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viernes, 26 de diciembre de 2014

Situaciones Embarazosas: El tabú del embarazo (Televisión del ayer)


Tal como el sexo, el embarazo es uno de los procesos humanos más erradamente representados en la televisión. En una era en que la visita de la cigüeña es tema obligado de reality shows, el embarazo televisivo sigue siendo un tópico controversial del que se abusa; alrededor del cual se crean clichés que poco corresponden con la realidad; e incluso se critica a las series por  inutilizar a personajes femeninos preñándolos. Lo interesante es que hubo una vez en que por modestia, el embarazo y los partos fueron temas tabúes en la televisión.

¿De dónde nace este tabú? Ciertamente no de la Antigüedad donde la procreación era vista como algo sagrado, al igual que el sexo. La mitología universal está llena de leyendas sobre los partos de diosas y madres de semidioses. Se describen partos en la Biblia y en Las Mil y Una Noches, se les encuentra  en las leyendas medievales y hasta en Bocaccio. La mujer más poderosa de la iconografía medieval, la Virgen María,  es retratada siempre en su aspecto de Theotokos, la Gran Reproductora, La madre del dios encarnado. Así escultores y pintores la representan  encinta, dando pecho o en esa imagen emblemática de recién parida en el pesebre de Belén.


Para no ser menos, las reinas humanas paren en público hasta los días de Maria Antonieta. En cambio, en el mundo más humilde, la maternidad es un período segregado que  queda  en manos femeninas y es regulado y controlado por mujeres. La parturienta da a luz en compañía de comadronas y mujeres de su familia. Hasta hoy, en pueblos primitivos, la nativa se aleja de su tribu y alumbra a su hijo, sola o en compañía de otra mujer. Todavía se cree en el mundo animista que la mujer embarazada (como la menstruante) posee una magia poderosa y peligrosa para el varón.
El primer alumbramiento de María Antonieta


Sin embargo, en el Primer Mundo de Sigo XIX, con el auge de la burguesía, se trastoca la imagen de la embarazada. El puritanismo que se asocia con el mundo burgués vincula la preñez con el sexo, ahora un concepto totalmente tabú. La mujer embarazada es vista como algo indecente que debe ocultarse. Del embarazo no se habla en público ni en la literatura. Las clases altas, desde Londres hasta Moscú se refieren a todo el tema con eufemismos galos. “Je suis enceinte!” gime Anna Karenina cuando le revela a su amante que está de encargo. El parto es conocido como accouchement, y un aborto espontaneo es un faux accouchement.
Ropa maternal del Siglo XIX


La Literatura decimonónica está llena de madres solteras y casadas, pero  cómo traen al mundo a su prole es un aspecto que nunca se discute. No lo encontramos en Tolstoi, ni en Galdós, ni en Flaubert ni en los novelistas victorianos. Ni siquiera autoras hembras como Las Hermanas Bronte  o La Condesa de Pardo-Bazan se refieren a algo que realmente es “embarazoso”. La gran excepción es el francés Guy de Mauppassant.  En sus excelentes cuentos y novelas, el escritor normando nos revela las intimidades fisiológicas de campesinas y señoras y describe partos (desde la perspectiva de la madre) con una minuciosidad de detalle que sorprende en un varón.

Pero Mauppassant es un ave rara. Incluso en la literatura rosa, dirigida para mujeres y escrita por mujeres, no se encuentra el tema. Ni atrevidas escritoras de bien entrado el siglo XX como Grace Metalious o Jacqueline Susann se meten por ese sendero. La gran excepción es por supuesto Lo que el viento se llevó. Tanta importancia da Margaret Mitchell (que nunca tuvo un hijo) al proceso de la maternidad que cuando se traslada su mamotreto a la pantalla grande no pueden dejar de incluir el tema a pesar de que hacerlo implique ofender al Código Hays y transgreda las reglas de la representación de las embarazadas en el cine.

¡Vienen los Yanquis! ¡Viene el bebé!


Soy cinéfila apasionada y no recuerdo haber visto ni en el cine silente, ni en el de La Depresión, ni en Los Cuarenta, imágenes de mujeres encintas. Hablo obviamente del cine anglo-parlante. Incluso la palabra “pregnant” (embarazada) no llega a usarse sino hasta 1959 en “A Summer Place”. Como en las novelas victorianas, en el cine de entonces  los hijos son el resultado de un encuentro sexual  y de un proceso de gestación indescriptibles. Hasta para  anunciarle al marido que va a ser padre se recurre al lenguaje “eufemístico”, a expresiones faciales, y a muchos “Ohh” y “ahhs” que ya parecen juego de charadas.

El parto siempre se sabe que tiene lugar porque vemos a la protagonista despertar de un sueño inducido por drogas. Asi se ve despertar a Lana Turner en “Marriage is a Private Affair”,  Ginger Rogers en “Tender Comrade”, y Betty Hutton en “The Miracle of Morgan’s Creek”. Incluso en la literatura de ayer descubrimos que en la mayoría de los partos, las mujeres estaban drogadas con éter. “Me desperté del éter con un sentimiento de total desamparo” asi relata Daisy Buchanan el nacimiento de su hija en El Gran Gatsby. Esa imagen perdurará en la ficción hasta los Sesentas. Las mujeres se rinden ante la sapiencia médica que les evita el dolor, pero a cambio deben ceder control sobre su proceso reproductivo.
Glamur post-parto. Ginger Rogers en "Tender Comrade"


Este es el marco en que tiene lugar la reproducción humana y asi se traslada a la televisión. Sin embargo, se  le agrega otro detalle. En “Marriage is a Private Affair” nunca vemos a Lana Turner embarazada, pero si la vemos en su etapa post-parto haciendo ejercicio como loca para recobrar la figura. Le queda claro al espectador que la fecundidad femenina exige un sacrificio. La embarazada, aparte de verse fea por nueve meses, ya convertida en madre, deberá luchar para recuperar su identidad pasada incluso en el plano físico.

Me acabo de enterar que el primer embarazo televisivo tuvo lugar a fines de los 40, en un olvidado sitcom llamado “Mary Kay and Johnny”. Ocurrió que la protagonista quedaba en estado en la vida real. Como los shows de entonces eran semi realities,  integraron el embarazo creando un precedente que perdura hasta hoy, la actriz-embarazada que “embaraza” al personaje.

En Los 50, el programa con mayor rating en Estados Unidos era a comedia “I Love Lucy” protagonizada por Lucille Ball y Desi Arnaz, casados en la vida real. Cuando Lucy quedó embarazada, los productores decidieron arriesgarse e incorporar el embarazo a la trama. Asi en enero de 1952, en la misma noche en que Desi Arnaz Jr. vino al mundo, Ricky Ricardo Jr. nacía en televisión.


Por supuesto que el parto nunca se vio, que Los Ricardo seguían durmiendo en camas separadas, y que el embarazo de Lucy solo sirvió para utilizar clichés (torpeza para caminar, antojos, y cambios de ánimo de la futura madre) en aras del humor. Aun asi, por primera vez las televidentes embarazadas tenían a un modelo con el que identificarse e incluso podían copiar la ropa maternal de la comediante pelirroja.


