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lunes, 11 de octubre de 2021

Mad Men y el Glamur del Machismo Tóxico: Las fórmulas del drama de época contemporáneo (III)

 


Parece increíble, pero hace ya seis años que la firma Sterling Cooper y Socios cerró sus puertas. Tanta influencia tuvo Mad Men en la televisión de Occidente que se hicieron innumerables y olvidables ripoffs,  a la par de variaciones que hasta hoy reflejan la importancia de esta icónica historia de la gran Era de la Publicidad. Estas inspiraciones reflejan los males del patriarcado, pero también establecen una nostalgia de una época en que los hombres podían ser machistas,  siempre y cuando fuesen elegantes y atractivos.

Fue en julio del 2007 que debutaba en las pantallas estadounidenses Mad Men.  un homenaje a los publicistas de la Avenida Madison en los 60 y qué transformaron la sociedad norteamericana (tal vez la mundial) con su publicidad engañosa. Nadie daba ni un dólar por esta serie anticuada, sin sexo,  desnudos, ni malas palabras,  y que era presentada por un canal menor , la AMC (American Movies Classic)  En America Latina, la veríamos un año más tarde por CineMax. Para entonces ya se había convertido en un fenómeno.



America había reaccionado favorablemente a este mundo  “retro” donde los hombres usaban sombreros, las mujeres poseían curvas rotundas, los negros eran ascensoristas o criadas y cuando toda la firma se ponía patas p’arriba con la llegada de la primera clienta judía (en el primer episodio). A pesar de que “Mad Men” hacia duras críticas al machismo prevalente en USAdentro y fuera de los muros de la Sterling Cooperdenunciaba la cosificación de la mujer en la oficina y  en los spots publicitarios,  y mostraba como el ser esposas trofeo podía afectar la vida  de los publicistas y sus familias, también sutilmente glamurizaba este mundo de machos de Hemingway, gladiadores con trajes bien cortados de buenas telas que habitaban espacios donde la única competencia eran ellos mismos, y la única ley eran las necesidades de los clientes.

Esta serie que demostró el talento de un elenco prodigioso desde el veterano Bobby Morse (en su último papel) como Bertram Copper,  hasta la (entonces) diminuta Kieran Shirpka en el rol de Sally Draper,  fue la que volvería estrellas a Elizabeth Moss como la audaz secretaria que se convierte en publicista y a Josh Ham como Don Draper, el protagonista. Pocas mujeres veían la toxicidad masculina y el narcisismo antisocial de Draper, ofuscadas por su aura de seguridad en sí mismo que exudaba desde los poros. Esa virilidad era la que tenía a su bella esposa Betty (January Jones)  totalmente sometida y que incluso ya a fines de la serie,  le conseguía una segunda esposa bellísima y mucho más joven que él.




Lo extraordinario de Mad Men es que la competencia entre ejecutivos y empleados no es solo la urgencia de satisfacer los pedidos de clientes con grandes campañas sino también la actividad sexual. Aunque nadie en la serie mostrara ni una nalga sino hasta la cuarta temporada cuando Roger Sterling (John Slaterry)   ingiriera LSD, el erotismo era parte trascendental del trabajo y vida personal de los Mad Men.

Una Toxicidad Masculina Irresistible

En la serie, los publicistas, casados o solteros deben ser mujeriegos, acumular conquistas y alardear de sus proezas amatorias. En eso ninguno supera Don que, aunque discreto,  consigue siempre a las inalcanzables. Don es él “más hombre” en el mal sentido de la palabra y no necesita usar de sus puños para eso. Desde la altura que le da su experiencia mira con desprecio a los meros mortales y los sabe poner en su lugar.



Cuando Roger,  borracho, se propasa con Betty Draper, Don lo lleva a engullir una tremenda comilona para luego pagarle al ascensorista para que finja un desperfecto. Tras subir una docena de escaleras, Roger llega tambaleándose a un encuentro con clientes y acaba vomitándoles encima. Cuando el esnob y condescendiente Pete Campbell (Vincent Kratsheimer) descubre secretos del pasado de Don y lo chantajea, Draper va donde Bertram Cooper que rápidamente disuade al chantajista. Don Draper es un genio y la firma no se la puede pasar sin él.



En el pasado,  he escrito en varias ocasiones sobre Mad Men desde la misoginia de Don Draper hasta el glamur del vestuario de la serie, pero hoy quiero hablar de un esquema que permaneció en la atmosfera por una década  y que han tratado otras series de llenar. Mad Men fue un éxito i nmediato, ganando en su primera temporada dos Globos de Oro (incluyendo uno para Josh Hamm) . En total ganaría 5 Globos de Oro, 16 Emmys y no sé cuántos otros premios más. Es considerada una de las 100 mejores series de televisión de la historia.

Para su segunda temporada, The Guardian notaba que la serie de Matthew Weiner estaba influyendo en el vestuario masculino. La serie cuya ambientación de época era inigualable estaba trayendo de moda ropa accesorios y música de los 60, pero también un interés por una manera de vivir y de pensar que,  a pesar de beneficiar más a los hombres blancos,  podía resultar atractiva para muchas mujeres.








Aun así, nadie intentó copiar totalmente una serie que describía cambios sociales al estilo Cuéntame cómo pasó , pero con una dinámica de oficina y equipo que recordaban a The West Wing. Seria en el 2011, para la quinta temporada que comenzarían a aflorar débiles imitaciones como The Playboy Club y Panam que no pasarían de una temporada.

La Hora Inglesa

El show que podría considerarse como un auténtico seguidor de Mad Men seria The Hour. Hecho en Inglaterra, en el 2011, tenía lugar en un canal de televisión, un espacio tan competitivo y exigente como la agencia de Sterling, Cooper and Partners. La diferencia era que tenía lugar en 1956, en vez de los 60 y que quien daba las ordenes era una mujer. Agreguémosle el ingrediente del espionaje en un escenario de la Guerra Fría y se puede hablar de una inspiración, pero no de una imitación.



Freddie (Ben Wishaw) es un joven periodista que quiere abrirse camino en el nuevo campo de la televisión. Consigue empleo en un canal donde está ascendiendo su amiga Bel (Romola Garai) . Cuando nombran a Bel productora y presentadora de un importante noticiero llamado “La Hora”, algo poco común siendo ella mujer, Freddie cree que el será él coproductor. Pero los ejecutivos y Bel prefieren traer a Hector Madden (Dominic Guard) que tiene más aura mediática y es más fotogénico que Freddie.

