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lunes, 12 de marzo de 2018

¿Fue la Reina Isabel una mala madre? La verdad tras “The Crown”



Mi anterior post, sobre la mala experiencia de Carlos en Gordonstoun, puso en entredicho las cualidades maternales de la Reina de Inglaterra. En declaraciones que El Príncipe de Gales hiciera a su biógrafo Jonathan Dimble, aseguraba que, sin llegar a la indiferencia, su madre había sido una presencia ‘distante” en su infancia y adolescencia. “The Crown” nos regala una Isabel negligente, cobarde y bastante desapegada en lo que se refiere a su hijo mayor. ¿Es esa la única verdad sobre el tema?

Nadie sabe realmente lo que es ser “buena madre”, ni siquiera los hijos de tales señoras. Sin una definición específica, las buenas madres vendrán en diferentes versiones. No todas las mujeres pueden ser Mama Weasley o “Marmee” March. Hoy en día es más fácil reconocer una mala madre, por el daño hecho a los hijos o el daño que estos provocan, una culpa que siempre recae sobre la que los parió.

Finalmente, en este mundo de miechica que nos ha tocado vivir, el buen desempeño maternal va regulado por cánones vigentes y por modas. Por eso no me sorprendió saber que Isabel II admitió a su marido en la sala de partos, solo cuando se lo aconsejó una revista femenina. Son los medios, antes que padres y profesores, quienes nos adiestran sobre cómo llevar una familia. Y comienzo en la sala de partos, porque cuando se pone en tela de juicio la labor maternal siempre se comienza por ahí.

Partos reales

Muchas veces se define a una buena madre por el dolor con que parió a su hijo Si ya sé, totalmente WTF. Pero, de joven escuché hasta la náusea: “¡Aceptó una epidural! ¡No pario naturalmente!  Él bebé nació con cara chistosa.” Eso no concuerda con   el pensamiento de la Princesa Margarita que solicitó cesáreas porque así los bebés “nacen más bonitos”.

Como todas sus fans, yo me creí todas las primicias de Santa Diana como que era la primera en la Familia Real en parir en una clínica. Not! Margarita y la Princesa Ana ya habían salido del palacio para dar a luz. Yo nunca he entendido ese afán de ir a parir a un lugar extraño, nada mas que para volver galopando a casa. Diana estuvo menos de 24 horas en el hospital y según le contó a su biógrafo Andrew Morton, solo lo hizo “para huir de los periodistas”. Por eso también hizo que le indujeran el parto.
Diana con el mismo vestido con el que entró a la maternidad, luego de su parto express

A fines de los 60s y comienzos de los 70s, hubo toda una corriente de hacer el parto lo mas natural posible. Bajo la influencia de la filosofía hippie, la idea era parir como los gatos, incluso al aire libre. Por suerte esa tendencia acabó rápido. Sin embargo, en los 90s, en USA, hubo un renacimiento de partos en domicilio, bajo el cuidado de parteras certificadas. Las razones eran, primero económicas:  segundo, se evitaban los gérmenes que siempre pululan en los hospitales. Además, se trataba de convertir ese momento en una experiencia más íntima y la parturienta no estaba a merced de médicos machos, prepotentes y muy rápidos para recomendar cesáreas.

Hablando de cesáreas, algo de eso “que no se habla” y que recientemente ha salido a la luz. Isabel dio a luz a Carlos vía cesárea y usó anestesia con Ana y Andrés. Para la llegada de Eduardo, ya informada por las revistas, tomó cursos de Lamaze y tuvo a su lado a la partera Betty Parsons que le enseñó técnicas de relajación y respiración, “el jadeo del perro” como la llamaba a mi Ma.

Sin embargo, el primer parto fue horroroso. Tras 30 horas de dolor para la princesa, la comadrona real Helen Rowe, cedió ante la autoridad medica y el escalpelo. Carlos venia atravesado y era casi de noche cuando nació. Se había habilitado la Suite Belga del Palacio de Buckingham para que sirviera de sala de parto.