Uno de los cambios que alterarían la imagen en la ficción de la embarazada fue el auge de la ropa maternal. Hasta los Años 30, no había tal cosa como prendas maternales. Las mujeres ensanchaban  sus vestidos cotidianos para que les cupiera la panza en ellos y durante su gestación solían esconderse precisamente por sentirse feas y mal vestidas. Aun en Los Treinta, la nueva industria de vestuario pre-natal se publicitaba con la recomendación “ropa hecha para ocultar su pequeño secreto”.

Fue en Los Cincuenta en que las tiendas de departamento comienzan a prestar atención a la mujer encinta viéndola como clienta y grupo comprador. En “Masters of Sex”, Libby Masters (Caitlin Fitzgerald) comenta con su suegra que ahora (1957) es posible comprar ropa elegantísima y atractiva durante el embarazo. Por eso, durante sus tres embarazos, Libby  ha hecho todo un desfile de moda pre-mama, incluyendo un ensueño de vestido de noche que lamentablemente no impidió un parto adelantado y la perdida de su primera hija.


A pesar de que el poder comprador de la futura madre ya era reconocido por el mercado, la televisión no parecía interesada en fecundar a sus protagonistas. Las series de los 60 estaban plagadas de heroínas seductoras: rubias tontas y pechugonas como “Mi Bella Genio”; jóvenes independientes como Marlo Thomas en “Esa chica”, y súper mujeres como Barbara Bain en “Misión Imposible” y Dame Diana Rigg en “Los Vengadores”. Las madres televisivas, de preferencia, debían ser viudas atractivas (Hope Lange en “El Fantasma y La Señora Muir” o Diahann Carroll en “Julia”) que competían con otras mujeres en el mundo laboral y el de la seducción.

Curiosamente, la próxima protagonista en recibir a visita del Ave Zancuda fue en un programa infantil, en la famosísima serie de dibujos animados “Los Picapiedra”. En 1963, Los esposos  prehistóricos recibían a Pebbles. Recuerdo el episodio en que Vilma le anuncia a su marido que van a aumentar la familia. Le muestra un escarpín que está tejiendo . Siguiendo el típico cliché, Pedro no entiende las indirectas ¡y cree que es una prenda para proteger su nariz del frio!
Vilma no se quita el collar ni para parir


En 1965, el estado interesante de otra actriz volvió a dar una oportunidad a los encargados de vestuario a crear un guardarropa para una glamorosa futura mamá. “Bewitched” fue una serie que rompió muchas reglas, entre ellas permitir una visón positiva, atractiva y activa de una embarazada moderna. A través de su larga duración, Elizabeth Montgomery pudo disfrutar abiertamente de dos embarazos que fueron incorporados a la comedia.
Segundo embarazo de Sam. 


Bruja, ama de casa, esposa trofeo, y  miembro activo de su comunidad, Samantha Stevens también vivía plenamente su fecundidad comenzando a mediado de los Sesentas cuando quedaba embarazada de Tabitha, su primogénita. Por supuesto, que las futuras mamás se identificaban con Samantha aunque ellas no poseyeran tan útil magia.
Darrin, Sam y Tabitha


Pero por muy bruja que fuera, Sam tenía que inclinarse ante las reglas que el mundo de su época imponía a las mamás, sobre todo en los hospitales. En este videoclip se la ve teniendo que obedecer a una enfermera que le niega visitas. Samantha se queja que las normas del hospital le impidan ver a su bebita recen nacida. Por suerte, ahí entra la abuela Endora (Agnes Moorhead) a usar hechizos para mandar al caray las reglas humanas.


Hasta Los Ochentas, “Hechizada” fue un caso aislado. La televisión de los 60, con la excepción de programas infantiles y sitcoms, iba dirigida predominantemente a un púbico masculino. El espionaje, los westerns y la ciencia ficción reinaban en el horario adulto y ahí había poco espacio para mostrar embarazadas. Incluso se creó por entonces una teoría de que incluir un embarazo  era un pasaje seguro a una baja de rating. Ta vez por eso, solo embarazaron a la Agente 99 (Barbara Feldon) en la última temporada de “El Súper Agente 86” (1969).
Agente 86, Agente 99 y mellizos


Pero serían las mismas series de machos las que retomarían el tema  recordándonos que no existirían los hombres si las mujeres no los parieran. En mi pre-adolescencia, yo era fanática de una serie policial muy simple, pero entretenida llamada “Área 12” (“Adam 12”) que narraba las vivencias cotidianas de dos policías de uniforme de Los Ángeles. En ese esquema, las hembras aparecían como victimas o victimarias. Aun asi uno de los policías, El Oficial Jim Reed (Ken Mc Cord) era casado, y sus persecuciones de criminales estaban siempre salpicadas de referencias a “Jean”. Fue un gusto cuando finalmente la muy embarazada Jean (Kristin Nelson) hizo acto de aparición en 1969 (1970 cuando presentó TVN ese episodio en Chile).


Los estresados policías deciden darse un descanso yéndose de picnic.  Reed lleva a su conyuge que ya está en su última etapa de embarazo. Por supuesto que aparecen unos delincuentes a arruinarles el día. Jean se muestra muy serena durante toda a ordalía, demostrando ser una buena compañera para un policía, y hasta increpa duramente a un villano. Obvio que tanto ajetreo le rompe la fuente y el marido tiene que partir en motocicleta a buscar una ambulancia para que su primogénito no nazca al descampado.


Otro reino de machos muy presente en la Televisión Sesentera también le dio espacio a la maternidad aunque fuera la de actrices invitadas. Me refiero al western donde había más parturientas que en las series de médicos como el “ Dr. Kildare” o “Ben Casey”.

“Bonanza” era una serie masculina por excelencia. Ben Cartwright (Lorne Green)era un viudo (tres mujeres habían enterrado el bandido) que manejaba un mundo en a Nevada decimonónica donde todo era masculino, desde sus caballos hasta sus tres hijos. En su rancho La Ponderosa aun el cocinero Hop Sing era varón. Sin embargo,  había mujeres que pasaban por la serie, algunas  con vientres abultados Un episodio muy conmovedor,"Inger, Mi Amor"  mostró el embarazo y parto de Inger (Inga Swenson), la madre de Hoss, el hijo segundo de Ben. Fue un flashback agridulce porque aparte de enfatizar las dificultades de tener un hijo en tierra hostil, el episodio acababa con Inger muriendo tras dar a luz.  No moría de parto pero si de flecha Apache.
Inger y Hoss


Mi western favorito de esa década, y que lo seguiría siendo hasta la llegada de “Dr. Quinn”, era “Valle de Pasiones” (“Big Valley”). A pesar de que el mundo de vaqueros del valle californiano de San Joaquín era tan duro y rudo como el de cualquier filme de vaqueros que se respete, la presencia femenina era constante. La familia Barkley era dirigida por la matriarca Victoria (Barbara Stanwyck) que podía andar en pantalones y botas todo el día, pero también manejaba hombres, su rancho y sus negocios cuando se ponía su miriñaque. Además estaba su hija Audra interpretada por una Linda Evans que atraía a público masculino con sus ojos azules y sus curvas.

Recuerdo particularmente un episodio muy intenso "Earthquake" Tras un terremoto, Victoria quedaba atrapada junto a un grupo de desconocidos en una mina abandonada. Parte del grupo era una chica india embarazada de un hombre blanco. Como siempre, “Big Valley” intentaba combinar la historia del pasado con  los problemas actuales de racismo que afectaban a Los Estados Unidos de Los Sesentas. Por supuesto, se presenta el parto. Victoria funge de partera y la madre muere para que convenientemente, sean el padre y su esposa estéril, ambos blancos y rubios, quienes críen al bebé mestizo.


