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jueves, 5 de noviembre de 2020

“¿También Sos... Nazi? “: Romeo y Julieta en el Tercer Reich

 


En el blog anterior señalé como Viviana Rivero, por razones muy suyas, corrompió el tema del romance entre judíos y nazis. Eso no quita que, en ficción como en vida real, este trope haya provocado historias conmovedoras. Algo que aprendí con “Un secreto bien guardado” es que la propuesta sigue muy de moda, tanto en inglés como castellano, y tiene unas normas que Viviana Rivero atropelló sin saber utilizarlas. Si te gustó “Secreto” aquí encontrarás otras historias similares mejor contadas. Si no te gustó, ve como el tema puede funcionar si cae en manos peritas.

Fantasías de Colegiala Judía

Tras unos días de admirar arrobada la cuerpada de su dios teutón, Amalia la protagonista de “Un secreto bien guardado”, se atreve tímidamente a preguntarle a Martin: “¿También sos... nazi?”  La respuesta afirmativa no acalla sus alborotadas hormonas. No hay que culparla, tras la guerra millares de mujeres de países ocupados sufrieron humillaciones públicas y muerte social por haber sostenido amoríos con el invasor.



¿Fueron todos esos invasores nazis convencidos? ¿Qué pasa cuando la pregunta ya tiene respuesta y quien está en el dilema es una judía a quien la decisión puede costarle la vida? ¿Cómo un buen alemán, expuesto a propaganda que retrata a los judíos como bestias infrahumanas,  puede llegar a amar a una de esas bestias?  ¿Como ocurrió en la vida real y como lo trata a ficción?

Cuando enseñaba, a mediados de los 80, en un colegio de señoritas judías, unas alumnas se me acercaron con una invitación. Habían creado un mini taller literario y, sabiendo que yo también jugaba a ser escritora, querían mi opinión. ¿Estaría yo dispuesta a escuchar la lectura de sus cuentos y a compartir algo escrito por mí? Acepté entusiasmada, pero cuando llegó el momento de escoger mi lectura, me acobardé.

Nunca he sido buena escribiendo cuentos, así que decidí llevar el prólogo de la novela en la que trabajaba en ese entonces. Su contenido me preocupaba. Se trataba de una meditación del protagonista, un oficial de la Wehrmacht involucrado en el fracasado complot de von Stauffenberg. Esperando a que la Gestapo viniera a arrestarlo, rumiaba sobre los motivos que lo habían llevado hasta ahí incluyendo su amor por una judía.

Llegado el día de la reunión y ya en el comedor vacío de la escuela, estaba yo muy incómoda con mi cuadernito enfrente mío. ¿Cómo recibirían este cuento unas niñas cuyos abuelos y hasta padres habían sobrevivido el exterminio nazi? Decidí dejar que ellas leyesen lo suyo primero. Comenzó B. de catorce años. De familia poco religiosa, había sido enviada a ese colegio por motivos de disciplina. Era la más literaria del grupo y su especialidad era el terror, quería ser una Stephen King con faldas.

El cuento era sobre las aventuras de un nazi furibundo que, tras su muerte, en una emboscada partisana, recibe una oportunidad de redimir sus pecados convirtiéndose en un fantasma que ayuda a los judíos incluyendo a una jovencita de la que se enamora. No alcanzaba yo a cerrar mi boca abierta de asombro cuando ya se paraba S., mi alumna favorita. De familia mixta como la mía, había venido a esa escuela buscando ser más religiosa.

Su cuento giraba en torno a Hannah, encerrada en el Ghetto de Varsovia cuyo único entretenimiento es una brecha en un muro, demasiado pequeña para huir, pero lo suficientemente grande como para ver el mundo exterior. Un día, Hannah encuentra una bolsa de papel y dentro un pan. Desde ese instante todos los días Hanna encontrará comida. Fascinada por esta ayuda imprevista, espiaba para saber quién es su benefactor. Para su sorpresa resultaba ser un oficial alemán (un oficial, nunca se trata de un soldado raso. Somos muy esnobs las judías) con quien entablaba amistad que devenía en romance.

Acabado el cuento, tuve que compartir con ellas mis dudas y me respondieron riéndose: “¡Miriam, todas las chicas judías que queremos escribir comenzamos con este tipo de cuento!” Tenían razón. Es un tema que se basa en múltiples fantasías femeninas: una relación prohibida donde el amor triunfa; una ilusión en la que hasta los nazis se rinden ante el amor; y un escape a una pesadilla. La idea de que en momentos de crisis no hay que perder la esperanza de que la humanidad supere a la bestialidad.

Suena tan bonito ¿no? Pero si se hace con descuido se acaba en lo que Hannah Arendt llamaba “la banalización del mal” o o que en su Holocaust Representations, Berel King denominó “una deshonestidad inmoral”. Eso es lo que ha cometido Viviana Rivero, pero no es la única. Si combinamos la ignorancia sobre lo que realmente representó el nazismo con imágenes idealizadas y saneadas de los campos de concentración y de los nazis, es explicable este tipo de “novela rosa del holocausto”.

El Holocausto en Wattpad

En Dapim, una revista dedicada a estudios sobre la Shoah, Stephanie Benzaquen-Gautier escribió, en el 2018, un ensayo (“Romancing the Camp”) sobre cómo se manifiesta este fenómeno en Wattpad. Este es un sitio web donde escritores amateur y profesionales pueden colgar sus obras literarias sean cuentos, novelas, ensayos, fanfiction o poesía. Según el artículo, había en ese momento más de mil cuentos/novelas en el sitio, en las cuales Romeo llevaba una suástica en la manga y Julieta una estrella en el pecho.

Me fui a revisar el sitio y encontré que hay 178 romances en español de este tipo y escritos por jovencitas apellidadas Arancibia, Zamora y Sánchez. Las historias son penosas no sé si más por la ignorancia histórica o por el estilo que denota la juventud e inexperiencia de las autoras (muy parecido al mío en mi adolescencia). Lo triste es que están tan llenas de buenas intenciones.

En La sombra de mis recuerdos, la autora (Isabela Serrano) la dedica “a todas las víctimas del Holocausto cuyas historias no fueron contadas”. En uno de los mejores ejemplos, Amor entre guerras de mi compatriota Fran Arancibia, el prólogo nos cuenta que la heroína no es una judía “sumisa”. Ayyy hija, ya con esa alusión a un estereotipo creado por nuestros enemigos jodiste tu buena intención.



La mayoría de las historias caen en puerilidades pedestres. En otras vemos un cierto tremendismo que me recuerda a ese feo capítulo de la ficción del Holocausto donde se le usó  para cintas francamente pornográficas. Aun así, me conmueve que niñas españolas y latinas escriban sobre el tema de manera positiva y también que todavía haya jovencitas que dediquen su tiempo a romances históricos (mi género favorito).

Los títulos lo dicen todo: En el corazón de un alemán; El nazi me ha mirado, ect. Aunque mi favorito es La chica bajo la farola donde el protagonista es Harry Styles. No es que la autora se imagine a su protagonista con la cara del cantante: el oficial alemán ES y SE LLAMA Harry Styles. Es el shipeo llevado a su máxima expresión.



No es mi intención burlarme de una experimentación sana. Agradezco se interesen en un tema tan complejo y cercano a mí.  Lo que me asombra que se haya publicado algo como Un secreto bien guardado en editoriales, cuando es obvio que pertenece a un sitio como Wattpad donde se esperan y perdonan errores nacidos de la inexperiencia de escritores principiantes.

Sin embargo, a pesar de la impericia de las autoras no encuentro en sus relatos resabios de los dos errores que más afean la novela de Viviana Rivero. Estas heroínas judías luchan en contra de sentimientos que las avergüenzan y todos estos protagonistas son nazis de nombre solamente, que repudian las leyes que les impiden amar.



