Mostrando entradas con la etiqueta BBC. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta BBC. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de noviembre de 2024

De Brideshead a Mayapore: La televisión inglesa de Los 80

 


Es extraordinario que, en los primeros cinco años de una sola década, en Inglaterra se hayan hecho dos de las 20 mejores miniseries de la historia de la televisión. Casi tanto como que los cinco años siguientes haya comenzado una paulatina decadencia que se acentuaría en Los 90,  dejando de ser la BBC (y la ITV y la ITC) la mejor fábrica de programas televisivos del mundo.

Un motivo de la decadencia puede haber sido el surgimiento de canales de cable que ofrecían más distribución y dividendos que la BBC. No sé cómo sería en el resto del mundo. En USA ya para el final de Los 80, la PBS, que había sido la principal distribuidora de los programas británicos,  tenía fuerte competencia. Las compañías de cable ahora traían canales como A&E, Discovery y a partir de 1994, History Channel,  que acaparaban documentales y hasta series. Cuando llegué a Chile descubrí que si quería ver algún programa ingles tenía que recurrir (tal como hoy) a Film&Arts. Eso me hizo perderme casi veinte años de series inglesas.

Donde más sufriría la programación de la PBS seria en documentales, ya que ahora no solo los ingleses los hacían y aun estos tenían más canales para su distribución. Eso aun no sucedía en 1980 cuando el gran éxito de la televisión inglesa fue un documental sobre arte moderno llamado The Shock of the New. El crítico de arte australiano, Robert Hughes  era el host de este programa tan exitoso que llevó a la publicación de un libro que The Guardian incluye en su lista de los mejores cien libros que no son novelas.



Brideshead y la nueva Anglofilia

Al año siguiente, debutaba en pantalla la mejor serie de ficción hecha en Inglaterra. En ocho episodios, esta adaptación de la novela de Evelyn Waugh cambió la fisonomía del seriado limitado, otorgándole más respetabilidad que la obtenida por exitosas series como La Saga de los Forsyte y Upstairs Downstairs. Tanto así que la PBS no la presentó en su Masterpiece Theatre sino en su espacio Great Performances, dedicado a las artes,  y que normalmente ofrecía teatro, opera, ballet y otros programas musicales de categoría.



Aunque ya he hablado de Brideshead Revisited en otras entradas, hay que agregar al elenco monumental (Sir Laurence Olivier, Sir John Gielgud y  Claire Bloom en roles importantes), a un libreto muy apegado a la obra de Waugh que mantiene el equilibrio entre su espiritualidad y el sutilmente tratado tema de la homosexualidad. No olvidemos una escenografía esplendorosa que nos llevaba desde la Oxford de Los 20 a Venecia, desde el Castillo de Brideshead (Castle Howard) hasta Marruecos (en realidad Malta).




Junto a los personajes, viajábamos en Rolls Royce y tren por la campiña inglés, en buses y burros por Centro América y el Norte de África y cruzábamos el Atlántico en trasatlántico (el Queen Elizabeth 2). De hecho, se filmó la travesía durante una tormenta de verdad. Todo detalle fue cuidadosamente fabricado incluyendo vestuarios que evolucionaban desde 1922 hasta 1939. La serie dejó a público y críticos, en ambos lados del Atlántico, boquiabiertos. Recuerdo haberla visto durante las vacaciones invernales de 1982 y quedar estupefacta,  totalmente consciente de que presenciaba algo extraordinario.



La crítica se hizo presente a la hora de las premiaciones. Nominaciones para el BAFTA, los Emmy y Los Globos de Oro se apilaron sobre la miniserie que recibió innumerables premios incluyendo tres para Anthony Andrews en su rol del trágico y romántico Lord Sebastian Flyte.



Mas interesante aun, se desató en Estados Unidos una anglofilia que no se había visto desde la Beatlemanía. Hubo hasta una resurrección de salones de té en Nueva York donde la tienda de departamento Barney’s (cuyos dueños eran ingleses) vendía copias de Aloysius, el oso de peluche de Lord Sebastian. Hubo también, a nivel intelectual, un renacimiento de la obra de Waugh, un interés en su vida y la de sus contemporáneos que fueron apodados “La Generación Brideshead”.



