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lunes, 15 de octubre de 2018

A Cuarenta Años de Holocausto (Televisión del Ayer)



La semana pasada recordábamos el aniversario de “Julia “y la campaña de criticas que sufriera el show y su protagonista, Diahann Carroll. En este 2018, también se celebran cuarenta años de otro hito de la televisión de los 70s,  la miniserie “Holocausto”. A pesar de que  está considerada pasada de moda y se la culpa de iniciar una serie de clichés que hoy se asocian al tema, me sorprendió saber que las criticas la acompañaron desde la noche de su nacimiento, y que  su máximo detractor fuera un judío, Sir Elie Wiesel.

Cada vez que disputo  sobre la representación del Holocausto en ficción, sea con negacionistas, neo nazis, pro-causa palestina o simplemente gente aburrida con tanto filme parecido,  sacan a relucir a “La Industria del Holocausto” y la obra que mayor critica recibe es la miniserie “Holocausto”. Los reproches se resumen en “¡qué mala es y tan llena de clichés!” Eso me causa risa porque los clichés nacieron después. “Holocausto” (versión en inglés), que debutará en la televisión en abril de 1978,  los inventó.

Es difícil para los nacidos después de 1980 imaginarse que a fines de los Setentas no había tal cosa como “Industria del Holocausto”. Los sobrevivientes cargaban sus recuerdos en silencio y con vergüenza, no existía un punto de referencia para hablar del exterminio nazi o de los campos de concentración. Les recomiendo un excelente documental “Imaginary Witness: Hollywood and the Holocaust”(Testigo imaginario: Hollywood y el Holocausto) que describe,  en orden cronológico,  la evolución del tema en cine y televisión.

Aunque  había filmes ( “The Juggler”, ”The Pawnbroker”y hasta un episodio de “La galería nocturna”) que giraban en torno a sobrevivientes de campos de concentración, la realidad de los lagers era algo que solo se podía leer en textos de historia o memorias como la trilogía de Primo Levi o la Noche de Elie Wiesel. Fue precisamente Sir Elie quien usaría el lenguaje más fuerte en contra de “Holocausto” acusándola de ser “untrue, offensive, and cheap” (falsa, ofensiva y de poco valor). Tengo que hacer un esfuerzo para  acercarme a su postura, y la de otros sobrevivientes, y  darme cuenta del shock de ver su tragedia  enmarcada en  la pantalla de su televisor. Era impensable porque se trataba de algo no visto hasta entonces.

Yo creo que todo actor histórico que ve su experiencia en pantalla (por ejemplo los mineros ante “Los 100”) se siente mal representado y desprestigiado. La experiencia de Auschwitz había sido parte del cine europeo  desde que Wanda Jakuwoska, recién liberada, dirigiera “La última etapa” (Polonia, 1945). Para 1978, existían algunas joyas del género como la tristísima “Kapo” (1960),  una coproducción ítalo-yugoeslava que narraba la necesidad de una sobreviviente (Susan Strasberg) de ocultar su pasado como guardia de sus compañeros de cautiverio. Aunque la academia galardonaba esas cintas, muy pocos estadounidense (aun los judíos)  las veían  puesto que solo circulaban  en cines especializados y por poco tiempo en cartelera.

Aun cuando yo había visto filmes sobre criminales de guerra (“El Juicio de Nuremberg”, la miniserie “QB VII “, The Man in the Glass Booth”) y sobre la persecución de los judíos (El Viaje de los Malditos y El Diario de Ana Frank), la vida en los lagers era algo que conocía solo de libros o de testimonios personales de los sobrevivientes. Aparté de documentales, los únicos ejemplos de dramatización de los campos de concentración en mi memoria eran de un filme de Spencer Tracy “La Séptima Cruz” (1944) y las “7 Bellezas””  de Lina Wermuller (Italia, 1976).

Curiosamente, ninguna de  estas películas se enfocaban en la experiencia judía. “Holocausto” (versión en español) por primera vez me puso cara cara con  lo que me podría haber pasado de haber vivido en ese tiempo, con lo que les había pasado a las tías  de mi madre (tres míticas benefactoras que velaron sobre mi cuna y que como Las Parcas, respondían solo a nombres de pila: Elvira, Sasha, y Flora).

