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jueves, 9 de abril de 2020

The Plot Against America: La Serie de HBO no es un Reflejo de Nuestros Tiempos



Aunque vi la adaptación de la novela alternativa de Philip Roth con muchos reparos, la miniserie me aportó dos nuevas sorpresas, ninguna muy grata. Primer problema me lo corroboró el Gatito Memolos primeros capítulos son lentos y aburridos. La otra sorpresa ha sido la campaña del mercadeo. HBO y sus fan-críticos, venden la serie haciendo hincapié en falsos paralelismos entre su trama y la situación política actual en los Estados Unidos.

Érase una vez…en Newark
Para quienes no hayan visto la serie ni leído el libro, esta es una ucronía que especula que hubiese sucedido si Charles Lindbergh, el héroe de la aviación, hubiese vencido a Franklin Delano Roosevelt en las elecciones de 1940. Lindbergh, que en la vida real era antisemita y simpatizaba con los nazis (Hitler le dio una medallita), sigue una política de acercamiento con Alemania, empodera a los nazis locales e inicia una agresiva campaña antisemita.

Estos sucesos son vividos y vistos desde la perspectiva de Philip Levine (Azhy Robinson), un niño de nueve años que es el alter ego del autor. Philip vive en un barrio (predominantemente judío) en Newark, Nueva Jersey. Sus padres Hermann (Morgan Spector) y Bess (Zoe Kazan, nieta de Elia Kazan) son hijos de inmigrantes del Old Country, pero nacidos en USA.

Hermann, un próspero vendedor de seguros, nunca ha experimentado antisemitismo. Bess siuna variedad sutilcuando fue la única alumna judía en su escuela de Elizabeth. Esto la hace más perspicaz que el marido a espacios peligrosos para los judíos. Cuando Hermann quiere comprar una casa más grande en Unión City, Bess se rehúsa puesto que nota que habrá nazis en el nuevo barrio.

Philip es demasiado pequeño para entender los peligros que lo acechan. Sus preguntas no son bien respondidas ni por su padre ni por Sandy (Caleb Malis), su hermano mayor, un talentoso dibujante que admira a Lindbergh. Philip tampoco entiende las rebeldías de su primo Alvin (Anthony Boyle) o la frustración de su tía Evelyn (Winona Ryder, exquisita en su primer rol de judía) que va camino a solterona mientras sostiene amores clandestinos con un italiano casado.

Ese primer episodio nos presenta a cada miembro de la familia, su función en su entorno, sus sueños y desafíos. Bess se preocupa por su hermana y a la vez la preocupa su madre que está entrando en la demencia. Herman quiere ser un americano más, que ama el beisbol y su país, pero no es ciego a las amenazas que se ciernen sobre su familia por el solo hecho de ser judíos. La amenaza la encierra la candidatura de Lindbergh a la presidencia y el auge de una forma de nazismo local que en la costa Noratlántica se conoce como el Bund (había otras organizaciones fascistas en USA como los Camisas Plateadas que operaban en ambos lados de la frontera con México)

David Simon, creador de “The Wire”, ha sabido componer una magnifica atmósfera de los 40, completa con vestuario de entonces (el de Winona es el más llamativo), con música de swing como banda sonora, con una iluminación difusa. Incluso los retratos antiguos que cuelgan en las paredes de la casa de los Levine son de los abuelos de Simón quien también se encargó de enseñarles a los actores como hablar con acento yiddish como hasta hoy hablan muchos abuelos judíos aquí en Nueva York.

Aun así, el primer capítulo se me hizo largo y latigudo. Solo me desperté cuando Alvin y sus amigos se fueron a darle una tunda a unos nazis que habían apaleado a un amigo. Con la excepción de Evelyn, y un poco Bess, los personajes no me atraparon. Es que sentía presenciar algo muy visto, muy reconocible.

Los Levine parecían escapados de alguna nostalgia de Woody Allen, de alguna pieza de Neil Simon, de algún relato de Mordechai Richtler. La Tía Evelyn se parecía la tía Bea (Diane Weist) en “Radio Days” o la tía Blanche (Judith Avey) de “Brighton Beach Memoirs”.  Y todos esos diálogos tan cliché, “eso no va a pasar aquí”, “este es nuestro país” sonaban tan sacados de la fórmula del cine del Holocausto.
Las tías judías


Después de leer las críticas, me di cuenta de que esta serie no va dirigida a los judíos, ni siquiera a mi generación. Por eso es por lo que se pueden reflotar clichés y estereotipos positivos porque hace como veinte años que no lo hacían y los Z de todos los colores tienen que aprender que no todos los judíos son tan nocivos como Harvey Weinstein, el “suicidado” Jeffrey Epstein, y Weiss&Benioff.

Es agradable ver a la Gran Familia Judía compartir cosa típicas como la mesa de Sabbath, y hablar de Joe Di Maggio, tras hacer la bendición sobre las challot (el pan trenzado) y el vino. Se siente nostálgico, a pesar de que tengan la radio prendida, eso sí con swing judío (Benny Goodman y Artie Shaw).

Fuera bromas, es importante mostrar que el mundo judío tradicional (sin ser ultraortodoxo) está unido por su fe, sus tradiciones y sus valores domésticos. Y como la persecución religiosa y las divisiones políticas pueden destabilizar a una familia.

Hubo solo dos cosa que me incomodaron. La primera es la única aparición de un ultraortodoxo en el primer episodio. Cuando Bess enciende las velas del Sabbath, (y todavía no ha oscurecido) aparece en su puerta un jasid (con los bucles trenzados propios de su secta) y solicita una contribución para establecer “un estado judío en Palestina.”

Esto es inclusión de Simon, no aparece en la novela. Si entonces los jasidim iban de puerta en puerta con sus pushkas (alcancías), erar para recolectar fondos para alguna institución (alguna yeshivá, un orfanato) no para crear el estado de Israel. Los judíos ultraortodoxos y los jasídicos creían (y algunos creen hasta hoy) que la patria judía solo puede fundarla el Mesías. Israel nació gracias a los esfuerzos de los judíos sionistas que básicamente eran socialistas y laicos.

Mi segundo reparo es lo poco que se comenta de la situación de los judíos en Alemania (o en Italia donde se llevaba dos años de leyes raciales). Cuando Philip pregunta qué es ese “hogar en Palestina” por el que el jasid pedía tzedaka, su padre se apresura en explicarle que se trata de un país para los refugiados alemanes. No es para los judíos estadounidenses puesto que ellos ya tienen un país. 

Luego, el patrón de Alvin comenta que hace dos años no sabe nada de sus parientes en Alemania. Eso es todo. Es como si el antisemitismo de Lindbergh y del Bund naciera súbitamente y sin motivación.
Para el final dejo lo mejor, la alusión al aniversario del St Louis el barco que anduvo, como los cruceros en tiempos de coronavirus, de puerto en puerto sin que nadie lo dejase anclar. El St Louis portaba un virus diferente: refugiados judíos.

Hablar del St. Louis seria hablar de como la administración Roosevelt negó el permiso al navío de bajar a sus pasajeros en tierra estadounidense. La serie desesperadamente evita hablar de nada que pueda ensuciar esa imagen de la America de Roosevelt como un paraíso para los judíos, porque eso quitaría poder a las noveles medidas antisemitas de la administración Lindbergh.

