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lunes, 8 de julio de 2019

Bandidos, Bioseries y Bestsellers: El Drama de Época Español



Superada la Transición, España iba en camino a ser una democracia-ergo- monárquica. Irónicamente este periodo de libertad acabó con los excelentes dramas de época que caracterizaban a RTVE. En cambio, se abocaron a fórmulas que perduran hasta nuestros días y que a pesar de los adelantos técnicos y de los mensajes sociopolíticos, han degenerado en copias de copias afectadas por presentismos, personajes planos y mucha propaganda.

Antes de hacer un recorrido cronológico como lo hice con la primera etapa del drama de época made-in-Spain, habría que ver que fórmulas exitosas se usarían hasta la náusea, sobre todo del espectador. Curro Jiménez dejaría la puerta abierta para justicieros fuera de la ley; las adaptaciones literarias seguirían, ya no cifrándose en los clásicos, sino en bestsellers; las bioseries están con nosotros desde los 80; y la piedra filosofal de este siglo (tanto en RTVE como en Antena 3) es la fórmula del espacio pequeño, íntimo, un pueblito, una calle, un barrio donde la opresión, tanto política como patriarcal, se sienten mejor.

Enmascarados, Encapuchados y una Bandolera
Comenzaremos con el pobre Sancho Gracia al que le tomaría una década sacudirse de encima a Curro Jiménez. Yo no sé porque no siguieron con la serie si daba para tanto. En cambio, se la pasaban tratando de recuperar el cuento del héroe justiciero. Primero querían que Sancho fuese El Coyote, personaje del comic (no confundir con el del Correcaminos), pero hubo problemas de derecho de autor.

Entonces se les ocurrió inventarse un Zorro a la española. Así nació Don Carlos de Zarate, el de “La Máscara Negra”. Como el Zorro, este era un personaje que vivía una doble vida, de día era afrancesado, de noche andaba despachando a los soldados de Napoleón que habían invadido la Península.

La serie era de un altísimo presupuesto y contó con excelentes invitados como Paco Rabal, Marisa Paredes, el licántropo español Paul Naschy, y hasta El Algarrobo aparecía en un episodio haciendo de turco. Lamentablemente la serie no dio para más de once capítulos. Creo que la pasó SIN por allá por el ‘84 cuando yo iba a clases de noche. Mi Ma la vio y me dijo “Es Curro Jiménez, solo que ahora sabe leer y dice que es amigo de Benjamin Franklin”.

Un año más tarde y Sancho Gracia aparecía en una miniserie sobre las Guerras Napoleónicas, “Los Desastres de la Guerra”. Es increíble que un tema tan fascinante pudiera ser tratado de una manera tan soporífera. Sancho daba vida a Juan Martin “El Empecinado” y tras un par de capítulos, mi madre sentenció “otra vez, Curro Jiménez”. Aunque lujosa, la serie no tenía un buen argumento y por eso se apegaba a la fórmula y naufragaba.

Ya mencioné en mi blog anterior que en RTVE no escarmentaban y que en 1994 desempolvaron los arcabuces e intentaron revivir, con poco éxito, a Curro Jiménez. No duró mucho ese intento. Pasarían treinta años desde que el bandido justiciero dejara la televisión para que, en el 2009, RTVE echase mano al cuento nuevamente.

Así nacía otro vengador fuera de la ley que llevaba una doble vida para corregir (bajo una capucha, entuertos e injusticias. David Janer era Gonzalo, un maestro viudo que en el Madrid (entonces un pueblito) de Felipe IV debía intentar criar un hijo de día, pero en las noches se convertía en el legendario “Águila Roja”, un héroe de Marvel en la España Barroca.

Gonzalo, quien además de sus empresas quijotescas, buscaba al asesino de su esposa y a sus verdaderos padres, tenía la particularidad de haber vivido en el Lejano Oriente donde había aprendido misteriosas artes y se había traído un arsenal de flechas y katanas que eran las armas usadas por el héroe. Esto variaba la fórmula y atraía los amigos de videojuegos, de los comics, de las artes marciales y del Wuxia.

Por nueve temporadas “Águila Roja” combatió a todo tipo de maleantes, muchos aristócratas y portadores de corona. Hasta vampiros llegaron a la Villa. El Águila Roja era casi inmortal, domaba a las fieras, eludía balas y siempre se libraba de las trampas de su némesis, El Comisario Hernán (Francis Lorenzo) que fue el último en enterarse que Gonzalo era su hermano.

La lucha entre Hernán y el héroe era también una rivalidad por el amor de la perversa y casquivana Lucrecia, Marquesa de Santillana (Myriam Gallegos), una plebeya metida a noble que estaba encaprichada con Gonzalo quien muy lentamente se estaba enamorando de su cuñada Margarita (Inma Cuesta).

¿Suena bien en papel verdad? Pues en realidad era un cuento sin pies ni cabeza, con buenos muy brutos o muy pesados, y malos irredimibles. La historia era siempre accidental, lo único claro es que Felipe IV (verdadero padre de Gonzalo y Hernán) era un pésimo rey.