Por décadas, la televisión angloparlante seria un muestrario de tabúes, pero el de embarazo fue uno de los más duros de matar. Solo en Los 80s vino a convertirse en parte de la fisionomía de dramas domésticos y comedias de situación.  ¿Tiene que ver es con el mayor protagonismo de las mujeres en la televisión o el cambio se debió al auge de  ideas feministas?

No sé la respuesta. Eso si, en la tradicional y retrograda América Latina de los 60, embarazo y parto ya eran  un ingrediente obligado de esa gran aportación latina a la cultura de masas, la telenovela. Esas imágenes del antiguo  culebrón contrastaban con la televisión del Primer Mundo donde no se podían ver barrigas ni oír ayes de mujeres en trabajo de parto. Nunca olvidaré a la gran Amparito Rivelles mandarse una de esas platicas, entre jadeos pre-parto, con el marido (que se volverían clichés telenoveleros) en “La Tormenta” (México, 1968)
El General y la muy embarazada Generala Paredes en "La Tormenta"


Y en el primer gran éxito de la televisión latinoamericana “Simplemente Maria” (Perú, 1969) la lista de embarazos y partos era interminable comenzando por la costurera-protagonista y pasando generacionalmente por su nuera , y por su nieta. ¡Hasta la consuegra de María tenía un bebé! Ohh, y si se atrevían a decir  “embarazada” y “embarazo”.
María y Toño


Hoy en día, hay críticas feministas que dicen que embarazar a la heroína es debilitarla. Hay una creencia en el mundo televisivo que un embarazo “mata” a una serie y que desglamoriza a la embarazada, principalmente si es la protagonista. En el mundo de las telenovelas, hay espectadores que reniegan de mal hábito de siempre embarazar a las heroínas.  ¿Son esas aseveraciones realmente ciertas? ¿Es preferible volver a los tiempos antiguos en que hasta la palabra “embarazo” era tabú?


domingo, 1 de junio de 2014

Jane Seymour: Reina de las miniseries (Televisión del ayer)


La calidad de sus histriones le ha ganado a  la televisión inglesa una reputación de ser superior a la estadounidense. Lo que explica el que hoy los actores británicos brillen en ambas pantallas y que series norteamericanas se enriquezcan con la presencia de Damian Lewis, Kevin McKidd, James Purefoy y David Morissey, pero no hay muchas actrices inglesas en la pantalla chica. Por eso se vale recordar a una chica de Middlesex que en las últimas tres décadas del Siglo XX reinó en las miniseries estadounidenses y llegó a tener su propio show de televisión.

Hace un mes, comencé a planear una cadena de entradas sobre mis miniseries favoritas y me sorprendió encontrar un elemento común, varias de ellas incluían a Jane Seymour en el reparto. Luego comencé a planear otra ristra de entradas sobre actores ingleses que triunfaron en la televisión norteamericana y nuevamente surgió el nombre de la intérprete de la Doctora Quinn. Consideré esa coincidencia como una señal para hacerle un homenaje en vida.

A medida que recopilaba datos sobre la actriz caía en cuenta de la extensión de su carrera. Miss Seymour triunfó en cine y en televisión, fue considerada un símbolo sexual, y también mereció premios por su talento actoral. Por ultimo, un detalle autorreferente,  Jane Seymour  fue una de mis idolas y  tuvo una tremenda influencia en mi zona capilar, ya que una de sus características más notables ha sido su larguísima y bien conservada cabellera.


Joyce Penelope Wilhemina Frankenbeger nació un 15 de febrero de 1951 en Hayes, el condado de Middlesex, en Inglaterra. Es hija de un obstetra judío y de una holandesa protestante. Tuvo una infancia y adolescencias típicamente normales. A los 18 años debutó ´en un pequeño papel en “Oh What a Lovely War”, una parodia de la Gran Guerra, dirigida por quien iba ser su suegro, Sir Richard Attenborough. Ya para entonces la debutante había elegido como nombre artístico el de la más olvidada de las esposas de Enrique VIII.

Ese mismo año, la ahora Jane Seymour se casa con Michael Attenborough. Bajo el ala de su familia, Jane sigue haciendo apariciones en televisión y en cine. Su suegro la dirige como Pamela Blowden, el primer amor de Churchill en su “Young Winston”. Ya los productores descubren que Jane (como Keira Knightley hoy día)  es idónea para roles de época.
Como Pamela Plowden


1973 será un año que marque la carrera de la actriz. Jane se divorcia e interpreta a Solitaire, una de las mas carismáticas “Chicas Bond”, en “Live and Let Die”. La virginal tarotista sigue siendo mi “Bond Girl” preferida, pero me tomaría un par de años conocerla, tal  como a su Princesa Farah en otra de esas inmortales contribuciones de Roy Harryhausen,  “Sinbad y el Ojo del Tigre”. Solitaire y Farah  me llegaron a través de la televisión y para entonces el rostro de la futura diva me era familiar.
Como Solitaire


La primera vez que la vi fue en la primavera de 1977, en una miniserie, el formato fílmico favorito de Jane Seymour. En Los 60’s y 70’s reinaba en la literatura popular un tipo de edición de bolsillo correspondiente a un subgénero, cruce entre Harold Robbins y Mario Puzo, que en mi escuela catalogábamos como “Los judíos-también-pueden-ser-promiscuos”. Seventh Avenue de  Norman Bogner es un ejemplo de esa literatura.


La novela narra la saga de un Ceniciento llamado Jay Blackman que en los años 30’s intenta hacer  fortuna en la industria del vestido (La Séptima Avenida se conoce como “El Distrito de La Aguja”). Su objetivo  lo lleva a enfrentarse a rivales, mafiosos, y sindicatos. Por supuesto, que su ascenso al poder va puntualizado por escalas en la cama de diferentes mujeres.

El libro fue un bestseller y la NBC y Universal la convirtieron en miniserie. Jane interpretaba a  Eva Meyers,  una ambiciosa diseñadora que inicia un tórrido affaire con Jay a pesar de estar ambos casados. Cuando ,después de cinco años juntos, él sigue sin divorciarse, Eva desciende una espiral que la llevará a tener otro amante, a caer en el alcohol y ser victima de todo tipo de abusos. Pasan los años, se rehabilita, Jay finalmente quiere divorciarse, pero un mafioso mata a Eva antes que pueda ser feliz.
Como Eva


Aunque la serie no fue un éxito, para mi la imagen de Jane Seymour en la sofisticada moda de los 30’s y 40’s capturó mi imaginación totalmente. Casi tanto como una escena en la que el marido descubre a Eva en brazos de Jay. La imagen de Jane envuelta en una bata de seda rayada con el cabello hasta las rodillas me convencía  que no había una mujer más bella en el mundo y que  mi deber era  tratar de verme como ella. (¡Seguro!). Tanto era mi deseo de parecerme a Jane Seymour que permití que mi madre me hiciera un peinado alto como el de Eva. Como Mi Ma es una gran creyente en “Para ser bella hay que ver burros y estrellas”, dejar mi cabeza en sus manos casi constituye abuso infantil.

