Gracias a “Los Tudors”
descubrí tres verdades históricas: Santo Tomas Moro fue capaz de quemar
herejes; Thomas Cromwell fue un hombre adelantado a su época, y Ana Bolena fue
una mujer instruida que aportó chic francés a la vulgar corte inglesa. Mi mayor
desilusión con “Wolf Hall “es que ignora por completo las contribuciones de Ana,
falsifica y recarga el lado oscuro de Moro y fracasa totalmente en su objetivo de
convertir a Cromwell en un personaje simpático. ¿Quiere esto decir que “Los
Tudor” es superior a “Wolf Hall”?
Cerré el párrafo
anterior con una pregunta que espero abra la posibilidad de un debate serio.
Desde que “Wolf Hall” debutara en el 2015 en “Masterpiece” que se ha vuelto
pecado intentar compararla con “Los Tudors”. Acepto que la serie escrita por
Michael Hirst es populachenta, y que está llena de sexo y violencia gratuitos,
aparte de un sinfín de inexactitudes históricas. “Wolf Hall”, por otro lado,
carece de la extravagancia de los productos Showtime, no presenta ni sexo ni
desnudos, es discreta y humilde, pero no por eso se haya exenta de fallas.
En el 2015 me
perdí “Wolf Hall” así es que me alegré de poder ver la reposición de la PBS
esta primavera pasada. Aunque no soy ciega a los méritos del programa (que
discutiré más abajo) su parcialidad e imprecisiones me distrajeron y
molestaron. No podemos culpar a la BBC
de ello, sino al libro que tan cuidadosamente adaptaron. Me habían contado que
en lo que respecta a historicidad, Dame Hilary Mantel era escrupulosa tanto en
investigación como en veracidad. Es una lástima que sus prejuicios opaquen sus escrúpulos.
Fue un shock para
mi descubrir que mi admirado Tomas Moro andaba cazando herejes, y que tomó parte
fundamental en la quema de seis de ellos. Conocí este triste detalle histórico
gracias a “Los Tudors”, pero ese programa también me llevó a conocer otros
datos sobre la vida del autor de Utopía.
Esos datos, fáciles de verificar, fueron la devoción de Moro por su reina española,
su cálida vida familiar, el cariño reciproco que compartió con sus hijos y su
lucha por mantener su integridad bajo un régimen hostil. Para cuando el
personaje de Jeremy Northam es arrastrado al patíbulo, yo estaba totalmente de
su lado porque entendí que, dentro de su contexto histórico, él fue un buen
hombre.
Los historiadores
temían que sacar a Thomas Cromwell del pozo de los villanos, como pretendía
hacerlo Mantel, pudiera ocultar sus crímenes e insidia. Sin embargo,” Los Tudors”
nos ofrecieron un inescrupuloso y despiadado Cromwell que igual caía simpático.
Al Cromwell de Mantel le faltó esa atractiva energía que le aportó James Frain
en su interpretación del personaje en “Los Tudors”. El Cromwell de Frain rebozaba entusiasmo, diligencia
y expectativas sobre los muchos proyectos que emprendía. En “Wolf Hall”, Sir
Mark Rylance es un hombre distante y calmado que avanza como sonámbulo a través
de su era perversa y de las cosas perversas que debe hacer. Solo lo vemos
perder la compostura en dos ocasiones: ante el cadáver de la esposa, y en esa explosión
de ira provocada por las palabras de Moro “No hago daño”.
En su reseña en New York Magazine, Emily Nusbbaum describió la actuación de
Sir Mark como la interpretación de “un hombre sin ilusiones”. He ahí el primer
error histórico. El Señor Secretario fue un hombre lleno de ilusiones. Este hombre pragmático se daba el lujo de
soñar con una vida más opulenta, y un papel en la transformación de Inglaterra.
Su mayor sueño fue implantar una nueva religión, libre de supersticiones, en su
tierra.
Casi al final de
la tercera temporada de” Los Tudors” tenemos una escena que confirma mis palabras.