Hoy Brideshead puede ser encontrada en Britbox, Tubi y YT. No se siente vieja y la aconsejo para los ingenuos que habrán visto el filme del 2008 que entendió mal la obra de Waugh, concentrándose en un anticlericalismo que hubiese repugnado al autor.  Lo importante es que aun los más esnobs del mundo intelectual, ya no se avergonzaban de ver miniseries, sobre todo las inglesas. Así el público estuvo preparado para otra “joya” del Masterpiece Theatre. Me refiero a The Jewel of the Crown.

La ironía es que esta miniserie, de la que tengo mucho que decir, fue el canto del cisne para ese programa de la PBS. Hasta Downton Abbey en el 2010, ese espacio dominical se dedicaría a adaptaciones literarias sin gran importancia. Una razón es que ya en Los 80, la televisión inglesa se caracterizaba por series policiales que habían reemplazado a las de espionaje y que en USA eran presentadas en un espacio diferente al del Masterpiece Theatre.

Los Misterios de Mystery

Mystery! con su particular introducción de dibujos animados y presentada por Dame Diana Rigg,  había iniciado,  en 1981,  en las noches sabatinas de la PBS. Sin embargo, su primer mega éxito no fue un misterio detectivesco sino la biopia de un impresionante espía. Ya la BBC se había anotado un par de goles al convencer a Sir Alec Guinness de entrar en el mundo de la televisión, dando vida a Smiley, el super espía de las novelas de John Le Carre. Tinker, Tailor Soldier Spy y Smiley’s People le ameritaron BAFTAS al intérprete de Obi Ben-Kenobi, pero no merecieron entrar en el exclusivo mundo del Masterpiece Theatre siendo presentadas en otros horarios por la PBS.



Por eso resultó curioso que fuese Mystery la que ofreciese Reilly, Ace of Spies en 1983, pero es que esta biopia de uno de los espías más famosos de la historia lo merecía. Aun antes de Parque Jurásico, Sir Sam Neill se estaba haciendo de un nombre en el cine australiano y en Hollywood. Era su segunda aparición en la televisión británica después de crear el mejor Brian de Bois Gilbert que he visto en Ivanhoe (1981).



Reilly estaba filmada con una escenografía y un tecnicolor digno de pantalla grande. Tenía lugar en diferentes partes del mundo para centrarse al final en la recién nacida Unión Soviética y cubría un espacio cronológico desde 1901 hasta 1925 en que Sídney Reilly es ejecutado por la OGPU. No sigo porque prefiero que lean la nota que hice sobre la serie.



Sin ser tan épica como Reilly, pero igualmente vistosa y bien actuada, fue The Casebook of Sherlock Holmes que inició en Mystery en 1983. Ya sé que para las generaciones más jóvenes, Sherlock luce como Robert Downey o mi Zarigüeya Cumberbacht (tal como la generación de mi padre se lo imaginaba con el rostro de Basil Rathbone o el de Peter Cushing), pero para mí no hay mejor Holmes que Jeremy Brett que lo interpretaría desde 1983 hasta su muerte una década más tarde.



Mystery no solo presentaría a la creación de Sir Arthur Conan Doyle. A partir de 1984,  comenzó a serializar los misterios de Miss Marple y en 1989, llegó a las pantallas Sir David Suchet a interpretar a Hercule Poirot.  Estas adaptaciones de la obra de Dame Agatha Christie eran más caras, ya que tenían lugar en espacios exóticos y servían para hacer famosos a muchos actores. Ni parecidas a las basuras que ha hecho Britbox en los últimos años.

Otra exitosa adaptación fue la serie del Inspector Morse, basada en los libros de Colin Dexter, y que inició en Mystery en 1987. Aunque en tiempos modernos, la belleza de Oxford daba un toque novedoso a esta historia de un gruñón policía con muy buen ojo para descifrar crímenes. El éxito de Morse trajo un spin off, Lewis, y en este siglo la maravillosa Endeavour, una de las últimas producciones decentes de la BBC.



Recordando el Imperio

Y hemos llegado a 1984, el año de La Joya de la Corona, la última miniserie épica de la televisión británica y su última producción (antes de Downton Abbey y esta era una serie) en capturar la imaginación de espectadores en todo el mundo. Sobre su puesto en la ola de la “ Indomanía”  que afectaría la cultura popular británica de Los 80 , hablaré en otra nota. Aquí me limito a decir que fue un curso acelerado de la historia del Raj Británico en los años que llevaron a la independencia de la India.

