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lunes, 12 de febrero de 2018

Los Romances del Period Piece: Lo Mejor del Drama de Epoca del 2017



Para clausurar mi balance de un año dedicado totalmente a la ficción histórica, y también para que coincidiera con la semana de San Valentín, he escogido hablar de lo romántico y lo pasional en los period pieces. Para mí, estos fueron los romances más románticos del 2017. No son parejas protagónicas (en un caso se trata de un romance periférico de la protagonista) pero a mis ojos evidencian la fortaleza, flexibilidad y profundidad del verdadero amor.

El Menage a Trois Versallesco (Versalles)

Al hablar de héroes y heroínas de este año mencioné, por separado, a los Duques de Orleans, pero más allá de sus virtudes como seres humanos está el fuerte lazo de lealtad, cariño y respeto que se ha creado entre ambos. Un afecto tan intenso como aquel demuestra que la buena voluntad puede a veces superar la sordidez de un matrimonio arreglado. Pero sería injusto y poco realista hablar de esa relación sin mencionar al verdadero amor de Monsieur, el incomparable, pero incorregible, Caballero de Lorena y de la tolerancia y compasión con la que Lieselotte ha añadido a Chevalier a su matrimonio.

Desde ese primer encuentro entre Philippe y la nueva esposa que su hermano le ha conseguido, que sabemos que la Princesa Palatina no se parece en nada a la artificial, vana y traicionera Henriette, su predecesora en la cama del Duque. Sin un asomo de timidez o de vergüenza de que su marido la haya sorprendido orinando, Lieselotte se revela como una mujer sana, franca y cariñosa. ¡Es la única en la serie que recuerda que Philippe tiene dos hijas y se preocupa por ellas!

La relación de Lieselotte y su marido es desarrollada a través de la Segunda Temporada. Vemos como Madame consigue acomodarse a la corte y el modo en que logra consumar su matrimonio, y seguimos a la pareja hasta la anunciación del deseado embarazo. Sin embargo, y a pesar del afecto que Philippe cobra por su segunda mujer basta recordar su ira y desesperación al creerla envenenada, su corazón sigue perteneciéndole a MonChevy.


El Caballero de Lorena tuvo también una temporada borrascosa que comenzó cuando su amante se quejó del modo en que MonChevy despilfarraba la fortuna de Orleans. Esa crítica acabó en una pelea de machos que pudo devenir en un hecho de sangre si no fuese por la interrupción de Liselotte. A pesar de que Madame intentó calmar a Chevalier y le ofreció compartir al marido, los celos de su rival tanto por Liselotte como por el historiador Tomas Beaumont, lo empujaron a la droga y a la autocompasión.

Por suerte, Chevalier se sobrepuso, mató a Beaumont y fue recompensado por su rey por haber acabado con un peligro para Francia. Aun así, al final tanto Lieselotte como MonChevy debieron despedirse del hombre que aman cuando el duque partió a su espacio favorito: el campo de batalla. Tiernísima esa última escena, cuando la desolada Madame coge de la mano a su rival, consciente de que él también sufre.

La Reina y su Ministro (Victoria)

Sabido es que el gran apoyo que tuvo Victoria en los inicios de su reinado fue William Lamb, Conde de Melbourne, y que esa ayuda devino en una escandalosa amistad. Tan grande era esa dependencia que se llegó a rumorar que la reina y su primer ministro eran amantes. En momentos en que la soberana cayó en desgracia con público, aristocracia y partidos políticos enemigos de Melbourne, se la llamó a sus espaldas y se la abucheó en la calle con el epíteto de “Señora Melbourne”. Entonces, tan descaminada no anda Daisy Goodwin con esta historia tan romántica que nos ha presentado en “Victoria”.

A pesar de sus detractores, este ha sido un romance muy intenso y mucho más emotivo que los insulsos amores de Vicky y su controlador primo. Es cierto que en la serie y en la vida real, Victoria acabó casada con Alberto de Saxe Coburgo, y que además de preñarla nueve veces, el príncipe consorte buscó dominarla en todos los aspectos de su vida privada. Muchas veces, Victoria habrá comparado la cargante imposición de voluntad a la que la sometía el marido con la sutil y deferente manipulación que conoció con el romántico Melbourne. El que Rufus Sewell interprete a Lord M.  también ayuda a crear esa distinción entre cortesano y consorte.

La serie nos ha mostrado una reina adolescente marcada por una infancia tan vigilada que solo ansiaba libertad. Es por eso por lo que el primer encuentro entre Vicky y Melbourne fue en realidad un “encontronazo”. Él estaba cansado de gobernar, y tal vez, de vivir. Ella, a pesar de su juventud, había desarrollado una desconfianza por el género humano y rechazó indignada la oferta de Melbourne de convertirse en su secretario.

Poco después, la intuición nata de Victoria la hace reconocer el valor de Melbourne. No solo lo convierte en su secretario, también lo hace su mentor, su confidente, su mejor amigo y el favorito de su corte. En ella, Lord M. (como lo apoda Vicky) encuentra una inspiración para moverse en la arena política y una renovada vitalidad. La serie no miente cuando habla de que ambos pasan la mayor parte de tiempo juntos. Melbourne cenaba casi a diario en el Palacio de Buckingham y cabalgaba todas las mañanas con Victoria.

Sin ser pesado ni didáctico, Melbourne ayuda a Victoria rellenar los vacíos que su deficiente educación ha dejado en el intelecto de la novata reina. ¡Vicky hasta le muestra los croquis que hace de su perrito! La soberana, aunque defiere muchas veces al consejo del ministro, también se atreve a debatir con él. No solo hablan de política, sino también de otros temas vitales como el amor. Victoria llega a interrogar a su consejero sobre su vida matrimonial, como cuando le pregunta sobre su reacción al ser abandonado por su esposa (la célebre Caroline Lamb que huyó con Lord Byron).

Lo que al principio se ve como extravagancia de adolescente se convierte en causa política. Melbourne es reemplazado por el parlamento por Sir Robert Peel. Ya no puede pasarse el día con su joven soberana. Para mayor agravio, Victoria debe prescindir de sus damas, incluyendo sus mejores amigas Lady Emma Portman y la Duquesa de Sutherland, porque ellas representan un espectro político diferente al ahora en el poder.


Ahí tiene lugar un episodio histórico, Victoria simplemente se rehúsa a prescindir de sus damas. Sir Robert, sintiendo que carece de la confianza de su monarca, renuncia. Melbourne regresa, pero el costo es alto. La reputación de Victoria se ve mancillada. En la serie hasta los criados reconocen que la soberana llora cuando su ministro no está cerca. La desubicada Lady Flora le cuenta a Vicky que ya la apodan “Mrs. Melbourne”.  La Duquesa de Kent le suplica a su hija que no le entregue su corazón a un hombre como Melbourne que tiene reputación de libertino.

