Desde el año
pasado que ando buscando algo con glamur y donde la moda sea importante. Esperaba
encontrarlo en “Emily in Paris”, la nueva comedia de Netflix. En sitios
franceses la han comparado con el final de “El diablo viste a la moda” y con el
viaje de Blair y Serena a Paris en la tercera temporada de “Gossip Girl”. Pero
“Emily” es algo más, es una sátira sobre ese trope del americano en París, de
las diferencias culturales entre franceses y americanos y como ambos pueblos son
buenos para ver pajas en ojos ajenos sin notar las vigas en los propios.
Ni Audrey
Hepburn ni Jean Seberg
Tanto Forbes como el New York Times han alabado la serie a pesar de criticar la
cantidad de clichés que acompañan las aventuras de Emily Cooper de Chicago (Lily
Collins) que a su llegada la Ciudad Luz
comete tantos gafes y se mete en tantos líos como el Senador Jefferson Smith en
“Mr. Smith Goes to Washington” . Muchos franceses se han quejado de que la
serie ofrece una imagen falsa y negativa de su ciudad, cultura y habitantes. No
más que cualquier película que Jean Seberg hiciese en los 60 o Audrey Hepburn
en los 50, solo que los personajes interpretados por esas actrices eran más
sofisticados o menos impulsivos que Emily, una chica de veintitantos cuya
especialidad es el marketing de productos farmacéuticos.
Cuando el
embarazo de su jefa le impide viajar a Paris, es a Emily a quien envían a
Francia a integrarse a la firma Savoir para ayudarlos en el mercadeo de
un nuevo perfume. Como se dan cuenta en Savoir, Emily es la peor
candidata al empleo: nunca ha estado en Europa, no usa perfume, no sabe nada
del negocio de la perfumería y no habla francés.
Pronto la pobre
Emily se convierte en repositorio de las burlas de sus compañeros. Su departamento,
que en realidad es un cuarto buhardilla en un edificio sin elevador, tendrá una
vista espectacular, pero también cinco escaleras que negociar. En realidad, seis
porque, tal como en mi edificio el primer piso es el sótano, los europeos
cuentan como primer piso el segundo. Esto tiene a la americanita constantemente
intentando entrar en el departamento de Gabriel (Lucas Bravo), un guapísimo
chef.
Una tarde, Luc,
el más amable de los compañeros, le pide disculpas y le explica a Emily que la razón
del bullying laboral es porque todos temen lo que ella planea: cambiar sus
modos y volverlos americanos. Emily no entiende. Luc le explica que los
americanos viven para trabajar, en cambios los franceses trabajan para vivir.
Emily queda anonadada.
Ella ama su trabajo, toda satisfacción personal deriva del mismo. La entiendo,
a su edad yo era igual, pero con los años una descubre que ser trabajólico no
es atractivo ni prudente.
Un Pequeño
Problema de Lenguaje
Emily, sin
embargo, reconoce que ha sido arrogante (e ignorante) al haber venido a Paris
sin saber hablar una palabra de francés. Desde que tengo uso de razón sé que si
algo detestan los franceses de un extranjero es a) que no hable francés y b)
que lo hable mal. De ahí que hasta la panadera se esmere en corregir el acento
de la forastera.
Igual me parece curioso
que los americanos vean esto como algo negativo cuando el pronunciar mal el
nombre de la Vicepresidenta Harris es calificado como una ofensa a ella y a la
gente de color. Como llegué a USA sabiendo casi tan poco inglés como Emily
francés, puedo decir con propiedad que los americanos no son pacientes ni
simpáticos con quien no habla su idioma. Aparte que en cada capítulo Emily se
tropieza con gente que habla inglés. ¿A ver cuántos en reuniones de negocio en
USA son francoparlantes?
Au Revoir
Buenos Modales
Es una realidad
que los franceses—inventores de reglas de urbanidad y asociados con refinamiento
social— pueden ser increíblemente descorteses y que su franqueza, a ratos alcanza
el límite de la rudeza. Yo lo vi en mi padre, que era hijo de francesa, pero en
“Emily in Paris” parece convertirse en una característica nacional
omnipresente, hasta los niños son maleducados.
Dicho esto, me
rio un poco, Emily es irrespetuosa en su manera de imponer ideas y presencia en
gente que no las solicita. ¿No es descortés sacar al pobre Gabriel de su casa
para que le sirva de interprete con la conserje y luego el plomero? Y su
comportamiento en el Chateau de su amiga Camille es indescriptible. Ciertamente
no es alguien para invitar de nuevo.