Esta adaptación del Raj Quartet de Paul Scott tenía lugar en diferentes locaciones de la India y narraba la odisea de docenas de personajes de todas las nacionalidades y colores, destacando el conflicto entre dos hombres: el superintendente de policía, Ronald Merrick (Tim Pigott Smith) y el joven anglo-indio Hari Kumar (Art Malik). Ninguno de los dos entendía la cultura india, ambos la detestaban y,  de alguna manera,  pasaban a ser víctimas de ella.



Aunque Hari desaparece en los primeros capítulos, encerrado en una cárcel purgando un crimen que no cometió, su presencia y recuerdo reaparecen esporádicamente como recordatorio de las injusticias del Raj y de los peligros de sentirse europeo en una civilización incomprensible para la mentalidad occidental. The Jewel in the Crown no sería el único recordatorio del imperialismo colonial en la televisión de ese entonces.



En 1981, Masterpiece Theatre nos presentaba una adaptación de The Flame Trees of Thika de Elspeth Huxley. Estas eran las memorias de Huxley de su infancia y adolescencia en Kenia antes de la Gran Guerra. The Flame Trees, abrió la puerta para otra manía impuesta por la ficción inglesa, un renovado interés en esta ex colonia británica. Aunque la “keniomania”  se destacó más en el cine y no volvería a la televisión hasta Heat of the Sun (1997), había en el zeitgeist un renovado interés, levemente nostálgico, por un imperio perdido.

Por algo en 1981, debutaba Tenko, un crudo retrato del cautiverio de europeas a manos de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Basada en la compilación de experiencias reales hecha por Lavinia Warner, Women Behind Barbed Wire, esta coproducción anglo-australiana iba más allá que hasta donde llegaría Paradise Road de Bruce Beresford que tocaría el mismo tema. Tenko duró tres temporadas, más un capítulo de reunión de las sobrevivientes que duró dos horas. Se convirtió a la trama en una novela y el 2012 se publicó un libro sobre la creación del programa. Increíble que esta emotiva serie no se encuentre en ninguna plataforma.



Una novedad era que en los primeros capítulos de la serie cubrían la vida de europeos en Singapur, otro gran bastión del Imperio Británico.  Algo no visto sino hasta la penosa adaptación de The Singapore Grip, de J. G. Farrell, tan mala que ninguna plataforma, ni la PBS, han querido comprarla.

Tenko sería el inicio de una obsesiva creación de historias sobre la Segunda Guerra Mundial en la televisión angloparlante de los 80. La contribución británica seria anual. En 1982 tendremos la casi olvidada We’ll Meet Again, sobre la presencia e influencia de soldados americanos en una villa inglesa.1984 nos traería La joya de la corona que retrata la vida cotidiana en la India durante el conflicto, aparte de incluir un episodio sobre las batallas en la frontera birmana (Arrakan) para impedir la invasión japonesa .

Menos grandiosa fue la coproducción anglo-americana Jenny’s War de 1985. Basada en la novela de Jack Stoneley, tenía a Dyann Cannon como una americana, divorciada de un alemán y madre de un piloto (un jovencísimo Hugh Grant) de la Real Fuerza Aérea. Cuando el avión de su hijo es derribado en territorio alemán, Jenny gasta toda su energía hasta que la OSS la contrata y entrena como agente secreta.



Es enviada a Alemania donde se infiltra en un stalag donde está el hijo, y permanece ahí disfrazada de hombre. La situación es tan absurda (tal como su escape) que llega a ser risible. Solo la vi porque Christopher Cazenovemi chongo de entonces interpretaba a un oficial inglés prisionero.



1987 vio hasta Mystery involucrarse en la Segunda Guerra Mundial. En la adaptación de The Charmer de Patrick Hamilton,  el psicópata asesino serial (Nigel Havers) utiliza el Blitz para matar a un oficial de la RAF y adoptar su personalidad, lo que le permite seguir seduciendo y explotando mujeres. Sin embargo, la gran serie sobre el conflicto llegó a América vía Masterpiece Theatre y nos presentó una pareja de actores, entonces desconocidos, llamados Kenneth Branagh y Emma Thompson.



Basada en La Trilogía de Los Balcanes de Olivia Manning, Fortunes of War describía las andanzas de un profesor de idiomas (Sir Kenneth) y de su devota esposa (Dame Emma), entre 1939 y 1942,  por Rumania, Grecia y el Medio Oriente y Egipto . Aunque novedosa y llena de personajes curiosos, la serie (que recibió dos BAFTAS) no tuvo la celebridad de las miniseries de la BBC, me refiero a las de esa magnitud.



