¿Han visto la serie turca Cartas del pasado?
Yo la vi porque quería saber si los adolescentes turcos eran tan complicaditos
como los de Occidente. Aparte de confirmarlo, la serie de Netflix me hizo
pensar en la importancia de la identidad de un joven, o chica en este caso, que
no sabe quiénes son sus padres, y debe descubrirlos entre varios candidatos.
Eso me llevó al reverso, un padre que debe adivinar cuál es su hijo. Ese tropo ha sido muy usado en las telenovelas,
principalmente en la famosa Colorina que a propósito está completa en
YT. El tropo nació en un drama italiano de la posguerra del que probablemente
nunca han oído hablar.
(NOTA: No he
acabado con mi exploración nostálgica de la cultura adolescente, pero es hora
de tomarnos un descanso y volver al mundo de la televisión)
De Nápoles a México
Apenas salida de una
guerra mundial que la dejó bombardeada y hambrienta, Nápoles sería el escenario
de la dramaturgia de Eduardo Da Filippo. Así nacería Filumena Marturano (1946)
que años más tarde sería un éxito de la dupla Sofia Loren-Marcello Mastroianni
en el cine. En ambas versiones Doménico Sorrentino es un comerciante napolitano
que por más de veinte años ha tenido a Filumena Marturano de querida a pesar de
ser casado. Acabado de enviudar, Doménico quiere casarse con una mujer mucho más
joven que él. Enfurecida al ver la ingratitud de su amante, Filumena finge
estar moribunda y así obliga a Doménico a casarse con ella.
Cuando descubre
el engaño, el comerciante monta en colera creyendo que su amante quiere su
dinero. Filumena le explica que solo quiere un apellido para los tres hijos que
ha tenido a espaldas de Doménico. Agrega que uno de ellos es hijo de Doménico.
Le entra la duda al hombre que decide conocer e investigar a los muchachos para
descubrir cuál es su vástago.
Al cabo de unos
meses, el confundido Doménico no ha descubierto quien lleva su sangre, pero les
ha tomado cariño a los muchachos. Finalmente admite que Filumena es el amor de
su vida, y adopta a los tres hijos sin preocuparse ya cuál es su hijo. Esta
comedia encantó al público ,se tradujo a varios idiomas y se ha representado en
los escenarios de todo el mundo. Mayor fama alcanzó cuando Vittorio de Sica
dirigió a la pareja artística más celebre de Italia en un filme de 1964, apropiadamente
llamado Matrimonio a la italiana, que ganó varios premios.
Entretanto en México,
Julio Bracho, gran director del Cine de Oro mexicano, intentaba recuperar su
carrera con un filme cuyo mayor gancho era la presencia de la célebre Libertad Lamarque. Rostros Olvidados (1952) narraba
la historia de tres hermanas, hijas del industrial Roberto Casahondo (Julián
Soler). Marta (Martha Roth), Claudia ( la colombiana Alicia Caro, esposa de
Jorge Martínez de Hoyos) y la pequeña Julieta (Annabel Gutiérrez) ven con
preocupación el romance de su padre viudo con la famosa cantante Rosario
Velzquez (Doña Liber). Aunque Marta y Julieta comprenden que su padre tiene
derecho a rehacer su vida, Claudia siente que la presencia de la cantante es
una afrenta a su difunta madre.
Las Hermanas
Casahondo ignoran que años atrás, Roberto y Rosario fueron amantes y tuvieron
una hija que supuestamente murió en un accidente ferroviario. Lo cierto es que
vive y es una del trio. Por razones que el libretista no se molesta en explicar,
Roberto se niega a revelarle a su amante el nombre de su hija, aun cuando
planean casarse.
Rosario se
embarca en una investigación tipo Filumena Marturano . En vez de sospechar que
quien lleva su sangre es la menor puesto que se supone nació cuando la esposa
de Roberto estaba por morir, a Rosario se le antoja que su hija es Marta. Esta
anda en amores con un médico casado y en una variación de la trama del Abanico
de Lady Windermere, Rosario hace creer a Roberto que es ella la amante del
adúltero.