¿Pero, alguien
les otorgó a los estadounidenses un galardón por amabilidad y gentileza? ¡Una de las excusas del pueblo galo para su descortesía
con los turistas es que los gringos y sus malos modos los empujan a imitarlos! (Sure!).
Lo cierto es que cada día veo ejemplos de lenguaje grosero, incultura y
brusquedad en este el que es mi país, que se han exacerbado en este siglo.
Antes de lanzar piedras que rebotarán en mi
tejado de vidrio, vuelvo mis ojos a Chile, un país donde en mi infancia se
esperaba que todo niño se convirtiese en un caballero comedido y toda niña en
una dama fina. ¡Ay que tiempos señor Don Simón! Hoy el chileno profesional y de
clase media acomodada es menos diplomático y considerado que un basurero.
Tenemos que enfrentar una realidad, la cultura
occidental se ha convertido en una cloaca de antisociales carente de todo
sentido cívico. Los malos modos son
signo de libertad de expresión, y los buenos modales son señal de represión y
de culturas oligarcas. Así que no lapidemos a Francia por la falta de urbanidad
de sus habitantes.
¿Son los
Franceses Gordofobos?
Aun así, los
franceses tienen una forma de irritar a la pobre americanita que hasta a mí me
subleva. Aparte de ofender a la pizza de sartén (Deep Dish Pizza— la
mayor contribución de Chicago a la gastronomía mundial— la pregunta inmediata
de un coro griego de compañeros de trabajo (y su jefa) es “¿Por qué los
americanos son tan gordos?” Aparte que es absurdo preguntarle eso a un pedacito
de mujer como es Emily, es una generalización ofensiva que apesta a gordofobia.
La respuesta de
Emily es peligrosa ya que cepta que en USA hay una pandemia de obesidad y deja que Sylvie la adjudique a "la asquerosa" comida americana. En cambio, la serie la
relaciona torpemente con haber dejado de fumar. Me gustaría creer que el pueblo
galo mantiene su peso porque sus dietas son más equilibradas, sus porciones no
son gigantes, sus alimentos no contienen preservativos y químicos que añaden calorías,
y sus vidas menos sedentarias que las de los estadounidenses, pero mi hermano
me dice que no es así. USA no tuvo un problema de gordura sino hasta que dejó
de fumar (en casa lo vivimos, cuando mis padres y yo dejamos de fumar
simultáneamente en 1978 y nos inflamos).
El tema se
convierte en un leitmotiv enarbolado por Sylvie, jefa y principal antagonista
de Emily. Esta rivalidad me resulta absurda puesto que Philipine Leroy-Beaulieu es el
doble de Lily Collins (en altura y peso) y aun así está constantemente
recordándole a su empleada lo feo que es comer, sea quitándole una bandeja de
hors d’ouvres de las manos o negándose a almorzar porque prefiere fumarse un pucho
antes que adquirir más calorías. A Sylvie la exaspera el sano apetito de Emily,
el que admita que tiene hambre o que la mitad de sus selfies que son parte de
su trabajo (supuestamente Emily es una experta en redes sociales), tengan que
ver con comida.
¿Como conjugamos
el que Francia sea la capital de la gastronomía con el desprecio que parecen
demostrar los franceses por el habito de comer? Desprecio que desaparece cuando Emily lleva a
toda la plana mayor de Savoir a probar las delicias que prepara Gabriel, su
vecino mágico, y que todos devoran y paladean.
Aunque no comparto la curiosidad de este artículo
de Vogue donde Emma Specter se pregunta como seria Emily
in Paris con una protagonista rolliza, me parece de mal gusto toda esta
obsesión con el sobrepeso de los estadounidenses representados por una actriz
que parece una sílfide. Más si recordamos la lucha de Lily Collins para vencer
su desorden alimenticio.
Emily, La
Insufrible
Eso no significa
que esté de acuerdo con la visión de la serie sobre la sociedad francesa, o con
las metidas de patas de Emily que es un personaje insufrible. Como la serie es
de Darren Starr —el creador de “Sex and the City”—se ha
querido ver a Emily como una Carrie Bradshaw más joven y menos sofisticada. A mí
no me gustaban ni la serie ni sus protagonistas y lo que veo en Emily es
diferente, aunque como Carrie tiene ese estilo de moda ecléctico y estridente
que a ratos parece Lolita Gothic. Pero ya hablaremos de la moda, uno de los
hitos de la serie.
