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jueves, 23 de mayo de 2019

Muchacha Española Viene a Casarse: The Spanish Princess en Starz



En esta década, la Tudormania se ha mantenido gracias a precuelas de la saga de Enrique VIII y su harem. En España, en la magnífica “Isabel”, presenciamos el nacimiento de Catalina de Aragón, pieza clave en el ajedrez de Los Tudor. En Inglaterra se apoyaron en las novelas históricas de Philippa Gregory para mostrarnos el origen de la dinastía: primero con “La Reina Blanca”, luego “La Princesa Blanca” y ahora con” La Princesa Española”. SPOILERS de los primeros tres capítulos.

Lo cierto es que de los libros de Doña Pippa solo se han quedado con los títulos y Gregory, de por sí ya no era muy histórica. Como dijo la Gatita Bah Dom, las novelas son fanfic y Emma Frost ha hecho fanfic de las novelas ¿Y la historia? Que siga su camino, muchas gracias. Pero nosotros tenemos la obligación de recordarla.

Tal como vimos en “Isabel”, Catalina fue la menor de las hijas de los Reyes Católicos. Se crió con sus padres en Granada y como nos muestra la serie “the Spanish Princess” fue muy querida y consentida. Isabel y Fernando tras cimentar su imperio y la unificación de la península Ibérica comenzaron a buscar aliados para defenderse de Francia. Gracias a los matrimonios de sus hijos se aliaron con Portugal y el Imperio Habsburgo. Inglaterra era otro país con quien les interesaba establecer vínculos, sobre todo porque Francia era un enemigo común. Así en 1488 cuando Catalina tenía tres años la comprometieron con Arturo, el Príncipe de Gales.

Recordarán ese vergonzoso capítulo de “La Princesa Blanca” donde los Tudor van como mendigos a la corte española. Vergonzoso porque, además de falso, fue disparatado. Los Tudor nunca viajaron a España, nunca Catalina bailó para ellos, todo se arregló por medio de embajadores. Sin embargo, es cierto que los Reyes Católicos exigieron que antes que su hija viajase, los Tudor deberían probar que estaban firmes en el trono. Después de todo eran una dinastía nacida en un campo de batalla. No tenían realmente la sangre real ni el derecho divino que se creía entonces necesarios para ocupar un trono.

Irónicamente, Catalina si tenía esa sangre real puesto que por parte de su abuela materna era una Lancaster, descendiente de Juan de Gante y de los Plantagenet. Además de la dote, de emparentar con la poderosa dinastía de los Trastámara y de tener un aliado en contra de Francia, para Enrique VII era imperativo tener a Catalina de reina ya que ella apuntalaba la legitimidad de los Tudor como reyes de Gran Bretaña.

Por eso, en la vida real, Henry Tudor decidió dar un golpe maestro para convencer a sus consuegros de lo firme que estaba su bamboleante trono: mandó ejecutar al Perkins Waebeck que andaba diciendo era uno de los Príncipes de la Torre, y también al Conde de Warwick (Teddy para los amigos) un niño medio loco que llevaba años encerrado en la Torre de Londres ya que era el último Plantagenet.

Es posible que Henry los hubiese ajusticiado aun sin existir esa exigencia de los Reyes Católicos, pero cuando se enteró Catalina se sintió muy culpable. Años más tarde llegaría a creer que su desdicha se debía a haber sido parte de un complot para derramar sangre real que en ese entonces era el peor de los crímenes.

En “The White Princess” Philippa Gregory usa como voz narrativa la de la Reina Elizabeth “Lizzie”de York y deja claro tres factores: las ejecuciones son ordenadas por el Rey, Lizzie no esta segura que Perkin no sea un impostor; la tragedia no destruye su amistad con su prima Margaret “Maggie” Pole, hermana de Teddy.

Como recordaran Emma Frost se inventa su propio cuento para resaltar la agenda y lo badass que es su heroína, interpretada por Jodie Comer. Sin consultar al marido, Lizzie (ayudada por el futuro cardenal Wolsey) le tiende una trampa a Teddy cuya mente es frágil y lo hace firmar una confesión de estar complotando con Perkin. Lizzie ordena una ejecución secreta aun sabiendo que Perkin es su hermano y amenaza a Maggie. No la ha mandado decapitar solo porque Sir Richard Pole, esposo de Maggie, ha suplicado por la vida de su mujer.

La Princesa Española continua en esa línea. Han pasado doce años dsde ese viaje a Andalucia. Lizzie (ahora interpretada por Alexandra Moen) se ha vuelto un personaje gris sin gran poder que se la pasa rezando y teniendo visiones de la muerte de su hermano. Aun así, tiene el corazón duro y amargado sobre todo en lo que le recuerda su crimen; léase Maggie Pole y la Princesa Española.
Henry y Lizzie, 12 años más tarde

Un placer ver a Laura Carmichael, nuestra querida Lady Edith de “Downton Abbey”, encarnando a Maggie. Aparte de que existe un parecido físico entre ambas actrices, Laura ha copiado gestos y expresiones faciales de Rebecca Benson por lo que es muy fácil verla como Maggie madura. Tal como en la vida real, Los Pole están encargados de la educación y cuidado de Arturo, el primogénito de los Tudor.

Aunque para Maggie, El Príncipe de Gales es como un hijo, eso no la hace perdonar a Lizzie, Cuando la reina le pide a su prima que la acompañe en sus últimos meses de embarazo, Maggie se rehúsa argumentado que está ocupada atendiendo a Arthur y a su nueva esposa. Esto provoca un ataque de ira paranoica en Lizzie quien acusa su prima de complotar en contra de los Tudor y de predisponerla con su hijo. La irracionalidad de esas acusaciones no tiene validez y son contraproducentes para cualquier esfuerzo de reconciliación con Maggie.

Lizzie obtiene los mismos resultados con Arthur quien no entiende porque su madre cree que la Tía Maggie, a quien el adora, quiera hacerle daño a su familia. Es en este estado de disfuncionalidad que Catalina conocerá a los Tudor, y será uno más de los muchos shocks que la Infanta encontrará en Inglaterra.

En 1501, Catalina que todavía no cumplía los dieciséis años viajó a Inglaterra a conocer a quien ya era su marido por poderes. Arturo, de quince años, había estado intercambiando cartas con su prometida por un largo tiempo y ansiaba conocerla. Debido a que tenían que manejar un reino, Los Reyes Católicos no acompañaron a su hija, pero no se la envió sola sino con una comitiva de sesenta personas capitaneadas por la formidable Doña Elvira Manuel quien había sido el ama (la “dueña) de la Infanta desde que Catalina era niña.

Elvira gozaba de toda la confianza de Isabel (aunque detestaba a Fernando) e iba con las ordenes de su reina de hacerse cargo de todo lo referente a la nueva Princesa de Gales que por su juventud e inexperiencia era incapaz de tomar decisiones importantes. Además de Doña Elvira iban varias damas principales como Doña Maria de Salinas, que tristemente no han incluido en ninguna serie (si aparece en el libro The Constant Princess) y Doña Catalina de Cardones (o Cárdenas) que era de familia aristocrática y … ¡blanca!

Este fragmento de información puede hacernos pensar que otra vez la televisión se esmera en convertir a personajes caucásicos en africanos, pero por una vez el caso es especial. Al parecer desde fines del Siglo XIX que ha habido una confusión histórica en la que Catalina de Cardones se ha fusionada con otra mujer del mismo nombre que también fue parte del sequito de la Princesa Española. 

Se trata de una esclava mora de tez oscura que al ser bautizada tomó el nombre de su señora. Se sabe hoy que mucha impresión causó en Inglaterra que Catalina trajera en su cortejo a varias personas de raza negra. Los ingleses comenzaron a llamarles blackamoors para diferenciarlos de otros moros de piel más clara. Santo Tomas Moro en su repaso de la comitiva de la Infanta los llama “etíopes”.