Antes, le
confiesa a Marta que es su verdadera madre. Roberto y Rosario truenan, Marta
acepta―sin pruebas―que la cantante debe ser su madre por lo grande de
su sacrificio. Por capricho del libretista, todos acaban en Acapulco donde las
chicas se van a un paseo nocturno en lancha. Solo dos regresan. Cuando Rosario
gimotea abrazada a Roberto que la muerta era su hija, este le responde “Marta
no era tu hija”. Bueno entonces ¿quién? Ponen FIN y nos quedamos sin saber.
Pésimo tratamiento del tropo.
Siempre en México,
el libretista argentino Carlos Lozano Dana decidió introducir este elemento
dentro del nuevo género imperante en la televisión, la telenovela. En 1969,
Amparito Rivelles se estaba haciendo famosa con sus dramas maternales, así es
que Tele Sistemas Mexicano había decidido invertir en ella para un drama
internacional. Así llamo yo a un tipo de teleserie que tiene lugar fuera de México
y con personajes europeos. A pesar de su popularidad, este tipo de producción,
que se expandió por toda América Latina, no duró más de veinte años.
Sin Palabras tenía lugar en dos ciudades: Paris y
Nueva York con un breve interludio en Auschwitz donde Chantal, la protagonista
(Doña Amparito), pasa su viudez y purga su crimen de resistirse al invasor
nazi. Entretanto, su hijo ha sido rescatado por su fiel criada Elisa, y un
antiguo enamorado de Chantal, Adrián Duval (Jorge Barreiro)
Veinte años más
tarde, Chantal, ahora una famosa actriz, se reencuentra con Adrián , ahora un millonario
empresario, en la Gran Manzana y le exige que le devuelva al hijo. Ah, pero que
lástima, cuando Adrián rescató a Elisa (luego de un bombardeo aliado) la
encontró amnésica y con tres niños de la misma edad a su cargo. Chantal tiene la ardua tarea de examinar a
tres adolescentes y ver si alguno le recuerda a ella o a su difunto marido.
Aquí por lo menos llegamos a conocer la identidad del hijo perdido.
Antes de morir,
Elisa recobra la memoria y, en entrevista secreta con Chantal ,le revela el
nombre del niño. En aras de la justicia, Chantal que va a casarse con Adrián y
convertirse en madrastra de los tres muchachos, finge que Elisa no le ha
alcanzado a contar la verdad. Eso no le importa, dice la actriz, ya que le permite
querer a sus tres hijastros como si los hubiese parido.
Una variación más
jocosa la encontramos en el cine de 1968 cuando Mervin Frank escribió un
libreto para la estrella italiana Gina Lollobrigida. En Buona Sera Mrs
Campbell, Lollobrigida es Carla Campbell, la mujer más rica y poderosa del
pueblo de San Fiorino. Ha hecho creer a todos que es la viuda del Capitan
Campbell, un aviador y héroe de guerra que nunca existió.
Lo cierto es que
durante la guerra, Carla tuvo amores con tres aviadores, un sargento y dos
oficiales y que no sabe quién es el padre de Gia (Janet Magolin) su hija.
Entretanto, y por separado, ha hecho creer a sus amantes que cada uno es el
padre de Gia. Los tres le mandan dinero que es la base de la fortuna de Mrs.
Campbell. El lio es cuando los tres llegan a San Fiorino, con motivo de una
reunión de su escuadrón, y exigiendo conocer a su hija.
El Tropo
Favorito de Moya Grau
En Chile no hemos
tenido mejor escritor de telenovelas y radionovelas que Arturo Moya Grau. Yo crecí
escuchando su versión de La Gata de Ines Rodena, Esmeralda, la hija del
rio. A los 10 años me vi encantada El Rosario de Plata y a los once Padre
Gallo en la televisión. Un año más tarde vi una telenovela mexicana llamada
Rosario, con María Rivas ignorando que era escrita por mi compatriota
que se había ido a trabajar al país azteca.
En México, Don
Arturo se encargó de escribir varias telenovelas que, en esa época, duraban
menos de tres meses. Rosario fue la más popular tanto que Amparo
Rivelles la interpretó en el cine. Moya Grau, como todos los grandes
libretistas, era conocedor de teatro y literatura y se le ocurrió trasladar el
tropo Filumena Marturano a una telenovela.
