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lunes, 20 de abril de 2026

Los Locos 20 y la Cultura “Collegiate” (Teen Culture I)



 

Esta investigación que voy a presentarlesnació de mi interés (fustigado por recientes encuentros con Gilmore Girls, Freaks and Geeks y Euphoria) con series de televisión dirigidas hacia un público adolescente. Solo que en mi búsqueda comprendí que antes de los Teen Sitcoms y Teen Dramas, existía un cine enfocado en los problemas y cultura de los jóvenes. Yendo más allá, descubrí que hubo un momento en que la pubertad pasó a ser una etapa intermedia lo que abrió toda una industria de consumo que veía a los teenagers como clientes. Quisiera remontarme en el tiempo y llegar al inicio del Siglo XX para ver cómo nació la Teen Culture (Cultura Juvenil), sus ramificaciones y sus subproductos.

NOTA: Para efectos de esta nota me concentraré en material angloparlante, refiriéndome a otros países cuando sea pertinente.

Cuando no Existía la Adolescencia

Uno de los mayores problemas del público―incluso de los investigadores modernos― es aplicar reglas relativamente nuevas a esos años que hoy llamamos “adolescencia” cuando esta se desarrolla en contextos preteriros. Creemos en una etapa intermedia que el ser humano vive durante la pubertad y que define sus gustos, sus problemas y su personalidad futura. Una sorpresa es descubrir que antes del Siglo XX, no se conocía tal etapa y los humanos dividían sus vidas entre niñez, edad adulta y vejez.

“Joven” era más usado como adjetivo que como sustantivo y se aplicaba, en el caso del varón, a la salud, vigor y energía necesarios para el trabajo pesado y en las mujeres para definir un periodo de fertilidad. En suma, aunque existían en las clases altas ritos de pasaje como el uso de la toga para los jóvenes romanos, el Bar Mitzvah de los judíos o la “puesta de largo” que marcaba el fin de la niñez para las chicas de los países hispano parlantes, el salto de la infancia empujaba a los varoncitos a trabajar como adultos y a las mujercitas a casarse y tener hijos.

                                   Modas para jovencitas de Los 20

A comienzos del Siglo XX, el termino Adolescence era empleado en la literatura científica como la medicina, la sociología y la pedagogía, pero no definía un espacio de experimentación y maduración como lo vemos hoy que prepara al púber a alcanzar la madurez. Eso se debe a que una gran mayoría de adolescentes eran explotados en labores que hoy consideramos solo para adultos. Cuando el historiador Alexis de Toqueville menciona que en America (circa 1840s) no existe la adolescencia se refiere a que niños y jóvenes son parte de la fuerza laboral de la joven nación.

Si revisamos la literatura infantil decimonónica vemos este triste caso desde los niños obreros de Dickens hasta el arquetipo de la institutriz como único destino decente de la chica sin dote. Lo vemos en Louisa May Alcott y recordamos que la autora, debido a los malos manejos y proyectos insensatos del padre, tuvo que emplearse para ayudar a su familia desde una edad temprana.

Al principio de Mujercitas, vemos que a sus dieciséis años Meg ya es institutriz, que antes de los dieciocho, Jo ha sido dama de compañía y vendido (además de su cabello) cuentos a revistas. En cambio las amigas con dinero de las March, solo viven para casarse. Louisa May hace esfuerzos para mostrarnos que las opciones de las March son más loables, pero no es una campeona de la educación formal femenina.

Las March han abandonado la escuela para trabajar o estudiar en casa, como Beth. Solo Amy va a una institución de donde Marmee la retira luego que un maestro la maltrata físicamente. Aunque yo―que odiaba la escuela―aplaudí esa decisión, con el tiempo me sorprendí que Alcott no abogase, a pesar de su feminismo, por la educación de la mujer. Las “mujercitas” son autodidactas, cada una en su talento. Meg ama el teatro, Jo se vuelve novelista profesional, Beth es pianista y Amy se interesa por las artes plásticas.

                                   Amy March es golpeada por su maestro

En Los Muchachos de Jo, vemos que las adolescentes Josie y Bess, son como sus madres. Sueña la primera con ser actriz y la segunda con ser escultora, pero ninguna estudia. La única en hacerlo es Nan que ya está haciendo un internado de medicina, pero queda claro que para convertirse en profesional, la futura doctora deberá sacrificar el amor, el matrimonio y los hijos. Mas o menos la idea que circulaba en Occidente en una época (1880s) en que algunas jóvenes iniciaban carreras universitarias.

La ironía es que las adolescentes de USA trabajaban, fuera sirviendo cervezas en tabernas del Viejo Oeste, ayudando en las tareas agrícolas de las granjas de sus padres, en fábricas y el servicio doméstico donde iban a parar valientes jovencitas que cruzaban el charco. Si en la Canada de Lucy Maud Montgomery, Ana de las Tejas Verdes está enseñando sin estudios pedagógicos, lo mismo ocurrió en la vida real con Laura Ingalls Wilder ,aun antes de cumplir los dieciocho años.


                                       Laura y Anne, maestras adolescentes

Seventeen y el Adolescente en la Literatura

Por eso es absurdo aplicar nuestras reglas sobre matrimonios tempranos o edad de consentimiento a un mundo que seguiría sin saber lo que era ser adolescente (Teen en inglés) sino hasta la Segunda Guerra Mundial. Por eso sorprende que un año antes de que Estados Unidos entre en la Gran Guerra (1916), un escritor reconocido como lo era Booth Tarkington publicase una novela con un protagonista adolescente.

Seventeen, que bajo el título de Edad Florida seria parte de una pila de libros que encontré al lado de mi cama al despertarme en mi decimo cumpleaños, era exactamente lo que me faltaba. Una visión de la tragicomedia de la adolescencia que me esperaba a la vuelta de la esquina y como mayor bono, desde una óptica masculina.



Tarkington crea en William Sylvester Baxter un arquetipo de lo que serán los adolescentes masculinos en cine y televisión del Siglo XX, inseguro, empeñado en parecer sofisticado, derrotado por las flechas de Cupido, un niño que se viste con el smoking del padre y cree que eso lo hará más adulto.