Felipe no estaba adentro, no era la costumbre que los padres asistieran a los partos (y eso que el Príncipe Alberto estuvo en todos). Además, tal como le contó la reina a su biógrafa Ingrid Seward, ella nunca quiso a su marido cerca sino hasta que leyó que eso acercaba a los padres con los hijos y ayudaba a la madre. Bueno, Diana nunca le agradeció a Carlos que estuviese en la sala de parto.

Al comienzo, Felipe andaba dando vueltas por el pasillo, pero a medida que pasaban las horas y los nervios lo estaban atormentando, Mike Parker se lo llevó a jugar squash en el patio. Hasta ahí llegó Tommy Lascelles aleteando (¿quién más?  Seguro que estaba dentro de la sala de parto) a anunciar que ya había un heredero. Inmediatamente, Felipe mandó a Mike a comprar un ramo de rosas rojas y claveles (las flores favoritas de Isabel) y para cuando su mujer despertó, los Esposos Mountbatten pudieron brindar con champaña el nacimiento de su primogénito.

Antes, Felipe había visto a su hijo (y dijo que parecía un budín de ciruelas) y el príncipe fue presentado al público. Al saber el sexo del bebé, Winston Churchill exclamó “¡Sabia que ella no nos iba defraudar!”. Y ahí tenemos presente la presión a la que Isabel estaba sometida y que marcaria sus relaciones con sus hijos mayores. Ella tenía el deber de asegurar la sucesión al trono, y de preferencia traer al mundo a un futuro rey.

La infancia de un príncipe

Al comienzo, Isabel fue como la mayoría de las madres dedicada totalmente al recién nacido. “Todavía no puedo creer que tenga un bebé propio” le escribiría a una amiga al mes de nacido su hijo. Carlos pasó sus primeros meses en una cunita en el boudoir de su madre que quedaba a pasos de la cama de sus padres.

Otra medida para adjudicar el premio “Madre del Año” está en la capacidad de amamantar, y en la cantidad de tiempo que se hace.   Hay mujeres que dan pecho un par de meses, otras un par de años. Isabel le dio pecho a su hijo varias veces al día. Labor que tuvo que ser interrumpida cuando Carlitos tenía dos meses y a su madre le vino un sarampión. No solo hubo que interrumpir la lactancia, también hubo que separarlo de su futura reina. Quizás eso haya facilitado la tarea de Isabel de desligarse de sus responsabilidades maternales. A pesar de que, estoy segura, quería a su hijo, la princesa estableció rápidamente sus prioridades. Elizabeth Mountbatten quería disfrutar de su vida de recién casada.

A mi no me parece terrible que Isabel haya privilegiado al marido que había sacrificado tanto por ella sobre sus hijos (Anne nació dos años después que Carlos) a los que dejaba en buenas manos. Carlos se ha quejado de lo distante que fue su madre y lo brutal de su padre, pero ninguna de sus quejas se refiere a sus primeros años en que vivió rodeado de mimos con su Nanny Lightgood y sus abuelos. Yo conozco mucha gente que, en sus primeros años de vida, tuvo un doble set de padres, los verdaderos y los abuelos (a veces dos pares de abuelos) y son personas más centradas y felices.


En la serie vemos a los niños visitar a sus padres en Malta. En realidad, nunca fueron. Isabel los llamaba diariamente, y cuando podía viajaba a Londres. Para ellos era una presencia amada, admirada, pero periférica. “Una mujer hermosa, pero remota… que olía a lavanda” diría Carlos años más tarde.

 La enfermedad del Rey Jorge obligó a su hija mayor a hacerse cargo de mas actos oficiales y tures. La misma reina viajaba tanto que diría “me temo que los niños no me reconocen”. Sin embargo, Carlos era totalmente feliz. Biógrafos y amigos han cuestionado esta etapa en que él vivía protegido y mimado por todos, sobre todo por la Queen Mom y temen que ella haya fomentado en el nieto debilidad y tendencia a la autocompasión.