Victoria no se inmuta. Es posible que la reina haya en algún momento experimentado algún tipo de sentimiento romántico por su primer ministro, a pesar de que la historia nos cuenta que su primer gran amor fue el Gran Duque Alejandro (que también aparece en “Victoria”). Sin embargo, en la serie, el personaje de Jenna Coleman da rienda suelta a su corazón para ir poco a poco enamorándose de Melbourne. ¿Pero es correspondida?

Daisy Goodwin es muy sutil en este aspecto. Cuando Sir John Conroy confronta a Melbourne acusándolo de querer aprovecharse de Victoria, el ministro le responde con gran dignidad. Pero a solas se mira en un espejo con expresión atormentada como escrudiñando su subconsciente. Mas tarde, cuando el Duque de Sutherland le recuerda que pronto perderá a Victoria ya que la soberana debe casarse, vemos la tristeza dibujarse en el rostro de Melbourne.



No hay que pensar solo en romance y cuchi cuchi entre ambos. La belleza de esa relación es que es muy humana y realista y va salpicada de peleas como corresponde al choque entre dos voluntades fuertes. Victoria es porfiada, se ofende fácilmente. A ratos, Melbourne tiene que gritarle, pero cuando ella lo necesita, él siempre vuelve. Tras la muerte de Lady Flora, Vicky toca fondo y el único que la eleva a la superficie es Melbourne, compartiendo con ella su propia noche oscura del alma, la depresión que sufrió tras la muerte de su hijo.



Aunque Victoria comienza a visualizarse como Isabel I, una mujer sin hombre, pero que se apoya en “compañeros”, y en el Baile Tudor, Melbourne se viste de Robert Dudley (gran amor de la Reina Virgen), el tiempo se les acorta. La familia de la reina la presiona para que contraiga matrimonio. De Hanover le traen al primo Alberto, estirado, puritano y con cara de perro, pero joven y de buen cuerpo (algo que la verdadera Victoria se apura en anotar en su diario). Confundida, la reina se decide a jugárselas todas y se va a Brocket Hall, hogar ancestral de Lord M., y se le declara.

Tuve que poner el video porque me es casi imposible describir el momento que para mí ha sido la escena mejor actuada de la Primera Temporada. Aunque vaya de incognito, es una osadía de parte de la reina el visitar a Melbourne em su retiro. Primero, tenemos la presentación de ambos personajes, ella que se supone solo revela su identidad a último minuto, él que aparece como un poco escondido detrás de una estatua. Luego el modo en que Vicky, con toda la sinceridad y torpeza de una adolescente, declara que no quiere a otro hombre en su vida y jura que jamás lo abandonaría como lo hizo Caroline.

Ahí vemos todo el cansancio y la tristeza que aquejan a Melbourne al tener que rechazarla.  Dice que él es como los pájaros que ampara en Brocket Hall, condenado a solo tener un amor. Ni él, ni yo, ni ningún shipero del Vicbourne, le cree. Mas que humillada, Victoria esta desolada, pero Lord M. aparece en el Baile Tudor vestido de Dudley y le pide un vals durante el cual deja en claro que tal como Isabel I y su favorito tuvieron que sacrificar sus sentimientos, ellos deben hacer a un lado su amor.

Victoria descubre una curiosa aliada en su madre. La Duquesa de Kent está destrozada. El interesado Conroy la ha vendido por mil libras anuales y se ha marchado a molestar a los irlandeses. Llorando, Vicky abraza a su madre diciéndole que no cree que pueda alcanzar la felicidad.  Por una vez, la Duquesa de Kent sirve de algo y le dice a Vicky que Melbourne la ha rechazado por caballerosidad, anteponiendo su deber antes que sus sentimientos.

Por falsa que sea esta historia, respeto y admiro a Daisy G. por incluirla, y también a Rufus y a Jenna por actuarla con tanto candor y realismo. La relación Victoria-Melbourne, no acaba ahí, Antes de partir en su luna de miel, Vicky comparte un momento a solas con Lord M.  y le deja claro que él todavía ocupa su corazón.


Amor Pirata (Black Sails)

Un curioso detalle del final de “Black Sails” es que llenaron este cuento de rudos piratas con historias sentimentales. Por amor, Long John Silver sacrificó el sueño de su Madi. El pobre Flint tuvo el consuelo de compartir prisión con su amado Thomas Hamilton. Vimos que Woodes Rogers podía derramar lágrimas por la muerte de su esposa y el público crucificó a Eleanor por haber traicionado a “su verdadero amor”, Charles Vane (¿WTF?). Lo más curioso es que de pronto a Max le bajó el amor (que creíamos pertenencia únicamente a los doblones de oro) por Anne Bonny.

La Gatita Valentina Moreyra me hizo dudar un poco del final de la relación Max y Anne y una investigación en las redes me hizo ver que muchos shjoperos también creían que habían quedado como pareja. Eso no es así. Para cuando TV Insider entrevista a los guionistas está claro que Max y Anne se han reconciliado, pero la pirata eligió seguir con Jack sin desoír a su naturaleza bisexual. Por algo los escritores presentaron al final a Mark (Mary) Read como manera de entroncarla al   verdadero destino romántico de Anne Bonny.

Cuando Anne se acostó con Max en me dio la impresión de que era su primera vez con una mujer. Lo que no quita que no le gustara la experiencia o que no quisiera repetirla, pero, aunque le tenía cariño a la ex esclava, no creo que la amara como amaba a Jack. La historia sentimental de Anne era desastrosa. A los trece años, su marido James Bonny la golpeaba y la vendía al mejor postor. De ese suplicio la salvó Jack Rackham y la agradecida pirata nunca olvidó, pero su relación estaba basada en más que en gratitud.

Parecerá extraño porque Calicó Jack era el menos pirata de los piratas, el menos aguerrido y brutal. Sin embargo, y tal vez Anne se sentía un poco protectora de su compañero, a ella le gustaba como hombre. Fue Anne quien invitó a Jack a compartir cama con ella y Max. Cuando Jack privilegió su relación comercial con Max, y dejó a Anne en tierra, la pirata se sintió dolida y celosa.