La televisión inglesa no escarmentaba. En 1988 produjo Wish Me Luck, una competente narración sobre agentes de OSS infiltrados en la Francia Ocupada. También adaptaron la novela de Derek Robinson,  Piece of Cake sobe un escuadrón de la RAF durante la Batalla de Inglaterra. Masterpiece Theatre tuvo a Elizabeth Hurleyentonces considerada la mujer más bella de Inglaterra en Christabel.



Inspirada en la biografía de Christabel Bielenberg, sobrina de los magnates mediáticos Lord Northclieff y Lord Rothmere, cuenta como ella abandona la alta sociedad londinense en Los 30 para hacerse ciudadana del Tercer Reich al casarse con el abogado Peter Bielenberg (Stephen “Stannis” Dillane). La serie describe el shock cultural de Christabel y como ella y su marido se desilusionan con los nazis y se incorporan a grupos de resistentes al régimen.



En 1989 se redujo la producción de miniseries bélicas contentándose con la adaptación de The Ginger Tree escrita por Oswald Wynd. Esta triste historia de una esposa militar inglesa que es seducida por un noble japones durante la guerra ruso-japonesa y que decide seguirlo hasta el Japón al quedar embarazada, tenía la novedad de cubrir varias décadas de historia japonesa acabando cuando la protagonista retorna a Inglaterra en 1942. A pesar de que en las últimas décadas nos han traído ejemplos de series y miniseries bélicas del Reino Unido, ninguna ha superado los esfuerzos de otros países sean la trilogía de Hanks-Spielberg o series europeas.



Los 80 fueron la cúspide y canto de cisne de la televisión británica. No solo la BBC y la ITV no han podido recuperar su sitial, además han caído en franca decadencia. A pesar del fenómeno Downton Abbey y del fandom seguidor de series detectivescas inglesas, las dichas producciones no se pueden igualar al impacto que esas tres décadas de programas británicos tuvieron sobre la historia de la televisión mundial.

 

 

lunes, 28 de octubre de 2024

Los 60: La Era de Oro de la televisión británica

 


Recordar es vivir, pero a veces el recuerdo es doloroso si le compara con el panorama vigente. Uno de esos recuerdos dolorosos es la excelencia de la televisión del pasado , sobre todo la británica y ver que hoy en día la corrección política y la inclusividad forzada ha afectado tanto los guiones como el ensemble de actores en las series de la BBC.

Los Pioneros de la Televisión

Érase una vez que “ televisión” se pronunciaba con acento británico. No nos olvidemos que la inventó el escoses James Baird y que su primera transmisión televisiva masiva fue en 1929. La transmisión tuvo lugar en los  estudios de la BBC que, desde 1922,  se había convertido en la voz radial del imperio británico. Para fines de Los 30, ya muchos hogares ingleses tenían acceso a programas televisivos. ¿Cuáles eran esos programas?



Pues casi todos eran en vivo, había mucho de  “hágalo usted mismo”,  clases de costura, reparación de autos, además de variedades musicales y noticieros. La Segunda Guerra Mundial cerró los estudios televisivos que reabrirían al final del conflicto. La programación era parecida la de la preguerra, pero en 1950 se transmitió la primera adaptación de Mujercitas, iniciando una corriente de dramatizar clásicos literarios que ha sido la característica de las series inglesas.

Sin embargo, no era solo de la BBC que vivía el público inglés. En 1955 se rompía el monopolio con la compañía ITV que producía sus propios programas. Le salió al paso una rival, la ITC . Originalmente iba ser una filial de la iTv , pero se desarrolló como creadora y distribuidora de un tipo de programa en boga en USA, la serie dramática. Sus primeros intentos se abocaron a dramas históricas con Los Bucaneros y Las Aventuras de Robin Hood.

La ITC también trabajaba producciones estadounidenses como Furia que vimos de pequeños y que giraban en torno un hermoso alazán,  propiedad de un joven Peter Graves antes de convertirse en el Mr. Phelps de Misión Imposible. Para darle más guerra a la BBC, la ITV,  crea una especie de telenovela haciendo historia con el debut de Coronation Street (1960), una soap opera británica que tiene el récord de ser el seriado más antiguo del mundo.