Felipe y su Heredero

La situación de Carlos cambió con la muerte de su abuelo y la ascensión al trono de su madre. Para consolar a Felipe de todo lo perdido, la reina lo puso a cargo de sus casas y de sus hijos. Ella se sentía mas confiada y menos culpable, sabiendo que al menos uno de ellos estaba pendiente de los niños. Lo malo es que la presencia constante del padre no fue buena noticia para Carlos.
Ana ya demostrando predilección por el padre

Con Ana no había problemas. Desde su nacimiento fue la adoración de Felipe. Sus personalidades eran muy parecidas y Ana sabia manejar al padre incluso en los famosos accesos de sarcasmo del Duque de Edimburgo. Lo entiendo, yo también tuve un padre sarcástico y o me reía de él o le contestaba con alguna ironía. En cambio, para Carlos las pullas, las brusquedades y gritos le eran devastadores.

Para Felipe, Carlos era un molesto enigma. Todos sus esfuerzos por interesarlo en deportes y en la pesca o la navegación eran un fracaso. Y su manera de manejarlo era o con burlas u obligándolo a hacer lo que quería el padre. Nanny Lightgood comentaba un episodio muy triste en que Felipe forzó a Carlos, que estaba resfriado, a meterse en la piscina. Tanto las nanas como la Reina Madre notaban que Felipe maltrataba al niño y lo empujaba a ser más tímido y asustadizo. Eso también lo ha incluido, Peter Morgan en “The Crown”.

A la reina no parecía preocuparle esta situación y dejaba todo en manos del marido. Ella misma no era una mujer paciente con los niños y lo ilustra un caso contado por la esposa de Michael Adeane. Estando de vacaciones en Balmoral, la Señora Adeane volvió de un paseo en el bosque con una bolsa llena de setas. Se le ocurrió que los niños se la entregaran a la madre como un presente. Como suele ocurrir en esos casos, Carlos y Ana se disputaron la bolsa que terminó rompiéndose y con los hongos esparcidos por el suelo. Furiosa, Ana, tomó un látigo que estaba cerca y comenzó a azotar al hermano. Los alaridos de Carlos atrajeron a la reina que inmediatamente recompensó a ambos hijos (a la del látigo y al azotado) con sonoros bofetones.

¿Por qué Ana si fue feliz?

Sin embargo, la Princesa Ana tiene los mejores recuerdos de su infancia. Ella recuerda a Felipe (al que la serie nos muestra siempre de jarana) llegando todas las noches a acostarlos y leerles un cuento. Recuerda vacaciones en Balmoral en que su madre cocinaba para ellos (bangers, una especie de salchicha, parece ser la especialidad culinaria de Isabel). Tristemente, Carlos no tiene memoria de eso.

La relación de Ana con sus padres también era diferente. Aunque era la favorita de su padre, su trato con su soberana-madre fue igual de distante. Solo en la adolescencia se hicieron amigas. Isabel, tal como lo hiciera con sus hijos varones, dejaba todo lo referente a su única hija a cargo del marido.
Ana y su mama

Si en la serie nos muestran a la reina reclamándole a su madre por la pobre educación que le ha dado, uno esperaría que se esmerara en ofrecerle a Ana lo que ella le faltó. ¡Ni de chiste! La educación de Ana quedó en manos del padre y comenzó tal como la de la reina, con una institutriz ren el mismo palacio. Ana no recuerda haber visto a su madre nunca cerca de su salón de clase. En cambio, la que monitoreaba sus clases y la ayudaba en sus tareas era … ¡La tía Margarita!

Me ha encantado saber que Margarita, en medio de juergas y romances fallidos, dedicara tanto tiempo a sus sobrinos. Tanto Carlos como Ana siempre mantuvieron una relación estrecha con su tía y le perdonaron sus extravagancias. Incluso en 1960, en medio de su tormentoso romance con Tony Armstrong-Jones, Margarita se encargó de revivir la patrulla de Niñas Exploradoras del Palacio de Buckingham, a la que ella había pertenecido. La idea era que Ana pudiera convivir con otras niñas de su edad.

Encontré este video que me encanta. No solo vemos a Margarita conviviendo con sus sobrinos, sino también al Duque de Edimburgo montado en un triciclo. Este es un video casero, no se filmó con propósitos publicitarios. Ahí podemos ver una escena feliz de una familia unida, incluso a Carlos lo vemos contento.