La traición de Max, que casi le cuesta la vida a Jack, fue un tiro de gracia para la relación entre las dos mujeres. La pirata quería matar a la dueña del burdel, y le tomó tiempo sacarse esa idea de la cabeza. Se lo comentó a Jack. Como todos los personajes de la serie, Anne estaba un poco harta de tanta violencia:
Anne Bonny: Me dijo que si entregaba el dinero estarías a salvo. No es solo la mentira… intentó alejarte de mí. Cuando dejé esa isla… lo único en lo que podía pensar era en maneras de vengarme de ella, por lo que había hecho. Y ahora que estamos aquí, sería tan fácil… y no quiero hacerlo. No quiero vivir con las consecuencias. Con la visión de verla sufrir de esa manera. Simplemente no quiero. Esta puta isla… te hace hacer cosas que no quieres hacer… ¿cómo no nos hemos dado cuenta hasta ahora? ¿Qué demonios hacemos aquí otra vez Jack?






Para muchos, el breve discurso que Anne le hizo a Jack donde dice que nunca será su esposa (final Temporada 2), pero siempre estarán juntos, sonó a una resistencia a la idea de una relación romántica. Yo lo interpreté de otra manera.  Anne está repudiando la idea de ser una esposa tradicional, como Eleanor bordando en un rincón, pero no excluye más bien afianza el lazo erótico-sentimental que la une a Rackham. La misma Lady Clara Paget, hablando de su personaje,  declaró que Jack representaba todos los matices emocionales en la vida de Anne Bonny.

En la temporada final, Max a pesar de su traición, es recibida en el barco con Jack. Parte a Filadelfia con ellos, pero luego que la malherida Anne la manda al diablo, Rackham exige a la ex esclava que se aleje de su mujer. Max consigue que Marion Guthrie financie una expedición a Nassau, pero le cuenta a Anne que ha rechazado una oferta de matrimonio, por amor a ella.

 Luego, Idelle le recuerda a Anne como Max la salvó de ser acusada de asesinato. Esa combinación de factores lleva a Anne a perdonar a Max, un perdón que no involucra un reinicio de su actividad sexual. Los guionistas han dicho que el capítulo 8 representó un final de la relación de Max y Anne y por eso no les dieron una escena juntas en el episodio 9.

La última escena de Max y Anne interactuando las tiene sentadas bajo la nieve luego de haber arreglado sus asuntos. Las vemos asidas de la mano, símbolo de perdón, pero el regreso de Jack de Nassau es diferente. 

Anne sale de la casa, ya curada, envuelta en una manta y se abalanza a abrazar a su compañero. Es un gesto más apasionado que un simple tomarse de las manos. Es casi tan intenso como esa llegada a Filadelfia con Jack cambiándole los vendajes a Anne y dándole un beso de despedida. En la última escena del trio, la cámara enfoca a Max y la expresión en el rostro de Jessica Parker Kennedy deja claro que sabe que en esto ella es la perdedora.


Para mí la confirmación de que el amor entre Jack y Anne (y reitero no excluye un trio con Mary Read) era respetado por la producción es el que fueron los únicos personajes que tuvieron un final feliz en este cuento de piratas. porque la felicidad de los otros personajes queda en un ‘veremos” ambiguo. Stevenson nos contó la desdichado muerte de Flint, Max es muy capaz de arruinar su fortuna de nuevo.  ¿Podrá Madi realmente perdonar a Long John? ¿No será que el resto de sus vidas ella lo amargará con reproches?  

En cambio, nos queda clarísimo que Anne y Jack siguen juntos y compenetrados. Eso solo acaba con una Anne encinta y lamentándose al pie del cadalso donde cuelga Jack tal como ocurrió en la vida real.

Lo que Magdalena Encontró en el Rif (Tiempos de Guerra)

En blog anteriores puntualicé que el mayor aporte de “Tiempos de Guerra” era situar lugares comunes y estereotipos de los dramas médico-militares en terreno virgen, en este caso La Guerra de Marruecos. Sin embargo, noté que había algo totalmente inexplorado en estos relatos de enfermeras “bélicas”:  el romance interracial de Magdalena y Larbi.

Aunque los amores interraciales han sido parte de la ficción (incluso de la histórica) desde El Quijote, desconocía ejemplos que pudiesen sentarles pautas al romance entre la enfermera rubia y de clase alta y el camillero moro que nos ofrecieron Ana Moliner y Daniel Lundh. Precisamente por ser tan novedoso es que ese romance pudo fracasar, pudo no gustar, pudo parecernos inverosímil. Aplausos a los guionistas no solo por darles un final feliz, sino también por hacernos quererlos y creer que merecían una oportunidad, cuando ni la Reina Victoria Eugenia dio dos duros por ellos.



No tengo que repetir que Magdalena fue mi “Dama Enfermera” favorita. Lo he dicho en notas anteriores, y la razón fue por ser la única del grupo en interesarse su entorno. Aunque lo que empuja a Magdalena a interesarse en Marruecos es Larbi, el camillero cuya apostura física la ha conquistado, es esa capacidad de desligarse de su mundo, de un Madrid de la alta sociedad donde la espera un novio y una casa llena de sirvientes, lo que la diferencia de sus amigas.

Del trio protagónico, Magdalena es la más adinerada, pero también la más generosa. Es la más inocente, pero es también la más práctica (basta ver su equipaje de vestidos bonitos, coñac francés, bombones) y es, al menos ante su espejo, la menos guapa por lo que arriesgar su compromiso con un gran partido la hace heroica.

Larbi tampoco cabe en clichés. No es el revolucionario que desprecia a los representantes del colonialismo, ni tampoco es el morito bobo que mira humildemente a la señorita rubia que llegó de España. Él tiene mucha dignidad y confianza en sí mismo. Se convierte en una especie de guía de estas niñas perdidas en Marruecos. Le enseña a Magdalena a moverse en el Zoco; ayuda a riesgo de perder trabajo y libertad, a escapar a Pedro; y es quien recupera la morfina del hospital. De pronto, Larbi se vuelve el fixer-héroe de esta historia, alguien digno de Magdalena.

A pesar de que es obvio que se simpatizan, es solo cuando Magdalena visita la casa del rifeño, que ambos toman conciencia de que su relación puede tomar otro cariz. La golosa de Magdalena se deleita con los dulces hechos por la madre de Larbi, él le envuelve la cabeza con una bufanda de seda, pero a punto de darse un beso, la formal enfermera le explica que está comprometida. El desolado camillero murmura que Daniel es muy afortunado. De ahí que Magdalena comienza a cuestionar su compromiso. ¿No sería ella más afortunada comiendo mazapanes en Melilla que de gran señora en Madrid?