A pesar de ser Hector casado, él y Bel se hacen amantes lo que rompe el corazón de Freddie que la ama en secreto. La Crisis de Suez provoca una crisis dentro del programa. Entretanto,  Freddie se ha puesto a investigar un asesinato que involucra gente del gobierno y agentes soviéticos, uno de los cuales se ha infiltrado en el canal de televisión.



Tras dos temporadas cerraba The Hour que tuvo una recepción mixta. Hay gente que la amó, yo la detesté. No me gustaron los personajes, no me gustó la postura política del show y nunca me atrapó la historia como lo hizo Mad Men. Aunque el vestuario de Romola y el de Oona “Talisa” Chaplin,  quien interpretaba,  a la esposa de Hector era elegante y muy de la época, público e historiadores notaron una serie de anacronismos en el show Por Eso The Hour no duró más de dos temporadas.

America y La Revolución Sexual

El próximo esfuerzo fue el más parecido a Mad Men a pesar de que el tema no lo indicaba. La idea de Showtime de crear una serie alrededor de la investigación sobre conductas sexuales llevada a cabo por William Masters y su asistente, amante y eventual esposa,  Virginia Johnson, parecía una locura. se esperaba algo chabacano, obsceno, pornográfico.



Por el contrario, Masters of Sex nos mostraría cuan competitivo y ambicioso puede ser un médico, un científico como William Masters (Michael Sheen) . Eso importaba más en la trama que las costumbres sexuales de sus conejillos de Indias.

 Como Don Draper Bill Masters había crecido marcado por una infancia disfuncional, lo que lo llevaba a ser arrogante y a veces inescrupuloso en su afán por sobresalir en la estrecha comunidad médica de la Universidad de Saint Louis de fines de los 50. Ese es el mundo donde empieza nuestra historia con un Masters empeñado en descubrir los secretos de alcoba de sus compatriotas, cueste lo que cueste.

                                        Los verdaderos Masters y Johnson

Para eso cuenta con la asistencia de su secretaria Mrs. Johnson (Lizzy Caplan) , una despampanante divorciada, madre de dos hijos, pero también mujer desinhibida e independiente. Como Don Draper, el Dr. Masters tiene una esposa-trofeo, la dulce Libby (Caitlin Fitzgerald)  que poco a poco va entendiendo que su rival no solo es Virginia Johnson sino también el proyecto por el cual su marido está dispuesto a arriesgar su prestigio profesional y convertirse en el hazmerreír de sus colegas.

A medida que vemos los esfuerzos muchas veces torpes y controversialesde Masters y Johnson por conseguir datos para su investigación, vemos también la sociedad reprimida y temerosa de revelar su intimidad en la que se desenvuelve el experimento. Como Mad Men, Masters of Sex presenta una trayectoria de la evolución social de los Estados Unidos de los pacatos 50 hacia la revolución sexual de la década siguiente.

Debido a que la acción ocurría en Missouri, un estado fronterizo donde imperaba la mentalidad de Jim Crow, la campaña de los Derechos Civiles formaba parte de la trama. Expulsado de su universidad, Masters solo encontraba empleo en una clínica para afroamericanos donde continuaba sus experimentos. Entretanto su mujer se involucraba en la lucha y acababa teniendo un affaire con un hombre de color.



La serie también mostraba los tabúes de una sociedad realmente patriarcal donde la homosexualidad era castigada con la cárcel. Vimos la lucha del jefe de Masters (Beau Bridges) por ocultar al mundo y a su familia su condición de homosexual. Como también vimos la evolución de , una prostituta que pasaba a ser secretaria de Masters. Otro paso a la respetabilidad fue casarse con un millonario y ex cliente. El marido no tiene problemas con el pasado, pero si el saber que era lesbiana rebasó su límite y acab ócon el matrimonio.

El toque feminista de la historia lo da la Señora Johnson. Si su jefe sufre de burlas, ella sufre de acoso sexual. El saberla parte de este polémico estudio le provoca problemas en su vida personal y profesional. Su relación profesional y sentimental con Bill Masters la drena de energía y las pullas por ser parte de un experimento científico sin credenciales la obligan a sacar un posgrado.



Esta magnífica serie ameritó dos muy buenas temporadas. Pero ya para la tercera, comenzó a notarse que se trabajaba no en base del libro de Thomas Main. Había nuevos arcos y subtramas que no tenían sentido: el tercer bebé de Virginia que no existió en la realidad, la extraña muerte del amante negro de Libby, ect. La serie comenzó a volverse repetitiva y a alejarse del modelo “Mad Men”, así que fue un alivio que la terminasen en la cuarta temporada.



En Inglaterra, no se volvió a intentarse el modelo “Mad Men” y sin embargo encuentro que hay similitudes en la construcción de Endeavour y que van más allá de que la serie inglesa también tenga lugar en los 60. En este relato de como el joven Endeavour se convirtió en el legendario inspector Morse, Shaun Davies muestra características que lo hermanan a Don Draper tales ser el niño genio de una comisaría, su relación con sus camaradas que oscila entre amistad y rivalidad, sus amores que incluyen mujeres de todos los tipo desde una enfermera de color, hasta la sobrina de su mentor, desde una chic fotógrafa francesa hasta una misteriosa italiana casada con un millonario.

Cuando los Mad Men Construyeron la Bomba

El último intento angloparlante de seguir el modelo ‘Mad Men” seria la excelente, pero menospreciada Manhattan de Warner. A primera vista este proyecto del 2014 no presenta similitudes con la sofisticada fabula del mundo publicitario. “Manhattan” es el nombre del proyecto científico que culminó en la creación de la primera bomba atómica y tiene lugar en un mundo muy alejado de la Avenida Madison de los 60.

Todo ocurre en ese pueblo desértico de Nuevo México, que hoy conocemos como los Álamos, donde se concentró una comunidad de las mentes más brillantes de las ciencias del mundo libre (Incluyendo refugiados de la Alemania nazi y de la Italia fascista). Siendo un proyecto top secret ,  la comunidad estaba semi secuestrada, pero se permitió que las familias de los científicos se establecieran en Los Álamos.