Una de esas etíopes era una esclava mora de Granada. En el inventario de la Infanta está escrito que esta Catalina de Motril estaba a cargo del lecho de su tocaya. No solo hacia la cama, también cambiaba las sabanas. Algo que la haría importante más adelante.

Al enviudar, la Princesa de Gales pasó años de penuria económica. Su sequito disminuyó por no poder mantenerlo. Como en Inglaterra no había esclavitud. Catalina, la mora de Motril, quedó libre. Se casó con otro moro, un arquero llamado Oviedo, y apodado el “hace ballestas”, así que este personaje también es real.

Los Oviedo volvieron a España y se instalaron en Granada. Años mas tarde, en la época del Gran Asunto del Rey, agentes de la corona española visitaron a la exesclava para saber si realmente el matrimonio de los Príncipes de Gales había sido consumado. Como encargada de las sabanas, Lina era quien mejor conocería la respuesta a una pregunta que se hacían en todas las cortes de Europa. Tristemente no hay récords de tal respuesta lo que ha hecho a muchos historiadores y Tudormaniacos creer que Catalina de Aragón mintió sobre su virginidad.

Por lo menos tanto Philippa Gregory como Emma Frost creen que Catalina mintió al jurar ser viuda virgen. En el libro es Arturo quien, en su lecho de muerte convence a su mujer que mienta para poder casarse con su hermano y quedarse en Inglaterra. Lo cierto es que Catalina viuda virgen o no fue mantenida secuestrada por el suegro para obligar a Fernando a pagarle la dote, pero de no ser así hubiese vuelto a España y hubiese sido usada por su padre o su cuñado, tal como vimos en “Carlos, Rey Emperador” para cimentar alianzas.
Los felices esposos

Yo si creo que el primer matrimonio de Catalina no fue consumado. Catalina, a diferencia de la de la serie y la del libro tan inclinada hacia lo moro y hacia el islam (WTF?), era una mujer sumamente religiosa, católica ortodoxa, incapaz de mentir en algo tan serio. Además, algo que muchos creadores de ficción histórica parecen no saber ni entender, el lazo entre cuñados era igual al de hermanos. Su matrimonio estaba prohibido por considerárselo incestuoso.

The Spanish Princess es descrita como una joven ambiciosa cuyo sueño es ser Reina de Inglaterra. La verdadera Catalina era mujer de temperamento fuerte y decidida, pero nunca le dio por el juego de tronos. ¿Así que por qué motivo iba a arriesgar su alma inmortal?  Si se casó con su cuñado es porque estaba segura de que su primer matrimonio (al no ser consumado) nunca existió.

En la serie todos dan por contado que el matrimonio se consumó, Maggie escucha tras la puerta los retozos de la pareja; Mi Señora la Madre del Rey recibe un cuervo anunciando que ya la pareja tuvo sexo y Enrique VII en el funeral de su hijo habla de un posible embarazo de la viuda. ¿Como van a creerse entonces lo de la virginidad de Catalina?

En la vida real fue diferente puesto que no era tan obvio que el matrimonio se hubiera consumado. La costumbre de examinar la sábana de la novia parece que era continental. La noche de bodas tuvo testigos de que los novios durmieron juntos, pero nada más. Catalina y Arturo no compartían cama. A través del medio año que duró su matrimonio, una vez al mes, los cortesanos escoltaban a la Princesa de Gales a los aposentos del marido, pero lo que ocurría ahí solo lo sabía la pareja.

Aparte que Catalina era muy ignorante en cuestiones de cama. Ni ella ni Arturo sabrían como hacer las cosas. En cambio, La Princesa Española parece terapeuta sexual y ya comienza metiéndole la mano en la entrepierna al marido que reacciona con justa sorpresa. Para colmo, Catalina ha estado escribiendo cartas atrevidas a Arturo y recibiendo misivas similares, sin saber que con quien se cartea es con su cuñado Harry.

He aquí el cambio mayor que la serie de Emma Frost hace con el libro. En la vida real, apenas llegada a la corte inglesa, la princesa española hizo amistad inmediata con sus cuñados Margarita, de doce años, y Enrique de diez. Estuvo especialmente unida a Enrique después de la muerte de Lizzie, pero como una hermana mayor.

En la serie se han traído para interpretar a Enrique a un irlandés veinteañero y pelirrojo llamado Ruari O’Connor que es un dechado de testosterona y arrogancia. Lo muestran lleno de envidia hacia su hermano, algo imposible en la vida real donde había bastante diferencia de edad entre ambos. En la serie, a pesar de que nos dicen que es menor que el quinceañero Arturo (por lo que Harry como lo apodaban no puede tener más de catorce años) se ve experto en todo, hasta en el terreno sexual y bastante inescrupuloso.

Para fastidiar al hermano le escribe a Catalina una carta de amor que ella cree viene del Príncipe de Gales. Según nos cuentan, desde hace un par de años que Catalina le ha escrito apasionadas (y gráficas) cartas a Arturo. Misivas leídas y respondidas por un Harry entusiasmado ante la precocidad sexual de su cuñadita. Por muchas y evidentes razones este episodio no solo es históricamente falso, es además imposible.

Aunque Catita se enoja y escandaliza al saber la verdad, sigue caliente con el cuñado y se la pasa lanzándole miraditas incendiarias incluso cuando ya se ha consumado su matrimonio con Arturo. De todos los personajes de la serie (y ninguno es muy simpático) Harry es el mas repelente, aun para los Tudormaniacos que sabemos que se trata de un psicópata con sangre real.

El problema es que O’Connor lo interpreta como si fuera un chico moderno tanto en actitud como en lenguaje. Me recuerda a Billy, el bully de “Las Escalofriantes Aventuras de Sabrina”.  Y es que es un típico colegial deportista y machista que dice “¡whoa!” a cada rato, anda a empujones con el hermano y manosea a la cuñada y todo a vista y paciencia de su consentidor padre.

Hora es de hablar de Charlotte Hope as quien solo conociera yo como Miranda de GOT y una prostituta que interpretó en “Endeavour”. Aunque físicamente se acerca bastante a la verdadera Catalina, sus desesperados intentos de parecer española la hacen verse poco natural. Algo caricaturesco es que a ratos fuerza el acento y en otros se olvida que interpreta a una extranjera.

La actriz ha hecho declaraciones de que intenta acercar a su personaje al de Scarlet O’Hara. Ok, pero es que es una Scarlett un poco moderna: una especie de Chica Almodóvar con los modales de la Infanta Leonor. Aunque lo que me provoca acidez es un prurito pro-islam totalmente fuera de época y contexto. Esto viene del libro, pero Frost ha elegido continuarlo puesto que representa algo cercano a la sensibilidad británica moderna.

En libro y serie, Catalina afirma que en su corazón tiene un gran respeto por islam, que la corte española sigue costumbres moras, que hay médicos y músicos moros cercanos a sus padres. ¿De qué siglo habla?  Esto fue cierto en la España medieval, pero no en 1501, un año antes de la expulsión de los moriscos del territorio, cuando la corte castellana estaba empeñada en una campaña de conversión forzosa, los textos sagrados del islam eran condenados a la hoguera, y las costumbres moras eran repudiadas viéndoselas como una manera de perpetuar una cultura y religión que no entraban en el programa de homogenización de los Reyes Católicos.

Además, si recordamos “Isabel”, una razón por la que el pueblo no confiaba en Enrique de Castilla era precisamente por su afición a costumbres árabes y a tener moros en la corte. Si algo aprendió Isabel fue a no cometer los errores de su hermano. Como nos mostró la serie, la corte de los Reyes Católicos estuvo colmada de judíos y luego de conversos, pero no vimos ningún morisco por ahí, aparte de la renegada Isabel de Solís.

Debido a eso es risible que el sequito de damas de Catalina esté compuesto por una mora y una gitana. Los gitanos habían llegado a España en el siglo XV y aunque algunos habían servido en el ejercito de Fernando, eran nómadas (se los conocía como “peregrinos”) No se entiende por qué Isabela iba escoger a una de esa etnia para servir a su hija. Sobre todo, porque la tal Rosa de Vargas, además de atolondrada es bastante inútil y casquivana, lo que pone en entredicho a la mujer gitana que hasta hoy debe presentar la sabana manchada ante la tribu como prueba de virginidad.