De hecho, no encuentro nada parecido en la larga historia del Romeo y Julieta en el País de los Nazis a Un Secreto Bien Guardado, un ejemplo tan mortificante y espinoso que trivializa las historias contadas y no contadas de víctimas y sobrevivientes judíos o no. Recordemos que, ampliando el panorama, el trope también abarca amores de invasores alemanes y mujeres de los países invadidos y eso nos lleva al inicio del RYJEETR (Romeo y Julieta en el Tercer Reich).

El Caballeroso Soldado Alemán

Según mi investigación los primeros atisbos de estas relaciones prohibidas se dieron en la Francia Ocupada. Si Vercors no hubiese sido un patriótico resistente no se hubiese quitado de encima el estigma de simpatizante nazi debido a su novela El silencio del mar. Esta es la historia de una joven francesa que reacciona con un mutismo feroz a la presencia del invasor en su casa, incluso cuando el sentimiento se transforma en algo más.



Casi simultáneamente a la publicación de la novela corta de Vercors, Irene Nemirovski concebía su Suite Francesa. Aunque no hay evidencia de que Vercors y Nemirovski se hayan conocido y Le Silence de la Mer fue publicado un poco antes de que la escritora fuese deportada a Auschwitz, ambas historias contienen elementos similares: un oficial alemán refinado y musico que es hospedado de mala gana por una mujer que vive con un pariente mayor (tío en El Silencio, suegra en Suite Francesa).



Las diferencia es que en la novela de Nemirovsky, Lucile rompe el silencio y entabla un romance con Bruno. Pero tanto Bruno como von Ebrennac, el protagonista de El silencio del mar, son ingenuos que creen que pueden sustraerse a la criminalidad del régimen que representan. Al final von Ebrennac pide su traslado al Frente Oriental, en cambio Bruno cede su auto para que Lucile se marche a Paris a sabiendas que ella está ayudando a un resistente.





Tomaría más de una década atreverse con el tema nuevamente y no sería en Occidente. Fue en 1959, y detrás de la Cortina de Hierro, donde se filmó la coproducción de Alemania del Este y Bulgaria “Sterne” (Estrellas). 



Walter, un oficial de la Wehrmacht, irresponsable, y vividor, está feliz de haber conseguido un empleo de oficinista en Bulgaria, lejos de los campos de batalla. Cerca de donde trabaja hay un campo de tránsito para judíos griegos (posiblemente macedonios).

Un día, Walter conoce a Ruth una prisionera que le suplica le consiga un médico para una compañera que tiene un embarazo difícil. Apiadado, el hombre lo hace, aunque no es gran ayuda, puesto que los judíos incluyendo a Ruth son enviados a Auschwitz, pero (aquí entra ese factor obligatorio de este tipo de narrativa) el alemán ha evolucionado. Aunque sabe que no puede salvar a la mujer que ama, se une a los resistentes búlgaros para luchar contra el régimen que se la arrebató.



“Estrellas” fue una gota de agua en una barrica de vino. A pesar de ser premiada en el Festival de Cannes, es hoy casi olvidada, como lo fueron esos amores prohibidos por muchos años. Yo me encontré con ellos en el mundo inesperado de la telenovela.

En 1969, Don Ernesto Alonso produjo para Telesistemas Mexicanos la antecesora de Televisa “Sin Palabras”, otro de los famosos melodramas donde Amparito Rivelles se la pasa buscando un hijo perdido. Escrita por Carlos Lozano Dana, que dos años antes ya hubiese tenido otro éxito con “Lagrimas Amargas”, la historia vuelve a reunir a la Señora Rivelles y a Carlos Bracho, ahora como los Duhamel, un matrimonio involucrado con la Resistencia Francesa.

Los alemanes matan a Pierre (Bracho) y arrestan a su esposa Chantal, propiciando la obligatoria separación entre madre e hijo que caracterizó las actuaciones de Amparo Rivelles en la televisión mexicana. Chantal es enviada a un campo de concentración donde hace amistad con unos judíos interpretados por Maria Rubio y Javier Ruan (¿no sabían que hombres y mujeres eran separados?) y se granjean la antipatía de una Kapo (Ester Zavaleta).


                       Los resistentes Duhamel

Lo más prodigioso es que Chantal consigue llegar hasta Christian von Nacht, el comandante del campo. Von Nacht, interpretado por Gregorio Casals (con peluca rubia), en vez de hacerla ejecutar, se enamora de ella y comienza a recibirla a menudo. Vale decir que otro detalle incongruente es que Chantal conserva su cabellera y sus ropas de calle, un poco harapientas, pero que contrastan con las fotografías que conocemos de prisioneras calvas y con uniforme a rayas.

Von Nacht le revela a Chantal que es nazi por oportunismo, porque ayuda a mantener su estatus de aristócrata, pero que es un muy buen nazi ya que fue gobernador militar de Bruselas e impuso la ejecución de rehenes para controlar a la resistencia. Contrasta con este cruel cinismo, el hecho de que el comandante sea un hombre refinado, erudito y de buen gusto lo que recuerda al Bruno de Suite Française. Estos factores devienen en largos intercambios entre comandante y prisionera salpicados de los diálogos inconcebibles, pero maravillosos de Lozano Dana,.

En algún momento, von Nacht se ablanda y pretende ayudar a los prisioneros, pero la guerra se acaba, Chantal es liberada. Una vez de regreso en París recibe un mensaje del abogado de von Nacht. Al saberlo enjuiciado, Chantal decide testificar a su favor, pero él se niega a aceptar su ayuda. En su última entrevista, Christian le dice a Chantal que quiere ser castigado como un modo de alertar a la nueva Alemania de los crímenes cometidos por la vieja Alemania que el ve representada por su joven abogado. Ni Burt Lancaster en “El Juicio de Nuremberg”.

Basado en Hechos Reales

Me pregunto si Lozano Dana habría conocido la historia de Helena Citronova y si se inspiró en ella. Citronova solo vino a relatar su historia para un documental de la BBC en el 2005, pero su caso es lo más cercano a lo que aparece en “Sin Palabras”.



Helena Citronova, una judía eslovaca, de 22 años, llegó a Auschwitz en 1942. En semanas vio que el sitio era un infierno y que sus compañeras enloquecían o recurrían al suicidio como única salida. Decidió arriesgarse en una movida que era castigada con la muerte si descubierta.

Se puso el uniforme de una presa que trabajaba en “Canadá”, el sitio más privilegiado de Auschwitz (los otros eran la cocina y la orquesta). Canadá era el edificio donde se guardaba el equipaje de los prisioneros. Los que trabajaban ahí se encargaban de dividirlo, de ver lo más valioso y e incluso de revisar forros de abrigos y bolsos para ver si escondían joyas y objetos de valor. Esas fotos que hemos visto de pilas de lentes y zapatitos de niños corresponden a Canadá.

La mala suerte de Helena hizo que una de las guardias la reconociera. Le hizo saber que al final de su día seria castigada. CItronova sabía que eso significaba la muerte. En eso llegó un soldado alemán, se trataba del cabo primero Franz Wusch, conocido por su crueldad. Les contó a las empleadas que era su cumpleaños y quería saber si alguna sabia cantar para que le regalase una canción. Todas estaban paralizadas de terror, pero Citronova que ya no tenía mucho que perder, se atrevió. Al acabar estaba llorando.



El aplaudió y le pidió por favor le cantase otra canción. La cortesía del “Bitte”, palabra nunca usada con las prisioneras, sorprendió a Citronova que cantó una canción alemana. Solo al final se atrevió a mirar a Franz y vio una mirada llena de amabilidad. Tiempo después sabría que él acababa de enamorarse de ella. Wusch exigió que Elena permaneciese trabajando en Canadá, así le salvó la vida.