Lindbergh vs Trump
He dicho que dos cosas me sorprendieron de la adaptación de “The Plot Against America”. La segunda es el modo en que la han vendido. Tanto importantes medios como blogs y sitios webs dedicados a la crítica televisiva han hecho alusión al momento presente sacando semejanzas de donde no las hay. Estos son algunos titulares: “HBO’s Terrific The Plot Against America Hits Close to Home (Vanity Fair); “The Plot Against America has a Powerful Warning” (The New Republic); “Can it Happen Here? (New York Times); “The Plot Against America” Has a Strong Trump Parallel” (France24) etc.

Cuando Philip Roth escribió su libro en el 2004, se le preguntó si era una crítica del gobierno de George W. Bush y el autor lo negó calurosamente. Sería irónico que el libro tratase sobre un presidente que ha sido elegido por prometer que impedirá que los judíos lleven al país a la guerra cuando en la realidad al presidente Bush se le acusaba de ir a la guerra (Irak) empujado por los intereses sionistas de sus asesores.
Philip Roth recibiendo un galardón de Obama

HBO ha tenido en sus manos el manuscrito de Roth por casi una década, pero David Simon se negó a adaptarlo en días de Obama, puesto que le parecía contraproducente hacerlo en tiempos de un presidente tan liberal como Barak Hussein. Como casi todos los judíos seglares y progresistas, Simon creía en el liberalismo obamaniano.
David Simon

 Según relató al Times of Israel ,  su actitud cambió con la llegada al poder de Donald Trump, a pesar de que Roth, quien se pasó los últimos años de su vida ayudándolo a adaptar su obra, le recordó a Simon que había muchas diferencias entre el nuevo presidente y Lindbergh. “Trump es un estafador, Lindbergh era un héroe”. Con lo que quiso decir que si Lindbergh hubiese llegado a la presidencia hubiese tenido más poder sobre las masas que Trump. Ya vemos que los judíos en la obra desde Sandy el hermano del pequeño Philip hasta su tío político el Rabino Bengelsdorf(John Turturro) idolatran a quien apodaban “El Águila Solitaria”.

Donald Trump ha sido una figura mediática, conocida y celebrada por sus hazañas empresariales, por su chutzpah, por su fama de jet setter y mujeriego. Lindbergh era un héroe de la aviación, admirado por su valiente vuelo trasatlántico, un hombre de familia (hasta que se descubrió lo de su casa chica en Alemania) marcado por la tragedia del secuestro y asesinato de su hijito.
Lindbergh y el Espiritu del St. Louis

Lindbergh era un ídolo, un santo para las masas de estadounidenses. Trump ha cometido errores que afectan a toda la nación y si es apoyado es porque sus seguidores les tienen demasiado miedo o desconfianza a los demócratas. Por otro ladoy sería una ingrata al olvidarlo desde Abraham Lincoln, que no había en USA un presidente tan filosemita. Que Trump se rodea de gente extremista y juedeofoba, no borra sus medidas pro-Israel ni el hecho de que su yerno, nietos e hija favorita sean judíos practicantes. Por eso establecer paralelismos entre novela y momento actual es un absurdo.

Es cierto que existe un auge de antisemitismo en Estados Unidos, pero no es culpa de Trump. El antisemitismo gringo existe desde que, en el siglo XVII, Peter Stuyvesant, gobernador de Nueva Ámsterdam (la actual New York), calificó al puñado de judíos portugueses que se habían establecido en su territorio de ser “embusteros, repugnantes y blasfemos”.  En cada siglo, en cada década, el antisemitismo ha aflorado en la Unión Americana, pero por diversas razones.

De acuerdo con Jaques Berlinerbrau en su reseña de la serie en Literary Hub, Roth estaba inspirándose en un tipo de antisemita, blanco y cristiano, que existía en el Estados Unidos de los 30 y 40. Charles Lindbergh era uno de ellos. Lindy creía que los judíos pertenecían a una raza inferior y que representaban un peligro. En el caso de Alemania, aplaudía las medidas nazis que limitaban el control que, según él, ejercían los judíos sobre la sociedad alemana.
Lindbergh recibiendo un regalo de Goering

Los críticos de la serie han comparado el aislacionismo de Lindbergh con el de Trump, pero son incomparables. El aislacionismo del aviador no nacía de un percepción de que USA no necesitaba de otros países u organizaciones, sino de un pacifismo que buscaba evitar que el país se involucrase en ‘guerras extranjeras”. Si miramos la historia del Siglo XXI, es una postura que han adoptado la mayoría de los demócratas estadounidenses.

Nace America First
Durante la Gran Depresión los estudiantes de importantes universidades a través de la nación eran ardientes pacifistas. Por eso esta organización conocida como America First nació en la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale. America First originalmente era un grupo que apoyaba la no-intervención y contaba como miembros a gente respetable como la actriz Lilian Gish, el arquitecto Frank Lloyd Wright, el diplomático Andrew Sergeant Shriver y dos jóvenes que acabarían en la Casa Blanca Gerald Ford y John F. Kennedy.

En menos de dos años, America First alcanzó 800.000 miembros, convirtiéndose en la organización aislacionista más grande de USA. Subvencionada por varios millonarios, también miembros, su mayor portavoz era Charles Lindbergh quien viajaba de un al otro extremo de la nación con su mensaje pacifista, mensaje que con el tiempo fue adquiriendo tonalidades fascistoides y antisemitas. Un ejemplo que nos muestra “Plot Against America” es el discurso dado en Des Moines, Iowa, donde acusó de empujar al país a la guerra a tres actores: Gran Bretaña, Los Judíos, y la Administración Roosevelt.

En enero de 1941, Lindbergh se presentó ante el senado para “sugerir” que Estados Unidos negociase un pacto de neutralidad con Alemania. Exasperado, Roosevelt lo atacó frontalmente y Lindbergh renunció a su rango de coronel de la reserva de la USAF (retornó durante la guerra y en 1954, Eisenhower lo nombró brigadier general).

En diciembre de 1941, tres días después de Pearl Harbor, America First fue desbandada, pero regresó en 1944 como un nuevo partido político. Irónicamente fue ese año cuando este novel partido quiso nominar a Charles Lindbergh, entonces sirviendo en la fuerza aérea en el Pacifico, como candidato. A raíz de la serie de HBO, Slate interrogó a cuatro reconocidos historiadores sobre las probabilidades de que Charles Lindbergh se hubiese convertido en presidente de los Estados Unidos. Todos dijeron que hubiese sido imposible.
Caricatura del America First

Se ha comparado The Plot Against America de Philip Roth con The Man in the High Castle de Philip H. Dick. En la novela de Dick, Roosevelt es asesinado en 1934. Su vicepresidente John Nance Garner, un tejano sin la conciencia social y liberal de FDR no consigue sacar al país de la Depresión. Al final, un Estados Unidos debilitado es invadió por japoneses y alemanes.

