa. A pesar de que la novela acaba con el ataque de Pearl Harbor, no escaseaban las escenas de batalla. La invasión de Polonia es vista a través de los ojos de Byron y Natalie quienes han llegado a visitar a los otros Jastrow, la familia de Berel (Topol), hermano de Aaron. En Berlín, los Henry tienen acceso a la corte hitleriana, pero también son testigos de la persecución de los judíos.

Byron y Natalie en Polonia

El casto romance de Víctor con la joven inglesa Pamela Tudsbury (Victoria Tennant) le permite experimentar el Blitz de Londres. Ese romance los seguirá en un reencuentro en la Rusia estalinista. Berel Jastrow quien con su familia está viviendo en la parte de Polonia ocupada por los soviéticos, se ve nuevamente en peligro tras la invasión alemana y decide unirse a los partisanos.
Victor y su amor prohibido por Pamela

Byron tras ver como los alemanes se comportan en Europa, está seguro de que USA debe entrar a la guerra. Vuelve a su país y se enlista en la marina. Tiene un breve interludio con Natalie en Lisboa que les permite casarse, pero Natalie, que es ciudadana americana, no quiere abandonar a su tío que no lo es y regresa a Italia donde dará luz a Louis, el hijo de Byron. La serie acaba con el ataque a Pearl Harbor en el que se hunde el barco del cual Víctor es capitán.
Natalie atrapada en Italia con su hijo

Filmada en Croacia, Italia, Viena, Múnich y Londres,” The Winds of War” fue un exitazo, cosechando múltiples nominaciones al Emmy y ganando estatuillas por cinematografía, vestuario e iluminación. Un único problema fue el reparto.  Jan Michael Vincent y Ali McGraw eran demasiado viejos para sus roles. Jean Michael se la pasaba borracho y Ali, con sus morisquetas, parecía estarse auto parodiando. Hubo que decidir si eran dignos de integrar el elenco de la próxima adaptación. Otro problema fue John Houseman quien falleció tras interpretar a Aaron Jastrow.

En 1986 la BBC estrenó “War ad Remembrance”. Sir John Gielgud ganaría un Globo de Oro por su maravillosa interpretación de Aaron Jastrow. Jane Seymour seria nominada por su espectacular interpretación de Natalie Jastrow Henry, y Hart Bochner hizo un competente trabajo como su marido Byron. 

Sin embargo, y aun siendo ganadora de tres Emmy, “War and Remebrance “fue un mega fracaso en sintonía. A pesar del inmenso presupuesto, de ser la primera obra de ficción visual filmada en Auschwitz, a pesar del éxito del libro, a pesar de que el mismo Wouk escribió el guion, a pesar de las soberbias actuaciones “Recuerdos de Guerra” cometió el error de no tratar a la miniserie como tal.

Parece una ironía, pero “Vientos de Guerra “duró siete días consecutivos. Cada noche, al acabar cada episodio sabíamos que al día siguiente continuaría. “Recuerdos de Guerra” duró 30 horas divididas en una docena de entregas (dos más que “Band of Brothers”). Eso es lo que hoy llamaríamos una temporada. El público no estaba acostumbrado a ese ritmo. Agréguenle que decidieron, por no sé qué peregrina razón, no ofrecerla ni los sábados, ni los lunes. La teleaudencia perdió ese hilo de continuidad al que las miniseries los habían acostumbrado.

Mas encima, el apegarse al libro, el intentar cubrir todas las variaciones del tema de la Segunda Guerra Mundial, el seguir a cada personaje en un continente y espacio diferente (Victor y sus hijos en el Pacífico, su mujer en USA teniendo un affaire con un científico involucrado en el Proyecto Manhattan, los Jastrow gravitando de país en país en la Europa Ocupada hasta caer en Auschwitz, y hasta Pamela atrapada en Singapur) hacia la acción más lenta y por ende poco interesante.

El primer episodio fue tres horas tan ocupadas en mostrarnos a cada personaje en su espacio geográfico que no pasó nada importante. Ahí mi padre se descolgó de la serie y eso que era un enamorado de los libros. Mi Ma aguantó hasta el segundo o tercer capítulos donde ver pilas de cadáveres de judíos azulencos y cubiertos de moscas la hizo retroceder asqueada. No fue la única, Sir Elie Wiesel escribió un airado editorial en The New York Times denunciando “La Pornografía del Holocausto”.