Entiendo que se quiera mostrar la cultura ibera como superior a la inglesa, es posible que lo sea, pero se cae en situaciones un poco exageradas como presentar a los Trastámara como gente tolerante y sofisticada. La historia comienza on Catalina en marcha a Inglaterra. La acompaña su madre que va disfrazada de Juana de Arco. Aunque Alicia Borrachero no tiene ningún parecido físico con Isabel, la Reina católica si llevaba armadura completa para protegerse en el campo de batalla.
Espada de Isabel la Católica

Armadura de Isabel la Católica

Bueno, a mitad de camino aparecen unos moros levantiscos e Isabel se despide de su hija y se va a decapitar infieles. No nos explican, pero la España Cristiana estaba entonces ante la primera Rebelión de las Alpujarras que acabó ese año de la boda de Catita. Esta revuelta de moriscos fue castigada duramente, pueblos enteros fueron arrasados, los hombres pasados por la espada y las mujeres y los niños vendidos como esclavos. Los moros de piel oscura que viajaron con Catalina eran esclavos, era la única manera de permitirles estar cerca de la Infanta.

Así que lo de mostrar (y esto es invención de Frost) a toda la comitiva española bajo las ordenes de una mora es tan absurdo como que la Reina Madre hubiese enviado, en plena guerra mundial, a sus hijas de viaje con una nana nazi. Entiendo que Frost busca empoderar a un personaje de piel negra, pero es falso desde una óptica histórica.

Eso no quita que Lina (Stephanie John-Levi) no sea un gran personaje. Es quien apoya a su señora durante un viaje horrible por un mar tormentoso tal como fuera el verdadero viaje. Vomitada, mareada y agotada Catalina se rehúsa a desembarcar en Southampton donde la espera Margaret Beaufort. Desembarca en una caleta de pescadores y emprende el camino a pie por un país desconocido. Por suerte, Catita y sus chicas super-poderosas son angloparlante (¡falso! En el libro se comunicaba en francés. En la vida real en latín que no creo ningún pescador entendería)

Así es como se encuentran con Edward Stafford, Duque de Buckingham (al que vimos perder la cabeza en “Los Tudors”) que les da un aventón. Stafford, entonces joven, guapetón, y muy casado, es espía de Mi Señora la Madre del Rey y rápidamente nota que Rosa, la gitana, es alocada y calentona. Le hace ojitos y en el segundo capítulo ya la está follando en el pasillo.  Lina, en cambio, es orgullosa, virtuosa y se cree el cuento de que la Infanta le conseguirá un marido en la corte. Por eso trata con desprecio a Oviedo que la salva de un violador y la cuida cuando Lina enferma de la aterradora sweating sickness que dejará viuda a la otra Catalina.

Las Catalinas no les caen bien a los ingleses. La Infanta exige dormir su siesta y antes darse un baño, que el Rey y el pueblo se esperen. Lina se pone al brinco con la escandalizada Margaret Beaufort exigiendo que los soldados españoles sean hospedados en algo mejor que el pesebre asignado, puesto que nadie quiere que “huelan a caca”.


¿Como fueron las cosas en la vida real? Catalina y su sequito fueron recibidos en Southampton por el Obispo de Bath. Luego, la Infanta fue escoltada al Castillo de Dogmersfield donde conoció a Arturo. El único inconveniente es que los novios encontraron que no se entendían porque hablaban latín con acentos distintos. No hubo tiempo para siestas, porque había mucha fiesta.

Se han escrito volúmenes sobre la entrada de la Infanta a Londres, de lo admirados que quedaron los ingleses con la princesa española y su cortejo. La boda fue fastuosa, pero aquí todo es reducido a) para mostrar el pobre recibimiento en términos de recurso y de afecto que acoge a la nueva Princesa de Gales y b) El estado de animo de Catalina que ha quedado turulata al enterarse que sus fantasías sexuales son conocidas por el cuñadito acosador.



Quería detenerme en lo más risible del intento de exagerar la superioridad española sobre Inglaterra: la higiene. Ni los españoles eran tan poco aseados como nos cuenta La Leyenda Negra ni de baño diario como nos quieren hacer creer Gregory-Frost. La aristocracia y la nobleza se bañaban una vez al mes, tanto en el Reino Unido como en el Continente. La gente pobre que no tenia acceso a agua caliente, y menos a agua potable se bañaba con menos frecuencia.

La idea de Catalina de Aragón dándose chapuzones constantes (y desnuda) y usando hierbas aromáticas y perfumes es un anacronismo total. En el siglo XV y XVI el jabón no existía, el uso de perfumes para cubrir malos olores corporales solo aparece en las cortes europeas con Catalina de Medici, bien avanzado los 1500s. Lina habla de perfumar el baño de su señora con vainilla. ¡Ups! Faltan 24 años para que Hernán Cortes sea el primer europeo en oler vainilla en la corte azteca.

Más allá de anacronismos, la serie continua su retrato de Lizzie como una mujer odiosa y ahora mas paranoica que el marido. En la vida real, Catalina se llevaba bien con su suegra y sabemos que pasaron juntas el día antes de la boda de la primera. ¿Habrán hablado de la muerte del Conde de Warwick? A lo mejor. Sabemos que era algo que pesaba en la conciencia Tudor. Cuando, tras la muerte de su padre, Enrique VIII devolvió títulos y tierras a la tía Maggie exigió que ella públicamente exonerara a su familia del crimen cometido en la persona de Teddy.

Debido a que Lizzie nunca ha sido un personaje simpático en el imaginario de esta saga y ya ni siquiera es interpretada por la fantástica Jodie Comer, es la que peor me cae. Alexandra Moen parece un fantasma albino y la secundan dos damas tan siniestras y lúgubres como ellas. Las damas serán quienes escolten a Catalina a su primera reunión con la suegra. A pesar de que Catita se muestra humilde y amable (le trae un piropo de parte de su madre), la suegra es un puercoespín que inmediatamente culpa a los Trastámara de convertirla en una asesina.

A ver, no necesitamos del síndrome Weiss&Benioff de personajes amnésicos, ya tenemos bastante con Richard Pole que se olvidó que tenía un brazo inútil. Lizzie hizo decapitar a primo y hermano porque temía que se hiciesen del trono y mataran a su esposo e hijos.

Con justa razón, Catalina se niega a cargar con esa culpa. Esto enfurece a Lizzie que, —sin motivo aparente— pasa de la agresión verbal a la física. Parece creer que Catalina viene a hacerle daño a su hijo. “Yo haría lo que fuera por mis hijos” ruge clavando sus uñas en el rostro de la niña. Señora, si ni siquiera ha criado a sus hijos, no los conoce, no sabe que Harry y Arturo se odian.

Además de retorcerle la boca con las garras, Lizzie le escupe en el rostro “¡no te interpongas en mi camino!’ para acabar plantándole un beso en la trompa a la nuera. Mas allá de cualquier desubicada interpretación lésbica, el beso es lo que parece ser, una agresión y una humillación. Yo que Catalina tomo el primer barco de regreso a España, pero la serie nos cuenta que como Maergery Tyrrell, Catalina quiere, por sobre todas las cosas, ser reina.