Entremedio estaba el omnipresente presentismo que es la cruz que carga el nuevo drama de época y que permitía a los guionistas embutir cuentos basados en éxito cinematográficos fuera “El Club de la Pelea” o “Crepúsculo”.  Había piratas del Caribe, asesinos en serie, se buscaba el Santo Grial, Lucrecia tomaba drogas y tenía hijos por todos lados. Hasta se acostaba con uno de ellos, Hernán se acostaba con su hermana, los disparates abundaban y la serie tenía un éxito colosal. ¡Más encima cosechaba premios!

El desorden afectaba también las temporadas, algunas eran más largas que otras. La séptima duró 18 episodios y la sexta solo seis. En dos ocasiones se dividieron las temporadas en dos partes. Se dijo que esto se debía a que el gobierno de Rajoy castigaba a RTVE negándole fondos.

Supuestamente era una serie de alto presupuesto. Nunca supe por qué. La acción tenía lugar en la Villa, que era solo una callejuela, o en interiores; todos andaban con la misma ropa (menos Lucrecia que se la quitaba); no había tantos efectos especiales solo los brincos del encapuchado. En quien ciertamente no gastaban era en guionistas que vivían reciclando clichés de capítulos anteriores.



Lo cierto es que, para la quinta temporada, el rating se desplomó. De 29 puntos fue bajando hasta 12 en la penúltima entrega. Repuntó a 15 en la última y fue con alivio que la vi partir. Era una aberración sin sentido que yo seguí porque esperaba en vano la redención de Hernán. Nunca se me dio.

Lo curioso es que, para la segunda temporada de “Águila Roja”, Antena 3 que era la rival de RTVE rescató la fórmula del bandido y también tuvo un héroe que llevaba una doble vida en pos de la justicia. La diferencia es que la “Bandolera” usaba faldas.

Sara Reeves (Marta Haza) es una dama inglesa de familia acomodada y una de las primeras mujeres en ser admitidas en Oxford. Pero Sara está harta de su mundo privilegiado y sueña con las aventuras que lee en libros como Carmen de Prosper Merimee. En unas vacaciones se va a Andalucía buscar a los últimos bandoleros. Pero es 1881, el bandolerismo ya casi ha sido erradicado por la Guardia Civil.

Andalucía está sometida a los abusos de los caciques, pero ya surgen entre los abusados adherentes al anarquismo y al socialismo. Sara descubre que todavía quedan algunas partidas de bandoleros perdidos en la Sierra Morena. Varios sucesos obligan a Sara permanecer en Andalucía, donde abrirá un periódico para hacer denuncia social. Eso de día, ya que, de noche, y a pesar de sus amores con un oficial de la Guardia Civil, Sara se convierte en la líder de una cuadrilla de bandoleros.

A pesar del buen rating, “Bandolera” nunca pasó de ser una serie de sobremesa y tras dos temporadas tuvo que marcharse y ceder el lugar a “Amar es para siempre”.  Ahí murió la fórmula del héroe (heroína) bandolero.
De Santa Teresa a La Jurado
Volviendo a la España de Felipe González, RTVE descubrió otra manera de usar el pasado como forma de entretenimiento, la biografía de personajes históricos. Ya a fines de la Transición se había instaurado esta costumbre televisiva. En 1981, Julián Mateos fue un más que respetable “Cervantes”. Al año siguiente tuvimos a Adolfo Marsillach encarnando al Primer Premio Nobel español en “Ramón y Cajal: historia de una voluntad”. Me temo que “Charité” ha sabido otorgarle mayor fascinación al tema de la medicina histórica.

No importó, porque en 1984 se estrenaba la para mí mejor expresión de este subgénero: “Santa Teresa de Jesús” interpretada de manera sublime por Concha Velasco. Aunque la serie se obstinó en no mostrar muy poco de lo  místico o milagroso alrededor de la Doctora de la Iglesia, el respeto con que se trató a la santa sin restarle mi un ápice de humanidad, pero subrayando su grandeza, hacen de esta miniserie una joya.

Tristemente “Santa Teresa” fue una excepción, las bioseries desde entonces o son tediosas como la del autor de Los 4 Jinetes del Apocalipsis, “Blasco Ibáñez”, hecha en 1996 o estrepitosas como la que en este siglo nos ha regalado sobre cantantes y otras figuras. Hemos tenido semblanzas de artistas ya fallecidos como Rocío Dúrcal, Roció Jurado, y Lola Flores, y también de quienes todavía gozan de ese mundo como Raphael y Marisol. La moda de la bioserie es tan arraigada que, más que calidad y veracidad, prima en ella el momento oportuno de sacar trapitos al sol. Acababan de clavar el ataúd de Dona Cayetana y ya Antena 3 armaba “La Duquesa”.  

No sé cuan exitosas sean estas biopias, ni cuan históricas, pero me quedo con el dato de que “El Rey”, un retrato de la vida de Don Juan Carlos I fue opacado por “Velvet”. Obviamente no supieron darle el toque exacto de romance y chisme que a “The Crown”.  Por suerte nunca me tocó ver esa aberración llamada “Alfonso, El Príncipe Maldito” donde más encima pusieron un feo haciendo de mi muy llorado Duque de Cádiz.