Debido al misterio que rodeaba al proyecto, los científicos no debían informar a sus familias del tipo de trabajo que hacían. Esto provocaba fricciones domesticas que aunadas a la soledad, a la falta de servicios como agua potable,  hacían la vida muy incómoda para todos. Eso lo que muestra la serie, por un lado, la lucha de los científicos por crear un arma mortal con todas las connotaciones éticas y morales que conlleva el éxito.  Por otro lado,  vemos a sus esposas aburridas y llenas de miedos y desconfianzas y como tratan de luchar contra esto.

A pesar de que los Álamos existió (entonces solo se le conocía como “The Hill”) y hubo dos proyectos iniciales: el llamado Thin Man y otro que tenía que ver con implosión, los personajes son todos ficticios. Solo un científico real, Robert Oppenheimer (y su mujer),  aparece en la serie, eso permitió mucha libertad para la creación de una trama que pudo suceder.

El protagonista es Frank Harris (John Benjamin Hickman) que dirige el proyecto de implosión. Levemente inspirado en Seth Nedermayer, Frank es un genio, orgulloso, antisocial, muy exigente con todos los que lo rodean sean su familia o su equipo. Como Don Draper es arrogante, tenaz, testarudo,  muy competitivo, Sabe que su equipo es el ceniciento en comparación al de Thin Man, y trata de prevalecer, aunque esto implique chantajear y aplastar a otros,  incluso a sus amigos.

                                    Los Mad Men de Los Alamos

Frank tiene la excusa de querer salvar al mundo. Un tema importante en la serie es el miedo a que los científicos alemanes se les adelantasen y que una bomba nazi cayese en territorio estadounidense. Sin embargo, hay momentos en los que Frank parece tan ególatra como Don Draper. Eso se nota en su relación con su contrincante Charlie Isaacs (Ashley Zuckermann) , un niño genio de Princeton que nunca ha perdonado a Harris no aprobar una de sus monografías. Su relación recuerda a la de Don y Pete Campbell.

Sin ser mujeriego como el protagonista de “Mad Men”, pero empujado por la soledad y el dilema moral de crear un arma de extinción masiva, Frank tiene un affaire con la criada. Paloma, una nativa hispanoparlante, no habla inglés, por lo que la comunicación se reduce a sexo y a largos discursos del científico que la criada escucha con paciencia sin comprender.

 Como Don,  Frank acumula secretos de su pasado y también del de los integrantes de su equipo. Tal como Don es el único que conoce la homosexualidad de Sal y que Peggy es madre soltera, Frank es el único en saber que Bobbit es gay y que Rosley abandonó a un hijo en Inglaterra.



En el caso de las mujeres,  las similitudes se hacen más complejas. Tenemos a Liza Harris (Olivia Williams)  que alienada por los secretos del marido y los misterios del medioambiente que la rodean comienza a desmoronarse emocionalmente. Pero Liza (uno de los pocos personajes ‘realmente “buenos”) es una científica brillante y mucho más sensible y altruista que Betty Draper.

La que sí se parece un poco a Betty es la odiosa Abby Isaacs que carece de la astucia y sentido práctico para sobrevivir en Los Alamos.. Yo tengo un problema grave con Rachel Brosnahan. No la considero ni buena actriz, ni guapa y me exaspera que siempre la pongan de judía cuando no lo es y cómo tiene cara de tonta,  convierte a sus personajes en judías taradas.



Eso ocurre con Abby que lejos es el personaje más odioso de la serie. Y eso que Charlie, un poco más inteligente que Pete Campbell, es igual de soberbio, pero entiendo que, con esa mujercita, acabe acostándose con Helen (Katja Herbers) su colega.

En Manhattan, Helen Prins es lo más cercano a Peggy Olsen. Es la única mujer en el proyecto y aun así tiene que probar a cada instante que merece estar ahí. La soledad la hace consciente de su feminidad y busca consuelo en el sexo. Aunque es bondadosa con Fritz, y le consigue una esposa, puede ser tan implacable y competitiva con los “Muchachos” del equipo que, aunque sean todos científicos destacados actúan con el machismo e infantilismo de los publicistas de la Sterling, Cooper and Partners.

Donde vemos esa necesidad de Helen (quien para ser parte el Proyecto Manhattan rompió su compromiso y hasta abortó un bebe) de aferrarse a su trabajo es cuando los envían a ella y a Charlie a fiscalizar una central atómica en Tennessee. Ahí conocen a Theodore,  un científico negro al que tienen sirviendo café. Cuando Helen intenta acercarse a él, Theodore le salta con la mejor frase de la serie. “no necesito que me salve una mujer blanca”.



Tal vez será por eso por lo que cuando Theodore le entrega Helen una carta para Frank solicitándole que lo integre a su equipo, la Dra. Prins lanza la carta la basura. Como Peggy, Helen tiene conciencia de todo lo que ha luchado para llegar adonde esta. No va a permitir que ningún hombre, negro o blanco, le quite su puesto.

Mad Men en Rusia

Manhattan se quedó en vísperas del estallido de la bomba atómica,  en solo su segunda temporada. Su cierre coincidió con el cierre de Mad Men. Después de eso pareciera que el modelo había caducado. No así al otro lado del mundo donde Los Optimistas tomarían ese modelo y lo aplicarían a la Unión Soviética de Kruschev, a una organización moscovita que pretendía entrenar diplomáticos, pero que acababa preparando espías.



En ese escenario de la Guerra Fría, la exquisita cantante lituana Sverija Janusauskaite interpreta a Ruta Bauman, una exiliada americana de la Era McCartney que con un look de Betty Draper intenta, como Peggy Olsen, convencer al patriarcado soviético que una mujer puede dirigir un departamento político. Sin embargo, le imponen la humillación de un jefe macho (y machista) con el que tendrá una relación amor-odio como la tuvieron Don y Peggy.



Como en Espías,  Vladimir Vdovichenko vuelve a estar a cargo de una academia de entrenamiento. Solo que su Yuri Byriukov aquí lidia con jóvenes instruidos y poliglotas que quieren ingresar a la elite diplomática soviética. Desafortunadamente,  cada uno sufre de algún tipo de falla: uno es judío (lo que era cuasidelito en la Unión Soviética); otro intenta comunicarse con parientes en Occidente (otro delito) y el tercero es un topo de la CIA.