Es extraño que, en la serie, Lizzie le cobre tanto odio a la nuera, cuando Maggie que tiene mayores motivos para resentir la presencia de la Infanta se muestre amable con ella. Margaret Pole es un personaje importantísimo en esta historia, debido a que la trama está basada en dos novelas “gregorianas”, The Constant Princess y The King’s Curse que es uno de los pocos intentos de examinar la vida de la beata mártir. Como Maggie fue mi personaje favorito en “The White Princess” y Beata Margarita Pole es uno de mis actores predilectos en el drama Tudor esa es mi mayor razón para ver y recomendar “The Spanish Princess”

Otros méritos están en el vestuario espectacular y en la escenografía que presenta mayor iluminación que las oscuras precuelas “The White Queen” y “The White Princess”. A pesar de algunos errores anacrónicos como que Meg Tudor había estado semi comprometida con Jacobo de Escocia desde su infancia y que 'el no era un viejo decrepito (solo tenia 30 años cuando se casaron, claro 16 más que la novia) o que Arturo recuerde a Teddy, que fuera encerrado en La Torre antes de que el Príncipe de Gales naciese, existe la suficiente atmosfera de época para desarrollar este intricado juego de tronos.
Maggie no puede evitar que se lleven a Teddy

Charlotte Hope todavía no da la talla, y creo que será mas recordada por sus escenas de cama, pero también hay destellos de talento histriónico, como en mi escena favorita, en que, agradecida a Maggie por haberla salvado de un bochorno, se arroja a sus pies y suplica el perdón de Lady Pole por la participación de su familia en el asesinato de Lord Warwick.

Tudormaniacos, esta es una serie que no pueden perderse. Eso no significa que no tengamos la obligación de criticarla objetivamente




domingo, 30 de septiembre de 2018

La Corona Partida: Las Aventuras de Juana La Loca



Tres temporadas de “Isabel” dejaron al fandom hambriento,  golpeando la mesa,  y exigiendo otro platillo. RTVE se embarcó entonces en un fastuoso proyecto para narrar la historia del nieto de Isabel el Emperador Carlos V. ¿Pero que se hacía con el periodo en que Carlitos era demasiado pequeño para subirse al trono? La solución salomónica fue un feature film de dos horas que cubria el des-reinado de Juana de Castilla. Así fue como “La Corona Partida”, con el mismo reparto de “Isabel”,  se estrenó en los cines y con muy buena crítica.

Hay algo de fascinante en la historia de locos. Me encanta verlos luchando contra el sistema médico como en “Girl Interrupted”; o convertidos en  brillantes psicópatas como en las muchas aventuras de Hannibal Lecter,  o poseídos por ángeles  como la hermana Monica-Joan de “Call the Midwife”.  El caso de Juana de Castilla no es tan fascinante, se trata de una loca que irrita o a lo más inspira lástima.

Su historia nos sirve para ser testigos de lo mal que se trataba al paciente mental en tiempos antiguos y como el ni siquiera ser rey te protegía (recordemos “The Madness of King George”). A Juana la historia y la literatura han tratado de encontrarle el lado amable. En el Siglo XIX, Manuel  Tamayo y Baus la describe en su Locura de Amor, como una mujer romántica y pasional a quien destruye la obsesión que tiene por el marido  En 1918, Galdós llega más lejos y la eleva a los altares en Santa Juana de Castilla.

Los historiadores siguen debatiendo sobre el origen y causa de su enfermedad hasta llegar a  decir que no había tal locura sino que todo fue un complot machista basado en que Juana, como muchos en su tiempo, mostraba escepticismo hacia la religión católica. Se dice que de pequeña ya se negaba a  confesarse. Sea esto una rebeldía infantil o señal de un problema mental, el hecho es que en la España de entonces se quemaba por menos. Isabel castigaba los arrebatos anticlericales de su hija con castigos inquisitoriales (tales como suspenderla del techo) que mucho habrían de agravar cualquier mal que sufriera la princesa.

Ya de adulta, vimos sus primeras locuras en “Isabel”. “La Corona Partida” nos demuestra que el tiempo no ha mejorado el desequilibrio de la reina (Irene Escolar). Sin embargo está claro que su marido(Raúl Merida) es un cerdo, algo que ella se rehúsa aceptar, ciega de pasión que  va vinculada al placer sexual que experimenta en sus relaciones maritales. Pues, Felipillo será su peor enemigo.

 Ese nene petulante no va dejar que una orate le quite sus privilegios. La pobre Juana termina en una mazmorra de la que es rescatada por su suegro Maximiliano (José Coronado) que ha envejecido un poco desde que lo conociéramos en “Borgoña”, pero también se ha vuelto más sabio.

Max tilda a su hijo de insensato por tratar así a una reina, saca a Juana de su confinamiento, pero cualquier mejoría de la reina de Castilla es temporal. La locura de  Juana regresa con sañas con la muerte de su marido.

La película nos hace creer que Felipe murió de una indigestión provocada por tomar agua helada tras hacer ejercicio extenuante, algo muy posible. Los  historiadores hablan de una tifoidea fulminante, pero paras Juanita su amado esposo fue envenenado. La vemos arrastrando el  féretro del marido hasta España para que lo entierren en Granada. Obviamente, esta señora no puede reinar.

¿Entonces que nos queda como espectadores?  Tenemos que pasarnos al Team Fernando, porque ese no va a cejar hasta volver a hacerse del trono. Ya sabemos que los problemas  entre reinos se solucionaban de dos maneras en ese entonces: o en el campo de batalla o en el  tálamo nupcial.

¡Fernando se casa! Si señores, Fernando (Rodolfo Sancho) a los 50 y pico de años se casa con una adolescente que es su sobrina nieta. Mas importante aún,  Germana de Foix (Silvia Alonso) es sobrina del Rey Luis XII de Francia. Ahora, Fernando tiene  el apoyo de todo un reino, para recuperar lo que cree es suyo.

Fernando no está solo. Sigue contando con el equipo que le dejó su Isabel. Ahí están Cisneros (Eusebio Poncela), Cabrera (Jordi Díaz) y el fiel Chacón (Ramón Madaula). Aunque es un poco exagerado pensar que los tres mosqueteros de Castilla seguirían  siendo los fixers de su rey, da una sensación de continuidad verlos velar por la Corona.

En realidad, Cabrera que ya estaba viejito, se retiró tras las muerte de Isabel y falleció a los 81 años, en esa época,  edad prodigiosa. Gonzalo Chacón falleció cuatro años antes que Cabrera y tres tras la muerte de soberana. El que si pintó mucho en la historia post-isabelina fue el Cardenal quien finalmente tuvo que tomar las riendas del reno y servir de corregente durante la infancia de Carlos, el vástago mayor de Juana.

“¿Hasta dónde estáis dispuesto a llegar?” le preguntan al Rey Católico. Fernando está dispuesto a llegar más allá de donde sea necesario en su empeño por recobrar Castilla. El primer paso es un heredero que empuje a Juana a un rincón. Como Germana no le hace ascos a los juegos de alcoba, se la pasan brincando en el lecho nupcial. El hijo llega. Es varón, se llamará Juan, no vivirá más de una hora. Fernando estaba destinado a ser padre y abuelo de emperadores, pero por la línea femenina.

Desesperado, el Rey de Aragón quiere otro hijo y como el cuerpo no le da comienza a meterse cuanto yerbajo y bebedizo de bruja que prometa hacerlo fértil y viril. El resultado es que termina reventado , semi envenenado. Triste destino para un rey tan importante.

Juana lo sobrevivirá por muchas décadas. Como la mayoría de los dementes vivirá mucho y sufrirá mucho. Su destino es ser prisionera en Tordesillas, prisionera del marido, del padre y finalmente de su hijo, pero para eso tendremos que ver “ Carlos, Rey Emperador”. La continuación de la saga de la corona española ya esta a la vuelta de la esquina a Usa y precisamente por el mismo servicio que les ha traído las tres temporadas de” Isabel y “La Corona Partida”:  UnivisionNow.

lunes, 3 de septiembre de 2018

El Ocaso de una Reina: Tercera Temporada de Isabel



Y llegamos al final y nos duele despedirnos de Michelle Jenner a la que me es imposible imaginarla sin  las tocas de Isabel. En trece capítulos veremos a la reina morir cada día un poquito, con las desgracias que asolarán a su familia, con las traiciones,  incluso las de Colon. La veremos darse el gusto de insultar a un Pacheco por última vez y de despedirse de su Gran Capitán, y cuando  esté enterrada, sentiremos lástima por Fernando.