Tras “Séptima Avenida”, Jane Seymour siguió conquistando al público en todo tipo de pantalla. Interpretó a la heroína de la versión de los 70‘s de “Las Cuatro Plumas” (y se veía mas linda que Kate Hudson en el mismo papel). Para la televisión americana trabajó en otras dos exitosas miniseries de época, la saga del Oeste “The Awakening Land” y la adaptación del bestseller de Taylor Caldwell, “Captains and Kings”. Entretanto, y fiel a una profecía hecha por una adivina, se embarcó en nuevos matrimonios. Su unión con Geoffrey Planer no alcanzó a durar un año. En 1981 se casó por tercera vez. El afortunado rea David Flynn, hombre de negocios y corredor de propiedades.

En 1980, la actriz estelariza junto a Christopher Reeves  una fantasía llamada “Somewhere in Time” ("Pide al tiempo que vuelva"). Reeves da vida a un escritor que posee la facultad de viajar en el tiempo hasta el siglo XIX donde conoce a su musa y gran amor encarnado en una Jane Seymour exquisita en trajes de la Belle Epoque. A pesar de la aclamación de la critica por su etérea Elise McKenna, Jane reconoce que la televisión es el mejor medio para lucir  sus atributos físicos e histriónicos y en 1981 protagoniza la miniserie “Al Este del Edén”, basada en la mejor novela de John Steinbeck.
Como Elise McKenna


Este proyecto de la ABC es todo un desafío. Nace bajo la sombra del clásico de James Dean de 1951. El  libretista Richard Shapiro decide volver al original y no canalizarse solamente en la historia de hermanos rivales. Asi la miniserie comienza en Connecticut, en los años posteriores a las Guerra de Secesión. Janes  da cátedra de actuación con su Cathy Ames que, en las palabras de Steinbeck, es una chica “con alma deforme”.


A los 16 años, Cathy incendia su casa, quema vivos  a sus padres y huye a caballo hasta encontrar refugio en la granja de los Trask. Ahí pronto se convierte en la manzana de la discordia  provocando la rivalidad entre el  brutal Charles Trask (Bruce Boxleitner) y  su hermano, el tímido Adam (Timothy Bottom). Será Adam quien se lleve a Cathy al otro lado del país, al condado de Salinas en California.

 Cathy da luz a los gemelos Araron y Caleb. Aunque es evidente que no ha nacido para esposa y madre, y que es posible que esté trastornada, el enamorado Adam se niega a reconocer que su mujercita es capaz de cometer todos los pecados del decálogo. Adam es el único sorprendido cuando Cathy huye a Monterey donde se convierte en la regenta de un burdel.

 Los gemelos crecen y se convierten en los  émulos del Caín y Abel bíblicos. Aaron (Hart Bohcner) es el predilecto del padre, pero será el despreciado Cal (Sam Bottom) quien descubre que su madre vive y se dedica al oficio más antiguo del mundo. La transición de Jane de adolescente desquiciada a una madame dura y ambiciosa es hecha a la perfección, sin perder ella un ápice de su belleza ni esa capacidad de aterrorízarnos con su ilimitada crueldad.


Por este rol, Jane Seymour ganó un Globo de Oro y la corona de “reina de las miniseries”. Terminado el rodaje de “East of Eden” la actriz se tomó un descanso y el derecho de ser madre por primera vez. Jane dedicó todo su tiempo a su embarazo y al cuidado de su hija Katherine a la que amamantaba ella misma. Pero detuvo este proceso cuando llegó el turno de aspirar al protagónico para otra miniserie épica, la adaptación de El Pájaro Espino de Colleen McCullough. A pesar de que había dejado de darle pecho a Katherine por varias semanas, la leche regresó en el momento menos oportuno, ¡justamente cuando hacia casting para el rol de Meggie Cleary! Jane quedó fuera del proyecto y Rachel Ward dio vida a Meggie.

La actriz se consoló cosechando más éxito como Marguerite de St Just,  la esposa de La Pimpinela Escarlata en la adaptación del clásico de la Baronesa Orczy. El rol del noble inglés que rescata aristócratas camino a la guillotina le tocó a Anthony Andrews, recién salido de su éxito en “Brideshead Revisited”.


Fue en esa década de miniseries épicas que comenzó a correr el rumor de que alguna cadena de televisión se atrevería a adaptar Lo que el Viento se Llevó a la pantalla chica. Incluso se hicieron encuestas para ver quienes reinterpretarían a Scarlett y Rhett. Los ganadores fueron Pierce Brosnan y (por supuesto) Jane Seymour.



Yo ya los veía en esos papeles, y creo que ella se sentía un poco Scarlett. Es evidente que su look en un comercial de perfume  del '84 está inspirado en la novela de Margaret Mitchell (y si, en los 80's yo usaba Le Jardin). El proyecto nunca se llevó a cabo, aunque en los 90’s volvió a barajarse el nombre de la Seymour para protagoniza la miniserie “Scarlett” que al final quedó en manos de Joanne Whalley.

Los 80’s, verán a Jane estelarizar una serie de éxitos televisivos. Brilla en una adaptación de “El Fantasma de la Opera” junto a Maxmilian Schell; se atreve a salirse de un marco de period pieces para encarnar a una mujer atormentada por un fantasma en “The Haunting Passion”. Arriesga comparaciones con divas del cine como Maureen O’Hara y Olivia de Havilland, reviviendo sus roles como las gemelas en un refrito de “Dark Mirror”;  y como la dieciochesca campesinita que cae en un nido de contrabandistas en la adaptación a la pantalla chica del bestseller de Daphne Du Maurier, La Posada de Jamaica.

En "The Haunting Passion"


En el cine no le va también y aunque se atreve a filmar un desnudo parcial, su “Lassiter” junto a Tom Sellek es un fracaso, a pesar de que Jane como siempre se ve exquisita en un Berlín del Tercer Reich luciendo modas de la época. En 1984, Jane Seymour confirma su papel de Reina de las Miniseries interpretando a Lady Brett Ashley en una adaptación de The Sun Also Rises.

En "Lassiter"

Como Lady Brett Ashley


Esta miniserie fue blanco de críticas por tomarse libertades con la novela de Hemingway, pero nadie critica a Jane Seymour por encarnar notablemente el espíritu de la promiscua, pero sentimental heroína. Su química con Hart Bochner (quien había sido su hijo en “Al Este del Eden”) es impecable y como siempre la actriz lució divina en vestuario de Los Locos 20’s.

Tras tomarse un tiempo para dedicarse a su segundo hijo, Jane Seymour volvió a la carga. El final de la década la vio en múltiples facetas. Como secundaria en una adaptación de Crossings de Danielle Steele; como La Duquesa de Windsor en “The Woman He Loved, como una pintora victoriana de romance con un policía (Sir Michael Caine) que persigue a “Jack, El Destripador” y hasta en Buenos Aires, interpretando a María Iribarne, la heroína de El Túnel de Ernesto Sábato.

Como La Duquesa de Windsor

Como María Iribarne

En 1988, Jane Seymour recibe un Emmy por interpretar a Maria Callas en una miniserie sobre la vida de Aristóteles Onassis. Aunque su interpretación de la diva es impresionante, a muchos les sorprendió que recibiera galardones por esae papel y no por su siguiente miniserie, “War and Remembrance” (Fue nominada tanto al Emmy como al Globo de Oro).
Como María Callas


En 1982, Dan Curtis y la Paramount se habían unido para la monumental tarea de llevar a la pantalla chica Winds of War, la obra maestra de Herman Wouk, por muchos considerada el equivalente a La Guerra y la Paz de la Segunda Guerra Mundial. Esta exitosísima miniserie, muy apegada al libro, mostraba las aventuras de los Henry, una típica familia americana (una típica familia militar) cuyos miembros se ven desperdigados por el globo terráqueo antes y al comienzo del más importante conflicto bélico del Siglo XX.