Lo que Elie Wiesel no notaba es que para 1978,   la ausencia de datos históricos , de rostros humanos, de aspectos tangibles que respetar o sacralizar,  estaban generando un  cine  peligroso. Teníamos parodias de la vida en campos de concentración (“7 Bellezas”):  filmes de horror (“Los niños de Brasil”): erótica (“El portero de la noche”) y un tipo de pornografía que usaba los crímenes del Nazismo para excitar sexualmente. Conocida como Nazixplotation nos brindó títulos como “Ilsa, La Loba de la SS”(1974) y “La Ultima Orgia de la Gestapo” (1977).

Lo primero que hay que agradecer a “Holocausto”,  es que al  examinar ese periodo desde una perspectiva de cultura popular, nos permitió a muchos judíos salir del closet otorgándonos un vínculo en común. Hasta 1976,  yo no había practicado la religión judía, hasta 1970 yo ni sabía que era judía. Mi interés por el Holocausto fue una manera de crearme una identidad cultural.

Cuando llegue a mi escuela, Ezra Academy of  Queens, en 1976, no sabía leer en hebreo, no conocía ninguna oración judaica, pero podía debatir el tema del Holocausto con compañeros y maestros cuyos padres habían huido de la persecución nazi, o eran sobrevivientes de Auschwitz.

Lo que hoy llamaríamos “iniciar una conversación sobre el tema” estaba flotando en el zeitgeist de los 70. “Holocausto” llegó en el momento indicado. En esa década  se había despertado un interés por sagas “étnicas”. Las minorías estaban buscando sus raíces culturales dentro del cine y la televisión: Los Italianos con “El Padrino”; los irlandeses con “Capitanes y Reyes” y luego “Los Manions de América”:  y por supuesto, ya existía la épica de la tragedia afro-americana “Raíces”.  Sin “Roots” no hubiese existido “Holocausto”.

Los productores quisieron establecer un lazo  entre ambas. Tal como “Roots” lleva como subtitulo “La historia de una familia americana”,  “Holocausto” fue subtitulada “La historia de La Familia Weiss”.  Eso también provocó la ira de Sir Elie Weisel. “Holocausto” era la tercera serie en la historia de la televisión en retratar el exterminio nazi. La primera fue una versión de El Diario de Ana Frank (1963),siendo  la segunda la adaptación de  QB VII de Leon Uris (1974). Solo que Los Frank eran seres de carne y hueso, Otto Frank todavía estaba vivo,  tal como mucha gente que había conocido a su familia.

“QB VII” estaba basada en la demanda legal que había impuesto el Dr. Wirth en contra de Uris. Había una base real para esa visión fílmica de los experimentos médicos nazis. Amen que ninguna de las mencionadas  describía visualmente el martirio de los judíos fuera o dentro de un lager. En cambio,  ahora,  tanto Sir Elie como otros sobrevivientes,  tenían que sufrir la ignominia de ver su horror, desplegado como un retablo de marionetas,  en la pantalla chica.

La narrativa imaginaria era el mayor punto de disputa. Se podía revivir el pasado doloroso dentro de un marco de documental, pero esta telenovela, con romances, escenas de cama y peleas domésticas,  ofendía la sensibilidad de las víctimas. Como diría el escritor inglés Dennis Potter , en The Sunday Times, ” el pecado de “Holocausto” fue “ser una telenovela demasiado buena”. Un temor de Sir Elie era que los negacionistas se aferrasen a esta nueva forma de ficción como prueba de la irrealidad del Holocausto. O que futuras generaciones (y no estaba muy descaminado) se desensibilizaran del tema viéndolo como otro relato artificioso basado en un granito de verdad.



Molly Haskell iría mas lejos “¿Como pueden, como se atreven, los actores a imaginar que pueden hacernos sentir como era..? ” y sigue en la misma vena de Sir Elie Wiesel, hablando de sacrilegio y acusando al reparto de ”Holocausto  “de transgredir la prohibición judaica de reproducir imágenes(citado en While América Watches: Televizing the Holocaust de Jeffrey Shandler Dorot). Si fuera por eso, debió haberse protestado en contra de las épicas bíblicas de Cecil B De Mille.