Al hablar de estos esfuerzos por mostrar pasados históricos o cronificar la nostalgia, creo haber dejado claro que ha habido un descenso de calidad en el period piece ibero. Podríase decir entonces que el buen drama de época español se salvaba porque sus bases estaban en la obra de grandes literatos. Sería fácil irme por ese lado, pero hay señales de que incluso la adaptación puede resbalar.

De los Clásicos a los Bestsellers
En 1986, Charo López condenada a ser parte del period piece ibero es una Sabel arrogante y contraparte de Victoria Abril como la frágil Nucha en una competente adaptación de Los Pasos de Ulloa de La Condesa de Pardo-Bazán. A mí me dejó fría, pensé que era porque doña Emilia no es una de mis escritoras favoritas.

 Pero algo estaba ocurriendo con el drama de época ibero, parecía haber perdido rumbo y alma. Tanto así que la lujosa adaptación de La Regenta de Clarín (1995), a pesar de las eficaces actuaciones de Aitana Sánchez-Gijón como Ana de Ozores y de JL Galiardo como Álvaro Mesía me resultó indiferente.

Mucho más interesante fue la adaptación de la autobiográfica trilogía de Arturo Barea La forja de un rebelde. Esta miniserie de 1990, hasta hoy la más cara producida en España, es para mí el inicio de la Memoria Histórica en la ficción televisiva. Aún más que “Los Gozos y las Sombras” o “El Olivar de Atocha” (1989) que llegaban a las vísperas de la Guerra Civil o de “El Mundo de Juan Lobón” (1989) que trataba de entrarle a la realidad de la posguerra. A propósito, todas estas series estaban basadas en novelas. Lo fascinante de “La Forja” es que su protagonista y autor va madurando y evolucionando a través de la caída de la monarquía, de la Segunda República y la Guerra Civil.

La llegada del Siglo XX acabó con la tradición de la buena adaptación literaria. La Memoria Histórica parecía ser la única vía posible para explorar el pasado en la ficción televisiva. La adaptación de Arroz y Tartana de Blasco Ibáñez en el 2003 pasó sin pena ni gloria y eso que la protagonizó una grande como es Carmen Maura. Seria en el apogeo de la memoria histórica y de los descaminados presentismos de “Águila Roja” que volveríamos a apreciar como una novela se traslada a la pantalla chica.

El principio de siglo había coincidido con un interés en el mundo anglo de la nueva novela española. El caso más emblemático es el de Carlos Ruiz Zafón y su saga de El Cementerio de los Libros Olvidados que, aunque ha ameritado premios desde Noruega hasta Holanda no ha merecido una versión fílmica ni televisiva.

En eso no se parece a Arturo Pérez Reverte quien ha visto con éxito su Reina del Sur convertida en serie de televisión de Telemundo y Alatriste vivir aventuras en el filme de Viggo Mortensen. Una lástima que se intentó de llevar al Capitán Alatriste a la pantalla chica. La serie del 2015 fue vergonzosa: Pérez Reverte la acusó de falta de asesoría histórica y los críticos se quejaron de las pobres actuaciones, esto último es un fenómeno que está afeando mucho las series de televisión españolas. Algo impensado hace treinta años.

Sira, La Costurera
Pero sería un superventas sorpresa el que cambiaría la impresión del drama de época del Siglo 21. En el 2010 una catedrática escalaba las listas de los más vendidos con su historia de una modistilla metida a espía en el Madrid de la Segunda Guerra Mundial. Pronto El tiempo entre costuras se convirtió en un bestseller en otros idiomas y María Dueñas parecía condenada a ser la nueva estrella de las letras españolas.

No fue sorpresa que se la quisiese adaptar como miniserie. La sorpresa fue que la iba a adaptar Antena 3. ¿Cómo así? ¿Esa cadena que hacía ridiculeces como “Bandolera” y esas bioseries tan ordinarias? Pues la producción de Boomerang (que se conoce por bodrios) les cerró la boca todos, haciendo de “El Tiempo” la serie del 2013. Para mí, después de “Isabel”, es lo mejor que ha hecho España en términos de serie en lo que va del siglo. Si me empujan, el mejor drama de época desde “Los Gozos y las Sombras”.

No me voy a poner a repetir lo que he dicho en otros artículos, solo agregar que los cambios que se han hecho a la obra de María Dueñas (con la excepción del desarticulado capítulo final) han mejorado la trama. “El Tiempo entre costuras” es bellísima, sus paisajes, sus vestuarios, sus actores y hasta sus personajes. Bellísima es la amistad de Sira y Rosalinda; de Sira y Félix; de Sira y Candelaria; de Sira y su criada Jamila.

Sira nos muestra que para ser una buena espía hay que tender puentes, buscar aliados y nunca abandonar a los amigos. Es lo que la hace un personaje tan divino y Adriana Ugarte la encarna de manera exquisita. Otra cosa muy refrescante, después de una década de memoria histérica, fue encontrarse con una serie que cubre los últimos años de la Republica, la Guerra Civil y la influencia alemana sobre España durante la Segunda Guerra Mundial, en la que los “buenos” no tenían necesariamente que ser marxistas furibundos.

