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jueves, 15 de junio de 2023

De Los Ingalls de la Pradera a la Dra. Quinn: El lado sentimental del Western Televisivo

 


La gran era de las miniseries del Oeste acabó en los 70. Cambios sociales, protestas, auge del crimen y escándalos presidenciales habían llevado a los Estados Unidos a repasar su pasado y a exponer sus momentos menos gloriosos. Fue este revisionismo histórico el que creó Westerns hollywoodenses en donde ejército, gobierno y hombre blanco eran los villanos. En cambio, en la televisión, se intentó feminizar al género haciendo que el público lo viese desde los ojos de sus habitantes menos apreciados; mujeres y niños.

Kung Fu había introducido en el Western televisivo la filosofías orientales muy del gusto de la Era Hippie,  pero no era suficiente para mantener un interés en un género obsoleto. En el cine,  el revisionismo había despojado al Lejano Oeste de su glamur con filmes que destruían a sus personajes míticos como Doc, una revisión de lo ocurrido en el Ok Corral; y Soldier Blue que demostraba que la Caballería no había ido al rescate de nadie.



Las series de vaqueros comenzaron a cerrar sus puertas. En 1971,  dijimos adiós al Gran Chaparral. En 1975, Gunsmoke concluyó su larga carrera coincidiendo con la cancelación de Kung Fu. A pesar de su esfuerzo por mantenerse vigente cubriendo tópicos contemporáneos como trauma bélico y abuso de substancias, Bonanza también llegó a su fin en 1973. La desmitificación del Far West,  aunada a la muerte de Dan Blocker, interprete de Hoss Cartwright, fueron los culpables. Eso no impidió que la familia favorita de USA quedase engarzada en la memoria popular.

Del Pequeño Joe a Charles Ingalls

Hoy pocos desconocen el significado de Bonanza. Se la puede encontrar en Amazon, Tubi y hasta YouTube, sin contar los canales de televisión dedicados a Westerns y programas retro. Aun así, el espacio que dejaba Bonanza no volvería a ser llenado por historias de machos violentos, a pesar de que en la gran serie del Oeste de los 70 también tendría cabida Michael Landon, quien atraparía la imaginación popular americana con un rol muy diferente al del Pequeño Joe.

Un poco olvidada en la variada gama de la literatura infantil estaba la crónica de Laura Ingalls Wilder, una niña que,  junto a su familia,  había emigrado al Noroeste en el último tercio del siglo XIX. Impulsada por el éxito de Los Waltons, la NBC compró los derechos de la serie conocida como The Little House y le solicitó a Michael Landon que dirigiese el piloto de lo que iba a ser una visión del Oeste desde el punto de vista de una niña. Landon aceptó con una condición: él interpretaría al patriarca de la familia.

                                  De Little Joe a Charles Ingalls

A comienzo de 1974,  debutaba en la pantalla chica La casita en la pradera. Fue un éxito instantáneo. Para cuando llegué a Nueva York, el piloto había sido convertido en serie que inició oficialmente en septiembre. La historia de Los Ingalls que,  en 1873, abandonaban la relativa seguridad de Wisconsin para internarse en terreno incivilizado de Kansas y Minnesota en busca de mayor prosperidad,  se convirtió en la favorita de grandes y chicos. Como Los Walton se trataba de un testamento a la perseverancia,  a la unidad familiar y a otras virtudes que constituían el espíritu de Los Estados Unidos.

En 1974,  la sociedad estadounidense había sido sacudida por varios factores externos (el fracaso de Vietnam) e internos (el escándalo de Watergate y subsecuente renuncia del presidente Nixon). El americano medio estaba confundido, desorientado ante el rumbo que había tomado el país (sin contar la tremenda crisis sociocultural de ese entonces),  y necesitaba de un programa que le recordase los valores estadounidenses.



La gracia de La casita de la pradera es que se trataba de la visión de una niña y a través de ella de sus padres,. Esto la hacía un Western alejado de la violencia, del racismo y colonialismo que,  ya se sabía,  afeaba al mítico relato de vaqueros. Los Ingalls construían su casa y su familia apoyándose en virtudes solidas que inculcaban a sus hijas y les permitían enfrentar tragedias como la ceguera de su hija mayor. No buscaban ser ricos y su idea de progreso era tener comida en la mesa, techo,  ropa de abrigo y sobre todo una buena educación para sus hijas. Esa fue siempre la obsesión de Caroline Ingalls y lo que a mis ojos la hace más grande y valiosa que muchos hombres que “civilizaron” el Oeste.



Hoy, la obra de Laura Ingalls anda de capa caída , y semi cancelada. El motivo son comentarios “racistas” que se adjudican a personajes de sus libros. Laura,  que una vez fue descalificada en Missouri por haber estrechado la mano de un negro, no era racista en absoluto y solo se limitaba a repetir lo que oía de sus contemporáneos.

Por ejemplo, se ha criticado que Caroline Ingalls tuviese miedo de un ataque indio. Cuando nos detenemos a pensar que Mrs. Ingalls hablaba desde un milieu (Kansas) apodado “Indian Territory” porque había tribus levantiscas cerca,  y expresa un miedo justo, no lo vemos como racista, pero para los nativos modernos es un poco desubicado ponerlos como algo temible.