Al comienzo percibí
a Emily como la Andy Sachs de “The Devil Wears Prada”, alguien que se ha metido
en un empleo para el cual no está calificada. La diferencia es que Andy aprende,
evoluciona, se mimetiza con su empleo y empresa, lo que le ocasiona graves
dilemas morales y problemas personales. Para cuando Andy toma la decisión de
abandonar la revista Runaway lo hace siendo más sabia y madura que
cuando entró.
No vemos eso en
Emily que no oye consejos, que se niega a aprender (hey después de un mes de
lecciones de francés deberías saber que si quieres algo en un restaurantes usas
el verbo “vouloir” =querer no el verbo “aimer” =amar) y en su egolatría pasa
por encimas de todos. Sus únicos dilemas morales nacen de estar enamorada de Gabriel
que es novio de Camille, la única francesa que se atreve a ser amiga de la excéntrica
Emily.
Mas que
excéntrica, Emily es egocéntrica. ¿Como es que nunca se le ocurrió preguntarle
a Gabriel (antes de besarlo) si tenía novia? ¿Me van a decir que un tipo tan guapo y generoso
como ese iba a estar soltero? pero como
Emily no piensa mucho…
El otro dilema de
Emily aparece cuando atrae la atención romántica de Antoine, cliente de su
empresa y amante de Sylvie. A pesar de saberlo, Emily se entromete en sus
peleas de enamorados, no sabe rechazar los avances de Antoine e incurre en los celos
de Sylvie. Solo que como esta serie es una fantasía para Millenials perezoso
(como la calificaron en Vox) Emily siempre cae parada. Eso la hace más
agresiva, más tozuda, menos real. Ni mencionar que es chueca con la única gente
que la trata bien (Camille) y que es más mal educada que toda la población gala
junta.
Otro problema de
Emily es la excesiva confianza en la tecnología y en las redes sociales, única
área en la que destaca. Comencemos por el vibrador con el que corta la luz de
todo su edificio. Aparentemente no sabía que fuera de USA hay que usar un
adaptador de corriente si se lleva algún aparato eléctrico local. Bueno, eso
parece ser costumbre norteamericana puesto que, en plena Guerra Civil, Martha
Gellhorn dejo al Hotel Florida sin luz al enchufar un tostador eléctrico.
Se ha hecho mucha
befa del manejo de Emily de Instagram que consiste en sacarse innumerables
selfies (Mashable se ha burlado de su falta de experiencia en ese
arte) y sacar instantáneas de perfectos desconocidos a los que ni se le ocurre
pedirles permiso. Sin embargo, es en las redes sociales donde Emily haya
solución a los innumerables líos en los que se mete.
Sátiros Galos
Vale decir que
esta serie que es entretenida, pero no muy graciosa, ha caído muy mal en Francia
con todos esos clichés de película vieja sobre los franceses y con todo ese
discurso semi racista de que en Estados Unidos se vive mejor y con más
moralidad que en…París. En la serie la nación francesa queda reducida a su
capital y a la lejana e ignota Normandía de donde es oriundo el bello Gabriel y
que según la ignorante Emily todavía debe estar recuperándose del Desembarco
del 44.
En la serie, los
franceses son unos sátiros que viven para hacer el amor, pero se vuelven
perezosos a la hora de bañarse o trabajar. Cuando son gays son prepotentes como
el modisto Cadault, cuando son poderosos son adúlteros y traicioneros como
Antoine, y a nivel de compañeros de trabajo son burlones desconsiderados y
dados a bromas machistas y del mal gusto. Ni mencionar los fracasados romances
de Emily con uno tan grosero que cree tumbarla en la cama con un “Me gusta el
coño americano”, o el profesor de semiótica que se revela un esnob intelectual.
Sin embargo, para
el auditorio masculino el París de Emily es un paraíso de libertad masculina.
Ahí los varones pueden tener sexo cuando quieran, trabajar cuando quieran,
orinar donde quieran y en público. Mejor aún, no son presas de la policía de la
corrección política. Pueden ser ordinarios con una mujer y nadie les reprocha
nada, pueden mandar dibujos obscenos y contar chistes chabacanos delante de una
compañera sin esperar regaños ni sanciones.
El Diablo
Viste a Emily
Después de una
semana que me tomó ver la serie completa se la comente a mi hermano que,
cansado de tanta critica, me preguntó por qué la había visto. No supe que contestar y salí con un “la
moda”. Como todo elogio de Emily el atractivo de su moda es relativo. (enfrentémonos
a la verdad, lo más estético de la serie es Lucas Bravo quien da vida a
Gabriel).