En 1970 debutaba Magdalena
protagonizada por Magda Guzma y Claudio Obregón. Si la pareja protagónica
les parece sin lustre, la trama tampoco era muy apasionante. Magdalena es la
hija del mayordomo que se lía con el hijo del patrón. Un embarazo tiene lugar,
la dueña de la casa pretende quitarle el hijo a Magdalena. Esta huye cargando
con los hijos del vecino. Años más tarde reaparece on un trío de críos y a ver
si los parientes ricos adivinan cual es el que lleva su sangre.
Esta historia―más
encima en blanco y negro―la pasó Univisión en los 80 en un horario matinal
donde nadie seguía las telenovelas. Aparte de lo ridícula que se veía Magda
Guzman interpretando a una adolescente, nuestra mayor sorpresa fue reconocer el
argumento. Se trataba de la famosa “Colorina”.
La telenovela
chilena se tomó unas largas vacaciones entre 1971 y 1977. Fue durante el
gobierno militar donde levantó cabeza nuevamente y quien la resucitó fue Arturo
Moya Grau con una serie de telenovelas de gran éxito y que combinaban misterios
y dramas familiares. Casi todas renacieron en Televisa como JJ Juez, María
Jose, La Madrastra (Vivir un Poco)y La Colorina. Estas telenovelas afianzaron
la fama de Moya Grau, pero con Colorina también adquirió un aura de
transgresor.
El libretista rescribió la
sosa Magdalena, conservó el detalle de Filomena Marturano, pero cambió
a la protagonista. Luciana, interpretada por Liliana Ross, era una cabaretera
que accidentalmente entraba en contacto con los adinerados Almazan. Ana María (Paz
Irarrazaval), la orgullosa matriarca, andaba preocupada porque su hijo no le podía
dar un heredero puesto que su esposa estaba desahuciada. Ana María propiciaba
encuentros entre Colorina y Gustavo Adolfo (Patricio Achurra) y cuando la
cabaretera quedaba encinta, planeaba pagarle para que le cediera el hijo.
Colorina cambia
de opinión y huye con el heredero junto con los hijos de El Langosta (A. Moya
Grau), su vecino y amigo. Vuelve a la vida de los Almazan años más tarde convertida
en una respetable matrona y dueña de una tienda de modas. Esta serie tuvo tanto
éxito en Chile que Valentín Pimstein, el productor judío chileno que en los 70s
había producido una ristra de mega telenovelas mexicanas (Rina, Viviana y
Los ricos también lloran) convenció a Televisa de comprar los derechos.
Antes de hablar
de los hijos de Colorina, me detendré un poco en el equipo de filmación que fue
de primera. Valentin Pimstein era el productor ejecutivo, seguido por Luis de
Llano cuya asistente era una jovencita de 22 años llamada Angelli Nesma. Para
los roles principales, Pimstein se trajo a Enrique Álvarez Félix con el que había
triunfado en Rina y a Lucia Méndez con la que también había alcanzado
mucho éxito con Viviana.
De director se eligió
al griego Dimitrios Sarras que ya había demostrado su maestría con la
iluminación y el uso del claroscuro. Colorina
era una telenovela oscura en todos sus aspectos. La primera parte transcurre en
antros, después del crepúsculo, llenos de humo y música de jazz. Fernanda
(Lucia Méndez) llega de noche a la mansión Almazán esperando que Iván (José
Alonso) le pague sus servicios y se va de noche llevándose a su hijo.
La mayor
oscuridad fue en el personaje de Lucia que nos quedaba claro era prostituta.
Nunca se había tenido como protagonista una mujer de tan turbio pasado y aunque
La Méndez había interpretado chicas seducidas y deshonradas, siempre era
ingenua y bien portada. Fue audaz ponerla en ese rol tal como “envejecerla”
para ser la madre de un trio de veinteañeros.
El trabajo de Colorina
escandalizó y capturó la imaginación popular. Se llegó al punto en que la madre del presidente
José López Portillo, exigió que se la subiera de horario. Algo que enojó al público
por lo que se obligó de nuevo a reponerla en su horario habitual demostrando el
poder de la audiencia, pero también su madurez
El look de Lucia
(escogido y diseñado por ella misma) ayudaba a crear la imagen de mujerzuela
con mucha tela brillante, maquillaje
exagerado, joyería falsa y aunque el cabello de La Méndez era de ese color
natural, daba la impresión de teñido. En un periodo en el que Colorina y su bebé
se ocultan en la casa de Polidoro (Luis Bayardo), ella se disfraza estilando el
peinado del momento, la docena de trencitas que había puesto de moda entonces
Bo Derek en 10 de Blake Edwards.
