Me he atrevido a escribir
sobre la adaptación de la novela de Fernando Aramburu nada más que porque la
Reina Estelwen me conminó a no tener miedo a criticas ni a la orden no escrita de
“No hables de lo que no sabes porque no eres española, vasca, etc.). Miedo es
mi estado natural, pero si hay algo a lo que le tengo pavor es al terrorismo y
la violencia urbana que es la antesala del primero. Y a lo que le temo más es a
una sociedad secuestrada por todo tipo de miedos, que pierde valores, cancela
amigos, nada más que para enarbolar banderas en las que tal vez ni crea. Eso es
lo que veo en “Patria” y, en estado embrionario, es lo que veo a mi alrededor. por
eso la serie de HBO nos da una lección a todos.
Entre Cultura
de Cancelación y Muerte Civil
“Patria” está
basada en una novela que fue un bestseller en España. Es una obra polémica
puesto que el autor toma como protagonistas a las víctimas del terrorismo, no a
los terroristas. Por un lado, ya ha habido bastante tiempo para ensalzar a los etarras
y verlos como héroes-mártires. Aramburu quería hablar de sus caídos y también de
sus familias que a ratos pasan a ser damnificados también.
Hasta este siglo
hubo una conspiración de silencio en contra de las víctimas: los extorsionados,
secuestrados, asesinados, vilipendiados por ETA y sus simpatizantes. Tal como
nos muestra la novela y la serie, en el País Vasco, los parientes de los
asesinados fueron repudiados, obligados a abandonar sus hogares, a exiliarse de
sus tierras. Y todo comenzaba con grafiti insultante y mutismo de amigos y
conocidos.
Si nos parece increíble
simplemente fijémonos en esta Cultura de Cancelación tan de moda en nuestra
tolerante sociedad occidental que está costándoles a muchos sus carreras, sus
amistades, su buen nombre. J.K. Rowling puede sobrevivir la campaña, que Eddie Redmayne
ha tildado de “asquerosa” (disgusting), en contra de ella. ¿Pero qué
pasa con gente con menos dinero, poder y prestigio? Es algo para pensar. “Patria” nos muestra como una simple anécdota
cotidiana da paso a lo inimaginable.
La historia se
centra en un pueblito de Guipúzcoa y en dos familias que viven ahí. A pesar de
que los Lertxundi, Bittori (Elena Irureta, la Doña Manuela de “El
tiempo entre costuras”) y el Txato (José Ramón Soroiz), son de clase acomodada,
llevan años de amistad con los Garmendia de estrato más humilde. Los maridos
son íntimos amigos que se reúnen en el bar a charlar y jugar cartas y que
comparten el ciclismo como hobby. Tanto El Txato como Joxian (Mikel Lascuráin) son
hombres sencillos, hogareños, que no gustan de líos ni política.
Aunque sus
esposas son intimas, son diferentes. Bittori es, como muchas mujeres de clase tradicional,
tímida, ingenua, dulce. Miren (Ane Gabarain) es descontentadiza, audaz,
gruñona. Parece traer una rabia por dentro que descarga contra el marido en
múltiples quejas. Sus hijos menores Arantxa (Loreto Mauleon) y Gorka (Eneko
Sagardoy) son amables y tranquilos como el padre. Es Xose Mari (Jon Olivares)
el mayor (y el predilecto de Miren) el que ha heredado ese descontento y esa
rabia reprimida de la madre.
La historia
comienza en el 2011, tras el supuesto cese al fuego de ETA, cuando Bittori
regresa a su pueblo. Un regreso que nadie esperaba ni nadie quería. Hasta el
párroco le aconseja marcharse porque sus presencia abre viejas heridas. Mas o
menos nos enteramos de que El Txato fue asesinado por ETA. Sin embargo, la
gente actúa como si la anciana Bittori, o “La Loca” como la apodan, fuese una forajida.
