miércoles, 7 de junio de 2017

Lo que aprendí con “los Tudors” y lo que me desilusionó de “Wolf Hall”


Gracias a “Los Tudors” descubrí tres verdades históricas: Santo Tomas Moro fue capaz de quemar herejes; Thomas Cromwell fue un hombre adelantado a su época, y Ana Bolena fue una mujer instruida que aportó chic francés a la vulgar corte inglesa. Mi mayor desilusión con “Wolf Hall “es que ignora por completo las contribuciones de Ana, falsifica y recarga el lado oscuro de Moro y fracasa totalmente en su objetivo de convertir a Cromwell en un personaje simpático. ¿Quiere esto decir que “Los Tudor” es superior a “Wolf Hall”?

Cerré el párrafo anterior con una pregunta que espero abra la posibilidad de un debate serio. Desde que “Wolf Hall” debutara en el 2015 en “Masterpiece” que se ha vuelto pecado intentar compararla con “Los Tudors”. Acepto que la serie escrita por Michael Hirst es populachenta, y que está llena de sexo y violencia gratuitos, aparte de un sinfín de inexactitudes históricas. “Wolf Hall”, por otro lado, carece de la extravagancia de los productos Showtime, no presenta ni sexo ni desnudos, es discreta y humilde, pero no por eso se haya exenta de fallas.

En el 2015 me perdí “Wolf Hall” así es que me alegré de poder ver la reposición de la PBS esta primavera pasada. Aunque no soy ciega a los méritos del programa (que discutiré más abajo) su parcialidad e imprecisiones me distrajeron y molestaron.  No podemos culpar a la BBC de ello, sino al libro que tan cuidadosamente adaptaron. Me habían contado que en lo que respecta a historicidad, Dame Hilary Mantel era escrupulosa tanto en investigación como en veracidad. Es una lástima que sus prejuicios opaquen sus escrúpulos.

Fue un shock para mi descubrir que mi admirado Tomas Moro andaba cazando herejes, y que tomó parte fundamental en la quema de seis de ellos. Conocí este triste detalle histórico gracias a “Los Tudors”, pero ese programa también me llevó a conocer otros datos sobre la vida del autor de Utopía. Esos datos, fáciles de verificar, fueron la devoción de Moro por su reina española, su cálida vida familiar, el cariño reciproco que compartió con sus hijos y su lucha por mantener su integridad bajo un régimen hostil. Para cuando el personaje de Jeremy Northam es arrastrado al patíbulo, yo estaba totalmente de su lado porque entendí que, dentro de su contexto histórico, él fue un buen hombre.


Los historiadores temían que sacar a Thomas Cromwell del pozo de los villanos, como pretendía hacerlo Mantel, pudiera ocultar sus crímenes e insidia. Sin embargo,” Los Tudors” nos ofrecieron un inescrupuloso y despiadado Cromwell que igual caía simpático. Al Cromwell de Mantel le faltó esa atractiva energía que le aportó James Frain en su interpretación del personaje en “Los Tudors”.  El Cromwell de Frain rebozaba entusiasmo, diligencia y expectativas sobre los muchos proyectos que emprendía. En “Wolf Hall”, Sir Mark Rylance es un hombre distante y calmado que avanza como sonámbulo a través de su era perversa y de las cosas perversas que debe hacer. Solo lo vemos perder la compostura en dos ocasiones: ante el cadáver de la esposa, y en esa explosión de ira provocada por las palabras de Moro “No hago daño”.

En su reseña en New York Magazine, Emily Nusbbaum describió la actuación de Sir Mark como la interpretación de “un hombre sin ilusiones”. He ahí el primer error histórico. El Señor Secretario fue un hombre lleno de ilusiones.  Este hombre pragmático se daba el lujo de soñar con una vida más opulenta, y un papel en la transformación de Inglaterra. Su mayor sueño fue implantar una nueva religión, libre de supersticiones, en su tierra.






Casi al final de la tercera temporada de” Los Tudors” tenemos una escena que confirma mis palabras. Un criado se cuela en lo aposentos de Cromwell, para robarle una pera. Cuando descubre a su amo inmerso en oración, el criado se sorprende. ¿Por qué su señor no está rezando en la capilla? Aparte de regalarle la pera, el canciller le brinda una lección moral. Para rezar no se necesitan ni capillas ni clérigos. D-s es omnipresente, no necesitamos de mediadores para acercarnos a El. Es en ese momento en que la fe de Cromwell se manifiesta de manera tan potente y conmovedora, que le perdonamos todos sus crímenes pasados.

Sin embargo, en Wolf Hall (cuando en cursivas me refiero al libro), Mantel hace que un exasperado Cromwell le reclame a Moro su proximidad con el Todopoderoso: “Hablas de tu Creador con una familiaridad como si fuese tu vecino con el que vas de pesca el domingo por la tarde.” ¿Pero no es ese un principio básico de la nueva fe? ¿Una relación más estrecha y personal con la Divinidad?

El problema está en el ateísmo y anti catolicismo de la autora que la lleva a desestimar las convicciones religiosas y reformistas de su protagonista. Y no es única en considerar que la fe de Cromwell puede ser una falla. En un blog donde comparaban “Wolf Hall” con “Los Tudors”, los blogueros acusaron al personaje de Frain de ser un “fanático”. Qué tiempos vivimos en que cualquier persona de fe puede ser catalogada de “fanática”.


El Cromwell de Mantel no será un fanático, pero es un hombre vengativo cuyas acciones están motivadas por antipatías personales. Siente rencor en contra de varias personas y es su amargura lo que lo lleva a causarles daño. Por eso hace ejecutar a Ana, a los cinco supuestos amantes de la reina y a Thomas Moro (a quien Cromwell le tiene tirria desde su infancia). Pero la enemistad Moro-Cromwell (que carece de fundamentos históricos) la discutiré en un próximo blog. Entretanto, quiero ser objetiva y comentar los méritos de la serie para s luego pasar a Lo Malo y Lo Feo de “Wolf Hall”.

Muy discutido ha sido el anti catolicismo de la novela, pero pocos han notado en ella otro peligroso prejuicio. ¡En este cuento no hay mujeres buenas! En lo que se refiere a personajes femeninos, La autora es tan toxica con su propio sexo que hasta podrimos  tildarla de misógina. Su mayor toxicidad la reserva para la irredimible y despreciable Ana Bolena. Al lado de la Bolena de “Wolf Hall”, la de Philippa Gregory pasa a ser Santa Bernardita Soubirous.

LO BUENO
El esbelto Enrique Octavo

A pesar de haber escogido interpretar (y otros ya lo habían hecho antes que él) a un Enrique VIII esbelto, Damián Lewis crea un personaje muy cercano a como realmente debe haber sido el rey-tirano. Este Harry no es un psicópata como lo fuera Jonathan Rhys-Meyers, en “Los Tudors”, ni es un déspota sombrío y distante como el que encarnó Eric Bana en “La Otra Bolena”. El Enrique de Lewis es afable, inteligente y un poco vulnerable. En el segundo capítulo hace entrega a Cromwell de unas monedas para aliviar la carga económica del Cardenal Wolsey, pero le susurra que no puede hacer más, otros no lo dejan. Da la impresión de que Enrique todavía es un rey titubeante, al que le preocupa la opinión de sus allegados, pero que no está exento de bondad y largueza.