Este escenario no existía en 1940. Era una elección prácticamente ganada por FDR, su contrincante era débil y a pesar de la pujante militancia del America First, los intervencionistas seguían siendo mayoría, incluso entre los jóvenes. Roth nos describe al joven Alvin primo del pequeño Philip quien se enrola en el ejercito canadiense “para matar Nazis” y pierde una pierna. En la vida real eso es lo que le sucedió a Chuck Bolte, que recién graduado de Darmouth, se alistó en el ejercito canadiense y perdió una pierna en El Alamein.
Una última palabra sobre el antisemitismo de Estados Unidos en vísperas de Pearl Harbor. Fue un fenómeno tan fuerte que necesitaré de otro artículo para describirlo. Pero para que quede claro de porque no se parece al de hoy, debemos volver a ese arquetipo al que temía Roth, el hombre blanco y cristiano. A pesar de que los judíos seguimos, siendo el objetivo de neonazis y otros supremacistas, y de muchas iglesias fundamentalistas (exceptuando a Cristianos Sionistas), el perfil del antisemita estadounidense ha variado.

El Nuevo Antisemitismo
Hoy el antisemitismo es esgrimido por grupos radicales desde islamistas hasta feministas. Por primera vez los demócratas más progresistas ven con malos ojos a los judíos sea por su apoyo a Israel, o porque su religión y estilo de vida chocan con valores “progres”. En “Plot Against America” el Rabino Bengelsdorff se ufana de haber convencido a Lindbergh de la lealtad de los judíos y de “su americanismo”.

Hoy el mundo progresista ve en los judíos sionistas y en los no asimilados (léase los que se adhieren al judaísmo ortodoxo) como “traidores”. Tristemente es una postura que adoptan las figuras públicas judías (léase Bernie Sanders) y son estas figuras totalmente asimiladas los únicos judíos digestibles para la progresía.

He dejado para el final al nuevo antisemita que ya no es blanco. Una ironía es que la campaña por los derechos civiles fue el momento más armónico en la historia americana de negros y judíos.  Durante el auge de ese movimiento hubo ataques del Klan en contra de sinagogas y asesinatos de activistas judíos como Michael Schwerner y Andrew Goodman cuando intentaban ayudar a la población de color en las votaciones de 1965, en Mississippi. El Dr. Martin Luther King tuvo entre sus colaboradores a rabinos como Joshua Herschel quien estaba junto a él en la icónica marcha en Selma en 1965.
Dr. King entre rabinos

Tras el asesinato del Dr. King y el florecimiento del nacionalismo negro (vinculado al islam) esa armonía se quebró. Movimientos supremacistas de color, desde los Black Israelites hasta la Nación del Islam del Reverendo Farrakhan, han fomentado rechazo y rencor antisemitas en segmentos de la población afroamericana. Hoy en día se considera a los judíos como otra rama de la población “blanca” (¿qué diría el Fuhrer?) y por lo tanto enemigos de la gente de color.


Louis Farrahkhan

 Lo vemos tanto en los insultos racistas de la congresista Ilhan Omar como en el slip freudiano de la periodista afroamericana Abby Philips al dirigirse a Bernie Sanders como “Senador SanJew (san judío)”. Y ese racimo de agresiones verbales y físicas que decoró la semana de Janucá 2019 fue practicado por miembros del colectivo afroamericano tal como el hombre de color que irrumpió en una sinagoga de Monsey armado con un hacha con la que agredió a los presentes.

Como esperando que el eslogan de “ayer como hoy” no funcionase en su vinculación al antisemitismo, el mismo Simon ha dicho en The Times of Israel que la relevancia de su serie es que la persecución de los judíos presenta similitudes con las políticas anti-imigrantes de la administración Trump, con la islamofobia y con el racismo imperante en USA. “No hice esta obra como una narrativa en torno de tropos antisemitas. La hice sobre el odio dirigido hacia todos los objetivos.”

Si “The Plot Against America” tratase sobre refugiados judíos de la Europa de Hitler siendo separados de sus familia y sobre niños encerrados en jaulas, podríamos hablar de paralelismos. Pero la serie se enfoca en agresiones contra una primera y una segunda generación de judíos que son ciudadanos de los Estados Unidos y que son parte de la cultura del país.

Tampoco hay similitudes con la islamofobia. En ningún momento Lindbergh acusa a los judíos de cometer actos terroristas contra los americanos ni dentro ni fuera de las fronteras del país. En cuanto a la población afroamericana, que yo sepa nunca se la ha acusado de provocar guerras o de impulsar a la nación a entrar en conflictos bélicos.

La lapida sobre esta incongruente y falaz campaña de mercadeo la han puesto los críticos afroamericanos que han imputado tanto a Roth, como su libro y la serie, de racismo y me temo que tienen razón. Racismo no es solo atacar a un grupo étnico sino también olvidarlo, hacerlo a un lado.

 Como ha dicho Noah Berlatsky en Think en el sitio web de la NBC,  la llegada de un presidente partidario de las medidas de limpieza étnica de los nazis hubiese comenzado con ataques a los negros. Peor aún, se comete un olvido imperdonable en el libro cuando se habla de ataques antisemitas del KuKlux Klan, sin mencionar el primer objetivo de los encapuchados, la población de color.” ¿Debemos creer que no hay un auge paralelo de ataques a negros y otras gentes de color en esta era alternativa de Lindbergh?” pregunta Berlartsky.

La adaptación de La conjura  contra  America (el título del libro en español) es primorosa y ciertamente ha superado al libro en aspectos como el engrandecimiento de los personajes femeninos, pero también se ha encargado de embutir en la trama,  como ha dicho Marcelo Stiletano en La Nación de Buenos Aires, “deliberadas y explicitas alusiones a la situación actual de Estados Unidos” incluso llegando a copiar,  (algo que no existe en el original)  la certeza de muchos de que el país jamás elegiría a alguien tan racista como Lindbergh. Un tema circulante durante la campaña de Trump.

¿Pero si estos paralelos son tan forzados de dónde sacó Roth esta opresiva sensación de que Estados Unidos era un país donde los judíos no eran bienvenidos?  La respuesta está en lo que nadie se atreve a hacer, revisar el periodo entre la ascensión de Hitler al poder y el fin de la Segunda Guerra Mundial. Hay que ver como repercutieron estos eventos en la sociedad estadounidense y sobre todo en el gobierno de Franklin Delano Roosevelt que, en privado, miraba a los judíos con tanto desprecio como Charles Lindbergh.

También habría que ver de dónde sacó Roth al oportunista pero ingenuo Rabino Bengelsdorf. De eso hablaremos pronto. Entretanto recomiendo “The Plot Against America” por su estética, sus excelentes actuaciones y trama, pero tengan en cuenta que no representa nada del presente, quizás porque el presente es peor.

NOTA: Normalmente no pongo bibliografía, pero este articulo amerita. Además de los artículos mencionados (y enlazados) para el texto he consultado tres libros.

Breitman, Richard.  FDR and the Jews.
Madoff, Rafael.  The Jews Should Keep Quiet: Franklin D. Roosevelt, Rabbi Stephen S. Wise and the Holocaust
Manchester, William.  The Glory and the Dream: a narrative history of United States 1932-1972





jueves, 10 de octubre de 2019

The Waltons: Televisión del Ayer



En este verano tan triste, tal vez el más duro de mi vida, encontré un consuelo en un sitio inesperado, en los reruns de una serie que hizo historia en la televisión estadounidense y marcó un periodo de mi vida. Si ustedes han oído que se trata de una serie moralista, insulsa y anticuada, espero que lo que van a leer cambie esa impresión.

Hace unas semanas comentaba con la Gatita Estelwen lo fácil que es señalar las fallas de la sociedad/cultura estadounidense, pero lo difícil que es reconocer sus muchas virtudes. Un motivo es que en este momento histórico esas virtudes o han desaparecido o están bajo ataque del radicalismo. “The Waltons” es una lección de cómo esas virtudes se vivieron en un punto crítico de la historia norteamericana.