En 1960 inicia la primera ola de la tv inglesa que cruzaba océanos y mares y vino a acompañar la Beatlemanía y la primera invasión cultural británica que transformó el universo de la música pop, de la moda,  y de la televisión. Ese año, la ITV sacó al aire El Teatro de Edgard Wallace, otra manifestación de un tipo de unitarios parecidos a los hechos en USA , pero dedicado nada más que a la obra de este novelista de misterio.

El Canal 4 de Valparaíso repuso esta antología a comienzos de Los 70 y mi padre, que gustaba de las novelas de Wallace,  se volvió adicto. De ahí él me dijo dos cosas que siempre he asociado con el producto británico, bueno hasta esta década :”tienen pocos actores, pero son excelentes” y “sus historias son menos superficiales y más complejas que las de los yanquis”. Para entonces yo ya sabía de la verdad de esas aseveraciones puesto que desde la primera semana en que tuve televisión (mayo 1968) habíamos descubierto lo que mi hermano llamaría , un poco irónico, “excelentes series inglesas”. 



El Embrujo de La Señora Peel

Hay veces que doy la impresión en mis remembranzas que fuimos muy consentidos de niños. Aunque si lo tuvimos todo, vale recordar que no tuvimos tele sino hasta yo estar cerca de mi noveno cumpleaños, y mi hermano tener seis años. Lo otro es que, a diferencia de los niños de hoy, teníamos reglas y se cumplían.

Una de esas era que, en días escolares, a las ocho de la noche debíamos estar en cama y con luz apagada. Lo que no había sido una incomodidad se volvió tal al llegar el televisor a nuestras vidas. Los mejores, los más titilantes shows (El Agente de Cipol, Los Invasores) eran a las 9pm. Nos estuvieron vedados hasta las vacaciones de invierno (en julio, y la tele llegó el primero de mayo). El único que se nos permitía era Los Vengadores, en el horario adulto de los viernes.



Una suerte de que nos llegara la televisión en 1968, es que nos perdimos la primera etapa de esta serie icónica. En sus inicios, John Steed (Patrick McKnee) era un subordinado de una agencia de servicios de inteligencia y a partir de 1964 tenia como ayudante a Honor Blackman.  Cathy Gale era una heroína “moderna”(mi madre la llamaría “amachada”), enfundada en un traje de sirena de cuero, dando golpes de karate a lo Jackie Chan.



Eventualmente, Honor Blackman se convirtió en Chica Bond dejando su puesto vacante. Ahí se contrató a una novata llamada Diana Rigg. Aunque tenía poca experiencia de actriz, la futura Reina de Espinos, sabía darse a valer y pronto cambió la imagen de la protagonista y con eso la imagen de la televisión británica.

Diana no quería llenar los zapatos de su antecesora y detestaba el cuero. Los productores dieron carta blanca a John Bates para que diseñase ropa más moderna y sexy para la nueva protagonista. Yendo más allá contrataron a Pierre Cardin para que crease todo un vestuario personal para Emma Peel. El couturier también se encargó de diseñar trajes de corte Savile Row para Patrick McKnee. De pronto, Steed se convirtió en el prototipo del caballero ingles con un buen sastre, sombrero hongo y paraguas.



En una época en que la imagen del hombre británico era melenuda con ropas estrafalarias, John Steed representaba ese dejo de elegancia que siempre se ha asociado con las clases altas del Reino Unido. Lo acompañó el guion con un pasado distinguido, buena familia, educación elite y honrosa carrera en la Real Fuerza Aérea durante la Segunda Guerra Mundial. El ver que Steed conducía un Rolls Royce era la última pista de que trabajar para el gobierno no pagaba mal.



La relación entre Steed y Mrs. Peel era también un gran atractivo de la serie. La Señora Peel (nadie la llamaba Emma) era un espectáculo ambulante de glamour con ajustados pantalones de crimplane dando golpes de karate en una escena y luciendo minivestidos, trajes sastre o imponiendo moda como los Palazzo para la noche, en otra. Tan icónico era su modo de vestir que las tiendas vendían “vestidos Emma Peel”. Aparte de ser ducha en artes marciales, La Señora Peel, era consumada esgrimista y amazona. Daba la impresión de que no había aprendido estos deportes por obligación como su antecesora sino como parte de la educación de una mujer de buena familia.



