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miércoles, 22 de abril de 2026

Los Jóvenes de la Depresión (Teen Culture II)

 


Santuario fue escrita en 1929, el año del crack de Wall Street que provocaría un colapso económico mundial. La cultura collegiate desapareció a medida que los afortunados que todavía podían ir a la universidad se radicalizaban y no solo volcándose a la izquierda como el personaje de Barbra Streisand en The Way We Were. Ese no sería el único viraje cultural que afectaría a los adolescentes. estadounidenses.


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Hijos de la Depresión

En la Depresión, donde suicidios y muertes por inanición eran sucesos diarios, los jóvenes de ambos sexos abandonaban sus estudios para buscar empleo y al no encontrarlos se sumaban a la nueva cultura “hobo” (mendigos) que cruzaban el país en busca de trabajos o simplemente para sobrevivir vistiendo harapos ,aprendiendo y defendiéndose de los hobos veteranos y metiéndose en vagones de ganado para viajar gratis.

 Puesto que la vagancia era un crimen, muchos de esta generación (que incluía niñas que se disfrazaban de hombres para evitar violaciones) acababan en la cárcel,  golpeados e incluso asesinados por pueblerinos airados. Henry Ford, desde su lujosa residencia, podía proclamar que los jóvenes nómadas estaban adquiriendo una excelente educación en lo que significa el mundo real. La realidad era que se trataba de una experiencia traumática y que dejaría secuelas psíquicas y físicas en los que la vivieron.

                                 Joven trepandose a un tren (sin pagar)

Aun así, en la década de Los 30, especialmente en la segunda administración de Franklin Delano Roosevelt, la economía mejoró, la juventud americana tuvo un respiro y una oportunidad de vivir con normalidad. Eso no quiere decir que ya entonces se viviese ese periodo intermedio entre infancia y madurez como una etapa real. Asi lo describe el historiador William Manchester: “The teenage subculture did not exist.”

Eso no quita que los adolescentes(edades entre 13 y 19) no tuviesen ya una cultura favorita con actividades privilegiadas. La radio, en esa era pre-television, era un tótem de los hogares que podían comprar un aparato. La costumbre era que toda la familia se sentase alrededor de la radio a escuchar determinados programas.

La programación se dividía entre dramatizados para los más pequeños como Anita, la Huerfanita, The Shadow y Dick Tracy, y las soap operas que tenían protagonistas adultas como el Romance de Helen Trent que giraba en torno a una viuda treintañera. Los jóvenes podían escuchar música popular en radio shows como La Hora Ginger Ale o el concurso busca talentos del Mayor Bowes (Major Bowes Amateur Hour) donde se presentarían entonces desconocidos Frank Sinatra y Maria Callas.



 Los Walton se reunen a escuchar la radio.


Swing, Cine y Fuentes de Soda

Fue a mediados de Los 30 que surgiría una música que causaría alarma entre los mayores, porque sería el público juvenil quien la abrazaría. La historia comienza en El Palomar, un salón de baile de los Ángeles donde una noche de 1935, una oscura orquesta liderada por un judío de Brooklyn llamado Benny Goodman presentaría al mundo el novedoso sonido del swing.



Esta música, una derivación del jazz afroamericano de Los 20, fue atacada por padres y maestros. El ataque fue iniciado por un psiquiatra que en el New York Times observó que el swing era hipnótico y que su tempo acelerado alteraba los sentidos “y derribaba convenciones”.



Se entendía que hablaba de como el swing era afrodisiaco, sobre todo porque motivaba bailes como el audaz jitterbug. Aun así esa será la música de la última manada de La Gran Generacion  y pronto los jóvenes se reunían a escucharla y a bailarla en sitios como el Palomar y el Hollywood Palladium en Los Ángeles, el Roseland y el Savoy en Nueva York, y el Glen Island Casino en Long Island donde tocarían las mejores representantes del swing como Glenn Miller, Tommy Dorsey y Artie Shaw.



Después del baile, el cine era el pasatiempo predilecto de los adolescentes. Una entrada costaba solo cinco centavos y las salas de cine estaban atestadas. Tanto Manchester como Dooley aventuran que el americano de todas las edades iba al cine tres veces por semana, eso incluía a los jóvenes. Era una experiencia compartida, un sitio para reunirse con los amigos y para tener una primera cita romántica,

Es un ritual que conocemos por visiones nostálgicas de crecer en la Depresión como Los Waltons y la novela de Grace Metalious Peyton Place. Allí vemos que a Los Hermanos Walton, en las Apalaches de Los 30,no les importa caminar hasta un pueblo cercano para ver una película. Allison McKenzie, la protagonista de Peyton Place, todos los sábados ,en ese pueblito de la Nueva Inglaterra va con su amiga Selena Cross al teatro del pueblo para luego ir a otro sitio predilecto de los jóvenes de entonces , la droguería o farmacia donde consumen Coca Colas y sándwiches de tomate, lechuga y tocino (BLTs).

Un detalle de los espacios para una clientela adolescente eran las fuentes de soda que lanzaban jets de agua efervescente. Esos locales (que aun en Chile hoy se conocen como “fuentes de soda”) abarcaban farmacias, tiendas de departamento y heladerías. Reemplazaban al bar o taberna para jóvenes que todavía no tenían edad para beber alcohol. Además estos establecimientos proveían entretenimiento para sus jóvenes clientes como rocolas para escuchar su música de swing y juegos de salón mecánicos conocidos como pinballs y (en Chile) flippers.



Los medios y la publicidad estaban descubriendo un nuevo grupo de cliente, los teenagers y cines y droguerías eran espacios donde estos jóveneslos con dineropodían consumir  Fueron los adolescentes los que popularizaron los refrescos en botella, postres helados como la Banana Split, las malteadas y las hamburguesas.

                     Mickey Rooney y Judy Garland saboreando malteadas.

Se comenzó a vender ropa para esa clientela. Lo que en los Años 20 era conocido como vestuario para “College Girls” ahora pasó a ser para “High School Girls” que también  incluía ropa para varones. Las ventas subían para el famoso “prom” el baile de graduación . Ya ningún chico quería pasar la vergüenza de Bill Baxter de tener que robarse el frac del padre. Ahora las tiendas ofrecían smokings/tuxedos para jóvenes junto a sofisticados vestidos para sus acompañantes.

Las Actrices como Modelos

Las jóvenes de fines de los 30 estaban muy pendientes de la moda y pedían prestadas las revistas de las madres. Ya para esa década publicaciones femeninas como Ladies’s Home Journal presentaban artículos para adolescentes con consejos, advertencias y recetas de belleza. Sin embargo, las jovencitas preferían revistas de cine porque por primera vez estaban apareciendo estrellas juveniles, a pesar de que algunas solo servían para cantar en musicales como Deanna Durbin y Judy Garland, en su etapa adolescente.