La Verdadera Saga de La Pradera

Esta es la historia real de Los Ingalls que aparece en el piloto,  pero que luego es blanqueada para la serie. Nacido en Nueva York, Charles Ingalls se trasladó a Wisconsin donde se casó con una joven maestra llamada Caroline y donde nacieron sus hijas mayores Mary Amelia y Laura. Charles, aunque trabajador y responsable,  tenía una necesidad constante de vagabundear. Como diría su hija,  “tenía comezón en los pies”. Eso lo hacía trasladar a su familia de estado en estado. Fue en Iowa donde nacerían el resto de sus hijos: Charles Frederick que murió siendo bebé,  Carrie, y Grace.

                          Los verdaderos "Pa"y "Ma"Ingalls

En 1873, Charles llevó a su familia a Kansas debido a un rumor de que el gobierno estaba cediendo tierras. Al llegar,  descubrieron que las tierras pertenecían a la Tribu Osage. Aun así, construyeron una granja, pero al cabo de un par de años volvieron a tomar camino, esta vez en dirección a Walnut Grove en Minnesota. Finalmente se trasladaron a un pueblo en Dakota del Sur.

Fue ahí donde contrajeron difteria y fueron salvados por un médico afroamericano. Como consecuencia, Mary la hija mayor,  quedó ciega y tuvo que asistir a una escuela especial para invidentes. Fue en las Dakota que Laura comenzaría a enseñar a los 15 años y que conocería a Almanzo Wilder, hermano de su maestra, con quien se casaría. El resto lo hemos visto en las últimas temporadas de la serie.

Aunque el piloto cubre estas mudanzas por el Noroeste, los encontronazos con los indios,  y el trauma de vivir lejos de lo conocido y la incertidumbre del futuro, se hicieron cambios en la trama que ‘”suavizaron” la historia. Se la endulzoró presentando el punto de vista de una niña y se la “feminizó” al darnos también un retrato de una pionera genuina, no de grandes damas como los roles de Barbara Stanwyck y Linda Cristal en Los 60.



He visto el piloto recientemente y me asombra la diferencia de tono entre este y la serie. Es mucho más adulto y duro. El trayecto de Wisconsin a Kansas presenta peligros que vimos en 1883 como la cruzada de un rio en que casi se ahoga Charles y pierden al perrito de Laura. Ahí descubro lo difícil que fue para Caroline separarse de su familia, emprender un viaje incierto,  y exponer a sus hijas a contratiempos sin fin , todo por seguir un loco sueño de su marido. Como que Caroline y Margaret Dutton no son muy diferentes.

El primer gran cambio de la serie fue subirles la edad a las niñas (para hacer más creíble la voz narradora de Laura) y detener el tren nómada de los Ingalls. En el episodio 2, la familia construye su casita en Walnut Grove, Minnesota,  y se establece ahí por los nueve años que duró la serie. Ahí creció Laura, ahí conoció a Almanzo Wilder, ahí comenzó su carrera de maestra y ahí se casó. Tal como ocurrieran en la vida real,  lo único ficticio era el setting.



Las primeras temporadas tuvieron un tremendo éxito con el público estadounidense. Aunque iba dirigida a los niños, la lucha diaria de Charles y Caroline por sobrevivir, pero también darles una buena crianza a sus hijos,  atraía a los padres de familia. En la primera temporada,  hay episodios muy dramáticos en un show dirigido al público menudo como los celos de Laura por su hermanito y su inmenso remordimiento cuando el niño muere. En otro episodio, Charles casi muere congelado en el bosque, pero es rescatado por un indio.

Me da vergüenza confesar que debo ser la única adolescente en Estados Unidos que no cayó bajo el hechizo de La Casita. La sentía muy infantil,  y eso que las primeras temporadas estaban llenas de suspenso. Laura y su hermana Mary vivían cien aventuras, a medida que el público descubría como el clima y las enfermedades/accidentes obligaban a los más jóvenes a madurar antes en ese mundo todavía en crecimiento.



Los temas cubrían el racismo que afectaba a afroamericanos y pueblos indígenas en esa zona, pero también el romance. Mary iniciaba un amorío con un chico llamado John que duraría toda una temporada. La villana Nellie,  antes de sus quince años,  se casaba, matrimonio rápidamente disuelto puesto que era menor de edad. Melissa Gilbert (Laura) y Melissa Sue Anderson (Mary) se volvieron ídolos de adolescentes en toda América y más allá de sus fronteras. 

El primer premio que recibió La Casita en la Pradera fue un TP de Oro (España) que en 1980 se ganó Karen Glasser,  interprete de Caroline Ingalls,  como Mejor Actriz Extranjera. El programa recibió varios Emmies. Otro muy favorecido como Teen Idol fue Mathew Labyorteaux quien dio vida a Albert,  el hijo adoptivo de los Ingalls.

                     Albert y Laura

En la Quinta Temporada hubo otro cambio cuando Mary, la mayor de las Hermanas Ingalls, pierde la vista. Aunque la verdadera Mary si asistió a una escuela para invidentes donde aprendió Braille, la serie le da una vida más completa. No solo puede cumplir con su sueño de ser maestra, además se casa con un condiscípulo, Adam, y tienen hijos.



Los productores tenían claro que su público infantil había crecido con la serie, que ahora debían satisfacer las necesidades de una audiencia adolescente que idolatraba a las Melissas y a Matthew. Eso implicaba hacer episodios que girasen en torno a problemas que aquejaban a los jóvenes, siendo el principal los conflictos románticos. Yo por una, me volví fan de la serie solo cuando Laura conocía a su futuro marido Almanzo Wilder teniendo ella 13 años y el 21 (en la vida real, “Manly” le llevaba como doce años, pero cambiaron eso para no escandalizar a los televidentes).