                               Bill Baxter, la joven vampiresa Lola Pratt y el perrito Floppie

Tan novedosa y popular resultó esta novela que inmediatamente se la adaptó al teatro con Jack Pickford (hermano de Mary) y Ruth Gordon en su etapa de ingenue (años antes de convertirse en actriz de carácter y un arquetipo de vecina chismosa/bruja satánica como nos deleitó en El bebe de Rosemary).

                       Jack Pickford como Bill y Ruth Gordon como Lola

 Los Peligros de Ir a la Universidad

Seventeen tenía lugar en el verano y en un pueblo del Medio Oeste, pero la cultura juvenil se estaba creando en otro milieu,  y gracias al advenimiento de la educación superior femenina. Las chicas de clase media y alta ya no se casaban apenas terminada la secundaria. Para las primeras décadas del siglo XX, se había constituido en el Noreste de US, un conjunto de universidades dedicadas a educar jovencitas en las artes liberales: Barnard, Mount Holyhoke, Smith, Vassar, Wellesley, Brynn Mawr, y Radcliffe.

Estos colleges estaban localizados en los alrededores de los centros de la Ivy League. A pesar de la segregación de sexos, había muchas oportunidades para entretenimiento y romance entre los alumnados de esas instituciones.

Así fue que para Los Locos 20, existía un tipo de cultura juvenil  con bailes alocados como el Charleston, música propia con orquestas universitarias como Los Warring Pensylvanians y The Triangle Jazz Club Band (Princeton), donde hasta un estudiante de arquitectura llamado James Stewart entonó un par de canciones antes de irse a Hollywood.



Esta cultura apodada “Collegiate Style” traía también sus propios vestuarios imponiendo modas como los voluminosos abrigos de piel de mapache (racoon coats) que inspirarían una canción de George Olsen. Las chicas universitarias tenían un aura un poco pecaminosa con su habito de fumar en público y  frecuentar bares ilegales (speakeasies) en plena era de la Prohibición y su guardarropa de sombreros cloches y faldas cada vez más cortas que se alzaban en medio del frenético Charleston.



La cultura collegiate tenía su idioma (Cat’s Pajamas, copacetic, etc) y hasta sus fiestas como las infames Necking Parties. Necking era un eufemismo para caricias profundas que no llegaban al coito.




A pesar de que todavía no existía la televisión y el cine no creó Teen Idols en Los 20, era en la pantalla de plata donde las muchachas modernas o flappers  buscaban iconos para copiar vestuario y actitudes. Si bien Greta Garbo era demasiado sofisticada para las adolescentes, el cine les ofrecía imágenes de lo que podían imitar, desde los largos cabellos de Mary Pickford y Lilian Gish que se especializaban en encarnar jovencitas virtuosas (hasta que un desliz las enviaba a la Calle de la Deshonra) hasta las atrevidas melenas cortas de Colleen Moore, Joan Crawford y de Clara Bow, la primera It Girl de la pantalla.

                              Clara Bow como coqueta universitaria

Faulkner y las Universitarias Alocadas

Tan mala fama tenía los universitarios que el mejor escritor estadounidense, William Faulkner, usaría una college girl como la protagonista de su novela más controversial. Faulkner escribió Santuario en 1929, pero solo fue en 1932 que un editor se atreviese a publicarla, así de escandalosa era la novela de quien ya había cosechado fama con El Sonido y la Furia y Mientras Agonizo.



Sanctuary es la historia de Temple Drake, una chica de buena familia que estudia/vive en una universidad de Mississippi y que ya ha cosechado fama de ser ligera de cascos. Una noche,  Temple se escapa de la residencia universitaria con su amigo Gowan, un alcohólico. En busca de una destilería ilegal de whisky, Gowan choca su automóvil contra un árbol.



La pareja encuentra refugio en la destilería que está colmada de gánsteres. Temple y Gowan son secuestrados. Durante la noche, Popeye, uno de los maleantes,  asalta sexualmente a Temple. Al día siguiente, Gowan se marcha, pero Temple queda prisionera de Popeye quien se la lleva un burdel donde la convierte en su esclava sexual



Sin ser gráfica, se trata de una novela chocante, difícil de digerir. Las dos adaptaciones al cine The Story of Temple Drake (1932) y Sanctuary (1960) han sido incapaces de traducir lo corrupto y horroroso del relato. La primera versión causó tanto escándalo que provocó el nacimiento del Código Hays que ejercería censura sobre el cine por décadas.  Hoy se la considera como un gótico sureño, incluso mezcla de drama legal e historia policial. Pocos entienden que se trataba de una fábula con moraleja, de advertencia sobre los peligros de la vida alocada de una flapper universitaria.

                   Lee Remick como Temple Drake e Yves Montand como Popeye

La Depresión acabaría con la Collegiate Culture, pero a fines de los Años Treinta surgiría una nueva cultura adolescente  que crearía sus propios sitios de esparcimiento, nuevas modas y la primera serie de estrellas de cine para que los jóvenes se identificarán con ellas.

BIBLIOGRAFIA

Alcott, Louisa May: Little Women

Faulkner, William: Sanctuary

Rollin, Lucy. Twentieth Century Teen Culture by Decades

Schrum, Kerry. Some Wore BobbySox: The Emergence of the Teenage Girl’s Culture (1925-1945)

Tarkington, Booth: Seventeen.

viernes, 15 de febrero de 2019

Drogas y el Misterioso Hombre Moreno (Louisa May Alcott, III)




Dan Keane de Los Muchachos de Jo no es el único ejemplo en la obra de Louisa May Alcott, de  un individuo de piel oscura visto como  símbolo sexual. Desde el esclavo birracial Bob de “My Contraband”, hasta el tío Alec de Ocho Primos, hay un elogio a la perfección física masculina que va asociado a la piel morena. Incluso Laurie es descrito como poseyendo el cabello oscuro y la belleza bruna del pueblo mediterráneo. ¿Pero de donde salió este arquetipo de Louisa May?

Ya mencioné que al trazar a Dan y a Bess, Alcott describe minuciosamente la belleza física de sus personajes, pero en el caso de Dan llega a erotizarlo. Eso es patente en la escena en que Nan lo hace modelar su cuerpo para que los otros chicos de Plumfield vean” lo que es un hombre”. Además de crear envidias y rivalidades, la doctorcita, con la excusa de ofrecer una lección de anatomía, pellizca, manosea y casi babea, sobre los músculos de su modelo.
“―No creo que te costara romperlos porque debes tener una fuerza colosal. ¿Permites que te toque el brazo? A ver… ¿No decía yo? ¡Eso son bíceps! ¡Mirad, mirad, muchachos, qué dureza y qué desarrollo!”