Un criado se cuela en lo aposentos de Cromwell, para robarle una pera. Cuando
descubre a su amo inmerso en oración, el criado se sorprende. ¿Por qué su señor
no está rezando en la capilla? Aparte de regalarle la pera, el canciller le brinda
una lección moral. Para rezar no se necesitan ni capillas ni clérigos. D-s es
omnipresente, no necesitamos de mediadores para acercarnos a El. Es en ese
momento en que la fe de Cromwell se manifiesta de manera tan potente y
conmovedora, que le perdonamos todos sus crímenes pasados.
Sin embargo, en Wolf Hall (cuando en cursivas me refiero
al libro), Mantel hace que un exasperado Cromwell le reclame a Moro su
proximidad con el Todopoderoso: “Hablas de tu Creador con una familiaridad como
si fuese tu vecino con el que vas de pesca el domingo por la tarde.” ¿Pero no
es ese un principio básico de la nueva fe? ¿Una relación más estrecha y
personal con la Divinidad?
El problema está
en el ateísmo y anti catolicismo de la autora que la lleva a desestimar las convicciones
religiosas y reformistas de su protagonista. Y no es única en considerar que la
fe de Cromwell puede ser una falla. En un blog donde comparaban “Wolf Hall” con
“Los Tudors”, los blogueros acusaron al personaje de Frain de ser un “fanático”.
Qué tiempos vivimos en que cualquier persona de fe puede ser catalogada de “fanática”.
El Cromwell de
Mantel no será un fanático, pero es un hombre vengativo cuyas
acciones están motivadas por antipatías personales. Siente rencor en contra de
varias personas y es su amargura lo que lo lleva a causarles daño. Por eso hace
ejecutar a Ana, a los cinco supuestos amantes de la reina y a Thomas Moro (a
quien Cromwell le tiene tirria desde su infancia). Pero la enemistad Moro-Cromwell
(que carece de fundamentos históricos) la discutiré en un próximo blog. Entretanto,
quiero ser objetiva y comentar los méritos de la serie para s luego pasar a Lo
Malo y Lo Feo de “Wolf Hall”.
Muy discutido ha sido el
anti catolicismo de la novela, pero pocos han notado en ella otro peligroso
prejuicio. ¡En este cuento no hay mujeres buenas! En lo que se refiere a
personajes femeninos, La autora es tan toxica con su propio sexo que hasta
podrimos tildarla de misógina. Su mayor
toxicidad la reserva para la irredimible y despreciable Ana Bolena. Al lado de
la Bolena de “Wolf Hall”, la de Philippa Gregory pasa a ser Santa Bernardita
Soubirous.
LO BUENO
A pesar de haber
escogido interpretar (y otros ya lo habían hecho antes que él) a un Enrique
VIII esbelto, Damián Lewis crea un personaje muy cercano a como realmente debe
haber sido el rey-tirano. Este Harry no es un psicópata como lo fuera Jonathan
Rhys-Meyers, en “Los Tudors”, ni es un déspota sombrío y distante como el que
encarnó Eric Bana en “La Otra Bolena”. El Enrique de Lewis es afable,
inteligente y un poco vulnerable. En el segundo capítulo hace entrega a
Cromwell de unas monedas para aliviar la carga económica del Cardenal Wolsey,
pero le susurra que no puede hacer más, otros no lo dejan. Da la impresión de
que Enrique todavía es un rey titubeante, al que le preocupa la opinión de sus
allegados, pero que no está exento de bondad y largueza.
Entonces, a
medianoche, el rey manda llamar a Cromwell. Ha tenido una pesadilla y necesita
que lo tranquilicen. Es el inicio de una amistad casi bíblica. Asuero y Mardoqueo
¿O serán Asuero y Hamán? El caso es que Cromwell aprovecha las circunstancias y
le exige a su rey que reine: “Este es el momento para que seas el rey que debes
ser!” ¿En serio? Enrique llevaba reinando casi veinte años y hasta ahora no lo
había hecho mal. Fue después de la entrada de Cromwell cuando se volvió una
bestia, y no fue tampoco culpa del Señor Secretario. Bueno, tal vez un poquito.