Bajo el nombre de Dawn O’Day, Dawn Paris había sido estrella infantil Aunque no del calibre de Shirley Temple, era lo suficientemente conocida como dar vida a una de las adolescentes literarias favoritas. En 1937 a los 19 años, Dawn interpretó a Ana de las Tejas Verdes desde su llegada a la granja de Los Willard hasta su etapa universitaria. Tanta fama le acarreó el filme que la actriz se cambió el nombre. La ahora Anne Shirley se volvería un rostro conocido en películas de todo tipo, sobre todo en las que encarnaba jovencitas.

En el mismo año de Anne of Green Gables, la todavía Dawn O’Day había hecho roles menores en dos de esas fabulas que alertaban a la juventud ( o a sus padres) de los peligros que asechaban a las chicas púberes. En School for Girls, se describía un reformatorio femenino y Finishing School era la típica saga de una chica inocente (Frances Drake) que mal aconsejada por una compañera (Ginger Rogers) se pega una de esas escapadas prohibidas (tropo inmortal de la ficción juvenil) que acaba en un embarazo indeseado.

En los próximos años de esa década, Anne Shirley  tendría roles protagónicos en todo tipo de filmes incluyendo una adolescente en el Viejo Oeste en M’liss adaptación de un cuento de Brett Hart. En 1937, cuando Anne de 19 años acababa de casarse con el actor John Payne, recibió una nominación al Oscar por su interpretación de otra famosa adolescente, Lollie la hija de la vulgar Stella Dallas (Barbara Stanwyck).



Al año siguiente y alternando con protagónicos en Noirs,   Anne protagonizó Girl’s School que tenía lugar en un internado de lujo y traía personajes que convertirían a ese tipo de filme en un subgénero juvenil, como la rebelde, la pobre niña rica, la becada sin recursos, etc.  Enfocarse en el alumnado de un internado permitía revisar las vivencias y gustos de las colegialas, aunque a veces el mensaje era oblicuo.

Ya mencioné Finishing Schol donde la solución de la embarazada protagonista es el matrimonio. Mas compleja fue Girls Dormitory para la que Hollywood importó de Francia a la seductora Simone Simon. En su breve carrera en America, la francesa dio vida a una alumna de un internado suizo que acaba enamorándose y enamorando al director. Nuevamente, un filme soluciona los problemas de la adolescencia con una promesa de matrimonio, en este caso con un hombre mayor y en una posición de autoridad, lo que hoy sería considerado una aberración.



No todos los filmes de internados tenían a las escolares como víctimas. Otra estrella juvenil de Los 30 fue Bonita Granville que a los trece años fue nominada a un Oscar por interpretar a una alumna cuentera y maliciosa que con sus calumnias destruye a su internado y a sus maestras en These Three. Aunque Bonita hizo historia con ese rol, su popularidad con el público juvenil se debió a un rol más inocente y apropiado para su edad

Edward Stratemeyer ya había conseguido un fandom de lectores jóvenes gracias a su serie de The Hardy Boys (Los Chicos Hardy) cuando publico la primera entrega de otra exitosa serie, que escribiría en colaboración con su hija Harriet,  Como The Hardy Boys, Nancy Drew era una adolescente que en su tiempo libre se dedicaba a resolver misterios que la policía no podía solucionar.

Tanto éxito tuvieron esas novelitas que las llevaron al cine. El rol principal recayó en Bonita Granville. Aunque eran filmes ‘b” eran muy populares porque su protagonista era un tipo de modelo para chicas que soñaban con ser detectives y así adquirir el respeto de los adultos y de sus congéneres.



La Llegada de Andy Hardy

Todos los “windies” sabemos que Anne Rutherford dio vida a Carreen la hermana menor de Scarlett O’Hara en la versión fílmica de GWTW. Pocos saben que la estrellita canadiense se hizo reconocible para toda una generación de jóvenes como la novia de Andy Hardy, interpretado por el primer Teen Idol  de Hollywood en la serie de Andy Hardy.



En 1939, Mickey Rooney era el actor mejor pagado de Hollywood y el histrión favorito de los Estados Unidos. Aunque el país había sucumbido al encanto de actores menudos como Shirley Temple, era la primera vez que se admiraba tanto a alguien en esa fase intermedia que ahora se conocía como “adolescencia”.

Como muchos Teen Ídolos, Niniann Joseph Yule Jr, había comenzado como estrella infantil. La leyenda cuenta que ya de bebé fue integrado por sus padres al acto de vaudeville de ellos. Criado por una madre divorciada, el ahora Mickey Rooney se integró al cine silente y traspasó al hablado. Le llegó la pubertad alternando entre loa secundaria y los estudios de Hollywood.

Cosechó buenas críticas al interpretar a Puck en la versión hollywoodense de El sueño de una noche de verano (1935). Demostró ser un excelente actor junto a Spencer Tracy en Boy’s Town (Forjadores de Hombres) y en 1940 fue nominado a un Oscar como Mejor Actor por Babes in Broadway, uno de los muchos musicales que protagonizaría junto a su entrañable amiga, y otra estrella juvenil, Judy Garland.



Sin embargo el trampolín a la fama de el diminuto actor (aun adulto no superó el 1,55 de estatura) fue una serie de películas 16 en total-filmadas entre 1937 y 1958 que giraban en torno a un típico adolescente del Medio Oeste llamado Andy Hardy. En 1937,  la Metro Goldwyn Mayer había adquirido los derechos sobre Skidding una pieza teatral de Aurania Rouverol  que había cosechado un éxito respetable en Broadway.

Ahora llegaría al público cinéfilo rebautizada como A Family Affair. . El rol principal del Juez Joseph Hardy y sus problemas en el pueblo ficticio de Carvel recayó en el reconocido histrión Lionel Barrymore, pero sería su hijo menor, interpretado por Mickey Rooney quien devoraría la pantalla .



Louis B. Mayer se dio cuenta que tenía una minita de oro  en las manos y comenzó a filmar una película por año que tuviese a Andy Hardy como protagonista. Andy tenía dos obsesiones , los automóviles y las chicas. Eso no lo hacía diferente de otros americanitos de su edad. A pesar de que su novia oficial era Polly (Anne Rutheford), cada filme traía a Andy enamorado de otra vampiresa núbil, pero siempre volviendo a lo conocido.

Esta serie de romances permitía a la Metro presentar actrices nuevas que luego serian estrellas desde Lana Turner hasta Esther Williams. Entremedio , la vida de Andy era un escaparate del angst adolescente , de falsas ideas de la masculinidad que eran destruidas por los sabios consejos del Juez Hardy que, aunque chapado a la antigua, sabia entender a su hijo menor.

                                     Andy con Anne, Judy y Lana

Los Hardy y las Tentaciones Californianas

A pesar de que puedan aparecer anticuadas estas visiones tipo Norman Rockwell de la perfecta familia  americana, hay ciertos detalles que nunca pasan de moda y que reaparecerán en la cultura adolescente del resto del siglo. Donde más evidentes son esos detalles es en la segunda entrega, You’re Only Young Once (1938), que  puede haber sido considerada atrevida en Los 30, pero hoy aun resuena en la realidad.