De La Montaña Spencer a La Montaña Walton
“The Waltons” es creación del escritor, guionista y productor Earl Hamner Jr. y está basada en las vivencias de su familia durante la Gran Depresión. Como su alter ego, John-Boy Walton (Richard Thomas), Hamner se crió en una familia numerosa y extendida, con abuelos paternos en la misma casa, en la Montaña Walton, situada en las Blue Mountains, parte de la Cordillera de las Apalaches, en la Virginia Occidental.
Dos John-Boys: Earl Hamner y Richard Thomas

Como Hamner, John-Boy fue el primero de su familia en ir a la universidad, desde joven manifestó inquietudes literarias llegando a publicar el periódico local. La serie que inició en el otoño de 1972 duró nueve temporadas. A pesar de que Thomas y otros actores abandonaron la serie, esta continuó hasta 1981. Llegó a cubrir desde 1934 hasta la posguerra y vimos a Los Walton crecer, casarse y formar sus propias familias.

La popularidad de la serie es tal que ha provocado la filmación de varios filmes y especiales. Sus reposiciones siguen teniendo gran sintonía. Cuando yo volví a USA,  el 2016, la ofrecía el canal Visión Tv. En mi nuevo sistema la encontré en INSP, un canal cristiano de Las Carolinas que se especializa en westerns. Pero “The Waltons” no es una serie del Viejo Oeste, es un ejemploel primerode la ola de nostalgia que afectaría a la televisión estadounidense en los 70.

Hamner había conseguido reconocimiento en los 50 y 60 escribiendo guiones para televisión, especialmente para la icónica serie “The Twilight Zone”. Simultáneamente había publicado varias novelas, una de las cuales Spencer’s Mountain fue llevada la pantalla grande en 1963.

A pesar de que la historia tiene lugar en Wyoming, tanto la Familia Spencer encabezada por John (Henry Fonda) y Olivia (Maureen O’Hara), como sus vivencias, están basadas en lo vivido por los Hamner. El mundo de montañeses rústicos es descrito a través de los ojos de Clay-Boy (James Mc Arthur), el primogénito, un muchacho cuyo mayor sueño es ir a la universidad.

Tras el filme, Hammer se dedicó a escribir guiones de series con temas familiares como “Gentle Ben” y “Nanny y el Profesor”, además de escribir, en 1968, el libreto de una versión de Heidi, que sería filmada con Jennifer Edwards, Maximilian Schell y Dame Jean Simmons. Fue en 1971, y ya con reputación de escritor de historias infantiles, que Hamner presentaba la propuesta a Warner Brothers para un especial navideño.

The Homecoming”, aunque filmada en Wyoming, tiene lugar en las montañas de Virginia y gira en torno de Los Walton, una familia numerosa que lucha por sobrevivir la Depresión. La acción inicia en diciembre de 1932, cuando la familia en pleno espera el regreso de John Walton, el padre. Hay una ventisca y se teme que John no llegue. Le toca al hijo mayor, el adolescente John -Boy (Richard Thomas) salir en su búsqueda.

Es una historia tan simple, pero tan genuinamente cálida. Yo la recuerdo con mucho cariño porque la televisión chilena la pasó exactamente un año más tarde, en 1972, el último Año Nuevo que celebramos en Chile y que celebramos en familia. Aunque mis padres estaban separados, mi papá vino a pasar las fiestas con nosotros y vimos “The Homecoming” (no recuerdo su nombre en castellano) juntos.

Recuerdo que Mi Ma me contó que Patricia Neal, quien interpretaba a Olivia Walton, era una gran actriz cuya carrera había sido truncada debido a un infarto que la había dejado invalida; recuerdo que a todos nos simpatizó Richard Thomas con su rol del devoto John-Boy; y que me encantó (fue siempre mi Walton favorita) Kami Cotler como Elizabeth, la benjamina de la familia.
John Boy y Elizabeth

El Desafío de Los Waltons
Lo que no sabía es que, para diciembre de 1972, Patricia Neal había ganado un Globo de Oro por su interpretación de Olivia, pero que no era parte de la serie que ya estaba la mitad de su primera temporada. Efectivamente, en septiembre de 1972,  “The Waltons” había debutado oficialmente en la televisión estadounidense.

Aunque habían conservado todo su elenco juvenil (incluyendo a Richard Thomas) y a Ellen Corbyn como la Abuela Esther, ahora los padres eran interpretados por Ralph Waite y Michael Learned, y el abuelo era Will Geer, una vez parte de la Lista Negra de Hollywood por sus simpatías comunistas.

“The Waltons” fue un gesto audaz de la CBS y tal vez un desafío en contra de la purga de series rurales y familiares como “Los Beverly Ricos” y “Green Acres”. Estados Unidos en 1972 era una nación dividida y no solo por la Guerra de Vietnam que no terminaba de acabarse. Había una radicalización en todos los aspectos.

Ese fue el año del escándalo de Watergate, de revueltas, atentados, protestas y lo que hoy no se sabe o no quiere recordarse. A comienzos de los 70s, los hombres armados se movían en grupos y el país estaba a merced de terroristas locales como The Weathermen, Los Panteras Negras, El Ejército de Liberación Negro (que a comienzos del '72 mató a dos policías en un desfile en Nueva York) y El Ejército de Liberación Simbiones que en 1974 secuestraria a la heredera Patty Hearst.

Aun los habitantes “pacíficos” de la Unión Americana presenciaban y esperaban una revolución social y cultural que se manifestaba en el cine y la televisión. A pesar de que la última todavía estaba sujeta a muchos tabúes, intentaba crearse una imagen diferente, diversa, un poco cínica. Para la llegada de “The Waltons”, dos de las series con más ratings en Estados Unidos era la controversial “All in the Family” y “The Mary Tyler Moore Show” con su heroína feminista, independiente y sexualmente liberada.

Junto con “Los Walton” salían al aire shows audaces como “Maude”, cuya heroína sería la primera en abortar en primetime, series realistas como “Emergency” y period pieces cínicos o crudamente violentos como “M.A.S.H” y “Kung Fu”. Los pobres Walton eran las gallinas en baile de cucarachas. Mas encima los colocaron en pésimo horario, los jueves por la noche,  teniendo como rival a “Patrulla Juvenil”, una de las series más trendy (y políticamente correcta) del momento.

Nadie estaba preparado para que “The Waltons” fuera un éxito, que alcanzase al final de su primera temporada un respetable rating de 20 puntos, y que llegara a los 28 al término de la segunda convirtiéndose en el segundo show más visto de la nación. Nadie hubiese predicho en 1972 que esta serie acumularía 13 Emmys y dos Globos de Oro, que duraría nueve temporadas y que se convertiría en parte de la memoria colectiva de Estados Unidos.

Es difícil explicar el éxito de “The Waltons” incluso en una era nostálgica como lo fueron los 70. Se intentaron hacer otros shows parecidos situados en la Depresión como “Paper Moon” y “The Holvack Family” con Glenn Ford. Ninguno duró más de una temporada. El único programa que puede calificarse como seguidor del modelo de “Los Waltons” es “La Casita en la Pradera” que inició cuando la serie de la ABC estaba en su tercera temporada (1974).