La serie logra manejar delicadas intrigas políticas con una estética “Mad Men” de fiestas sofisticadas, espacios elegantes donde se maneja la alta sociedad soviética,  y el vestuario despampanante de Ruta y otros personajes. Byriukov es,  como Don, un hombre dotado de ingenio inteligencia, rápido en tomar decisiones, y bastante inescrupuloso, lo que le acarrea alta estima de sus jefes. Eso provoca envidia en sus colegas y afecta su vida personal.



Mujeriego, en una temporada lo vimos con tres mujeres y eso que todavía juega al viudo inconsolable,   Byriukov tiene además una hijita que necesita de una madre. Como en Mad Men son los niños las víctimas inocentes de las manipulaciones de los padres

Ha sido un gusto enterarme que, durante la pandemia, la infatigable industria rusa ha producido una segunda temporada de tan fascinante serie. Eso demuestra que al menos en la ex Unión Soviética sobrevive el modelo de “Mad Men”.

 


 

 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Situaciones Embarazosas: El tabú del embarazo (Televisión del ayer)


Tal como el sexo, el embarazo es uno de los procesos humanos más erradamente representados en la televisión. En una era en que la visita de la cigüeña es tema obligado de reality shows, el embarazo televisivo sigue siendo un tópico controversial del que se abusa; alrededor del cual se crean clichés que poco corresponden con la realidad; e incluso se critica a las series por  inutilizar a personajes femeninos preñándolos. Lo interesante es que hubo una vez en que por modestia, el embarazo y los partos fueron temas tabúes en la televisión.

¿De dónde nace este tabú? Ciertamente no de la Antigüedad donde la procreación era vista como algo sagrado, al igual que el sexo. La mitología universal está llena de leyendas sobre los partos de diosas y madres de semidioses. Se describen partos en la Biblia y en Las Mil y Una Noches, se les encuentra  en las leyendas medievales y hasta en Bocaccio. La mujer más poderosa de la iconografía medieval, la Virgen María,  es retratada siempre en su aspecto de Theotokos, la Gran Reproductora, La madre del dios encarnado. Así escultores y pintores la representan  encinta, dando pecho o en esa imagen emblemática de recién parida en el pesebre de Belén.


Para no ser menos, las reinas humanas paren en público hasta los días de Maria Antonieta. En cambio, en el mundo más humilde, la maternidad es un período segregado que  queda  en manos femeninas y es regulado y controlado por mujeres. La parturienta da a luz en compañía de comadronas y mujeres de su familia. Hasta hoy, en pueblos primitivos, la nativa se aleja de su tribu y alumbra a su hijo, sola o en compañía de otra mujer. Todavía se cree en el mundo animista que la mujer embarazada (como la menstruante) posee una magia poderosa y peligrosa para el varón.
El primer alumbramiento de María Antonieta


Sin embargo, en el Primer Mundo de Sigo XIX, con el auge de la burguesía, se trastoca la imagen de la embarazada. El puritanismo que se asocia con el mundo burgués vincula la preñez con el sexo, ahora un concepto totalmente tabú. La mujer embarazada es vista como algo indecente que debe ocultarse. Del embarazo no se habla en público ni en la literatura. Las clases altas, desde Londres hasta Moscú se refieren a todo el tema con eufemismos galos. “Je suis enceinte!” gime Anna Karenina cuando le revela a su amante que está de encargo. El parto es conocido como accouchement, y un aborto espontaneo es un faux accouchement.
Ropa maternal del Siglo XIX


La Literatura decimonónica está llena de madres solteras y casadas, pero  cómo traen al mundo a su prole es un aspecto que nunca se discute. No lo encontramos en Tolstoi, ni en Galdós, ni en Flaubert ni en los novelistas victorianos. Ni siquiera autoras hembras como Las Hermanas Bronte  o La Condesa de Pardo-Bazan se refieren a algo que realmente es “embarazoso”. La gran excepción es el francés Guy de Mauppassant.  En sus excelentes cuentos y novelas, el escritor normando nos revela las intimidades fisiológicas de campesinas y señoras y describe partos (desde la perspectiva de la madre) con una minuciosidad de detalle que sorprende en un varón.

Pero Mauppassant es un ave rara. Incluso en la literatura rosa, dirigida para mujeres y escrita por mujeres, no se encuentra el tema. Ni atrevidas escritoras de bien entrado el siglo XX como Grace Metalious o Jacqueline Susann se meten por ese sendero. La gran excepción es por supuesto Lo que el viento se llevó. Tanta importancia da Margaret Mitchell (que nunca tuvo un hijo) al proceso de la maternidad que cuando se traslada su mamotreto a la pantalla grande no pueden dejar de incluir el tema a pesar de que hacerlo implique ofender al Código Hays y transgreda las reglas de la representación de las embarazadas en el cine.

¡Vienen los Yanquis! ¡Viene el bebé!


Soy cinéfila apasionada y no recuerdo haber visto ni en el cine silente, ni en el de La Depresión, ni en Los Cuarenta, imágenes de mujeres encintas. Hablo obviamente del cine anglo-parlante. Incluso la palabra “pregnant” (embarazada) no llega a usarse sino hasta 1959 en “A Summer Place”. Como en las novelas victorianas, en el cine de entonces  los hijos son el resultado de un encuentro sexual  y de un proceso de gestación indescriptibles. Hasta para  anunciarle al marido que va a ser padre se recurre al lenguaje “eufemístico”, a expresiones faciales, y a muchos “Ohh” y “ahhs” que ya parecen juego de charadas.

El parto siempre se sabe que tiene lugar porque vemos a la protagonista despertar de un sueño inducido por drogas. Asi se ve despertar a Lana Turner en “Marriage is a Private Affair”,  Ginger Rogers en “Tender Comrade”, y Betty Hutton en “The Miracle of Morgan’s Creek”. Incluso en la literatura de ayer descubrimos que en la mayoría de los partos, las mujeres estaban drogadas con éter. “Me desperté del éter con un sentimiento de total desamparo” asi relata Daisy Buchanan el nacimiento de su hija en El Gran Gatsby. Esa imagen perdurará en la ficción hasta los Sesentas. Las mujeres se rinden ante la sapiencia médica que les evita el dolor, pero a cambio deben ceder control sobre su proceso reproductivo.
Glamur post-parto. Ginger Rogers en "Tender Comrade"


Este es el marco en que tiene lugar la reproducción humana y asi se traslada a la televisión. Sin embargo, se  le agrega otro detalle. En “Marriage is a Private Affair” nunca vemos a Lana Turner embarazada, pero si la vemos en su etapa post-parto haciendo ejercicio como loca para recobrar la figura. Le queda claro al espectador que la fecundidad femenina exige un sacrificio. La embarazada, aparte de verse fea por nueve meses, ya convertida en madre, deberá luchar para recuperar su identidad pasada incluso en el plano físico.