Para 1982, Michael Landon estaba cansado de su papel y aunque siguió trabajando como director de la serie, Charles Ingalls se marchó de La casita en la pradera. Lo siguieron varios otros actores principales. La última temporada solo conservaba a Laura y Almanzo, pero los Wilder no pudieron impedir una baja en los ratings.



Aunque La Casita cerró sus puertas oficialmente en 1983, la siguieron tres filmes que tuvieron la aprobación del público. Confirmando la popularidad de la serie en el extranjero, los japoneses crearon un manga llamado Laura, La niña de la pradera. A comienzos de este siglo,  se hizo una biopia en dos partes sobre Laura Ingalls Wilder llamada Beyond the Prairie y en el 2005 a presentó una miniserie de cinco episodios basada en los dos primeros libros de la saga. Los mismos libros que habían sido adaptados para el piloto de The Little House on the Prairie.



Hoy en día, La Casita en la Pradera puede verse en varios canales ‘”nostálgicos” de la Unión Americana. En Chile yo la vi entera a comienzos de este siglo por el canal argentino Retro. La última noticia es que, en el 2020, Paramount compró los derechos de la obra. Paramount todavía tiene mi voto de confianza y me encantaría que fuese el Rey del Western, Taylor Sheridan quien se encargase de su producción.

Volviendo a la pradera televisiva, a pesar de que el género de vaqueros estaba en retirada, Little House on the Prairie aportó un nuevo interés por la visión femenina/feminista del Viejo Oeste. Entre los telefilmes que tuvieron lugar durante la permanencia de la serie al aire hubo varios que cubrían las aventuras de verdaderas damas del Far West.

Bandoleras y Aventureras del Far West

Después de la cancelación de la exitosa Bewitched, Elizabeth Montgomery andaba buscando roles que la alejasen de la imagen de la brujita Samantha Stevens. Los encontraría en telefilmes tan diversos como A Case of Rape y un retrato de la primera asesina en serie de Estados Unidos, Lizzie Borden, pero la Llamada de la Pradera la pondría a lomos de un caballo o de un carromato rumbo a destino desconocido.



En 1974 dio vida a Etta Pace en Mrs. Sundance. Era el mismo personaje que Katherine Ross interpretase en Butch Cassidy y the Sundance Kid. La trama encuentra a la viuda de Sundance, de regreso en el salón de clases e intentado pasar desapercibida en un pueblito del Suroeste. Rumores de que Sundance está vivo la hacen salir al descubierto sin reparar que ella también es buscada por la ley. Como que Katherine Ross se puso celosa, porque saltó a la pantalla chica en 1976 en Wanted: The Sundance Woman que la tuvo cabalgando con los Dorados de Pancho Villa.



En 1978, Elizabeth Montgomery fue la protagonista de la miniserie The Awakening Land, basada en un libro del escritor clásico del Oeste, Conrad Richter. Aunque hoy nos sorprende pensar en Ohio como el Far West, a fines del siglo XVIII era definitivamente La Frontera. Hacia allá se embarca Sayward Luckett que aunque pobre e ignorante, tiene el valor de ser una pionera en un territorio indómito. Dos años más tarde, Montgomery volvió a las andadas en Belle Starr, un crudo y revisionista retrato de la más famosa bandolera del Viejo Oeste.



Los telefilmes del 80 buscarían explotar la presencia del sexo bello en episodios famosos en la historia del Oeste. En 1883, la NBC presentaba una perspectiva femenina del célebre duelo en el Ok Corral . Josephine Marcus la actriz judía que se atrevió a llevar su arte y voz a la Arizona de los 1880s,  también escribió un libro sobre sus aventuras incluyendo su romance con el legendario Marshall Wyatt Earp. La cantante Marie Osmond la encarnaría en la adaptación de I Married Wyatt Earp junto a Bruce Boxleitner, el rey sin corona de telefilmes y miniseries (sobre todo las de vaqueros) de ese entonces.




Siguiendo con esa onda, la excelente actriz de carácter Jane Alexander interpretó a Calamity Jane en un telefilme de 1984 que se alejaba bastante de la imagen que Cecil B. De Mille y Jean Arthur nos habían ofrecido en The Plainsman. Una década más tarde,  Anjelica Huston recrearía el rol en la miniserie Buffalo Girls. De la pluma de Larry McMurtry,  era un homenaje del conocido novelista del Oeste a las mujeres que forjaron la región.



McMurtry se había convertido en un autor de superventas del género de vaqueros. Su obra más vendida, Lonesome Dove,  seria llevada a la pantalla chica en 1989 en formato de serie limitada a la que seguiría otra miniserie en 1993 llamada Retorno a Lonesome Dove. De ahí vino una serie de dos temporadas bajo el nombre de Lonesome Dove : The Series. Tanto éxito obtuvo, tanto premio recibió la saga de los ex Texas Rangers que entre 1998 y el 2005 se adaptaron en formato de miniseries las tres novelas con las que se iniciaba la obra: Las Calles de Laredo, Dead Man’s Walk y Luna Comanche.



Los amigos de las novelas y los fans del Western estaban de plácemes con estas entregas casi anuales de historias broncas y viriles del lejano Far West.  ¿Pero qué pasaba con las generaciones de niños y jóvenes que crecieron con Las Ingalls,? ¿Qué les ofrecía el género a las mujeres que no se hallaban entre los escasos personajes femeninos de McMurtry?

Entre Dos Saras

No es que no se hubiese intentado crear series que viesen el lado más sensible del Viejo Oeste En 1976 , Brenda Vaccaro subía a una diligencia camino a Colorado. La historia de esta mujer refinada de Filadelfia y su lucha contra los prejuicios del Oeste no gustó a nadie y Sara se canceló apenas filmada una docena de episodios.