Por supuesto que
el vestuario de cabaretera y las trencitas han desaparecido para cuando
Fernanda retorna a la Ciudad de México. Ahora luce guapa, elegante, pero
sobria. En suma, una dama capaz de ponerse
de tú a tú con Ana María Almazan, la “suegra” que reclama a su nieto, pero
también con el pobre Poli, el humilde obrero que quiere a sus hijos de regreso,
y hasta con Mirta (María Sorté) la madre que abandonó a esos niños.
La identidad del
hijo biológico de Colorina se convirtió en un interrogante para todos los seguidores.
El Licenciado Jacobo Zabludowsky (Alav-ha-Shalom) cerraba sus 24 horas
de noticias nocturnas con la pregunta “¿Quién es el hijo de Colorina?”. Moya Grau había
escrito un libreto donde los chicos creían ser trillizos, pero en pantalla no
se parecían físicamente. La producción decidió vestirlos iguales como nenes victorianos
y solo sirvió para que mi padre (seguidor fiel de la novela) los apodase “Los
Tres Ositos”.
Para
interpretarlos se buscó jóvenes galanes como Guillermo Capetillo, recién salido
de la triunfadora Los ricos también lloran, Jose Antonio Edwards era
Armando y Jose Elías Moreno daba vida a Danilo. El público favorecía a José
Miguel por ser interpretado por el ídolo de las adolescentes telenoveleras, yo
le iba a Edwards porque era el que más se parecía a sus padres.
Debido a que Colorina
está completa (y videos de buena calidad) en YouTube, no les voy a dar un
spoiler, pero algo que provoca risa y sorpresa es que en estos cuentos los candidatos
al “Hijo X” nunca se parecen a sus progenitores. En la última adaptación de Colorina,
Salomé, la pareja protagonista estaba compuesta
por la “güera” mexicana Edith González y por el “güero” brasileño Guy Ecker.
Pues les pusieron de hijos a Ernesto D’Alessio, Luis María Torres y Rafael
Amaya.
Verlos en foto y
ya sabes que no pueden pasar por trillizos (si hasta en el alto diferían) ni
por hijos de esos padres. Algo de lo que se mofó el villano (Sebastián
Ligarde) cuando supo la verdadera identidad del hijo (Amaya antes de ser El Señor
de los Cielos) el único rubio de ojos claros de la familia.
La Colorina fue un exitazo que Juan Osorio solo supo
imitar con Salomé. Acabo de enterarme que simultáneamente a
la Colorina de Lucia Méndez se filmó una versión en Perú, con tanto
éxito que se filmó una secuela. Nada sé de ellas, espero algún Gato Seriéfilos peruano
me ilustre. Si oí de Apasionada, la versión argentina de 1985.
Uno se imaginaria
que el éxito de Colorina crearía un cliché de hijos perdidos y padres
confundidos con muchos candidatos, pero solo he encontrado que en 1982 se utilizó
ese recurso en Quiéreme Siempre donde Ana María (Jaqueline Andere),
creyéndose al borde de la muerte, le entrega a su hija a su prima (Nubia Martí)
que a su vez se la regala a Alberto (J.L. Galiardo), el padre de la niña, que
la adopta junto a su esposa ( Úrsula Prats).
Pasada su
enfermedad, Ana María va en busca de la niña pero descubre que Alberto y su
mujer se marcharon al extranjero. Quince años más tarde, Ana María, ahora
casada con un famoso pianista (Héctor Gómez), se reencuentra con su ex y
reclama el retorno de la niña. El problema es que ante el mundo, Alberto y su
esposa son padres de un set de mellizas (Vicky y Gaby Ruffo) y vamos a ver como
Ana María descubre a su hija.
La novela era muy
entretenida, tal vez porque Las Ruffo tenían roles importantes, lo que la hacían
una telenovela juvenil. También porque casi a la mitad, las chicas se enteran
de que una de ellas es hija de la amante del padre. Como en Colorina, la
identidad de la hija perdida es la más inesperada.