A pesar de que Magdalena lucha en contra de sus sentimientos, su subconsciente la traiciona, primero en un sueño erótico que tiene con Larbi. Luego, en su delirio provocado por la fiebre, se le declara. A pesar de que Pilar, por separado, intenta hacerles ver a Larbi y Magdalena que ese amor no tiene futuro, el personaje de Ana Moliner comienza a tomar decisiones. Le escribe a Daniel rompiendo el compromiso y luego casi se agarra de las greñas con Susana por el racismo y clasismo de su amiga. En el discurso de Magdalena son evidentes la tolerancia y humanidad que ha adquirido en su profesión, pero también el respeto y consideración que siente por los marroquíes.

Presionada por su madre y por la Reina, Magdalena se rinde. Desde Madrid le escribe a Larbi despidiéndose para siempre. Fue muy conmovedor que Pilar tuviese que leerle la carta al camillero por ser este iletrado. 





Sin embargo, Magdalena se arrepiente de su decisión y se regresa a Melilla, así sin dinero, ni grupo de apoyo, una paria en todos los aspectos, sin siquiera la oportunidad de volver a ser enfermera. La misma Susana, asombrada ante la grandeza del sacrificio de su amiga, apoya la decisión de Magdalena. Hasta le da permiso para que vaya a su boda con Larbi.

Yo sé que el final feliz de este romance interracial puede parecer inverosímil, pero hubo dos cosas que me dieron esperanza: primero que Magdalena recobró su trabajo y su sueldo. Segundo, que dijo estar dispuesta a convertirse al islam. Al menos esos escollos están superados, porque no sé cómo Magdalena va a lidiar con el hecho de vivir sin vestidos bonitos y con un marido que hay que enviar a la escuela de párvulos. ¿Y como Larbi va a poder explicar su familia que su mujer trabaja fuera de casa?  pero casos parecidos han acabado en relaciones estables y duraderas.

¿Hubo algún otro romance tan intenso como estos en el drama de época del 2017?

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La Duquesa de la Victoria: Personajes reales de “Tiempos de Guerra”


En entradas anteriores hemos conocido el trasfondo histórico de “Tiempos de Guerra”, primera serie televisiva en cubrir la Guerra de Rif. Pero como suele ocurrir con este género, mezcla de historia y romance, los personajes ficticios trascienden tanto los hechos reales como a los personajes que realmente existieron. Aun así, es de admirar (en lo mucho de admirable de este dramatizado) la importancia que se le ha otorgado a Carmen Angoloti, Duquesa de la Victoria, jefa de las “damas enfermeras” y de su hospital en Melilla.

Hace unos días, mi mejor amigo me preguntaba en Facebook si esta serie de Antena 3 presentaba a Francisco Franco y su famosa gestión en la guerra de Marruecos que labraría su prestigio militar. Le respondí que una de las sutilezas de “Tiempos de Guerra” es evitar mencionar al Caudillo y a los otros generales “africanistas” que luego formarían parte de su estado mayor durante la Guerra Civil. Sin embargo, la serie si nos trae personajes históricos que juegan un rol sobresaliente en este cuento como lo son La Reina de España, Victoria Eugenia de Battenberg, y su amiga, colaboradora y devota dama, La Duquesa de la Victoria.

Doña Carmen ha sido, desde el primer episodio, el pegamento que une a esta serie. Ha sido la pastora del rebaño de enfermeras que las ha arreado hasta otro continente, un escenario de guerra, y un país extraño y de extrañas costumbres. Es quien las ha adiestrado y ha sido su guía en el difícil arte de atender heridos. También ha sido la mentora y figura materna del trio protagónico involucrándose en sus problemas y acudiendo en ayuda de cada una de ellas, sacándolas de líos y atendiendo a los nuevos personajes (Pedro, Larbi) que forman parte del entorno de sus ‘damas enfermeras” predilectas.

En una época en que cualquier marimacho agresivo recibe el título de “badass” resulta refrescante poder aplicarle ese calificativo a una mujer luchadora, que superó los prejuicios de su casta, para ir en ayuda de los más necesitados. En este caso los soldados heridos de la despreciada Guerra de Marruecos. Lo fantástico es que Carmen Angoloti existió y en la vida real fue tan badass como en la serie. Por ejemplo, todos esos enfrentamientos con el Coronel Marquez están basados en las luchas de poder que tuvo la Duquesa de la Victoria con el coronel Treviño, Jefe de Sanidad Militar en Melilla.

Es verdad que Doña Carmen usaba sin empacho el nombre de su reina para abrirse paso entre burocracias y prejuicios de militares que no veían con buenos ojos que damas de sociedad viniesen a disputarles el don de mando. Su frase “con la reina o sin la reina “era un  “Ábrete Sésamo”, la única manera para contrarrestar su condición de mujer y la de sus ayudantes. Su intención no era hacerle al juego de tronos, solo establecer mejoras en un servicio médico ya en si deplorable.



Como si esto no fuese suficiente material para melodrama, los libretos aplican más recursos dramáticos. La Duquesa de la serie sufre de un mal todavía no identificado que le provoca mareos, hemorragias nasales y zumbidos en los oídos. Esto la debilita y por supuesto, cuando se descubre, da una excusa a Márquez para quitarle el mando, algo que Doña Carmen no consiente. Ni siquiera consiente en que su reina se la lleve de regreso a España.  Todo un ejemplo de empuje femenino cuando Doña Carmen convence a Doña Ena de que enferma o no, ella se la puede y que es la más indicada para llevar a cabo los planes de Su Majestad en el Protectorado.



En el entorno de La Duquesa y sus enfermeras, los hombres están matándose unos a otros. Incluso los del mismo bando pueden traicionarse como lo ejemplariza el repulsivo comandante Silva. Doña Carmen ofrece una lección sobre como la verdadera autoridad reside en el poder de convencimiento, del dialogo, de la caridad, y de la razón.

Otro recurso dramático al que han echado mano los libretistas es hacer que una bala de un francotirador alcance a la Duquesa. Aunque hasta donde sabemos, Carmen Angoloti ni sufrió de enfermedades exóticas ni fue herida, lo cierto es que tanto ella como sus enfermeras estuvieron expuestas a todo tipo de trastornos. Como no-combatientes no tenían derecho a portar armas, y sus únicos métodos de defensa eran su buena voluntad, vocación y sentido del deber. Pero para conocer los peligros que vivieron las damas enfermeras y su líder, tenemos que ver primero quien realmente fue Carmen Angoloti y Meza.



Hasta ver “Tiempos de Guerra”, yo no había oído nunca nombrar a La Duquesa de la Vitoria. Así que me fui a buscarla en la Wikipedia. En septiembre había apenas un puñado de datos. Ayer vi que la entrada había cambiado, estaba organizada y cubría casi una página entera. Eso demuestra el interés por el personaje, interés suscitado por “Tiempos de Guerra”. Aun así, todavía hay mucho que explorar en la vida de esta mujer extraordinaria.