Desde ese momento iniciaron una amistad prohibida, clandestina que devino en amor. Cuando Rozinska hermana de Helena llegó a Auschwitz, Wusch (por petición de Citronova), la rescató de la cámara de gases. Por casi tres años, las protegió y esa es la razón por la cual sobrevivieron.

                                      Las Hermanas Citronova

 En sus declaraciones, Helena precisaba que ella luchó contra se sentimiento que supo superar el odio y que sus romance, aunque intenso, siempre fue casto. En su novela Auschwitz Syndrome, Ellie Midwood narra esta historia iniciándola a media res en el juicio de Franz en el que su mayor testigo de defensa es su esposa Helena. A pesar de que hay gente empeñada en ver esa relación como un resultado del Síndrome de Estocolmo y que el acusado es un asesino oportunista que se ha casado con su víctima para salvarse de la horca, la autora nos demuestra que ese amor si era verdadero.



Como la novela es vendida como “basada en hechos reales” muchos shiperos de Elena-Franz creen que se casaron en la vida real. Lo cierto es que el final de la guerra los separó y tomó un cuarto de siglo para que volvieran a encontrarse. En 1972, Franz Wusch fue llevado a juicio por sus compatriotas. Fue entonces que Las Hermanas Citronova testificaron a favor de él. En el banquillo, Wusch admitió que su amor por Elena lo había hecho mejor persona. Eso supera por lejos al insulso romance entre judía calentona y nazi imberbe de “Un secreto bien guardado”.

Si Citronova encontró a su Romeo nazi en el infierno de Auschwitz, Edith Hahn lo halló en el Múnich del Tercer Reich. En The Nazi Officcer Wife, Edith recuerda como su cómoda vida en Austria y sus estudios de leyes fueron interrumpidos por el Anchluss. Los nazis envían a Edith a trabajar a una granja en Alemania.



La joven logra huir y con papeles falsos que le consigue una amiga se pone a trabajar como enfermera en un hospital de la Cruz Roja. Ahí conocer a Werner Vetter, nazi convencido y racista, pero que se enamora de tal manera de Edith que, abandona sus ideales y a su esposa para casarse con la judía y seguir protegiéndola de un régimen que busca exterminarla.

                                             Werner Vetter

Los Vetter tienen una hija, Angelika. Werner es llamado a filas y se convierte en oficial (de ahí el título del libro). Al final de la guerra, Werner es hecho prisionero de los rusos. Edith comienza a trabajar para los Aliados y consigue la liberación de su marido, pero el intenso romance de guerra se desbarata. Warner vuelve con su primera esposa. Edith y Angelica se mudan a Londres. Edith vuelve a casarse. Cuando enviuda, emigra a Israel y ahí escribe su prodigiosa historia.

                                   Edith y Angelica

El libro es un éxito, pero incomoda. Se hace un documental sobre el en el 2003. En el 2011 se prepara una versión fílmica que contará con las actuaciones de Eva Green y de Thomas Kretschman en los roles principales, pero nunca se lleva a cabo. El tema está bien en un libro o un documental, pero un filme tiene más alcance, es más recordable y se teme que estas historias sean nocivas.

Por un lado, hay una censura moral en contra de este tipo de romances, por otro se teme a la perpetuación de un prejuicio muy en boga en la posguerra de que las judías que habían sobrevivido a los campos habían sido prostitutas de los nazis. Por último, se temía que mostrar el lado humano de los nazis disminuyese su crueldad colectiva y por ende la tragedia del Holocausto.

Por eso en los 80, la gran era de dramatizados sobre el Holocausto, las imágenes de judías y guardias nazis en campos de concentración serán de víctimas sumisas y cohibidas acosadas por monstruos brutales y poderosos. Así lo vimos en “Schindler’s List” (1993) y en “Sophie’s Choice” (1983).




Objetos Sexuales

 En la historia que abrió esa era dorada, “Holocausto” (1978). Meryl Streep interpreta a una alemana aria casada con un judío (James Woods) que es llevado a Buchenwald, cortesía de Müller, un nazi enamorado de Inga. Para salvar al marido, Inga debe acostarse con Müller. Esa era la visión de los nazis, abusadores de mujeres aun de las arias a las que convertían en objetos sexuales.



El consenso era que cualquier tipo de relación entre nazis y judía acababa mal y no podía estar basada en amor sino en Síndrome de Estocolmo como lo mostrara un día la infamosa y semi pornográfica “El portero de noche” (1974). En esa historia, Lucia (Charlotte Rampling), una dama de sociedad reconoce a un portero que le abre la puerta de un hotel de lujo. Se trata de Max Asolfer (Sir Dirk Bogarde) el oficial nazi que la violó y torturó en un campo de concentración. Lucia busca a su verdugo e inician un affaire sadomasoquista que acaba con la muerte de ambos.



Menos escabrosa era “Judith” (1966) basada en un cuento de Lawrence Durrell (el Larry de “The Durrels in Corfú”). Interpretada por Sophia Loren, Judith es una maestra judeo-alemana a la que la llegada del Tercer Reich solo trae desgracias. Su esposo ario la abandona llevándose a su hijo; sus padres son asesinados; ella es deportada a un campo de concentración donde es forzada a prostituirse.



Todo esto lo sabemos por boca de otros porque el filme inicia con Judith emigrando ilegalmente a Palestina en 1947. No es sionista, solo quiere un lugar donde vivir en paz y fundar su propia “república independiente de Judith”. Pero los nacientes servicios de espionaje israelí la necesitan para identificar a un general alemán que está adiestrando al ejército sirio. Se trata del ex marido de Judith.  Ella acepta, pero su agenda es propia. Quiere vengarse del marido y recuperar a su hijo.



El Caso del Buen Alemán

En la imaginación popular quedaba entonces inscrita que la relación nazi-judía, aparte de reprobable, tenía mal fin. ¿Pero qué pasaba con hombres que no aceptaban la ideología hitleriana?  ¿Eran tan nocivos como los nazis de corazón? Pues tampoco la ficción les reservaba finales que no fuesen trágicos. Eso lo vimos en una de las primeras epopeyas del Holocausto “El viaje de los malditos” (1976).

Malcolm McDowell interpreta a Max un camarero del malhadado St. Louis. No es nazi lo que es peligroso en un barco alemán donde la Gestapo ha infiltrado en la tripulación el equivalente a los comisarios soviéticos, vigilantes que deben evitar que los marinos se olviden que su cargo de refugiados judíos son enemigos del Reich.  De hecho, cuando un marinero se enfrenta al vigilante, acaba siendo arrojado al mar.

Max es más cuidadoso, pero su código moral le impide colaborar con los nazis lo que lo convierte en el hombre de confianza del recto Capitán Schroeder (Max von Sydow). Max es motivado también por el amor que nace entre él y Anna Rosen (Lynn Frederick), una pasajera judía. Cuando el filme llega a su momento más negro y ningún país de Occidente (incluyendo los de America Latina) acepta a los refugiados, Anna y Max hacen el amor y se unen en un pacto suicida. La moraleja es que aun con un buen alemán un romance de ese tipo debía acabar en tragedia.





Lo extraño es que en la vida real hay evidencias de que eso no era necesariamente cierto., Un ejemplo es Heinz Drossel. Hijo de antinazis, el joven abogado siempre se negó a tener tarjeta del Partido, prefiriendo servir en la Wehrmacht. Usando sus privilegios de oficial, Drossel comenzó ayudando a escapar a prisioneros rusos. En 1942, de permiso en Berlín, rescató a Marianne Hirschfeld que intentaba suicidarse como muchos judíos alemanes aterrados ante las deportaciones a Polonia que había comenzado en Alemania.