No quiero ser burlesca. Me doy cuenta del shock que debe haber experimentado una generación para la cual el Holocausto fue una realidad diaria. Aun así, el formato de Soap Opera nos permitía darle un rostro humano  y acercarnos más a un pasado trágico. Algo más tangible en la recepción del publico gentil, puesto que para muchos lo que veían constituía una total novedad. Por eso se ha hablado que Gerald Greene, el libretista,  escribió un minicurso sobre el tema. Mas adelante, Green publicaría su libreto en formato de novela  donde agregaría más contenido a la trama.

Hora de dar una breve sinopsis a quienes nunca vieron las ocho horas (cuatro noches) que componen la miniserie. El primer capítulo abre en Berlín 1935, dos años después de la ascensión de Hitler al poder , pero todavía antes de las promulgación de las Leyes de Nuremberg. Eso permite la boda del pintor judío Karl Weiss (James Woods) con la alemana aria Inga Helms (una entonces desconocida Meryl Streep). Presentes están los parientes,  los Helms nada contentos con ese matrimonio,  y los Weiss.

 Karl es el hijo mayor del Dr. Joseph Weiss (Fritz Weaver), un inmigrante polaco que ha hecho fortuna en Berlín,  y de su esposa Berta Palitz Weiss (Rosemary Harris) una dama de sociedad, pianista, descendiente de varias generaciones de judíos alemanes. Sus otros hijos son Rudi (Joseph Bottoms),  un estudiante más interesado en el futbol que en los libros,  y su hermanita Anna (Blanche Baker),  la consentida de la familia.

La serie va desarrollando los eventos que llevan a la exterminación de los judíos. Los Weiss sobreviven el Ghetto de Varsovia, pero ambos perecerán en Auschwitz. Joseph saltará de campo en campo, de Buchenwald a Theresienstad; de Theresienstad a Auschwitz donde muere horas antes de la liberación, Inga,  que lo ha acompañado hasta Theresienstad , sobrevive junto con su bebé. Anna, tras ser violada por Nazis borrachos, pierde la razón y es víctima de la campaña de exterminio de los enfermos mentales del Tercer Reich.

Rudi, el único de la familia que cree en resistir, huye a Praga, se casa con una judía checa (Tovah Feldshuh), y se unen a los partisanos. Pero en el bosque,  los alemanes matan a su esposa y Rudi es llevado a Sobibor de donde escapa durante la revuelta. Es el único de los hijos del Doctor Weiss que sobrevive el Holocausto,  y acaba la miniserie con  él a punto de viajar a Palestina.

Esta es la soap opera que muchos críticos definieron  como una trivialización de la tragedia, pero  parafraseando al gran Paddy Chayesvky:  “televisión” y “trivialización” se escriben con las mismas letras. Del momento que el exterminio Nazi pasaba a la cultura televisiva se convertía en algo trivial. Sin embargo, eso no implicaba que no fuera efectivo o necesario.

Como explicó Tom Shales en el Washington Post: “La televisión tiene la capacidad, pocas veces usada, de convertir lo abstracto,  aun lo inimaginable, en algo personal y particular”.  Sin embargo para el critico de cine John O’Connor, escribiendo en el New York Times, resultaba repugnante ver tanta masacre en la televisión abierta y más encima ser interrumpido por spots comerciales. ¡Sobre todo porque uno de los patrocinadores era el mata gérmenes Lysol! (mata gérmenes =mata judíos).



Aun así, el intervalo comercial era bienvenido por muchas familias que usaban ese momento para calmarse e iniciar una conversación sobre lo visto. Yo recuerdo que en casa, durante comerciales,  hubo carreras al baño, mi mamá pidió un vaso de agua para calmar los nervios, y yo me fui a la cocina a llorar a oscuras en un rincón.