Mrs. Peel era una dama y también tenía un pasado distinguido. Era viuda de un explorador perdido en las junglas amazónicas lo que le daba un aura trágico-romántica, pero también permiso para que la soñáramos convirtiéndose en Mrs. John Steed. Los guionistas jugaban con una tensión sexual evidente a pesar de que nunca intercambiaron ni un beso. La serie seguía el modelo de James Bond, diálogos ingeniosos y protagonistas irrompibles, glamorosos y flemáticos.

Para desviarse del monótono cuento del espionaje de la Guerra Fría, los guiones comenzaron a explorar otros géneros. Hubo episodios que giraban en torno a científicos locos que creaban robots asesinos (los cibernautas) o Mrs. Peel quedaba atrapada en mansiones embrujadas con cuartos de tortura secretos. Esta novedad hacia más llamativa la serie y capturaba fans en todo el mundo,  llegando a venderse en 91 países.



El problemay Diana Rigg hablaría francamente sobre estola estrella del show ganaba menos que los camarógrafos. Después de infructuosas disputas sobre aumento de salario, Dame Diana abandonó la serie. La partida de Mrs. Peel fue explicada por la resurrección de Peter Peel quien emergió de la tumba para llevarse a su esposa.



El reemplazo, Tara King (Linda Thorson) nunca supo encontrar su espacio. Esta especie de sex kitten carecía de glamur y su actitud de karateca boba solo ayudaba a recordar la diferencia de edad con Steed. Los Vengadores no sobrevivió a la partida de La Señora Peel y cerró sus puertas en 1970, quedando engarzada en la cultura popular como una serie icónica de Los Sesenta.  TV Guide la colocó en el vigésimo puesto de sus 100 series de culto. El soso filme de1997 no pudo ni capturar el glamur del original ni eclipsarlo.




El Santo VS El Barón

Los Vengadores puede ser la serie más recordada de la televisión británica sesentera, pero no fue la única exitosa. En términos de glamur, su rival fue El Santo. Sir Roger Moore había iniciado una prometedora carrera en Hollywood con filmes como El Milagro y Diane. Invirtió el dinero ganado en comprar los derechos de la franquicia de Leslie Charteris sobre Simon Templar, alias el Santo. Las novelas ya habían sido adaptadas al cine y a la radio. Ahora solo faltaba la televisión.



En 1961, el futuro James Bond se acercó a la ITC con su proyecto. Él fue el productor principal, hasta la ropa del personaje salió de su guardarropa. Fue una buena inversión, por siete temporadas, el delincuente justiciero creado por Charteris navegó por las capitales europeas (sin salir de Inglaterra) convirtiendo la serie en una favorita en ambos lados del Atlántico.

Como en Los Vengadores, el ingrediente máximo era el glamur. Simon Templar (a diferencia de como lo retrató Val Kilmer en el filme del 1997) era la quintaesencia de lo que hoy se conoce como posh, sus modales y manera de hablar lo delataban como de buena cuna a pesar de que sus actividades diarias no fuesen ejemplares. Yo he visto a l Santo en dos países e idiomas distintos y aunque siempre sentí aprecio por Sir Roger,  nunca fui devota de este personaje. Por suerte no todos compartían mi sentir y hasta hoy El Santo es una serie de culto.



La ITC quiso volver a jugar esa carta adaptando la serie de novelas de John Creasey sobre un ladrón de joyas reformados que ahora, bajo la identidad de un anticuario, colabora con una agencia de inteligencia británica. Cambiaron un poco la trama. En vez de ser un ladrón inglés, Steve Forrest encarnaba a un tejano, ex “Monument Man”, que ahora recorría el mundo en busca de obras de arte y de situaciones peligrosas que únicamente él podría resolver.

Curiosamente, yo nunca vi The Baron en Chile. Vine a verla en castellano cuando Telemundo la pasó en horario nocturno a comienzos de Los 80. La serie no me atrapó, Steve Forrest no era rival para Sir Roger Moore, ni en Los 60 ni en Los 80. Eso explica que El Barón solo tuvo una temporada en las pantallas inglesas.



Otros Agentes Secretos

Aparte del glamur, estas series habían dejado un esquema de protagonistas encargados de salvar el mundo. El mismo año en que Mrs. Peel se marchaba del brazo de su resucitado marido, la ITC presentaba The Champions, o Los invencibles de Némesis como se llamó en español. Esta serie,  sumamente original, giraba en torno a un trio de agentes de Némesis, una central de inteligencia, filial de la ONU y domiciliada en Ginebra.