La descripción del cuerpo de Dan me trajo a la memoria otros textos de Alcott. Hace unos años, cuando, en un círculo de lectura,  leímos Ocho Primos noté que la descripción del tío Alec Campbell era casi de novela rosa.

 Un hombre moreno, vivaz, de chaqueta azul y sin sombrero en la cabeza de cabello rizado, que sacudía de vez en cuando como un perro de aguas; de hombros anchos, movimiento inquieto y un aire general de fuerza …

Olvidándose que se supone que debemos verlo a través de la mirada infantil de su sobrina-pupila, la autora se entromete y nos describe la fortaleza cuerpo del médico naval quien trepa por columnas y entra por ventanas como El Zorro.

Alec es un torbellino en el mundo femenino y ordenado de Rose Campbell. Es un hombre de acción vehemente y casi violento. Arroja por la ventana las medicinas de Rose, riega las plantas con el café del desayuno y viene a transformar la vida de su sobrina como si fuera su pareja. El decidirá como medicarla y como debe vestirse.  Tal como Dan, Alec se siente fuera de lugar en el mundo civilizado compuesto por sus cuñadas y sus tías. Es un objeto exótico y como tal deseable.

El Esclavo como Símbolo Sexual
Aunque Tío Alec es blanco, se nos enfatiza que su piel esta curtida por el sol (“azul y castaño” lo describen sus sobrinos) y cae dentro de ese estereotipo alcottiano del salvaje de piel oscura. Mas descriptiva y especifica es esa imagen en el relato “My Contraband” que Louisa incluirá en su segunda edición de Hospital Sketches. “Contrabando” es como el ejercito Yanqui llamaba a los esclavos fugitivos que conseguían cruzar las líneas del ejército Rebelde.

Faith Dean, una enfermera en un hospital de campaña, recibe de “regalo” un esclavo fugitivo llamado Robert. Faith convierte a “Bob” en su ordenanza. Aunque la enfermera se siente atraída por el esclavo, al que describe minuciosamente, también la repele su humildad propia de un espíritu sometido a la fuerza. A Faith le han encargado el cuidado de un herido sureño. Aunque como buena cristiana quiere perdonar al enemigo ni ella ni Bob aguantan al enfermo.

Es fascinante como en este breve cuento, la puritana Louisa establece un tono de violencia sexual y describe lo erótico que puede ser un cuerpo masculino. Robert es producto de la violencia. Es hijo del amo blanco violador. El herido es su medio hermano "Master Ned" . De la familia paterna Bob solo conoce abuso. Lo vendieron, separandolo de  su esposa Lucy quien fue violada por  Ned lo que la empujó al suicidio.
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 Faith debe usar toda su labia para impedir que Robert mate al herido. En el proceso  comienza a mirarlo como hombre, alguien a quien puede respetar y ver como un igual.  En el episodio cuando debe encerrarlo para impedir un crimen, notamos que la pasión tras sus exhortaciones nace del miedo de convertirse en blanco de la violencia del ex esclavo, pero también de lo admirada que está por la sensualidad que exuda un Bob furioso.

Finalmente lo convence y  le da dinero para que huya. Intercambian cartas, Bob ahora es soldado en el 54th de Massachussets, el famoso batallón de ex esclavos que vimos retratado en “Glory”.  Ha adoptado el apellido de su benefactora. Ned también ha huido y se ha reintegrado a su ejército. Ambos mueren  en batalla.

Mas allá de las ideas abolicionistas de Louisa May Alcott aquí tenemos un personaje recurrente. Antes de Mujercitas, Louisa escribe otro relato simplemente titulado “M.L.”, la historia del romance entre una millonaria blanca y un musico de color. De nuevo esa necesidad de convertir al afroamericano en un objeto sexual.

 ¿De dónde salió este personaje? ¿Conoció a un “contrabando” en su experiencia como enfermera de campaña? En algún ensayo o diario leí un recuerdo de Alcott que una vez, en su infancia, se cayó a un rio y fue rescatada por un muchacho negro. Entremedio de su gratitud, Louisa notó el cuerpo atlético de su benefactor, pero eso no es suficiente.

Sa sabe que Los Alcott convirtieron su casa en una de las paradas del Underground Railroad, la línea de rescate que debían seguir los eslavos fugados. En una ocasión entre ellos y Thoreau, ocultaron a un fugitivo, un acto que no solo atraía oprobio de vecinos sino también, era penado por la ley. En el Norte, aunque la esclavitud estaba prohibida, el racismo era rampante, y aún más después de la guerra.

La carrera de docente de Branson Alcott acabó cuando cerraron su escuela por insistir en integrar a una pequeña afroamericana a su clase. Durante la guerra, una enfermera se escandalizó al ver a Louisa cargar un bebé de color en brazos y la tildó de ‘Fanática”. Para la segunda edición de Hospital Sketches, los editores le rogaron a Louisa que redujese sus quejas sobre los Confederados y otros temas controversiales, porque deseaban vender esa obra en el Sur.

Louisa trató socialmente a varios afroamericanos influyentes. Se sabe que conoció a Harriet Tubman y que Robert Douglas y su esposa eran amigos de Los Alcott. Louisa compartió banco con Los Douglas en el funeral de Wendell Phillips y es más que posible que en Roma haya alternado con la famosa escultora afroamericana, Edmonia Lewis, que se movía en los círculos que Alcott frecuentaba. Sin embargo, otra autocensura de Louisa May es no tratar personajes ‘étnicos” en su obra.
Edmonia Lewis

Puede escribir sobre alemanes, o a crear un retrato un poco estereotipado del chinito Fung Shee en Ocho Primos y Rosa en Flor, pero no incluye personajes ‘oscuros” ni nativos, ni mediterráneos. Los protagonistas de cuentos como “An Hour” (donde relata el romance entre un blanco y su esclava); “Mi Contrabando”, Y “ML” serán excepciones. En sus novelas subsiguientes solo aparecerán como personajes terciarios como Hepsey en Works y la Tía Asia en Hombrecitos.
Lillian Randolph como la T'ia Asia en Hombrecitos

La Fantasía del Marido Español
Durante su enfermedad, el mercurio provocó terribles pesadillas a la escritora. Louisa nos cuenta que se veía como bruja ahorcada por los puritanos, arrastrada por una multitud por las calles de Baltimore, lapidada, visitando Cielo e Infierno, adorando al Diablo y aquí viene la peor pesadilla.
 Louisa sueña que está casada con un español villano y lascivo que la acecha sin darle paz. Ella intenta huir, intenta cerrarle la puerta, pero él entra por la ventana (como el Tío Alec), se le aparece por los rincones. No se necesita ser siquiatra freudiano para ver las connotaciones sexuales de este sueño. ¿Pero de donde sacaba Louisa, que no había viajado más allá de Boston, a este personaje? 