En Alemania  Democrática donde la miniserie se pasó en mayo del ‘78, no había comerciales en ese entonces, pero la cadena que presentaba “Holocausto” se vio colapsada con llamadas telefónicas. Como previsión habían invitado a tres historiadores para responder las consultas de la audiencia y no se daban abasto. Para jóvenes alemanes que hasta hoy casi no reciben información sobre el nazismo y el Tercer Reich en la escuela, esto era una novedad pavorosa. Sus preguntas iniciaban siempre con un “¿es esto real?”,  “¿pasó en Alemania?”



La conmoción provocada por “Holocausto” fue tal que en Coblenza,   los neonazis cortaron los cables eléctricos dejando a miles casas sin televisión por una hora. Aun así,  la maniobra no impidió el interés en el show ni el debate que se inició en Alemania a raíz de  la miniserie. Una de las reacciones fue que no se aprobara la ley que pedía que el estatuto sobre crímenes nazis en Alemania expirara a partir de diciembre de 1979.

Parte de ese impacto nacía del hecho de que los Weiss eran alemanes, y que la mayoría de los hechos ocurría en suelo alemán. Otro motivo de critica que recibió la miniserie fue crear el drama en torno a judíos alemanes totalmente asimilados y patrióticos. Tanta molestia provocó a una comunidad judía de Connecticut,  compuesta por sobrevivientes de la Europa Oriental , que escribieron cada uno su propia experiencia durante la Shoah (así se llama al Holocausto en hebreo) y lo llevaron a la Universidad de Yale que creó una sección en su biblioteca para conservar esas memorias. Me parece muy legítimo. Si lo puedes hacer mejor, hazlo, pero esos testigos no hubiesen rendido testimonio si no hubiesen sido fustigados por “Holocausto”.

La razón para situar la acción en Alemania se debe a que en ese país se originó la persecución. Si se quería mostrar como afectaban a los Weiss eventos tales como las Leyes de Nuremberg en 1935;  Kristalnachnt en 1938 (creo que es el único ejemplo de una dramatización de ese evento); Buchenwald,  uno de los primeros campos alemanes donde va a parar Karl; la expulsión de los judíos polacos que separa  al Dr. Weiss de su familia; y la eutanasia en el Tercer Reich,  la acción debía trasladarse a suelo germano.

Existía otra razón para hacer a los Weiss una familia alemana. Su grado de asimilación los hacia identificables a cualquier espectador occidental. Por último, era necesario que los Weiss fueran berlineses para crearles algún vínculo con Erik Dorf (Michael Moriarty( y su familia. Dorf, que según mi padre y muchos era el personaje mas interesante de la historia,  también es un punto de controversia.

Gerald Green crea a este abogado ario, totalmente apolítico,  para mostrar el rostro humano del nazismo. Empujado por la necesidad, y en busca de un empleo, Dorf se une a la SS. Reinhard Heidrich (David Warner), jefe de la organización, reconoce los méritos administrativos y legales de Dorf y lo convierte en su mano derecha. Dorf emplea sus conocimientos de abogado para trazar La Solución Final, el exterminio de los judíos, la creación de los campos de la muerte y los subterfugios que pueden legalizar toda esa maquinaria.

Para muchos,  era escandaloso ver a un hombre urbano, gentil y atractivo,  hablar y dictar medida sobre un asesinato en masa. Fue un modo muy efectivo de mostrar que no todos los Nazis eran monstruos psicópatas sino gente común y corriente. La queja de Sir Elie Weisel es que Dorf parecía representar a todos los involucrados en la guerra contra los judíos,  y que se le daba demasiada importancia a un personaje ficticio.

En realidad no tan ficticio. Green basó a Dorf en Otto Ohlendorf, abogado, economista y alto jerarca de la SS,  que fue juzgado en Nuremberg por crímenes en contra de la humanidad. El personaje de Dorf aunque importante, no es el único nazi presente. Otros jerarcas como Heydrich, Himmler y Eichmann también hacen acto de presencia.



Uno de los grandes méritos de Holocausto como novela, es que en ella Greene usa como fuentes de autoridad los recuerdos de los sobrevivientes de la Familia Weiss, Rudi e Inga;  cartas dejadas por los Weiss; y el diario secreto de Dorf que ha caído en manos de Rudi, en sus esfuerzos por recabar datos sobre su familia. En el diario hay mucha más información sobre el trabajo de Dorf, su filosofía que explica su participación en el exterminio, y su descripción de la Conferencia de Wansee a la que asiste. Esta conferencia, donde se le dio luz verde a la Solución Final, también aparece en la serie.