Aun así, en la Era Reagan que ensalzaba La Conquista del Oeste y las virtudes netamente americanas de ese episodio histórico, se anhelaban historias sentimentales que reflejasen sus virtudes doméstica, la lucha cotidiana por salir adelante y la visión de los más vulnerables, léase niños y adultas. El toque homespun,  que se refiere específicamente a un tipo de tela hecha en casa, se ha aplicado a géneros infantiles decimonónicos que describen vidas rurales y artesanales donde se fraguan espíritus fuertes y rectos.

Estados Unidos encontraría ese estilo a mediados de los 80 en las adaptaciones de un clásico de la literatura infantil canadiense. La fascinación con la miniserie (dos capítulos) de Ana de la Tejas Verdes de Lucy Montgomery y sus muchas secuelas,  evidenciaba un apetito por zonas rurales, mujeres con vestidos largos,  y el aura semi romántica del pasado.

                              Anne of Green Gables

Eso llevó a la NBC a adaptar otro clásico infantil. Sarah Plain and Tall describía otro fenómeno de la frontera que duraría hasta mediados del Siglo XX: la novia encargada por correo. En este relato de Patricia MacLachlan, Sarah, una apacible solterona habitante de un pueblito costero de Maine,  acepta la solicitud de un granjero viudo de Nebraska de ser su esposa. Solo que una vez en contacto con un terreno, una sociedad y un hombre tan diferentes a los que está acostumbrada,  le bajan las dudas.



Sarah y su granjero tienen un final feliz,  lo que provocó que la autora les escribiese dos secuelas, todas filmadas en Los 90 . De esa manera,  la trilogía se volvió una especie de serie limitada. A pesar de que Sarah vive en un Oeste más civilizado de comienzos del siglo XX, el buen recibimiento de la trilogía indicaba que era el momento de hacer una serie sobre el choque cultural de una mujer de clase alta del Este que se enfrenta a los peligros del Oeste.

Michaela Quinn, Mujer que Cura

Fue en enero de 1993 donde se experimentó con el formato del género de cowboys y la novela rosa . Dr. Quinn, Medicine Woman se convertiría en un gran éxito y una de las pocas series del Oeste en tener a una mujer como protagonista. En 1869, tras la muerte de su padre,  y tres años después que su prometido desaparece en la Guerra de Secesión, Michaela Quinn,  de 35 años,  decide buscar suerte y futuro laboral en el Far West. En este caso en el pueblo de Colorado llamado Colorado Springs.



Como Sarah Plain and Tall, Michaela (Jane Seymour)  ha aceptado una solicitud vía un aviso de periódico. Los lugareños (por un error ortográfico del telegrafista) creen que se trata de un médico y reaccionan huraños y despectivos ante la idea de que sea una hembra la que se ocupe de su salud.

Michaela recibe el rechazo de las mujeres y de los pilares del pueblo, el almacenero , el dueño de la taberna y el babero Jake que hasta ahora ha fungido como “medico” del pueblo. Incluso el pastor de la iglesia local tiene sus dudas. Los únicos amigables son la comadrona Charlotte (Diane Lane)  quien recibe a “Mike” en su residencial y Byron Sully (Joe Lando) , un renegado blanco que,  desde la muerte de su mujer,  ha vivido con los indios y ahora sirve de interprete y enlace entre la Caballería y los Cheyenne.



En el primer episodio, ya instalada en la cabaña que Sully le renta, la Dra. Quinn enfrenta varios problemas y no solo la animosidad de sus nuevos vecinos. Debe montar por primera vez un caballo,  tal como por primera vez debe usar una escoba. Practica una cesárea, atiende una enfermedad venérea de una prostituta,  y cura las heridas de Caldera Negra,  el jefe de los Cheyenne. Sin embargo, no puede evitar que Charlotte muera debido a una mordedura de cascabel.

Antes de morir, Charlotte le encarga sus hijos a Michaela que pasa a ser madre de Matthew y Collen, dos adolescentes, y del pequeño Bryan. Ese es el meollo de su saga: como ser médico, madre y ama de casa en una mundo incivilizado y hostil.



No sé si Beth Sullivan tuvo en mente el fracaso de Sara, pero Michaela Quinn tiene algunos puntos en común con el personaje de Brenda Vaccaro. Ambas son mujeres urbanas que se adentran en un mundo rural dispuestas a combatir prejuicios e ignorancia. Si a veces nos harta la Dra. Mike con sus sermones vale recordar que se trata de una mujer de la Nueva Inglaterra, heredera de la tradición puritana,  pero también del pensamiento humanista que le legó su padre.

Yo vi poco de Sara, pero creo que la mayor diferencia entre ella y Michaela son la belleza y elegancia de Jane Seymour que supo imprimir en  su personaje esas cualidades propias separándola de la típica solterona militante que podría haber sido. Aunque Dr. Mike llega a amar su nuevo hogar,  siempre añora las comodidades y refinamientos de Boston y es lo que quisiera para sus hijos.  Es también, y esto fue un gran cambio de la mayoría de las protagonistas femeninas de ese entonces, mujer religiosa,  virtuosa, que pierde su virginidad solo en su noche de bodas y que siempre está sobreviviendo gracias a una fe que inculca a sus hijos. Oírla hablar,  dice Colleen,  es como “oír hablar a D-s”.