Entonces, a medianoche, el rey manda llamar a Cromwell. Ha tenido una pesadilla y necesita que lo tranquilicen. Es el inicio de una amistad casi bíblica. Asuero y Mardoqueo ¿O serán Asuero y Hamán? El caso es que Cromwell aprovecha las circunstancias y le exige a su rey que reine: “Este es el momento para que seas el rey que debes ser!” ¿En serio? Enrique llevaba reinando casi veinte años y hasta ahora no lo había hecho mal. Fue después de la entrada de Cromwell cuando se volvió una bestia, y no fue tampoco culpa del Señor Secretario. Bueno, tal vez un poquito.





Pero lo impresionante de la interpretación de Damian Lewis es su evolución. Del enamorado que confía en Cromwell “¡Ella (Ana) me hace temblar!”; del feliz futuro padre que le anuncia a su cortesano que la reina ha vuelto a escribirle a la cigüeña pasa a ser una egocéntrica y solapada Reina de Corazones que exige las cabezas de todos los que la fastidian. En “Wolf Hall” no hay un esfuerzo por “sanear” la imagen del soberano. El Enrique de Lewis es un dios monstruoso que devora a todos los que lo rodean: esposas, hija, cortesanos.

Cromwell El Conquistador
En “Los Tudors”, Cromwell le hace una confesión a su rival, el Duque de Suffolk. Sus enemigos se equivocan, el Señor Secretario tiene corazón, mucho corazón. Me encanta como en “Wolf Hall” el Cromwell de Sir Mark Rylance emplea su corazón (y otras partes de su cuerpo). Por el modo en que llora sobre su cadáver, Cromwell parece haber estado locamente enamorado de su difunta esposa Liz; lo vemos coquetear con Maria Bolena; recordar a una tal Anselma un amor del pasado y tener un affaire con su muy casada cuñada. ¡Hasta tiene fantasías con el escaso busto de Ana Bolena!


En el trasfondo de tanto romance, Cromwell ama silenciosamente a la virginal Jane Seymour. Si la misma que se casó con Enrique Octavo. Rompe el corazón ver a Cromwell encarar el hecho de que su rey le está quitando la mujer que ama. Da que pensar que, si se la hubiera pasado menos tiempo conspirando o alimentando rencores infantiles, tal vez hubiera podido ser feliz junto a Jane. Bueno, al menos en la ficción, porque no hay bases históricas para creer que esto pudo haber pasado en la realidad. Sin embargo, me parece una licencia creativa legitima.


Las escenas de Sir Mark con la novata Kate Philips (que da vida a Jane) son una delicia. Con ella, Cromwell es considerado, cariñoso, casi paternal. Como la mayoría de las mujeres de esta historia, Jane puede ser ella misma cuando está en compañía del Lord Canciller. Por eso mismo, Maria Bolena le abre su corazón a Cromwell, y hasta la misma Ana le toma la mano y le muestra sus piernas desnudas durante su periodo de confinamiento.

La mayor maestría de Dame Hilary está en su descripción de las relaciones de Cromwell con el sexo bello. En vez de destilar diplomacia obsequiosa como lo hacía James Frain, Rylance realmente aparenta ser un hombre al que le preocupan los problemas femeninos y en quien las mujeres pueden confiar. Como murmura la caustica Lady Rochford él es “bueno para escuchar”. una lástima que las mujeres a las que Cromwell escucha, no sean tan amables como su interlocutor.

LO MALO
¿Es qué no había mujeres simpáticas en la Inglaterra de Los Tudor?
Lo extraordinario de la generosidad de Cromwell con las mujeres es que no hay personajes femeninos agradables en este cuento. Las pocas simpáticas o son niñas (la difunta hijita de Cromwell) o mujeres de clase humilde: su esposa, la esposa del Rafe Sadler, la mujer de Crammer (estas dos últimas solo aparecen en los libros). Pero incluso la cuñada de Cromwell es descrita como una adultera que sueña con la muerte del marido y está dispuesta contraer un matrimonio prohibido (en esa época, casarse con un cuñado era visto como incesto). Y no todas las doncellas de clase baja reciben un buen tratamiento de parte del Señor Secretario.


Ni Cromwell ni Mantel sienten lástima por Elizabeth Barton, la “Santa Monja de Kent”, una ex criada famosa por sus visiones proféticas. El Señor Secretario la utiliza para sus propósitos y luego la ejecuta sin previo juicio, sin tener en cuenta de que se trata de una pobre loca. Por servir a la oligarquía, la monja es solamente una servil fregona. La ironía es que se puede decir lo mismo de Cromwell, y tal como la famosa visionaria, el también perderá su cabeza.

Pero aquí son las damas de alta sociedad las que reciben la peor prensa. O son tontas ambiciosas como la Beata Margarita Pole o alcohólicas parlanchinas como Lady Alice More. Maria Bolena es una zorra devorada por la envidia que le tiene a la hermana y su cuñada Juana Rochford (que delicia ver a Jessica Raine tan alejada de la angelical Jenny de “Call the Midwife”) es una amargada venenosa. En cuanto a Catalina de Aragón, la más trágica de esta tragedia, Mantel la describe como una altiva esnob que le presenta a Cromwell a su hija con estas palabras “Este es el Señor Cromwell, antes era un prestamista".

Hasta la dulce Jane Seymour a quien Cromwell ama desde la distancia es una mosquita muerta que finge ser más inocente de lo que es y que es capaz de dejar caricaturas de cadáveres decapitados en la cama de su abusadora patrona. Es esa patrona, Ana Bolena, quien precisamente recibe la peor y más injusta prensa en “Wolf Hall”.




La Odiosa Niña Bolena
Ninguna otra figura histórica (con la excepción de Santo Tomas Moro, por supuesto) es tan maltratada como la de Ana Bolena. Recordando el escándalo que provocara la Ana negativa de La Otra Bolena, sorprende que nadie se queje con esta interpretación deformada que Hilary Mantel nos ofrece de la segunda esposa de Enrique Octavo. Dame Hilary cree que la verdadera Ana fue una mujer egoísta que usó su sexualidad para mejorar su situación, y así la describe en su novela.




Los historiadores modernos no comparten esta visión tan mezquina. Ciertamente no era así la Bolena retratada por Natalie Dormer en “Los Tudors”.  La Ana de Dormer es seductora, manipuladora y ambiciosa, pero la musa de Sir Thomas Wyatt es mucho más que una mera vampiresa. En una entrevista Natalie le contó a la Profesora Susan Bordo que habiendo leído tanto sobre la segunda reina de Enrique, quería incorporar lo aprendido en sus lecturas al personaje que interpretaba.