El tropo se
perdió por muchos años antes de recobrarse en Chile, en Televisión Nacional en
el 2000. TVN quería tener otro éxito exótico como lo había logrado con
Iorana. Se les ocurrió enfocarse en la comunidad gitana de Chile. Con una
premisa extraída de La visita de la vieja dama de Friederich Durrenmatt
y un recuerdo a Colorina, partía Romané en el otoño del
2000. Recordemos.
Jovanka Antich (Claudia
Di Girolamo) vuelve al balneario de Mejillones después de 25 años de ausencia.
La razón oficial es asistir a la boda de su padre, el patriarca Melquiades (Héctor Noguera) y
presentarle a sus tres hijas adoptivas: María Salomé (Francisca Imboden), María
Magdalena (Amparo Noguera) y María Jacobé (Antonia Zegers). El verdadero motivo es
vengarse de la familia Dominguez North que la corrió del pueblo, después que
Rafael Dominguez (Francisco Melo) la sedujese y embarazase.
El volver a
Mejillones resucita los malos recuerdos de Jovanka. El pueblo está en graves
problemas económicos y Victoria North (Marés González), la
matriarca, ya no tiene tanta influencia. Es en estado de cosas que Jovanka hace
una propuesta al pueblo. Desde un balcón ofrece una fortuna en oro a quien
mate a su seductor, Rafael Dominguez.
Ese sería el tema
central de la telenovela, pero se le agregan las vivencias de pueblerinos y su
relación con el pueblo Roma. Los prejuicios de los gajes (no gitanos) en contra
de los gitanos es otro tema y más importante y escandaloso para la televisión
chilena fue el romance entre Jovanka y el Padre Juan (Francisco Reyes), párroco
del pueblo.
Este romance alarmó
a la Iglesia Católica y hubo un llamado a TVN que a su vez llamó la atención de
la producción de Vicente Sabatini para que le bajaran el tono a una relación
que era el mayor gancho de la telenovela. Debido a eso no se enfatizó mucho en
la duda de quien era la hija biológica de Jovanka y Rafael. El tema surgió solo
cuando María Salomé se puso en amores con Sebastián Dominguez
(Ricardo Fernández), el único hijo de quien podía ser el verdadero padre de la
muchacha. Por suerte para los tortolos, no había nada de incestuoso en su
romance.
No he visto más
que clips de Gitanas, la versión de azteca de Romané, pero conozco los
cambios: Jovanka (Dolores Heredia) y el Padre Juan (Saul Lisazo) se quedan
juntos y el protagonismo recae en María Salomé. Normal siendo
interpretada por Ana de la Reguera, entonces la mejor actriz joven de México.
Debido a esa importancia en la trama, el que sea o no hija de Rafael Dominguez
pasa a segundo plano, concentrándose más en sus amores, matrimonio con quien
podría ser su hermano, y con quien tiene un hijo.
Gitanas es el último ejemplo en las telenovelas
del síndrome Filomena Marturano aunque Salvador Mejias, gran rescatista de
clichés telenoveleros, lo introdujo al final de Fuego en la sangre. A Adela
Noriega le han robado una hija recién nacida. Tiempo más tarde le muestran en
un orfanato a tres bebitas. Sin poder identificar a la que lleva su sangre, Sofía
adopta al trio.
Casi al final, le preguntan si ha identificado a su hija biológica.
Con voz displicente, Sofia responde que siempre lo ha sabido, “una madre siempre sabe”. Para la armonía
familiar no necesita reconocerla públicamente, las tes serán sus hijas. Con eso simplifica la angustia y esfuerzo que
han puesto otros padres de ficción al intentar descubrir quienes son sus hijos.
Pero qué ocurre
cuando la interrogante viene del vástago con preguntas como “¿quién
es mi padre?”. Esa es la pregunta de parte de Ron a su padrino que inicia El
ultimo descapotable de Anton Myrer o “¿Cuál de ustedes, perras,
es mi madre?” de Lace de Dame Shirley Conran o con investigaciones detectivescas
como la de Elif en la miniserie turca Cartas del Pasado o incluso
infiltrándose dentro de una familia para descubrir cuál de las Hermanas Plata le
dio la vida como hace Malena en The Sisters of Alameda Street de mi Beta
Lorena Hughes . Ese tema nos ocupará en las próximas entradas.

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