A pesar de que la serie se concentra en un tipo diferente de inmigrante al Oeste, también hace hincapié en su setting geográfico e histórico. Colorado Springs,  en ese entonces,  estaba en medio de las guerras con los Cheyennes. En el piloto, la Dra. Quinn conoce al siniestro Coronel Chivington, perpetrador de La Masacre de Sand Creek,  y  tiene al jefe indio Black Kettle como paciente. En una ocasión,  Michaela y su familia acompañan a Sully y al chamán Cloud Dancing a Washington a entrevistarse con el Presidente Grant; Dr. Mike atenderá una herida de la bandolera Belle Starr,   y una visita del poeta Walt Whitman sirve para curar a Michaela de prejuicios que hoy tildaríamos de “homofobia”..

                             A Michaela no le parecía que su hijo fuese a pescar con un homosexual

La serie es diversa no solo por la fuerte presencia indígena, además tenemos como personajes regulares a Robert Lee, herrero del pueblo, y Grace que pronto se convierte en su esposa. Ambos traen secuelas de haber nacido esclavos.  Pero la gran minoría reflejada en la serie es el conglomerado femenino de Colorado Springs y como llegan a superar sus roles impuestos por una sociedad de hombres.



Michaela,  que trae ideas progresistas de Boston,  es una gran propulsora de la liberación femenina desde el poner una biblioteca para lectoras hasta llevar a sus vecinas a las urnas (con ayuda de Sully). Si pensamos que el primer espacio donde la mujer pudo ejercer al voto en 1869 fue el Territorio de Wyoming,  y que la independencia de la mujer del Oeste está históricamente documentada,   no hay nada irreal en la influencia de la “Mujer que Cura” en un pueblito de Colorado.

Dr. Quinn se ha convertido en serie de culto y en un referente del Western televisivo. A pesar de que hoy se puede criticar su sentimentalismo , es indudable que fue un triunfo para la causa feminista en la televisión. Las series de cowboys nunca han vuelto a decaer, pero La Dama del Oeste (como se la conoce en algunos países)  sigue siendo la única que gira en torno a una mujer cuyo nombre está en el título. El único otro ejemplo que he encontrado es el neo-Western fantástico Wynona Earp.

En el siglo XXI, la influencia de la Dra. Quinn sigue sintiéndose,  sea en grupos de mujeres que en series limitadas se unen para civilizar y hacer justicia,  o pioneras en busca de un espacio como Las Dutton de las secuelas de Yellowstone . El choque cultural de un mundo refinado de privilegio con una vasta pradera donde solo rige la ley del más fuerte es lo que experimentó Lady Cornelia en The English y equivale a la experiencia de Michaela en Dr. Quinn

Sobre la importancia del personaje femenino y otros aspectos del Western televisivo en el Tercer Milenio espero hablarles en la próxima entrada de esta exploración del género. Antes quisiera comentar 1883, la serie de Taylor Sheridan que me empujó a romper mi voto de abstinencia por los relatos del Viejo Oeste.

 

 

domingo, 1 de junio de 2014

Jane Seymour: Reina de las miniseries (Televisión del ayer)


La calidad de sus histriones le ha ganado a  la televisión inglesa una reputación de ser superior a la estadounidense. Lo que explica el que hoy los actores británicos brillen en ambas pantallas y que series norteamericanas se enriquezcan con la presencia de Damian Lewis, Kevin McKidd, James Purefoy y David Morissey, pero no hay muchas actrices inglesas en la pantalla chica. Por eso se vale recordar a una chica de Middlesex que en las últimas tres décadas del Siglo XX reinó en las miniseries estadounidenses y llegó a tener su propio show de televisión.

Hace un mes, comencé a planear una cadena de entradas sobre mis miniseries favoritas y me sorprendió encontrar un elemento común, varias de ellas incluían a Jane Seymour en el reparto. Luego comencé a planear otra ristra de entradas sobre actores ingleses que triunfaron en la televisión norteamericana y nuevamente surgió el nombre de la intérprete de la Doctora Quinn. Consideré esa coincidencia como una señal para hacerle un homenaje en vida.

A medida que recopilaba datos sobre la actriz caía en cuenta de la extensión de su carrera. Miss Seymour triunfó en cine y en televisión, fue considerada un símbolo sexual, y también mereció premios por su talento actoral. Por ultimo, un detalle autorreferente,  Jane Seymour  fue una de mis idolas y  tuvo una tremenda influencia en mi zona capilar, ya que una de sus características más notables ha sido su larguísima y bien conservada cabellera.


Joyce Penelope Wilhemina Frankenbeger nació un 15 de febrero de 1951 en Hayes, el condado de Middlesex, en Inglaterra. Es hija de un obstetra judío y de una holandesa protestante. Tuvo una infancia y adolescencias típicamente normales. A los 18 años debutó ´en un pequeño papel en “Oh What a Lovely War”, una parodia de la Gran Guerra, dirigida por quien iba ser su suegro, Sir Richard Attenborough. Ya para entonces la debutante había elegido como nombre artístico el de la más olvidada de las esposas de Enrique VIII.