Pasamos a un
flashback (la serie es un constante saltar de tiempos) y vemos a las dos amigas
compartiendo un café en San Sebastián. A la salida, se encuentran con una
protesta de ETA, que no se ve nada de pacífica. Las amigas se trepan a un bus,
que es detenido por los revoltosos a quienes vemos armar incendios, voltear
vehículos y golpear a sus conductores. O sea, lo típico del “estallido social”.
Al apearse, Miren reconoce horrorizada a uno de los manifestantes, es Xose Mari.
Al llegar a casa,
Miren increpa a su hijo que le responde acusador que él debe luchar por su país
puesto que sus padres no lo hacen. Llega el padre y Xose Mari lo golpea. Miren
parece aprobar el que su hijo siga el ejemplo de ella de despreciar al jefe de
familia. El pobre Joxian parece tan victima como Bittori y su familia.
Un Amago de
Hacer Historia
Voy a parar un
segundo para dar un poco de trasfondo histórico que imagino que (tal como yo)
ustedes necesitan para entender de donde surge el conflicto. Disculpen la
brevedad y chapucería de mi información puesto que el tema es amplísimo y
demasiado complejo para narrarse en tres párrafos.
Desde antes de la
llegada de los romanos, los vascos han sido independientes. Fuese como tribus,
como señoríos feudales o gracias a fueros, los vascos mantuvieron su soberanía,
aunque siempre sirvieron al reino español. Fue en la Segunda República, antes
de la Guerra Civil, que las vascongadas obtuvieron el rango de provincia
autónoma que hoy conserva, llevando el nombre vasco de Euskadi.
La llegada del
franquismo impuso en Euskadi (tal como en otros territorios autónomos) una campaña
de “españolización”. Se prohibió el uso del idioma vasco y de otras muestras de
identidad cultural que no fuesen las de España. Como era de esperarse,
surgieron grupos nacionalistas. ETA es uno de ellos, se creó a fines de los 50,
y se diferencia de los demás por ser de índole izquierdista y dado a utilizar la
violencia terrorista.
Antes de la
Transición, ya habían matado millares de personas, desde una bebé de dos años
hasta el famosísimo atentado que costó la vida al Almirante Carrero Blanco, presidente
del estado español y hombre clave del franquismo. Sin embargo, no se sabía a la
muerte del Caudillo el nivel de violencia que podían alcanzar los etarras.
irónicamente, ese
nivel se desató a partir de 1979 cuando el gobierno español les concedió la
autonomía a las provincias vascas e incluso hubo una ley de amnistía parcial.
Esto no contentó a ETA que veía que la comunidad seguía sujeta al estado
español. Ahora eran ellos los que buscaban practicar una limpieza cultural en
Euskadi y lo hicieron de manera brutal imponiendo miedo y violencia en la
sociedad vasca.
Los números de asesinatos
fueron en auge. No solo se mataba a policías, guardias civiles y otras figuras
de autoridad, sino también a gente inocente en atentados de bombas. Para
mantenerse económicamente recurrían a cobrar rescate por secuestros, y a
extorsionar a miembros más adinerados de la comunidad. El que no cumplía con
sus demandas moría, como le ocurrió al Txato quien había pagado una fuerte
cantidad, pero se negó a pagar cuando le pidieron la misma cantidad triplicada
El peor acto de ETA
era el aislamiento de las familias de sus víctimas. Por adhesión al movimiento o
miedo a represalias, la gente cobardemente se alejaba de los parientes de los
asesinados. Ni siquiera se presentaba en los funerales de los muertos por ETA.
En eso “Patria” es escrupulosamente fidedigna. También en mostrarnos la muerte
civil que se le imponía a la familia de los que se negaban a colaborar.