Volviendo a Ana, fue por ahí por 1960 que su padre notó en ella las aptitudes de una gran amazona. Inmediatamente buscó al mejor equitador para adiestrar a su hija, el Coronel Sir John Mansell Miller. Esa fue la educación de Ana, su profesión y su vocación.
La Princesa Ana, los caballos y sus padres


 Pocos saben que la princesa ha ganado varias competencias y que fue parte del equipo de equitación olímpico representando al Reino Unido en las Olimpiadas de Vancouver de 1976. Ana ha recibido el total apoyo de sus padres en su carrera ecuestre. Cuando ganó el Campeonato Europeo montaba el garañón Doublet, regalo de su madre.





La Segunda Familia

Hablar de 1960, es hablar de otra etapa en la vida familiar de la reina, de lo que la misma Isabel denomina “Mi Segunda Familia”. A sus 34 años, Isabel, consciente de que no había sido una madre devota, decidió darles una nueva oportunidad a sus instintos maternales, con el nacimiento de Andrés (1960) y de Eduardo (1964).  No solo tuvo partos naturales, admitiendo la presencia del marido en su último alumbramiento:; no solo amamantó a sus hijos menores por casi medio año; también se permitió ausentarse de sus labores (ambos fueron embarazos de alto riesgo) para cuidarse y cuidar de sus hijos.

La soberana mandó fabricar una cuna de caoba que hiciera juego con los muebles de su oficina para poder tener a los bebés con ella en sus horas de trabajo. A Eduardo, inclusive, se le permitía gatear por toda la oficina.  He leído en artículos sobre la disfuncionalidad maternal de la reina, criticarla por nunca haber bañado a sus hijos en su vida. Me da un poco de risa (de niña yo rezaba para que mi mamá no me bañara) que una medida del amor maternal sea un baño.

 Aun así, Dickie Mountbatten contaba que en las “Noches sin Mabel” (Mabel Anderson era la nana de Carlos y Ana), Isabel se ponía un delantal y bañaba a sus hijos. Y hay muchas pruebas de que le encantaba bañar a Andrés y a Eduardo. Obvio, que solo cuando sus deberes se lo permitían. También era ella quien acostaba a sus hijos menores. Aunque no los llevaba a la escuela, muchas veces los iba a recoger. Tal como nos muestra “The Crown”” fue el Duque de Edimburgo que llevó a Carlos, en su jet privado, a Gordonstoun. Cuando le tocó el turno a Andrés de ir a esa escuela, su madre lo acompañó.
El Prínicipe Andrés y su mamá llegan a Gordonstoun

La Segunda Familia también le dio la oportunidad a Isabel de acercarse a su única hija. La mayoría de los problemas entre madre e hija ocurren con la llegada de la adolescencia. No fue ese el caso de la reina y la princesa. A pesar de que Ana había encontrado una vocación y una carrera en el deporte ecuestre, su padre quería que terminara la escuela y conviviera con otras chicas. En 1963, Ana fue interna a Benenden, un internado en Kent (donde estudiaron las princesas de Jordania y mi actriz favorita, Rachel Weisz), de donde se graduaría en 1968.
La Reina visita a Ana en Benenden

Fue en esos años que The Royal Princess (“la Princesa Real” ese es su título oficial) comenzó a aconsejar a su madre en ciertos aspectos de su apariencia, y a influir sobre el estilo de la reina (que subió sus faldas unos centímetros después que Ana comenzó a andar en minifalda). Es una lástima que la oportunidad que tuvo Isabel de acercarse a su hija no alcanzara a Carlos. El Príncipe de Gales conserva hasta hoy día una imagen amarga del rol de sus padres en su infancia y adolescencia.

Peter Morgan pone en la boca de Felipe una frase criptica y obscenamente lapidaria: “Isabel odia a Carlos ya que representa su propia muerte”. Curioso, porque más adelante, es Felipe el que parece resentir y odiar a su primogénito (en realidad parece convertirse en el otro yo de Morgan). Sin embargo, en la vida real Carlos parece resentir mas la ausencia de la madre, sobre todo después que la vio volcarse sobre su ‘Segunda Familia”.
Observen el intercambio de miradas. Muy significativo
Hasta el 2016, Isabel era muy unida a sus nietas, Beatriz y Eugenia, y a sus hijos menores. Todos los domingos, si estaba en el país, Andrés se dejaba caer en el palacio, después de misa, para un traguito con su Mami. Todos los domingos, la reina Isabel tomaba él té con Eduardo y su familia. Pero se están dando bruscos cambios dentro de esa familia.