Lo vemos en los estupendos retratos de Rosalinda Fox (Hannah New) y su amante Juan Luis Beigbeder (Tristán Ulloa), pero también en personajes menores como el Comisario Vásquez (Francesc Garrido) y sobre todo en Ignacio (Raúl Arévalo). Cuando Sira, bajo el nombre de Arish Agoriuq, regresa a Madrid descubre que la policía la vigila. Una noche encuentra a Ignacio, su exnovio, en su piso.

 Ignacio es ahora policía y vigila a Sira creyéndola amante de Beigbeder. Finalmente, Ignacio descubre que a quien solapa la modista es a Paquita (Pepa Rus), una antigua amiga de ambos. A pesar de ser Paquita viuda de un Rojo, y candidata perfecta las prisiones franquistas, Ignacio se apiada de ella y le consigue papeles falsos.


“El Tiempo entre Costuras” dejó la vara alta y yo esperaba un aluvión de series de televisión que cubriesen temas parecidos. después de todo, un gobierno de Derechas permitía establecer cierta distancia objetiva alejándose del estilo panfletario de los años de Zapatero. Ya en el primer año del gobierno de Rajoy, RTVE había ofrecido el telefilme “El ángel de Budapest” con Francis Lorenzo como Ángel Sanz-Brill el diplomático español que salvó miles de judíos húngaros de los Nazis. Yo pensé que el tópico estaba abierto. Equivocada estaba.


Yo ya me veía en pantalla grandes historias de espionaje en suelo ibero como el Papa Spy de Jimmy Burns o las aventuras de la Condesa de Romanones, en sus días de agente de los Servicios Especiales Aliados que ella narrara en The Spy Wore Red. O alguna miniserie sobre Juan Pujol el famoso doble agente catalán. O tal vez algo sobre los planes de la SS de raptar al Duque de Windsor en su paso por Madrid o Himmler buscando el Santo Grial en Cataluña.

Humanizando al Cuñadísimo
Sin embargo, en el 2016, y también basándose en la novela Nieves Herrero una de las más leídas en España, aparece en la 5 “Lo que escondían sus ojos” que como diría Salvador Calvo su productor era un intento de ver cómo vivían los vencedores. Se aplaude el intento, pero la serie fue una anomalía destinada al fracaso. Una lástima porque lo tenía todo para ser un éxito. Me refiero al argumento.

Carmen Diez de Icaza es conocida hoy como una política del postfranquismo, a quien Francisco Umbral apodaría “La Musa de la Transición”. Su vida ha aparecido en varios libros, desde sus memoras dictadas a Ana Romero cuando Carmen agonizaba de cáncer hasta “Dejé de pronunciar tu nombre” que Luis Herrero publicaba en el 2017. En todos, un leitmotiv trágico es el detonante de la tragedia de esta señora, lo que marcara su existencia, que fue enterarse a los 17 años de que su amigo de la infancia y novio desde que ella tenía 13 años, Ramon Suñer Polo, no podía ser su marido ya que era su medio hermano.

Resulta que Carmen, hija de los Marqueses de Llanzol, descubrió que su verdadero padre era nada menos que El Cuñadísimo, Ramon Serrano Suñer. Esta es una historia tristísima que para mayor remate ni siquiera le fue revelada a la víctima por su madre-verdugo. Sonsoles de Icaza cobardemente relegó esa tarea en su hermana. Carmen casi perdió la razón con esta revelación. Se la pasó un par de años en curas de sueño, luego intentó ser monja de clausura, terminó yéndose de cooperante a África, antes de meterse en la política. Carmen nunca se casó ni nunca se reconcilió con su madre.

Esta tristísima historia es descrita en los cuatro capítulos de los que consta la miniserie, pero es opacada por los protagonistas que pasan a ser el epitome del amour fou y una especie de Amantes de Teruel, solo que las que mueren aquí son la confianza y felicidad de sus hijos. La gente protestó por la serie, pero como siempre por razones políticas. Se habló de falta de rigor histórico y de poco respeto por la memoria de la familia de La marquesa. La izquierda chillaba que se le hacía propaganda al régimen y que se minimizaba con esta historia de amor los crímenes del franquismo.

Es cierto que los protagonistas son glamurizados, principalmente Serrano Suñer. Yo no soy de izquierdas, pero Serrano Suñer es uno de los miembros más repugnantes de la Corte Franquista. Aun así, no me importa que se le humanice. Rubén Cortada dijo que para interpretarlo tuvo que librarse de prejuicios. Lo aplaudo. El problema surge de que el actor se parece a su personaje tan poco como Rubén sabe de actuación.

Blanca Suarez, tan guapa como Isabel de Portugal en “Carlos Rey y Emperador”, aquí se ve grotesca tal como grotesco es su nivel histriónico. Estamos hablando de Sonsoles de Icaza, considerada la mujer más distinguida de España de la época, la Musa de Balenciaga. de hecho, Javier Rey como el modisto es lo mejor de la miniserie. Dicen que han copiado los modelos de Balenciaga, pero “actualizándolos”.  Creo que San Cristóbal, mi ídolo, debe estar brincando en la tumba.