Isabel tiene su España única y unida, pero las cosas no salen como lo desea a pesar de tener fieles servidores tales como Chacón y Cabrera que siguen al pie del cañón. Se les agregará el Cardenal Cisneros (Eusebio Poncela), el ultimo hombre honrado de España, un personaje importantísimo en la historia,  pero al que hay que comprender dentro de su época, porque a ratos parece fanático.

Lo bueno es que Cisneros no anda olfateado conversos. Se dedica a algo más práctico, la reforma de una iglesia pecadora y hedonista. Se va a inspeccionar monasterios y le echan los perros, porque ningún monje quiere perder la buena vida que lleva.

Tampoco se puede exigir mucho a frailes cuando el Papa es un facineroso que vive rompiendo mandamientos. A mí no me gustó Rodrigo Borja (Jorge Bosch) en la temporada anterior donde andaba como el cardenal de “Águila Roja,” metido en la cama con dos mozas. Ahora ya estará un poco mas respetable en el Vaticano y junto a él veremos a Cesare. ¡Pero ay , estos no son “Los Borgia”! ¡Cómo extraño a Jeremy Irons y a mi François!

Esta etapa en la crónica isabelina corresponde a la invasión francesa de Italia, pero esta no será nuestra única parada esta última temporada. Iremos a la corte francesa en el Castillo de Amboise. Carlos VIII de Francia, al que vimos niño en “Borgoña” y viejo en “Los Borgia”,  ahora estará ahí todo  contrahecho en la piel de Héctor Carvallo y podremos ver a su consorte la gran Ana, ultima Duquesa de Bretaña (Marta Belmonte).

Veremos a Colon clavar su espada en la isla de Guanahani, y volver cargado de nativos y papagayos. El imperio ultramarino comienza a despuntarse a pesar de que Colón regresa de cada expedición cada vez más inflado, más payaso, más lleno de cuentos. Y ya hay gente en España haciendo negocio con los pobres indios.

Isabel y Fernando arreglan uniones dinásticas para sus cinco hijos. Unen el destino de España al de los Habsburgo y envían dos hijas a Portugal y una a Inglaterra, pero los herederos van muriendo uno tras otro,  rompiendo el corazón de la reina.  Es que si ella fue fuerte precisamente por poder elegir a su pareja,  no puede imponerles matrimonios a sus hijos.

Una escena en la que los Reyes Católicos reúnen a toda su prole, incluyendo las más pequeñas de sus hijas,  y les asignan parejas, es casi risible. Si  uno no se quiere reír, dan ganas de llorar. Ahí está la clave de las desdichas familiares de Isabel.

Finalmente España quedará en las manos de la princesa más frágil, Juana (Irene Escolar) a la que la historia llamara ”La Loca”. Irene Escolar va a ser la sombra de Michelle Jenner esta temporada en un rol trágico de una mujer que pierde la cordura por los celos, por un amor desmedido, o tal vez porque heredó el mal de la abuela que, como recordaremos,  no andaba muy bien de la cabeza.

Raúl Mérida será la causa de su pasión. Felipe, el Hermoso es un verdadero diablo encarnado, manipulador,  abusivo,  y un furúnculo en el trasero de Fernando. El mayor problema de Juana es que es muy arrebatada y en cada uno de sus arrebatos ataca a alguien. O araña a la cuñada, o agrede a su hijito, o les lanza chorrera de insultos y babas al rostro a los padres que de milagro no andan a castañazos con ella porque es muy malcriada.

La Gatita Maricarmen dice que Fernando e Isabel son Los Pimpinela medievales y sí que van a darse de gritos otra vez, pero un atentado en Cataluña (¿dónde más sino? ) casi manda a Fernando al Patio de los Callados. Este percance hace recapacitar a Chabela de cuanto lo ama y le da carta blanca para que vaya a ayudar a los Borgia a defenderse de la invasiones galas.


 Para eso manda la mejor espada del reino, a Gonzalo de Córdoba. El pobre caerá en desgracia por ser quien es, un hombre valiente y decente en un mundo indecente.

 Tudormaniacos, veremos a Catalina llegar a tierras inglesas. Natalia Rodríguez es encantadora—me recuerda a Vanessa Kirby, pero más dulce— en un rol que siempre hemos visto en su madurez. Me pregunto si Charlotte “Myranda” Hope  logrará eclipsar a una española cuando le toque interpretar a esa princesa castellana en “The Constant Princess”. También veremos a Catalina en su triste viudez y su incipiente relación con su cuñadito Enrique.

A final, Isabel se apaga lentamente con tiempo de despedirse de su Gran Capitán y de darse el gusto de quitarle el villorrio de Villena a Diego Pacheco. En realidad, los Pacheco perdieron Villena en 1476, cuando tomaron el partido de la Beltraneja. Diego Pacheco fue leal siervo de la corona y hasta perdió un brazo en la reconquista de Granada. Pero lo importante es ver que Isabel no ha olvidado las humillaciones y traiciones de Juan Pacheco y nunca confiará en sus descendientes. Total badass!



Finalmente nos quedamos con Fernando, un Fernando derrotado, atontado ante la pérdida de su compañera y gran colaboradora. Se ve obligado a ceder la corona y el cetro a una hija demente y a un yerno al que tilda de traidor. Tremenda escena y tremenda actuación de Rodolfo Sancho cuando se marcha bajo la nieve,  como un mendigo en pastorela navideña,  después de jurar lealtad a la nueva reina de Castilla.

Pero tranquilos, que Isabel muera no significa que dejemos de ver a su familia. Ya pronto podrán ver completa la película “La Corona Partida” que narra las desventuras de Juana.  ¿Dónde?  Pues en el mismo sitio donde pueden ahora ver las tres temporadas completas de “Isabel”, en UnivisionNow.

jueves, 30 de agosto de 2018

Las Consecuencias del Edicto de Isabel: Criptojudios y Sefarditas



Ver la expulsión de los judíos de España fuera de su contexto histórico es absurdo y distorsionante. No se puede comparar con la persecución nazi, pero tampoco pueden negarse las dimensiones de una tragedia humana que crea otro problema para esa España que busca la homogeneidad. La expulsión  agravará el problema converso y seguirá dificultando la percepción de los judíos por parte del mundo ibero aun en nuestros días. Paradójicamente, la gran contribución de esta expulsión será la formación de una cultura sefardita que todavía  conserva fuertes lazos con la española.

La serie “Isabel” ha tratado de ser imparcial con el problema judío. Mi única queja ha sido en el retrato de personajes individuales. Aun así, la serie ha mostrado  como frailes exaltados azuzaban la ignorancia de la plebe,  como la reina era reacia a imponer el Santo Oficio,  y como intentó dilatar su llegada.

Dominíco exaltado


Y tenemos esa escena en que Fernando admite que no hay duda de la lealtad de la comunidad judía hacía la corona, como Isabel se lamenta ante la pedida de caudales judíos que tantas veces los han sacado de apuros, y también la de tan buenos recaudadores de impuestos ((ahora tendrán que poner cristianos a hacerlo y a recibir pedradas). No hay tutia, el edicto llega.

El Edicto de la Alhambra o  de Expulsión de 1492 es clarísimo: «acordamos de mandar salir todos los judíos y judías de nuestros reinos y que jamás tornen ni vuelvan a ellos ni alguno de ellos». Noten el  lenguaje incluyente , no vaya ser que alguna judía por ahí crea que se puede quedar. Los judíos  tendrán un plazo de cuatro meses para convertirse al catolicismo, de lo contrario deberán abandonar territorio español so pena de ser ejecutados y de serles confiscados sus bienes. Los desterrados deberán costearse su viaje. No podrán sacar de España ni caballos, ni armas, ni joyas, ni ningún metal precioso incluyendo monedas. Deberán vender todos sus bienes y cambiar el oro recibido por letras de cambio.

Como se imaginarán el pánico cunde. Vender propiedades en tan poco tiempo invita a robos y estafas. Está el miedo de viajar y la pregunta de dónde ir. Se decreta en las comunidades que toda chica soltera,  mayor de doce años,   debe casarse, para al menos contar con un protector. La serie nos muestra a los judíos vagando por los caminos como gitanos, con gente apedreándolos. Ya parece “La Lista de Schindler” Los Reyes han amenazado con cárcel y confiscación de bienes a quien oculte a un judío.