 La trama trae a los Hardy de vacaciones en la isla Catalina, en la costa californiana. Marion, la hermana mayor de Andy inicia un romance “playero” con un salvavidas. Lo que se convertirá en un cliché del cine de adolescentes aquí adquiere tintes oscuros cuando Marion descubre que Troy es casado, y aun así la chica escandaliza a su familia anunciando que seguirá en amores con el adúltero.



Entretanto, Andy ha conocido una fauna desconocida en su pueblo: la chica “liberada”. Geraldine “Jerry” es independiente, tiene poder comprador y una visión de la vida  más sofisticada que la de Polly, a pesar de ser de la misma edad. Sucede que la madre de Polly, es una eterna divorciada y para poder vivir su vida le otorga a su hija libertad y dinero para gozarla.

El Juez Hardy considera que Jerry, que fuma, bebe licor y cree que se puede ir más allá de besos,  es una mala influencia para su hijo. Decide enfrentarla en ese terreno juvenil que es la droguería. Jerry lo deja boquiabierto con una actitud muy reconocible hoy en nuestra era del “consentimiento”. Lo acusa de invadir su espacio, confunde su preocupación de padre con artimañas de “viejo verde” que quiere seducirla y el pobre juez debe huir avergonzado.

Andy continua su romance y es invitado por Jerry a una fiesta en un sitio alejado y solitario. El filme revierte el cliché del Casanova que inventa una fiesta para seducir a la ingenua. El ingenuo Andy descubre que Jerry tiene proyectada una reunión solo para dos y que planea que pasen la noche juntos.



El virtuoso Andy prefiere volver a pie por un sendero oscuro y desconocido. Esta es la prueba de fuego y Andy está listo para regresar a los brazos de Polly. Marion se da cuenta que Bill no planea divorciarse y también termina su romance. Con esto Los Hardy pueden volver a su mundo donde los problemas abundan, pero son menos perversos

Un Prototipo de Adolescente

Esta franquicia seria por más de una década un muestrario de los hobbies, música y vestuario que los espectadores adolescentes podían copiar. Andy lucia esos trajes con inmensas solapas y pantalones amplios con dobladillo ancho y expuesto. Ya saben, el tipo de vestuario que David Bowie impondrá a comienzos de los 80s.

En cuanto a las chicas, el calzado standard eran los Oxford o saddle shoes acompañados de soquetes (bobby sox) enroscados en los tobillos. A fines de los 30 se pusieron de moda las faldas estilo campesinas europeas (Dirdnls) y los sets de jersey y sweater de lana muy fina (cachemira).



Estos conjuntos, casi siempre en tonos pastel ,se usaban con collares de perlas cultivadas y volverían a ponerse de moda entre las jóvenes preppies en los 80s. La Segunda Guerra Mundial cambiaria estas modas, pero eso es tema para la próxima semana.

                                   Jean Kent modelando un twinset

Nota final, Andy Hardy se volvería una franquicia y su interprete seguiría dándole vida hasta 1958. Hoy nos puede parecer un poco anticuado, pero sin Andy no existirían Richie Cunningham, Alec Beaton ,y en su relación con su padre, la creación de Mickey Rooney recuerda a Dan Humphrey de Gossip Girl.

BIBLIOGRAFIA

Dooley, Roger. From Scarface to Scarlett: American Fims in the 1930s

Handy, Bruce. Hollywood High: A Totally Epic Way Opinionated History of Teen Movies

Manchester, William. The Glory and the Dream: A Narrative History of United States, 1932-1972

Rollin, Lucy. Twentieth Century Teen Culture by Decades

Schrum, Kerry. Some Wore BobbySox: The Emergence of the Teenage Girl’s Culture (1925-1945)

 

 

jueves, 10 de octubre de 2019

The Waltons: Televisión del Ayer



En este verano tan triste, tal vez el más duro de mi vida, encontré un consuelo en un sitio inesperado, en los reruns de una serie que hizo historia en la televisión estadounidense y marcó un periodo de mi vida. Si ustedes han oído que se trata de una serie moralista, insulsa y anticuada, espero que lo que van a leer cambie esa impresión.

Hace unas semanas comentaba con la Gatita Estelwen lo fácil que es señalar las fallas de la sociedad/cultura estadounidense, pero lo difícil que es reconocer sus muchas virtudes. Un motivo es que en este momento histórico esas virtudes o han desaparecido o están bajo ataque del radicalismo. “The Waltons” es una lección de cómo esas virtudes se vivieron en un punto crítico de la historia norteamericana.

De La Montaña Spencer a La Montaña Walton
“The Waltons” es creación del escritor, guionista y productor Earl Hamner Jr. y está basada en las vivencias de su familia durante la Gran Depresión. Como su alter ego, John-Boy Walton (Richard Thomas), Hamner se crió en una familia numerosa y extendida, con abuelos paternos en la misma casa, en la Montaña Walton, situada en las Blue Mountains, parte de la Cordillera de las Apalaches, en la Virginia Occidental.
Dos John-Boys: Earl Hamner y Richard Thomas

Como Hamner, John-Boy fue el primero de su familia en ir a la universidad, desde joven manifestó inquietudes literarias llegando a publicar el periódico local. La serie que inició en el otoño de 1972 duró nueve temporadas. A pesar de que Thomas y otros actores abandonaron la serie, esta continuó hasta 1981. Llegó a cubrir desde 1934 hasta la posguerra y vimos a Los Walton crecer, casarse y formar sus propias familias.

La popularidad de la serie es tal que ha provocado la filmación de varios filmes y especiales. Sus reposiciones siguen teniendo gran sintonía. Cuando yo volví a USA,  el 2016, la ofrecía el canal Visión Tv. En mi nuevo sistema la encontré en INSP, un canal cristiano de Las Carolinas que se especializa en westerns. Pero “The Waltons” no es una serie del Viejo Oeste, es un ejemploel primerode la ola de nostalgia que afectaría a la televisión estadounidense en los 70.

Hamner había conseguido reconocimiento en los 50 y 60 escribiendo guiones para televisión, especialmente para la icónica serie “The Twilight Zone”. Simultáneamente había publicado varias novelas, una de las cuales Spencer’s Mountain fue llevada la pantalla grande en 1963.

A pesar de que la historia tiene lugar en Wyoming, tanto la Familia Spencer encabezada por John (Henry Fonda) y Olivia (Maureen O’Hara), como sus vivencias, están basadas en lo vivido por los Hamner. El mundo de montañeses rústicos es descrito a través de los ojos de Clay-Boy (James Mc Arthur), el primogénito, un muchacho cuyo mayor sueño es ir a la universidad.