En su primer viaje a Europa, Louisa no llega a conocer el mundo mediterráneo, pero en su lúgubre estadía en Niza describe el hotel como lleno de huéspedes italianos, españoles, judíos (y un nativo de las Islas Sándwich). En Mujercitas, Louisa incorpora al español de sus pesadillas en al villano Hugo en la obra de teatro que, montan las March. En “My Contraband” describiendo el rostro de Bob, Faith  dice que tiene rasgos anglosajones y españoles.
June Allyson disfrazada de Hugo en Mujercitas (1949)

Acabo de notar que la descripción física de Laurie no corresponde a la de Laddie (esta se la otorgó la autora al violinista Nat de Hombrecitos) Se dice que Laddie es moreno, de cabello ensortijado. Esto y su carácter rebelde, lo ha heredado de su madre, una pianista italiana.

 Cuatro años después de publicada Mujercitas, Louisa se embarca para Europa por segunda vez. En Roma se queda casi medio año, rentando un piso de seis habitaciones. Se puede decir que para su regreso tiene bastante experiencia con italianos y hombres de tez tostada. En 1878 emprende su último viaje a Europa y comenta que el hotel suizo está colmado de conspiradores españoles (eran los días de la Primera República y de la Restauración). ¿Qué momento de estas experiencias, inspirará a Louisa a diseñar su arquetipo del salvaje sexy pero peligroso, de piel oscura?

En su introducción a Alternative Alcott, Susan Showalter nos da algunas pistas al interpretar las pesadillas de Louisa. A pesar de que cae en la trampa de creer en teorías sobre la ambivalencia sexual, la fijación edípica en el padre y la supuesta relación homoerótica con Marmee (¡Oy Veh Zmir!) de la escritora, Showalter nos lleva al retrato físico de Louisa, a su piel olivácea y cabello oscuro (heredados de Abba). Curiosamente, aunque vemos esa belleza morena en un daguerrotipo de Louisa a sus veintitantos años, los retratos futuros la muestran casi rubia. ¿Se teñiría el cabello?

Aparentemente, Louisa estaba incomoda con su propio look moruno. Esto se debe a que Branson Alcott consideraba que la gente de cabello oscuro y piel morena era “peligrosa”.  Ahora entendemos la relación ambivalente de Louisa con pueblos de piel cetrina.

También Showalter nos cuenta que la idea de ser apedreada por las buenas gentes de Baltimore es un eco del recibimiento, a piedrazo limpio, que les dieron al 54th de Massachussets cuando las tropas negras pasaron por Maryland. Louisa siempre se consideró “una bruja”, Algo común en mujeres transgresoras y que eligen vidas alternativas. En cuanto al satanismo es un tema que aparece en sus novelas clandestinas. Tanto la heroína de A Long Fatal Chase como el faustiano protagonista de A Modern Mefistófeles han pasado por un tipo de entrega de sus almas al diablo.

Louisa Drogadicta
Cuanto más leo a Louisa May Alcott—a pesar de que hay paralelos con mi vida— me considero afortunada. ¡Qué persona tan desdichada!  La fama y la fortuna le llegaron cuando estaba enferma y avejentada. Su familia, principalmente el padre, estuvo colgada de ella toda su vida. Se vio forzada a escribir una literatura que despreciaba para mantener un tren de vida que la alejase de las miserias que sufrió en su infancia y juventud. Hizo de la autocensura un modo de vida. Vivió envidiosa de su hermana May que atropelló convencionalismos y vivió como quiso (a costa de Louisa).

Pocos saben que Alcott antes de morir fue presa de problemas digestivos tan fuertes que expertos han especulado que pudo tratarse de cáncer estomacal. Se sabe que no podía consumir carne, en realidad no podía tragarla. Le traían el asado cortado chiquito, y mascaba y chupaba los trocitos para luego escupirlos. Se entiende que con tantas dolencias haya recurrido a paliativos que hoy reconocemos como drogas adictivas.

En la época de Louisa May Alcott el hachís o cannabis era considerado un producto inofensivo. Al igual que la cocaína, podía mercarse en cualquier farmacia. Los más exóticos lo aspiraban a través de hookas, esas largas pipas orientales, pero normalmente era consumido en forma de bombones (¡!!) Esta drogadicción social aparece en algunas obras clandestinas de Louisa May como un hábito placentero.

“¡Bendito sea el hachís!” exclama un personaje. La planta de cáñamo, aparentemente (a mí la mariguana solo me provocó vómitos y diarrea cuando la probé) causaba euforia, accesos de energía y otros efectos positivos. En Un Mefistófeles moderno, Gladys que ha sido drogada en contra de su voluntad, es descrita como más bonita después de la experiencia. ¡Vaya si Louisa no estaba promoviendo una cultura de la droga antes de La Revolución Hippie!

Diferente era el caso con el opio que, ya a mediados del Siglo XIX, era reconocido como adictivo y nocivo, pero los médicos no tenían otro analgésico para el dolor. Louisa consumió láudano en el último cuarto de su vida para combatir su insomnio crónico.  Desde Roma, en 1870, le escribe a su padre que por fin ha podido dormir sin opio, pero sabemos que el láudano fue su compañía hasta la tumba.
Hasta los beb'es se les daba laudano para dormir.

 Con todos estos factores es comprensible que el carácter de la escritora se agriase, que cayese en contradicciones como el que ella, que en su obra tanto criticase los castigos corporales, le diese sus azotes a Lulú (que más tarde confesaría ser una niña infernal). Con todo el cariño que sentía por su hija, Louisa ya no tenía paciencia para tratar con niños.