Pero lo impresionante
de la interpretación de Damian Lewis es su evolución. Del enamorado que confía en
Cromwell “¡Ella (Ana) me hace temblar!”; del feliz futuro padre que le anuncia
a su cortesano que la reina ha vuelto a escribirle a la cigüeña pasa a ser una
egocéntrica y solapada Reina de Corazones que exige las cabezas de todos los
que la fastidian. En “Wolf Hall” no hay un esfuerzo por “sanear” la imagen del
soberano. El Enrique de Lewis es un dios monstruoso que devora a todos los que
lo rodean: esposas, hija, cortesanos.
Cromwell El Conquistador
En “Los Tudors”,
Cromwell le hace una confesión a su rival, el Duque de Suffolk. Sus enemigos se
equivocan, el Señor Secretario tiene corazón, mucho corazón. Me encanta como en
“Wolf Hall” el Cromwell de Sir Mark Rylance emplea su corazón (y otras partes
de su cuerpo). Por el modo en que llora sobre su cadáver, Cromwell parece haber
estado locamente enamorado de su difunta esposa Liz; lo vemos coquetear con
Maria Bolena; recordar a una tal Anselma— un amor del pasado— y tener un affaire con
su muy casada cuñada. ¡Hasta tiene fantasías con el escaso busto de Ana Bolena!
En el trasfondo
de tanto romance, Cromwell ama silenciosamente a la virginal Jane Seymour. Si
la misma que se casó con Enrique Octavo. Rompe el corazón ver a Cromwell encarar
el hecho de que su rey le está quitando la mujer que ama. Da que pensar que, si
se la hubiera pasado menos tiempo conspirando o alimentando rencores infantiles,
tal vez hubiera podido ser feliz junto a Jane. Bueno, al menos en la ficción,
porque no hay bases históricas para creer que esto pudo haber pasado en la
realidad. Sin embargo, me parece una licencia creativa legitima.
Las escenas de
Sir Mark con la novata Kate Philips (que da vida a Jane) son una delicia. Con
ella, Cromwell es considerado, cariñoso, casi paternal. Como la mayoría de las
mujeres de esta historia, Jane puede ser ella misma cuando está en compañía del
Lord Canciller. Por eso mismo, Maria Bolena le abre su corazón a Cromwell, y
hasta la misma Ana le toma la mano y le muestra sus piernas desnudas durante su
periodo de confinamiento.
La mayor maestría
de Dame Hilary está en su descripción de las relaciones de Cromwell con el sexo
bello. En vez de destilar diplomacia obsequiosa como lo hacía James Frain, Rylance
realmente aparenta ser un hombre al que le preocupan los problemas femeninos y
en quien las mujeres pueden confiar. Como murmura la caustica Lady Rochford él
es “bueno para escuchar”. una lástima que las mujeres a las que Cromwell
escucha, no sean tan amables como su interlocutor.
LO MALO
¿Es qué no había mujeres simpáticas en la
Inglaterra de Los Tudor?
Lo extraordinario
de la generosidad de Cromwell con las mujeres es que no hay personajes femeninos
agradables en este cuento. Las pocas simpáticas o son niñas (la difunta hijita
de Cromwell) o mujeres de clase humilde: su esposa, la esposa del Rafe Sadler,
la mujer de Crammer (estas dos últimas solo aparecen en los libros). Pero
incluso la cuñada de Cromwell es descrita como una adultera que sueña con la
muerte del marido y está dispuesta contraer un matrimonio prohibido (en esa
época, casarse con un cuñado era visto como incesto). Y no todas las doncellas
de clase baja reciben un buen tratamiento de parte del Señor Secretario.
Ni Cromwell ni
Mantel sienten lástima por Elizabeth Barton, la “Santa Monja de Kent”, una ex
criada famosa por sus visiones proféticas. El Señor Secretario la utiliza para
sus propósitos y luego la ejecuta sin previo juicio, sin tener en cuenta de que
se trata de una pobre loca. Por servir a la oligarquía, la monja es solamente
una servil fregona. La ironía es que se puede decir lo mismo de Cromwell, y tal
como la famosa visionaria, el también perderá su cabeza.