Me temo que yo no fui fan de “The Waltons”. Primero por razones técnicas. Cuando llegamos a USA solo había en casa un televisor pequeño, blanco y negro, y lo manejaba mi papá. Al año, mi madre compró uno grande y a colores, pero ese lo manejaba ella y como no sabía inglés,  se concentraba solo en los canales en español. Aun así, “The Waltons” era mencionada por mis condiscípulos de la Escuela de las Naciones Unidas (U.N.I.S), pero siempre con sorna.

Los “Unisites”se sentían muy sofisticados, así que este era un programa para burlarse, sobre todo de esa cultura “hick” (termino despectivo para los campesinos). Se burlaban de la moral de la familia, de su religiosidad. Sobre todo, de la costumbre “waltoniana” de bendecir la mesa la hora de las comidas o la de que cada noche los hermanos se daban las buenas noches a voz en grito desde dormitorio a dormitorio. Costumbre que Earl Hamner juraba era el modo en que su familia daba fin al día.

Las cosas cambiaron cuando en mi tercer año de secundaria comenzamos a asistir a Ezra Academy. Ahí sí que “The Waltons” (y La Casita en la Pradera) era uno de los favoritos, a pesar de que se trataba de un show cristiano. Aun así, no pude convencer a nadie de mi familia de verla. Solo podía seguirla en casa de mi hermana. En el verano de 1979, y con un año de atraso, recibí como regalo de graduación, un pequeño televisor a colores. Lo primero que hice fue anotar los jueves que era la noche de “Los Waltons”. Así pude seguir las últimas temporadas.

Lo curioso es que, a comienzos de los 90, se redescubrieron los méritos de la serie y eso gracias a que, a más de una década de su cancelación, el fandom seguía exigiendo reposiciones.  De esa manera pude ver las primeras temporadas. Y lo que no vi (como el episodio en que John Boy presencia la caída del Hindenburg) lo estoy viendo ahora.

El final de “The Waltons” en 1981 no significó el olvidó para la que era la familia estadounidense emblemática. La seguirían siete filmes, tres en el ’82,  lo que ha llevado a hablar de la “décima temporada de Los Waltons”. Estos telefilmes han tenido altas audiencias, se han escrito libros sobre “The Waltons”, existen fan clubs y reuniones anuales de gente que sigue amando la serie, sus personajes y las lecciones que nos enseñaron. Los Walton son tambien una franquicia, con muñequitos de los personajes y replicas de juguete de la casa de Los Walton.

El Secreto Tras el Éxito de Los Walton
Es asombroso que una serie que acabó hace cuarenta años siga vigente en su repetición (no solo en USA, dos canales británicos la siguen repitiendo), que sus fans sigan siendo leales a esta familia ficticia y que incluso tenga nuevos y más jóvenes adherentes de una generación supuestamente cínica y que repudia todos los valores “waltonianos”.

Un factor es la continuidad. “The Waltons” fue una de esas primeras series en seguir un formato similar a las soap operas, en las que podíamos ver el trayecto semi cotidiano de una familia, en la que los ancianos morían, los niños se convertían en adultos y formaban sus propias familias. Eso permitía al televidente sentirse parte del proceso de la historia e integrar a Los Waltons a su espacio doméstico.

“The Waltons” y “La Casita en la Pradera” están basadas en las vivencias de personajes de carne y hueso que nacieron en la pobreza, pero lograron cumplir sus sueños de convertirse en novelistas. La historia de John-Boy (como la de su creador) es una historia de éxito, el cumplimiento del “sueño americano”.
John Boy y Laura Ingalls Wilder

Mas allá del American Dream individual, Los Waltons representan lo mejor de los Estados Unidos. El que la serie tuviese tanto arrastre en un momento en que el país sufría de crisis sociales y económicas, y cuando los valores americanos eran pisoteados y despreciados, no es un accidente.

Ver “The Waltons” era revivir otra crisis histórica que la nación había vivido y sobrevivido. Ver que, en medio de una depresión económica, Los Walton se adherían a reglas de conducta y se apoyaban en códigos valóricos era una reafirmación de lo que hoy los políticos de derecha llaman “lo que hace a América grande”.  Lamentablemente hoy esos valores pueden ser tergiversados por miedo, ignorancia, y la desesperación de verlos amenazados.

Por último, “los Waltons” son una representación de lo que los sociólogos llaman ‘familismo”, básicamente se refiere a la noción de que la prioridad es siempre la familia o clan, que existe en los miembros de ese núcleo un sentido de lealtad y protección hacia los otros miembros a la par de una fuerte identificación con la historia familiar. Hoy se cree que, en tiempos de crisis, el familismo reemplaza la idea de que el gobierno debe hacerse cargo de la gente, y el bienestar de muchos queda en manos de sus parientes. Eso ocurrió durante la Depresión sobre todo con familias en zonas rurales aisladas.

En 1972, ya existía una conciencia en muchos estadounidenses de que la familia nuclear iba camino a extinguirse. Ver la importancia del núcleo familiar en The Waltons, recordaba la importancia de apoyarse en los de la misma sangre.

 Los Waltons no solo eran familia numerosa (John Boy tenía tres hermanos y tres hermanas) además en la Casa Walton vivían los abuelos paternos; más tarde Ben (Eric Scott) traería a su esposa Cindy (Leslie Winston); y cuando Mary Ellen (Judy Norton-Taylor) enviudó,  ella y su hijo volvieron al hogar Walton. Además Los Walton poseían (como todos los sureños) una abundancia de primos y otros parientes que se dejaban caer de visita y siempre dejaban algún tipo de lección como la anciana Martha-Corinne, cronista de la Familia Walton, por cuyo retrato la legendaria actriz Beulah Bondi recibiría un Emmy.

Es triste saber que lo que era admirable en los cínicos y progresistas 70, hoy sea despreciado y rechazado en el cínico y progresista siglo XXI. Los valores domésticos y morales de Los Waltons van asociados hoy con fuerzas retrogradas como religión organizada, el Partido Republicano y los seguidores de Donald Trump. Sin embargo, “The Waltons” sigue atrayendo fans.

¿Una Serie Oscurantista?
Una pregunta que se hacen tanto observadores sociales como críticos de programas de televisión y fans es porque es imposible hacer una nueva versión de esta serie. Creo que la respuesta más adecuada es que aun como drama de época, la esencia de la serie seria incomprensible para un gran segmento de la audiencia. Sin embargo, eso no quiere decir que “The Waltons” fuese un programa anticuado y carente de valor. Para su época era bastante progresista y mirándola en retrospectiva sufría de muchos presentismos obligatorios de la televisión de su tiempo.

Los anti-Waltons consideran que “The Waltons” es una serie retrograda que perpetua valores oscurantistas. ¿Cuáles serían esos valores?
Ausencia de diversidad sexual:
 Hoy diversidad tiene solo dos significados, inclusión de personajes de piel oscura y de miembros de orientaciones sexuales diversas. Estos últimos no están presentes en “The Waltons” pero tampoco lo estaban en general en la televisión Anglo, donde el primer personaje importante abiertamente homosexual aparecerá recién en 1975, Billy Crystal en “Soap”.
Jody (B. Crystal) con el vestido de su mamá

Un problema para los Millenials y los Z (víctimas de un fenómeno social que busca mantenerlos en la ignorancia) es que creen que un bebé debe pararse y caminar antes de gatear. Por eso les es difícil aceptar un mundo donde la gente no tenía los derechos ni las libertades que ellos han gozado, ni que conseguir esas libertades y derechos fue una lucha tan ardua que no dejó la posibilidad de exigir lo que hoy exigen las minorías.