Y es que Blanca Suarez, aparte de mala actriz, se ve ordinaria, como un cruce entre Kim Kardashian y Sofia Vergara y eso ya me jodió la serie. Aún más que el que muestren a los Rojos de “malos” porque quieren hacer volar a Serrano Suñer con una bomba, o que nos digan que al Cuñadísimo le preocupaban los pobres. Aunque que nos muestren a esta pareja como "víctimas del Franquismo"es dificil de digerir.


Los Reyes de Cataluña
El próximo bestseller que fue convertido en drama de época televisivo les quedó más hediondo que el pobre Theon Greyjoy, pero por razones diferentes. Aquí la culpa fue el libro de Idelfonso Falcones lo que ya condenaba a La Catedral del Mar a ser tendenciosa, unilateral con su retrato de ricos perversos y pobres apaleados en la España medieval. En pantalla el culto de la violencia (sobre todo la que recae en las mujeres) de la novela se nos restregó por la cara en una historia sin optimismo, sin humanidad, sin personajes complejos o interesantes.

Y ya, desde el momento que nos meten la papa de que Pedro de Aragón era Rey de Cataluña que es hora de desconectarse de Netflix. Ya esto parecía “Knightfall”. “La Catedral del Mar” nos ha dejado claros que en un mundo donde los intereses creados del presente regulan el retrato del pasado, aun novelas menos folletinescas y panfletarias que La Catedral del Mar no tendrán gran calidad al ser convertidas en series.

¿Aun así, existe algún clásico de la literatura española o algún superventas histórico reciente que les gustaría ver en pantalla?  Me acuso de querer ver la serie de Falcó de Pérez Reverte convertida en miniserie.  También siento que a la obra de Blasco Ibáñez (aparte de sus Novelas Valencianas) tampoco se le ha hecho justicia.

 En cuanto a las bioseries me gustaría una sobre Celia Gámez, tuvo una vida muy movida, y como todos los personajes están muertos se puede contar. También algo sobre la Malibrán, la primera mujer diva de la ópera. ¿Y ustedes? ¿Que bioseries sobre grandes artistas y españoles les gustaría ver?


jueves, 15 de junio de 2017

El bochornoso retrato de la corte española en The White Princess


Escribirle una reseña a “The White Princess”, una miniserie que deja todo que desear, me estaba resultando complicado. En mi ayuda vinieron mis reinas españolas que se han enterado que uno de los muchos disparates históricos de la serie ha sido su grotesco retrato de Los Reyes Católicos.  Esa escenita en el Alcázar de Sevilla ha suscitado muchos bufidos en las redes sociales y alguna que otra nota que mi último googleo ha sacado a flote. Pero en serio ¿en cuántas ocasiones la ficción histórica angloparlante ha sabido representar fehacientemente al mundo ibero? Y no nos apresuremos a lanzar primeras piedras. La telenovela de época hace rato que dejó de serlo. Algunas ficciones seudo históricas de RTVE (y de Antena 3 también) tampoco son para presumir, como esa del maestro ciruela metido a súper héroe. ¿Cómo se llamaba?

Esta abominación de “La Princesa Blanca” nos alerta sobre el prevaleciente descuido de la ficción histórica contemporánea. Es momento de buscar responsables. La primera en el banquillo de los acusados se llama Philippa Gregory. Se ha convertido, por varias razones, en la representante por antonomasia del romance histórico. Es muy popular, vende bien, la leen en todo el mundo y tiene energía para sacar, año por medio, algún libro nuevo al mercado. ¿Quiere eso decir que se puede confiar en la historicidad de sus textos? La respuesta es negativa.

The White Princess es la prueba de que a Doña Pippa le gusta más la fanfiction histórica que dramatizar hechos reales.  Me explico, como toda FF, la fanfiction histórica gira en torno a shippings. Te agarras a tus personajes favoritos, los emparejas, les escribes su romance ¡y voila! A que te lean. Yo babeo sobre historias que hacen que Maria Tudor (la Bloody Mary) se casa con su tío político, el Duque de Suffolk, tienen trece hijos y reinan sobre un pueblo que los ama. Lo importante es que yo sé que eso está bien para El Bosque Encantado, pero no para la crónica histórica. Los lectores de Gregory muchas veces se confunden entre la realidad y la ficción.


Un día, Madame Gregory se cansó de escribir sobre Enrique, sus esposas y sus hijas y se fue al pasado más recóndito a ver lo de La Guerra de las Rosa y el primer Tudor. A diferencia de George R.R. Martin, no cambió nombres ni hechos, ni se inventó un mundo de dragones y Caminantes Blancos. Lo que hizo, y está de moda, fue inyectarlesmagia a hechos reales. 

Es por eso que la adaptación de Starz llamada “The White Queen” es infinitamente superior a su secuela. Tiene personajes más atractivos y queribles y está basada en un cuarteto de novelas, cada una con una protagonista intrépida. Mi favorita es la heroína de Lady of the Rivers, Jaquetta de Luxemburgo,  quien en la vida real fue acusada de practicar artes mágicas. Gregory la convierte en bruja de facto, descendiente directa de la poderosa hada-ondina Melusina, y tutora de su hija la Reina Blanca en lo mismo que se enseña en Hogwarts.