Pero aquí son las
damas de alta sociedad las que reciben la peor prensa. O son tontas ambiciosas
como la Beata Margarita Pole o alcohólicas parlanchinas como Lady Alice More.
Maria Bolena es una zorra devorada por la envidia que le tiene a la hermana y
su cuñada Juana Rochford (que delicia ver a Jessica Raine tan alejada de la
angelical Jenny de “Call the Midwife”) es una amargada venenosa. En cuanto a
Catalina de Aragón, la más trágica de esta tragedia, Mantel la describe como
una altiva esnob que le presenta a Cromwell a su hija con estas palabras “Este
es el Señor Cromwell, antes era un prestamista".
Hasta la dulce
Jane Seymour a quien Cromwell ama desde la distancia es una mosquita muerta que
finge ser más inocente de lo que es y que es capaz de dejar caricaturas de
cadáveres decapitados en la cama de su abusadora patrona. Es esa patrona, Ana Bolena,
quien precisamente recibe la peor y más injusta prensa en “Wolf Hall”.
La Odiosa Niña Bolena
Ninguna otra
figura histórica (con la excepción de Santo Tomas Moro, por supuesto) es tan
maltratada como la de Ana Bolena. Recordando el escándalo que provocara la Ana negativa
de La Otra Bolena, sorprende que
nadie se queje con esta interpretación deformada que Hilary Mantel nos ofrece
de la segunda esposa de Enrique Octavo. Dame Hilary cree que la verdadera Ana
fue una mujer egoísta que usó su sexualidad para mejorar su situación, y así la
describe en su novela.
Los historiadores
modernos no comparten esta visión tan mezquina. Ciertamente no era así la Bolena
retratada por Natalie Dormer en “Los Tudors”. La Ana de Dormer es seductora, manipuladora y
ambiciosa, pero la musa de Sir Thomas Wyatt es mucho más que una mera
vampiresa. En una entrevista Natalie le contó a la Profesora Susan Bordo que habiendo leído tanto sobre la segunda
reina de Enrique, quería incorporar lo aprendido en sus lecturas al personaje
que interpretaba.
Hilary Mantel no
cree en esa versión. Por lo tanto, se inventa una reina del artificio una pécora
que finge un acento francés (insiste en decirle “Cremuel” a Cromwell), que es
cruel con sus damas y fatal con sus enemigos. Pobre Claire Foy, aparte de usar
ropa que le queda mal, anda perpetuamente mohína. Los contemporáneos de Ana
Bolena, aun sus enemigos, elogiaban su inusual viveza e ingenio. ¿pero quién se
va a enamorar de esta niña que vive con cara de resentida?
Como lo muestran
en “Los Tudors”, Cromwell y su reina unieron fuerzas para reformar a Inglaterra
y su iglesia. Pero Dame Hilary ignora ese hecho histórico, tal como ha optado
por olvidar todo lo bueno que se haya dicho de la madre de Isabel I. Incluso
nos quiere hacer creer que Cromwell odiaba a Ana y a todos Los Bolena.
Tanto los informes
de Eustace Chapuys a su emperador y las Crónicas
de Edward Hall nos cuentan de las quejas constantes de Ana hacia Catalina de Aragón
y la Princesa Maria. Ana se vistió de amarillo y ofreció una fiesta para
celebrar la muerte de la reina española. Voy a creerles a “Los Tudor” y “Wolf Hall”
de que Ana odiada a la ex esposa de Enrique y temía que la “bastarda” Maria le robase
el trono a su hija Isabel. Tal vez a Ana le incomodase la devoción de Tomas
Moro por Catalina y su causa, pero no creo que haya jugado una parte importante
en el martirio del santo, tal como nos cuenta Mantel.