Tras el filme, Hammer se dedicó a escribir guiones de series con temas familiares como “Gentle Ben” y “Nanny y el Profesor”, además de escribir, en 1968, el libreto de una versión de Heidi, que sería filmada con Jennifer Edwards, Maximilian Schell y Dame Jean Simmons. Fue en 1971, y ya con reputación de escritor de historias infantiles, que Hamner presentaba la propuesta a Warner Brothers para un especial navideño.

The Homecoming”, aunque filmada en Wyoming, tiene lugar en las montañas de Virginia y gira en torno de Los Walton, una familia numerosa que lucha por sobrevivir la Depresión. La acción inicia en diciembre de 1932, cuando la familia en pleno espera el regreso de John Walton, el padre. Hay una ventisca y se teme que John no llegue. Le toca al hijo mayor, el adolescente John -Boy (Richard Thomas) salir en su búsqueda.

Es una historia tan simple, pero tan genuinamente cálida. Yo la recuerdo con mucho cariño porque la televisión chilena la pasó exactamente un año más tarde, en 1972, el último Año Nuevo que celebramos en Chile y que celebramos en familia. Aunque mis padres estaban separados, mi papá vino a pasar las fiestas con nosotros y vimos “The Homecoming” (no recuerdo su nombre en castellano) juntos.

Recuerdo que Mi Ma me contó que Patricia Neal, quien interpretaba a Olivia Walton, era una gran actriz cuya carrera había sido truncada debido a un infarto que la había dejado invalida; recuerdo que a todos nos simpatizó Richard Thomas con su rol del devoto John-Boy; y que me encantó (fue siempre mi Walton favorita) Kami Cotler como Elizabeth, la benjamina de la familia.
John Boy y Elizabeth

El Desafío de Los Waltons
Lo que no sabía es que, para diciembre de 1972, Patricia Neal había ganado un Globo de Oro por su interpretación de Olivia, pero que no era parte de la serie que ya estaba la mitad de su primera temporada. Efectivamente, en septiembre de 1972,  “The Waltons” había debutado oficialmente en la televisión estadounidense.

Aunque habían conservado todo su elenco juvenil (incluyendo a Richard Thomas) y a Ellen Corbyn como la Abuela Esther, ahora los padres eran interpretados por Ralph Waite y Michael Learned, y el abuelo era Will Geer, una vez parte de la Lista Negra de Hollywood por sus simpatías comunistas.

“The Waltons” fue un gesto audaz de la CBS y tal vez un desafío en contra de la purga de series rurales y familiares como “Los Beverly Ricos” y “Green Acres”. Estados Unidos en 1972 era una nación dividida y no solo por la Guerra de Vietnam que no terminaba de acabarse. Había una radicalización en todos los aspectos.

Ese fue el año del escándalo de Watergate, de revueltas, atentados, protestas y lo que hoy no se sabe o no quiere recordarse. A comienzos de los 70s, los hombres armados se movían en grupos y el país estaba a merced de terroristas locales como The Weathermen, Los Panteras Negras, El Ejército de Liberación Negro (que a comienzos del '72 mató a dos policías en un desfile en Nueva York) y El Ejército de Liberación Simbiones que en 1974 secuestraria a la heredera Patty Hearst.

Aun los habitantes “pacíficos” de la Unión Americana presenciaban y esperaban una revolución social y cultural que se manifestaba en el cine y la televisión. A pesar de que la última todavía estaba sujeta a muchos tabúes, intentaba crearse una imagen diferente, diversa, un poco cínica. Para la llegada de “The Waltons”, dos de las series con más ratings en Estados Unidos era la controversial “All in the Family” y “The Mary Tyler Moore Show” con su heroína feminista, independiente y sexualmente liberada.

Junto con “Los Walton” salían al aire shows audaces como “Maude”, cuya heroína sería la primera en abortar en primetime, series realistas como “Emergency” y period pieces cínicos o crudamente violentos como “M.A.S.H” y “Kung Fu”. Los pobres Walton eran las gallinas en baile de cucarachas. Mas encima los colocaron en pésimo horario, los jueves por la noche,  teniendo como rival a “Patrulla Juvenil”, una de las series más trendy (y políticamente correcta) del momento.

Nadie estaba preparado para que “The Waltons” fuera un éxito, que alcanzase al final de su primera temporada un respetable rating de 20 puntos, y que llegara a los 28 al término de la segunda convirtiéndose en el segundo show más visto de la nación. Nadie hubiese predicho en 1972 que esta serie acumularía 13 Emmys y dos Globos de Oro, que duraría nueve temporadas y que se convertiría en parte de la memoria colectiva de Estados Unidos.

Es difícil explicar el éxito de “The Waltons” incluso en una era nostálgica como lo fueron los 70. Se intentaron hacer otros shows parecidos situados en la Depresión como “Paper Moon” y “The Holvack Family” con Glenn Ford. Ninguno duró más de una temporada. El único programa que puede calificarse como seguidor del modelo de “Los Waltons” es “La Casita en la Pradera” que inició cuando la serie de la ABC estaba en su tercera temporada (1974).

Me temo que yo no fui fan de “The Waltons”. Primero por razones técnicas. Cuando llegamos a USA solo había en casa un televisor pequeño, blanco y negro, y lo manejaba mi papá. Al año, mi madre compró uno grande y a colores, pero ese lo manejaba ella y como no sabía inglés,  se concentraba solo en los canales en español. Aun así, “The Waltons” era mencionada por mis condiscípulos de la Escuela de las Naciones Unidas (U.N.I.S), pero siempre con sorna.

Los “Unisites”se sentían muy sofisticados, así que este era un programa para burlarse, sobre todo de esa cultura “hick” (termino despectivo para los campesinos). Se burlaban de la moral de la familia, de su religiosidad. Sobre todo, de la costumbre “waltoniana” de bendecir la mesa la hora de las comidas o la de que cada noche los hermanos se daban las buenas noches a voz en grito desde dormitorio a dormitorio. Costumbre que Earl Hamner juraba era el modo en que su familia daba fin al día.

Las cosas cambiaron cuando en mi tercer año de secundaria comenzamos a asistir a Ezra Academy. Ahí sí que “The Waltons” (y La Casita en la Pradera) era uno de los favoritos, a pesar de que se trataba de un show cristiano. Aun así, no pude convencer a nadie de mi familia de verla. Solo podía seguirla en casa de mi hermana. En el verano de 1979, y con un año de atraso, recibí como regalo de graduación, un pequeño televisor a colores. Lo primero que hice fue anotar los jueves que era la noche de “Los Waltons”. Así pude seguir las últimas temporadas.

Lo curioso es que, a comienzos de los 90, se redescubrieron los méritos de la serie y eso gracias a que, a más de una década de su cancelación, el fandom seguía exigiendo reposiciones.  De esa manera pude ver las primeras temporadas. Y lo que no vi (como el episodio en que John Boy presencia la caída del Hindenburg) lo estoy viendo ahora.