 A pesar de que Michael Hirst estaba decidido a usar el estereotipo de” La Otra”, Natalie se las arregló para sacar a Ana del casillero de la Femme Fatale y ofrecernos una devota reformista, una intelectual que guía las lecturas del marido, una mecenas de poetas y músicos y una mujer generosa que cree que las riquezas confiscadas a la Iglesia deben ser para los pobres, no para el rey ni para Cromwell.

Hilary Mantel no cree en esa versión. Por lo tanto, se inventa una reina del artificio una pécora que finge un acento francés (insiste en decirle “Cremuel” a Cromwell), que es cruel con sus damas y fatal con sus enemigos. Pobre Claire Foy, aparte de usar ropa que le queda mal, anda perpetuamente mohína. Los contemporáneos de Ana Bolena, aun sus enemigos, elogiaban su inusual viveza e ingenio. ¿pero quién se va a enamorar de esta niña que vive con cara de resentida?

Como lo muestran en “Los Tudors”, Cromwell y su reina unieron fuerzas para reformar a Inglaterra y su iglesia. Pero Dame Hilary ignora ese hecho histórico, tal como ha optado por olvidar todo lo bueno que se haya dicho de la madre de Isabel I. Incluso nos quiere hacer creer que Cromwell odiaba a Ana y a todos Los Bolena.

Tanto los informes de Eustace Chapuys a su emperador y las Crónicas de Edward Hall nos cuentan de las quejas constantes de Ana hacia Catalina de Aragón y la Princesa Maria. Ana se vistió de amarillo y ofreció una fiesta para celebrar la muerte de la reina española. Voy a creerles a “Los Tudor” y “Wolf Hall” de que Ana odiada a la ex esposa de Enrique y temía que la “bastarda” Maria le robase el trono a su hija Isabel. Tal vez a Ana le incomodase la devoción de Tomas Moro por Catalina y su causa, pero no creo que haya jugado una parte importante en el martirio del santo, tal como nos cuenta Mantel.

En la vida real, Ana y Cromwell riñeron por un motivo que Dame Hilary elige olvidar: la codicia de Cromwell. Ana se escandalizó al descubrir que el oro confiscado en las abadías estaba rellenando los bolsillos de su rey y del Señor Secretario. La Reina exigió que se usase ese dinero para propósitos caritativos. Cuando Cromwell se negó, Ana hizo que un clérigo le endilgase a Cromwell un sermón publico comparándolo con el Hamán de la Biblia. Fue entonces que Cromwell tomó la decisión de acabar con Ana y la familia de ella. Hilary Mantel le da la espalda esas verdades históricas y hace que Ana y Cromwell riñan por un motivo tan peregrino como lo puede ser…Maria Tudor.




La triste historia de la cándida María y su madrastra desalmada
“Wolf Hall “nos presenta con una extraña e improbable amistad entre Thomas Cromwell y Lady Mary Tudor. Uno de los cargos (inventados posiblemente) en contra del Lord Canciller eran sus intenciones de casarse con la hija mayor de Enrique VIII. Curioso, porque Cromwell y Maria no eran ni amigos. Tras la ejecución de Ana Bolena, Cromwell mantuvo correspondencia con Lady Maria en la esperanza de convencerla de aceptar el odiado edicto que reconocía Enrique como cabeza de la Iglesia Anglicana. Como ocurriera con Catalina y Tomas Moro, Cromwell fracasó en sus intentos y tras la enésima negativa de la princesa, le escribió furioso llamándola “la más obstinada de las mujeres”.  No parece como muy conducente para una relación matrimonial.


En “Wolf Hall” Cromwell conoce a Maria en una visita a Catalina de Aragón. La encuentra agobiada por dolores menstruales y le acerca una silla para que se siente. Ese gesto de amabilidad impulsa a la joven a confiar en este extraño su desprecio por la concubina de su padre. Más adelante el intentará hacer la vida de Maria menos ardua, arreglando una boda dinástica para ella.

Enrique, que actúa como si odiara a la hija que una vez amó, recrimina a Cromwell y lo acusa de tomarse atribuciones que no le corresponden. Por supuesto que Ana le echa leña al fuego. Odia a Maria y exige que Cromwell haga algo para comprometer la reputación de su hijastra. “Después de todo, tú le gustas a ella”. Ohhh ya esta parece la Reina Ravenna hablando de Blanca Nieves. Ni el chismoso de Chapuys llegó a imaginarse hasta qué punto llegaría el odio de Ana por la hija de su marido. “Esos no son mis métodos” responde Cromwell fríamente. Más adelante, su interés por Maria lo llevará a un enfrentamiento final con la reina.


A fines del capítulo 6, Enrique ha sufrido un grave golpe en una justa. Temiendo la inminente muerte del rey, Cromwell manda llamar a Maria, obviamente para coronarla. Cuando Ana se entera obviamente se enfurece. ¿A qué viene acto tan traicionero cuando ella estaba embarazada e Isabel era la candidata indicada para ocupar el trono de su padre? Como esto no ocurrió en la vida real, Mantel hace que Cromwell salga con la excusa más débil. Él no puede confiarse en criaturas aun no nacidas ni en niñas de pecho. ¿Sería posible que el verdadero Cromwell confiara en Maria?  ¿Una chica que tenía razones para odiarlo? ¿Una católica devota, prima del Emperador Carlos y que estaba en contra de todo lo que Cromwell creía y por lo que el luchaba? Obviamente no, pero ella será la explicación que Dame Hilary use para explicar la traición de la que Ana será objeto por parte del Señor Secretario.

Espero que, en su último libro, Dame Hilari siga jugando con esta amistad imposible, pero sugestiva, entre personas tan dispares. Ya hay gente por ahí que shipean a Cromwell y Maria Tudor (al menos en fanfiction).

En mi próximo blog, discutiré la rivalidad (totalmente ficticia) entre los dos Cancilleres; demostraré como el verdadero Tomas Moro no se parecía en nada al de “Wolf Hall” y recalcaré como el poner a Cromwell en un altar, lo ha distanciado del hombre extraordinario que fue en la realidad.




jueves, 25 de mayo de 2017

La feminización del period drama: ¿Hay que culpar a la audiencia femenina por los errores del género?


El año pasado, un escándalo sacudió las redes sociales cuando James Delingbone acusó a “la feminización de la cultura” de ocasionar los recurrentes errores en la ficción histórica. A pesar de ser parte de un debate constante, la jugada de Delingbone de poner a las mujeres sobre el tapete, enojó y sorprendió a muchos. Aunque sus quejas tenían fundamento, no tuvo en cuenta que, desde sus orígenes, la ficción histórica, sobre todo en lo que se refiere a romances de época, siempre ha estado dirigida a las mujeres. Han sido las exigencias y gustos femeninos los que han moldeado el género. Tanto así, que una reacción reciente, ha sido la proliferación de series y filmes de época con tono más “masculino”. Pero aun en este nuevo tipo de entretenimiento se presentan los anacronismos y falsedades históricas. ¿A quién le echamos la culpa entonces?