En el caso del
Txato, el acoso va desde grafiti insultante en las paredes exteriores de su
casa hasta el que los almaceneros se nieguen a venderles comestibles. Miren y
su esposo les aplican la ley del hielo a quienes fueron sus más queridos
amigos, principalmente Miren que desde que Xosé Mari ha pasado a la clandestinidad
se hincha de orgullo de ser la madre de un terrorista
Finalmente, El
Txato es asesinado. Una escena terrible
la de su viuda, en la calle bajo la lluvia, acunando el cadáver y pidiendo
vanamente ayuda a vecinos indolentes y cobardes. No necesitamos saber quién es
el asesino, sospechamos de quien apretó el gatillo, pero también sabemos que al
Txato y a muchos otros los mató la indiferencia, el miedo y el fanatismo de sus
coterráneos.
El Txato no es la
única víctima, lo será su mujer obligada a abandonar sus casa y su villa como
si ella hubiera cometido un crimen. También es víctima su hijo, el medico Xabier
(Iñigo Arambarri) que nunca se repondrá del asesinato del padre. Incluso su hermana Nerea (Susana Abaitua), en
medio de su estolidez, siente que la muerte del padre ha asesinado a su
familia.
En casa de Miren también
hay repercusiones. Sobre todo, Joxian que debe llorar a solas la muerte de su
mejor amigo. Contrasta esa escena con la de tres décadas más tarde en que al
visitar (por primera vez) la tumba del Txato no puede contener el llanto
delante de Bittori.
Los funerales son
sucesos trascendentales en “Patria”. Lo vemos en el homenaje luctuoso al
Txomin, un asesino de cuatro caminos que es venerado como un mártir y cuyo entierro
es visto por las chicas del pueblo (menos la reflexiva Arantxa) como un evento
imperdible. Contrasta con el humillante velorio de Txato, al que asisten cuatro
gatos y en el que hasta el cura está presente de mala gana.
El más impresionante
es el entierro del Xoquin, el hijo del carnicero. Como le cuenta su padre a Joxian,
Xoquin se ha suicidado, pero la ETA convierte su sepelio en algo político,
acusando a la Guardia Civil de haber asesinado al guerrillero. El carnicero ha
comprendido por fin lo nocivo y oportunista del movimiento que busca arrastrar
a jóvenes a sus filas para usarlos como carne de cañón.
Hay por eso una
sensación de teatralidad, de dolor ensayado en el funeral que es un mitin político
donde mujeres como Miren aúllan consignas independentistas sin reparar que es
ETA la que las deja huérfanas de hijos. Me han recordado protestas que aparecen
en los noticiarios de hoy donde el vínculo común es la utilización de la
tragedia humana para avanzar intereses creados. Donde los jóvenes no se dan
cuenta de que los adoctrinan, que los empujan a ser partícipes en injusticia y
a ser, como dice el carnicero, simples “borregos”.
Don Serapio,
ETA y la Iglesia Vasca
Estoy tratando de
no encontrar paralelos con realidades vistas en el pasado, pero también muy
presentes. Me trae recuerdos de lo que fui testigo y lo soy de nuevo tanto en
Chile como acá y sin embargo hay un factor que nos hace diferentes.
Yo sabía que, durante
la Guerra Civil, la Iglesia Vasca apoyó a los Republicanos por lo que sufrió represalias durante el Franquismo, pero no sabía que había
sido tan partidaria de ETA como lo muestra “Patria”. En la serie, la posición
de la iglesia vasca se concentra en Don Serapio (Patxi Santamaria), párroco del
pueblo que no solo apoya a ETA sino también sus medidas extremas como la
extorsión y los asesinatos.
El cura es cómplice
silencioso de las campañas de cancelación en contra del Txato y de su familia.
Aun antes advierte a Miren en contra de su amistad con Bittori que también es
su feligresa y buena católica. Cuando nos es más repulsivo es cuando va casi
empujado al velorio del Txato, cuyo asesinato aprueba, y convence a la viuda de
enterrarlo fuera del pueblo como si se tratase de un delincuente.
Ya en el primer capítulo desconcierta ese
empeño de convencer a Bittori que se marche del pueblo. No se siente que ejerza
caridad cristiana con una anciana cuyo único pecado es que su esposo se negó a
pagar un tributo a una organización ilegal y criminal.