Elizabeth Woodville, alias Reina Blanca, se encarga de incluir a la mayor de sus hijas, Lizzie, alias Elizabeth York, en su último gran hechizo. Porque después, Lizzie jamás volverá a aplicar la magia a su vida y por eso es que los productores de “The White Princess” tuvieron poco con que trabajar para hacer la serie más llamativa, pero volvamos a lo de la maldición.

 Desconfiando de su cuñado Ricardo III (que aquí es bueno como corresponde a la nueva tradición del revisionismo histórico anglo), Elizabeth envía a uno de sus hijos, Ricardo, Duque de York, a vivir con una familia de Flandes llamada Warbeck. Luego, reemplaza al principito con un campesinito parecido, por lo que, en la masacre de los Príncipes en la Torre, solo muere un niño de sangre real. De acuerdo a la novela (y la misma Gregory en un epilogo dice creer que esa fue la verdad) Perkin Warbeck no fue un advenedizo sino el verdadero Duque de York que vino a exigir que le devolvieran el trono.

Antes de la batalla de Bosworth, Elizabeth y Lizzie invocan a Melusina y colocan una maldición sobre quien mate a los príncipes. La maldición dicta que los descendientes de los asesinos verán morir a sus descendientes varones. Como ambas Elizabeths creen que la asesina fue Margaret Beaufort no hay problema. Lizzie está segura que su tío-amante Ricardo matará a Enrique Tudor, hijo de Margaret, y que ella será reina. Como vemos en “La Princesa Blanca”, las cosas no serán así de fáciles.

Enrique mata a Ricardo y se convierte en rey. Ahora le toca fundar una nueva dinastía, pero como le da rabia que Lizzie no sea virgen y siga llorado por un rey que él mató, la viola. Si, así mismo. No es que esté borracho, o que se ofusque en medio de una pelea. El rey somete a Lizzie a una serie de violaciones sistemáticas encaminadas a certificar su fertilidad. Aunque no hay evidencia histórica de que esto haya ocurrido, Enrique VII no era un personaje muy simpático así que desde ya es permisible tomarle fastidio.

La embarazada Lizze se casa con Enrique, tienen tres hijos y serian felices sino fuera por a) Enrique es un paranoico que se sabe usurpador b) todos están en contra de él comenzando por su suegra c) a cada rato le salen al paso gente que pretende quitarle el trono d) su peor enemiga es su madre, Margaret, que es también su única aliada.

Tienen que ver a Catelyn Stark como Margaret Beaufort. Ósea olvídense de Lady Corazón de Piedra. Michelle Farley que esta flaquísima, parece reptiliana, anda con un atuendo que es un cruce entre el guardarropa de Maleficent y el de Darth Vader. En la vida real, Margaret era fanática religiosa y mujer controladora, pero aquí en la serie la ponen peor que en el libro. Esta Margaret es una alimaña, mata niños, mata adultos, hasta mata a su gran amor, el pobre Jasper Tudor.


Bajo su influencia, Henry tiene a todo el mundo encerrado, a su primito político, el Conde de Warwick, en la Torre, a su suegra en una abadía. Hace cortar cabezas, casa princesas con plebeyos, todo para evitar que le quiten su trono. Ayyy este está peor que Cersei. Justo ahí aparece Perkin Warbeck, que viene apoyado por Borgoña y por Escocia. El problema es que Lizzie (en la serie, en el libro no está muy segura) sabe que Perkin es su hermano. Ella no quiere perder al trono ni al marido, pero tampoco quiere cometer fratricidio porque entonces sí que les cae el maleficio encima. La solución se la proporciona ... ¡. Isabel la Católica!

Lizzie quiere casar a su hijo mayor, Arturito, con la princesa más poderosa de la Cristiandad, y esa es Catalina de Aragón, que por entonces todavía andaba en pañales. Los Tudor se embarcan hacía la recién conquistada Granada. Ósea, digo embarcan porque ni modo que llegaran en jet, había que cruzar el mar. En la serie nos los muestran planeando el viaje, y luego yendo por un senderito andaluz, da la impresión que Andalucía queda ahí, a la vuelta de la esquina de Gales.

No sé porque no filmaron en Granada. En cambio, se van al Alcázar de Sevilla (que la serie insiste en identificar como “La Aljambra”) donde Fernando e Isabel los reciben muy entronados. Antes de las presentaciones, se aparece una niñita que les hace un baile muy chulesco. Se ha hablado de flamenco, supongo que esa es la idea a juzgar por los zapateados y batir de palmas de la nena morenita teñida de rubio a la que presentan como Catalina. La chiquita se da más volteretas que oso de circo y aunque no se saca un trapo, la coreografía suena más a danza de siete velos o a Bollywood que a aires hispánicos.

En fin, después tenemos a Isabel y Fernando tras un velo de oro, y en tronos de oro y si te quedó alguna duda de lo magníficos que son estos señores, la misma reina le dice a Lizzie que Catalina es más millonaria que los Lannister. Hay un preámbulo idiomático. A pesar de que anda por ahí el interprete oficial, Señor de Puebla con unos bigotes de Dalí, Isabel le hace al inglés y... ¡Oh sorpresa! Lizzie ha tomado clases de español.