Pasemos al artículo en cuestión. En abril del 2016, James Delingbone publicó en The Spectator una nota titulada “La ‘Victoria’ de ITV es tonta, simple e irresponsable- culpo a la feminización de la cultura”. Debajo de este larguísimo título estaba una reseña de “Victoria”, del “Masterpiece”, otra de las múltiples biografías fílmicas sobre Su Alteza Real, la Reina Vicky. Para ser francos, Delingbone tenía razón porque la serie presentaba mucha sosería sentimental y poca veracidad histórica.

Somos muy bonitos por eso no somos históricos.

Como la primera temporada me había dejado irritada, estuve totalmente de acuerdo con las afirmaciones de Delingbone de que las libertades que se habían tomado con la vida de la soberana “eran un gigantesco dedo del medio dirigido hacia nosotros los que valoramos la historia”.  También aplaudí que les exigiera a los productores de dramas históricos que fuesen más responsables y comprometidos con su público: “Le deben a la audiencia apegarse lo más posible, y razonablemente, que se pueda a los hechos históricos reconocidos”.

Lamentablemente, Delingbone arruinaba el efecto con declaraciones ofensivas (y falsas) como “Sospecho que probablemente sea verdad que los chicos, por tener más disposición a transportarse en el tiempo, y están más atentos a los detalles y hechos históricos sean más reacios a caer en los encantos artificiales de Victoria, que las niñas”.
¡Ay Dash parece que solo me quieren las niñas y los perros!

Delingbone se olvidó que series históricas “para machos” como “Spartacus”, “Vikingos” y “Black Sails” también deforman eventos del pasado. El esclavo convertido en gladiador Crixus nunca tuvo amores con su Domina Lucrecia; Alfredo, el Grande ya era rey para cuando los vikingos desembarcaron en Inglaterra (y era contemporáneo de Ragnar); y Barbanegra murió en batalla, no fue asesinado por el Gobernador Woodes Rogers.

Ragnar y Alfredito. En la vida real, tenian la misma edad.

Desde sus inicios, la ficción histórica se ha internado en el terreno de la especulación para rellenar espacios dejados por los historiadores y para presentar una realidad menos sosa. Muchos de esos “rellenadores” han sido varones. Fue Schiller el que inventó esa tradición de que Maria Estuardo se encuentra con su prima Isabel; Shakespeare fabricó la mala reputación de Ricardo III; y el único que crucificó a Espartaco fue Stanley Kubrick.

Solemos asociar el nacimiento de la novela histórica con escritores seminales como Alexandre Dumas y Sir Walter Scott. Antes que ellos, la literatura gótica ya se había convertido en un campo donde retratar hechos del pasado. Autoras góticas como Maria Edgeworth, Ann Radcliffe, Clara Barton y Miss Sophie Lee se volvieron expertas en la fusión de horror, romance y días de antaño. Fundamental fue Miss Lee que, en días previos a la Revolución Francesa, publicó el que puede ser el primer romance histórico, The Recess. Hasta lo subtituló como Un cuento de otra época.

Distanciándose del Medievo, el periodo histórico favorito de los góticos, Miss Lee se concentra en La Era Isabelina y trabaja con personajes históricos como La Reina Isabel, su prima María Estuardo y sus cortesanos. En la vida real, La Reina de los Escoceses dio a luz a una pareja de niñas prematuras producto de su matrimonio con Lord Bothwell.  En The Recess, la autora le otorga un tercer marido a Maria, el Duque de Norfolk, quien será el padre de las mellizas de la reina.


Matilda y Ellinor se hacen mujeres aparentemente solo para fastidiar a la tía Isabel. No solo pretenden quedarse con su trono sino también le roban los novios. Matilda se enamora del malhadado Conde de Essex y Ellinor se casa con Robert Dudley (¿Y qué pasó con Amy Robsart y Lettice Knollys?)

The Recess da origen a elementos hasta hoy asociados con el romance histórico:  la amalgama de amor e historia; la alteración de hechos reales para acomodar la narrativa; heroínas hermosas y poco convencionales y   la primacía de caracterización sobre acción. La nueva ficción provoca su poca de controversia. En su Sobre historia y romance, el filósofo William Goodwin (padre de Mary Shelley) se queja de que este nuevo estilo “está degradando y corrompiendo” la historia. También nota que los principales lectores de los romances históricos son niños y mujeres.

Desde entonces, la ficción histórica se convierte en “cosas de mujeres” y la literatura decimonónica se hace eco de esa moda. En La Abadía de Northanger, Jane Austen nos presenta una heroína adicta a las novelas góticas; jóvenes de la clase alta como la Mathilde de la Mole de Stendhal son fanáticas de las novelas históricas de Sir Walter Scott y La chica a la antigua de Louisa May Alcott desdeña las novelas modernas de Ouida prefiriendo las obras de la alemana Luise Mulbach “porque son históricas”.

En mi juventud yo aprendí historia gracias a los dramas de época y la ficción histórica de Anya Seton, Daphne Du Maurier y la maravillosa Jean Plaidy, la de los muchos seudónimos. A fines de los 70s, recién salida de la secundaria, me convertí en incondicional de los bodice-rippers, una combinación de romance y erotismo, vestida de trajes de época. Los críticos podrán apodar este subgénero como “basura populachenta”, pero lo cierto es que ayuda a definir la ficción histórica como un turf femenino. Por eso no se puede hablar de la feminización del period drama.

Volviendo con “Victoria”, la mayor queja de Delingbone es el embellecimiento de los personajes. Dice que Jenna Coleman es demasiado bonita (algo que “la gorda Victoria” nunca fue) y le molesta que a Lord Melbourne lo interprete el sexy Rufus Sewell. Está particularmente en contra del supuesto romance entre Lord Melbourne (panzón y canoso en la vida real) y su soberana.


El verdadero Melbourne y su rolliza reina.




















Lord M y Vicky en la glamorosa ficción




 Curiosamente, a mí no molestó ese romance. Los protagonistas atractivos y los líos románticos son parte del género. La verdadera “gordita” Victoria bien pudo encapricharse del Lord M. Las jovencitas suelen prendarse de figuras paternas que les demuestran cariño y consideración. A espaldas de Victoria, la apodaban “Mrs. Melbourne” Eso indica que en los primeros días de su reinado ya los rumores de un romance estaban en el aire.


Lo que me molesta, y ahí estoy totalmente de acuerdo con Delingbone, fue el feo asunto de los ratones. El Palacio de Buckingham nunca ha sido Hamelin, no hubo una invasión de roedores ni a Victoria le dio una pataleta por ver un par de lauchas saltar, como coristas, de adentro de su pastel de cumpleaños. Más importante aún nunca Victoria dio pie para que nadie sospechara que ella sufría de una enfermedad mental o de que hubiese heredado la locura del Rey Jorge. Esa necesidad de mostrar a las mujeres antiguas, sean la Reina Victoria o Jackie Kennedy, sufriendo soponcios o ataques histéricos es producto de mentes misóginas.
¡En la vida real no nos dieron pastel!