He leído en las críticas
negativas a “Patria” que esta iglesia fanática ya no existía en los 80, que
Aramburu se ha apoyado en imágenes de sacerdotes durante el franquismo. Pues
que curioso porque hace unos días me he encontrado con esta nota de ABC que ilustra la realidad de sacerdotes vascos que todavía
andan justificando y alabando las acciones de ETA.
A veces, Don
Serapio puede conmover como cuando pregunta “ ¿después de muerto quien le rezará
a D-s en euskera? ¿Quién cantará en euskera?”, pero su férrea adhesión a un
grupo terrorista y como le lava la cabeza a Miren diciéndole que debe ver a su
hijo como un guerrero heroico, ya lo anulan como personaje bueno.
Su desesperación
tozuda por mantener viva la cultura vasca a través de medios ilegítimos se
agudiza cuando ve en Gorka una ayuda. Lo insta convertirse en “Un Cervantes vasco”
sin pensar que a lo mejor el menor de Los Garmendia quiere un universo más
amplio para desarrollar su literatura.
Gorka es otra víctima
de esta sociedad confabulada con ETA. Mientras su familia lo celebra por
haberse ganado un premio con su poesía, el dueño del bar—que es intermediario de
los etarras— le reprocha haber recibido un premio de un “periódico fascista”. Lo insta a
“donar” el dinero recibido para expiar su falta y lo obliga participar en un
atentado en contra de la fábrica del Txato.
Por suerte,
Txato, a balazo limpio, corre a los pirómanos. Después de eso, Gorka se marcha
a Bilbao donde tendrá empleo en la radio, pareja y podrá escribir en paz. Eso
es lo que intenta hacer su hermana Arantxa—la mejor de la familia
Garmendia—pero no logra.
Arantxa, La
Muda que Rompe el Silencio
Loreto Mauleon me
impresionó como la dulce y valiente Maria de “El Secreto de Puente Viejo”. Hoy
me ha vuelto a impresionar como la dulce y valiente Arantxa de “Patria”. Sin tener
ni edad ni erudición para hacerlo, es quien primero comprende que ETA está
destruyendo la sociedad vasca y es la única del círculo de amigas de Nerea que
se rehúsa a ir al funeral de Txomin.
Es también la
única de los Garmendia que se atreve a ir a dar el pésame después del asesinato
del Txato. Su naturaleza prudente y moderada la lleva a reconocer que su
hermano menor es gay y que su padre no comulga con las ideas fanáticas de Miren,
algo que lo hace sufrir.
Para construir
una vida mejor. Arantxa se marcha del pueblo y se casa con Guillermo, de origen
salmantino. Tienen dos hijos y parecen ser felices, hasta la suegra la quiere.
Solo que Guille queda sin empleo y, como la mayoría de los machistas, se
descarga con la mujer. Un amigo, que milita en el PP, le consigue trabajo a
Guille y parece que todo se ha arreglado, pero ese amigo es asesinado por ETA
en un atentado que casi le cuesta la vida al esposo de Arantxa y a su hijo.
Como es lógico,
Guille sufre de una crisis emocional que lo lleva a cuestionar la legitimidad
de la existencia de ETA y se pone de lado del Estado Español. Le molesta tener
un cuñado terrorista, que su suegra les meta ideas en la cabeza sus hijos,
hasta le molesta que ellos lleven nombres vascos.
“¡Soy español! ¡Esto
es España!” le grita a la esposa y Arantxa solo atina a acusarlo de “facha”. ¿Quién
de los dos está equivocado? La respuesta
de Guille, agredir físicamente a la esposa, resta razón a sus argumentos.
Arantxa se verá obligada a llevar una vida dividida entre sus dos familias. Tan
fuerte es el estrés psicológico que vive que acaba dándole un ictus. Queda muda
e invalida totalmente, solo puede mover la mitad del rostro y un brazo. Con la
ayuda de una Tablet, gran entereza y humor, asume su condición e incluso la
utiliza para reparar yerros pasados.