                              Heinz y sus padres antes de la llegada de Hitler al poder
                                              Heinz y Marianne

Desde entonces, Drossell aprovechó sus permisos para seguir rescatando judíos y mantener contacto con Marianne.  Después de la guerra, Drosell y Marianne se casaron. Hoy él tiene su arbolito en la Avenida de los Justos de Jerusalén, Pero lo que funcionó en la vida real no funcionaba en la ficción. Se temía a la relación de una judía con un representante del mundo nazi. Tenía que ser algo muy potente para poder ser aceptado y celebrado y ese fue el caso de El verano de mi soldado alemán de Bette Green.



Escrita en 1973 por una autora judía, precedió el nacimiento de los estudios del Holocausto y su efecto multimedia de fines de los 70. Tal vez por eso fue apreciada, a pesar de que Publisher Weekly describió el esfuerzo literario de Green como “valiente”. A pesar de que Greene escribiría una secuela “Morning is a Long Time Coming, y The Summer of My German Soldier se convertiría en 1978 en un filme para televisión, ese libro sigue siendo uno de los más prohibidos en las bibliotecas de USA debido al racismo de algunos personajes. Aunque es secreto a voces que la razón real es que representa lo peor de la sociedad estadounidense. Su personaje más altruista es un supuesto nazi.

Este relato sobre prejuicios en el Sur de Los 40 tiene como protagonista a la desdeñada Patty Bergen que a sus doce años ya sabe que su pueblo de Arkansas la desprecia por ser judía y sus padres la desprecian no sabe por qué, pero que ese desprecio se manifiesta en insultos y golpes por parte de su padre. Patty solo encuentra consuelo en otros aislados como ella: Ruth, su criada negra, y Anton, un joven alemán que ha huido de un campo de prisioneros cercano.



La historia acaba en tragedia. Antón es abatido por las balas del FBI, por haber ayudado al enemigo, Patty es enjuiciada y enviada un reformatorio. A pesar de que Antón es noble, desprendido y totalmente antinazi, la moraleja sigue siendo la misma. No se pueden mezclar agua y aceite. En realidad, hasta hoy, ese tipo de romance tiene mal fin. Por eso es por lo que el final de JoJo Rabbit es esperanzador, pero también por eso es por lo que “Un secreto bien guardado” es tan descabellada.

Salvando al Esposo Judío

¿Qué pasaba cuando se revertían los géneros?  ¿Había más esperanzas en el romance cuando era la chica la perteneciente al mundo ario?  En “La Ladrona de Libros” (2013) vimos un incipiente romance entre LIesel, la protagonista, y el chico judío que sus padres adoptivos ocultan en su hogar. Lo importante es que (al revés de JoJo Rabbit) Liesel no es nazi, sus padres eran comunistas, ella ha transgredido las órdenes del Fuhrer al rescatar libros de las hogueras nazis, puede convertirse en rescatista.



Meryl Streep se hizo famosa al interpretar a la devota esposa aria de un judío en “Holocausto”. Una mujer sencilla, sin estudios, que arriesga su visa para ayudar a su familia política y a su esposo. Inspirada por la homilía antinazi del Pastor Martin Nuemoller, Inga hasta sigue a su marido a los campos. Aunque Karl muere en Auschwitz. Inga y su hijo sobreviven Terezin.

                                 Boda de Inga y Karl

Esa evolución de Inga que no existe en “Un secreto Bien Guardado” también aparece en una de mis novelas favoritas La Casa de Christina de Ben Haas que perdí en Chile y he podido recuperar acá. A pesar de que fue escrita hace 40 años, es buenísima. Christa es una joven aristócrata en la Austria pre-Anchluss. Hay tres hombres interesados en ella: el novelista estadounidense Lan Condón; su vecino Robert que es nazi; y el millonario judío Joseph Steiner. En el espacio de nueve años, Christa se casará con Lan, será amante (por obligación) de Robert y se embarazará de Joseph.



No quiero contarles más porque es una gran novela, búsquenla y léanla. Está en Amazon en español y a bajo precio si la compran usada. Para los propósitos de esta nota, solo les cuento que Christa rechaza a Joseph cuando él es poderoso y pretende comprar su amor. Es durante la guerra, cuando debe ocultarlo y protegerlo, que se enamora de él. Y es que las mayores salvadoras de los judíos alemanes fueron sus esposas arias.



En “Forbidden” (1983), Jaqueline Bisset daba vida a la Condesa Nina von Halder. Se trataba de la historia real de una estudiante de veterinaria, antinazi y rescatista alemana, que se pasó la guerra ocultando a su amante, el novelista judío, Fritz Friedlander (Jürgen Prichnow), incluso teniendo un hijo con él. Ambos sobrevivieron la guerra y pudieron casarse.



Aunque el romance principal es ficticio, “Rossenstrasse” (2003) documenta la única protesta en suelo alemán en contra de la deportación de los judíos. En febrero de 1943, los esposos judíos de gente aria fueron arrestados y encerrados en un edificio de la Calle de las Rosas de Berlín. Por una semana, y a pesar del frio invernal, las esposas protestaron el arresto e inminente deportación de sus maridos. Al final de la semana, ellos fueron liberados.



El filme cuenta la historia de la Baronesa Lena von Essenbach, una pianista que es repudiada por su familia por haberse casado con el violinista judío Fabian Fischer. Después del arresto de Fabian, Lena se une a un grupo de mujeres (llegaron a ser mil pidiendo la libertad de 1,800 hombres) de diferentes edades, clases sociales y circunstancias, unidas por un propósito común.

En las protestas, Lena se hace cargo de la pequeña Ruth cuya madre también ha sido arrestada. La diferencia es que el padre ario de Ruth no levanta un dedo para ayudar ni a su mujer ni su hija. Lena y Fabian adoptan a Ruth. Años más tarde, Ruth (viuda de un judío) se opone al romance de su hija Hannah con un latino que no es judío. Solo cuando Hannah viaja Berlín a entrevistarse on Lena comprende el miedo de su madre de que en su hija se repita la historia de la abuela.

Se Exige Final Infeliz

El infame Código Hays insistía en que si había un romance entre blancos y gente de diferentes razas debía acabar en tragedia con uno de los participantes pagando con su vida su delito. Parecía que en el trope “Romeo y Julieta en el Tercer Reich “debería ocurrir lo mismo, e incluso relatos de la vida real no decían lo contrario.

En 1994, el cineasta alemán Ulf von Mechow produjo “La Judía y el Capitán”, un documental que lamentablemente es difícil de conseguir (está en Amazon Prime) y que no tuvo gran exposición en Estados Unidos donde fue presentada en el Festival de Cine de San Francisco en 1996. Subtitulada “Los Amantes de Minsk” se basa en entrevistas con Ilse Stein, una adolescente judía que fue enviada, junto a su familia, desde Alemania hasta el ghetto de Minsk, en Bielorrusia, en 1941. Su llegada coincidió con una “Liquidación” (léase exterminio) de gran parte de la población judía del ghetto. Necesitado de personal, su nuevo comandante Willy Schultz contrató a Ilse como secretaria.



Lo que hubiera podido ser un asunto sórdido, como lo ha relación Amón Goeth-Helen Hirsch en “La Lista de Schindler”,  se convirtió en un intenso romance a pesar de ser Schultz casado, a pesar de ser mucho mayor que Ilse que contaba solo 17 años, y a pesar de que la ideología nazi no permitía esos sentimientos hacia judíos. El romance sobrevive en fotografías de la pareja encontradas en los archivos de la KGB. Destaca una, tomada por Schultz, que nos muestra una Ilse cómoda y serena, como si no estuviese en un ghetto.