Me acabo de enterar que el primer embarazo televisivo tuvo lugar a fines de los 40, en un olvidado sitcom llamado “Mary Kay and Johnny”. Ocurrió que la protagonista quedaba en estado en la vida real. Como los shows de entonces eran semi realities,  integraron el embarazo creando un precedente que perdura hasta hoy, la actriz-embarazada que “embaraza” al personaje.

En Los 50, el programa con mayor rating en Estados Unidos era a comedia “I Love Lucy” protagonizada por Lucille Ball y Desi Arnaz, casados en la vida real. Cuando Lucy quedó embarazada, los productores decidieron arriesgarse e incorporar el embarazo a la trama. Asi en enero de 1952, en la misma noche en que Desi Arnaz Jr. vino al mundo, Ricky Ricardo Jr. nacía en televisión.


Por supuesto que el parto nunca se vio, que Los Ricardo seguían durmiendo en camas separadas, y que el embarazo de Lucy solo sirvió para utilizar clichés (torpeza para caminar, antojos, y cambios de ánimo de la futura madre) en aras del humor. Aun asi, por primera vez las televidentes embarazadas tenían a un modelo con el que identificarse e incluso podían copiar la ropa maternal de la comediante pelirroja.


Uno de los cambios que alterarían la imagen en la ficción de la embarazada fue el auge de la ropa maternal. Hasta los Años 30, no había tal cosa como prendas maternales. Las mujeres ensanchaban  sus vestidos cotidianos para que les cupiera la panza en ellos y durante su gestación solían esconderse precisamente por sentirse feas y mal vestidas. Aun en Los Treinta, la nueva industria de vestuario pre-natal se publicitaba con la recomendación “ropa hecha para ocultar su pequeño secreto”.

Fue en Los Cincuenta en que las tiendas de departamento comienzan a prestar atención a la mujer encinta viéndola como clienta y grupo comprador. En “Masters of Sex”, Libby Masters (Caitlin Fitzgerald) comenta con su suegra que ahora (1957) es posible comprar ropa elegantísima y atractiva durante el embarazo. Por eso, durante sus tres embarazos, Libby  ha hecho todo un desfile de moda pre-mama, incluyendo un ensueño de vestido de noche que lamentablemente no impidió un parto adelantado y la perdida de su primera hija.


A pesar de que el poder comprador de la futura madre ya era reconocido por el mercado, la televisión no parecía interesada en fecundar a sus protagonistas. Las series de los 60 estaban plagadas de heroínas seductoras: rubias tontas y pechugonas como “Mi Bella Genio”; jóvenes independientes como Marlo Thomas en “Esa chica”, y súper mujeres como Barbara Bain en “Misión Imposible” y Dame Diana Rigg en “Los Vengadores”. Las madres televisivas, de preferencia, debían ser viudas atractivas (Hope Lange en “El Fantasma y La Señora Muir” o Diahann Carroll en “Julia”) que competían con otras mujeres en el mundo laboral y el de la seducción.

Curiosamente, la próxima protagonista en recibir a visita del Ave Zancuda fue en un programa infantil, en la famosísima serie de dibujos animados “Los Picapiedra”. En 1963, Los esposos  prehistóricos recibían a Pebbles. Recuerdo el episodio en que Vilma le anuncia a su marido que van a aumentar la familia. Le muestra un escarpín que está tejiendo . Siguiendo el típico cliché, Pedro no entiende las indirectas ¡y cree que es una prenda para proteger su nariz del frio!
Vilma no se quita el collar ni para parir


En 1965, el estado interesante de otra actriz volvió a dar una oportunidad a los encargados de vestuario a crear un guardarropa para una glamorosa futura mamá. “Bewitched” fue una serie que rompió muchas reglas, entre ellas permitir una visón positiva, atractiva y activa de una embarazada moderna. A través de su larga duración, Elizabeth Montgomery pudo disfrutar abiertamente de dos embarazos que fueron incorporados a la comedia.
Segundo embarazo de Sam. 


Bruja, ama de casa, esposa trofeo, y  miembro activo de su comunidad, Samantha Stevens también vivía plenamente su fecundidad comenzando a mediado de los Sesentas cuando quedaba embarazada de Tabitha, su primogénita. Por supuesto, que las futuras mamás se identificaban con Samantha aunque ellas no poseyeran tan útil magia.
Darrin, Sam y Tabitha


Pero por muy bruja que fuera, Sam tenía que inclinarse ante las reglas que el mundo de su época imponía a las mamás, sobre todo en los hospitales. En este videoclip se la ve teniendo que obedecer a una enfermera que le niega visitas. Samantha se queja que las normas del hospital le impidan ver a su bebita recen nacida. Por suerte, ahí entra la abuela Endora (Agnes Moorhead) a usar hechizos para mandar al caray las reglas humanas.


Hasta Los Ochentas, “Hechizada” fue un caso aislado. La televisión de los 60, con la excepción de programas infantiles y sitcoms, iba dirigida predominantemente a un púbico masculino. El espionaje, los westerns y la ciencia ficción reinaban en el horario adulto y ahí había poco espacio para mostrar embarazadas. Incluso se creó por entonces una teoría de que incluir un embarazo  era un pasaje seguro a una baja de rating. Ta vez por eso, solo embarazaron a la Agente 99 (Barbara Feldon) en la última temporada de “El Súper Agente 86” (1969).
Agente 86, Agente 99 y mellizos


Pero serían las mismas series de machos las que retomarían el tema  recordándonos que no existirían los hombres si las mujeres no los parieran. En mi pre-adolescencia, yo era fanática de una serie policial muy simple, pero entretenida llamada “Área 12” (“Adam 12”) que narraba las vivencias cotidianas de dos policías de uniforme de Los Ángeles. En ese esquema, las hembras aparecían como victimas o victimarias. Aun asi uno de los policías, El Oficial Jim Reed (Ken Mc Cord) era casado, y sus persecuciones de criminales estaban siempre salpicadas de referencias a “Jean”. Fue un gusto cuando finalmente la muy embarazada Jean (Kristin Nelson) hizo acto de aparición en 1969 (1970 cuando presentó TVN ese episodio en Chile).