Al final yo fui una de las pocas personas que la siguió religiosamente. Todos fuimos recompensados con los últimos cinco episodios que son obras de arte y aun hoy me conmueven hasta las lágrimas.   Es una suerte que estén completan en YouTube tanto “Vientos de Guerra” como “Recuerdos de Guerra”, ambas con subtítulos en español.   Les aconsejo (casi les ordeno) verlas si no las han visto.
Natalie y su tio llegan a Terezin

Revisando la lista de miniseries épicas, resalta la fascinación con la Europa ocupada, el auge del fascismo y los actores de la Segunda Guerra Mundial. Mas allá de nostalgia, existía un fuerte interés por el periodo que incluso en el cine acabaría con el siglo y retornaría a mediados de esta década con ese repulsivo tufillo de revisionismo histórico.

En otro post discutí los filmes del holocausto, pero tuvimos miniseries rarísimas: Perry King interpretó a un americano en el Paris Ocupado en “The Man Who Lived at the Ritz”; Dame Joan Collins jugaba a ser de la Resistencia en “Montecarlo” y Dyann Cannon se infiltraba en un stalag, un campo de prisioneros ingleses, para rescatar a su hijo (Hugh Grant) en “Jenny’s War.

Aunque no alcanzarían la maestría de Robert Carlyle en “Hitler: Portrait of Evil” que corresponde a otro siglo, muchos actores dieron vida al Fuhrer, ¿los mejores según mi criterio? Steven Berkoff en “War and Remembrance” y Anthony Hopkins (que todavía no era Sir ni famoso) en “The Bunker” (1981). Mussolini en cambio tuvo el dudoso honor de ser tema de dos miniseries en el mimo año. En 1985, la NBC nos presentaba al Duce encarnado por George. Scott en “The Story of Mussolini”. Mas tímida, CBS nos mostró a Bo Hoskins como el dictador italiano en “Mussolini and I”.
Steven Berkoff como el Fuhrer

La fascinación por los Nazis abarcaba su corte y era examinada en miniseries basadas en memorias. “The Nightmare Years” (1989) tenía a Sam Waterston interpretando a William Shirer en su etapa de corresponsal en los 30 en la Alemania Nazi y en la Viena post-Anschluss. Rutger Hauer debutó en la televisión estadounidense como Albert Speer, el arquitecto de Hitler, en la miniserie “Inside the Third Reich” (1982).


Aprovechando esa vena, el holandés volvería en 1984 como un oficial ruso en “Escape de Sobibor” y protagonizaría en 1994, “Fatherland”. la primera miniserie sobre ese tópico de la historia alternativa, en la que la Alemania Nazi gana la guerra. Esta afinidad con la Segunda Guerra Mundial tendrá su broche de oro con “Band of Brothers” que en el 2001 no solo termina con el tema bélico, sino que además es la última miniserie épica que merezca ese nombre.



Entre Josefina y Eva Perón
Sobre quienes se pregunten si las miniseries épicas eran exclusivamente sobre guerras y etnias, hubo un intento de hacer otras miniseries sobre periodos de historia europea pre-siglo XX. Curiosamente a pesar de altos presupuesto y elaboradas cinematografías, “Marco Polo” (1982), una coproducción con la RAI no tuvo éxito y hoy es tan olvidada que ni hay versiones en DVD. Yo la encontré aburrida, sin el dinamismo que debe tener una serie de aventuras y el obligatorio romance resultó indigesto.

Tuve la misma sensación con “Cristóbal Colon” (1984). A pesar de la dirección de Alberto Lattuada y del magnífico reparto, de nuevo me tropecé con el libreto. Presentismo, revisionismo, un mal sabor de boca y nunca acabé de verla. Mas o menos lo mismo que me ocurrió con “Napoleon and Josephine: A Love Story” (1987). Cero química entre Armand Assante y Jacqueline Bisset, su apasionado romance se parecía más a los conflictos amorosos de la soap opera de sobremesa que a una pasión que transformó la historia.

El problema es que en Estados Unidos los conocimientos de la historia universal (Y hablo de un nivel académico) no pasan de algunos periodos. Su visión de los grandes eventos de la historia europea es parroquial y limitado. Por eso aun sus mayores esfuerzos como en su exploración de la historia rusa en “Pedro, el Grande” (1986), muy recordada por la fantástica actuación de Maximilien Schell, y “Catalina la Grande” con Catherine Zeta-Jones (1995) tampoco fueron muy memorables.

Tal vez las reinas y emperatrices no eran muy interesantes como iconos de poder en los 80, más éxito tendrían otras imágenes de mujeres poderosa. Judy Davis e Ingrid Bergman se encargarían de dar vida a a la Primera Ministro israelí en “A Woman Called Golda” (1982). Y antes del triunfo de Evita en Broadway, Faye Dunaway hacia un personaje muy camp en “Evita Peron” (1981).