Ese mismo año, la ahora Jane Seymour se casa con Michael Attenborough. Bajo el ala de su familia, Jane sigue haciendo apariciones en televisión y en cine. Su suegro la dirige como Pamela Blowden, el primer amor de Churchill en su “Young Winston”. Ya los productores descubren que Jane (como Keira Knightley hoy día)  es idónea para roles de época.
Como Pamela Plowden


1973 será un año que marque la carrera de la actriz. Jane se divorcia e interpreta a Solitaire, una de las mas carismáticas “Chicas Bond”, en “Live and Let Die”. La virginal tarotista sigue siendo mi “Bond Girl” preferida, pero me tomaría un par de años conocerla, tal  como a su Princesa Farah en otra de esas inmortales contribuciones de Roy Harryhausen,  “Sinbad y el Ojo del Tigre”. Solitaire y Farah  me llegaron a través de la televisión y para entonces el rostro de la futura diva me era familiar.
Como Solitaire


La primera vez que la vi fue en la primavera de 1977, en una miniserie, el formato fílmico favorito de Jane Seymour. En Los 60’s y 70’s reinaba en la literatura popular un tipo de edición de bolsillo correspondiente a un subgénero, cruce entre Harold Robbins y Mario Puzo, que en mi escuela catalogábamos como “Los judíos-también-pueden-ser-promiscuos”. Seventh Avenue de  Norman Bogner es un ejemplo de esa literatura.


La novela narra la saga de un Ceniciento llamado Jay Blackman que en los años 30’s intenta hacer  fortuna en la industria del vestido (La Séptima Avenida se conoce como “El Distrito de La Aguja”). Su objetivo  lo lleva a enfrentarse a rivales, mafiosos, y sindicatos. Por supuesto, que su ascenso al poder va puntualizado por escalas en la cama de diferentes mujeres.

El libro fue un bestseller y la NBC y Universal la convirtieron en miniserie. Jane interpretaba a  Eva Meyers,  una ambiciosa diseñadora que inicia un tórrido affaire con Jay a pesar de estar ambos casados. Cuando ,después de cinco años juntos, él sigue sin divorciarse, Eva desciende una espiral que la llevará a tener otro amante, a caer en el alcohol y ser victima de todo tipo de abusos. Pasan los años, se rehabilita, Jay finalmente quiere divorciarse, pero un mafioso mata a Eva antes que pueda ser feliz.
Como Eva


Aunque la serie no fue un éxito, para mi la imagen de Jane Seymour en la sofisticada moda de los 30’s y 40’s capturó mi imaginación totalmente. Casi tanto como una escena en la que el marido descubre a Eva en brazos de Jay. La imagen de Jane envuelta en una bata de seda rayada con el cabello hasta las rodillas me convencía  que no había una mujer más bella en el mundo y que  mi deber era  tratar de verme como ella. (¡Seguro!). Tanto era mi deseo de parecerme a Jane Seymour que permití que mi madre me hiciera un peinado alto como el de Eva. Como Mi Ma es una gran creyente en “Para ser bella hay que ver burros y estrellas”, dejar mi cabeza en sus manos casi constituye abuso infantil.

Tras “Séptima Avenida”, Jane Seymour siguió conquistando al público en todo tipo de pantalla. Interpretó a la heroína de la versión de los 70‘s de “Las Cuatro Plumas” (y se veía mas linda que Kate Hudson en el mismo papel). Para la televisión americana trabajó en otras dos exitosas miniseries de época, la saga del Oeste “The Awakening Land” y la adaptación del bestseller de Taylor Caldwell, “Captains and Kings”. Entretanto, y fiel a una profecía hecha por una adivina, se embarcó en nuevos matrimonios. Su unión con Geoffrey Planer no alcanzó a durar un año. En 1981 se casó por tercera vez. El afortunado rea David Flynn, hombre de negocios y corredor de propiedades.

En 1980, la actriz estelariza junto a Christopher Reeves  una fantasía llamada “Somewhere in Time” ("Pide al tiempo que vuelva"). Reeves da vida a un escritor que posee la facultad de viajar en el tiempo hasta el siglo XIX donde conoce a su musa y gran amor encarnado en una Jane Seymour exquisita en trajes de la Belle Epoque. A pesar de la aclamación de la critica por su etérea Elise McKenna, Jane reconoce que la televisión es el mejor medio para lucir  sus atributos físicos e histriónicos y en 1981 protagoniza la miniserie “Al Este del Edén”, basada en la mejor novela de John Steinbeck.
Como Elise McKenna


Este proyecto de la ABC es todo un desafío. Nace bajo la sombra del clásico de James Dean de 1951. El  libretista Richard Shapiro decide volver al original y no canalizarse solamente en la historia de hermanos rivales. Asi la miniserie comienza en Connecticut, en los años posteriores a las Guerra de Secesión. Janes  da cátedra de actuación con su Cathy Ames que, en las palabras de Steinbeck, es una chica “con alma deforme”.


A los 16 años, Cathy incendia su casa, quema vivos  a sus padres y huye a caballo hasta encontrar refugio en la granja de los Trask. Ahí pronto se convierte en la manzana de la discordia  provocando la rivalidad entre el  brutal Charles Trask (Bruce Boxleitner) y  su hermano, el tímido Adam (Timothy Bottom). Será Adam quien se lleve a Cathy al otro lado del país, al condado de Salinas en California.

 Cathy da luz a los gemelos Araron y Caleb. Aunque es evidente que no ha nacido para esposa y madre, y que es posible que esté trastornada, el enamorado Adam se niega a reconocer que su mujercita es capaz de cometer todos los pecados del decálogo. Adam es el único sorprendido cuando Cathy huye a Monterey donde se convierte en la regenta de un burdel.

 Los gemelos crecen y se convierten en los  émulos del Caín y Abel bíblicos. Aaron (Hart Bohcner) es el predilecto del padre, pero será el despreciado Cal (Sam Bottom) quien descubre que su madre vive y se dedica al oficio más antiguo del mundo. La transición de Jane de adolescente desquiciada a una madame dura y ambiciosa es hecha a la perfección, sin perder ella un ápice de su belleza ni esa capacidad de aterrorízarnos con su ilimitada crueldad.