En resumen, en un mundo donde recién se comienza a hablar de sexo en la realidad y en la pantalla, donde recién se contempla la posibilidad de que las relaciones sexuales fuera del matrimonio no sean pecado, no se puede todavía educar a las personas sobre otras orientaciones o estilos de vida sexuales. Que un programa familiar retrasase con naturalidad, sin emitir juicios mórales, temas como las relaciones premaritales, las madres solteras, el amor físico de pareja y el acoso sexual era progresista en 1972.

John-Boy tuvo amores con dos madres solteras, incluso asistiendo al parto de una de ellas interpretada por la entonces desconocida Sissy Spacek. Mary Ellen embarazada atiende a una madre soltera que pierde la razón cuando su hija muere. Erin Walton (Mary Beth McDonough) es acosada sexualmente por los parroquianos de un café donde trabaja y años más tarde debe defenderse de la agresión de un pintor desequilibrado y un novio borracho. Incluso hay un episodio titulado “The Violated” (La violada) donde Los Waltons deben auxiliar a la víctima de un ultraje.
Sissy Spacek en Los Waltons

En las últimas temporadas, Elizabeth de 16 años contempla la posibilidad de perder su virginidad con su novio, y Jim-Bob Walton (David W. Harper) es acusado por su novia de haberla embarazado. Todo eso demostraba la evolución de la mentalidad de la serie y exploraba como se vivían esas experiencias en los 30 y 40.
El despertar sexual de Elizabeth

Por último, me acabo de enterar que Will Geer el actor que interpreto al Abuelo Walton, era homosexual y que tuvo una relación de pareja con el reconocido activista de los derechos gays Harry May. Como Will había salido del closet y sus compañeros de trabajo conocían su orientación, podemos decir que si había diversidad sexual en “The Waltons”.

Ausencia de Diversidad Etnica
En “Los Waltons” no hay asiáticos, ni árabes, ni hindúes. El único latino es un pretendiente que le sale a Mary Ellen casi en las últimas temporadas, un soldado chicano que conoce en California. Tampoco hay irlandeses, ni italianos y eso que la madre de Earl Hamner era italiana.

Los nativos tuvieron una presencia vigorosa en el episodio “The Warrior” cuando un cherokee de 101 años viene a exigir que John derribe su establo ya que debajo hay un cementerio indio. John se niega, pero cuando el anciano muere, le regala un trozo de la montaña al nieto para enterrarlo y convertirlo así en otro cementerio indio.

Hoy que los judíos están en todos los medios de comunicación parecerá mentira decir que una vez fueran considerados peligroso para los ratings.  Los actores judíos eran de bajo perfil en lo que se refería a su vinculación con el mundo hebreo. Tuve que esperar a “La casita en la pradera” para saber que Michael Landon era “de nostris” como decía La Lozana Andaluza.

El único programa con protagonista judía había sido “The Goldberg” (no confundir con el show contemporáneo que comparte el mismo nombre) que había saltado de la radio a la pantalla chica, pero que había sido cancelado en 1957. Para 1972, la aparición de personajes judíos invitados en una serie era tan vaga que incluso se velaban sus orígenes. Recuerdo que eso pasó con Milton Berle en “Valle de Pasiones”. Incluso en 1972, junto con los Waltons salio al aire "Bridget Loves Bernie" una serie sobre un matrimonio mixto....apenas duro una temporada.

Por eso fue un shock que, en la primera temporada, “The Waltons” presentasen a una familia abiertamente definida como judía. Mas interesante aun como un reflejo de la realidad televisiva, esta familia de refugiados alemanes que llegaba a la Montaña Walton ocultaba su origen para poder asimilarse mejor, llegando incluso a privar a su hijo de su obligatorio Bar Mitzvah. Les tocaba a Los Walton convencerlos de salir del closet, aceptarse y conseguir que la comunidad los aceptara.
Bar Mitzvah en La Momtaña Walton

Después de este shock cultural, los judíos siguieron apareciendo en el espacio de “Los Walton” culminando en el personaje de Toni (Lisa Harrison), novia y eventual esposa de Jason Walton (Jon Wolmsley). Fue ahí que vimos un toque de antisemitismo, curiosamente dentro de la misma familia. Ben rechazaba firmemente a su futura cuñada, no porque tuviera nada en contra de los judíos, sino que no le agradaba que Jasón trajera a la familia alguien que no fuera cristiana.
Jason y Tony

Hoy y entonces, diversidad específicamente se refiere a los afroamericanos. “The Waltons” los tuvo regularmente en la pantalla lo que ha provocado muchas críticas de un retrato falso a la sociedad sureña infamosa por su racismo ya que el show muestra una visión armónica de las relaciones interraciales, al menos en La Montaña Walton. Earl Hamner Jr. creció en Schuyler, un pueblo virginiano totalmente segregado en los 30. Pero para acallar las críticas surgieron voces de gente que recordaba sus experiencias en comunidades aisladas como la de Los Walton donde había pocas familias negras lo que permitía más interacción social en términos de igualdad entre ambas comunidades.

Un toque revolucionario de la serie fue enfocarse en un solo personaje habitual negro, y hacerla mujer y autovalente. Verdie aparece por primera vez como una costurera viuda que vive cerca de Los Walton. Aunque es nieta de esclavos, Verdie ha conseguido que una de sus hijas vaya a la universidad. Su mayor vergüenza es ser analfabeta, problema que soluciona John Boy. Toda la historia de Verdie es un ejemplo de autosuperación.

 Lynn Hamilton retrató a Verdie con gran dignidad y humanidad. Su relación con Los Walton siempre es en planos de igualdad, aunque la extrema cortesía con la que Olivia (después de sufrir una permanente chambona), le pide a Verdie “un secreto de tu gente para alisar el cabello” me pareció exagerada y el ‘tu gente” hoy es inexplicablemente sería considerado racista.

Otra exageración fue el episodio “The Illusion” en el cual Esther, hija de Verdie, tras graduarse busca empleo en una fábrica local. Cuando se lo niegan (por ser negra) se manda un discurso tan intenso sobre el racismo que recibe el puesto como recompensa. En el Sur de los 40, ese acto más le conseguiría una visita del KluKlux Clan antes que un empleo.

Mas realista fue que Verdie termine adoptando a Josh, un niño negro que Los Waltons han prohijado porque entonces estaba prohibido que los blancos adoptasen criaturas de color; o descubrir que Harley (Hal Williams que dio vida al segundo marido de Verdie) es víctima de la justicia racista del hombre blanco o que su hijo Jody (Charles R. Penland), tras regresar de servir en el frente de batalla, sea expulsado de un bar solo por su color de piel.

Sexismo:
Otra acusación que recayó sobre “The Waltons” es que era sexista puesto que las chicas Walton siempre estaban a cargo del quehacer doméstico y que sus hermanos gozaban de más libertad. Eso no es cierto. Hay una división de labores, pero no es arbitraria ni obligatoria. Olivia Walton cocina y limpia, pero si tiene que ayudar a su marido en el aserradero no tiene problemas para hacerlo. Cuando Olivia se ausenta ordena a sus hijos ayudar a Erin con las labores domesticas.