De Como Jesus se Convirtió en el Héroe de la Miniserie Epica
Mas seguro pisaron las miniseries cuando se adentraron en territorio “Cecil B. De Mille”, ósea la Antigüedad. A pesar de cierto revisionismo, me agradó lo que Leonorcita Varela, su novio Billy Zane, y el que no era su novio, Ciaran Hinds, hicieron con “Cleopatra” en el ’99. Ciertamente mucho mejor que la repelente “Roma”.

En la gran era de las miniseries épicas tuvimos erupción del Vesubio en “Los Últimos Días de Pompeya” (1984); judíos vs romanos en “Masada” (1981) y cristianos lanzados a los leones en “Annus Domini” (1984), pero la más impresionante no fue una producción americana, aunque su elenco estuviera compuesto por actores angloparlantes.

“Jesús de Nazareth” (1977), una coproducción anglo-italiana, escrita y dirigida por el magnífico Franco Zefirelli merece más espacio. Baste decir que fue una producción que tuvo las bendiciones del Papa Pablo VI y del gran Rabino de Roma y que una década más tarde, la revista TV Guide la consideró “La Mejor Miniserie”de todos los tiempos. Que contó con un elenco donde se combinaron los talentos de Rod Steiger, Sir Peter Ustinov, Christopher Plummer, Janes Mason y Sir Laurece Olivier. Junto a ellos brillaron estrellas de cine europeo como Don Fernando Rey y Claudia Cardinale.

Me da un poquito de vergüenza decir que ver Jesús de Nazareth fue más entretenido que leer los Evangelios, que era una serie diversa y de mente abierta, con judíos buenos, con un Judas más humanizado y con mucho énfasis en el rol de las mujeres en vida y ministerio de Jesús desde Maria Magdalena hasta Herodías. Tuvimos a Salome la de los 7 Velos, a la adultera (Zefirelli la separó de Maria Magdalena) pero también vimos a todas las santas (Isabel, Ana y Marta) y sobre ellas a Olivia Hussey exquisita como la Virgen Maria.

Iba a callar lo que me enloqueció de “Jesús de Nazareth” pero no sería una gata seriefila honesta si no mencionase al “eye candy”. La serie era para darse taquitos de ojo a granel. Y no hablo de los ojazos azules del Robert Powell (si ya sé que Jesús no tenía ojos claros). Pero Uff, Christopher Plummer deliciosamente malévolo como Herodes Antipas; Ian Mc Shane jovencito y arrebatador como Judas el Traidor, ¡y Ohhh!  Sir Michael York como San Juan Bautista. Yo que Salome no le corto la cabeza, me lo sirvo enterito en bandeja de plata. Pero quien me tuvo babeando por una semana fue James Farentino como el San Pedro más sexy que hayan visto en pantalla.
Judas, Santiago Matamoros y San Pedro

Algo que dejé para el final fue un ingrediente que más allá de cinematografías espectaculares e historias que capturaban la imaginación, dio sabor a la miniserie: los actores. Para el público setentero era un lujo poder ver en pantalla junto a nuevos talentos a estrellas clásicas de Hollywood y grandes nombres del cine. Lord Olivier estuvo en cuatro miniseries épicas (sin contar su rol de Lord Marchmain en “Brideshead Revisited”); Sir John Gielgud le ganó actuando en seis miniseries estadounidenses incluyendo la horrenda “Scarlett”.

Actores del Pasado, Nuevas Estrellas y los Reyes de la Miniserie Epica
Pero para la generación de mis padres, era un asombro y un placer volver a ver a sus estrellas de matiné ahora más maduros en roles secundarios y contundentes y mi generación aprendió a reconocer el talento de estos histriones y nos hizo interesarnos en verlos en sus días de gloria en el viejo Hollywood. Por ejemplo, la primera miniserie épica “QB VII” tuvo un elenco en el que destacaban Lee Remick, Signe Hasso, Dame Leslie Caron, Dame Edith Evans, Sir Anthony Quayle, Sir John Gielgud, y Sir Jack Hawkins en su último rol. Con tanto nombre, solo yo noté con mi ojo depredador la belleza de un joven recién llegado llamado Anthony Andrews quien, una década más tarde, sería uno de los rostros más apetecidos por telefilmes y miniseries épicos.
Sir Anthony Hopkins, Dame Leslie Caron y Anthony  Andrews

El elenco secundario de ‘Rich Man Poor Man” parecía salir de una gran producción de los 50: Dorothy Mcguire, Gloria Grahame, Van Johnson, Dorothy Malone, Ray Milland. Galanazos de Hollywood no tenían empacho en aparecer en miniseries. Así tuvimos a Henry Fonda y Marlon Brando en “Roots: The Next Generation”, James Stewart en “North and South”  y Gregory Peck en “The Blue and the Gray”. Por supuesto el que renació en las miniseries épicas fue Robert Mitchum como protagonista de la saga de Herman Wouk.