A pesar de lo que diga Delingbone, a las mujeres si nos molesta la inexactitud histórica. A mí se me ha acusado de ser una quisquillosa pedante por andar gruñendo en contra de la atmosfera artificial que permea el drama de época. La sensibilidad moderna está tan alejada de la de nuestros ancestros que se necesita rellenar las recreaciones del pasado con absurdos con los que se espera hacerlo más identificable y relevante para el público del Tercer Milenio.

El último grito de la moda es que los eventos en la ficción histórica se ajusten a los cánones de la corrección política imperante. Nos guste o no, las grandes mantenedoras de la corrección política son las feministas. Ellas son quienes exigen que los contextos históricos no desafíen su ideología.  Pero no solo las feministas caen en esta trampa de la inexactitud histórica. ¿Creen acaso que las matronas romanas eran tan deslenguadas como las de “Spartacus”?  Y, sin embargo, esa serie de gladiadores es un ejemplo de la masculinización del drama de época.

Me escandalice cuando en “Black Sails”, otro cuento para machos, Mrs. Guthrie le ofrecía a Max un marido blanco y poderoso que podría llegar a ser el nuevo gobernador de Nassau. Max con su pasado de esclava y prostituta bisexual no era precisamente una candidata para ser la reina de la Filadelfia Colonial. Además, el color de su piel le impedía ser la esposa legal de cualquier caballero respetable de la época. Si tal matrimonio hubiese tenido lugar, hubiera sido un anacronismo mayor que Maria Antonieta y sus damas fumando opio en el filme de Sofia Coppola.


Al menos “Marie Antoinette” era genuina en su recreación de las modas del Versalles dieciochesco. No se puede decir lo mismo de “Reign” una serie que pretende retratar la vida de Maria Estuardo. En ella, La Reina de los Escoceses no se viste para nada a la usanza de las damas del siglo 16. Blusas transparentes, vestidos sin mangas, pantalones de cuero. ¿En qué cabeza cabe?

En el 2008, el historiador David Starkey se quejó en The Telegraph por el uso en “Los Tudor “de carruajes victorianos. Secundo su queja. Como mujeres que rescatamos los romances históricos y los reclamamos como nuestro territorio, debemos estar dispuestas también a exigir la mayor veracidad y contexto histórico posible. Sobre todo, en lo referente a lo cotidiano como lo son vestidos, muebles y otros enseres.
Bonito, pero no lo que se usaba en el Renacimiento.

Habrá quien se oponga a esta cruzada argumentando que el drama de época no es una clase de historia. Lo que me trae a la memoria la petulante respuesta de Adelaide Kane cuando le enrostraron el enredo seudo histórico que es su serie “Reign”.  “¿Cuántas chicas adolescentes conoces que estén obsesionadas con la historia? Yo sé que a esa edad yo no lo estaba.” Con esas palabras, nuestra dulce Reina de los Escoceses les está dando la razón a Delingbone. Starkey y otros señores como ellos. La culpa de las inexactitudes históricas las tiene las chicas, porque las traen sin cuidado, porque no están “obsesionadas” con la historia.
Esto es lo que pasa cuando no se aprende historia.

El problema es que las adolescentes que ven “Reign” (y ese es definitivamente el grupo al que el show va dirigido) van a aprender del programa algo que pasa por historia. Así van a creer que a Maria la violaron sus cortesanos, que mató a la hija bastarda de Catalina de Medici y que tuvo más amantes que los que cabrían en la cama de la pobre mujer. Juramos que los dramas de época no van encaminados a enseñar historia, pero, al final, estas fabulas eróticas situadas en la antigüedad como “Reign”, “Versalles” y la española” Águila Roja”, hacen algo peor. Combinan falsas descripciones del pasado con soft porn y acaban en una catedra de historia errada, inútil e indigerible.



Deben existir límites para la licencia creativa, un equilibrio entre la fantasía y el espíritu de lo verídico, y tal como lo exigió James Delingbone, debe haber más responsabilidad de parte de los productores con el público. Tal como la peor fanfiction es la que se aleja del texto original, la adaptación libre de hechos históricos no garantiza productos de calidad. Desde el momento en que una obra promete basarse en eventos reales, debe existir un compromiso de entregar material que al menos sea un 80% fidedigno. Después de todo, la realidad muchas veces puede ser más excitante que clichés irresponsables y falsos. ¿O no?





viernes, 5 de mayo de 2017

Un Juego de Tres Reinas: Reign se interna en los textos de historia.



En su temporada final, “Reign”,  ha optado por ofrecernos tres diferentes espacios geográficos, cada uno gobernado por una mujer poderosa. María  intenta reinar sobre una Escocia dividida, Catalina De Medici se niega a entregarle el poder a su hijo, el nuevo Rey de Francia;  y en Inglaterra, Isabel I se preocupa por una prima que puede robarle el trono. Pero antes de llegar a su fin, esta fantasiosa serie enfrenta su mayor desafío, uno que hasta ahora ha evitado por tres temporadas. Los libretistas tienen la cabeza enterrada en los libros de historia tratando, por primera vez, de descubrir a la verdadera Maria Estuardo, y lo que la convirtió en  leyenda.



La cuarta temporada está acabando con esta delirante, aunque entretenida, serie con una cadena de sucesos estrambóticos. ¿Catalina convertida en la consejera sentimental de Maria? ¿El Rey Carlos IX volviéndose protestante? ¿La Reina Bess probando drogas con el pirata John Hawkins? ¿David Rizzio portador de profecías? Esto estira los límites de chifladuras a los que “Reign” nos tiene acostumbrados. Sin embargo, varios de estos disparates tienen sus bases históricas.

Esta novedad puede provocar el asombro de los fans de “Reign”, los que creían que María acabaría casada con Bash y viviendo con los druidas en el bosque. ¡Que no se preocupen! El Arco Francés sigue abrazando la noble tradición de la serie, la de trabajar solo con inexactitudes históricas. ¡ Y vaya, que se están inventando cosas descabelladas esta temporada!

Primera Parada: La insípida Inglaterra
Este ha sido el arco más soso de esta temporada. Sin compañía, Isabel es un personaje insulso. Lo fascinante es el Periodo Isabelino y sus habitantes. La Reina Virgen es demasiado virgen para ser entretenida. Consiente de eso, la ficción histórica cuando toca a Isabel suele jugar con especulaciones.  A los autores les encanta teorizar cuántos amantes tuvo la Reina Virgen y si hubo por ahí algún bastardillo (s). Siguiendo esta tendencia, la temporada pasada tuvo a Isabel encinta de su gran amor, Lord Dudley.  El embarazo acabó en un aborto espontaneo debido a un veneno que Lord Cecil puso en la copa de la reina.