Los estresados policías deciden darse un descanso yéndose de picnic.  Reed lleva a su conyuge que ya está en su última etapa de embarazo. Por supuesto que aparecen unos delincuentes a arruinarles el día. Jean se muestra muy serena durante toda a ordalía, demostrando ser una buena compañera para un policía, y hasta increpa duramente a un villano. Obvio que tanto ajetreo le rompe la fuente y el marido tiene que partir en motocicleta a buscar una ambulancia para que su primogénito no nazca al descampado.


Otro reino de machos muy presente en la Televisión Sesentera también le dio espacio a la maternidad aunque fuera la de actrices invitadas. Me refiero al western donde había más parturientas que en las series de médicos como el “ Dr. Kildare” o “Ben Casey”.

“Bonanza” era una serie masculina por excelencia. Ben Cartwright (Lorne Green)era un viudo (tres mujeres habían enterrado el bandido) que manejaba un mundo en a Nevada decimonónica donde todo era masculino, desde sus caballos hasta sus tres hijos. En su rancho La Ponderosa aun el cocinero Hop Sing era varón. Sin embargo,  había mujeres que pasaban por la serie, algunas  con vientres abultados Un episodio muy conmovedor,"Inger, Mi Amor"  mostró el embarazo y parto de Inger (Inga Swenson), la madre de Hoss, el hijo segundo de Ben. Fue un flashback agridulce porque aparte de enfatizar las dificultades de tener un hijo en tierra hostil, el episodio acababa con Inger muriendo tras dar a luz.  No moría de parto pero si de flecha Apache.
Inger y Hoss


Mi western favorito de esa década, y que lo seguiría siendo hasta la llegada de “Dr. Quinn”, era “Valle de Pasiones” (“Big Valley”). A pesar de que el mundo de vaqueros del valle californiano de San Joaquín era tan duro y rudo como el de cualquier filme de vaqueros que se respete, la presencia femenina era constante. La familia Barkley era dirigida por la matriarca Victoria (Barbara Stanwyck) que podía andar en pantalones y botas todo el día, pero también manejaba hombres, su rancho y sus negocios cuando se ponía su miriñaque. Además estaba su hija Audra interpretada por una Linda Evans que atraía a público masculino con sus ojos azules y sus curvas.

Recuerdo particularmente un episodio muy intenso "Earthquake" Tras un terremoto, Victoria quedaba atrapada junto a un grupo de desconocidos en una mina abandonada. Parte del grupo era una chica india embarazada de un hombre blanco. Como siempre, “Big Valley” intentaba combinar la historia del pasado con  los problemas actuales de racismo que afectaban a Los Estados Unidos de Los Sesentas. Por supuesto, se presenta el parto. Victoria funge de partera y la madre muere para que convenientemente, sean el padre y su esposa estéril, ambos blancos y rubios, quienes críen al bebé mestizo.


Por décadas, la televisión angloparlante seria un muestrario de tabúes, pero el de embarazo fue uno de los más duros de matar. Solo en Los 80s vino a convertirse en parte de la fisionomía de dramas domésticos y comedias de situación.  ¿Tiene que ver es con el mayor protagonismo de las mujeres en la televisión o el cambio se debió al auge de  ideas feministas?

No sé la respuesta. Eso si, en la tradicional y retrograda América Latina de los 60, embarazo y parto ya eran  un ingrediente obligado de esa gran aportación latina a la cultura de masas, la telenovela. Esas imágenes del antiguo  culebrón contrastaban con la televisión del Primer Mundo donde no se podían ver barrigas ni oír ayes de mujeres en trabajo de parto. Nunca olvidaré a la gran Amparito Rivelles mandarse una de esas platicas, entre jadeos pre-parto, con el marido (que se volverían clichés telenoveleros) en “La Tormenta” (México, 1968)
El General y la muy embarazada Generala Paredes en "La Tormenta"


Y en el primer gran éxito de la televisión latinoamericana “Simplemente Maria” (Perú, 1969) la lista de embarazos y partos era interminable comenzando por la costurera-protagonista y pasando generacionalmente por su nuera , y por su nieta. ¡Hasta la consuegra de María tenía un bebé! Ohh, y si se atrevían a decir  “embarazada” y “embarazo”.
María y Toño


Hoy en día, hay críticas feministas que dicen que embarazar a la heroína es debilitarla. Hay una creencia en el mundo televisivo que un embarazo “mata” a una serie y que desglamoriza a la embarazada, principalmente si es la protagonista. En el mundo de las telenovelas, hay espectadores que reniegan de mal hábito de siempre embarazar a las heroínas.  ¿Son esas aseveraciones realmente ciertas? ¿Es preferible volver a los tiempos antiguos en que hasta la palabra “embarazo” era tabú?


martes, 19 de agosto de 2014

Glamur televisivo I: Mad Men y otros Ejemplos


En una era en la que el entretenimiento audiovisual sigue pautas de realismo extremo, es difícil reconocer el glamur televisivo. Algo tan sutil y arduo de definir, también resulta complicado de identificar. Aun asi, ese misterioso glamur persiste en muchas series del momento.

 “Glamur”, o “Glamorg” es una palabra celta que explica la técnica mágica a través  de la cual las hadas se esconden, o esconden sus atributos de los humanos. En bujería, un hechizo de “glamur” es una manera de cambiar la apariencia de la hechicera para verse como otra persona. Así lo usaban Las Haliwell en “Charmed”. Por otro lado, “Glamur” es también la capacidad de “persuadir” a alguien de   no ver las cosas tal cual son sino como otro desea que las vean. En “True Blood” los vampiros utilizan el glamur para borrar las memorias de los humanos o para obligarlos a hacer su voluntad.


A comienzos del Siglo XX, los fotógrafos descubrieron que podían hacer que sus modelos se viesen más bonitos gracias a ciertos trucos (que hoy se consiguen con Photoshop), pero también gracias a prendas de vestir y otra parafernalia con la que llenaban el trasfondo para resaltar  las cualidades de quien posaba para el retrato. Desde entonces, se venden vestidos, objetos y productos con la promesa de que aumentarán el glamur de quien los usa. La palabra se ha convertido en sinónimo de estilo distinguido, de sensualidad elegante y de una estética sofisticada.