Venganza principesca
Recientemente, debido al retiro del Duque de Edimburgo de deberes oficiales, y a la misma edad mayor de la reina, Carlos se ha ido apropiando del palacio y es quien maneja muchas cosas tales como los roles oficiales de la Familia Real Británica. Su primer paso ha sido reducir esa familia, tanto en términos de funciones oficiales como en subsidios económicos. Se entiende que haya alejado a sus primos Gloucesters y Kent, y a los hijos de la Princesa Margarita, pero en su afán de crear una familia nuclear pequeña, El Príncipe de Gales está distanciándose de sus hermanos.

La Familia Real ha quedado reducida a la Reina, el Príncipe Consorte, Carlos, Camila, los Duques de Cambridge, sus hijos y Harry. Ana, Andrés y Eduardo (y sus hijos) han pagado no haber sufrido en Gordonstoun y haber sido depositarios del cariño y atención positiva de sus padres. Carlos se está cobrando lo que el sufrió.

He tratado de no juzgar, pero recuerdo un suceso de mi infancia. Yo fui a escuelas primarias inglesas. Cuando tenia seis años, la madre de la directora de mi colegio falleció. Mientras mi madre ordenaba una corona fúnebre gemía “¡Pobre Miss Betty! ¡Qué desgracia! “Mi padre (que se crió en una comunidad británica y que habló inglés antes que castellano) la consoló: “Las inglesas quieren más a sus perros que a sus hijos y a sus padres “. Parece una generalización brutal, pero acabó de enterarme que Isabel se llevó en su luna de miel a Susan, su perrita corgi. En cambio a sus hijos no se los llevó a Malta.
CorgiesVSHijos

Los Mountbatten cometieron todos los errores, por ignorancia o negligencia, posibles con su hijo mayor. En cambio, tuvieron buenos resultados con sus otros hijos, y sus nietos. Carlos ha salido un excelente padre también, pero el daño está hecho. Como su abuelo y su tío Eduardo, el Príncipe Carlos ha quedado traumatizado. La diferencia es que sus parientes lograron centrarse gracias a sus cónyuges. La Queen Mom fue instrumental tanto en la felicidad, como en el buen desempeño como rey, de su marido. Y para bien o para mal, Wallis dio estabilidad al Duque de Windsor. 

Lamentablemente, Carlos se casó con una mujer tan atormentada y necesitada de afecto como él y ninguno supo hacer feliz al otro. ¿Culpamos a la Reina Isabel entonces?

lunes, 25 de diciembre de 2017

¿Fueron amantes Isabel II y Porchey?: Aclarando ambigüedades de “The Crown”


Las dos temporadas de “The Crown” comparten un factor común, la inferencia de que el duque de Edimburgo es un marido infiel. Tal como en la vida real no existen pruebas para enjuiciarlo en ese aspecto, la serie se queda en ambigüedades. Pero, para confundir más al espectador, en el noveno capitulo de la temporada pasada, Peter Morgan embute la hipótesis de que la reina también se cobró con la misma moneda las infidelidades del marido. ¿Hay algo de cierto en eso?

Una de las muchas dudas que quedaron flotando a partir del final de temporada de “The Crown” fue la relación de Isabel II con su palafrenero Lord Porchester (más tarde Conde de Carnarvon). Al menos los celos del Príncipe Consorte parecieran indicar que la amistad entre reina y súbdito iba más allá de lo que exige el decoro. Ahora que ha comenzado una nueva temporada (y Porchey parece ser cosa del pasado) podemos hablar de lo que hay de verdadero, de falso y de exagerado en ese romance.