Triste, pero históricamente posible. El hecho de que se levante la sospecha de que el puritano y devoto Lord Cecil pueda haber experimentado sentimientos románticos por su soberana añade intriga y sabor a la subtrama. Hora de ir a escribir fanfictión sobre el tema.

El faux-accouchement de Isabel coincide con la histórica caída por las escaleras de Amy Robsart Dudley. Lord Dudley ha quedado viudo, pero tanto él cómo Isabel caen bajo oscuras sospechas. Para salvar a su amante, Bessie planea casarlo con su rival. Este es un hecho histórico, Dudley (un poco a regañadientes) cortejó a la recientemente viuda Maria Estado, pero la serie lo tiene de vuelta en la Corte inglesa ¡casado con Lettice Knollys! En la vida real, Dudley si embarazó y se casó con la prima de su Reinita, pero eso ocurriría dieciocho años más adelante.
La caida fatal de Amy Robsart

La destrozada Isabel los exilia a todos: a Dudley, a la preñada Letty yal enamorado William Cecil. La reina se queda sin novio ni consejero. ¿Quién está a mano? Lord Gideon, insulso de cara y personalidad. Esta temporada hemos tenido una Reina ni tan virgen haciendo puras inutilidades: tratando de mantener a la prima Maria soltera: entreteniendo las últimas horas de la moribunda Ágata Gideon y convenciendo a nobles despectivos que, al menos en las cacerías, Bess está la altura de su padre. ¿Es que alguien en Inglaterra echa de menos al Gordo Enrique que haya que convencerlo de que Isabel es parecida a su tirano padre?
Bess y Gideon (Showbiz.junkies.com)

Finalmente, los escritores se compadecen de la desdichada reina y le consiguen un acompañante a su altura: el corsario John Hawkins. El bandido anda huyendo den las autoridades españolas por culpa de un tesoro. Felipe II quiere que la Reina le entregue al ladrón, pero Hawkins cree que puede serle más útil a los ingleses en libertad que en una mazmorra de la Inquisicion.Despues de probar ajenjo, comer tomates y jugar con los pavos que Hawkins ha traído de América, (la reina los llama “pollos grandes”) Isabel le da venia al corsario para que saquee el Nuevo Mundo.
La Reina, El Pirata y un "pollo gigante "(spoiler.tv.com)

Estaba casi segura que Hawkins y su soberana se revolcarían en la mesa del comedor, pero ahora nos sale Bessie conque está enamorada de Gideon. ¿En serio, Isabel? ¿De Gideon? El caso es que Hawkins es un personaje real, primo de Sir Francis Drake. Si trabajó para los españoles hasta que decidió cambiar de patrón. En 1564, acababa de regresar de un viaje a Santo Domingo donde había vendido un cargo de esclavos africanos. Ese es el lado oscuro de Don Juan Aquino como le llamaban los españoles. Mejor, dejamos que “Reign” nos convenza que lo único con lo que el pirata traficaba eran aves de corral.

Segunda Parada: La Belle France
Comencemos con Claudia, el personaje más superfluo e insufrible de los tres reinos. Me doy por vencida. No hay manera de convencer al fandom de “Reign” de que la verdadera Claudia de Valois era feúcha, coja y medio jorobada. Para ese entonces, mas encima, ya estaba casada y tenía hijos. Muchos identifican a esta Claudia pizpireta con su hermana Margarita, que no aparece en la serie.
La verdadera Claude de Valois

Pero La Reina Margot, por apasionada, hermosa y promiscua que fuera, poseía más sentido común que Claudia. Comenzamos esta temporada con Claudia de luto por la temprana muerte de Leith. Hemos visto a la Princesa llorar, hacer muecas, rezar, pero como Claudia siempre será Claudia, pronto la tenemos en la cama de un hombre casado. Después que la atrapa su intransigente hermana, Claudia tiene dos opciones: o casarse o irse a un convento.
Claudia de luto (no le dura mucho)

Lord Narcisse (¡Slurp!) que acaba de regresar de Inglaterra, se saca de la manga un hijo, Luc, con el que se casará la casquivana princesita. Pero como “Reign” es antes que toda una telenovela, Leith regresa de la tumba. No estaba muerto, Narcisse lo encierra en una celda y solo lo suelta cuando el matrimonio ya se ha consumado. La verdad destroza a Claudia y Leith. El pragmático Luc ofrece una solución. El solo quiere un heredero. Si Claudia está dispuesta a permitirle que trate de embarazarla de vez en cuando, a él no le molesta que se revuelque con Leith todo lo que quiera.
Claudia y Luc (Reign.wikia.com)

A Claudia le parece bien la idea de un trio. Leith no esta tan entusiasmado como ella y se va rumbo a mundos lejanos. Claudia vuelve a hacer pucheros. Lástima que se haya acabado “Girls”, con lo inmadura y superficial que es Claudia cabría perfectamente en ese grupo (si hasta se parece a Jessa).

En otro rincón de la Corte Francesa, los Valois celebran reunión familiar. La Reina Leeza ha llegado a hacerles una intempestiva y poco bienvenida visita. Parece que su marido, Felipe II, la ha mandado de espía y está en Paris para observar como su familia combate la herejía luterana. Si nota que los esfuerzos son tibios, Leeza debe inmediatamente avisarle a Su Católica Majestad para que proceda con la fusión de ambas compañías. La filial francesa y la española.

Por supuesto que Leeza (que es más gorda, vieja y fea que la verdadera Isabel de Valois) viene acarreando un baúl lleno de rencores infantiles en contra de su Mamita Querida. Se muere de ganas de crear un incidente ente Francia y España. En eso la ayuda el hermano Carlos que desde que lo coronaron se ha vuelto una nauseabunda parodia de Joffrey Baratheon.

Primero, Carlitos nos hizo creer que le gustaba matar a las compañeras de cama para satisfacer una neurosis necrófila. Por suerte no usó a Bianca de blanco de arquería. Solo la asustó llevándola a ver un espectáculo de cadáveres y de la faz real pintada con sangre. ¿Sangre? Sí, yo ya creía que Charlie era uno de “The Originals”. Entonces comenzaron a aparecer cadáveres medio comidos de niños campesinos por los mismos lugares del bosque donde a Carlos le gusta merodear. ¿Es acaso el rey un antecesor de La Bestia de Gevaudan? Al menos eso cree el campesinado.


Por fin Catalina se las arregla para ponerle una correa a su cachorro rebelde. Carlos, muy bien portadito, le lanza un discurso al pueblo hablando de lobos feroces que ha mandado asesinar para que no se coman más niñitos. El populacho no es tonto. Los oyentes están seguros que Carlitos es caníbal, y le lanzan un balde de sangre de puerco, a lo Carrie, a la cabeza del rey.