Robert Mitchum daba vida al patriarca, El Comandante Victor Henry; Jan Michael Vincent era su hijo Byron quien encontraba el amor y el sentido del deber en una Europa al borde de la guerra; y Ali MacGraw era la expatriada yanqui (y judía) que finalmente consigue hacerlo madurar y convertirse en esposo y padre. Admito que ni Jan Michael ni Ali me gustaban en los roles de Byron y de Natalie Jastrow y desee que otros los hubiesen interpretado.


Cuatro años después que la ABC presentara “Los Vientos de la Guerra”, comenzó a filmarse su secuela “War and Remembrance”, pero el elenco había cambiado. Afligido por el cáncer, John Houseman daba paso a Sir John Gielgud para encarnar a Aaron Jastrow, famoso escritor judeo-americano, cuya negativa de abandonar la Italia de Mussolini lo lleva a firmar su propia destrucción. El alcoholismo de Jan Michael Vincent  obligaba a los productores a reemplazarlo por Hart Bochner para el papel de Byron, ahora un oficial de la Marina estadounidense destacado en el Pacifico.
Jane y Sir John
Jane y Hart Bochner






Jane como Natalie Jastrow Henry

















Ali McGraw había sido muy criticada por su interpretación de Natalie Jastrow. Fue un alivio para los amantes de la saga de Wouk saber que no repetiría su papel en la secuela debido a que se veía muy mayor para hacer de Natalie. Se dice que Dan Curtis le pidió tres veces a Jane Seymour que se metiera en los tacones de la Jastrow y que solo a la tercera la diva aceptó. Sin embargo, la Wikipedia cuenta que fue Jane quien hizo campaña para ese rol. Me parece raro, Jane estaba ocupadísima esos años, es mas que posible que haya declinado trabajar en “War and Remembrance” hasta que la convencieron de hacerlo.

El hecho es que no me imagino a Natalie con otro rostro que el de Jane Seymour. Ali había creado una Natalie un poco desfachatada, demasiado tranquila en momentos de peligro, sobre todo en sus escenas con los Nazis. En “War and Remembrance” el personaje de Natalie es sometido a experiencias espeluznantes y no concibo a Ali McGraw logrando conmoverme como lo consiguió su reemplazante.


“War and Remembrance” fue la última gran miniserie de los 80’s, no tuvo el éxito esperado y se gastó en ella mas de lo previsto, pero sigue siendo una historia imponente, una miniserie de culto y a mi parecer,  el mejor trabajo de Jane Seymour. No podría describir todas las fantásticas escenas que me vienen a la memoria y solo puedo contarles que llore a mares en un momento increíble, dado mi admiración y la de todos sus fans por su larga cabellera.

Me refiero a la llegada de Natalie a Auschwitz en que debe someterse a un corte de pelo al rape obligatorio para todas las prisioneras. De solo verla calva y observar como caían al suelo mechones de su larga cabellera, yo chillaba  más que el personaje. Solo recientemente vine a enterarme que entre utilería y efectos especiales consiguieron hacernos creer que realmente  habían rapado a Jane Seymour.


Confirmando su relevancia en el formato de miniseries, Jane Seymour fue contactada por la televisión francesa para una miniserie gala. En 1989, interpretó a la desdichada Marie Antoinette en “La Revolution Française” una serie de lujo creada para conmemorar el bicentenario de La Caída de La Bastilla. Ahí la actriz tuvo el gusto de trabajar con sus hijos, Katherine y Sean, quienes dieron vida al Delfín y a Madame Royale.



“War and Remembrance” fue el canto del cisne y el fin del reinado de Jane en las miniseries. En 1991, su tercer matrimonio fracasó. Convertida en madre soltera de dos hijos, la actriz comenzó a aceptar una serie de papeles en filmes bastante mediocres. Ya parecía que su carrera estaba acabada cuando en 1993, la CBS le ofreció algo totalmente nuevo: su propia serie de televisión.


Toda una nueva generación conocería a Jane Seymour como la refinada solterona bostoniana, que huyendo de prejuicios, parte a practicar la medicina en El Lejano Oeste. Jane Seymour estuvo fantástica como Michaela Quinn, quien apenas llegada a Colorado Springs es obligada a montarse en un caballo, hereda tres hijos, y conoce al hombre de su vida, mientras lucha por convencer a un pueblo machista que es su única esperanza de mantenerse sano.




La serie de Beth Sullivan sirvió para variar nuestra imagen del Far West enfocándolo ahora desde la perspectiva de las mujeres y otras minorías. La Dra. Mike era en muchos sentidos una adelantada para su época. Eso sin dejar atrás su refinamiento y su virtud victoriana, llegando a perder su virginidad solo en su noche de bodas tal como lo exigía la etiqueta decimonónica.

Salpicada de personajes interesantes y de famosas estrellas que se peleaban por hacer cameos en una serie que gozaba de altísimos ratings, "Dr. Quinn, Medicine Woman" volvió a elevar a su protagonista al rol de súper estrella. Por seis años vimos a la Dra. Mike vivir todo tipo de aventuras, correr diversos peligros, enfrentarse a desafíos médicos y morales, y convertirse en esposa y madre de una hija biológica a la par de criar tres hijos adoptivos En cuanto a la vida personal de la actriz, tras un breve y publicitado romance con Joe Lando su coestrella, encontró estabilidad en su matrimonio con James Keach (se divorciaron el año pasado) y añadió un set de mellizos a su prole.
(popmatters.com)


Aun después de cancelada, “Dr. Quinn” motivó dos filmes hechos para televisión en 2000 y el 2001. La gente no se cansaba de verla. Se ha vuelto una teleserie de culto cuyas reposiciones siguen gozando de alta sintonía. Fue un cierre digno para la carrera de Jane Seymour. Aunque sigue activa en cine y televisión, nunca más ha alcanzado ese rango que le dio la edad dorada de las miniseries. Sin embargo ver cualquiera de esas actuaciones mágicas nos recuerda el motivo por el que se la llamó “La Reina de las Miniseries”.

Para los que tienen acceso al cable Latino, “Dra. Quinn, La Mujerque Cura” puede verse diariamente por TMC.




martes, 29 de abril de 2014

Fantasías de violación: Un extraño fenómeno de la televisión de fin de siglo (I Parte)



La violación es un concepto tan delicado y tan poco entendido que no debería usarse en la ficción. La decisión de integrarla a “Downton Abbey” enturbió la atmosfera serena y sentimental de esa serie inglesa. Más alboroto ha causado recientemente el mal uso de la violación en la trama “Juego de Tronos”. Sin embargo, nada alcanza el paroxismo de la ficción literaria y televisiva de los 70’s y 80’s donde el ultraje sexual se convertía en un recurso romántico y se idealizaba al el agresor. ¿Se ha realmente superado esa imagente distorsionada de un  delito? ¿O acaso en días de 50 Sombras de Grey todavía hay quien ve el coito forzado como algo excitante y sin mayor trascendencia?