Maria del Carmen Angoloti y Mesa nació el 17 de septiembre de 1875. Era hija de Joaquín Angoloti, que fue diputado en las Cortes por San Juan, Puerto Rico, senador por Orense y llegó a ser presidente de la Cámara de Comercio de Madrid. A los 17 años, Carmen contrajo matrimonio con Pablo Montesinos, sobrino nieto del General Espartero. El matrimonio dio la oportunidad a la novia adolescente de ostentar dos títulos, Duquesa de la Victoria y Condesa de Luchana.

Sabemos poco de las primeras décadas de esa unión. Pablo que servía en la Caballería y alcanzó el rango de coronel, era también dueño de grandes hectáreas en Extremadura. No sabemos si su esposa pasaría sus primeros años en su latifundio extremeño o en Madrid. No tuvieron hijos. En 1905, el Duque fue nombrado agregado militar de la embajada española en Berlín. Allí residiría la pareja por varios años. En 1911, Doña Carmen, cercana a sus cuarenta años, fue nombrada dama de la reina Victoria Eugenia.  Como dijera en mi semblanza de La Reina Enfermera, Doña Ena no cultivó amistades entre sus cortesanos. El que haya sido tan unida a La Duquesa, habla muy bien del carácter de esta última.

Cuando la reina se aboca a la reorganización de la Cruz Roja, Carmen la secunda en el proyecto con gran voluntad. Ella misma sigue los estudios de enfermería impuestos por los nuevos reglamentos, recibiendo su diploma en 1920. Comienza sus labores en el Hospital de San José y Santa Adela, en Madrid y será presidenta de la junta de esta misma institución. En 1921, veraneando en San Sebastián junto a su soberana, reciben ambas la noticia del Desastre de Annual. Ahí la reina le encarga llevar un destacamento de enfermeras de la Cruz Roja a Marruecos. “Vete allí y verás lo que puedes hacer” serán las ordenes que la Duquesa recibirá de Doña Ena.

En agosto de 1921, Doña Carmen desembarca en Melilla. No viene con Julia, Pilar y Magdalena. La acompañan tres Hermanas de la Caridad y dos diplomadas de la Cruz Roja. Ellas son Maria Benavente, sobrina del Premio Nobel, Jacinto Benavente;  y Carmen “Mimi” Merry del Val. A ellas se les agregará liego, Conchita Heredia, joven dama de la reina que deberá abandonar Marruecos por motivos de salud. Uno de los mayores peligros que enfrentan las damas enfermeras son las enfermedades de la región. Ya vimos en “Tiempos de Guerra” una epidemia de meningitis. A Mimi Merry del Val la picó un mosquito y hasta el fin de sus días sufrió ataques de paludismo.
¿Se ha contagiado Magdalena de meningitis? 

Aparte de los males que atraían la mala condición de los alimentos, el clima ardiente y una multitud de gérmenes que flotaban sobre una ciudad que no se preciaba por su limpieza, las damas enfermeras eran blanco fácil para francotiradores. La costumbre en los hospitales militares durante la Guerra del Rif era que, si había un ataque o tiroteos, toda actividad se suspendía, se cortaba la energía eléctrica hasta que pasara el peligro lo que dejaba a docenas de heridos en riesgo de muerte. La Duquesa proscribió esa costumbre. Bajo su mando, se mantenían las luces encendidas y continuaban las cirugías y otras actividades hospitalarias sin importar el peligro que el personal médico sufriera. Por eso, no estuvo desubicada la escena en que Carmen es baleada al atender un soldado herido.

La Duquesa impuso nuevas reglas. La más importante fue que el rango militar no debía pesar como prioridad para recibir cuidados médicos. Parece mentira, pero hasta la llegada de Doña Carmen si un oficial sufría de un sangrado de narices era atendido antes que soldados rasos que presentaban heridas más graves. Con ellas las damas enfermeras trajeron sanas costumbres de higiene, muy necesarias en el Protectorado; métodos antisépticos modernos; mejor nutrición y mayor seguimiento postoperatorio. No se miente al decir que salvaron más vidas que la Sanidad Militar. Sus labores iban mas allá de la curación. En su famoso discurso de elogio a La Duquesa, el diputado socialista Indalecio Prieto habla de haberla visto a ella y a sus enfermeras amortajando cadáveres y martillando clavos en los ataúdes.

La Duquesa era incansable. Se dividía entre España y el protectorado, viajaba a Madrid a conferenciar con la reina o a vigilar que los soldados heridos repatriados siguieran recibiendo atención medica de calidad. Para 1922, había establecido dos hospitales en Melilla. En 1924 abría otro en Larache y en 1924 inauguraba otro en Tetuán. Ese mismo año fue nombrada Inspectora de Hospitales de la Cruz Roja en Marruecos.

Si Santa Teresa construía conventos, La Duquesa de la Victoria hacía lo propio con hospitales. En esta labor la secundaba su marido. En “Tiempos de Guerra” Carmen le dice a Julia que su esposo es oficial de caballería y que pronto lo trasladarán a África. Efectivamente, el coronel Montesinos aparece en las crónicas de las labores de su mujer, ayudándola en tareas como la construcción de sistemas de alcantarillado y de instalaciones eléctricas en los nuevos hospitales. Se sabe poco del Duque de la Victoria, pero a juzgar por su trabajo en Marruecos, apoyaba los proyectos de la esposa y trabajaban en equipo, señal de matrimonio bien avenido.

Lamentablemente, el Duque de la Victoria ha pasado a la historia por un defecto que sufría y que aquejó a muchos hombres cultos de su época. Fue un gran antisemita y fomentador del antisemitismo en la España moderna. Tradujo al castellano Los Protocolos de los Sabios de Sion y en 1935 publicó Israel manda donde promueve la idea de una conspiración judeo-masónica que pretende dominar Occidente.

Entre tanto trabajo, Doña Carmen comenzaba a cosechar reconocimientos a su labor. La más importante la recibiría de boca de Indalecio Prieto que la calificaría de ser “la única heroína” de la Guerra del Rif. En 1921 se le concede la Cruz de la Orden Civil de Beneficencia y se la nombra hija Predilecta de Madrid.  En 1922 una calle de Melilla recibirá su nombre. Después de la Guerra Civil (y con cierta falta de galantería) se cambia el nombre por el del General Mola, pero en 1991 el Ayuntamiento de Melilla exige que se restaure el nombre de esta dama a la que la ciudad tanto debe.