Salir de España no es fácil. Los capitanes de barco a veces se niegan, aun tras ser pagados, a transportar a los expulsados. Otros, ya en alta mar, suben la tarifa. En tierra también hay problemas. En la frontera portuguesa se han apostado unos seudo agentes de aduana que cobran “peaje” a los refugiados. En Italia, muchos banqueros se negarán a redimir las letras de cambio. En Marruecos será lo peor. Los moros no creen que los judíos hayan llegado sin oro o joyas. Violarán a las mujeres, venderán a los niños como esclavos,  y a los hombres abrirán en canal para ver si se han tragado objetos de valor.

Muchos judíos volverán a España, sobre todo después que los expulsen en Portugal en 1497, prefiriendo el bautismo. Eso dificulta las cifras. También se cree que unos veinte mil murieron asesinados, de cansancio,  o enfermedad en el camino. Tampoco me sorprendería que hubiera algún que otro suicidio.

Sobre cifras hay debates constantes. Yo creía ese un capítulo cerrado a fines del milenio anterior. En esta investigación que he hecho en estos días me he encontrado con unas números arbitrarios y estrambóticos. Andrés Bernáldez, cronista de los Reyes Católicos cuenta que poco después de haber llegado a su destino el Rabino Meir le escribía a su suegro Abraham Senior contándole que los Reyes Católicos habían perdido 35.000 hogares judíos. Por hogar se entiende familia y familia abarca mínimo tres o cuatro personas. Ahí tenemos 150.000 que es más o menos lo que creían los hispanistas de fines del Siglo XX. Pero llega Joseph Pérez a decir que la cifra oscila entre 150.000 y 50.000 (¡!) Esa es una diferencia demasiado amplia para poder confiar en ella.

Una de las historiadoras de planta de “ Isabel”, Ángeles Irisarri dijo que Julio Valdeon argumentaba que solo 20.000 judíos abandonaron España. Curioso, porque en este artículo de La Vanguardia dicen que el Profesor Valdeon era de los que creían que cien mil judíos habían optado por marcharse. No he leído a Julio Valdeon. Como el caballero ya falleció no le puedo consultar.

 En otros sitios (sobre todos los juedeofobos) se juega con esa cifra sin dar pruebas o fuentes que la acrediten. O como en ABC buscan historiadores prehistóricos y que en su día  fueron considerados antijudíos como William Thomas Walsh. También  hay periodistas (o quienes pretenden serlo) que lanzan cualquier pavada seguros que los leen tontos de capirote que nunca van a ir a investigar si lo dicho es cierto.

No pueden ser 20.000 los que se fueron porque es una cifra espurria. En mi barrio de Kew Garden (no en el condado de Queens ni en la Ciudad de Nueva York donde en total vive un millón de judíos ) hay más de 20.000. Si tan pequeño grupo hubiese abandonado España, nadie se hubiera dado cuenta. Si hubieran sido veinte mil, la Reina Isabel no hubiese estado tan alarmada puesto que su verdadera intención no era la expulsión sino una conversión masiva que, obviamente,  no se dio.

La ausencia de 20.000 judíos hubiese dejado 180.000 nuevos cristianos en suelo ibero. Eso indicaría que más de la mitad de la población española autóctona tendría raíces judías. Los cristianos viejos hubiesen sido una minoría rápidamente absorbida por la población mayoritariamente semita.

Si se sabe que dos mil judíos cruzaron la frontera navarras, 20.000 familias ( (“83 mil ánimas”  según Bernáldez)  se establecieron en Portugal y que el Papa Borgia dio refugio a unos nueve mil  judíos expulsados de España en Roma, nos vamos saliendo de esa cifra inventada por Ángeles Irisarri y falsamente adjudicada a Don Julio. Acabo de hacer un Google con los search terms  “Julio Valdeon” y ”20.000 judíos” y no me ha salido nada. En cambio en la Wikipedia y muchos otros sitios afirman que él creía que 100.000 habían abandonado España.
Segunda diaspora

Por último, si  un paupérrimo grupo de 20.000 hubiese sido la única pérdida demográfica española, entonces no se explicaría la floreciente cultura sefardita que,  hasta que el Holocausto la sesgó,  reinó suprema en las comunidades judías de los Balcanes, El Imperio Otomano, los Países Bajos y hasta en Inglaterra.

Pero veamos primero que ocurre en la España sin judíos. A pesar de sus esfuerzos por convencerlos los Reyes Católicos pierden a su físico Lorenzo Badoz y a Don Isaac Abravanel, pero si consiguen que Abraham Senior y su familia se conviertan en cristianos nuevos y en parte del nuevo problema que enfrentará España en los siglos a vivir. Isabel nunca pensó que perdería tantos súbditos, pero la fuente de zozobras que heredarían sus descendientes surgiría de esta minoría conversa que ella tanto luchó por crea. Nadie se imaginaba que, como el monstruo de Frankenstein,  se escaparía de las manos de la autoridad, sufriría injusta persecución y provocaría miedos primitivos.

Son las dos grandes consecuencias del Edicto de Expulsión: la creación del colectivo converso que tendrá una cultura propia (sobre todo en caso de criptojudios) y la del colectivo sefardita que por siglos ha preservado un folclore, una cocina, un recuerdo de Sefarad, la patria perdida. Cuanto más leo, más investigo, más evoco pequeños detalles que vi en mi infancia en mi madre y sus parientes, más me convenzo de que ambos colectivos estuvieron desde el principio intrínsicamente unidos.




Hay que hacer un distingo entre los términos “converso” y “criptojudio”. El primero se refiere a personas,  que ya bautizadas,  solo buscan asimilarse a la sociedad española, practicar su nueva religión,  y vivir en paz. Los criptojudios, en cambio, practicaban el judaísmo de manera clandestina. 
Fue en contra de ellos que actuó la inquisición puesto que se les veía como enemigos del estado.

El criptojudio es  traidor a la iglesia y  al pueblo español. Lamentablemente, el Santo Oficio verá en  todo converso  un posible criptojudio. La más inocente señal de seguir practicando el judaísmo bastará para el arresto, tortura y posible ejecución del acusado. La Inquisición incluso les seguirá hasta el Nuevo Mundo donde se darán juicios famosos como los de La Familia Carvajal en México.
Diana Bracho como Mariana de Carvajal en El Santo Oficio de Arturo Ripstein

De envenenadores de pozos, y propagadores de plagas, los judíos pasan a ser terroristas, embarcados en planes para invadir España, casi siempre con ayuda de poderes enemigos del Imperio. De ahí surgen documentos falsos como una supuesta carta escrita por los judíos de Constantinopla a los conversos españoles. Una falsificación que parece tener la misma malsana intención que Los Protocolos de los Sabios de Sion.

Un detalle interesante es que,   hasta finales del Siglo XVI,  se mantendrá el contacto entre los exiliados y amigos y parientes que permanecieron en la Península. A pesar de que la misma corona hará uso de esos contactos para relaciones comerciales, también se los verá como una manera de judaizar y de complotar contra el reino.

Ironía es que cuando misiones de religiosos lleguen al África del Norte a practicar la obra de caridad de redimir a cautivos de los musulmanes, se hospedarán en casas de judíos sefarditas quienes también les servirán de intérpretes y guiarán en el mundo islámico. Tan útiles resultaron estas conexiones  que para el Siglo XVII, 500 judíos se habían instalado sin problemas en el presidio de Oran, en manos españolas, y hasta tenían sinagoga. En 1680, la reina regente Mariana de Neoburgo los hizo expulsar, pero de una manera mucho más organizada y humana que como habían sido expulsados en siglos anteriores de Europa.