Fue una curiosa coincidencia que Mayra Alejandra falleciese la misma semana en que “Juego de Tronos” decidía deformar fatalmente  a su antihéroe Jaime Lannister convirtiéndolo en violador. Sucede que la telenovela más famosa de Mayra, “Leonela”, glorifica al agresor sexual y sus actos. “Leonela” fue uno más de los ejemplos de ficción que se adhirieron al culto del “héroe-violador”, una presencia persistente en el material de entretenimiento femenino.

El auge de la novela a fines del Siglo XVIII trae dos fábulas morales que buscan prevenir a las jovencitas burguesas. Rebelarse contra los dictados de sus mayores puede acabar con ellas en la cama de un violador. En Clarissa de Samuel Richardson, la protagonista, huyendo de un matrimonio impuesto por su familia, pone vida, cuerpo, y reputación en las manos del calavera Lovelace. Cuando Clarissa Harlowe se rehúsa a casarse con él, Lovelace la viola y degrada. Choderlos de Laclos en su Les Liaisons Dangereuses presenta  a otro noble libertino, El Vizconde de Valmont que, por una venganza absurda, abusa de una jovencita recién salida del convento.
Clarissa violada


El problema es que innumerables adolescentes, por casi dos siglos, al leer estas novelas cierran los oídos a los alertas de los autores y acaban enamoradas de estos seductores criminales. Cuando estos cautionary tales pasan a la pantalla subliman a los protagonistas a pesar de lo censurable de sus actos. Aunque en la adaptación de la BBC, la violación de Clarisa Harlow es terriblemente gráfica, pocas espectadoras sentían rabia contra Lovelace interpretado por un joven, pero sexy desconocido (entonces) llamado Sean Bean.


Lo mismo ha ocurrido con las innumerables versiones de Las Relaciones Peligrosas. Por empezar está el hecho de que a Valmont siempre lo han interpretado símbolos sexuales de todas las épocas como Gerard Philipe, Colin Firth y Ryan Phillippe. Aun mas reprensible es que se esmeran los productores en hacer pasar la desfloración de Cecile como seducción cuando el libro explícitamente demuestra que Valmont utiliza el chantaje y la fuerza para poseer a a niña.



Casi doscientos años después de la publicación de estas novelas, la cultura de masas todavía exhibía una actitud ambigua hacia la agresión sexual. Como los códigos legales occidentales se tomaron su tiempo antes de aceptar que la violación marital era un delito, no es de sorprender que Margaret Mitchell asumiera que su primer marido no había hecho nada censurable al golpearla y forzarla. Pero como toda victima, la escritora llevaba un drama interior el cual solo podía exorcizar  a través de su pluma.

Amo Lo que el viento se llevó, es mi novela favorita, amo a Rhett Butler, pero no puedo negar que él viola a Scarlett. Es cierto que ella lo humilla, le niega sus derechos, pero también es cierto que  esa noche, ebrio y en un arrebato de celos, la carga hasta el dormitorio y la ataca sexualmente. Lo curioso es que ni Scarlett ni la autora tienen reproches para Rhett. Scarlett está gratamente sorprendida puesto que la agresión ha dado como resultado su primer orgasmo. Para Peggy Mitchell una violación se vuelve un recurso para hacer aflorar el deseo reprimido de su heroína.


Scarlett es una mujer que ha roto muchos tabúes, vive más allá de los límites que su sociedad impone a las mujeres, pero tiene una restricción: el amor carnal. Rechaza el aspecto físico del amor y a pesar de haber estado tres veces casada, su imagen de la pasión no llega mas allá de los castos besos que ha intercambiado con su gran amor, Ashley Wilkes. Solo por la fuerza llega a descubrir el lado positivo del sexo.

En su escandaloso (para la época) bestseller Peyton Place, Grace Metalious describe el martirio de Selena Cross, una humilde habitante de un pueblecito de Nueva Inglaterra que desde los 14 años es abusada por su padrastro. Esto acaba cuando el medico del pueblo ahuyenta a Lucas Cross. Años más tarde, Lucas regresa a la vida de su hijastra, intenta violentarla y ella lo mata. Selina es llevada juicio. Incapaz de contar su verdad,  enfrenta la amenaza de la horca, pero el Dr. Swain declara a su favor, cuenta su tragedia e incluso revela como le practicó un aborto ilegal a la chica. El conservador y puritano pueblo de Peyton Place toma una decisión asombrosa: declaran inocente a Selina y permiten que el Dr. Swain siga practicando la medicina. Esa es su manera de hacer justicia y demostrar su solidaridad con una mujer violada.

Lloyd Nolan como el Dr. Swain y Hope Lange como Selena

Lo curioso es que Metalious incluye otra violación en el mismo libro, pero la presenta de una manera  totalmente diferente. Constance es la madre de la protagonista. Todo Peyton Place la cree una viuda irreprochable únicamente dedicada a sacar adelante a su hija Allison. En realidad, Connie fue amante de su jefe casado en Nueva York y Alison es el fruto de esa relación ilícita. Ella vive con dos temores: que alguien revele su secreto y que Allison repita su historia.

Atraída por Mike Rossi, maestro de su hija, Connie acepta salir con él. La cita acaba con Rossi golpeándola y violándola. Mike ha notado que Connie es una hipócrita que reprime sus deseos carnales bajo una apariencia puritana. La fuerza es su manera de conseguir que Connie se manifieste como  la mujer apasionada que es. Como Peggy Mitchell, Grace Metalious convierte el sexo no consentido en un medio para despertar la pasión y destruir inhibiciones. Es que en la literatura “rosa” o femenina, la violación puede  ser un instrumento de múltiples propósitos.

Lana Turner como Connie Mackenzie


En 1971, Dame Catherine Cookson, reconocida autora de novelas sentimentales, publica The Dwelling Place, un romance histórico donde la heroína Cissie pasa de mendiga a señora de la región gracias a... ¡Sii, una violación!


A sus quince años Cissie pierde a nueve de sus hermanos y a sus padres, todos victimas del cólera. Pierde su casa cuando la embargan sus acreedores y a su novio Matthew, cuando éste se casa con la hija del molinero. Cissie se lleva a sus ocho hermanos restantes a vivir a una cueva que queda en las tierras de los Fichdel. Cuando Cissi araña a Isabella Fichdel, ésta obliga a su hermano Clive a vengarla. ¿Que mejor venganza que violar a la cavernícola?


Lord Fichdel al enterarse de la última travesura de su hijo, lo mete en la Marina, encierra a Isabella y le quita el hijo a Cissie. Años más tarde, Clive regresa reformado y deseoso de enmendar sus errores, le devuelve el hijo a Cissie, y terminan casados. Aunque la historia nos parezca aberrante, lo que hace la autora es elevar socialmente a Cissie gracias a una violación. Su recompensa es convertirse en Lady Fichdel aunque el precio sea un ataque sexual.


Un año después de la publicación de The Dwelling Place, Kathleen Woodside revolucionaría la novela rosa con la publicación de The Flame and the Flower. Aparte de incluir sexo grafico en el romance histórico y ser la pionera del subgénero bodice-ripper (rompe-corpiños), Mrs. Woodside populariza al héroe violador.