ETA ha obligado a
una nación a permanecer en silencio, sus víctimas han perdido la voz y la
ironía del relato es que sea la muda Arantxa quien se la devuelva, a menos en
el caso de Bittori. Sera Arantxa la que se acerque a la pobre anciana, será
Arantxa quien convenza al padre de ir a presentar sus respetos a la tumba de su
amigo. Será Arantxa quien escriba a su hermano preso instándolo a leer las
cartas de Bittori y pedirle perdón.
El Poster y la
Represión en Contra de los Etarras
Como ocurriera con
“Cuties”, ha sido el poster de propaganda lo que más ha causado polémicas. Esa
imagen de Bittori como una Pietá vasca contrapuesto a la de Xose Mari como un
Ecce Homo recién torturado, ha indignado tanto a los enemigos de ETA, como a
los amigos de la novela puesto que quiere equiparar el sufrimiento de la victimas
con el de sus verdugos. Esa nunca fue la intención de Aramburu.
Un tema
controversial que ronda la serie es su intento de presentar el lado oscuro de
la represión española incluyendo torturas. Me ha sorprendido saber que la tortura de los etarras nunca ha sido reconocida oficialmente.
Meter ese factor en el cuento es motivo de debate, sobre todo porque no se
menciona en la novela. Voy a enumerar todos los momentos en que la serie pareciera
inclinarse hacia los etarras y verán que son muy pocos.
En los primeros capítulos
vemos la policía allanar (con orden judicial) el hogar de los Garmendia. Xose
Mari ha sido declarado prófugo, por ende, criminal. Es el tratamiento que
recibe toda familia de delincuente, aunque nos den lastima los Garmendia
parados en la calle de noche con frio, y oyendo como dan vuelta su casa. Esto siempre ocurre cuando hay ordenes de
allanamiento. No es muy diferente de como la policía neoyorquina arremete
contra el elegante departamento de Nicole Kidman en “The Undoing”.
La diferencia
aquí es el trato, la relación entre la policía, los Garmendia y una multitud
que les grita “¡Fascistas! “a los primeros. no hay golpes, No hay groserías,
pero la hostilidad se siente, se nota en las miradas, en el tono hosco con que
los representantes de la ley se dirigen a los parientes del fugitivo. Cuando un
vecino trae una cobija para que se abrigue Arantxa, no se la niegan, pero el
policía se la arroja.
Debemos tener en
cuenta que las principales víctimas de los etarras eran policías y guardias civiles
y también sus familias. No puede haber compasión para los parientes de quienes
no la tienen. Y si comparamos ese único episodio con toda la brusquedad y acoso
que recibieron El Txato y los suyos…
Eso es lo que hay que recordar cuando llegamos al capítulo 7 a la cacareada escena de tortura. Yo desprecio la tortura (mental y física). Después de la calumnia es lo más infame que un ser humano puede hacerle a otro, aparte que no le veo ni sentido ni valor, pero no puedo cerrar los ojos al hecho de que Xose Mari representa un peligro para la sociedad.
Él es quien ha matado a amigos y parientes de los torturadores, quien puede matarlos a ellos. Hemos visto muchas escenas de torturas en la ficción y no solo policiacas. Puedo aventurar que esta no es muy traumática para el espectador. Los torturadores (tres hombres y una mujer) no pasan de apremios físicos, de golpes que no dejan marcas no hacen saltar sangre. Como constata el médico no hay huesos rotos ni hemorragias. Lo peor es cuando intentan asfixiar a Xose Mari con una bolsa plástica.
Yo he leído sobre
torturas peores: electrodos, palos de escoba…pero también he leído y oído sobre
niños inocentes destrozados por bombas (el mismo sobrino de Xose Mari casi
muere en un atentado), secuestrados enterrados vivos y los tres chicos gallegos
a los que, en 1973, los etarras confundieron con policías y antes de matarlos
les sacaron los ojos con desatornilladores.