Otra ironía es que llena de tristeza por su juventud malgastada, por las oportunidades que la vida le ofrecía cuando ya no podía disfrutarlas, y, sobre todo, por las paparruchas morales que debería escribir, Louisa se volvió un árbitro de la moral pública. Se sabe que era abogada de la Temperancia, una causa subordinada al feminismo estadounidense decimonónico. Aunque promovía el cannabis en su obra, y consumía láudano en privado, Louisa lanzaba diatribas contra el alcohol y los establecimientos que lo servían.

También Alcott fue propulsora de la idea de boicotear Las Aventuras de Hukcleberry Finn. En ese entonces la novela de Mark Twain no era criticada por su racismo, como hoy día, sino por su lenguaje, tildado de obsceno, y porque en las palabras de Alcott las aventuras del pícaro Huck, muchas fuera de la ley, podían corromper "las puras mentes de nuestros niños y niñas”.

Es en este marco que debemos contemplar el significado de Jo’s Boys iniciada con tanta energía (estimulada por el hachís supongo) y esperanzas, que presenta tantas ideas, tantos géneros, tantas posibilidades, solo para que su creadora descubriera que la misma personalidad que se había forjado la obligaba a darle un final “moral” apropiado. Esta obra es el mejor ejemplo de la tragedia de Louisa May Alcott.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Los Muchachos de Jo: El poder de la autocensura (Louisa May Alcott II)



En otro blog mencioné la desilusión provocada por mi primera lectura de Jo’s Boys, el ultimo capítulo de la saga de La Familia March, pero después de investigar vida y obra de la autora, he descubierto que es un texto muy interesante donde Louisa May Alcott elabora su interés por el arte de escribir. Es en este texto donde Jo March-Baher recobra el uso de la pluma, pero también es una obra que transmite el dilema de la autora entre escribir cuentos moralistas para chicos y su afición por los” inmorales” esquemas sensacionalistas.

Casi 20 años pasaron entre Mujercitas y Jo’s Boys. Toda una generación había madurado esperando el capitulo final. El libro fue un bestseller de ventas, pero con el tiempo, los fans de Alcott hemos aprendido a verlo como un esfuerzo baldío, una obra menor. La misma autora nos revela en su última página el ennui que le provoca alcanzar una conclusión. Gime que quisiera inventarse un terremoto que sepultara a Plumfield y a sus habitantes. ¿Tan mal le caían sus personajes?

Una Novela Feminista
Tras muchas relecturas y viendo el estado de Louisa al escribir esta obra puedo afirmar que la escribió con la intención de redimir a Jo y de esbozar en papel las ideas feministas que ocupaban su mente. Como una visión del feminismo estadounidense de fines del siglo XIX, Jo’s Boys es un documento importante.

Los Chicos de Jo tiene lugar en el Massachussets de los 1880. Plumfield ahora se ha convertido en Laurence College, una universidad (salida del bolsillo de Laurie) tan aventajada que hasta tiene una facultad de medicina donde estudia Nan y donde la ha seguido su devoto enamorado, Tom Banks. Nan es un epitome de la feminista y “New Woman”; devota de su carrera; llena de conciencia social y de preocupaciones relacionadas como higiene, nutrición y vida sana; y que aborrece el matrimonio. Todos los que la rodean la apoyan, menos Tommy por supuesto. ¡Cuando finalmente este anuncia su compromiso, Jo aúlla “¡nunca perdonaré a Nan por rendirse!” Pero Tom se ha comprometido con otra chica.

Louisa May Alcott que pudo casarse varias veces, nunca lo deseó. Su mayor razón fue el terrible ejemplo de matrimonio que vio en sus padres. Al menos en su caso, ella sentía que marido e hijos no eran compatibles con su trabajo. La ironía es que Louisa tuvo un “marido” hasta dos días antes de su muerte: su padre, Branson Alcott, quien en sus últimos años sufrió de parálisis y de la perdida de otras facultades. También, ocho años antes de morir, Louisa adoptó a su sobrina Lulú a la que crió como una hija.

En su obra, Louisa May crea una Jo reina del multitasking, sobre todo en Hombrecitos, pero la priva de su oficio, algo que repara en Los Muchachos de Jo. Plumfield pasa por una mala racha. Para poder recaudar fondos, Mrs. Baher recuerda que sabe escribir. A la carrera, redacta una novela que se convierte en un bestseller. De pronto Jo March-Baher es rica y famosa. Docenas de fans y periodistas descienden sobre su escuela para entrevistarla.
T'ia Jo (Elye Cushie para la Colección Robin Hood)

Esto es un reflejo de lo que Alcott había experimentado por décadas. La diferencia es que Jo ha logrado compaginar familia, matrimonio, docencia y literatura. En realidad, Jo ha elegido sus prioridades. Pospuso su arte al casarse para dedicarse a otras labores tan admirables y necesarias como las letras. Louisa se sentía incapaz de dejar de escribir, porque ahí se le iba el sustento de su familia.

En Jo’s Boys, aparece el personaje de Alice. Como la mejor alumna del plantel, se esperaría que eligiese una profesión, pero Alice tiene un padre enfermo. Para colmo, a MedioBrooke (ahora llamado “John”) se le ocurre pedirle en matrimonio. Alice escucha a Daisy y Jo hablar sobre ese compromiso. Jo cree que Alice es capaz de elegir sus prioridades, y posponer algunas, pero que al final podrá alcanzar todas sus metas.
Alice y MedioBrook (Elye Cushie)

Además de la perspectiva feminista de su tiempo que convierte al libro en un texto respetable, Louisa May Alcott se sentía atraída por tendencias que iban más allá de sus ideas y plataformas políticas. En Los Muchachos, la autora intenta combinar géneros de una manera coherente, pero al tropezarse con su obligación de dar una lección moral (que era parte de la militancia feminista de su mundo) a sus lectores se siente trabada en su proceso creador.

En el cuento de Josie, Alcott, intenta recuperar su inclinación hacia las artes dramáticas; al enviar a Nat a Europa, explora el mito del “americano ingenuo” atrapado en la red de malevolencia continental, tema ya explorado por Henry James (quien apodaría a Louisa May Alcott “La Trollope de la sala-cuna). En el naufragio de Emil, la autora recala en la novela náutica y con el episodio de Dan—lo más interesante de la novela— inventa la literatura del Oeste que en ese entonces no pasaba de los Penny Dreadful.