En la próxima liquidación, Schultz escondió a Ilse y a otra docena de judíos en un galpón para salvarlos. La actitud humanitaria del comandante no pasó desapercibida a ante sus superiores. Consciente de eso, Schulz elaboró un audaz plan de escape en el que, fingiendo llevar a 25 judíos (entre ellos Ilse y sus hermanas) en una expedición en busca de leña, se internó en un bosque donde liberó a los prisioneros, la mayoría de los cuales se unió a grupos resistentes locales. Schulz e Ilse continuaron hacia Moscú, un viaje de seis mees que Ilse consideraría los mejores de su vida, pero la llegada a territorio soviético no fue grata.

A pesar de que Schutz había sido condenado a muerte in absentia por los nazis, los rusos encerraron al oficial en un campo de “reeducación “en el cual murió de un ataque cardiaco (eufemismo estalinista para muerte bajo efectos de tortura) en 1944. La embarazada Ilse fue enviada a Siberia donde enfermó. Su hijito murió cuando tenía tres meses.

Ella confiesa en las entrevistas que dio en el documental que esa época fue peor que sus años en el ghetto. Eventualmente, Ilse se integró a la sociedad rusa, se casó y tuvo hijos, pero por sus palabras se deduce que su matrimonio con Arkady Joblenko fue por razones prácticas, y que el amor de su vida fue Willy Schultz.



Este romance (que me ha conmovido cien veces más que el superficial amorío de Amalia y Martin) fue muy admirado en la rusia del glasnost. El año pasado, Ellie Midwood (la del Auschwitz Syndrome) lo usó para su novela No Woman’s Land., pero de Midwood hablaremos en el próximo blog cuando lleguemos al Siglo XXI. Lo que sí creo es que el romance del ghetto de Minsk era conocido por Lauro Muñiz cuando escribió “Acuarela Do Brasil” (2000).



En esta miniserie, Daniela Escobar bajó diez kilos para interpretar a Bella Landau, judía rumana que es salvada de los campos de exterminio por el oficial alemán Axel Bauer. Axel deserta del ejército (tal como lo hizo Willy Schulz) y junto a Bella huyen a Brasil. Es 1943, Getulio Vargas ha declarado la guerra al Eje, Bella es admitida, Axel no. Nunca llegué a ver completa la serie, pero aparentemente Axel muere y Bella se queda en Brasil con otro amor.

Voy a detenerme aquí para no hacer más pesada esta lista. Para la próxima entrega hablaremos de cómo ha tratado el tema el Siglo XXI, de cómo se ha acoplado el trope al revisionismo histórico de las relaciones entre ocupantes alemanes y mujeres de los países ocupados, y como en estos últimos años, un par de filmes han intentado romper ese tabú de que nazis y judías si pueden tener un futuro juntos. ¡Hasta la próxima!

 

lunes, 15 de octubre de 2018

A Cuarenta Años de Holocausto (Televisión del Ayer)



La semana pasada recordábamos el aniversario de “Julia “y la campaña de criticas que sufriera el show y su protagonista, Diahann Carroll. En este 2018, también se celebran cuarenta años de otro hito de la televisión de los 70s,  la miniserie “Holocausto”. A pesar de que  está considerada pasada de moda y se la culpa de iniciar una serie de clichés que hoy se asocian al tema, me sorprendió saber que las criticas la acompañaron desde la noche de su nacimiento, y que  su máximo detractor fuera un judío, Sir Elie Wiesel.

Cada vez que disputo  sobre la representación del Holocausto en ficción, sea con negacionistas, neo nazis, pro-causa palestina o simplemente gente aburrida con tanto filme parecido,  sacan a relucir a “La Industria del Holocausto” y la obra que mayor critica recibe es la miniserie “Holocausto”. Los reproches se resumen en “¡qué mala es y tan llena de clichés!” Eso me causa risa porque los clichés nacieron después. “Holocausto” (versión en inglés), que debutará en la televisión en abril de 1978,  los inventó.

Es difícil para los nacidos después de 1980 imaginarse que a fines de los Setentas no había tal cosa como “Industria del Holocausto”. Los sobrevivientes cargaban sus recuerdos en silencio y con vergüenza, no existía un punto de referencia para hablar del exterminio nazi o de los campos de concentración. Les recomiendo un excelente documental “Imaginary Witness: Hollywood and the Holocaust”(Testigo imaginario: Hollywood y el Holocausto) que describe,  en orden cronológico,  la evolución del tema en cine y televisión.

Aunque  había filmes ( “The Juggler”, ”The Pawnbroker”y hasta un episodio de “La galería nocturna”) que giraban en torno a sobrevivientes de campos de concentración, la realidad de los lagers era algo que solo se podía leer en textos de historia o memorias como la trilogía de Primo Levi o la Noche de Elie Wiesel. Fue precisamente Sir Elie quien usaría el lenguaje más fuerte en contra de “Holocausto” acusándola de ser “untrue, offensive, and cheap” (falsa, ofensiva y de poco valor). Tengo que hacer un esfuerzo para  acercarme a su postura, y la de otros sobrevivientes, y  darme cuenta del shock de ver su tragedia  enmarcada en  la pantalla de su televisor. Era impensable porque se trataba de algo no visto hasta entonces.

Yo creo que todo actor histórico que ve su experiencia en pantalla (por ejemplo los mineros ante “Los 100”) se siente mal representado y desprestigiado. La experiencia de Auschwitz había sido parte del cine europeo  desde que Wanda Jakuwoska, recién liberada, dirigiera “La última etapa” (Polonia, 1945). Para 1978, existían algunas joyas del género como la tristísima “Kapo” (1960),  una coproducción ítalo-yugoeslava que narraba la necesidad de una sobreviviente (Susan Strasberg) de ocultar su pasado como guardia de sus compañeros de cautiverio. Aunque la academia galardonaba esas cintas, muy pocos estadounidense (aun los judíos)  las veían  puesto que solo circulaban  en cines especializados y por poco tiempo en cartelera.

Aun cuando yo había visto filmes sobre criminales de guerra (“El Juicio de Nuremberg”, la miniserie “QB VII “, The Man in the Glass Booth”) y sobre la persecución de los judíos (El Viaje de los Malditos y El Diario de Ana Frank), la vida en los lagers era algo que conocía solo de libros o de testimonios personales de los sobrevivientes. Aparté de documentales, los únicos ejemplos de dramatización de los campos de concentración en mi memoria eran de un filme de Spencer Tracy “La Séptima Cruz” (1944) y las “7 Bellezas””  de Lina Wermuller (Italia, 1976).

Curiosamente, ninguna de  estas películas se enfocaban en la experiencia judía. “Holocausto” (versión en español) por primera vez me puso cara cara con  lo que me podría haber pasado de haber vivido en ese tiempo, con lo que les había pasado a las tías  de mi madre (tres míticas benefactoras que velaron sobre mi cuna y que como Las Parcas, respondían solo a nombres de pila: Elvira, Sasha, y Flora).

Lo que Elie Wiesel no notaba es que para 1978,   la ausencia de datos históricos , de rostros humanos, de aspectos tangibles que respetar o sacralizar,  estaban generando un  cine  peligroso. Teníamos parodias de la vida en campos de concentración (“7 Bellezas”):  filmes de horror (“Los niños de Brasil”): erótica (“El portero de la noche”) y un tipo de pornografía que usaba los crímenes del Nazismo para excitar sexualmente. Conocida como Nazixplotation nos brindó títulos como “Ilsa, La Loba de la SS”(1974) y “La Ultima Orgia de la Gestapo” (1977).

Lo primero que hay que agradecer a “Holocausto”,  es que al  examinar ese periodo desde una perspectiva de cultura popular, nos permitió a muchos judíos salir del closet otorgándonos un vínculo en común. Hasta 1976,  yo no había practicado la religión judía, hasta 1970 yo ni sabía que era judía. Mi interés por el Holocausto fue una manera de crearme una identidad cultural.