La trama tiene lugar en Londres a inicios de Siglo XIX. Heather Simmons es una huerfanita que mata a un hombre que intenta forzarla. En su huida, termina ocultándose en un barco anclado en el muelle. Brandon Birmingham, el capitán, la descubre y creyéndola una prostituta la viola.  A descubrir que era virgen, le ofrece hacerla su amante. Cuando ella se niega, intenta abusarla de nuevo. Heather logra huir  y encuentra refugio con sus tíos. Al enterarse que está embarazada, ellos obligan al Capitán Birmingham a casarse con Heather. La infeliz pareja se embarca hacia las propiedades de Brandon en Charleston. Ocurren mil peripecias, hasta que finamente después que Brandon rescata a Heather de otro intento de violación, ambos se confiesan su amor. Esta novela hizo historia, y por las próximas dos décadas fue la influencia mayor en las escritoras de romances históricos.

Confieso haber sido adicta a los bodice-ripper y ser dueña una colección de como doscientos volúmenes, escritos entre 1974 y 1990. Puedo aventurar que casi la mitad de ellos inicia con la heroina (siempre virgen) violada por el héroe. Este tipo de literatura, escrita por mujeres y para mujeres, exalta la fantasía de la violación, siempre y cuando cuatro reglas estén presentes: el violador de ser atractivo y millonario (muchas veces se trata de un aristócrata); la agresión no incluye violencia extrema; el 90% de las veces la violada llega al orgasmo; y al final del cuento victima y violador se casan, son felices y  están muy enamorados.

(deviantart.com)


¿Por qué la agresión sexual se volvió un cliché del romance histórico? En su momento, Kathleen Woodside dijo que le resultaba inconcebible que una tímida virgen decimonónica se entregase a un desconocido, por  lo tanto la entrega debía ser contra la voluntad de la victima. ¿Era esa la única razón?  ¿No había algo en la cultura de entonces que hacía excitante el sexo forzoso?

La fantasía de la violación es muy común en mujeres que temen entregar el control de su cuerpo o se sienten incomodas ante la exigencia de ser sexualmente activas. Después de la Revolución Sexual de los 60s, del advenimiento de la píldora y del culto al amor libre, muchas mujeres se asustaron ante una libertad impensada que las obligaba a asumir riesgos y  deberes. Los mensajes cruzados del feminismo también nos confundían, principalmente a las jóvenes. El auge de enfermedades venéreas como el herpes y  el Sida en los 80’s terminó por otorgarle a sexo una aura excitante, pero peligrosa. De alguna manera, la fantasía de violación conllevaba una evasión de responsabilidades y  sentimientos de culpa.

(tumblr.com)


Los 80’s (lo que hoy se conoce como La Era de Reagan) trajo un retorno de valores antiguos a la sociedad estadunidense, entre ellos una renovada admiración por la castidad. Muchas adolescentes y jóvenes de entonces idolatrábamos a Brooke Shields que juraba no perder su virginidad hasta estar casada, y a Diana de Gales que supuestamente había llegado virgen a su noche de bodas. En ese contexto, era difícil dar un paso hacia perder a virginidad fuera del matrimonio. Las heroínas violadas en los romances históricos telenovelas y soap operas eran afortunadas. Disfrutaban del sexo, pero sin responsabilidad ni estigma. Este caía sobre el violador que se veía obligado a casarse con ellas.



No creo que ninguna de nosotras creyera que esos encuentros sexuales eran realmente violaciones. Teníamos claro que “violación” era un delito, un acto brutal que destruía la victima y que era perpetrado por  psicópatas asquerosos. Eso nos lo dejaba claro un subgénero fílmico también de moda. Las “Rape and Revenge Movies” (Películas de violación  y venganza).  En ellas la protagonista era ultrajada brutalmente, a menudo por una pandilla. Tras sobrevivir a la agresión, la mujer buscaba a cada uno de sus agresores y los mataba con lujo de crueldad. Aunque ese tipo de cine fingía enpoderecer a la victima, ninguna de las espectadoras deseaba parecerse a ella. La tesis era que la violada se convertía en un monstruo, igual o peor que sus atacantes, más o menos lo que había retratado Rómulo Gallegos en su clásico Doña Bárbara.

Yo vine a caer en cuenta que vivía una cultura de violación en mis años universitarios gracias a un debate en una clase de literatura provocado por una de Las Novelas Ejemplares, “La fuerza de la sangre” de Miguel de Cervantes. En el relato cervantino, Leocadia una adolescente toledana es raptada y violada por el noble Rodolfo. Embarazada y abandonada, Leocadia recibe el apoyo de sus abuelos, pero más adelante, reconoce a su atacante. La misma familia de Rodolfo lo obliga a reparar su falta casándose con la chica. Colorín, Colorado, todos contentos menos yo.

Se me ocurrió argumentar que mal premio era para Leocadia ser obligada a casarse con un criminal con conductas psicópatas. Lo extraordinario es que tanto el profesor como mis compañeros (incluso las mujeres) me miraban como si fuera un bicho raro. ¿Cómo no? Si estábamos en 1985, y la cultura de masas femenina enaltecía a los violadores. La cultura de masas latina y también la angloparlante.

En el mundo de la ficción rosa latina, sea novela, radioteatro  teleserie, la violación siempre es una pesadilla que acecha a la heroína, con determinadas variantes. Los villanos suelen ser violadores, es parte de su imagen. Un castigo que casi siempre espera a la villana es ser ultrajada. La heroína muchas veces cree haber sido violada, por lo tanto es indigna del héroe, pero al final se descubre que es pura y casta. La ultima y peor variación es cuando  el héroe utiliza la violación como un modo de conseguir el amor de la heroína.

Todos estos ejemplos deben sonar familiares a los conocedores de las telenovelas de Delia Fiallo, una autora icónica que  fue quien mejor desarrolló el tema de la heroína violada y su heroico agresor. En 1975, Doña Delia presagia ya la telenovela didáctica con su “Una Muchacha llamada Milagros”. El Dr. Juan Miguel Saldivar (José Bardina) es un eminente siquiatra. Su prestigio profesional le ha conseguido un puesto importante en la alta sociedad caraqueña. Todos admiran su profesionalismo, sapiencia y dedicación a rehabilitar a jóvenes delincuentes, a pesar de que tanto trabajo lo aleja de su familia. Su esposa y conocidos se sorprenden ante el cambio del médico,  puesto que en su juventud Juan Miguel era un tarambanas, parrandero, mujeriego y casi un alcohólico.



 Un día el Dr. Saldivar se encuentra ante un caso difícil. Milagros (Rebeca González)es una chica semi delincuente, hosca, agresiva y que detesta los hombres y su contacto. Bajo hipnosis, Milagros revela su secreto. A los catorce años, acabada de fugarse de un orfanato, fue violada por un desconocido en un oscuro callejón. El siquiatra muy alterado busca a un amigo y colega y se confiesa con él. Hace años, Juan Miguel atacó a Milagros. Ese fue el punto de quiebre en su ida cuesta abajo. Desde entonces ha tratado de enmendar su vida. Pero tal enmienda no existe si Milagros no es feliz.

Aprovechando que su esposa convenientemente se ha ahogado en un crucero, Juan Miguel decide casarse con Milagros. Como la chica está enamorada de su protector, acepta feliz, pero antes se comprometen a que su matrimonio nunca será consumado puesto que Milagros rechaza el amor físico. La noche de bodas, cuando Saldivar se prepara para dormir en el sofá de la sala, Milagros lo llama y terminan haciendo el amor. La experiencia aunque placentera, despierta los recuerdos de la novia. En sueños revive su tragedia y reconoce el rostro de su atacante. ¡Ahí arde Troya! Casi cinco meses les toma a la pareja reconciliarse y perdonarse.