En la vida real,
Ana y Cromwell riñeron por un motivo que Dame Hilary elige olvidar: la codicia
de Cromwell. Ana se escandalizó al descubrir que el oro confiscado en las
abadías estaba rellenando los bolsillos de su rey y del Señor Secretario. La
Reina exigió que se usase ese dinero para propósitos caritativos. Cuando
Cromwell se negó, Ana hizo que un clérigo le endilgase a Cromwell un sermón publico
comparándolo con el Hamán de la Biblia. Fue entonces que Cromwell tomó la
decisión de acabar con Ana y la familia de ella. Hilary Mantel le da la espalda
esas verdades históricas y hace que Ana y Cromwell riñan por un motivo tan
peregrino como lo puede ser…Maria Tudor.
La triste historia de la cándida María y su
madrastra desalmada
“Wolf Hall “nos
presenta con una extraña e improbable amistad entre Thomas Cromwell y Lady Mary
Tudor. Uno de los cargos (inventados posiblemente) en contra del Lord Canciller
eran sus intenciones de casarse con la hija mayor de Enrique VIII. Curioso,
porque Cromwell y Maria no eran ni amigos. Tras la ejecución de Ana Bolena,
Cromwell mantuvo correspondencia con Lady Maria en la esperanza de convencerla
de aceptar el odiado edicto que reconocía Enrique como cabeza de la Iglesia Anglicana.
Como ocurriera con Catalina y Tomas Moro, Cromwell fracasó en sus intentos y
tras la enésima negativa de la princesa, le escribió furioso llamándola “la más
obstinada de las mujeres”. No parece
como muy conducente para una relación matrimonial.
En “Wolf Hall” Cromwell
conoce a Maria en una visita a Catalina de Aragón. La encuentra agobiada por
dolores menstruales y le acerca una silla para que se siente. Ese gesto de amabilidad
impulsa a la joven a confiar en este extraño su desprecio por la concubina de
su padre. Más adelante el intentará hacer la vida de Maria menos ardua,
arreglando una boda dinástica para ella.
Enrique, que actúa
como si odiara a la hija que una vez amó, recrimina a Cromwell y lo acusa de
tomarse atribuciones que no le corresponden. Por supuesto que Ana le echa leña
al fuego. Odia a Maria y exige que Cromwell haga algo para comprometer la
reputación de su hijastra. “Después de todo, tú le gustas a ella”. Ohhh ya esta
parece la Reina Ravenna hablando de Blanca Nieves. Ni el chismoso de Chapuys
llegó a imaginarse hasta qué punto llegaría el odio de Ana por la hija de su
marido. “Esos no son mis métodos” responde Cromwell fríamente. Más adelante, su
interés por Maria lo llevará a un enfrentamiento final con la reina.
A fines del capítulo
6, Enrique ha sufrido un grave golpe en una justa. Temiendo la inminente muerte
del rey, Cromwell manda llamar a Maria, obviamente para coronarla. Cuando Ana
se entera obviamente se enfurece. ¿A qué viene acto tan traicionero cuando ella
estaba embarazada e Isabel era la candidata indicada para ocupar el trono de su
padre? Como esto no ocurrió en la vida real, Mantel hace que Cromwell salga con
la excusa más débil. Él no puede confiarse en criaturas aun no nacidas ni en
niñas de pecho. ¿Sería posible que el verdadero Cromwell confiara en Maria? ¿Una chica que tenía razones para odiarlo? ¿Una
católica devota, prima del Emperador Carlos y que estaba en contra de todo lo
que Cromwell creía y por lo que el luchaba? Obviamente no, pero ella será la
explicación que Dame Hilary use para explicar la traición de la que Ana será objeto
por parte del Señor Secretario.
Espero que, en su
último libro, Dame Hilari siga jugando con esta amistad imposible, pero sugestiva,
entre personas tan dispares. Ya hay gente por ahí que shipean a Cromwell y
Maria Tudor (al menos en fanfiction).
En mi próximo
blog, discutiré la rivalidad (totalmente ficticia) entre los dos Cancilleres; demostraré
como el verdadero Tomas Moro no se parecía en nada al de “Wolf Hall” y
recalcaré como el poner a Cromwell en un altar, lo ha distanciado del hombre
extraordinario que fue en la realidad.




























