Ese es el conflicto de Louisa May. ¿Puede jugar con el pulp fiction cuando se espera que sea lo que siempre ha sido, una escritora didáctica y moralista? ¿Puede combinar otros géneros con el juvenil? Eso la mortifica y la lleva a darles finales torpes a sus cuatro experimentos. Comencemos con Josie.

Josie y El Peligroso Mundo de las Tablas
Josephine “Josie” Brooks, es la hija menor de Meg March. A sus quince años es muy parecida a su tía-tocaya a esa misma edad. Solo que la obsesión de Josie es el teatro. Sabemos que Louisa amó ese mundo, hizo amistades en él, y jugó a ser dramaturgo, pero también soñaba con emular a su ídolo, Fanny Kemble, la actriz mas famosa de su juventud.


Fanny Kemble

Otro ídolo de Alcott, a quien conoció en su interludio romano, fue Charlotte Cushman, famosa tanto por su talento como una breeches (pantalones)— así se llamaba a las actrices que se vestían de varón e interpretaban roles masculinos— como por sus affaires lésbicos. En Jo’s Boys, Alcott crea un personaje, “Miss Cameron”, que es un compendio de Kemble-Cushman.
Charlotte Cushman

Josie es apasionada, feminista, y determinada a aparecer en el escenario. En un balneario, en compañía de su prima Bess, se entera que su ídolo Miss Cameron ha tomado una casa veraniega cercana. Su oportunidad de conocerla llega cuando rescata del mar el brazalete de la actriz. La agradecida Cameron se digna a darle una entrevista.

Durante la entrevista, Josie, que es una conocedora del teatro shakesperiano, recita una escena de Porcia de El Mercader de Venecia, el monologo de Ofelia, en Hamlet, y acaba con su mayor orgullo, el lamento de Julieta en la cripta. Aunque Miss Cameron ha quedado complacida con el comienzo, la escena de Julieta la mata de la risa. Le dice a Josie que ese no es un rol para su edad y que una chicuela de quince años no sabe nada del amor. Ahí escuchamos la voz de la autocensura y el sermón ineludible.

Para comenzar, Julieta tenía catorce años, y aunque ese rol fuese representado hasta hace poco por actrices veteranas, el teatro de entonces estaba colmado de actrices adolescentes. Susan, la hermana de Cushman, se había casado a los catorce años. Abandonada por su marido, a la edad de Josie, Susan se adentró en las tablas como pareja de su hermana precisamente en Romeo y Julieta.
Las Hermanas Cushman en Romeo y Julieta

Aquí también nos enfrentamos con un desagradable prurito de Alcott de exigir que sus personajes, de entre catorce y dieciséis años, sean eternas niñas. Eso en un mundo donde las chicas se casaban jóvenes, tenían hijos en la adolescencia y trabajaban ya a esa edad.

He llegado a reconocer en esa ambigua y controvertida frase “niñas de las que me he enamorado” que Louisa se refiere a sus personajes a los que ella desearía preservar del dolor y obligaciones del amor y la maternidad. Para lograrlo deben permanecer siempre en un estado infantil. A eso se debe la existencia de personajes Peter Pan como como Jo, Polly Milton de Una Chica a la Antigua y la protagonista de “El Secreto de Sofia” que a sus dieciséis años todavía se considera una niña.
Polly,  de catorce años,  es retratada como una nena de nueve

Miss Cameron aconseja a Josie que haga de la obediencia a sus mayores y de sus estudios su prioridad, y que ya habrá tiempo para el teatro. ¿Queee? Esto es peor que Baher coartando el espíritu literario de Jo. La destrucción de las legítimas aspiraciones de una jovencita talentosa es muy desmoralizante.

Alcott bien pudo haber llevado a Josie a vivir la aventura de buscar empleo como actriz. Ella conocía ese mundo, pero no se atrevió. Por un lado, a pesar de que el teatro shakesperiano era un espectáculo respetable, no lo era el estilo de vida de los actores. Alcott no podía mandar a un miembro de La Familia March a ese antro de perdición. Su opción es un final rebuscado.

Entra Jo, la que hace milagros, escribe una obra, pone a Josie de protagonista e invita a Miss Cameron a la puesta en escena. La actriz admirada, le da clases a Josie y la convierte en su amiga (como si lucirse en escena hiciese madurar a la novel actriz). La autora nos asegura que Josie hará una brillante carrera y “un buen matrimonio”. Como si Josie alguna vez hubiese mostrado interés en casarse.
Josie persigue a Teddy (ilustración de la edición de 1949)

¿No hubiese sido más interesante ver a Josie buscar suerte en diversos géneros, convertirse en alguien como Lilian Russell, o una Josephine Marcus que se llevó su teatro al Oeste y terminó casada con Wyatt Earp? En un momento de la novela, cuando hablan de la mítica comunidad que Dan planea construir en el Oeste, Josie exige su propio teatro.

Lillian Russell (1903)

Siguiendo con los prejuicios, Miss Cameron aprovecha de felicitar a Jo por no escribir opereta buffa y “dramas de sociedad”. Ahí surge el prejuicio contra el teatro moderno. Un año antes de la publicación de Los Muchachos, Gilbert&Sullivan habían puesto en escena The Mikado, hoy considerada una joya entre las operetas. El desprecio de Alcott alcanza al drama de sociedad del joven Oscar Wilde que había visitado Estados Unidos en 1882, y el de Ibsen cuya Casa de Muñecas ya había abierto en suelo americano ¡y nada menos que en Milwaukee!
                                Three Little Maids de The Mikado
El Americano Ingenuo
No es solo con Josie que la autora pierde una oportunidad de contar algo novedoso. En Hombrecitos conocimos a Nat Blake, el violinista que Laurie recoge de la calle y que encuentra su hogar en Plumfield. Desde entonces Nat y Daisy Brooke desarrollan una amistad que se convierte en amor. 
Daisy y Nat en la versión animé de Hombrecitos

Pero al camino les sale Meg que se ha vuelto mamá de telenovela y quiere que su hija mayor se case con un millonario. Laurie acude en ayuda del chico, ofrece pagarle los estudios en Europa y cuando sea un famoso violinista pueda volver a buscar a Daisy.