El Siglo XVI será el siglo de las herejías, la mayor el luteranismo. La Inquisición tendrá sus manos llenas ahora tratando de extirpar ideas herejes que muchas veces estarán vinculadas a conversos y nietos de conversos. Esa es una diferencia con otros países europeos donde el bautismo borra toda sospecha de los descendientes del converso. En España, por lo contrario se perpetuará esa desconfianza  por siglos lo que convertirá al problema converso en  un asunto genético y hereditario.


A pesar de que el linaje de cristianos nuevos dará a España  místicos de la calidad de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz y literatos del nivel de Fray Luis de León y Mateo Alemán, tener antepasados conversos será un estigma. Se dice que San Juan ingresó a la Orden Carmelita sin dar su apellido, puesto que sus abuelos Gonzalo y Elvira Yepes habían sido acusados de judaizantes. A Fray Luis de León lo arrestó la Inquisición por  privilegiar textos hebreos, y andar traduciendo la Biblia sin permiso,  lo que le acarreó sospecha de judaizar.

Más complejo fue el caso del humanista Juan Luis Vives, cuyos padres fueron a la hoguera por mantener una sinagoga clandestina en el sótano. Vives halló refugio en Inglaterra y acabó en  el servicio de Catalina de Aragón y como tutor de nuestra querida Lady Mary. Cometió el humanista gran torpeza al intentar mediar entre Enrique y Catalina, y terminó cayéndoles gordos a ambos.

No todos los conversos merecían desconfianza y menos sus descendientes.  Pero los Estatutos de Limpieza de Sangre impedirán el acceso a órdenes religiosas y militares, conventos, universidades  y otras instituciones a quienes no puedan probar que son cristianos viejos, ósea que no tengan ni  antepasados moros o judíos. En la América Colonial también hay que probar que no se tiene sangre indígena o africana. Resulta obvio que estas ordenanzas se basan en un linaje racial no en fe religiosa.

 A pesar de que la Inquisición impedía el acceso a cargos públicos a hijos y nietos de sus condenados, con el pago de una multa se podía evadir tal prohibición. Los Estatutos eran más implacables en un tipo de discriminación social que intentaba acabar con la competencia que presentaban los conversos provenientes de un mundo urbano más instruido y sofisticado que los cristianos viejos venidos de zonas rurales. Es por eso por lo que Sancho Panza se siente orgulloso de su humilde linaje e ignorancia que lo acreditan como cristiano viejo.

Ser de “sangre limpia” era fundamental para ingresar al ejercito e incluso para emigrar a América. La cantidad de conversos que llegaron a nuestras tierras demuestra que se podían burlar los estatutos. Sin embargo en otros casos, un simple rumor de que alguien era de origen converso o alguna acusación anónima podían condenar a alguien, aun cuando fuera inocente.

La primera protesta conta estas leyes injustas vino del cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla, nieto de Andrés Cabrera. Cuando a su sobrino, el Conde de Chinchón,  le cerraron el paso para entrar una orden militar, el airado cardenal escribió un mamotreto que le envió al rey Felipe II. En este legajo,  que hoy puede encontrarse publicado bajo el nombre de El Tizón de la Nobleza,  Mendoza reprueba estos estatutos demostrando que más de la mitad de la aristocracia española desciende de judíos (comenzando por sus parientes,  Los Pacheco).

A mediados del Siglo XVII, España entra en crisis, el oro de las Américas se está acabando, la expulsión de los moriscos ha significado una grave pérdida de ingresos y mano de obra. El Conde Duque de Olivares, ministro del Rey Felipe IV,  comienza  a relajar algunos de los estatutos e incluso planea abrirles las fronteras a los judíos. Esto causa revuelo en la Iglesia y en los antisemitas que ven que los judíos están muy arraigados en países enemigos del Imperio como Holanda, Francia , el Imperio Otomano y pronto, Inglaterra. Ese gran antisemita Quevedo zahiere al Conde-Duque con sus satíricos dardos, el rey se doblega ante su confesor,  y los planes de regreso de los judíos quedan truncos.

En el Siglo XVIII,  políticos e intelectuales como el Padre Feijoo, Jovellanos y el Conde de Floridablanca abogarán en vano por la abolición de los estatutos. Una paradoja es que había españoles que vivían sospechando de tataranietos de conversos, pero cuando el converso austriaco Antón Raphael Mengs fue nombrado pintor de la corte nadie dijo ni pio. Para entonces ya no había casi comunicación entre conversos y judíos en el extranjero. Aun así, la Inquisición seguía quemando  supuestos criptojudios en una extraña renacimiento de su campaña anti conversos. Si a alguien le interesa el tema recomiendo “Los Fantasmas de Goya” con Javier Bardem y Natalie Portman



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Los Estatutos de Limpieza (tal como El Santo Oficio) tendrán que esperar al Siglo XIX, a la Primera República y a la Constitución de 1869 para ser erradicados definitivamente. Lo curioso es que no se abolió el Edicto de Expulsión (este se mantuvo vigente hasta 1968). El diputado Emilio Castelar  será  responsable por estas medidas. Aunque siempre había atacado el materialismo judío y su exclusivismo, un encuentro con un matrimonio sefardita en Florencia lo había conmovido y lo convertiría en,  tal vez,  el primer filosemita español.

Médico de Castelar es Ángel Pulido, que llegará a ser senador, pero saltará a la fama como el creador del Filosefardismo. Antes de hablar de ese movimiento hay que ver quienes son estos sefarditas que capturan la imaginación de españoles ilustrados y liberales en una nación donde todavía  “judío” es un insulto a pesar de que el español medio jamás ha visto a alguien que remotamente tenga ascendencia hebrea.

En cuatro siglos, las comunidades judías desterradas han prosperado  bajo el Islam o bajo gobernantes luteranos. incluso en Francia, a pesar de que los Borbones siguen poniéndoles trabas, por lo que desde Nostradamus hasta Montaigne, cuya madre venia de una familia judía huida de Aragón, prefieren pasar por buenos cristianos.  

En el exilio,  la comunidad sefardita tendrá grandes rabinos como Josué Caro, cabalistas como Moisés Cordovero, herejes como Sabbtai Zvi y escépticos como el gran filósofo Benito Spinoza. Tanto gustaron los monarca extranjeros de los sefarditas que otorgaron títulos de nobleza quienes tan bien les servían. Ese fue el caso de José Nasi, convertido por el Sultán en Duque de Naxos, Conde de Andros y Señor de Tiberiades.

Otro fue el Barón de Aguilar, favorito de la emperatriz Maria Teresa,  que recibió un título aun siendo judío practicante y la convenció de no expulsar a sus correligionarios de Austria. En España se enteraron de la existencia de este señor. descubrieron  que se llamaba Diego López Pereira y que nació en Portugal. Buscaron extraditarlo. El Barón huyó  Inglaterra donde la comunidad sefardita se había establecido desde que Oliver Cromwell les abrió las puertas.

Allá De Aguilar habrá oído hablar de Sir Salomón de Medina, el primer judío en ser nombrado caballero. Título que recibió del rey Guillermo III por sus servicios al haber financiado  las campañas del Duque del Marlborough a quien acompañó hasta el campo de batalla. Con esos antecedentes, poca sorpresa queda cuando en el siglo XIX, la Reina Victoria eleve a su Primer Ministro favorito, Benjamín Disraeli a Conde de Beaconsfield. No todos los sefarditas ingleses llegarán a la fama gracias a la política o las finanzas. Daniel Mendoza (tatarabuelo de Peter Sellers) se convertirá , gracias sus puños, en el primer campeón de boxeo de la historia.

¿Pero qué tenían en común Disraeli (cuyo padre se había convertido a la fe anglicana) , Daniel Mendoza, Sabbtai Zvi y Spinoza? Es algo que va más allá de religión y nacionalidad. Es esa cultura que el pueblo desterrado conservó, esa lengua, esos dichos, esas canciones y poemas, esas recetas de cocina y ese sueño de volver a España. Un sueño tan ilusorio que deriva en el dicho sefardita Un Kastiyo en Sefarad, ósea “un castillo en el aire”.   Ya lo dijo Castelar, hablando de los sefarditas,  en un artículo sobre El Caso Dreyfuss. “en el destierro de cuatro siglos aun vuelve los ojos con amor a las tierras donde el sol se pone y habla la lengua de sus perseguidores”.