Una serie glamorosa es una que intenta realzar, no solo el sex appeal de sus actores, sino también el de su historia con detalles glamorosos que convenzan a su público  que están viendo algo mágico, pero a la vez distinguido. ¿Cómo se consigue eso? Con una combinación de lujo, encanto,  y romance que se aplique tanto al desarrollo de los personajes como al modo en que se expresan y al ambiente en que viven.

El glamur no tiene realmente equivalente y se puede confundir con “clase”  o con linaje aristocrático. Si bien es cierto que el glamur televisivo se asocia a personajes de clase alta o  escenarios del jet set, no siempre nacer en cuna de oro conlleva  un estilo glamoroso. Es por eso que Don Draper (Jon Hamm) de “Mad Men” es más “glamoroso” que todos los reyes de “Juego de Tronos” y explica el que Lady Mary (Michelle Dockery) sea más sofisticada que su hermana Edith (Laura Carmichael), en “Downton Abbey”, a pesar de ser ambas hijas de un conde.

Ser tan envidiosa le restaba glamur a Lady Edith


Hay ambientes que son glamorosos en extremo y aun asi los que se mueven en su interior pueden ser ramplones. Los Marechal de “Revenge” son bastante ordinarios y el pobre Peter Campbell (Vincent Kartheiser),de “Mad Men” todavía (a pesar de ser de buena familia) parece el pariente pobre de sus socios de Stirling, Cooper & Partners.

Con esa ropita Pete Campbell nunca se verá glamoroso

Tenemos claro que series policiales, bélicas y  médicas no pueden ser glamorosas puesto que su empeño es mostrar imágenes violentas, sangrientas y realistas lo impide. Como tampoco lo pueden ser los sitcoms puesto que el humor moderno se apoya en lo procaz y prosaico. Una serie puede tener lugar en el ámbito de los millonarios y ser  chabacana, basta pensar en los ricos de telenovela que tienden a ser vulgares con mayúscula. No necesariamente un period piece ha de ser glamoroso ( “The Knick” es un ejemplo) y aunque James Bond sea el epítome del glamur, no todo el género de espionaje representa esa condición.

Volviendo al tema televisivo, hay series que sin ser glamorosas abarcan elementos de glamur sea en el ambiente, en el decorado, o en el idioma. Eso ha ocurrido con “Penny Dreadful” que a pesar de su gore, obligatorio en una serie de horror,  sube su nivel gracias a unos diálogos impecables, a un lenguaje exquisito, y repleto de alusiones poéticas y literarias, que resultan más glamorosas que toda la música clásica y la pinacoteca de Dorian Gray.

La palabra “glamur” frecuentemente va vinculada al vestuario.  No hay duda que ropa y moda son componentes obligados de un estilo glamoroso. Por algo, cuando reseño “Downton Abbey” o “Miss Fisher Murder Mysteries”, acostumbro elegir un vestido que  encierre la sofisticación del capítulo. No es casualidad puesto que ambas series son reconocidas por su  guardarropa.

El vestuario y el Hispano Suiza son parte del glamur de Miss Fisher


Mucha gente ve “Masters of Sex” por ver a Virginia Johnson (Lizzy Caplan) desnuda, pero yo la veo por ver a Libby Masters (Caitlin Fitzgerald) vestida. Cada atuendo que saca es  soberbio. Hasta embarazada lució espectacular. No solo es el vestuario sino también el garbo de quien lo usa lo que crea un personaje glamoroso.
Libby y el glamur de Los 50

Aun embarazada se veía despampanante.


“Once Upon a Time” es una serie “mágica”, pero ni sus personajes ni sus diseñadores de ropa tienen idea de lo que es el glamur. En la última temporada hemos visto a Emma (Jennifer Morrison) ponerse faldas, pero el vestidito con el que asistió a su primer baile era lo que usaría la Jezabel bíblica si visitara El Bosque Encantado.
Todos quedamos viendo rojo con ese atuendo


No fue el peor asalto visual  de la temporada. ¿Qué tal los trajecitos con los  que Ariel (Joanna Garcia) y Blanca Nieves (Ginnifer Goodwin) se presentaron al baile del Príncipe Eric? Ya parecían miembros de tribus urbanas. Ni hablar del vestido de novia de Belle (Emilie de Ravin), una mutación del estilo del Gran Gatsby combinado con deshechos del closet Sesentero de Twiggy.

La Sirenita y La Princesa van al prom


Blanca y horripilante va la novia


Pero si uno busca y rebusca encuentra el glamur de esa serie encapsulado en un personaje: Regina Mills. Y hablo de La Señora Alcaldesa, no de La Reina Mala que esa también usa mamarrachadas dignas de dominatrix victoriana. En cambio, la mandamás de Storybrook siempre, (aun cuando la vapulea La Bruja Mala del Oeste) se ve tan comme il faut en su sencilla elegancia. Más allá de cómo viste. Regina ha destilado clase, dignidad y glamur aun en sus días de nervios de mamá primeriza.
Ser La Madrastra Mala implica ser un fashion disaster


Lana Parrilla no me convencía como actriz, pero esta última temporada me ha ganado por completo con su tóxico humor, sus misterios, incluso con su tristeza ante la idea de perder a su hijo. Nunca la brujería se vio tan sofisticadamente representada que en esa batalla con su hermana mala que en todo era inferior a Regina, incluso en su tosquedad que contrastaba con la glamorosa flema de La Madrasta de Blanca Nieves.

El glamur de la alcaldesa

La importancia de la envoltura en la creación de un aura glamorosa es unisex. Que lo digan los productores de “Mad Men” que por siete temporadas han impuesto a su protagonista, Don Draper, como un icono de elegancia masculina.


Situada en el universo de Madison Avenue, “Mad Men” es un ejercicio en glamur, en el verdadero sentido de la palabra. Es toda una lección de como un imperio de la publicidad inventa slogans para glamurizar al publico y llevarlo a comprar sus productos. Para esos efectos, la serie de Matthew Weiner ha capturado la sofisticación de la New York  de los 60 tanto en sus oficinas  de la emblemática Avenida Madison como en otros espacios de La Gran Manzana.




Extendiéndose más allá de Manhattan, “Mad Men” nos lleva conocer el chic suburbano de Long Island, de sus clubes, centros hípicos  y  por supuesto la casa modelo de Los Draper. Es un mundo de spot publicitario de la época, donde todos son blancos y rubios, no hay niños obesos, los afro-americanos son los encargados de la limpieza y todos rezuman felicidad, ya que lo desagradable, lo malo y lo ilegal se hace discretamente. Esa es la esencia total del glamur. Recordemos su significado primitivo: exagerar lo bonito, ocultar lo feo.