Por este rol, Jane Seymour ganó un Globo de Oro y la corona de “reina de las miniseries”. Terminado el rodaje de “East of Eden” la actriz se tomó un descanso y el derecho de ser madre por primera vez. Jane dedicó todo su tiempo a su embarazo y al cuidado de su hija Katherine a la que amamantaba ella misma. Pero detuvo este proceso cuando llegó el turno de aspirar al protagónico para otra miniserie épica, la adaptación de El Pájaro Espino de Colleen McCullough. A pesar de que había dejado de darle pecho a Katherine por varias semanas, la leche regresó en el momento menos oportuno, ¡justamente cuando hacia casting para el rol de Meggie Cleary! Jane quedó fuera del proyecto y Rachel Ward dio vida a Meggie.

La actriz se consoló cosechando más éxito como Marguerite de St Just,  la esposa de La Pimpinela Escarlata en la adaptación del clásico de la Baronesa Orczy. El rol del noble inglés que rescata aristócratas camino a la guillotina le tocó a Anthony Andrews, recién salido de su éxito en “Brideshead Revisited”.


Fue en esa década de miniseries épicas que comenzó a correr el rumor de que alguna cadena de televisión se atrevería a adaptar Lo que el Viento se Llevó a la pantalla chica. Incluso se hicieron encuestas para ver quienes reinterpretarían a Scarlett y Rhett. Los ganadores fueron Pierce Brosnan y (por supuesto) Jane Seymour.



Yo ya los veía en esos papeles, y creo que ella se sentía un poco Scarlett. Es evidente que su look en un comercial de perfume  del '84 está inspirado en la novela de Margaret Mitchell (y si, en los 80's yo usaba Le Jardin). El proyecto nunca se llevó a cabo, aunque en los 90’s volvió a barajarse el nombre de la Seymour para protagoniza la miniserie “Scarlett” que al final quedó en manos de Joanne Whalley.

Los 80’s, verán a Jane estelarizar una serie de éxitos televisivos. Brilla en una adaptación de “El Fantasma de la Opera” junto a Maxmilian Schell; se atreve a salirse de un marco de period pieces para encarnar a una mujer atormentada por un fantasma en “The Haunting Passion”. Arriesga comparaciones con divas del cine como Maureen O’Hara y Olivia de Havilland, reviviendo sus roles como las gemelas en un refrito de “Dark Mirror”;  y como la dieciochesca campesinita que cae en un nido de contrabandistas en la adaptación a la pantalla chica del bestseller de Daphne Du Maurier, La Posada de Jamaica.

En "The Haunting Passion"


En el cine no le va también y aunque se atreve a filmar un desnudo parcial, su “Lassiter” junto a Tom Sellek es un fracaso, a pesar de que Jane como siempre se ve exquisita en un Berlín del Tercer Reich luciendo modas de la época. En 1984, Jane Seymour confirma su papel de Reina de las Miniseries interpretando a Lady Brett Ashley en una adaptación de The Sun Also Rises.

En "Lassiter"

Como Lady Brett Ashley


Esta miniserie fue blanco de críticas por tomarse libertades con la novela de Hemingway, pero nadie critica a Jane Seymour por encarnar notablemente el espíritu de la promiscua, pero sentimental heroína. Su química con Hart Bochner (quien había sido su hijo en “Al Este del Eden”) es impecable y como siempre la actriz lució divina en vestuario de Los Locos 20’s.

Tras tomarse un tiempo para dedicarse a su segundo hijo, Jane Seymour volvió a la carga. El final de la década la vio en múltiples facetas. Como secundaria en una adaptación de Crossings de Danielle Steele; como La Duquesa de Windsor en “The Woman He Loved, como una pintora victoriana de romance con un policía (Sir Michael Caine) que persigue a “Jack, El Destripador” y hasta en Buenos Aires, interpretando a María Iribarne, la heroína de El Túnel de Ernesto Sábato.

Como La Duquesa de Windsor

Como María Iribarne

En 1988, Jane Seymour recibe un Emmy por interpretar a Maria Callas en una miniserie sobre la vida de Aristóteles Onassis. Aunque su interpretación de la diva es impresionante, a muchos les sorprendió que recibiera galardones por esae papel y no por su siguiente miniserie, “War and Remembrance” (Fue nominada tanto al Emmy como al Globo de Oro).
Como María Callas


En 1982, Dan Curtis y la Paramount se habían unido para la monumental tarea de llevar a la pantalla chica Winds of War, la obra maestra de Herman Wouk, por muchos considerada el equivalente a La Guerra y la Paz de la Segunda Guerra Mundial. Esta exitosísima miniserie, muy apegada al libro, mostraba las aventuras de los Henry, una típica familia americana (una típica familia militar) cuyos miembros se ven desperdigados por el globo terráqueo antes y al comienzo del más importante conflicto bélico del Siglo XX.

Robert Mitchum daba vida al patriarca, El Comandante Victor Henry; Jan Michael Vincent era su hijo Byron quien encontraba el amor y el sentido del deber en una Europa al borde de la guerra; y Ali MacGraw era la expatriada yanqui (y judía) que finalmente consigue hacerlo madurar y convertirse en esposo y padre. Admito que ni Jan Michael ni Ali me gustaban en los roles de Byron y de Natalie Jastrow y desee que otros los hubiesen interpretado.