Sefarad es el nombre que los primeros habitantes hebreros dieron a Hispania. Los exiliados por los Reyes Católicos se autodenominarían sefarditas o sefardíes. Conservarían su cultura como conservarían por siglos las llaves de su antiguos hogares abandonados en suelo español. Todo parte de esa quimera llamada Un Kastiyo en Sefarad.

Una que fue presa de esa quimera fue mi bisabuela, Fiorella Della Pena-Giglio (nee Ventura) que en años de la Segunda República,  cansada de esperar la nacionalidad prometida por Primo de Rivera,  se fue a España a buscar su Kastiyo en Sefarad y salió despavorida tras el estallido de la Guerra Civil. Pero crió a mi madre dentro de esa cultura que nunca abandonó. También le legó un odio a los comunistas y un respeto por el Caudillo que los había metido en cintura. Una ironía es que yo heredé los tres y solo recién estoy desmitificando un poco tanta fábula, porque si de algo nos preciamos los sefarditas es de ser buenos inventores y narradores de cuentos.

Pero antes del Caudillo y leyes filo sefarditas tenemos que ver en qué momento España y los judíos volvieron a encontrarse. Fue en Marruecos, en la primera parte de ese conflicto que duraría más de medio siglo. En 1859, recién  desembarcadas tropas españolas en Ceuta comienzan a encontrar un grupo de gente extraña que los recibe con alegría y en una lengua que suena a español arcaico ( el ladino o judezmo). Sobre este encuentro escribirán Pedro Antonio de Alaron (que no gustaba de los judíos ) con mucho desprecio en Diario de un testigo de la Guerra de África y Benito Pérez Galdós,  (filosefardita, quizás el más grande) con mucho humor en su Episodio Nacional,  Aita Tettauen.

Pero el Filosefardismo no nace en Marruecos sino en Los Balcanes cuando el Dr. Ángel Pulido oye a una pareja hablando en ladino en un crucero por el Danubio. Descubre que se trata de Los Bejarano, judíos sefarditas de Bucarest. Después oirá a un mercader en  Belgrado presentarse como “soy un español del Oriente”. Impresionado por esta capacidad de un pueblo de seguir vinculado a un pasado español. 

Pulido luchara por obtener ayuda y reconocimiento para los sefarditas primero en la preservación del idioma judeo-español y luego abogando por el retorno de los judíos a España. Y ahí le cayeron encima, porque los prejuicios de los cristianos viejos seguían muy vivos.

El Profesor Girón,  uno de los mayores críticos de Pulido y su movimiento,  alertó públicamente que traer  los judíos de regreso llevaría a una proliferación de esa raza y pasaría como en la días del Faraón bíblico. No sé si creería que los sefarditas traerían las 7 Plagas con ellos o que. Aun más fuerte fue que Pulido esgrimió los estatutos caducados acusando a Pulido de ser de la ralea conversa y pretender judaizar. Es que el problema del converso nunca se acaba.

A fines del Siglo XIX y comienzos del XX, Los judíos  reaparecen en la literatura en castellano, muy bien representados en las novelas de Galdós, Blasco Ibáñez y Concha Espina. No así en las letras barojianas. Pero ese cascarrabias de Don Pio era tan anticlerical que acusaba a los judíos de ser los precursores del Cristianismo (¡!). Más allá de caricaturas barojianas está el triste ejemplo de la obra de la Condesa de Pardo Bazán. En Una Cristiana y una Prueba (una novela publicada en dos partes),   Doña Emilia describe la “prueba” que tiene que pasar su protagonista, un buena cristiana que descubre que se ha casado con un converso.

Es increíble que La Condesa, que defendió  a Dreyfuss y apoyó el Filosefardismo de Pulido (y de su amante Galdós) escriba en 1890 usando los mismos estereotipos que existieron en días de Isabel y Fernando. Para huir de su padre casquivano, Carmiña se casa con un tío que,  por parte de madre,  desciende de cristianos nuevos y descubre que medio milenio no ha borrado los defectos de una “raza deicida”.  El marido le sale avaro, codicioso, lujurioso, y más encima feo y con nariz ganchuda. Carmiña le tiene asco. Solo cuando el monstruo se contagia de lepra comienza a quererle porque ve en velar al enfermo una prueba que el Cielo le impone.

En su pieza teatral El Becerro de Metal, Doña Emilia va más lejos en la historia de unos millonarios sefarditas que se instalan em España para vengar a sus antepasados con su poder financiero.  A diferencia de Larra, Bécquer y Espronceda que perpetuaban estereotipos antisemitas,  pero en escenarios medievales, La Pardo Bazán habla de un escenario contemporáneo, advierte que el peligro converso todavía existe y que traer  a los sefarditas de regreso es un error.

Llevo seis páginas y me he alejado mucho de “Isabel”,  pero es que ese fue el legado del Edicto, una profunda desconfianza por el judío  acoplada con una admiración por la cultura sefardita. La desconfianza aflora cada vez que un judío haga algo que moleste. La amortización de Mendizábal en el Siglo XIX fue adjudicada por los Carlistas a su origen converso. A Antonio Maura, a comienzos del Siglo XX, le gritaron Chueta (apelativo despectivo para los conversos de Las Baleares) en la cara y cierto caballero cada vez que esbozó algo que los tradicionalistas considerarían pro-judío se le recordó que su apellido era de origen converso (la familia acusada de matar al Santo Niño de la Guardia) se apellidaba Franco).

Hablar de los sefarditas y la Guerra Civil y el Franquismo me daría para siete páginas más. Vale solo decir que hubo un Filosefardismo de derechas que no prosperó; que la relación del franquismo con el mundo sefardí fue esquizofrénica; que efectivamente hubo banqueros judíos marroquíes que financiaron a Franco,  y que él salvo judíos del Holocausto (bendito sea por eso). Pero  hasta el día de su muerte, El Caudillo vociferó en contra de la conspiración judeo-masónica  y en los 50,  bajo el seudónimo de Jakim Boor,  escribió artículos dando por cierto el caso del Santo Niño de la Guardia.


Para ser sinceros, los sefarditas para los españoles somos bonitos de lejos. Aun así se han hecho un par de intentos para reincorporarlos a España. El primero fue durante la era del General Primo de Rivera. En un esfuerzo Panhispanista por dar la ciudadanía a todo descendiente de españoles, se creó una ley a la que se acogieron cuatro mil sefarditas. Hasta hoy ni he conocido ni he sabido de ninguno al que se le diera la nacionalidad. Mi bisabuela que llenó papeles en Italia en 1929,  y que incluso vivió en España en los 30, nunca la obtuvo.

Ni la misma Republica aceleró el proceso temiendo recibir capitalistas y banqueros hambreadores del pueblo. Lo judíos que salvó Franco pudieron entrar a España solo como una parada, se esperaba que rápidamente transitaran hacia otros países Y vaya que hubo protestas, sobre todo por parte de La Falange y otros sectores tradicionalistas cuandolos judíos  cruzaban la frontera. Muchos judíos acabaron en campos de detención y trabajos forzados en Miranda del Ebro, y en listas que se pretendía entregar a la Gestapo.

.Hace cuatro años el gobierno de Mariano Rajoy emitió la Ley de Nacionalidad Española que específicamente se enfoca en los sefarditas. En Israel casi colapsó la embajada española con peticiones.

Un año más tarde y con más de mil peticiones por procesar solo tres personas habían alcanzado la nacionalidad, una de ellas una abuelitas parisina de 90 años. Pero en mayo de este año, ya seis mil sefarditas eran españoles  nuevos y se ha estirado el plazo para las aplicaciones hasta 1919.

No sé qué decir, por un lado me alegro, por otro tengo miedo.  Mientras haya sefardíes habrá esa utopía del Kastiyo en Sefarad, pero también si se hacen notar habrá un resurgimiento de ese peligroso  recelo que nos mostró “Isabel.