Se ha hablado que la Reina Isabel está molesta con “The Crown” por sus muchas falencias en lo que se refiere a sucesos reales que han exagerado, o simplemente falseado. No solo ella está enojada con esos errores que afectan su imagen. Y aunque Su Majestad no haga declaraciones públicas, me imagino que las implicaciones sobre su amistad con Lord Carnarvon están arriba de su lista de quejas. Yo creo que el episodio 9 de la Primera Temporada estuvo dedicado a satisfacer chismes que la prensa amarillista regó a fines de los 50s y, tal como esas crónicas escandalosas, lo que vemos en pantalla tiene poco o cero de fundamentos.

¿Qué es lo que se sabe a ciencia cierta?  El matrimonio de Isabel y Felipe atravesó muchos escollos, los peores en la época entre su coronación y el nacimiento del príncipe Andrés (1960). En algún momento, los rumores llegaron a la calle, y las noticias fueron tan estruendosas que la propia reina se vio obligada a hacer declaraciones públicas de que todo iba bien en su casa. Al parecer, y algo Su Majestad le confesó a Harold Macmillan, la fuente de todos sus problemas maritales había sido la negativa a que los hijos del duque llevasen el apellido del padre. De esa confesión surgirían cambios tales como el título de “Príncipe” para Felipe y el permiso para sus hijos apellidarse “Windsor-Mountbatten”.

Poco después, y tras diez años desde el nacimiento de la Princesa Ana, Isabel y Felipe anunciaron que esperaban un tercer bebé. Sabido es que Andrés es el hijo favorito de la reina. Incluso ese cariño abarca a sus hijas a quienes Isabel ha llamado “las mas bonitas de mis nietos” y hasta la madre de las niñas, la incorregible Sarah Ferguson, que, aunque divorciada, sigue gozando del apoyo de su real suegra.
Los Duques de York y sus hijas

El problema es que, en su día, los infaltables difamadores inventaron todo un cuento sórdido alrededor de este embarazo. Se dijo que Felipe no era el padre, inclusive que Andrés había sido concebido antes del Duque regresar de su itinerario de viajes oficiales. Todo totalmente falso. Luego nos sacan fotos del Duque de York y que dizque no se parece en nada a los padres, ni a sus hermanos. En cambio, le encuentran gran parecido con el Conde de Carnarvon. Yo digo que, si quieres encontrarle parecido con alguien, se lo vas a encontrar.


Yo, por ejemplo, si le encuentro a Andrés rasgos Windsor y un parecido con la familia. Pero luego nos salen que Andrés, es bajo, que es gordo, que no se ha quedado calvo como los Mountbatten. Yo creo que el chico “ha abueleado”. No saldría Mountbatten, pero salió Windsor. La fundadora de la casa Saxe-Coburgo-Gotha era una enanita rolliza. Su hijo, el Rey Eduardo VI, tatarabuelo de Andrés, recibía el apodo de “Tum-Tum” por tener un vientre prominente. Y si nos vamos a los Bowes-Lyon, la Queen Mum era bajita (vivía cayéndose por los tacazos que usaba) y gordita. Y vamos que Isabel II no es Brienne de Tarth, siempre se la ha considerado menuda. Pero echándole un ojito al Duque de York yo le veo parecido con la abuela paterna, la Princesa Alicia de Battenberg y sus despreciadas tías Nazis.
El Príncipe Felipe (vestido de marinero) sus padres y sus hermanas

Yo encuentro que Andres se parece a su abuela paterna, Alicia de Grecia.

Si descartamos los parecidos físicos y las posibilidades de que Andrés sea un “hijo del amor”, ¿qué otros factores podrían ligar a la reina y a Lord Porchester en una relación ilícita? The Crown” nos cuenta que la dependencia emocional de Isabel del hombre que manejaba sus caballos de carrera era tal que provocó iracundos celos en el Príncipe Consorte.  Mas encima el libreto de Peter Morgan nos hace creer que Isabel y Porchey tuvieron un romance antes de casarse, que Carnarvon era el prospecto de yerno favorito de la Reina Madre e incluso hacen que la novia oficial y futura Lady Porchester cuestione a su prometido preguntándole si ya la ha superado a “ella”.