 Tanto Olivia como su suegra Esther dominan a sus esposos que siempre hacen lo que ellas quieren. John Boy será el hermano mayor, el consejero y paño de lágrimas tanto de hermanos como hermanas, pero nunca abusa de su poder. Podemos decir entonces que las chicas Walton no estaban sometidas por ningún tipo de patriarcado.

Erin y May Ellen cocinan y saben llevar una casa, pero también aprenden a conducir automóviles y una exigencia de sus padres es que acaben la secundaria, eso en una época y un espacio geográfico donde las campesinas casi ni sabían escribir. Mary Ellen, al salir de la secundaria, postula a una escuela de enfermería. Se casa con un médico y se convierte en su asistente. Cuando cree que su marido ha muerto entra a la facultad de medicina y se convierte en doctora. Será la tercera de Los Walton en tener estudios profesionales.
Mary Ellen esposa

Mary Ellen madre

Mary Ellen enfermera

Olivia y John se oponen al matrimonio de Erín porque ella solo tiene dieciséis años y porque no ha acabado la secundaria. El novio no espera y al graduarse, Erín no sabe qué hacer con su vida. Es ahí cuando John hace un comentario que hoy consideraríamos sexista: “es tan guapa que no tendrá problemas en encontrar su camino”.  Sin embargo, el ser guapa no ayuda a Erín quien abandona su empleo de telefonista para irse de camarera a un antro donde es acosada por los clientes. Finalmente encuentra su camino en una academia de secretariado.
Erin se gradúa

Ser guapa no es una carrera

Erin camarera

Erin secretaria

A pesar de que “The Waltons” es una serie que ensalza a la familia y el amor de pareja, cree en una relación igualitaria entre marido y mujer. Es el espíritu pionero que representa la anciana prima Martha-Corinne quien recuerda que la primera casa en La Montaña Walton, la construyeron (y a mano) ella y su marido antes de la Guerra de Secesión. Erin y su novio también planean construir una casa juntos. Olivia y John son conscientes de que una familia se arma entre dos y dividen su responsabilidad con sus hijos por igual.

Las chicas Walton esperan tener un matrimonio como el de sus padres, por eso dejan pasar novios aparentemente perfectos, a sabiendas que no son los indicados. En los 70, el divorcio todavía seguía siendo un tema delicado en la televisión y ni se pensaba en tener una protagonista divorciada, pero la serie nos muestra casos en los que una mujer puede y debe separase. Así vimos casos de abandono, de violencia familiar y en el caso de Esther y de la cuñada de Mary Ellen, la necesidad de la mujer de vivir su vida.

Olivia relató en un par de ocasiones que cuando estaba recién casada, regresó a casa de sus padres tras serias peleas con el marido. La primera pelea de Mary Ellen y Curtis acaba con ella en casa de sus padres. Esos problemas son solucionables, pero casi al final de la serie, Mary Ellen descubre que el marido que cree que pereció en el ataque a Pearl Harbor está vivo.
Mary Ellen creyó a su marido muerto en Pearl Harbor

El que volvió ni se parecia a Curtis

Curtis quedó tan malherido que ha preferido ocultarse de su familia. Mary Ellen se da cuenta que este hombre amargado por heridas que le impiden ser padre y cumplir con sus deberes conyugales,  no es con quien se casó. Tras sopesar sus prioridades, Mary Ellen se divorcia de Curtis y se casa con otro señor.

De todas las Walton la más memorable y luchadora por sus derechos era Olivia Walton. A través de varias temporadas, y a pesar de que Michael Learned optó por ausentarse de la serie en busca de otros desafíos actorales, su personaje de la matriarca de esta familia de las Apalaches se convirtió en uno de los más queridos por el público.

Los escritores no parecían quererla mucho ya que la sometían a todo tipo de enfermedades. Vimos a Olivia sobrevivir depresión, menopausia, polio y tuberculosis. Eso no le quitó vigor para dar voz a sus opiniones en debates con su marido e hijos, debates que a veces acababan con ella triunfante. En otros casos Olivia cambiaba de opinión, pero nunca de manera sumisa.
Olivia se contagió de polio

Olivia era una encarnación de la madre naturaleza. La serie nos cuenta que ha parido nueve hijos y enterrado a dos (uno de ellos, el gemelo de Jim-Bob). En la segunda temporada, Olivia pierde un bebé y el médico le aconseja no volver a embarazarse. Eso la deprime y la vemos encariñarse primero con un bebé abandonado, luego con un huerfanito negro y por supuesto es la primera en encargarse de los nietos cuando estos comienzan a llegar.

Eso no significa que Olivia sea nada más que madre. Por sobre todo es mujer, una que sostiene una intensa relación romántica y física con su marido. Como le explica a la recién casada Mary Ellen, su modo de advertirle a su familión que quiere un rato de privacidad con su marido es colocar un geranio en macetero en el porche. Esa es señal para que sus parientes se vayan de paseo. Este detalle era bastante risqué para una serie de televisión dirigida la familia.

Aun peor, Olivia seguía siendo atractiva para otros hombres. Lo descubría cuando decidía estudiar arte y era objeto de galanteos por parte de un compañero menor que ella. Galanteos que no molestaban del todo a la Matriarca Walton.

A lo largo de la serie vimos que, aunque Olivia parecía se ser la esposa, madre y ama de casa perfecta, el personaje sufría episodios de depresión y frustración, tenía estallidos de furia y momentos en que se sentía descontenta con la monotonía de su vida. Lo interesante era como enfrentaba esas crisis y las solucionaba con cambios que iban desde cortarse el cabello (a pesar de las protestas del marido) hasta comprarse una bicicleta.
La horrible permanente de Olivia


Tampoco era reacia a buscar otras ocupaciones. Olivia no dejaba que fueran los hombres de su familia los que la informaran. Ella leía el periódico y buscaba información en la biblioteca local. En las primeras temporadas, Olivia decidía seguir su sueño juvenil de estudiar arte; se integró al coro de la iglesia; y con sus hijos ya mayores, Olivia Walton se convirtió en maestra sustituta para luego quedarse de planta en ese empleo.

Presencia desmesurada de la religión
Una de las más fuertes quejas de los anti-Waltons es que el show es “sermoneador”; moralista en exceso, y que eso se debe a la constante presencia del elemento religioso. Sería un retrato falso si al hablar de la cultura montañesa virginiana no se mencionase la religión. Sobre todo, en la Era de la Depresión cuando los estadounidenses (Los que no abrazaron ideologías totalitarias) se volcaron en la religión como un modo de sobrevivir la crisis.

Los Walton son devotos bautistas. Una ironía es que en su mundo no hay espacio para otra religión ni siquiera otra variación del protestantismo. Cuando la Abuela Walton se molesta con el pastor de su iglesia, lo amenaza con ir al templo metodista. Cuando Erín descubre que el Pastor Fordwick (John Ritter) no va a casarla porque sus padres lo prohíben, busca ayuda con un pastor metodista.