Cuando llegue a mi escuela, Ezra Academy of  Queens, en 1976, no sabía leer en hebreo, no conocía ninguna oración judaica, pero podía debatir el tema del Holocausto con compañeros y maestros cuyos padres habían huido de la persecución nazi, o eran sobrevivientes de Auschwitz.

Lo que hoy llamaríamos “iniciar una conversación sobre el tema” estaba flotando en el zeitgeist de los 70. “Holocausto” llegó en el momento indicado. En esa década  se había despertado un interés por sagas “étnicas”. Las minorías estaban buscando sus raíces culturales dentro del cine y la televisión: Los Italianos con “El Padrino”; los irlandeses con “Capitanes y Reyes” y luego “Los Manions de América”:  y por supuesto, ya existía la épica de la tragedia afro-americana “Raíces”.  Sin “Roots” no hubiese existido “Holocausto”.

Los productores quisieron establecer un lazo  entre ambas. Tal como “Roots” lleva como subtitulo “La historia de una familia americana”,  “Holocausto” fue subtitulada “La historia de La Familia Weiss”.  Eso también provocó la ira de Sir Elie Weisel. “Holocausto” era la tercera serie en la historia de la televisión en retratar el exterminio nazi. La primera fue una versión de El Diario de Ana Frank (1963),siendo  la segunda la adaptación de  QB VII de Leon Uris (1974). Solo que Los Frank eran seres de carne y hueso, Otto Frank todavía estaba vivo,  tal como mucha gente que había conocido a su familia.

“QB VII” estaba basada en la demanda legal que había impuesto el Dr. Wirth en contra de Uris. Había una base real para esa visión fílmica de los experimentos médicos nazis. Amen que ninguna de las mencionadas  describía visualmente el martirio de los judíos fuera o dentro de un lager. En cambio,  ahora,  tanto Sir Elie como otros sobrevivientes,  tenían que sufrir la ignominia de ver su horror, desplegado como un retablo de marionetas,  en la pantalla chica.

La narrativa imaginaria era el mayor punto de disputa. Se podía revivir el pasado doloroso dentro de un marco de documental, pero esta telenovela, con romances, escenas de cama y peleas domésticas,  ofendía la sensibilidad de las víctimas. Como diría el escritor inglés Dennis Potter , en The Sunday Times, ” el pecado de “Holocausto” fue “ser una telenovela demasiado buena”. Un temor de Sir Elie era que los negacionistas se aferrasen a esta nueva forma de ficción como prueba de la irrealidad del Holocausto. O que futuras generaciones (y no estaba muy descaminado) se desensibilizaran del tema viéndolo como otro relato artificioso basado en un granito de verdad.



Molly Haskell iría mas lejos “¿Como pueden, como se atreven, los actores a imaginar que pueden hacernos sentir como era..? ” y sigue en la misma vena de Sir Elie Wiesel, hablando de sacrilegio y acusando al reparto de ”Holocausto  “de transgredir la prohibición judaica de reproducir imágenes(citado en While América Watches: Televizing the Holocaust de Jeffrey Shandler Dorot). Si fuera por eso, debió haberse protestado en contra de las épicas bíblicas de Cecil B De Mille.

No quiero ser burlesca. Me doy cuenta del shock que debe haber experimentado una generación para la cual el Holocausto fue una realidad diaria. Aun así, el formato de Soap Opera nos permitía darle un rostro humano  y acercarnos más a un pasado trágico. Algo más tangible en la recepción del publico gentil, puesto que para muchos lo que veían constituía una total novedad. Por eso se ha hablado que Gerald Greene, el libretista,  escribió un minicurso sobre el tema. Mas adelante, Green publicaría su libreto en formato de novela  donde agregaría más contenido a la trama.

Hora de dar una breve sinopsis a quienes nunca vieron las ocho horas (cuatro noches) que componen la miniserie. El primer capítulo abre en Berlín 1935, dos años después de la ascensión de Hitler al poder , pero todavía antes de las promulgación de las Leyes de Nuremberg. Eso permite la boda del pintor judío Karl Weiss (James Woods) con la alemana aria Inga Helms (una entonces desconocida Meryl Streep). Presentes están los parientes,  los Helms nada contentos con ese matrimonio,  y los Weiss.

 Karl es el hijo mayor del Dr. Joseph Weiss (Fritz Weaver), un inmigrante polaco que ha hecho fortuna en Berlín,  y de su esposa Berta Palitz Weiss (Rosemary Harris) una dama de sociedad, pianista, descendiente de varias generaciones de judíos alemanes. Sus otros hijos son Rudi (Joseph Bottoms),  un estudiante más interesado en el futbol que en los libros,  y su hermanita Anna (Blanche Baker),  la consentida de la familia.

La serie va desarrollando los eventos que llevan a la exterminación de los judíos. Los Weiss sobreviven el Ghetto de Varsovia, pero ambos perecerán en Auschwitz. Joseph saltará de campo en campo, de Buchenwald a Theresienstad; de Theresienstad a Auschwitz donde muere horas antes de la liberación, Inga,  que lo ha acompañado hasta Theresienstad , sobrevive junto con su bebé. Anna, tras ser violada por Nazis borrachos, pierde la razón y es víctima de la campaña de exterminio de los enfermos mentales del Tercer Reich.

Rudi, el único de la familia que cree en resistir, huye a Praga, se casa con una judía checa (Tovah Feldshuh), y se unen a los partisanos. Pero en el bosque,  los alemanes matan a su esposa y Rudi es llevado a Sobibor de donde escapa durante la revuelta. Es el único de los hijos del Doctor Weiss que sobrevive el Holocausto,  y acaba la miniserie con  él a punto de viajar a Palestina.

Esta es la soap opera que muchos críticos definieron  como una trivialización de la tragedia, pero  parafraseando al gran Paddy Chayesvky:  “televisión” y “trivialización” se escriben con las mismas letras. Del momento que el exterminio Nazi pasaba a la cultura televisiva se convertía en algo trivial. Sin embargo, eso no implicaba que no fuera efectivo o necesario.

Como explicó Tom Shales en el Washington Post: “La televisión tiene la capacidad, pocas veces usada, de convertir lo abstracto,  aun lo inimaginable, en algo personal y particular”.  Sin embargo para el critico de cine John O’Connor, escribiendo en el New York Times, resultaba repugnante ver tanta masacre en la televisión abierta y más encima ser interrumpido por spots comerciales. ¡Sobre todo porque uno de los patrocinadores era el mata gérmenes Lysol! (mata gérmenes =mata judíos).



Aun así, el intervalo comercial era bienvenido por muchas familias que usaban ese momento para calmarse e iniciar una conversación sobre lo visto. Yo recuerdo que en casa, durante comerciales,  hubo carreras al baño, mi mamá pidió un vaso de agua para calmar los nervios, y yo me fui a la cocina a llorar a oscuras en un rincón.

En Alemania  Democrática donde la miniserie se pasó en mayo del ‘78, no había comerciales en ese entonces, pero la cadena que presentaba “Holocausto” se vio colapsada con llamadas telefónicas. Como previsión habían invitado a tres historiadores para responder las consultas de la audiencia y no se daban abasto. Para jóvenes alemanes que hasta hoy casi no reciben información sobre el nazismo y el Tercer Reich en la escuela, esto era una novedad pavorosa. Sus preguntas iniciaban siempre con un “¿es esto real?”,  “¿pasó en Alemania?”



La conmoción provocada por “Holocausto” fue tal que en Coblenza,   los neonazis cortaron los cables eléctricos dejando a miles casas sin televisión por una hora. Aun así,  la maniobra no impidió el interés en el show ni el debate que se inició en Alemania a raíz de  la miniserie. Una de las reacciones fue que no se aprobara la ley que pedía que el estatuto sobre crímenes nazis en Alemania expirara a partir de diciembre de 1979.