Molesta e innecesaria es la escena en que mientras su futura esposa se baña en el cuarto contiguo, Porchey hace una llamada subrepticia a su reina, patrona y amiga. Molesta porque es anacrónica. En esa época, las novias no se bañaban en presencia de los futuros maridos. Todo lo que consigue hacer la escena es presentarnos a Porchey como un ente sexual, lo que lo hace candidato al tálamo real.
Absurdo. En la extensa y bien documentada biografía de la Queen Mum, The Queen Mother, William Shawcross menciona a todos los involucrados en la vida de Elizabeth Bowes-Lyon y su familia. Lord Porchester no aparece ni en una nota al pie de la página. Entonces no podemos hablar de una relación tan intensa con la princesa ni la de ser el yerno soñado de la madre de Isabel.
La Reina y el verdadero Porchey

Es cierto que la reina madre hubiese preferido que sus hijas se casasen con aristócratas del reino, preferiblemente escoceses. Es cierto que Isabel y Porchey se conocieron o en su adolescencia o infancia, pero no pasó de ser otro mas de los pocos conocidos de la futura reina. En una de esas ridículas páginas que busca destruir a la Familia Real tildándolos desde pedófilos hasta satánicos, una “ex dama “de Isabel, por supuesto anónima, describe la relación entre la princesa y Porchey datándola desde su juventud. Dice que Isabel sentía “una fuerte atracción sexual” por Porchey y que ambos solían ir a bailar al Café de Paris antes de ser este local bombardeado durante el Blitz.

A ver, Café de París fue bombardeado en marzo de1941. Para haber ido a bailar ahí, la reina tendría que haber ido al menos el año anterior, cuando ella tenía catorce años y Porchey dieciséis. No los hubieran admitido, y la verdad es que entonces (ojalá ahora) las chicas de catorce, y menos las princesas, no andaban recorriendo antros nocturnos. Porchey en ese tiempo estaba enterrado en una de esas famosas publicó schools inglesas donde era más fácil besarse con el compañero de pupitre que con una chica.

Por otro lado, “The Crown” se esmera en contarnos como los Windsor detestaban la idea de Felipe Mountbatten como yerno debido a su escandalosa familia. No tan escandalosa si la comparamos con la del pobre Porchey. Los Condes de Carnarvon tienen un pedigrí que se remonta al siglo XVIII, pero el más renombrado de sus hijos fue el abuelo de Porchey, el famoso arqueólogo que descubrió la tumba de Tutankamón y murió supuestamente debido a una maldición del joven faraón.
El Conde Carnarvon en Egipto

Cuando no andaba profanando tumbas, Lord Carnarvon se la pasaba en su mansión ancestral el Castillo de Highclere, más conocido por nosotros los “Downties” como la Abadía de Downton. Tal como Lord Grantham, Carrnarvon reparó su castillo con la dote de su mujer, hija (como Cora) de un judío millonario. Aunque el padre de Lady Almina no era estadounidense, si era muy adinerado. Ella era la hija ilegítima de Lord Alfred Rotchild. Con ese apellido sabemos que había para pagar servicio y mantenimiento y hasta comida de perros en el castillo.
El actual Lord Carnarvon, hijo de Porchey, y su esposa frente a Highclere

Sin embargo, a pesar de no tener carencias económicas, de cosechar fama en el mundo de la arqueología, y tener una esposa millonaria, Carnarvon era un individuo muy desagradable, un aficionado a coleccionar fotografías de chicas desnudas, que desahogaba sus instintos mas brutales en su heredero. Eran tales las palizas que le administraba a Henry, padre de Porchey que este fantaseaba constantemente con cometer parricidio. A pesar de que la maldición faraónica eventualmente le proporcionó la deseada orfandad, el pobre Henry quedaría psicológicamente marcado hasta el punto de convertirlo en otro tipo de monstruo.

Aunque Henry se casó con la estadounidense Catherine Terdick, madre de Porchey, pronto se divorciaron debido a las infidelidades del conde. Este volvió a casarse con la actriz alemana , de origen judío, Tilly Losch, pero su pasión era el adulterio. Mas allá de ser un mujeriego, Henry parecía sufrir de satiriasis, o lo que hoy se conoce como “adicción al sexo”. Necesitaba tener relaciones constantemente con diferentes compañeras, fueran matronas de sociedad o criadas. Lo peor, es que, si se le resistían, Henry las violaba. A una pobre victima que llegó a desmayarse la despertó brutalmente lanzándole una jofaina de agua. Digamos que el pobre Porchey no venía de una familia muy sana.