Por más que nos
esmeremos en ver a los de ETA como freedom fighters o patriotas
legítimos como los ve Don Serapio, el hecho es que hacen daño. “Hay que hacer
el mayor daño posible” son las ordenes que recibe Xose Mari al unirse a la
lucha clandestina. “¿Qué pasa si es él (Xose Mari) quien hace daño a los demás?”
es la pregunta que Bittori le hace a Miren. Orgullosa de su hijo, Miren se rehúsa
verlo como un asesino, todo lo que él hace está justificado por su lucha
patriótica.
Volviendo a la
escena de la tortura, Aitor Gabilondo y su equipo buscan ser imparciales reflejando los rasgos oscuros de la policía.
Cuando entra Xose Mari adónde van a interrogarlo le hacen quitarse la ropa y la
inspectora le quita la ajorca de la oreja: “No queremos maricones aquí”. Que
pongan el prejuicio en boca femenina puede hacerlo más desagradable, pero
comparémoslo con la actitud de Xose Mari cuando Gorka le visita y le enrostra
sus crímenes. Según Xose Mari hay algo peor que tener un hermano asesino, eso
es “tener un hermano maricón”.
Durante un
episodio de tortura, los policías hacen que Xose Mari deje sus huellas en un
arma homicida para culparlo del asesinato de un compañero. Aunque esto choque
con nuestras percepciones de justicia y legalidad, Xose Maia es un asesino, un
crimen más y uno meno, que importa porque se le jugué. A lo mejor así se le
deja de torturar.
No puedo sentir
lastima de Xose Mari, porque es tan recalcitrante como su madre, tan poco
arrepentido como su párroco. Cuando Miren le visita en la cárcel para contarle
del regreso de Bittori, su hijo le aconseja que contrate unos matones para que
le metan un susto a “La Loca”. No solo no ve a Bittori como su víctima, sino
que sus soluciones siguen siendo agresivas y violentas.
Otra escena
inventada y que ha dado que hablar ha sido la de Nerea y los Guardias Civiles. A
Nerea, la hija irresponsable de Txato y Bittori, se le ocurre ir al entierro
del infame y famoso Txomin, un importante guerrillero de ETA. No lo hace por convicción
sino porque le parece una excursión entretenida. Aunque Bittori se opone, Txato
da permiso y presta su auto porque ingenuamente cree que eso apaciguara la
codicia de ETA que lo extorsiona.
Casi llegando a Mondragón,
Nerea y sus amigas son detenidas por la Guardia Civil. Tras encontrarles banderas
vascas en la maleta, las registran, y durante el proceso un guardia toca los
glúteos de Nerea que acaba llorando. Esa misma que apenas supo la muerte del padre
andaba follándose un desconocido. De nuevo reservo mi lástima para otros.
Al final no
importa si Xose Mari fue quien apretó el gatillo para acabar con la vida del
Txato o si BIttori muere tranquila perdonando a quienes tanto daño le hicieron.
¿Quién les devuelve sus muertos a las víctimas? ¿Quién les devuelve sus años perdidos, quién
les devuelve su capacidad de llevar una existencia normal? Y eso no solo se aplica los que perdieron
gente por culpa de ETA. Se aplica también a los etarras. Vale pensar en todo lo
que Xose Mari hubiese podido lograr si esos años de combate clandestina y
cárcel los hubiese empleado en luchar por sus ideales por una vía pacífica.
Si algo veo en “Patria”
es una oda en contra de la violencia que nada soluciona y destruye individuos y
comunidades. Es también un llamado a la libertad, no la libertad de un pueblo
sino la individual. De cómo cada persona debe escoger su camino, sus ideas, con
quien compartirlas y no debe permitir que se las quiten. Al ingresar al terrorismo, Xose Mari pierde su
libertad, vive para seguir ordenes que acaban con su individualidad. En cambio,
Arantxa encerrada en un cuerpo inútil, pero ejerciendo su libertad de actuar y
pensar y ser más libre de lo que nunca fue, es la lección más impresionante de
esta excelente serie.