El final de “The Waltons” en 1981 no significó el olvidó para la que era la familia estadounidense emblemática. La seguirían siete filmes, tres en el ’82,  lo que ha llevado a hablar de la “décima temporada de Los Waltons”. Estos telefilmes han tenido altas audiencias, se han escrito libros sobre “The Waltons”, existen fan clubs y reuniones anuales de gente que sigue amando la serie, sus personajes y las lecciones que nos enseñaron. Los Walton son tambien una franquicia, con muñequitos de los personajes y replicas de juguete de la casa de Los Walton.

El Secreto Tras el Éxito de Los Walton
Es asombroso que una serie que acabó hace cuarenta años siga vigente en su repetición (no solo en USA, dos canales británicos la siguen repitiendo), que sus fans sigan siendo leales a esta familia ficticia y que incluso tenga nuevos y más jóvenes adherentes de una generación supuestamente cínica y que repudia todos los valores “waltonianos”.

Un factor es la continuidad. “The Waltons” fue una de esas primeras series en seguir un formato similar a las soap operas, en las que podíamos ver el trayecto semi cotidiano de una familia, en la que los ancianos morían, los niños se convertían en adultos y formaban sus propias familias. Eso permitía al televidente sentirse parte del proceso de la historia e integrar a Los Waltons a su espacio doméstico.

“The Waltons” y “La Casita en la Pradera” están basadas en las vivencias de personajes de carne y hueso que nacieron en la pobreza, pero lograron cumplir sus sueños de convertirse en novelistas. La historia de John-Boy (como la de su creador) es una historia de éxito, el cumplimiento del “sueño americano”.
John Boy y Laura Ingalls Wilder

Mas allá del American Dream individual, Los Waltons representan lo mejor de los Estados Unidos. El que la serie tuviese tanto arrastre en un momento en que el país sufría de crisis sociales y económicas, y cuando los valores americanos eran pisoteados y despreciados, no es un accidente.

Ver “The Waltons” era revivir otra crisis histórica que la nación había vivido y sobrevivido. Ver que, en medio de una depresión económica, Los Walton se adherían a reglas de conducta y se apoyaban en códigos valóricos era una reafirmación de lo que hoy los políticos de derecha llaman “lo que hace a América grande”.  Lamentablemente hoy esos valores pueden ser tergiversados por miedo, ignorancia, y la desesperación de verlos amenazados.

Por último, “los Waltons” son una representación de lo que los sociólogos llaman ‘familismo”, básicamente se refiere a la noción de que la prioridad es siempre la familia o clan, que existe en los miembros de ese núcleo un sentido de lealtad y protección hacia los otros miembros a la par de una fuerte identificación con la historia familiar. Hoy se cree que, en tiempos de crisis, el familismo reemplaza la idea de que el gobierno debe hacerse cargo de la gente, y el bienestar de muchos queda en manos de sus parientes. Eso ocurrió durante la Depresión sobre todo con familias en zonas rurales aisladas.

En 1972, ya existía una conciencia en muchos estadounidenses de que la familia nuclear iba camino a extinguirse. Ver la importancia del núcleo familiar en The Waltons, recordaba la importancia de apoyarse en los de la misma sangre.

 Los Waltons no solo eran familia numerosa (John Boy tenía tres hermanos y tres hermanas) además en la Casa Walton vivían los abuelos paternos; más tarde Ben (Eric Scott) traería a su esposa Cindy (Leslie Winston); y cuando Mary Ellen (Judy Norton-Taylor) enviudó,  ella y su hijo volvieron al hogar Walton. Además Los Walton poseían (como todos los sureños) una abundancia de primos y otros parientes que se dejaban caer de visita y siempre dejaban algún tipo de lección como la anciana Martha-Corinne, cronista de la Familia Walton, por cuyo retrato la legendaria actriz Beulah Bondi recibiría un Emmy.

Es triste saber que lo que era admirable en los cínicos y progresistas 70, hoy sea despreciado y rechazado en el cínico y progresista siglo XXI. Los valores domésticos y morales de Los Waltons van asociados hoy con fuerzas retrogradas como religión organizada, el Partido Republicano y los seguidores de Donald Trump. Sin embargo, “The Waltons” sigue atrayendo fans.

¿Una Serie Oscurantista?
Una pregunta que se hacen tanto observadores sociales como críticos de programas de televisión y fans es porque es imposible hacer una nueva versión de esta serie. Creo que la respuesta más adecuada es que aun como drama de época, la esencia de la serie seria incomprensible para un gran segmento de la audiencia. Sin embargo, eso no quiere decir que “The Waltons” fuese un programa anticuado y carente de valor. Para su época era bastante progresista y mirándola en retrospectiva sufría de muchos presentismos obligatorios de la televisión de su tiempo.

Los anti-Waltons consideran que “The Waltons” es una serie retrograda que perpetua valores oscurantistas. ¿Cuáles serían esos valores?
Ausencia de diversidad sexual:
 Hoy diversidad tiene solo dos significados, inclusión de personajes de piel oscura y de miembros de orientaciones sexuales diversas. Estos últimos no están presentes en “The Waltons” pero tampoco lo estaban en general en la televisión Anglo, donde el primer personaje importante abiertamente homosexual aparecerá recién en 1975, Billy Crystal en “Soap”.
Jody (B. Crystal) con el vestido de su mamá

Un problema para los Millenials y los Z (víctimas de un fenómeno social que busca mantenerlos en la ignorancia) es que creen que un bebé debe pararse y caminar antes de gatear. Por eso les es difícil aceptar un mundo donde la gente no tenía los derechos ni las libertades que ellos han gozado, ni que conseguir esas libertades y derechos fue una lucha tan ardua que no dejó la posibilidad de exigir lo que hoy exigen las minorías.

En resumen, en un mundo donde recién se comienza a hablar de sexo en la realidad y en la pantalla, donde recién se contempla la posibilidad de que las relaciones sexuales fuera del matrimonio no sean pecado, no se puede todavía educar a las personas sobre otras orientaciones o estilos de vida sexuales. Que un programa familiar retrasase con naturalidad, sin emitir juicios mórales, temas como las relaciones premaritales, las madres solteras, el amor físico de pareja y el acoso sexual era progresista en 1972.