Esto proporcionará una excusa para que la Princesa Blanca le oculte al marido lo más grave de la entrevista, Isabel entregará a su hija siempre y cuando los Tudor escabechen a Perkin Warbeck y al pobre Teddy, Conde de Warwick. Parece cruel, pero tiene razón (y lamentablemente este si fue una exigencia histórica). No se puede mandar a la hija a un país siempre al borde de la guerra civil y casarla con un príncipe que no tiene asegurado el trono. Si el de Isabel es de oro, el de los Tudor debe ser de madera carcomida por termitas.

En la vida real, Lizze no sabía castellano, y esta escena ha sido un recurso dramático para demostrarnos nuevamente que es ella quien piensa en esa pareja y que Isabel lo reconoce. Nos queda claro el poderío de los Reyes Católicos, o al menos del de Castilla porque Fernando montará tanto, pero mete baza solo dos veces:  una para pedirle a su reina que abrevie (se le nota fastidiado) y otra para preguntarle a Lizzie si le han quedado claras las exigencias de su mujer.

Debo aclarar que este curioso episodio sevillano, no aparece en el libro, ni ocurrió en la vida real. Los Tudor no conocieron a Catalina sino hasta la llegada de la princesa a Inglaterra en 1501.  Todo esto es invención de STARZ que ha mercadeado la serie como una “GOT feminista” (¡ARRGH!). Y ya conocemos la máxima de las faux-feministas de hoy:  si el mensaje es positivo (léase, sigue nuestra agenda) ¡entonces al carajo con lo histórico! De ahí que tengamos a la corte Castilla-Aragón convertida en el Dorne y a Isabel y Lizzie champurreando, una en inglés y la otra en “cristiano”, a espaldas de los maridos, que Fernando parece que quería irse a ver el futbol en la tele y Enrique se veía más pavo que de costumbre.

A pesar de que se consigue el propósito de mostrar que Lizzie puede estar al nivel de una gran reina como la Católica, la falsa Alhambra, el bailoteo, y el aspecto físico de las españolas deja un mal sabor de boca. No le vemos el cabello a Rossy de Palma, pero su cara no es la de Isabel y vaya que hay retratos contemporáneos de la reina.

Sin embargo, a diferencia de su tocaya inglesa, Isabel de Castilla no ha sido bien retratada en la pantalla. Aunque grandes actrices como Sigourney Weaver, Faye Dunaway y Rachel Ward le han dado vida, para el mundo angloparlante Isabel (o Isabella como se la llama en inglés) tuvo una única importancia, vendió sus joyas para costearle el viaje a Cristóbal Colon. Así aparece siempre en el imaginario gringo. Incluso ese cameo en” La Fuente” de Darren Arofnosky, donde Rachel Weisz se ve deslumbrante, también se relaciona con el descubrimiento de América.


Sigourney Weaver en "La Conquista del Paraíso"

Rachel Ward en "Cristobal Colón: el descubrimiento"

Faye Dunaway en "Cristobal Colón"

Rachel Weisz en "La Fuente"

Este problema recién se está solucionando gracias a la Tudormania. Cuando se habla de Catalina de Aragón siempre se la compara favorablemente con la madre. Incluso en “Wolf Hall”, cuando los nobles desdeñan la posibilidad de Maria de reinar porque es mujer, le sale Cromwell al paso recordando a la abuela de la princesita y su buena gestión como gobernante. Estoy contenta que estas series (Los Tudors principalmente) sean tan enfáticos en la influencia de España. Ha llegado al punto que en el disloque histórico que es “Reign”, Felipe II casi se apodera de Francia porque no le gusta como los Valois manejan a l problema hugonote.
Isabel de Valois, Reina de España, viene a meter en cintura a los franceses

Lo primordial es que el mundo gringo esté teniendo otra visión de España, una alejada de Inquisiciones y de Conquistadores. Lamentablemente, existe un prejuicio sobre el mundo Mediterráneo que exige esa visión exótica de princesas bailaoras, reinas de oropel y el Alcázar disfrazado de Alhambra. No es accidental lo del Alcázar, ¡que ya hay televidentes anglos que han gritado “¡ese es El Dorne!”, y es que así venden a la España histórica.

Los televidentes angloparlantes (eso abarca a Afro-Americanos que cuando se trata de otras culturas o espacios geográficos, salen con los mismos prejuicios o tal vez racismos de sus rivales caucásicos) andan preocupados porque “The White Princess” no presenta diversidad cultural. Como ya sabemos, las políticas de diversidad cultural del Primer Mundo se refieren estrictamente a variedad de géneros e inclusión de gente de diferente color de piel.   Para cumplir con esas políticas se sale con soluciones como lo del tablao sevillano. También lo de poner a Rodrigo de Puebla con cara de mercader levantino, lo que les hubiese encantado a sus enemigos que lo persiguieron, toda su vida, con acusaciones de ser Marrano.