El pobre Charlie se espanta y huye al bosque. Hasta allá lo sigue Mamá Catita que por fin se entera de lo que ocurre, El rey no ha superado el trauma de ver a su amigo Thierry quemado vivo. Solo lo alivia comer ardillas crudas y pintarse la cara con la sangre de los animalitos. Bueno, pase, si es por propósitos terapéuticos... Lo malo es que Carlos no quiere vivir en el palacio, no quiere reinar. Leeza está regocijada. Una Francia acéfala necesita de la mano fuerte de su Felipillo.

La incansable Catalina y su fiel Narcisse parten en excursión pastoril por la campiña francesa y se encuentran a Carlitos viviendo la vida bucólica con unos campesinos, cerca de Meaux. Tras tragarse una sopa de pichón, y dar las gracias a los campesinos por su hospitalidad, la comitiva real convence a Nicole, la nueva novia rustica del rey, que se venga a echarle un vistazo a la Corte. Y de paso tráete a Carlitos, ¡Niña!

Carlos y su familia vuelven a instalarse en El Louvre. Todos felices hasta que a Carlitos se le ocurre lanzar una bomba. Nadie hizo averiguaciones sobre la familia de Nicole. ¡Los muy bandidos eran Hugonotes! Ahora El Rey se ha vuelto protestante.

 La pobre Leeza queda tan apabullada que ni fuerzas tiene para rezongar. Se vuelve a España y promete no abrir la boca. Eso sí, siempre y cuando empaquen a Carlos al manicomio más cercano y convoquen al joven Enrique para que reemplace en el trono a su demente hermano. Catalina deja este asunto en manos del competente Narcisse y de Nicole (que se ha encaprichado con Narcisse) y se va de vacaciones a Escocia a consolar a su ex nuera.

Antes de irnos a Escocia donde están ocurriendo muchas cosas interesantes, repasemos les hechos en Francia.  ¿Hay alguna base real para tanta fantasía? El Rey Carlos IX estaba un poquito deschavetado, andaba de las greñas con su mamá, tuvo amores con Marie Touchet, una mujer que no era de la nobleza y puede haber tenido simpatías por los Hugonotes, pero Carlos nunca fue protestante.
Carlos IX y Nicole

Carlos IX y Marie Touchet


En 1564, Isabel de Valois, Reina de las Españas e hija favorita de Catalina de Medici vino de visita oficial a su país natal. Isabel que acababa de sufrir un aborto espontaneo, estaba deseosa de ver a su madre.  Para acompañar a su esposa, Felipe II seleccionó al Duque de Alba. El Duque tenía otra misión, dejarle en claro a Madame Serpent (el cariñoso apelativo que Felipe le había puesto a su suegra) que no permitirían que se relajara la política de mano dura en contra de los Hugonotes.
Catalina recibió a la comitiva real en Bayonne.

 Para celebrar la visita, la reina ofreció unos esplendidos festejos diseñados para impresionar a Alba y demostrarle que Francia no había perdido ni prestigio ni magnificencia y que no aguantaría ningún tipo de bullying por parte de la nación vecina. Estos son los hechos que han inspirado las extravancias galas de las que hemos sido testigos en la última temporada de “Reign”.”

Entretanto en Las Tierras Altas Escocesas…
Maria Estuardo ha regresado a su reino donde fue recibida por una facción druida. Parece que los druidas son los únicos escoceses que ven con buenos ojos a la joven reina. En tierras caledonias, Maria ha tenido que enfrentarse a todo tipo de líos: clanes rebeldes; protestantes por doquier, las intrigas de John Knox, y un atractivo, pero no tan confiable, James, Conde de Moray, el medio hermano de la reina.
Mary y su hermano James (Entertainment Weekly)

Demostrando que aprendió las lecciones maquiavélicas de su ex suegra, Maria toma decisiones drásticas. Para que pruebe su lealtad, obliga a James a decapitar a un líder de clan que cometió la imprudencia de secuestrar a la reina. Luego manda a Moray a seducir a Emily (y a sacarle información sobre las conspiraciones del marido), la joven esposa de Knox.


En ese entonces Lord Moray ya estaba casado con Agnes Keith y Knox efectivamente tenía una esposa joven llamada Margaret, no Emily, pero los libretistas se han inventado un sabroso lio pasional ahí. lo malo es que la despreciada Emily se ha tomado una terrible venganza. Maria no ha tenido más remedio que desterrar a su devoto hermano. En la vida real, Moray abandonó la Corte Escocesa como protesta por la boda de Maria con Lord Darnley.


Hablando de Darnley, este se ha convertido en un agobiante capítulo de la ya turbulenta vida amorosa de la Reina. Al igual que la verdadera Maria, Reina de los Escoses, el personaje de Adelaide Kane es enamoradizo y ligero de cascos. Comenzamos esta temporada con Maria comprometida con Lord Gideon (si, el hombre está en todas partes), planeando abdicar e irse con su marido a vivir felices para siempre en algún castillo inglés. 



Pero la razón se impuso. Maria siempre sería un peligro para Isabel, su vida siempre estaría bajo amenaza y los escoceses la necesitaban. Aunque este último punto es debatible, Maria le dio la bota a Gideon y decidió vengarse de Isabel (por la ejecución de Lola). La mejor manera es ser coronada reina de Inglaterra y Escocia. El pasaje para ese viaje se llama Henry Darnley.

María Estuardo y su rey consorte, Lord Darnley
Detengámonos un segundo para ver porque Darnley aporta legitimidad a las pretensiones reales de María. Ambos son primos y nietos de Margaret Tudor. Lady Lennox, la nueva y pesada suegra de Maria, es sobrina de Enrique VIII. Todos ellos descienden de La Princesa Blanca. Son totalmente Tudors.
(Silvertimes)

Además de tener sangre azul, Darnley esta guapetón. Maria no pierde el tiempo y se da su revolcón con él en un pasillo del Castillo de Holyrood. Un acto apresurado, porque pronto Darnley demuestra ser un patán borracho e irresponsable.  A Maria le pasan llegando misivas llenas de propaganda anti-Darnley. Todas vienen firmadas por un tal “Vigilante Leal” que resulta ser el mismísimo Conde de Bothwell.

Maria se encuentra por primera vez con James Hepburn en una taberna (¡Qué apropiado!). Desde el primer instante, ella sabe tal como nosotros, que Lord Bothwell es el único capaz de llenar las botas de Francisco, su difunto marido. Al lado de él, Darnley es un mísero gusano. Las fanáticas de “Reign” (las que saben de historia) ya alertan a gritos a la Reina. “¡Corre, Maria, corre! No te dejes seducir por su moñito ni por esa sonrisa a lo Orlando Bloom. ¡Bothwell te va a meter en un lio gordo!” Pero esta vez, serán el amor y la historia los que dirán la última palabra.
Showbiz. Junkies. Com

Mary y Bothwell encabezan mi lista de shippings históricos. Sabemos tan poco de cómo nació ese romance, que me creo todas las pamplinas que se han inventado los guionistas.  La taberna, el naufragio del bote, el paseo por el bosque; Bothwell declarándole su amor a la reina en un pasadizo oscuro en vísperas de la boda con Darnley; Bothwell contándole a Maria que le juró a su madre protegerla. Me conmovió esa referencia a Maria de Guisa, uno de los personajes que “Reign” hizo pedazos. Es apropiado entonces que se recuerde cuanto amó a su hija.