Uff y se me olvidó hablar de Almina, la condesa millonaria. Se consoló de tener un marido que nunca la quiso, con una ristra de amantes, antes y después de enviudar. Hay fuertes rumores de que el padre de Porchey en realidad era hijo del legendario Sir Victor Singh, hijo del Maharajá de Lahore. Se dice que el que no haya facciones exóticas en los descendientes de Almina se debe a que, el abuelo materno de Víctor era alemán.

Para coronar la lista de escándalos, a Almina, quien durante la Primera Guerra Mundial convirtió Highclere en un hospital, le quedaron gustando los asuntos médicos, y por un largo tiempo regentó una clínica de abortos clandestinos. Ósea, la familia Nazi y la mama esquizofrénica de Felipe eran la nada misma comparada con estos bochornos.

Es cierto que Porchey fue el gran amigo y confidente de la reina Isabel. Su muerte coincidió con 9/11. En su discurso sobre las víctimas, la reina mencionó con voz quebrada de llanto que “el precio del amor es el dolor”. Todos supieron que esas palabras eran en referencia Lord Carnarvon cuyo funeral es uno de los pocos sepelios privados a los que su Majestad ha asistido en su vida. ¿Pero vamos a confundir el cariño que se le tiene al mejor amigo con una confesión de infidelidad?

Uno de los detalles mas conmovedores que emergen de una inspección de la vida de Isabel es que (y a diferencia de otras reinas) no tiene amigas.  Margarita dejó de ser su confidente tras la crisis Townsend. A pesar de que la reina siempre ha confiado (por eso no hay que creerse todo lo de la ‘Crown’) en su madre y en su marido, en muchas ocasiones hay cosas que no les puede contar. Entonces es totalmente normal y sano que haya tenido como confidentes a amigos con los que compartía su gran pasión por los caballos como Porchey y Lord Plunkett.

Es cierto que la reina mantenía una línea privada de teléfono con Porchey que los comunicaba directamente . Es cierto que la reina se escapaba al cine sola, en esos años en que su matrimonio estuvo en la cuerda floja, con su caballerizo, pero también es cierto que Lord Porchester era muy unido a la Familia Real y que no apareció de la nada como nos cuenta “The Crown”.


Porchey era parte del Margaret Set. Tenía el joven vizconde una pasión por las tablas y colaboró en varias de las obras que la diligente, pero muy amateur, Princesa Margarita montó en escena, incluyendo la desastrosa adaptación La Rana de Edgard Wallace.

Porchey si pasó un tiempo en América donde conoció a la que sería su esposa, Jean Wallop. La reina fue amiga de la familia y hasta madrina del primogénito. En 1969, Porchey se convirtió en el administrador de las cuadras de Isabel, las dedicadas a los caballos de carera que posee la reina. A pesar de los supuestos celos del Duque de Edimburgo y los rumores, Porchey siguió siendo el confidente de la reina y su familia se llevaba bien con los Windsor.

Los Porchester, y su comadre Isabel II

Lady Carolyn Herbert, única hija mujer de Porchey, fue buena amiga de la Princesa Diana. Entre Koo Stark y Sarah Ferguson, Carolyn se hizo un espacio en la vida del Príncipe Andrés, Hasta se habló de “noviazgo oficial”.  ¿Qué mayor prueba que Andrés no era hijo de Porchey el que ambas familias viesen con buenos ojos su noviazgo con Carolyn?

Voy a detenerme aquí, antes de comenzar a destripar la segunda Temporada de “The Crown”. Como a muchos reseñadores y fans, nos ha dejado con la boca abierta y muy mal sabor, voy a dejar pasar unas semanas antes de volver a enfocarme en la serie del desubicado Peter Morgan. Hasta entonces trataré de entretenerlos con otras impresiones del Period Drama 2017. ¡Feliz Navidad a todos!