Como nunca realmente vemos la agresión, como conocemos a los protagonistas casi una década después de ocurrido el delito y como solo observamos el lado bueno de Saldivar, nos es mas fácil perdonarlo. Es tan evidente su arrepentimiento, su necesidad de auto castigarse, su propósito de enmienda, que incluso sentimos que Milagros es injusta con su violador. UMLM fue un éxito tremendo como lo fue también su refrito de 1987, “Mi Amada Beatriz”, el primer protagónico de Catherine Fullop.

En el 2008, Televisa hizo una versión mexicana de esta historia y la protagonizó una de las súper parejas telenovelera: Wiliam Levy y Maite Perroni. Pero los tiempos habían cambiado y en esta versión Marichuy cree haber sido violada, pero todo lo que lo hizo el siquiatra fue “robarle” un beso. Como conservaron casi enteros los diálogos originales este cambio a veces resulta confuso para los televidentes y lúdico para quienes conocíamos a historia.

Después de “Milagros”, Doña Delia siguió experimentando con el tema de la violación. En “Emilia” el héroe, creyéndola amante de su padre, exige de la protagonista que le “pruebe” que es virgen. Emilia se niega y Alejandro la viola. A todos nos parece increíble cuando ella lo perdona y se casan. Pero la apoteosis del héroe violador”fiallesco”  llega con la escandalosa Leonela.





Desde el primer capitulo que la audiencia estaba al borde de una silla, porque nunca se había visto una telenovela tan bizarra. Todo lo rosa de Delia Fiallo se teñía de negro o rojo vivo en a historia de la Dra. Leonela Ferrari, abogado, niña bien, millonaria y a punto de casarse con otro nene del jet set. Solo que como dice el inolvidable tema de Gualberto Ibarreto: “Aquella noche un vagabundo cambió tu risa en amargura”. Paseando por su playa privada Leonela es atacada, golpeada y despojada de su virginidad por el marginal y semi analfabeto Pedro Luis.


Tras saber el calvario que debe pasar una mujer que quiere denunciar un abuso sexual, Leonela decide ocultar su vergüenza, solo sus íntimos se enteran. Pero el violador, que realmente parece un poco tarado, comienza a perseguirla y acosarla. No se da cuenta que ha cometido un delito, cree que Leonela es ahora su mujer y quiere casarse con ella. Otto, el novio de Leonela, también quiere casarse con ella, pero exige que aborte el fruto de su violación. Leonela y su tía van a una clínica clandestina. Allá las sigue Pedro Luis, pelean y él termina arrojándola por una escalera. Leonela no aborta, pero su familia decide cortar por lo sano, y mandan matar a Pedro Luis. El violador, que tiene más vidas que un gato, mata al asesino. Leonela exasperada denuncia a Pedro Luis.

Hay un juicio, Leonela representa a la parte acusadora y el acusado es condenado a diez años de prisión. No se detiene ahí la venganza de los Ferrari. Acosan a la familia de Pedro Luis, los hunden en mayor miseria. El padre muere de un infarto, su hermano de un coma diabético. Un día, Pedro Luis recibe una visita en la cárcel. Es Nieves María, su cuñada viuda (que está enamorada de el). Le muestra a su hijo Pedrito. Leonela rechazó al niño y los Ferrari lo enviaron a un orfelinato de donde Nieves lo rescató. Pedro Luis se llena de odio contra los Ferrari y contra la mujer que no tuvo piedad de un inocente.

Pasan diez años, Leonela es una mujer apagada, dedicada totalmente a su profesión. Aunque tiene un pretendiente, es incapaz de tener relaciones íntimas. La vida ha sido generosa con su atacante. En la cárcel, Pedro Luis estudia Leyes y recibe una herencia de un compañero de celda. Sale de prisión convertido en millonario y flamante abogado. Su propósito ahora es vengarse de Leonela  y su familia. Arruina las empresas del padre de Leonela y provoca su muerte. Pero la Da. Ferrari está demasiado deslumbrada por quien ahora es su colega e igual socialmente,  y no le hace muchos reproches. Además le ha bajado el amor maternal y quiere recuperar a Pedrito. Se casa con Pedro Luís, pero en la noche de bodas ya sabemos lo que pasa.



Pedro Luis se sulfura. Cree que la frigidez de Leonela es una manera de castigarlo. Se busca varias amantes. Leonela va al psiquiatra. El psiquiatra se enamora de Leonela. Una de las amantes de Pedro Luis trata de matar a Leonela. En medio de todo este atado de chorizos, Leonela y su marido tienen una de sus famosas peleas. Están ahí escupiéndose y lanzándose platos a la cabeza cuando a Pedro se le ocurre recrear su magna escena de violación. ¡Y voila! Leonela queda curada y tiene un mágico orgasmo.

Vi esta historia desde el inicio hasta la palabra “Fin”. La seguía con mis padres. Aunque mi padre siempre le daba la razón a Pedro Luis, Mi Ma y yo  odiábamos al violador. Lo extraordinario es que el público de ambos sexos parecía solidarizar con el protagonista. Nosotras estábamos en minoría, pero creo que rechazábamos la historia por la razón equivocada. Por empezar no se seguían las reglas de la fantasía de violación. Más encima no soportábamos a Carlos Olivier. Lo encontrábamos feo, pesado y mal actor.
(pipes.yahoo. com)


Diecisiete años mas tarde, en Perú hicieron un excelente refrito de Leonela protagonizado por la desaparecida Mariana Levy y (¡Slurp!) Diego Bertie. Ver a Bertie en el rol del violador me hizo mas apetecible la historia, pero con mi mirada  enfocada al Tercer Milenio traté de encontrar alguna moraleja a una fabula que denigraba e incluso culpaba a la violada.

Primero la percibí como una historia de “perdón” Demostraba que el amor podía nacer de las circunstancias mas viles. Cuando ese postulado no me convenció, pasé a creer que Leonela siempre rechaza al violador, pero se enamora del nuevo Pedro Luis, rehabilitado y bañadito. Solo en su noche de bodas se atreve a asociarlo con el mugroso que la ultrajó.

Finalmente di con la tesis de tan  desacertado drama. Leonela, más que la historia de una violación, es un relato de lucha de clases. La agresión sexual es un castigo karmico que le cae a Leonela por sentirse la reina del “entitlement”. El primer siquiatra al que visita le dice que le será mas difícil  supera su trauma “¡porque lo ha tenido todo!!!”. Se supone que es culpable de los pecados de su familia y de su novio porque en vez de denunciar sus conductas prepotentes las apaña. En cambio, Pedro Luis tiene la excusa de venir de la miseria y de la ignorancia. El salda su deuda con la sociedad, peo Leonela debe pagarla eternamente.

La originalidad de Leonela es que por primera vez se usa la violación para castigar a una “chica buena”. La violación como medio de redimir a una villana es un lugar común de telenovelas, soap operas y hasta series modernas como “Sons of Anachy” donde el personaje negativo de Gemma se humaniza tras ser agredida sexualmente. ¿Qué tipo de mensaje se transmite ahí?

A favor de Delia Fiallo, debo decir que no fue ella la única en describir heroínas violadas  o redimir a violadores. En una ocasión hice una lista que abarca 30 años de violación en las telenovelas. Alguien tuvo la cortesía de guardarla y aquí se las dejo.


En la próxima entrega, hablaremos del héroe violador en la televisión angloparlante, que también los hay ahí.