Viendo ahora “Holocausto” es difícil imaginarse el nivel de importancia que tuvo en su momento como inicio de una discusión que todavía no tiene punto final. La miniserie llegó en el momento exacto para romper silencios y tabúes, para informar  y para cambiar percepciones.

 Los Setenta habían iniciado con el boicot árabe del petróleo en 1972, lo que suscitó alzas y escases de combustible en Occidente. El ciudadano medio culpaba a Israel y de ahí a un surgimiento del antisemitismo había solo un paso.Ese mismo año tenía lugar la masacre de los atletas israelies en las Olimpiadas de Munich.  En 1975, la ONU declaraba al sionismo como una forma de racismo. En el mismo Israel había un sentimiento de temor hacía nuevas formas de antisemitismo. En 1973, La Guerra de Yom Kippur en la que nueve países árabes( + Cuba)  atacaron intempestivamente a Israel en el día más sagrado del calendario judío, demostró cuan vulnerable era la nación judía.

 En 1976, después de la incursión al aeropuerto de Entebbe, en Uganda, para rescatar a 103 viajeros israelíes y judíos no-israelíes  (más la tripulación del avión de Air France que no quiso abandonar a los secuestrados)  se descubrió que entre los secuestradores había dos terroristas alemanes, Wilfried Bose y Brigitte Kuhlmann. Como le dijera a Bose, Yitzhak David , uno de los rehenes y sobreviviente de Auschwitz,  “Alemania no ha cambiado”.
Daniel Bruhl como Bose y Rosemond Pike como Kuhlmann en "7 Días en Entebbe"

Ni  Alemania, ni los nazis, ni la tolerancia del mundo con el antisemitismo. En 1977,  el Partido Nazi Americano (National Socialist Party of America) decidió usar el pueblito de Skokie, en Illinois, como espacio para una marcha y un rally. No era coincidencia que el 40% de los habitantes de Skokie fueran judíos, la mayoría sobrevivientes del Holocausto. Las autoridades prohibieron la marcha, los nazis llevaron el caso a tribunales. Con el apoyo de la Unión de Libertades Civiles de America, ganaron el caso puesto que se demostró que aunque la suástica podía ser considerada ofensiva, ni el uniforme nazi, ni los panfletos, ni el propósito del rally o del partido lo eran. Finalmente, el evento tuvo lugar , no en Skokie, pero en el gran Chicago.
Rally Nazi en Chicago (1972)

Nazis amparandose en el derecho a la libertad de expresión

Todo estos sucesos nos  tenían a los judíos, y no solo la generación del Holocausto, nerviosos. La miniserie con todos sus bemoles fue catártica e instrumental para establecer un dialogo necesario entre judíos y gentiles, y entre los mismos judíos. Ahora no solo lo textos de historia y documentos podían ser usados como instrumentos didácticos.

Los filmes del Holocausto que seguirían a la miniserie no se basarían en ficción (a menos que fueran adaptaciones de novelas premiadas como Sophie’s Choice de William Styron;  o The Winds of War y War and Remembrace de Herman Wouk).
Jane Seymour en "War and Remembrance" y Meryl Streep en "Sophie's Choice"

Revisando las listas de dramatizaciones del Holocausto de los 80s tanto cine como televisión se abocan a memorias como “”Playing for Time” (1980)basada en los recuerdos de Fania Fenelon de sus días de miembro de la orquesta de Auschwitz;

Escape From Sobibor” (1987) basada en los testimonios de los sobrevientes del escape masivo más grande de un campo de exterminio;

Triumph of the Spirit” (¡989)la historia real de las experiencias en Auschwitz del campeón de boxeo griego Salamo Arouch (Willem Dafoe), uno de los pocos ejemplos de narrar la experiencia sefardita en la Shoah,  y por supuesto,  “ Schindler List” (1994).