Yo esperaba que
la serie fuese—en términos de ropa— un cruce entre “Devil
Wears Prada” y “Gossip Girl”. Digamos
que en Emily no hay mucha evolución a lo Anne Hathaway en el filme mencionado
ni un desfile de grandes diseñadores como la serie de Warner Brothers. Emily
viste probablemente como en Chicago y su vestuario tiene tantos fashion
disasters como pocos aciertos.
Su única
evolución parisina es plantarse una boina lo que me recordó lo que decía mi difunto
padre que “cuando los gringos quieren parecer franceses, se plantan una boina y
gritan “¡Oh laLa’!”
La lista de
sombreros de Emily abarca desde un puntiagudo sombrero de coolie chino hasta
los famosos cloche de balde que impusiera Blair Waldorf pero que pasaron de
moda tras el final de “Gossip Girl”. Tan fuera de estilo están esos tocados que
una estrella de cine, a la que Emily, debe asistir la apoda “bucket head”.
Aunque de vez en
cuando Emily saca algún modelo apropiado como este maxi vestido (aunque tacos
de aguja y la acera empedrada parisina no se llevan), siempre comete algún faux
pas. El mejor ejemplo es con el traje de noche con el que asiste a la ópera.
Muy Audrey Hepburn, pero “Sabrina” jamás se hubiese olvidado de un fondo con
una falda de encaje. Emily no tiene 19 años como la Princesa Diana cuando
cometió esa metida de pata y si era tan fan de” Gossip Girl” debió recordar la
humillación de Vanessa al ser fotografiada con un vestido transparente sin
forro.
En general la
moda de Emily es una combinación de nena en edad escolar con toques sesenteros
de Twiggy con microminis, calcetines
hasta la rodilla y botas de Nancy Sinatra. Se la puede imitar si se es joven,
bajita y muy esbelta.
Culpemos al
Shock Cultural
Yo entiendo a
Emily porque he pasado por tres choque culturales en mi vida, cuando a los
catorce años desembarqué en la Nueva York de los 70 donde ni el idioma yo hablaba;
a los 17 años cuando me interné en el mundo del judaísmo ortodoxo; y a los 36
cuando regresé a Chile. El último fue el más traumático.
Como a Emily me afectó mayormente en el mundo
laboral y romántico, incluso en el idioma. Mi español neutro salpicado de mexicanismos
provocaba risotadas en mi cara casi tanto como mi vestuario y mi individualismo”
(termino negativo en idioma chileno). Ni
hablar de mi horrible costumbre de (como Emily) sonreír constantemente. Muchos
creían que yo era deficiente mental.
Si algo aprendí de
esas experiencias es que los prejuicios nacen de la ignorancia y que son doble vía.
Tanto yo como mis interlocutores (fuesen estadounidenses, viñamarinos o Haredi)
nos aferrábamos a ideas preconcebidas que son difíciles de descartar.
Por ejemplo, los chilenos
(y otros países también) creen que las estadounidenses son promiscuas. Shows
como “Emily in París” lo confirma. La protagonista que a ratos actúa como si
fuera una puritana de Salem, y se la pasa criticando el sexismo y el
comportamiento sexual de los franceses, en cinco horas, tiene sexo cibernético
con su novio, intenta usar un vibrador, se acuesta con tres hombres (uno de
ellos de 17 años) y se prepara a ir a la Costa Azul a pasar un fin de semana
con el cuarto. Yo ya solo esperaba que se acostara con Sylvie.
La única manera
de vencer prejuicios es acercarte a gente que los representa y juntos buscar un
modus vivendi. También rodearte de gente dispuesta a escuchar, aprender,
conocer. Ya he visto que educación, propaganda y estigmatización no acaban con
la discriminación. Esta debe comenzar de a poco y por pequeños grupos. Por eso
Emily tiene mucha suerte de encontrar amigos en Paris como Gabriel, Camille y
Mindi, la millonaria china convertida en au-pair.
Pero, lo más
triste de la serie, es que Emily es pésima amiga. Abusa de la generosidad de Mindy
y de Gabriel, y codicia el novio de
Camille. Como una persona que ha tenido el privilegio de tener amigos en USA de
todos los colores, credos y orientación sexual, puedo confirmarles: la
ingratitud y la mala amistad no son características nacionales de USA, aunque
las esboce Emily in Paris.
¿Has visto Emily
en Paris? ¿Te gustó? ¿Eras fan de “Sex in the City”? ¿Copiarías la moda de Emily? ¿Has pasado una experiencia
como la de ella de vivir un choque cultural?
