Los agentes eran el piloto Craig Stirling (Stuart Damon al que fans de General Hospital conocerían más tarde como el Dr.  Alan Quatermain); el decodificador Richard Barrett (William Gaunt), y la científica Sharon McCready (Alexandra Bastedo). En una misión, estos agentes caían en el Tíbet donde eran rescatados por una civilización perdida que les otorgaba poderes sobrenaturales como fuerza y sentidos mayores que los de otros humanos, más la capacidad de ver el futuro y de comunicarse telepáticamente. Así empoderados, los agentes podían luchar contra todo tipo de villanos cuyas pillerías amenazasen al mundo.

La serie tuvo dos temporadas,  treinta capítulos en total cerrando en 1969. En casa, la vimos completa en 1970. Era un espectáculo familia. Mientras mi madre y yo babeábamos por Stuart Damon (entonces no sabíamos que era judío) , mi padre y hermano admiraban a la Bastedo. Todavía me parece extraño que haya durado tan poco una serie que capturó la imaginación popular.



Tanto que en el 2021 Don Memo del Toro habló de resucitarla. En el 2021 se convirtió en un proyecto para Ben Stiller con Cate Blanchett en el rol de la Dra. Mcready. Por suerte fue olvidado. Blanchett es una gran actriz, pero carece de la juventud y looks de La Bastedo, considerada uno de los rostros más bellos del cine británico.

En Los 60, la televisión inglesa estaba en un periodo de experimentación constante, y eso se aplicaba al género de espionaje con la fascinante The Prisoner. Como El Santo,  el Prisionero fue producto de su visionaria estrella. Patrick McGooghan escribió, dirigió y produjo esta combinación de fantasía y espionaje, además de protagonizarla. El protagonista, sin nombre y  conocido solo por un número, es un agente del servicio secreto británico que un día despierta inexplicablemente en un castillo medieval. Cuando logra salir de esa fortaleza,  se haya prisionero en una pintoresca villa de pescadores donde todos son muy felices hasta el momento en que intentan abandonar el pueblo, ahí son eliminados instantáneamente.



Por los próximos quince episodios 6 intenta descubrir quienes manejan el pueblo, a la vez que trata de escapar. La angustia y claustrofobia del argumento contrastan con la belleza del paraje gales donde la serie fue filmada. The Prisoner recuerda a El Castillo de Kafka y,  como esa novela,  tuvo innumerables fans. McGooghan se había comprometido con la iTC de hacer unos sesenta episodios. Se cansó y cortó la serie en el episodio 16, sin darle una conclusión adecuada. El fandom rugió de ira. Años más adelante, McGooghan diría que tuvo que esconderse,  temeroso de que lo fuesen a linchar.



Había que hacer algo para apaciguar a ese público enardecido. A partir de 1969 se comenzaron a publicar nuevas aventuras de Número 6 en formato de libros y tira cómicas. Se le ha homenajeado de diversas maneras: un tema de Iron Maiden, un comercial de Renault, y hasta un episodio de los Simpson en la que el mismo McGooghan prestó su voz. En este siglo, se han hecho juegos de rol y de consola basados en la serie.

Desde el 2012, que se celebra un “Festival de El Prisionero” en Inglaterra y en el 2009 la AMC creó una desafortunada versión con Jim Caviezel que no fue a ninguna parte. Mas suerte han tenido  libros y documentales sobre el significado en la cultura popular del Prisionero. Por otro lado, hace una década que Christopher Nolan y Sir Ridley Scott se pelean el derecho de llevar al cine las aventuras del Número 6

No se Olvidaron de los Peques

Los experimentos de la televisión inglesa no iban todos dirigidos a los adultos. Para el público menudo llegaron las creaciones de Gerry y Silvia Anderson. Este matrimonio formo su propia compañía para crear un tipo de títeres conocidos como Supermariothon, en castizo “super marionetas”, que junto con efectos especiales y maquetas formaban parte de historias  de ciencia ficción como Stingray, una especie de Viaje al Fondo del Mar con muñequitos en vez de actores.  También Capitán Escarlata, una distopia donde el héroe del título debía luchar contra los Mystertons una raza de marcianos que quería dominar la tierra.



El más famoso de esos programas era Los Thunderbirds (Guardianes del Espacio en el mundo hispanoparlante). Esta era la historia del industrialista Jeff Tracy que,  junto a sus hijos,  forma el grupo Rescate, una organización dedicada a salvar a la humanidad. Aunque a mí me parecían risibles esas marionetas, a mi hermanito le encantaban esos programas con sus visiones futuristas y coleccionaba los libros y muñequitos de la franquicia.