John-Boy tuvo amores con dos madres solteras, incluso asistiendo al parto de una de ellas interpretada por la entonces desconocida Sissy Spacek. Mary Ellen embarazada atiende a una madre soltera que pierde la razón cuando su hija muere. Erin Walton (Mary Beth McDonough) es acosada sexualmente por los parroquianos de un café donde trabaja y años más tarde debe defenderse de la agresión de un pintor desequilibrado y un novio borracho. Incluso hay un episodio titulado “The Violated” (La violada) donde Los Waltons deben auxiliar a la víctima de un ultraje.
Sissy Spacek en Los Waltons

En las últimas temporadas, Elizabeth de 16 años contempla la posibilidad de perder su virginidad con su novio, y Jim-Bob Walton (David W. Harper) es acusado por su novia de haberla embarazado. Todo eso demostraba la evolución de la mentalidad de la serie y exploraba como se vivían esas experiencias en los 30 y 40.
El despertar sexual de Elizabeth

Por último, me acabo de enterar que Will Geer el actor que interpreto al Abuelo Walton, era homosexual y que tuvo una relación de pareja con el reconocido activista de los derechos gays Harry May. Como Will había salido del closet y sus compañeros de trabajo conocían su orientación, podemos decir que si había diversidad sexual en “The Waltons”.

Ausencia de Diversidad Etnica
En “Los Waltons” no hay asiáticos, ni árabes, ni hindúes. El único latino es un pretendiente que le sale a Mary Ellen casi en las últimas temporadas, un soldado chicano que conoce en California. Tampoco hay irlandeses, ni italianos y eso que la madre de Earl Hamner era italiana.

Los nativos tuvieron una presencia vigorosa en el episodio “The Warrior” cuando un cherokee de 101 años viene a exigir que John derribe su establo ya que debajo hay un cementerio indio. John se niega, pero cuando el anciano muere, le regala un trozo de la montaña al nieto para enterrarlo y convertirlo así en otro cementerio indio.

Hoy que los judíos están en todos los medios de comunicación parecerá mentira decir que una vez fueran considerados peligroso para los ratings.  Los actores judíos eran de bajo perfil en lo que se refería a su vinculación con el mundo hebreo. Tuve que esperar a “La casita en la pradera” para saber que Michael Landon era “de nostris” como decía La Lozana Andaluza.

El único programa con protagonista judía había sido “The Goldberg” (no confundir con el show contemporáneo que comparte el mismo nombre) que había saltado de la radio a la pantalla chica, pero que había sido cancelado en 1957. Para 1972, la aparición de personajes judíos invitados en una serie era tan vaga que incluso se velaban sus orígenes. Recuerdo que eso pasó con Milton Berle en “Valle de Pasiones”. Incluso en 1972, junto con los Waltons salio al aire "Bridget Loves Bernie" una serie sobre un matrimonio mixto....apenas duro una temporada.

Por eso fue un shock que, en la primera temporada, “The Waltons” presentasen a una familia abiertamente definida como judía. Mas interesante aun como un reflejo de la realidad televisiva, esta familia de refugiados alemanes que llegaba a la Montaña Walton ocultaba su origen para poder asimilarse mejor, llegando incluso a privar a su hijo de su obligatorio Bar Mitzvah. Les tocaba a Los Walton convencerlos de salir del closet, aceptarse y conseguir que la comunidad los aceptara.
Bar Mitzvah en La Momtaña Walton

Después de este shock cultural, los judíos siguieron apareciendo en el espacio de “Los Walton” culminando en el personaje de Toni (Lisa Harrison), novia y eventual esposa de Jason Walton (Jon Wolmsley). Fue ahí que vimos un toque de antisemitismo, curiosamente dentro de la misma familia. Ben rechazaba firmemente a su futura cuñada, no porque tuviera nada en contra de los judíos, sino que no le agradaba que Jasón trajera a la familia alguien que no fuera cristiana.
Jason y Tony

Hoy y entonces, diversidad específicamente se refiere a los afroamericanos. “The Waltons” los tuvo regularmente en la pantalla lo que ha provocado muchas críticas de un retrato falso a la sociedad sureña infamosa por su racismo ya que el show muestra una visión armónica de las relaciones interraciales, al menos en La Montaña Walton. Earl Hamner Jr. creció en Schuyler, un pueblo virginiano totalmente segregado en los 30. Pero para acallar las críticas surgieron voces de gente que recordaba sus experiencias en comunidades aisladas como la de Los Walton donde había pocas familias negras lo que permitía más interacción social en términos de igualdad entre ambas comunidades.

Un toque revolucionario de la serie fue enfocarse en un solo personaje habitual negro, y hacerla mujer y autovalente. Verdie aparece por primera vez como una costurera viuda que vive cerca de Los Walton. Aunque es nieta de esclavos, Verdie ha conseguido que una de sus hijas vaya a la universidad. Su mayor vergüenza es ser analfabeta, problema que soluciona John Boy. Toda la historia de Verdie es un ejemplo de autosuperación.

 Lynn Hamilton retrató a Verdie con gran dignidad y humanidad. Su relación con Los Walton siempre es en planos de igualdad, aunque la extrema cortesía con la que Olivia (después de sufrir una permanente chambona), le pide a Verdie “un secreto de tu gente para alisar el cabello” me pareció exagerada y el ‘tu gente” hoy es inexplicablemente sería considerado racista.

Otra exageración fue el episodio “The Illusion” en el cual Esther, hija de Verdie, tras graduarse busca empleo en una fábrica local. Cuando se lo niegan (por ser negra) se manda un discurso tan intenso sobre el racismo que recibe el puesto como recompensa. En el Sur de los 40, ese acto más le conseguiría una visita del KluKlux Clan antes que un empleo.

Mas realista fue que Verdie termine adoptando a Josh, un niño negro que Los Waltons han prohijado porque entonces estaba prohibido que los blancos adoptasen criaturas de color; o descubrir que Harley (Hal Williams que dio vida al segundo marido de Verdie) es víctima de la justicia racista del hombre blanco o que su hijo Jody (Charles R. Penland), tras regresar de servir en el frente de batalla, sea expulsado de un bar solo por su color de piel.

Sexismo:
Otra acusación que recayó sobre “The Waltons” es que era sexista puesto que las chicas Walton siempre estaban a cargo del quehacer doméstico y que sus hermanos gozaban de más libertad. Eso no es cierto. Hay una división de labores, pero no es arbitraria ni obligatoria. Olivia Walton cocina y limpia, pero si tiene que ayudar a su marido en el aserradero no tiene problemas para hacerlo. Cuando Olivia se ausenta ordena a sus hijos ayudar a Erin con las labores domesticas.

 Tanto Olivia como su suegra Esther dominan a sus esposos que siempre hacen lo que ellas quieren. John Boy será el hermano mayor, el consejero y paño de lágrimas tanto de hermanos como hermanas, pero nunca abusa de su poder. Podemos decir entonces que las chicas Walton no estaban sometidas por ningún tipo de patriarcado.