En 1925 por primera vez se le concede a una mujer la Gran Cruz del Mérito Militar y la receptora será Doña Carmen. Ese mismo año el Comité de la Cruz Roja le hace entrega de la Medalla Florence Nightingale. Como si fuera poco ese año se le elevan dos monumentos, uno en Cádiz y otro en Madrid. En el de Madrid aparece rodeada de representantes de las tres ramas militares cuyos heridos curó: Policía Indígena, Ejercito Peninsular y la Legión Española.

Mucho se ha vinculado a La Duquesa con La Legión, que como viéramos en otra entrada nació en la Guerra del Rif. Se ha dicho desde que fue su madrina, hasta que uno de sus fundadores, El General Francisco Franco, ¡la pretendía! Lo que si es cierto es una anécdota un poco chocante que Ignacio Angoloti de Cárdenas, sobrino y biógrafo de Doña Carmen, recoge en su libro del 1958 La Duquesa de la Victoria.

Un día, unos legionarios que mucho querían a quien apodaban “La Madre Carmen”, se lamentan de no tener flores con que obsequiarla. Doña Carmen, siempre enemiga de homenajes, les responde ásperamente que no necesita flores:  “cabezas de moro son lo que hacen falta”.  Era un decir, pero no se le dice eso a un Caballero Legionario. Días más tarde, la Duquesa recibiría un cesto de rosas entre las que habían clavado dos cabezas de moros. Como había de esperarse La Duquesa se desmayó de horror, pero no armó escándalo. Siempre tan discreta, mandó enterrar las cabezas.

Una anécdota más agradable es la que asocia a Doña Carmen con uno de los himnos más conocidos de La Legión Española. Estando de visita en Málaga, la Duquesa asistió a un espectáculo en el que escuchó a Lola Montes interpretar el cuplé “El Novio de la Muerte”. Doña Carmen invitó a la cupletista a viajar a Melilla para entretener y levantar la moral de la población militar y civil. En Marruecos, Lola entonó el cuplé y lo hizo vestida de enfermera, detalle significativo que la asociaba con la Cruz Roja y por ende con la Duquesa. Impresionado, Millán Astray decidió incorporar al Novio de la Muerte al repertorio de himnos de la Legión que acababa de fundar.



La Duquesa de la Victoria se la pasó entre España y el Protectorado hasta el fin de la Guerra del Rif, participando activamente en el Desembarco de Alhucemas que daría término al conflicto. Acabada la guerra, Doña Carmen regresó a Madrid reintegrándose a sus labores en el Hospital de Santa Adela del cual era presidenta. En 1931, tras la caída de la monarquía, Los Duques de la Victoria acompañarían a sus soberanos al exilio. Tras dejar instalada a la familia real en Roma, los Duques regresaron a España.

El Alzamiento de julio de 1936, que da inicio a la Guerra Civil, coloca a los Duques de la Victoria en la lista de desafectos a la Republica. Sus tierras extremeñas son expropiadas, y la pareja es arrestada. El Duque, coronel de la reserva, recibe una oferta de incorporarse al ejército de la Republica. Anciano, retirado y monárquico, obviamente el Duque se niega. Será fusilado en las tapias del cementerio de Aravaca donde también caerían Ramiro de Maeztu, Ramiro Ledesma Ramos, y varios miembros de la familia real española.

La Duquesa tiene más suerte. Es llevada a la pavorosa Checa de Bellas Artes donde hace lo que sabe hacer. Se dedica a cuidar a sus compañeras reclusas, aunque eso signifique tener que chocar con sus carceleras inclusive llegando a enfrentarse a “La Nuncia”, la más brutal de ellas. Cuando los milicianos vienen a buscarla a ella y a otras prisioneras para fusilarlas, Doña Carmen los convence de no hacerlo.
Ex Checa de Bellas Artes (tambi'en llamada de Fomento)


Entretanto La Cruz Roja Internacional y la comunidad diplomática extranjera en Madrid se han interesado en su caso. El gobierno de la Republica cede ante las presiones y decide su liberación, pero eso no garantiza la seguridad de la Duquesa. Será Edgardo Pérez Quesada, valeroso Encargado de Negocios de la Embajada Argentina, quien gestione el rescate de Doña Carmen.


Edgardo Perez Quesada

 Carmen Angoloti se convierte en una más de los cientos de refugiados cuyas vidas salvaría la diplomacia argentina en ese “Madrid de milicianos” como cantaba Celia Gámez. A pesar del estado caótico en que viven los asilados, se la recibe con muestras de júbilo en la Embajada. Doña Carmen vivirá unos meses ahí sujeta a todo tipo de privaciones, más el terror de las visitas de milicianos que exigen se les haga entrega de los asilados. Finalmente, Pérez Quesada consigue que el gobierno de la Republica permita que sus protegidos salgan del país. Con otros compañeros, y con escolta diplomática, Doña Carmen viaja a Alicante donde embarca la comitiva en un buque argentino, el Tucumán, que parte a Marsella.
Asilados en la Embajada Argentina (Foto de Pepe Campua que tambi'en estuvo refugiado en ese edificio) 

Esta mujer indomable pronto cruza la frontera en Irún y se establece en Burgos. El Ministerio de Guerra le otorga una pensión de viuda, en enero de 1938, pero ya la Duquesa está embarcada en lo que sabe hacer en tiempos de guerra: curar heridos. En 1939, es nombrada presidenta de los Hospitales de la Cruz Roja. Ocupará ese cargo hasta fines de los 50.



En 1959 fallecía Carmen Angoloti y Mesa en su Madrid natal. Sus últimos años los pasó trabajando. Siempre fue discreta, enemiga de honores o de hablar de sus experiencias tristes o alegres. En 1958, su sobrino Ignacio la entrevista y consigue de su boca oír la verdad de muchos hechos de la prodigiosa vida de su tía. Aunque se trate de una biografía La Duquesa de la Victoria, hoy un libro difícil de conseguir está escrito en primera persona, por lo que es como oír de labios de Doña Carmen su aporte a la historia española.