Si recuerdan a Nat era un chico frágil, ingenuo, y, como vimos en Hombrecitos, dado a las mentirijillas. Tía Jo lo siente débil y no confía mucho en su talento. Desembarcado en Leipzig, con los bolsillos llenos de dinero Laurence, Nat no le demuestra que se equivoca. Se ve rodeado de aduladores y estafadores que creen que todo lo que viene de America está forrado en oro.

Nat comienza a gastar a manos llenas, y a fingir ser un potentado.  Una señora que quiere un yerno millonario lo empareja con su hija MInna. Nat hasta se olvida de Daisy. Todo acaba cuando acaba el dinero. Minna, aunque se ha enamorado, debe decirle adiós. 
Minna se despide de Nat (Elye Cushie)

El avergonzado Nat acaba tocando el violín en tugurios y dando clases de inglés. Pero aparece una oferta milagrosa para ser primer violín de una orquesta en Londres. Nat vuelve a casa, convertido en un triunfador, y hasta Meg lo acepta como parte de la familia.

Henry James ya había publicado Daisy Miller y El retrato de una dama que Alcott seguramente había leído. Se nota un intento de mostrar los peligros que Europa representa para la moral y el bolsillo del turista ingenuo, pero nuevamente se obliga a darle a su fabula un final de cuento de hada. Yo creo que hubiese preferido casar a Nat con Minna o hacer que Daisy se fugase de la casa de muñecas y se fuese a Europa a buscar al novio.

Emil, El Naufrago
Emil y la Tía Jo (Elye Cushie)

Mas compleja es la historia de Emil Baher, el sobrino de Fritz a quien Jo ha criado. Fiel a su sueño infantil, Emil se hace a la mar como contramaestre de un barco. El lenguaje de Emil, y la descripción de su viaje y naufragio, demuestran que Louisa May tenía familiaridad con la ficción marítima. 
Obvio que había leído a Herman Melville y al Capitán Marryat, pero también puede haber leído La Isla del Tesoro publicada en 1881, y El naufragio de la Grosvenor de William Clark Russell.
Mary durante el naufragio (Elye Cushie)

Lo mas fascinante del naufragio de Emil es que comparte su ordalía con la hija del capitán. Después de su rescate, Mary y Emil se casan. De visita en Plumfield, Mary es firme en su decisión de seguir sus correrías náuticas, ahora en compañía de su marido. Ahí tenemos para cien aventuras más…que Alcott no nos cuenta.

Dan, El Noble Salvaje
Dan en el animé de Hombrecitos

El caso más frustrante es el de Dan, el mejor personaje masculino de Louisa May (aparte de Laurie).  En Hombrecitos conocimos a Dan Kean, un chico de la calle, medio delincuente, que protege a Nat en sus días de orfandad y acaba en Plumfield, a pesar de los reparos del profesor Baher. Tras varios pecadillos, el fin de la estadía de Dan ocurre cuando es acusado (injustamente) de robo. Después que Dan huye, se descubre al verdadero ladrón. Un año más tarde, un cojo y hambriento Dan es ‘recuperado” por Jo que lo convierte en un hijo más.
Dan es atendido por los Baher. 

Dan aparece casi intempestivamente en Jo’s Boys. La criada intenta expulsarlo, Jo no lo reconoce. Parece que, en dos años de ausencia, no solo ha crecido, también se ha oscurecido. Lo mas chocante para nuestra sensibilidad moderna es cuantas veces alude la autora al color de piel de Dan culminando en la exclamación de Josie: “¡eres grande y negro como los villanos del teatro!” 

NOTA: Veo que las traducciones modernas han bajado el tono de esa frase. Pero la original, que todabia se puede leer en Gutemberg dice asi . "You look about thirty, and as big and black as a villain in a play. "

La llegada de Dan provoca un alboroto, sobre todo entre las chicas. Con sus historias y presencia opaca a Emil. Si el marinero ha traído collares de coral y conchitas para las primas, Dan les trae trajes de indias y pieles de animales que ha cazado. El motivo indígena es importante en relación al viajero. Jo siempre ha sospechado que Dan tiene sangre india y eso explicaría su piel cobriza, pero además en su libro, Alcott hace lo impensable: una defensa del nativo americano.

A solo dos años de la publicación de Ramona de Helen Hunt Jackson, Alcott sigue la línea indigenista de esa obra al poner en boca de Dan un panegírico del indio norteamericano, principalmente de tribus pacificas como las que él denomina” Indios Montana” (no existe tal tribu probablemente se refiere a los Cheyenne). Si pensamos que había pasado menos de una década desde la muerte del General Custer en la Batalla de LittleBighorn; que Gerónimo en ese momento tenía a los Apache en pie de guerra en Arizona; y que para muchos blancos el único indio bueno era un indio muerto, este elogio a los Primeros Americanos es totalmente radical.

 Dan nos relata cosas que Alcott no puede haber leído en las novelitas de diez centavos tales como la corrupción entre los Indian Agents (blancos a cargo de servir de enlace con la tribu y vigilar que estas recibiesen los beneficios que el gobierno les aseguraba a cambio de dejar que les robasen su tierra y su libertad). Cuando Dan expresa su deseo de convertirse en agente indio, el Profesor Baher le aconseja no hacerlo, un agente honesto entre corruptos no tiene ninguna oportunidad de hacer el bien.
Caricatura de un Indian Agent enriqueciendose a costa de los indios

El libro nos da información sobre la vida de los Indios de la Pradera que Alcott tiene que haber sacado de otras fuentes que los Penny Dreadful. Hasta donde sabemos, nunca estuvo en el Oeste ni se entrevistó con nativos. Pero, cuando Dan se queja que los encargados de asuntos indígenas privilegian a los Sioux porque les temen (esto escrito cinco años antes de la Masacre de Wounded Knee) y no a los Montana a los que ven como humildes y pacíficos, uno se imagina que es algo que la autora tuvo que oír de boca de algún conocedor del tema.

Dan no solo ha vivido con los indios. A juzgar por el traje de charro que luce en las fiestas, ha estado en México. Ha criado ovejas en Australia y bscado oro en California, especulado con las ganancias y hasta probado las mesas de juego de la Barbary Coast. Como nos dicen a cada rato, es un aventurero, un hombre, no un niño como los demás “Muchachos” de Jo.