Algo que es obvio en la serie es que Olivia y su suegra son las más religiosas en la familia (o las con fe más ferviente) y quienes imponen sus ideas sobre los demás. El Abuelo Walton se ríe de muchas de las devociones de su esposa, pero, como en todo, la obedece. De Los Walton, Ben es el menos religioso y el más atraído por las tentaciones del mundo, lo que provoca muchos dolores de cabeza a su madre. Pero el gran disidente religioso de la familia es John Walton.
Los Walton saliendo de su igkesia

El patriarca Walton es el único que se queda en casa cuando su familia va a misa. Alguna vez pisará la iglesia para darle el gusto a Olivia o cuando ocurre una crisis como cuando Elizabeth queda invalida, pero no es hombre de templo. Olivia contará que las peores peleas conyugales fueron provocadas por esa renuencia de su esposo a cumplir con sus deberes de cristiano.
John no era hombre de iglesia

No es que John sea ateo, lo que pasa es que no cree en religiones organizadas. Tras expulsar a un alaraco pastor cuyos sermones asustan a sus hijos, John le dirá su esposa que él no necesita ni de predicadores gritones ni que lo zambullan en el rio (así es el bautizo de los bautistas) para  creer en D-s.
El predicador gritón

Es ahí que Olivia se da por vencida y tras un “eres un buen hombre, John Walton” decide que su esposo sirve al Señor de manera diferente a la de ella. Una ironía es que, en la vida real, Ralph Waite, quien encarnaba a John, era un pastor presbiteriano. La muerte de su hija mató su fe y lo empujó al alcoholismo. Fueron “The Waltons” los que ayudaron a resucitar su fe, retomó su ministerio para casar a Jon Wolmsley (Jasón) y a su novia Lisa Harrison.

Nacionalismo Sureño
Ciertas virtudes que todavía me resultan atractivas en “The Waltons” pueden motivar rechazo en esta excéntrica sociedad moderna. Uno es la solidaridad comunitaria. Cada vez que un vecino necesita de ayuda ahí están Los Walton para brindársela. Cada vez que ellos enfrentan una crisis, sus vecinos vienen en su auxilio.

Lindos también son los buenos modales que Olivia y John inculcan a sus hijos. La cortesía que extienden a los extraños, a los más humildes y sobre todo a los más viejos. Hay un tremendo respeto por la Tercera Edad, sea como custodia de información histórica (la Prima Martha-Corinne) o como dispensadora de arte (Maude Gormsley que a sus 70 años se convierte en cotizada pintora). Cuando Martha-Corinne siente que se acerca su final se esmera en poner en papel todo lo que sabe de su familia y ese es el legado que le deja a John-Boy. Es que los ancianos son los historiadores de su comunidad.

Sin embargo, hablar de historia en El Sur es peliagudo porque historia aun hoy en el Tercer Milenio significa Guerra de Secesión. Hoy se siente que El Sur ha glorificado una guerra fratricida, que sigue apegado a los valores que provocaron el conflicto, y que no hay arrepentimiento. Eso también era cierto en los 70 y en los 30. Por lo tanto, la única falsedad que veo en “The Waltons” es la ausencia de ese nacionalismo Rebelde.

Aun así, la Guerra de Secesión no es mencionada más que in passim. Martha Corinne recuerda que su esposo perdió un brazo en batalla, pero no elogia ni condena a la Confederación que lo llevó a quedar manco. Nunca vemos la bandera confederada y a lo más cantan canciones antiguas (hoy consideradas como racistas) como “Carry Me Back To Old Virginia”. Si se habla de guerra en “The Waltons” es siempre la primera conflagración mundial en la cual peleó John y donde murió su hermano Ben.

Culto a las Armas
Hablando de guerras, una acusación que recae sobre la cultura sureña es que rinde culto a las armas de fuego. Es cierto que los que más protestan en contra de legislaciones que controlan la posesión de armas vienen de esa región. En la cultura sureña, los rifles de caza son joyas familiares que son heredadas de padres a hijos.

Pues los Walton no eran ajenos a esa tradición. Como todos los habitantes de regiones aisladas, John Walton poseía escopetas y en un par de ocasiones lo vimos empuñarlas para defender a su familia. Sin embargo, el mayor uso de las armas era para traer comida su mesa.

Muchos se han burlado de que “The Waltons” presente una visión de la Depresión donde una familia humilde siempre tenga comida en la mesa. Earl Hamner dijo que eso era cierto precisamente por el espacio geográfico donde vivía su gente. Las verduras las cultivaban las mujeres de la familia en su huerta. Las frutas de los árboles cercanos servían para hacer mermeladas y conservas, había un rio donde pescar y el bosque era rico en aves y liebres para cazar.

Aun así,” The Waltons” creada para una sociedad marcada por la Guerra de Vietnam y bastante pacifista, no elogiaba ni la violencia ni el uso de armas. Cuando John y su padre llevan a John Boy de cacería, el joven tiene tanto respeto por la vida que es incapaz de dispararle a un pavo silvestre. Solo cuando ve a un oso atacando a su padre es que el muchacho puede disparar un arma.

El pacifismo en la serie va más allá de cazar aves, Olivia es una ardiente pacifista que ve con horror que se aproxima otra guerra y que sus hijos serán carne de cañón. Cuando USA entra en guerra Ben se enlista lleno de entusiasmo; Jim-Bob patalea porque quiere tener edad para pelear; el sereno John-Boy como corresponsal de guerra no le teme al peligro.

El único con dudas es Jasón. El más religioso de Los Waltons siente que matar al prójimo va en contra de sus principios. Eventualmente recapacita y se enrola en el ejército, pero por un rato demuestra que no todos los sureños eran seres violentos sedientos de sangre.
Jason en Europa

Por muchos años, “The Waltons” fue acusada de falsear la imagen de la sociedad durante la Depresión. Por el contrario, al apegarse a su verdad (Y a pesar de los presentismos obligatorios) Earl Hamner ofreció una versión alternativa, pero genuina. No todos sucumbieron a la crisis, muchos sobrevivieron gracias a una combinación de factores en los que fe y solidaridad fueron el gran apoyo de las familias.

Un retrato totalmente opuesto lo hemos encontrado en este siglo en la genial “Mad Men”. El protagonista, el ambicioso y oportunista Don Draper, oculta un pasado en el cual él fue Dick Whitman, un niño criado en una granja de Illinois durante la Depresión. Los Whitman son el polo opuesto de Los Walton. Archibald, el padre de Dick es un borracho golpeador, lo tuvo con una prostituta y se lo ha encajado a su esposa que, aunque buena mujer no puede con este marido zafio e inútil.

Casi una parodia de “Los Waltons” es el flashback de Don en el que recuerda a un vagabundo (hobo) que llega a su granja. Los Walton le hubieran dado enseguida comida y techo, y Abigail está dispuesta a pasarle dinero, pero su marido exige que el invitado trabaje. Cuando éste acaba su labor, Archie se niega a pagarle, rechazando así los valores de solidaridad, honestidad y caridad que pregonaba la serie de Earl Hamner Jr.

Me ha sorprendido descubrir que “The Waltons” aunque fue vista en algunos países latinoamericanos (Colombia, Venezuela, México y la Argentina) nunca fue muy popular en nuestro hemisferio sur. Diferente fue el caso de Europa donde aún ahora “The Waltons” es apreciada. Recientemente se hizo una versión de DVD de la serie completa solicitada por el público alemán y en el Reino Unido se siguen ofreciendo “The Waltons” en canales del recuerdo.  ¿Por qué no gustó en Sudamérica? ¿Sera que los valores de Los Waltons no encajan con nuestros valores latinos?