A la par de hacer renacer a grandes estrellas, las miniseries épicas contribuyeron a crear estrellas de cine. Nick Nolte saltó a la fama con “Rich Man, Poor Man”. Pierce Brosnan debutó en la televisión estadounidense con “The Manions of America” a la que seguiría su primer rol famoso en la serie de detectives “Remington Steele” y antes de ser James Bond protagonizó otras dos miniseries épicas “Noble House” y “La vuelta al mundo en 80 días”.

Antes de convertirse en el mejor actor de su generación y de ser armado caballero, Anthony Hopkins se ganó al público norteamericano interpretando complejos roles en telefilmes y miniseries épicos. Así fue el medico polaco acusado de crímenes contra la humanidad en “QB VII”; Hitler en “El Bunker”; el pobre “Jorobado de Notre Dame” y un doctor empeñado en vengarse del agente de la Gestapo que mató a su mujer en “Arco de Triunfo”.

En estas dos últimas producciones hizo pareja con una hermosa actriz británica que se hizo reconocible más por su carrera televisiva que por sus apariciones en el cine. Lesley Anne Down, tal como Olivia Hussey, hallaría una fuente de fama en las miniseries épicas. De “Upstairs Downstairs” pasó a “Los Últimos Días de Pompeya” donde se le inventó un rol para ella especialmente. Luego sería la gran protagonista de las tres temporadas de “Norte and South” para acabar con mucha dignidad y muchos premios en otro género televisivo, las soap operas.
Lesley-Anne Downe y Anthony Andrews en Upstairs-Downstairs

Como Madeline en North and South

No se puede mencionar a las actrices de miniseries épicas sin mencionar a su reina: Jane Seymour, de quien he hablado en un post dedicado solamente a ella. ¿Pero si Jane Seymour fue la reina de las miniseries épicas, quien fue el rey?  Hubo muchos actores que cultivaron el género como Perry King, Bruce Boxleitner y hasta Richard Thomas, pero el monarca indiscutible fue Richard Chamberlain.

Tras hacerse famoso como el “Dr. Kildare” en los 60, y lograr un éxito mediano en el cine, Dick encontró su reino en las miniseries épicas donde entró primero en el western épico “Centennial” en 1976 para luego capturar a todo un universo de fans como el marinero ingles que en la era isabelina descubre la existencia del Japón de los samuráis en “Shogun”. Chamberlain que ya había cosechado fama en la televisión de los 70 protagonizando adaptaciones de novelas de Dumas como El Conde de Montecristo y El hombre de la máscara de hierro, ganó un Globo de oro por su trabajo en “Shogun” (en español).

Ganaría otro, tres años más tarde como el cura enamorado en la apoteósica “The Thorn Birds” basada en el superventas de Colleen McCullough. Aunque no hubo mucha química entre Dick y Rachel Ward que interpretaba la ingenua Meggie que lo hace olvidar sus votos sacerdotales, esta saga sobre una familia irlandesa en el Outback australiano fue todo un éxito y definitivamente coronó a, Richard Chamberlain Rey de las Miniseries.

En 1985 fue nominado al Emmy y al Globo de Oro al dar vida al trágico diplomático sueco que rescató judíos en la Hungría Ocupada en “Wallenberg: A Hero’s Story”. En 1987 dio vida al famoso aventurero y amante en “Casanova”; en 1988 protagonizó “Dream West” donde interpretó al legendario fotógrafo Charles Fremont y fue el primer Jason Bourne en la adaptación a formato de miniserie de “The Bourne Identity” (1989).


A pesar del éxito logrado y el impacto que tuvieron las miniseries épicas, como genero comenzaron a fenecer en los 90. Fueron reemplazadas por un nuevo subgenero, las biopias que tanto cubrían la vida de millonarios como Barbara Hutton y Onassis como la vida de estrellas de cine y de cantantes como la bochornosa “Sinatra” donde La Voz era interpretada por un mediocre Philip Casnoff que ni voz tenía (las canciones fueron dobladas por Frank Sinatra Jr.)


El Siglo XXI con el auge del cable, el recelo que sienten por los period pieces (“Mejor se los dejamos a los ingleses”), y cierta fe en que el mejor programa es el que genera un fandom que permanecerá fiel por varias temporadas, convirtió a las miniseries épicas en un dinosaurio. Sin embargo, sin ese modelo no hubiesen existido series exitosas como “Los Tudor” “El Imperio del Contrabando” y “Juego de Tronos”.