David Rizzio (que es gay como el verdadero) se le aparece, como un personaje de Tolkien, a Maria en medio del bosque y le recita una profecía druida. Podrá tener amor, o un heredero que una a Escocia e Inglaterra. Maria no sabe que ya no tiene opción. Su revolcón con Darnley tuvo consecuencias, su heredero ya crece en su útero. Debe olvidarse del amor, pero Milord Bothwell no es hombre que acepte un “no “fácilmente.















En su noche de bodas, mientras el novio borracho ronca en la cama, Maria mira por la ventana y ve a Bothwell montando guardia bajo su balcón. ¡Que románticos! ¿Pero dónde va a llevar todo esto? A Maria al cadalso y a Bothwell a morir loco, y encadenado, en una prisión danesa. Pero, espérense que esto es “Reign” Si se la han pasado cuatro años reinventando la historia ¿Por qué habrían de cambiar ahora? ¿Significa eso que Maria y Bothwell podrían ser felices para siempre? En “Reign” todo es posible.



miércoles, 29 de marzo de 2017

¿Qué Nos Trae la Televisión de Abril? Estas son mis series más esperadas


Esta primavera viene cargada de entretenidas sorpresas para los que todavía vemos televisión. Como ya saben, me he vuelto adicta al drama histórico y a los period piece, así que no esperen en este blog que me despida de “Bones” ni le dé la bienvenida a “Imaginary Mary.” En general, mi lista abarcará lo antiguo y para los amigos del costumbrismo, este abril trae series de todos los gustos y épocas.

El domingo dos de abril me presenta un gran dilema.  Esa noche es el final, final de “Black Sails” en Starz, pero también es el debut de “The Kennedy: After Camelot” en REELZ. Estoy tan contenta que los productores no les hayan hecho caso a las injustas críticas a su serie y que hayan decidido hacerle una secuela a “Los Kennedy”. Los enamorados de esos irlandeses que han sido la realeza de Estados Unidos, necesitábamos seguir la saga después de la muerte de Bobbie.


Tendremos a Matthew Perry encarnando a Ted Kennedy, Alexander Seddig será Onassis  y veremos cómo Katie Holmes pasa de La Viuda Kennedy a Jackie O.  Katie, Nena, te odio por ponerle tacones a tu hijita antes que supiera caminar, pero eres mejor Jackie que Natalie Portman (ya sé que parece anatema, pero es mi sentir y eso que Nat es mi actriz favorita).
(us. weekly)

Volviendo a mi dilema, creo que voy a ver esa serie en On Demand. Y allá también seguiré viendo la pelea de gatas de Bette Davies y Joan Crawford en “Feud”. No puedo hacer lo mismo con PBS, y los muy perros, van a dedicar los domingos de abril a las series de época. Ese primer domingo del mes, debuta la nueva temporada de “Call the Midwife”. Ahora las comadronas de San Ramón Nonato traerán al mundo a los bebés de 1962.

De los 60s, pasamos a La Batalla de Inglaterra con la segunda (y ultima) temporada de “Home Fires”. Mas encima, sigue a estas series una repetición (que para mí es debut porque no la he visto) de “Wolf Hall”.  Yo que estoy inmersa en toda ficción que cubre a los Tudor, muero ver esa adaptación de la novela de Dame Hilary Mantel que nos cuenta los líos maritales de Enrique VIII (Damian Lewis) y el ascenso de Cromwell (Sir Mark Rylance).

El martes 8 de abril nos vamos a una de vaqueros. AMC presenta la adaptación de The Son de Philip Meyer. Pierce Brosnan da vida al patriarca de una familia de rancheros tejanos, desde que lo secuestran los Comanches antes de la Guerra de Secesión, hasta que cumple 100 años en la época de la Primera Guerra Mundial. Aparte de que la historia suena magnifica, Pierce Brosnan ha envejecido muy bien y con tanto sex-appeal como Sean Connery. Parece que algo hay en eso de hacer de James Bond.

El domingo 16 de abril sigo con mis tudormanías. Llega “La Princesa Blanca” en Starz. No me interesa ver a la idiota de Lizzie (que ahora será la Reina Elizabeth, la primera soberana Tudor). ¡No la soporto! A la que quiero ver es a su madre que ahora será interpretada por Essie Davis. No solo tendremos a Phryne Fisher en esta secuela de “The White Queen” Me entristeció saber que Amanda Hale no volvería a caracterizar a Margaret Beaufort, pero la Reina Roja seguirá en guerra contra su nuera, y le dará vida nada menos que Michelle “Catelyn” Farley. En eso andaba, en vez de traernos a lady Corazón de Piedra.


Ya sé que dije que solo hablaría de cosas de época, pero dos de mis placeres culpables, “Veep” y “Silicon Valley” abren nuevas temporadas esta primavera en HBO. El 16 de abril es noche de reinas. Aparte de “The White Princess”, podremos ver cómo será la vida de Selina Mayer (Julia Louis-Dreyfus) ahora que ha sido derrocada y debe abandonar La Casa Blanca. Los nerds de “Silicón Valley” regresan a HBO, el 23 de abril, con nuevos juegos de tronos en el mundo del Internet.

Y hablando de nerds y genios, el 25 de abril en National Geographic tenderemos a un Geoffrey Ashe despeinado convertido en Albert Einstein. No sé ustedes, pero a mí me fascina Einstein, tal vez porque su vida trasciende a sus contribuciones a la ciencia. La miniserie “Genius” promete cubrir tanto la carrera como la vida personal, que es bastante complicada, del sabio.

Por último, está la entrada de fantasía del mes.  Tras años de ser esperada por los fans de la novela llega a las pantallas de Starz, “American Gods”. Basada en la novela de Neil Gaiman, “Dioses Americanos” narra la saga del ex convicto Shadow Moon (Ricky Whittle) , que, apenas salido de la cárcel, se consigue un extraño patrón, el enigmático y fraudulento Mr. Wednesday (Ian Mc Shane).
Mr. Wednesday


 Al poco tiempo, Shadow se entera de una verdad prodigiosa. Su patrón es miembro de un antiguo panteón pagano que el ateísmo derrocó, pero ahora esta sociedad sin dioses necesita crear nuevas y más peligrosas deidades. La tarea de los Antiguos Dioses será impedir ese auge de divinidades materialistas como Media (Gillian Anderson) y el siniestro Señor Mundo (Crispin Glover).
Shadow Moon

¿Cuál de estas series les parecen más atractivas?  Recomiéndenos otras series que debuten en esta primavera y no haya yo incluido en mi lista.