Puedo casi apostar que es cuando se inventan situaciones y personajes y se decae en “La Fórmula” (Léase  victimismo, personajes estereotipados y dramatismo sentimentaloide y exagerado) cuando el nivel del relato pierde fuerza y mérito.  Pero incluso en este siglo, “La Fórmula” ha atrapado historias basadas en hechos  reales. Por eso tanto “El Pianista”(2002)  como “The Zookeper’s Wife”(2016)me han dejado fría. También porque no muestran nada novedoso.

Siento más respeto por los Bastardos de Tarantino. Primero,  porque el bandido de Tarantino siempre está parodiando géneros ya existentes de pulp fiction. Segundo porque la novedad de su Fabula/ Fantasía judía (baleamos a Hitler, matamos a palos a los Nazis, mutilamos a los que quieren exterminarnos) me parece más legitima que otras entelequias lacrimógenas, melindrosas y sin sustancia  como “ El niño del piyama a rayas”,  “El tren de la alegría “y la repulsiva “La Vita e Bella” Al menos nadie puede acusar a Tarentino de perpetuar un lugar común que Sir Elie encontró en “Holocausto”:  la pasividad judía ante la agresión Nazi.



“Holocausto” originó muchas preguntas. La primera  es cómo llegaron Hitler y sus Nazis al poder. Para eso es bueno  ver una serie como “Babylon Berlin” que muestra el estado de la  Alemania pre-hitleriana, sumida en crisis económica y violencia política. La segunda es cómo Occidente permitió que llegaran las cosas hasta tal punto. Uff, para eso hay literatura a grane y una larga lista de motivos. 

La ultima pregunta y la más exasperante es “¿por qué los judíos no se defendieron?.  Es como cuestionar por qué una mujer abusada (o un niño o un viejo) deja que lo golpeen. Aparte de simplona,  la mera pregunta  implica responsabilidad de la víctima en el abuso.

Pero volviendo al tema puntual de “Holocausto”, otra novedad que impuso la miniserie fue mostrar la resistencia judía: el alzamiento del Ghetto de Varsovia, los partisanos, la revuelta y escape masivo de Sobibor.  De hecho la serie está dedicada a “those who fought back”. Eso también motivó la crítica de Sir Elie puesto que presuponía que los únicos sobrevivientes dignos de admiración eran los resistentes.

Ni tanto. Rudy Weiss sobrevive porque desde que se lía a  golpes con Hitlerjugends en las calles berlinesas, es el “peleador” de la familia. Pero su esposa Elena, tan partisana como él, muere en un enfrentamiento con soldados.  Rudi escapa de Sobibor, pero de los 300 judíos que huyeron de ese campo solo sobrevivieron 58 (y a uno de ellos, Leon Feldheimer, lo mataron los polacos en el pogromo de Lublin después de la guerra). Rebelarse no es sinónimo de sobrevivir.

Sin embargo para Sir Elie Wiesel ese fue un punto de crítica,  lo que él llamaba “”el tema obsesivo de la resignación judía”.  “¿Seremos de nuevo sujetos al debate del pasividad judía versus heroísmo judío? fue su pregunta. Lamentablemente es un tema que siempre se pondrá en la mesa y que se origina en la ignorancia de las circunstancias en que se dieron esos ejemplos de “pasividad” y de “heroísmo” . Por otro lado hay quienes ven en la resistencia judía una excusa para que los alemanes se “defendieran” de la agresión de esos untermenchen.

Deberíamos ver que otras formas de resistir encontraron las víctimas. Holocausto nos lo muestra en el personaje de Karl Weiss (James Wood), el más maltratado de su familia. Karl es arrestado después de la Noche de los Cristales Rotos. No hay cargos contra el (todo es una faramalla de un Nazi que quiere acostarse con la mujer del pintor).

Karl es llevado a Buchenwald. Allá se le piden los datos. Hay un preso antes que el pintor en la fila . “Nombre de la puta que te parió” es la primera pregunta.  “Mi mamá no era puta”es la respuesta. Enseguida al preso se le golpea hasta hacerle perder el conocimiento. Llega el turno de Karl. Comienza rechazando la soez pregunta . “Mi madre no es puta” "¡Todas las judías son putas!" "Pero mi madre..." Un palo Aprendida la lección, da el nombre de su madre, pero cuando la sigue “nombre del cafiche que la violó”Karl rápidamente se da cuenta que no se puede resistir en este espacio y responde “Joseph Weiss”  sin pestañear.