Parte de ese impacto nacía del hecho de que los Weiss eran alemanes, y que la mayoría de los hechos ocurría en suelo alemán. Otro motivo de critica que recibió la miniserie fue crear el drama en torno a judíos alemanes totalmente asimilados y patrióticos. Tanta molestia provocó a una comunidad judía de Connecticut,  compuesta por sobrevivientes de la Europa Oriental , que escribieron cada uno su propia experiencia durante la Shoah (así se llama al Holocausto en hebreo) y lo llevaron a la Universidad de Yale que creó una sección en su biblioteca para conservar esas memorias. Me parece muy legítimo. Si lo puedes hacer mejor, hazlo, pero esos testigos no hubiesen rendido testimonio si no hubiesen sido fustigados por “Holocausto”.

La razón para situar la acción en Alemania se debe a que en ese país se originó la persecución. Si se quería mostrar como afectaban a los Weiss eventos tales como las Leyes de Nuremberg en 1935;  Kristalnachnt en 1938 (creo que es el único ejemplo de una dramatización de ese evento); Buchenwald,  uno de los primeros campos alemanes donde va a parar Karl; la expulsión de los judíos polacos que separa  al Dr. Weiss de su familia; y la eutanasia en el Tercer Reich,  la acción debía trasladarse a suelo germano.

Existía otra razón para hacer a los Weiss una familia alemana. Su grado de asimilación los hacia identificables a cualquier espectador occidental. Por último, era necesario que los Weiss fueran berlineses para crearles algún vínculo con Erik Dorf (Michael Moriarty( y su familia. Dorf, que según mi padre y muchos era el personaje mas interesante de la historia,  también es un punto de controversia.

Gerald Green crea a este abogado ario, totalmente apolítico,  para mostrar el rostro humano del nazismo. Empujado por la necesidad, y en busca de un empleo, Dorf se une a la SS. Reinhard Heidrich (David Warner), jefe de la organización, reconoce los méritos administrativos y legales de Dorf y lo convierte en su mano derecha. Dorf emplea sus conocimientos de abogado para trazar La Solución Final, el exterminio de los judíos, la creación de los campos de la muerte y los subterfugios que pueden legalizar toda esa maquinaria.

Para muchos,  era escandaloso ver a un hombre urbano, gentil y atractivo,  hablar y dictar medida sobre un asesinato en masa. Fue un modo muy efectivo de mostrar que no todos los Nazis eran monstruos psicópatas sino gente común y corriente. La queja de Sir Elie Weisel es que Dorf parecía representar a todos los involucrados en la guerra contra los judíos,  y que se le daba demasiada importancia a un personaje ficticio.

En realidad no tan ficticio. Green basó a Dorf en Otto Ohlendorf, abogado, economista y alto jerarca de la SS,  que fue juzgado en Nuremberg por crímenes en contra de la humanidad. El personaje de Dorf aunque importante, no es el único nazi presente. Otros jerarcas como Heydrich, Himmler y Eichmann también hacen acto de presencia.



Uno de los grandes méritos de Holocausto como novela, es que en ella Greene usa como fuentes de autoridad los recuerdos de los sobrevivientes de la Familia Weiss, Rudi e Inga;  cartas dejadas por los Weiss; y el diario secreto de Dorf que ha caído en manos de Rudi, en sus esfuerzos por recabar datos sobre su familia. En el diario hay mucha más información sobre el trabajo de Dorf, su filosofía que explica su participación en el exterminio, y su descripción de la Conferencia de Wansee a la que asiste. Esta conferencia, donde se le dio luz verde a la Solución Final, también aparece en la serie.

Viendo ahora “Holocausto” es difícil imaginarse el nivel de importancia que tuvo en su momento como inicio de una discusión que todavía no tiene punto final. La miniserie llegó en el momento exacto para romper silencios y tabúes, para informar  y para cambiar percepciones.

 Los Setenta habían iniciado con el boicot árabe del petróleo en 1972, lo que suscitó alzas y escases de combustible en Occidente. El ciudadano medio culpaba a Israel y de ahí a un surgimiento del antisemitismo había solo un paso.Ese mismo año tenía lugar la masacre de los atletas israelies en las Olimpiadas de Munich.  En 1975, la ONU declaraba al sionismo como una forma de racismo. En el mismo Israel había un sentimiento de temor hacía nuevas formas de antisemitismo. En 1973, La Guerra de Yom Kippur en la que nueve países árabes( + Cuba)  atacaron intempestivamente a Israel en el día más sagrado del calendario judío, demostró cuan vulnerable era la nación judía.

 En 1976, después de la incursión al aeropuerto de Entebbe, en Uganda, para rescatar a 103 viajeros israelíes y judíos no-israelíes  (más la tripulación del avión de Air France que no quiso abandonar a los secuestrados)  se descubrió que entre los secuestradores había dos terroristas alemanes, Wilfried Bose y Brigitte Kuhlmann. Como le dijera a Bose, Yitzhak David , uno de los rehenes y sobreviviente de Auschwitz,  “Alemania no ha cambiado”.
Daniel Bruhl como Bose y Rosemond Pike como Kuhlmann en "7 Días en Entebbe"

Ni  Alemania, ni los nazis, ni la tolerancia del mundo con el antisemitismo. En 1977,  el Partido Nazi Americano (National Socialist Party of America) decidió usar el pueblito de Skokie, en Illinois, como espacio para una marcha y un rally. No era coincidencia que el 40% de los habitantes de Skokie fueran judíos, la mayoría sobrevivientes del Holocausto. Las autoridades prohibieron la marcha, los nazis llevaron el caso a tribunales. Con el apoyo de la Unión de Libertades Civiles de America, ganaron el caso puesto que se demostró que aunque la suástica podía ser considerada ofensiva, ni el uniforme nazi, ni los panfletos, ni el propósito del rally o del partido lo eran. Finalmente, el evento tuvo lugar , no en Skokie, pero en el gran Chicago.
Rally Nazi en Chicago (1972)

Nazis amparandose en el derecho a la libertad de expresión

Todo estos sucesos nos  tenían a los judíos, y no solo la generación del Holocausto, nerviosos. La miniserie con todos sus bemoles fue catártica e instrumental para establecer un dialogo necesario entre judíos y gentiles, y entre los mismos judíos. Ahora no solo lo textos de historia y documentos podían ser usados como instrumentos didácticos.

Los filmes del Holocausto que seguirían a la miniserie no se basarían en ficción (a menos que fueran adaptaciones de novelas premiadas como Sophie’s Choice de William Styron;  o The Winds of War y War and Remembrace de Herman Wouk).
Jane Seymour en "War and Remembrance" y Meryl Streep en "Sophie's Choice"

Revisando las listas de dramatizaciones del Holocausto de los 80s tanto cine como televisión se abocan a memorias como “”Playing for Time” (1980)basada en los recuerdos de Fania Fenelon de sus días de miembro de la orquesta de Auschwitz;

Escape From Sobibor” (1987) basada en los testimonios de los sobrevientes del escape masivo más grande de un campo de exterminio;

Triumph of the Spirit” (¡989)la historia real de las experiencias en Auschwitz del campeón de boxeo griego Salamo Arouch (Willem Dafoe), uno de los pocos ejemplos de narrar la experiencia sefardita en la Shoah,  y por supuesto,  “ Schindler List” (1994).



Puedo casi apostar que es cuando se inventan situaciones y personajes y se decae en “La Fórmula” (Léase  victimismo, personajes estereotipados y dramatismo sentimentaloide y exagerado) cuando el nivel del relato pierde fuerza y mérito.  Pero incluso en este siglo, “La Fórmula” ha atrapado historias basadas en hechos  reales. Por eso tanto “El Pianista”(2002)  como “The Zookeper’s Wife”(2016)me han dejado fría. También porque no muestran nada novedoso.