La ironía es que el mundo contemporáneo tiende a asociar España con niñitas jaraneras, embajadores mostachudos, reinas tiesas con cara de cuadro de Picasso, pero para el inglés del Renacimiento, España era una inmensa potencia que cosechaba poder tanto en el campo de batalla, como en la conquista ultramarina y también, en las uniones dinásticas.  Por parte de su padre, Lizze descendía de Leonor de Castilla al igual que Enrique, vía Juan de Gante. La abuela de Isabel, Doña Catalina de Lancaster, era hija de Juan de Gante, ósea era inglesa. de ahí que Isabel fuese pelirroja (como lo eran Catalina de Aragón  y su hija Maria). Aquí no había superioridad racial por parte de los “blancos”.

Nos queda claro entonces que este episodio de “La Princesa Blanca” es un bochorno ¿Pero podemos lanzar la primera piedra? ¿Son los dramas de época del mundo hispano parlante más apegados a la realidad histórica?  Ciertamente, no en lo que respecta a telenovelas y series históricas latinas que suelen ser tan anacrónicas que ya solo falta que los personajes saquen celulares y tablets de los miriñaques.

"                                            Primer encuentro entre los Reyes Católicos en "La Espada Negra"

Pasemos entonces al drama histórico español y comencemos precisamente con el tema Reyes Católicos. Las mejores Isabeles para mi han sido Maribel Martin en “La Espada Negra” y Michelle Jenner, por supuesto, que ha capturado de tal manera la imaginación popular española que la llevaron a hacer de Isabel en “El Ministerio del Tiempo” Un pequeño detalle, ambas son rubias. Se  olvidan que Isabel tuvo cabello rubio rojizo en su juventud, pero que cuadros de su época madura muestran que el cabello se le oscureció hasta adquirir un rojo cobrizo.

 Isabel en su juventud

Isabel en 1490

Michelle Jenner como Isabel

A mi comenzó a atraparme” Isabel” a partir de la segunda temporada que siguió la pauta de “Los Tudors” de ampliar el panorama, salir de las fronteras españolas y mostrarnos la influencia de Castilla en el tapiz europeo. Pero en la primera temporada hubo bemoles apoteósicos y a ratos parecía querer copiar a GOT, que un discurso de Don Beltrán de la Cueva salió calcado de uno de Theon Greyjoy tras la batalla del Bosque Susurrante.

” Isabel” dejó la vara alta para los dramas históricos. La siguió “Carlos Emperador", muy buena, muy lujosa, pero había actores infames ahí… mejor no sigo, y también jugaban con la historia. Esa hermana de Carlos, Leonor, estaba peor que la hermana de Enrique en” Los Tudors”, y no se sabía si los hijos eran del marido o del hijastro. Igual me dio pena que la cortaran, tenía tantas ramificaciones y cumplía con mi requisito principal del drama histórico, obligarme a leer más sobre el tema. Algo que no encontré ni en “Toledo”, ni en “Hispania”, ni en “El Final del Camino”, que ya estaban como "Bandolera” en su carencia de atmosfera de época o falta de asesoria histórica.

Leonor de Austria 

Recientemente me enteré de una miniserie que dieron este año llamada “Reinas” y que venía a ser el aporte español a la inagotable Tudormania. Me dio pena perdérmela y aun mas saber que no tuvo éxito.  Yo ando con mucho tacto con los period pieces y la ficción histórica y suelo ser mucho más exigente con el material en español. Tal vez porque hubo una época en que para mí la mejor televisión de época venia de España (los 80s) y tal vez porque la desilusión que sufrí con “Águila Roja” me dejó traumatizada.
Laura , verdadera reina de Las Españas

Cuando nos reímos de los esperpéntica que les quedó la visita real a Andalucía en The White Princess” tengo que detenerme y recordar esa corte barroca de “Águila Roja” donde los únicos buenos eran los criados (y ni tanto). Si vamos a quejarnos de despropósitos históricos ¿qué tal que todos los matrimonios de Felipe IV eran nulos porque en su juventud el rey se había casado con una condesa francesa y había procreado a los tres engendros más tarados de Las Españas? Y cuando hablamos de anacronismos recordemos los modelitos de Lucrecia, al lado de los cuales el vestuario de “Reign” es rigurosamente histórico. 
Lucrecia andaba disfrazada de La Reina Mala en Once Upon a Time

Margarita no se peinaba nunca

Y Lucrecia , a veces, se peinaba demasiado

Concluyo con lo que creo que explico mejor en mi nota sobre la feminización del period drama. Somos tolerantes mientras no nos pisen los callos.  Que no se nos olvide esta vergüenza ajena que nos ha proporcionado “The White Princess” para la próxima vez que veamos cómo se pasan por las nalgas los hechos históricos, tanto en series gringas como hispanas. 

Ahh ¿y saben lo que más confirma mi tesis? Que en mi paseo por las redes sociales en español me encuentro con perlas como” en la España de las Tres Culturas es posible que esto haya ocurrido” y “Oí que ä Isabel la Católica en realidad le gustaba el flamenco” y “esto no es un documental. Se permiten las licencias”. Ahí tienen a los historiadores expertos de la era Twitter-Instagram que aprenden en la universidad de la más mediocre ficción histórica.