Queda una última anécdota sobre esta mujer tan fascinante. En Los Años del Miedo, Juan Eslava Galán la coloca en Roma recibiendo el último aliento de Alfonso XIII. Aparentemente, si se trasladó a la Ciudad Eterna para ser cuidadora de los últimos días de su rey. Como narra Eslava Galán, Alfonso se rehúsa a recibir a su esposa, por lo que quien lo atenderá será la Duquesa de la Victoria, quien además se encargará de amortajar al soberano tal como la atestigua esta carta de su puño y letra que envía desde el Grand Hotel de Roma.
Hacer esta semblanza ha sido un placer, aunque he tenido que hacer una larga investigación entre documentos en línea y libros de mi biblioteca. Pero todavía tengo la impresión de que hay más cosas que no sabemos de esta mujer generosa, adelantada a su época y semi fabulosa. Hay que agradecer a “Tiempos de Guerra” que nos haga, como público, buscar datos e interesarnos sobre la ahora mítica Duquesa de la Victoria.


miércoles, 18 de octubre de 2017

La Guerra del Rif. Trasfondo histórico de Tiempos de Guerra


Se la llama La Guerra del Rif, La Guerra de África, La Segunda Guerra de Marruecos y La Campaña Africana. Se dice que fue un levantamiento de tribus rifeñas en contra del poder colonial español. Lo cierto es que involucró a Francia también y fue una pugna para mantener el protectorado europeo en el reino de Marruecos. Se dice que comenzó en 1911, otros afirman que ya llevaban dos años de escaramuzas. Lo cierto es que el momento cumbre fue el Desastre de Annual y ese es el punto histórico que los libretistas de “Tiempos de Guerra” han escogido para desembarcar en Melilla a Julia, Magdalena y Pilar, capitaneadas por la formidable Duquesa de la Victoria.


 Una idea fantástica ha sido elegir La Guerra de África como trasfondo de esta historia. Esta sangrienta y olvidada conflagración no es divisiva como La Guerra Civil, por lo tanto, resulta terreno seguro para poder transitar sin abrir heridas políticas. Es el consenso en España, cuando se recuerda el Conflicto del Rif, es que fue una barbaridad, una carnicería totalmente innecesaria.

Precisamente por tratarse de una pugna tan exótica, tenemos que ver primero de que se trató, porque les advierto llevamos cuatro capítulos, y todavía nadie nos explica de que se trata esta guerra que provoca tanto muerto y herido. El único detalle ha sido la negativa de Julia (en el episodio debut) de aceptar que su hermano y prometido hayan muerto  “por una buena causa”. Para nadie en España ni entonces ni ahora, La Guerra del Rif fue una buena causa. Simplemente se trató de un último acto en contra de pueblos nativos, o de etnias dentro de colonias, que vivían bajo poderes europeos.

La han llamado “La Campaña Africana”, pero los españoles han guerreado en el Norte de África desde que Cervantes sufriera cautiverio en Argel, y desde que a San Ramon Nonato los moros le pusieran un candado en la boca para que parara de predicar. Para el Siglo XVII, se había hecho del poder en Marruecos una dinastía conocida como la de los alauíes quienes lograron expulsar a los europeos de su territorio. La excepción fue España que siempre mantuvo control del borde costero donde se encuentran las ciudades de Ceuta y Melilla. Esa región es conocida como el Rif. Serian sus tribus de bereberes orgullosos, la mayoría montañeses, quienes se opondrían a la presencia extranjera.

Para el siglo XIX, Marruecos era un sultanato libre, que había mantenido su independencia ante las presiones otomanas. La belleza de sus ciudades y riqueza de su suelo la hacía atractiva a las potencias europeas. Ya en días de Luis-Felipe, Francia fue a meter la nariz por allá. España se contentaba con sus posiciones en la costa, pero los rifeños se la pasaban asaltando sus ciudades. En 1859, el gobierno español envió ingenieros a fortificar Ceuta. Los rifeños los mataron provocando tal furor en la península que hubo que enviar una expedición punitiva que a ratos alcanzó el fervor de cruzada. Esa Primera Guerra de Marruecos duró cuatro meses y provocó una cantidad de expresiones artísticas incluyendo la Aita Tettauen de Galdós y Un Diario de un testigo de la Guerra de África de Pedro Antonio de Alarcón.

Mientras Francia se imponía en el resto del país, España seguía con problemas en el Rif. La Guerra de Marruecos había sido declarada en contra del sultanato, pero nuevas escaramuzas bereberes movieron a España a luchar directamente con las tribus rifeñas entre 1893 y 1894. Esta guerra de Maragallo se llamó así por un gobernador imprudente que se puso a construir fuertes cerca de la tumba de un santón local. 6000 rifeños bajaron de los montes a degollar infieles. Pero los españoles tenían armamento moderno. Enviaron acorazados y reflectores eléctricos. Mas encima, el Sultán Hassan I tomó partido por los iberos y los rifeños tuvieron que bajar las armas y volver al monte. Con cada una de estas contiendas, España iba adquiriendo más territorio en el Magreb.

En 1909 se alborotan nuevamente las cabilas del Rif. Esta vez por la actividad de compañías extranjeras que explotaban las minas de hierro y estaño de la región. Aunque operaban con capital francés, quien daba la cara era la Compañía de Minas Españolas del Rif. Los rifeños atacaron a un capataz y a sus hombres, matando a cuatro de ellos. Otra vez, España mandaría un ejército a África, pero esta vez el pueblo español no acogió con buenos ojos esta campaña. Hubo protestas, sobre todo en Cataluña, que devendrían en la Semana Trágica de Barcelona.

Despedida de un soldado rumbo a Marruecos

A pesar de que los españoles repudiaban el conflicto, para el rey Alfonso XIII la presencia ibérica en África era fundamental. Tras el desastre del 98, España había perdido sus posesiones en el Caribe, Asia y en el Pacifico. Su única oportunidad de recobrar un imperio en ultramar era en el Magreb. A partir de 1911, el ejército español inició una agresiva campaña de pacificación en la zona del Rif, campaña que duraría hasta fines de La Gran Guerra. En 1920, Francia y España se repartieron Marruecos, quedando cada uno dueño de una sección del país (con la ciudad de Tánger convertida en zona internacional) que pasarían a conocerse como El Protectorado Frances y El Protectorado Español.


La hipocresía residía en hacer creer que esto no era una estratagema colonialista. En teoría, el país seguía regido por el Sultán Yizef, pero tanto el ejercito como la caja fuerte marroquíes eran manejados por “los protectores”. La corrupción estaba muy extendida entre administradores y altos mandos del ejército que se la pasaban del burdel a la mesa de juego. La tropa era un hato de soldados pobres, casi analfabetos, desmoralizados por estar lejos de su hogar, desnutridos y expuestos a enfermedades. Una enfermedad bienvenida era la sífilis, fácil de contraer cuando la prostitución estaba en auge y descontrolada en el protectorado. Un soldado sifilítico era dado de baja y retornado a su país. Este sería el ejercito que se batiría contra soldados vigorosos, que conocían el terreno, que tenían una causa por la que luchar y que serían liderados por el mítico Abd El-Krim.

Abd El-Krim en la Portada de Time Magazine (1925)

Este cadí (juez musulmán) pertenecía al poderoso clan de los Beni Urriaguel. Además de su formación legal, Abd El-Krim había tenido contacto con el poder colonial español e incluso con la misma España. Hablaba castellano perfectamente, había estudiado en Salamanca, había sido editor de la sección árabe de El Telegrama de Ceuta y había tomado parte en la burocracia colonial como maestro, traductor y escribiente. Esas experiencias lo hicieron un perito en la administración del protectorado, la debilidad de sus soldados y la corrupción vigente.