Aunque Jo (y por extensión Louisa) ama a Dan como a un hijo, tiene claro que es demasiado salvaje para vivir en un mundo urbano. Lo anima a regresar al Oeste, inclusive a casarse con una squaw. Uno siente que lo ve como al monstruo de “The Shape in the Wáter” y teme que se coma a la gata Pandora. En este caso la gata se llama Bess.

Tal como en su infancia, Bess sigue causando un efecto benéfico sobre los que la rodean y deslumbrando con una belleza exquisita. En el caso de La Niña Laurence, Louisa por primera vez describe a un personaje femenino como un epitome de perfección física, y eso que se trata de una chicuela de quince años. Si con Josie, la autora retoma su leitmotiv de que las quinceañeras son niñas, lo abandona con Bess. La retrata como madura, sensible, tan perfecta que provoca una guerra de celos entre Amy y Laurie quienes se disputan la atención y compañía de su única hija.
Josie, Dan y Bess (Elye Cushie)

Alcott nos presenta a Bess encerrada en su estudio de escultura, devota de su arte, olvidada del mundo, como Rapuncel en su torre. Tiene que venir la tía Jo a insistir que tome aire, que comparta la música del padre (además de su talento por las artes platicas, Bess posee una voz privilegiada). Según Jo y Laurie, Bess pertenece al mundo, pero tenemos la impresión de que alguien tan perfecto debe mantenerse alejada de la luz, que se puede quemar o quemar a otros. Eso ocurre cuando Dan la ve. Queda impactado.

Lamentablemente, Alcott recae en ese tropo estadounidense que hemos heredado en el mundo occidental tras presenciarlo en mil comedias románticas hollywoodenses. Una pareja debe comenzar discutiendo, arranchándose en sus posturas y expresando su simpatía con sarcasmo.  La “guerra de los sexos” de Dan y su rubia es provocada por las burlas de él hacia el arte de Bess y sus sueños de ir a Europa a ilustrarse con lo clásico. Aunque Bess es demasiado dama, y muestra interés en ir al Oeste a explorar las posibilidades artísticas del paisaje, denota su molestia en cierta cortes frialdad.  “Amoscada” es como describe el traductor su incomodidad con quien irrespeta sus objetivos y sueños.

Sin embargo, Dan y Bess pasan mucho tiempo juntos. Tanto que en una ocasión en que Bess escucha transfigurada las aventuras del salvaje, Laurie los apoda “Otelo y Desdémona’ sin comprender las repercusiones de su comparación. Jo es mas astuta y se alegra que Dan se ponga en camino a Kansas.

En el Oeste, Dan, por defender a un amigo, mata a un hombre. El temor de Jo, se hace realidad, su muchacho cae en la cárcel. A pesar de que el juez solo le da un año, debido a que fue muerte accidental y en autodefensa, estar encerrado una ordalía para Dan, un espíritu libre. Alcott retrata brevemente como eran las cárceles de entonces. Dan sobrevive avergonzado, pero se esmera en ocultar su desdicha a la gente que lo espera en Plumfield.
Dan en la cárcel (Elye Cushie)

Al salir, busca empleo en una mina. Durante una inundación se convierte en un héroe al rescatar a sus compañeros. Finalmente, estas noticias llegan a los Baher. Laurie y Teddy parten a buscar a Dan que ha quedado malherido. En el hospital, Laurie, a juzgar por los delirios de Dan, llega a la conclusión de que ha pasado por experiencias terribles, pero no se imagina cuáles.

Dan es llevado a convalecer a Plumfield donde Bess se convierte en palabras de la autora en “la enfermerita más encantadora del mundo”. La Niña Laurence se la pasa con Dan leyéndole lo más granado de la poesía romántica alemana incluyendo El Caballero de Aslauga de Fouque. La sagaz Tía Jo se da cuenta que para Dan, Bess es Aslauga.

 Dan termina confesándole a su benefactora su estadía en la cárcel y su amor por Bess y como en su celda la recordaba como “una estrella’ que guiaría su camino. Si, muy romántico, pero esta Aslauga está a punto de ser escondida en un estuche de arpa. NOTA: para quienes no sepan quien es esta reina de saga nórdica, es la Aslaug de “Vikings”.
Alyssa Sutherland como Aslaug

Aquí entra lo que me hace chirriar los dientes. Jo vehementemente intenta disuadir a Dan de cualquier idea romántica con Bess. Se va corriendo donde Amy, le cuenta lo que ocurre, incluyendo el prontuario criminal de Dan. Amy agarra a su cría y huyen a Washington. Bess apenas alcanza a despedirse de Dan. Ella cree que volverán a verse, él sabe que no.

Dan le planta unos besos que la hacen sospechar sus sentimientos, pero Jo la convence que el enfermo está de duelo por un amor perdido y así la distrae. Para cuando Bess regresa, Dan ya se ha ido. Por segunda vez, los prejuicios lo han expulsado del “mundo civilizado”.
Dan se despide de Bess (Elye Cushie)

Así llegamos a ese final que la misma autora repudia: un final donde todos reciben castigo y recompensa. Stuffy, por tragón, muere joven.; el travieso Teddy termina de pastor de almas; Bess hace “un buen matrimonio”.  ¿Esa es su recompensa? Y Dan cae en batalla con la caballería defendiendo a los indios. Cursilísima, esa imagen final de él agonizando en un bosque con” el rizo de Aslauga” en la mano. Con razón, Louisa se enfermó del estómago después de escribir tanta patraña.

Obviamente cuando comenzó la novela Alcott deseaba enviar a Dan a cabalgar hacia el horizonte, dispuesto a convertirse en el nuevo “Baila con Lobos”, con Bess en la grupa lista para ir a pintar (antes que Jessica Chastain) a Toro Sentado. ¿Hubiese estado bonito no?  pero esa obligación de escribir fabulas con moraleja la detuvo.

¡Pobre Louisa! Toda la vida fue presa de esa manía de Branson de que sus hijas no solo debían ser ejemplos de moral, sino también ser felices por serlo. Ella nunca fue feliz, su desdichada dualidad se plasmó en Jo’s Boys. Es triste que nuestro último recuerdo de Las Hermanas March sea como mujeres entrometidas, preocupadas de las apariencias, clasistas y hasta racistas.