 Resistir significa a veces seguir las reglas del juego. Más adelante, Karl es castigado (no recuerdo el motivo) y es colgado de los brazos de un poste por varios días. A punto de sucumbir,  es revivido por un compañero de martirio que le recuerda que la vida es todo lo que tiene, lo mas valioso. De nuevo, otra manera de resistir.

Inga (M. Streep) la esposa de Karl se acuesta con el nazi para conseguir que al marido lo trasladen al supuesto campo “modelo “de Terezin (Theresienstad)  en Checoeslovaquia, y decide acompañarlo. En la fortaleza de Terezin, está prohibido guardar récords de la vida cuotidiana, no pueden los presos ni sacar fotografía, ni mantener diarios,  ni hacer dibujos. Karl se une a un grupo de artistas (esto también es real) que clandestinamente mantienen un registro de los sufrimientos y privaciones de los internados en la fortaleza. Karl es descubierto y horriblemente torturado. Le quiebran las manos y lo envían a Auschwitz.

Milagrosamente, Karl sobrevive, pero ya no puede dibujar. Un día consigue un trozo de carbón y comienza a trazar figuras. Aunque su arte no es lo que fue, se reconocen en sus dibujos las imágenes de pesadilla del lager. Karl muere, pero un compañero salva esos últimos bosquejos y se los hace llegar a Inga.

Antes de terminar, quiero hacer un resumen de los logros de una serie que tuvo muchos errores (geográficos, las descripciones de la vida religiosa judía, etc.), pero que fue  una puerta que se abrió para permitir que el Holocausto se convirtiese en parte de la imaginación popular norteamericana (y tal vez Occidental). 120 millones de personas vieron “Holocausto” en Estados Unidos. Uno de ellos fue el Presidente Jimmy Carter. Un mes después de la trasmisión de la miniserie, Carter firmó un permiso para la creación de La Comisión del Holocausto que devendría en la construcción del Museo del Holocausto en Washington.

Las sustanciales críticas de Sir Elie Wiesel no cayeron en saco roto. En base a ellas, los “guardianes de la memoria “, ósea universidades y bibliotecas crearon proyectos de cultura oral que permitieron a miles de sobrevivientes narrar su historia para  luego estas ser guardadas en colecciones especiales. En 1979,  Fortunoff creaba un archivo de video dedicado totalmente a recaudar testimonios de sobrevivientes. Joanne Rudoff , una de las entrevistadoras, explicó el motivo del archivo:  “Se les ha quitado todo (a los sobrevivientes).  Ahora la televisión también pretende quitarles sus historias”.

Hoy en día me da un poco de pudor pedir a quien nunca haya visto “Holocausto “que la vea. Hay escenas cuya calidad estética llega al borde del kitsch. Otras son obras de arte. Todavía nadie ha encontrado fallas en la soberbia actuación de M. Streep y para mí la escena en que corre tras el camión que se lleva a su marido a Auschwitz es equivalente a la de Ana Magnani en “Roma Citta Aperta”.

Sin embargo, encuentro ese mismo exagerado melodrama o ese mal gusto en casi todo filme del Holocausto de este siglo. Es como si realmente llegáramos al punto de lo trivial, de la caricatura que temía Sir Elie. Lo peor es que todo es tan conocido, tan cliché. Se han creado veinte imágenes de la Shoah que se repiten hasta la náusea, y gente que todavía no entiende el significado o magnitud  se ríe a mandíbula batiente o  se aleja bostezando.

Lo extraordinario es que hay mucho sobre el Holocausto y el periodo nazi que mostrar. Aunque a muchos judíos les moleste, en los lagers murió gente que no era judía y eso es importante en esta era de neo-antisemitismo, recordar que en un universo totalitario, donde la lógica y la sensibilidad humanas pierden relevancia, todos estamos en peligro