Cuatro años después que la ABC presentara “Los Vientos de la Guerra”, comenzó a filmarse su secuela “War and Remembrance”, pero el elenco había cambiado. Afligido por el cáncer, John Houseman daba paso a Sir John Gielgud para encarnar a Aaron Jastrow, famoso escritor judeo-americano, cuya negativa de abandonar la Italia de Mussolini lo lleva a firmar su propia destrucción. El alcoholismo de Jan Michael Vincent  obligaba a los productores a reemplazarlo por Hart Bochner para el papel de Byron, ahora un oficial de la Marina estadounidense destacado en el Pacifico.
Jane y Sir John
Jane y Hart Bochner






Jane como Natalie Jastrow Henry

















Ali McGraw había sido muy criticada por su interpretación de Natalie Jastrow. Fue un alivio para los amantes de la saga de Wouk saber que no repetiría su papel en la secuela debido a que se veía muy mayor para hacer de Natalie. Se dice que Dan Curtis le pidió tres veces a Jane Seymour que se metiera en los tacones de la Jastrow y que solo a la tercera la diva aceptó. Sin embargo, la Wikipedia cuenta que fue Jane quien hizo campaña para ese rol. Me parece raro, Jane estaba ocupadísima esos años, es mas que posible que haya declinado trabajar en “War and Remembrance” hasta que la convencieron de hacerlo.

El hecho es que no me imagino a Natalie con otro rostro que el de Jane Seymour. Ali había creado una Natalie un poco desfachatada, demasiado tranquila en momentos de peligro, sobre todo en sus escenas con los Nazis. En “War and Remembrance” el personaje de Natalie es sometido a experiencias espeluznantes y no concibo a Ali McGraw logrando conmoverme como lo consiguió su reemplazante.


“War and Remembrance” fue la última gran miniserie de los 80’s, no tuvo el éxito esperado y se gastó en ella mas de lo previsto, pero sigue siendo una historia imponente, una miniserie de culto y a mi parecer,  el mejor trabajo de Jane Seymour. No podría describir todas las fantásticas escenas que me vienen a la memoria y solo puedo contarles que llore a mares en un momento increíble, dado mi admiración y la de todos sus fans por su larga cabellera.

Me refiero a la llegada de Natalie a Auschwitz en que debe someterse a un corte de pelo al rape obligatorio para todas las prisioneras. De solo verla calva y observar como caían al suelo mechones de su larga cabellera, yo chillaba  más que el personaje. Solo recientemente vine a enterarme que entre utilería y efectos especiales consiguieron hacernos creer que realmente  habían rapado a Jane Seymour.


Confirmando su relevancia en el formato de miniseries, Jane Seymour fue contactada por la televisión francesa para una miniserie gala. En 1989, interpretó a la desdichada Marie Antoinette en “La Revolution Française” una serie de lujo creada para conmemorar el bicentenario de La Caída de La Bastilla. Ahí la actriz tuvo el gusto de trabajar con sus hijos, Katherine y Sean, quienes dieron vida al Delfín y a Madame Royale.



“War and Remembrance” fue el canto del cisne y el fin del reinado de Jane en las miniseries. En 1991, su tercer matrimonio fracasó. Convertida en madre soltera de dos hijos, la actriz comenzó a aceptar una serie de papeles en filmes bastante mediocres. Ya parecía que su carrera estaba acabada cuando en 1993, la CBS le ofreció algo totalmente nuevo: su propia serie de televisión.


Toda una nueva generación conocería a Jane Seymour como la refinada solterona bostoniana, que huyendo de prejuicios, parte a practicar la medicina en El Lejano Oeste. Jane Seymour estuvo fantástica como Michaela Quinn, quien apenas llegada a Colorado Springs es obligada a montarse en un caballo, hereda tres hijos, y conoce al hombre de su vida, mientras lucha por convencer a un pueblo machista que es su única esperanza de mantenerse sano.




La serie de Beth Sullivan sirvió para variar nuestra imagen del Far West enfocándolo ahora desde la perspectiva de las mujeres y otras minorías. La Dra. Mike era en muchos sentidos una adelantada para su época. Eso sin dejar atrás su refinamiento y su virtud victoriana, llegando a perder su virginidad solo en su noche de bodas tal como lo exigía la etiqueta decimonónica.

Salpicada de personajes interesantes y de famosas estrellas que se peleaban por hacer cameos en una serie que gozaba de altísimos ratings, "Dr. Quinn, Medicine Woman" volvió a elevar a su protagonista al rol de súper estrella. Por seis años vimos a la Dra. Mike vivir todo tipo de aventuras, correr diversos peligros, enfrentarse a desafíos médicos y morales, y convertirse en esposa y madre de una hija biológica a la par de criar tres hijos adoptivos En cuanto a la vida personal de la actriz, tras un breve y publicitado romance con Joe Lando su coestrella, encontró estabilidad en su matrimonio con James Keach (se divorciaron el año pasado) y añadió un set de mellizos a su prole.
(popmatters.com)


Aun después de cancelada, “Dr. Quinn” motivó dos filmes hechos para televisión en 2000 y el 2001. La gente no se cansaba de verla. Se ha vuelto una teleserie de culto cuyas reposiciones siguen gozando de alta sintonía. Fue un cierre digno para la carrera de Jane Seymour. Aunque sigue activa en cine y televisión, nunca más ha alcanzado ese rango que le dio la edad dorada de las miniseries. Sin embargo ver cualquiera de esas actuaciones mágicas nos recuerda el motivo por el que se la llamó “La Reina de las Miniseries”.

Para los que tienen acceso al cable Latino, “Dra. Quinn, La Mujerque Cura” puede verse diariamente por TMC.