“Tiempos de Guerra” inicia con una batalla que los libros de historia conocerán como “El Desastre de Annual”. Ahí conocemos a los oficiales Pedro Ballester y Andrés Pereda. Los vemos pelear sin esperanza y más encima traicionados por su jefe, el vil comandante Silva un ejemplo del oficial corrupto del ejército español colonial. Como vemos em esas escenas, Annual era un campamento militar al que un ejército de 3,000 rifeños atacó obligando a las tropas europea a replegarse hasta la costa. Se dice que, de los 20.000 soldados españoles, 8.000 perecieron en una contienda en que militares profesionales fueron vencidos por nativos irregulares cuyo poder residía en su líder, un estratega nato, cuyas tácticas guerrilleras serían más adelantes copiadas por Mao, Ho-Chi-Min y el Che Guevara.
Cadáveres encontrados tras el desastre de Annual

Cuando las enfermeras de la Cruz Roja desembarcan en Melilla, esta es una plaza sitiada. Si Abd El-Krim no la atacó fue por temor a que la población cosmopolita hiciese un llamado a otros países europeos a sumarse a la guerra. Tanto los civiles como militares están en un estado de pánico que aumenta con el desabastecimiento y la desconfianza por la población autóctona. Lo vemos en el desprecio con que Susana, hija del comandante de la plaza, se expresa de Larbi, el enfermero árabe. Lo cierto es que la población marroquí no estaba con los rifeños quienes siempre habían sido una etnia separada. Incluso su religión, que todavía conservaba resabios paganos, era mirada con recelo por los imanes ortodoxos. Tanta era esa diferencia, que apenas declarada la independencia de Marruecos, en 1956, las tribus rifeñas volvieron a alzarse esta vez en contra del Sultán Mohamed V.

La escasez tanto de soldados como de municiones y alimentos se debía al caos provocado por una administración endeble y deshonesta.  Muchos de los víveres eran robados por los mismos militares y luego aparecían en el mercado negro. Ya en España el conflicto era mirado con indiferencia por las clases pudientes y con mucho resquemor por los estratos humildes que sabían que serían sus hijos la próxima carne de cañón. Por algo se llamó a la Guerra del Rif, “la guerra de los pobres”. Un toque novedoso de “Tiempos de Guerra” es mostrarnos oficiales “señoritos “como Andrés y Pedro.


La serie, a diferencia de otros ejemplos de ficción histórica española, no se apoya en ideología sino en un conflicto de clases donde los oprimidos (en este caso el soldado raso) no tienen voz. A pesar de que la tropa de Pedro sabe que el comandante Silva miente y el alférez dice la verdad, no esperan que se les tome en cuenta ni que crean en sus declaraciones. Aun así, se amotinan y rápidamente son reprimidos con la amenaza de cortes marciales y paredones. Ya vimos como Pedro fue condenado a muerte y su ejecución solo consiguió ser frenada por la Duquesa de la Victoria y la mismísima Reina de España.
Pedro casi es fusilado

Tiene que salvarlo la Reina Victoria-Eugenia

En España, había conciencia de ese abandono. El desaliento fue explotado primero por elementos subversivos de derecha que devendrían en la dictadura de Miguel Primo de Rivera (que había sido oficial condecorado en La Guerra de Maragallo) y luego por eventos republicanos que llevarían a la derogación de la monarquía, apenas acabado el conflicto.

Por ahora estamos en 1921, en “Tiempos de Guerra”. Todavía le quedan cuatro años a la Guerra de Marruecos. Durante ese tiempo, Abd El-Krim establece una república independiente y llega hasta los confines del protectorado. El error del líder será ese, atacar a los franceses en un territorio donde los jeques no reconocen la autoridad del comandante rifeño. Los franceses también envían tropas comandadas por el héroe de la Gran Guerra, Henri Pétain. Se comienzan a utilizar armas químicas para eliminar al enemigo.

 Finalmente, un contingente de tropas francesas y españolas desembarcan en Alhucemas y acaban con La Guerra del Rif.  Abd El-Krim se rinde a los franceses. Estos lo toman prisionero, y le dan un trato honorable, negándose a las peticiones de extradición de España. En 1947, el líder rifeño huirá a Egipto. Morirá Abd El-Krim en Cairo en 1963, alcanzando a ver la independencia del Magreb.

Ya les he hablado de las repercusiones políticas que La Guerra del Rif tendrá en España, pero también surgen otros factores en el mismo protectorado que afectarán a un ejército colonial que en la próxima década invadirá la Península. El primero es la aparición de una nueva clase de oficiales, los llamados “generales africanistas” menos corruptos, más determinados, mejores estrategas, con una visión más amplia (ergo brutal) de como detener este conflicto que a cada rato vuelve a desatarse.




Por otro lado, se privilegia a los batallones o tercios formados por soldados nativos. Esos conformarían el núcleo del Cuerpo del Ejército Marroquí, los famosos “moros” de La Guerra Civil. La casta africanista de generales jóvenes, unidos por un esprit de corps forjado en La Guerra del Rif, y por un desprecio total por la clase política ibera, serán los alzados del 19 de julio de 1936.

 La lista de generales africanistas incluye a todo el alto mando del Bando Nacional: Generales Yagüe, Sanjurjo, Mola, Varela, Queipo de Llano, también el coronel Juan Luis Beigbeder, quien estaría a cargo del Protectorado de Marruecos durante la Guerra Civil, y por supuesto Francisco Franco, el general más joven del ejército español. Otros nombres que sonarán a fines de los 30s y durante la Era Franquista serán Alfredo Kinedelan fundador de la aviación militar española, Agustín Muñoz Grandes quien comandará la División Azul y José Millán Astray (quien perdería un brazo y un ojo en el Rif) fundador, junto con Franco, de La Legión.
El Caudillo en su etapa marrroquí

Precisamente La Legión Español es otro producto del conflicto rifeño. Es fundada como una imitación de La Legión Extranjera Francesa, un cuerpo de militares que se sienten orgullosos de pertenecer al mismo. Con moral más alta que el soldado colonial con mayor sentido de dignidad y propósito, el legionario sería un arma letal en la última etapa de la Guerra del Rif, desempeñando importante rol en el Desembarco de Alhucemas que acabaría con la campaña africana.

¿Veremos todo esto en “Tiempos de Guerra “? Eso lo sabremos si seguimos esta serie que por ahora nos enseña una historia que no se imparte en las aulas.