Siento más respeto por los Bastardos de Tarantino. Primero,  porque el bandido de Tarantino siempre está parodiando géneros ya existentes de pulp fiction. Segundo porque la novedad de su Fabula/ Fantasía judía (baleamos a Hitler, matamos a palos a los Nazis, mutilamos a los que quieren exterminarnos) me parece más legitima que otras entelequias lacrimógenas, melindrosas y sin sustancia  como “ El niño del piyama a rayas”,  “El tren de la alegría “y la repulsiva “La Vita e Bella” Al menos nadie puede acusar a Tarentino de perpetuar un lugar común que Sir Elie encontró en “Holocausto”:  la pasividad judía ante la agresión Nazi.



“Holocausto” originó muchas preguntas. La primera  es cómo llegaron Hitler y sus Nazis al poder. Para eso es bueno  ver una serie como “Babylon Berlin” que muestra el estado de la  Alemania pre-hitleriana, sumida en crisis económica y violencia política. La segunda es cómo Occidente permitió que llegaran las cosas hasta tal punto. Uff, para eso hay literatura a grane y una larga lista de motivos. 

La ultima pregunta y la más exasperante es “¿por qué los judíos no se defendieron?.  Es como cuestionar por qué una mujer abusada (o un niño o un viejo) deja que lo golpeen. Aparte de simplona,  la mera pregunta  implica responsabilidad de la víctima en el abuso.

Pero volviendo al tema puntual de “Holocausto”, otra novedad que impuso la miniserie fue mostrar la resistencia judía: el alzamiento del Ghetto de Varsovia, los partisanos, la revuelta y escape masivo de Sobibor.  De hecho la serie está dedicada a “those who fought back”. Eso también motivó la crítica de Sir Elie puesto que presuponía que los únicos sobrevivientes dignos de admiración eran los resistentes.

Ni tanto. Rudy Weiss sobrevive porque desde que se lía a  golpes con Hitlerjugends en las calles berlinesas, es el “peleador” de la familia. Pero su esposa Elena, tan partisana como él, muere en un enfrentamiento con soldados.  Rudi escapa de Sobibor, pero de los 300 judíos que huyeron de ese campo solo sobrevivieron 58 (y a uno de ellos, Leon Feldheimer, lo mataron los polacos en el pogromo de Lublin después de la guerra). Rebelarse no es sinónimo de sobrevivir.

Sin embargo para Sir Elie Wiesel ese fue un punto de crítica,  lo que él llamaba “”el tema obsesivo de la resignación judía”.  “¿Seremos de nuevo sujetos al debate del pasividad judía versus heroísmo judío? fue su pregunta. Lamentablemente es un tema que siempre se pondrá en la mesa y que se origina en la ignorancia de las circunstancias en que se dieron esos ejemplos de “pasividad” y de “heroísmo” . Por otro lado hay quienes ven en la resistencia judía una excusa para que los alemanes se “defendieran” de la agresión de esos untermenchen.

Deberíamos ver que otras formas de resistir encontraron las víctimas. Holocausto nos lo muestra en el personaje de Karl Weiss (James Wood), el más maltratado de su familia. Karl es arrestado después de la Noche de los Cristales Rotos. No hay cargos contra el (todo es una faramalla de un Nazi que quiere acostarse con la mujer del pintor).

Karl es llevado a Buchenwald. Allá se le piden los datos. Hay un preso antes que el pintor en la fila . “Nombre de la puta que te parió” es la primera pregunta.  “Mi mamá no era puta”es la respuesta. Enseguida al preso se le golpea hasta hacerle perder el conocimiento. Llega el turno de Karl. Comienza rechazando la soez pregunta . “Mi madre no es puta” "¡Todas las judías son putas!" "Pero mi madre..." Un palo Aprendida la lección, da el nombre de su madre, pero cuando la sigue “nombre del cafiche que la violó”Karl rápidamente se da cuenta que no se puede resistir en este espacio y responde “Joseph Weiss”  sin pestañear.


 Resistir significa a veces seguir las reglas del juego. Más adelante, Karl es castigado (no recuerdo el motivo) y es colgado de los brazos de un poste por varios días. A punto de sucumbir,  es revivido por un compañero de martirio que le recuerda que la vida es todo lo que tiene, lo mas valioso. De nuevo, otra manera de resistir.

Inga (M. Streep) la esposa de Karl se acuesta con el nazi para conseguir que al marido lo trasladen al supuesto campo “modelo “de Terezin (Theresienstad)  en Checoeslovaquia, y decide acompañarlo. En la fortaleza de Terezin, está prohibido guardar récords de la vida cuotidiana, no pueden los presos ni sacar fotografía, ni mantener diarios,  ni hacer dibujos. Karl se une a un grupo de artistas (esto también es real) que clandestinamente mantienen un registro de los sufrimientos y privaciones de los internados en la fortaleza. Karl es descubierto y horriblemente torturado. Le quiebran las manos y lo envían a Auschwitz.

Milagrosamente, Karl sobrevive, pero ya no puede dibujar. Un día consigue un trozo de carbón y comienza a trazar figuras. Aunque su arte no es lo que fue, se reconocen en sus dibujos las imágenes de pesadilla del lager. Karl muere, pero un compañero salva esos últimos bosquejos y se los hace llegar a Inga.

Antes de terminar, quiero hacer un resumen de los logros de una serie que tuvo muchos errores (geográficos, las descripciones de la vida religiosa judía, etc.), pero que fue  una puerta que se abrió para permitir que el Holocausto se convirtiese en parte de la imaginación popular norteamericana (y tal vez Occidental). 120 millones de personas vieron “Holocausto” en Estados Unidos. Uno de ellos fue el Presidente Jimmy Carter. Un mes después de la trasmisión de la miniserie, Carter firmó un permiso para la creación de La Comisión del Holocausto que devendría en la construcción del Museo del Holocausto en Washington.

Las sustanciales críticas de Sir Elie Wiesel no cayeron en saco roto. En base a ellas, los “guardianes de la memoria “, ósea universidades y bibliotecas crearon proyectos de cultura oral que permitieron a miles de sobrevivientes narrar su historia para  luego estas ser guardadas en colecciones especiales. En 1979,  Fortunoff creaba un archivo de video dedicado totalmente a recaudar testimonios de sobrevivientes. Joanne Rudoff , una de las entrevistadoras, explicó el motivo del archivo:  “Se les ha quitado todo (a los sobrevivientes).  Ahora la televisión también pretende quitarles sus historias”.

Hoy en día me da un poco de pudor pedir a quien nunca haya visto “Holocausto “que la vea. Hay escenas cuya calidad estética llega al borde del kitsch. Otras son obras de arte. Todavía nadie ha encontrado fallas en la soberbia actuación de M. Streep y para mí la escena en que corre tras el camión que se lleva a su marido a Auschwitz es equivalente a la de Ana Magnani en “Roma Citta Aperta”.

Sin embargo, encuentro ese mismo exagerado melodrama o ese mal gusto en casi todo filme del Holocausto de este siglo. Es como si realmente llegáramos al punto de lo trivial, de la caricatura que temía Sir Elie. Lo peor es que todo es tan conocido, tan cliché. Se han creado veinte imágenes de la Shoah que se repiten hasta la náusea, y gente que todavía no entiende el significado o magnitud  se ríe a mandíbula batiente o  se aleja bostezando.

Lo extraordinario es que hay mucho sobre el Holocausto y el periodo nazi que mostrar. Aunque a muchos judíos les moleste, en los lagers murió gente que no era judía y eso es importante en esta era de neo-antisemitismo, recordar que en un universo totalitario, donde la lógica y la sensibilidad humanas pierden relevancia, todos estamos en peligro