Erin y May Ellen cocinan y saben llevar una casa, pero también aprenden a conducir automóviles y una exigencia de sus padres es que acaben la secundaria, eso en una época y un espacio geográfico donde las campesinas casi ni sabían escribir. Mary Ellen, al salir de la secundaria, postula a una escuela de enfermería. Se casa con un médico y se convierte en su asistente. Cuando cree que su marido ha muerto entra a la facultad de medicina y se convierte en doctora. Será la tercera de Los Walton en tener estudios profesionales.
Mary Ellen esposa

Mary Ellen madre

Mary Ellen enfermera

Olivia y John se oponen al matrimonio de Erín porque ella solo tiene dieciséis años y porque no ha acabado la secundaria. El novio no espera y al graduarse, Erín no sabe qué hacer con su vida. Es ahí cuando John hace un comentario que hoy consideraríamos sexista: “es tan guapa que no tendrá problemas en encontrar su camino”.  Sin embargo, el ser guapa no ayuda a Erín quien abandona su empleo de telefonista para irse de camarera a un antro donde es acosada por los clientes. Finalmente encuentra su camino en una academia de secretariado.
Erin se gradúa

Ser guapa no es una carrera

Erin camarera

Erin secretaria

A pesar de que “The Waltons” es una serie que ensalza a la familia y el amor de pareja, cree en una relación igualitaria entre marido y mujer. Es el espíritu pionero que representa la anciana prima Martha-Corinne quien recuerda que la primera casa en La Montaña Walton, la construyeron (y a mano) ella y su marido antes de la Guerra de Secesión. Erin y su novio también planean construir una casa juntos. Olivia y John son conscientes de que una familia se arma entre dos y dividen su responsabilidad con sus hijos por igual.

Las chicas Walton esperan tener un matrimonio como el de sus padres, por eso dejan pasar novios aparentemente perfectos, a sabiendas que no son los indicados. En los 70, el divorcio todavía seguía siendo un tema delicado en la televisión y ni se pensaba en tener una protagonista divorciada, pero la serie nos muestra casos en los que una mujer puede y debe separase. Así vimos casos de abandono, de violencia familiar y en el caso de Esther y de la cuñada de Mary Ellen, la necesidad de la mujer de vivir su vida.

Olivia relató en un par de ocasiones que cuando estaba recién casada, regresó a casa de sus padres tras serias peleas con el marido. La primera pelea de Mary Ellen y Curtis acaba con ella en casa de sus padres. Esos problemas son solucionables, pero casi al final de la serie, Mary Ellen descubre que el marido que cree que pereció en el ataque a Pearl Harbor está vivo.
Mary Ellen creyó a su marido muerto en Pearl Harbor

El que volvió ni se parecia a Curtis

Curtis quedó tan malherido que ha preferido ocultarse de su familia. Mary Ellen se da cuenta que este hombre amargado por heridas que le impiden ser padre y cumplir con sus deberes conyugales,  no es con quien se casó. Tras sopesar sus prioridades, Mary Ellen se divorcia de Curtis y se casa con otro señor.

De todas las Walton la más memorable y luchadora por sus derechos era Olivia Walton. A través de varias temporadas, y a pesar de que Michael Learned optó por ausentarse de la serie en busca de otros desafíos actorales, su personaje de la matriarca de esta familia de las Apalaches se convirtió en uno de los más queridos por el público.

Los escritores no parecían quererla mucho ya que la sometían a todo tipo de enfermedades. Vimos a Olivia sobrevivir depresión, menopausia, polio y tuberculosis. Eso no le quitó vigor para dar voz a sus opiniones en debates con su marido e hijos, debates que a veces acababan con ella triunfante. En otros casos Olivia cambiaba de opinión, pero nunca de manera sumisa.
Olivia se contagió de polio

Olivia era una encarnación de la madre naturaleza. La serie nos cuenta que ha parido nueve hijos y enterrado a dos (uno de ellos, el gemelo de Jim-Bob). En la segunda temporada, Olivia pierde un bebé y el médico le aconseja no volver a embarazarse. Eso la deprime y la vemos encariñarse primero con un bebé abandonado, luego con un huerfanito negro y por supuesto es la primera en encargarse de los nietos cuando estos comienzan a llegar.

Eso no significa que Olivia sea nada más que madre. Por sobre todo es mujer, una que sostiene una intensa relación romántica y física con su marido. Como le explica a la recién casada Mary Ellen, su modo de advertirle a su familión que quiere un rato de privacidad con su marido es colocar un geranio en macetero en el porche. Esa es señal para que sus parientes se vayan de paseo. Este detalle era bastante risqué para una serie de televisión dirigida la familia.

Aun peor, Olivia seguía siendo atractiva para otros hombres. Lo descubría cuando decidía estudiar arte y era objeto de galanteos por parte de un compañero menor que ella. Galanteos que no molestaban del todo a la Matriarca Walton.

A lo largo de la serie vimos que, aunque Olivia parecía se ser la esposa, madre y ama de casa perfecta, el personaje sufría episodios de depresión y frustración, tenía estallidos de furia y momentos en que se sentía descontenta con la monotonía de su vida. Lo interesante era como enfrentaba esas crisis y las solucionaba con cambios que iban desde cortarse el cabello (a pesar de las protestas del marido) hasta comprarse una bicicleta.
La horrible permanente de Olivia


Tampoco era reacia a buscar otras ocupaciones. Olivia no dejaba que fueran los hombres de su familia los que la informaran. Ella leía el periódico y buscaba información en la biblioteca local. En las primeras temporadas, Olivia decidía seguir su sueño juvenil de estudiar arte; se integró al coro de la iglesia; y con sus hijos ya mayores, Olivia Walton se convirtió en maestra sustituta para luego quedarse de planta en ese empleo.

Presencia desmesurada de la religión
Una de las más fuertes quejas de los anti-Waltons es que el show es “sermoneador”; moralista en exceso, y que eso se debe a la constante presencia del elemento religioso. Sería un retrato falso si al hablar de la cultura montañesa virginiana no se mencionase la religión. Sobre todo, en la Era de la Depresión cuando los estadounidenses (Los que no abrazaron ideologías totalitarias) se volcaron en la religión como un modo de sobrevivir la crisis.

Los Walton son devotos bautistas. Una ironía es que en su mundo no hay espacio para otra religión ni siquiera otra variación del protestantismo. Cuando la Abuela Walton se molesta con el pastor de su iglesia, lo amenaza con ir al templo metodista. Cuando Erín descubre que el Pastor Fordwick (John Ritter) no va a casarla porque sus padres lo prohíben, busca ayuda con un pastor metodista.