Un Doctor Misterioso

La ciencia ficción no estaba relegada a los más pequeños de la familia. En 1963, conocimos una maquina del tiempo llamada Tardis. En blanco y negro y con efectos especiales de papel mache y rocas de cartón, hacia su entrada un viejito medio ermitaño en la escena londinense.



Barbara e Ian son maestros en Coal Hill, una escuela secundaria de Londres. Ambos están preocupados por su alumna, la huraña, pero superdotada Susan. Sabiendo que es huérfana y que vive con el abuelo, deciden visitarlo, pero Susan insiste que su abuelo no gusta de los extraños. Barbara la sigue y la ve desaparecer en un deposito. La próxima vez, Ian acompaña a Barbara. Entran en el depósito y se encuentran con una cabina telefónica para llamar a la policía que normalmente estaría en la vía pública.

Aparece el abuelo. Los maestros escuchan la voz de Susan desde la cabina, irrumpen en ella y encuentran el interior de una nave espacial. El anciano se presenta como Dr. Misterio (Dr. Who), él y su nieta vienen de otro planeta. Los maestros han descubierto su secreto y no se los puede dejar ir.  Hace despegar la nave. Viajan en el tiempo hasta encontrarse en la prehistoria. En los próximos episodios logran salir de ese poco acogedor espacio y viajar al futuro donde se enfrentan con la misteriosa civilización de Los Dalek.



Ahí la dejamos de ver. No solo era aburrida, los Dalek parecían aspiradoras robots, los cavernícolas andaban como envueltos en abrigos de pieles. Nuestros ojos, acostumbrados a series más sofisticadas de ciencia ficción (Viaje a las Estrellas, Perdidos en el Espacio, El Túnel del Tiempo) y más entretenidas,  nos la hicieron prescindible. Sin embargo, conozco fans que han sido Whovians desde esa era rupestre.



La Policía Londinense

Hoy día,  la televisión inglesa se especializa en dramas policiales y misterios detectivescos. Los 60 no fueron una excepción. En su afán de imitar las series americanas que daban rostro humano a los representantes de la ley, la tv serializó un filme de los 50, Gideon de Scotland Yard. John Gregson, otro de los rostros de la Rank que encontraría nicho en la TV, encarnaba al Inspector Gideon, un hombre de familia, pero también un excelente policía. Aunque yo no era dada ese tipo de drama, me volví adicta esta serie que el canal 4 de Valparaíso repuso los miércoles de 1971. Tal vez por el ayudante de Gideon, David Keen (Reginald Jessup), que por algo era apodado “Gorgeous”.



A fines de esa década llegó otra de mis favoritas que TVN puso en pantalla en 1973. Randall and Hopkirk (Deceased) giraba en torno a una firma de detectives en Londres contemporáneo. La novedad es que Hopkirks había muerto, aparentemente en un accidente. En realidad, lo habían asesinado y su espíritu había regresado a la tierra enfrentar a su asesino. Entretanto asistía a su ex socio en sus casos y vigilaba a su viuda a quien temía también quisiesen asesinar.

La diferencia de personalidades entre el ordenado espectro y su desorganizado y bohemio socio,  más el hecho de que solo Randall podía ver al fantasma provocaban situaciones jocosas que alivianaban la tensión de los casos investigados. Aunque hoy esta premisa ha sido usada para muchas series (Recuerdo la argentina Casado con un fantasma de Los 90), entonces era sumamente original en una trama de misterio. Tanto así que ahora me entero de que hicieron otra versión de Mi socio es un fantasma (como se llamó en castellano) que,  a juzgar por lo poco que sabemos de ella, no debe haber sido muy buena.



Otra contribución de la BBC de entonces fueron los programas humorísticos. Desde 1955 que Benny Hill andaba de canal en canal haciendo reír, tarea que cumpliría hasta su muerte en 1985 y en 1969, los ingleses, y pronto el mundo,  conocerían a los grandes comediantes de Monty Python que llegarían en su primer envoltorio, Flying Circus.

Sin embargo, la gran contribución a la televisión universal de la BBC serian sus adaptaciones literarias que, de humildes programas semanales, pasarían al terreno épico, comenzando en 1967 con la extraordinaria Forsyte Saga de la que haré una entrada separada