Betty y Don redecoran su living

Los Draper ¿La Familia Feliz?


“Mad Men” contiene todos los ingredientes de una serie glamorosa: Un arrebatador elenco en ropa elegantísima,personajes glamorosos  involucrado en un trabajo prodigioso y llamativo y   todo tipo de símbolos de status desde las plumas fuente hasta los autos ultimo modelo, desde los muebles de oficina hasta los licores. Aunque lo de "personajes glamorosos" debería llevar un signo de interrogación. Efectivamente la serie nos expone a un espacio esplendoroso y pasea a los personajes por ese milieu elegante que eran  los Estados Unidos en la Era de Camelot, pero sus personajes, por interesantes que sean, son demasiado humanos para ser realmente glamorosos.


A pesar de sus  vestidos, conocemos a las mujeres de carne y hueso que se esconden tras peinados escarmenados,  faldas bouffant y sombreritos de Jackie Kennedy. Sabemos cuales son los lados flacos, las virtudes y defectos de Joan (Christina Hendricks) Peggy (Elisabeth Moss) y Megan (Jessica Paré), y eso les resta glamur, Son reales,   cercanas, y queribles, ese es su atractivo.




Muy diferente es el caso de Don Draper. Su glamur va más allá de sus prendas de marca o del sex-apeal de Jon Hamm. Don Draper es el símbolo del glamur porque todo  en él es artificial. Ni su nombre es el suyo, se ha inventado a si mismo mas que El Gran Gatsby, y hasta se ha llegado a creer el cuento. Aun revelando su verdad, Don se ve perfecto. Sus momentos vulnerables, o cuando muestra su lado oscuro, parecen planeados y ensayados. Ese es el atractivo de su personaje.


Curiosamente, aunque su ex esposa Betty Draper (January Jones) también se ha creado una imagen que desea proyectar, no alcanza el extremo de glamur de Don. Ni su compostura, ni su conducta reprimida ni  sus esfuerzos (que culminan en un colapso nervioso) por parecer una esposa-trofeo ejemplar  evitan que la veamos como una ama de casa desesperada. Las falencias de Betty como esposa, madre y persona son demasiado evidentes para ser camufladas por su refinada educación o un estilo adquirido en sus años de maniquí en Europa.


En su intento de desenmascarar a Betty, la serie la ha obligado a pasar por muchas pruebas en las últimas temporadas. La hemos visto encarar las primeras arrugas,  la posibilidad de un cáncer y el terror más grande que puede enfrentar una mujer en nuestra sociedad, la subida de peso.

Betty ya no cabe en su vestido


Cada vez que “Mad Men” busca deglamurizar a un personaje femenino la engorda. Fuera  y dentro de la serie, las curvas  de Christina Kendrick han ocasionado debate sobre si hay que verlas como voluptuosas y sexis, o como señales de obesidad. El sobrepeso de Peggy también fue tema cuando ella vivió su etapa de “No sabia que estaba embarazada”. Finalmente, le tocó a Betty quien en medio de su segundo matrimonio, se descuidó y tuvo que enfrentarse a la batalla con la báscula que casi todas las mujeres modernas conocemos.
Joan ¿Sexy o gorda?


Un personaje realmente glamoroso no se preocupa por dietas. Siempre luce perfecta, no bebe en exceso, no es histérica, nunca se pone en evidencia ni hace el ridículo. En “Juego de Tronos”, Cersei Lannister (Lena Heady) será toda una reina regente, pero su falta de tino, sus exabruptos desubicados y su amistad con el vino del Dorne,  (en los libros, George R.R. Martin menciona que la melliza-amante de Jame Lannister está engordando de tanto empinar el codo) la han expulsado del desfile de los glamorosos.
Mas vino, mas libras de mas para La Leona Lannister


Muy diferente es el caso de Daenerys Targaryen (Emilia Clarkson). En el libro, Martin la describe como una diosa encarnada en mujer, pero también la vuelve trágica y humana. La vemos violada, y embarazada, sucia, con el pelo chamuscado y hasta con diarrea. Pero desde el momento en que los productores de “Juego de Tronos” decidieron hacerla sobrevivir una pira funeraria con sus plateados rizos intactos, supimos que la Khaleesi era la figura glamorosa de la épica serie de HBO.

Emilia Clarke ha convertido a Daenerys en una nena berrinchuda y frívola, muy parecida a las diosas del glamur del Viejo Hollywood. De Madre de Dragones a Madre de esclavos libertos, Daenerys de la Tormenta es una princesa que hechiza a todo el que la conozca con su belleza glamorosa, que provoca que se levanten los esclavos contra sus amos, que un mercenario  decapite a sus socios, y que Ser Jora (Iain Glenn)olvide que su deber es traicionarla.
Daenerys está muy alta para sus súbditos


Aunque puede a veces usar el mismo vestido, y en su etapa Dothraki andaba casi harapienta, Daenerys ha aprendido a usar símbolos de glamur para aumentar su majestuosidad tales como joyas; vestidos; un sequito disfrazado con ropajes llamativos; ese salón del trono donde ella recibe a sus súbditos sentada al tope de una escalinata como una estatua de diosa egipcia;  y por supuesto, sus peligrosos, pero glamorosos dragones.
El glamur de la Madre de los Dragones


En cuanto a la personalidad de Daenerys, ella es la gran controladora, sus órdenes no se discuten, es cruel con sus enemigos, generosa con sus amigos y si mete las patas, jamás pide una disculpa. El temperamento de Daenerys es igual al de una prima donna de opera y sus pataletas son dignas de una “Gossip Girl” cualquiera, bueno no cualquiera porque las adolescentes de esa serie eran divas en pañales, ósea totalmente glamorosas.

En este momento, Daenerys es el personaje femenino mas glamoroso de la televisión, solo eclipsada por Lady Mary Crawley de “Downton Abbey” y Amanda Clarke, alias Emily Thorne (Emily van Camp) de “Revenge”. Del glamur de “Revenge” y de “Downton Abbey” hablaremos más adelante ¿pero pueden pensar en otros personajes glamorosos de la televisión actual? ¿Qué prefieren en sus series? ¿Un toque glamoroso o crudo ruralismo?