Algo que es obvio en la serie es que Olivia y su suegra son las más religiosas en la familia (o las con fe más ferviente) y quienes imponen sus ideas sobre los demás. El Abuelo Walton se ríe de muchas de las devociones de su esposa, pero, como en todo, la obedece. De Los Walton, Ben es el menos religioso y el más atraído por las tentaciones del mundo, lo que provoca muchos dolores de cabeza a su madre. Pero el gran disidente religioso de la familia es John Walton.
Los Walton saliendo de su igkesia

El patriarca Walton es el único que se queda en casa cuando su familia va a misa. Alguna vez pisará la iglesia para darle el gusto a Olivia o cuando ocurre una crisis como cuando Elizabeth queda invalida, pero no es hombre de templo. Olivia contará que las peores peleas conyugales fueron provocadas por esa renuencia de su esposo a cumplir con sus deberes de cristiano.
John no era hombre de iglesia

No es que John sea ateo, lo que pasa es que no cree en religiones organizadas. Tras expulsar a un alaraco pastor cuyos sermones asustan a sus hijos, John le dirá su esposa que él no necesita ni de predicadores gritones ni que lo zambullan en el rio (así es el bautizo de los bautistas) para  creer en D-s.
El predicador gritón

Es ahí que Olivia se da por vencida y tras un “eres un buen hombre, John Walton” decide que su esposo sirve al Señor de manera diferente a la de ella. Una ironía es que, en la vida real, Ralph Waite, quien encarnaba a John, era un pastor presbiteriano. La muerte de su hija mató su fe y lo empujó al alcoholismo. Fueron “The Waltons” los que ayudaron a resucitar su fe, retomó su ministerio para casar a Jon Wolmsley (Jasón) y a su novia Lisa Harrison.

Nacionalismo Sureño
Ciertas virtudes que todavía me resultan atractivas en “The Waltons” pueden motivar rechazo en esta excéntrica sociedad moderna. Uno es la solidaridad comunitaria. Cada vez que un vecino necesita de ayuda ahí están Los Walton para brindársela. Cada vez que ellos enfrentan una crisis, sus vecinos vienen en su auxilio.

Lindos también son los buenos modales que Olivia y John inculcan a sus hijos. La cortesía que extienden a los extraños, a los más humildes y sobre todo a los más viejos. Hay un tremendo respeto por la Tercera Edad, sea como custodia de información histórica (la Prima Martha-Corinne) o como dispensadora de arte (Maude Gormsley que a sus 70 años se convierte en cotizada pintora). Cuando Martha-Corinne siente que se acerca su final se esmera en poner en papel todo lo que sabe de su familia y ese es el legado que le deja a John-Boy. Es que los ancianos son los historiadores de su comunidad.

Sin embargo, hablar de historia en El Sur es peliagudo porque historia aun hoy en el Tercer Milenio significa Guerra de Secesión. Hoy se siente que El Sur ha glorificado una guerra fratricida, que sigue apegado a los valores que provocaron el conflicto, y que no hay arrepentimiento. Eso también era cierto en los 70 y en los 30. Por lo tanto, la única falsedad que veo en “The Waltons” es la ausencia de ese nacionalismo Rebelde.

Aun así, la Guerra de Secesión no es mencionada más que in passim. Martha Corinne recuerda que su esposo perdió un brazo en batalla, pero no elogia ni condena a la Confederación que lo llevó a quedar manco. Nunca vemos la bandera confederada y a lo más cantan canciones antiguas (hoy consideradas como racistas) como “Carry Me Back To Old Virginia”. Si se habla de guerra en “The Waltons” es siempre la primera conflagración mundial en la cual peleó John y donde murió su hermano Ben.

Culto a las Armas
Hablando de guerras, una acusación que recae sobre la cultura sureña es que rinde culto a las armas de fuego. Es cierto que los que más protestan en contra de legislaciones que controlan la posesión de armas vienen de esa región. En la cultura sureña, los rifles de caza son joyas familiares que son heredadas de padres a hijos.

Pues los Walton no eran ajenos a esa tradición. Como todos los habitantes de regiones aisladas, John Walton poseía escopetas y en un par de ocasiones lo vimos empuñarlas para defender a su familia. Sin embargo, el mayor uso de las armas era para traer comida su mesa.

Muchos se han burlado de que “The Waltons” presente una visión de la Depresión donde una familia humilde siempre tenga comida en la mesa. Earl Hamner dijo que eso era cierto precisamente por el espacio geográfico donde vivía su gente. Las verduras las cultivaban las mujeres de la familia en su huerta. Las frutas de los árboles cercanos servían para hacer mermeladas y conservas, había un rio donde pescar y el bosque era rico en aves y liebres para cazar.

Aun así,” The Waltons” creada para una sociedad marcada por la Guerra de Vietnam y bastante pacifista, no elogiaba ni la violencia ni el uso de armas. Cuando John y su padre llevan a John Boy de cacería, el joven tiene tanto respeto por la vida que es incapaz de dispararle a un pavo silvestre. Solo cuando ve a un oso atacando a su padre es que el muchacho puede disparar un arma.

El pacifismo en la serie va más allá de cazar aves, Olivia es una ardiente pacifista que ve con horror que se aproxima otra guerra y que sus hijos serán carne de cañón. Cuando USA entra en guerra Ben se enlista lleno de entusiasmo; Jim-Bob patalea porque quiere tener edad para pelear; el sereno John-Boy como corresponsal de guerra no le teme al peligro.

El único con dudas es Jasón. El más religioso de Los Waltons siente que matar al prójimo va en contra de sus principios. Eventualmente recapacita y se enrola en el ejército, pero por un rato demuestra que no todos los sureños eran seres violentos sedientos de sangre.
Jason en Europa

Por muchos años, “The Waltons” fue acusada de falsear la imagen de la sociedad durante la Depresión. Por el contrario, al apegarse a su verdad (Y a pesar de los presentismos obligatorios) Earl Hamner ofreció una versión alternativa, pero genuina. No todos sucumbieron a la crisis, muchos sobrevivieron gracias a una combinación de factores en los que fe y solidaridad fueron el gran apoyo de las familias.

Un retrato totalmente opuesto lo hemos encontrado en este siglo en la genial “Mad Men”. El protagonista, el ambicioso y oportunista Don Draper, oculta un pasado en el cual él fue Dick Whitman, un niño criado en una granja de Illinois durante la Depresión. Los Whitman son el polo opuesto de Los Walton. Archibald, el padre de Dick es un borracho golpeador, lo tuvo con una prostituta y se lo ha encajado a su esposa que, aunque buena mujer no puede con este marido zafio e inútil.

Casi una parodia de “Los Waltons” es el flashback de Don en el que recuerda a un vagabundo (hobo) que llega a su granja. Los Walton le hubieran dado enseguida comida y techo, y Abigail está dispuesta a pasarle dinero, pero su marido exige que el invitado trabaje. Cuando éste acaba su labor, Archie se niega a pagarle, rechazando así los valores de solidaridad, honestidad y caridad que pregonaba la serie de Earl Hamner Jr.

Me ha sorprendido descubrir que “The Waltons” aunque fue vista en algunos países latinoamericanos (Colombia, Venezuela, México y la Argentina) nunca fue muy popular en nuestro hemisferio sur. Diferente fue el caso de Europa donde aún ahora “The Waltons” es apreciada. Recientemente se hizo una versión de DVD de la serie completa solicitada por el público alemán y en el Reino Unido se siguen ofreciendo “The Waltons” en canales del recuerdo.  ¿Por qué no gustó en Sudamérica? ¿Sera que los valores de Los Waltons no encajan con nuestros valores latinos?